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Aquel insignificante humano alado que fue inmensamente feliz

Alejandro Moia

Localización:

Ilustración de Alejandro Moia: Pique para ampliar

Los sucesos ocurren en los alrededores del bloque BF30, cerca de —y también dentro de— el bar Dyson y en la farmacia que queda justo a su lado, llamada Alquimia, ambos ubicados con frente a la calle Monte Olimpo, entre la calle BF y el Paseo de la Guardia.

Historia:

Tenía veinte años cuando comenzó todo. Como la mayoría de los jóvenes de esa edad, pensé que ya había visto todo lo conocido hasta el momento, que había vivido todas las historias y que el resto de mi vida sólo serían variantes de lo que ya había experimentado. También sabía que estaba equivocado.

Aquella noche me encontraba, como casi siempre, en el bar Dyson, tomando unas cervezas con mis dos mejores amigos. Era nuestro lugar favorito porque nos quedaba cerca a los tres, nunca cerraba y había buenas mujeres. Casualmente habíamos tenido suerte con tres forasteras y habíamos arreglado para ir a pasar el día siguiente en el río. Las horas se pasaron volando y cuando me quise dar cuenta estábamos en la puerta del bar, despidiéndonos. Las chicas se habían ido antes y mis dos amigos vivían hacia el norte, por lo que me tenía que ir solo para mi casa. No llegué a dar diez pasos cuando me di cuenta de que había visto algo muy extraño: al lado del bar había un callejón. En su lugar debía estar la farmacia, que sorprendentemente estaba, pero al otro lado del callejón. Hice foco con los ojos y me acerqué para corroborar si lo que veía era cierto. Giré para donde se habían ido mis amigos, con la mano en alto y la boca abierta, pero no llegué a gritarles porque ya habían doblado en la esquina. Seguí girando y buscando a alguien para mostrarle lo que había descubierto, pero no vi a nadie en toda la calle. Lo que tenía frente a mí era simplemente imposible, como si hubieran cortado la cuadra en dos y en el corte hubiese aparecido este callejón. Sólo había una cosa por hacer y esa cosa era entrar.

Estaba oscuro. Había bolsas de basura, llantas de coche, papeles de diario. No era nada fuera de lo normal; era como si siempre hubiese estado allí y las personas lo hubiesen utilizado y caminado hasta ese mismo momento. Entonces comenzó a encenderse. En la pared donde terminaba, a unos quince metros de donde me encontraba, una luz verde apareció. Un extraño fulgor dio vida a todo el lugar y mis pies comenzaron a moverse. Al caminar hacia la luz noté que ésta comenzaba a elevarse lentamente, al ritmo de mis pasos. También me di cuenta de que estaba caminando cada vez más lento, aunque creía que mis pasos eran tan largos como al principio. Finalmente, cuando me pareció que la luz se había elevado al doble de la altura original, entendí lo que pasaba: me estaba encogiendo. Di media vuelta para comenzar a salir, pero me fue imposible dar un paso por donde ya había caminado. Tampoco podía detenerme, estaba caminando de espaldas. Me costó mucho sacar aire de mis pulmones cuando grité pidiendo ayuda. Pude escuchar el sonido atravesar el callejón, alejándose de mí, haciéndose cada vez más grave, hasta que no pude escucharlo más. Y luego de un instante volví a escucharlo, viniendo hacia mí, cada vez más agudo, y sentí como mi voz golpeaba mi rostro. Dando media vuelta, no tuve más opción que seguir caminando hacia la luz y ser cada vez más pequeño. Estuve caminando varias horas, mientras la luz verde crecía, se elevaba y se hacía más inalcanzable, porque mis pasos cada vez avanzaban menos. Lo último que recuerdo es tener que saltar una especie de tronco que interrumpía mi camino. Luego comprendí que era un cabello.

Pasaron dos semanas hasta que desperté. Es lo normal, dicen; es lo que tarda el cuerpo en acostumbrarse a los cambios, en adaptarse a medir menos que una partícula de polvo. También es lo que tardan en crecer las alas. En los minutos que pasaron desde que abrí los ojos hasta que terminé de creer que comprendía lo que había pasado sólo pude sentir miedo. La sensación de vértigo al ver los objetos era insoportable y el nuevo peso que cargaba sobre mi espalda dificultaba mis movimientos. Aún me encontraba en el callejón y, siendo de día, podía ver a la gente que caminaba por la calle. Por un momento pensé en pedir ayuda, pero comprendí que era una idea ridícula por varios motivos, que iban desde que tardaría una eternidad en recorrer los quince metros que me separaban de la entrada —sí, estaba en el final del callejón— hasta que no me escucharían, y sonreí de los nervios. Pero la sonrisa se me borró de la boca cuando pensé en la idea de que si un hombre normal tiene cientos de maneras de morir en el mundo normal, un hombre tan insignificantemente pequeño tiene millones. Los primeros días los pasé pensando y pensando, pero no pude sacar ninguna idea clara. Lo que más me extrañaba era que a pesar de que recordaba todos mis años anteriores de vida, el hecho de ser diminuto y tener alas me parecía muy familiar, como si siempre hubiese sido así. Entonces me pareció que el camino a seguir era ése y, si me resultaba tan familiar ser de esa manera, tenía que aceptarlo. Cuando pensé en mis nuevas alas como lo que eran realmente, y no como un estorbo o una discapacidad, fue cuando empecé a volar.

¡Y qué bien que lo hacía! Me costó un poco al principio, pero luego comencé a jugar con el viento, a utilizarlo, entenderlo y poder comunicarme con él. Por varios días exploré mucho de mi nuevo yo, porque a pesar de que seguía siendo básicamente el mismo que antes, tenía mucho que aprender. El miedo comenzaba a desvanecerse hasta que una noche volvió de una manera terrorífica. Me desperté exaltado al oír unos pasos colosales. En un principio pensé que era una persona normal y me pregunté cómo me comunicaría con ella; pero luego vi que era una hormiga y me pregunté cómo saldría con vida. No pude parar de reír al darme cuenta que podía hablar con ella —pobre, no entendía de qué me reía, aunque intenté explicarle—. Eso ya era demasiado: podía volar, hablar con el viento y con las hormigas. Finalmente pensé que estaba listo para afrontar al mundo y salí del vientre de cemento que había sido el callejón y el sol brilló sobre mis alas que se movían sin parar.

Llevaba varios días volando, pero hacerlo ahora en el mundo que conocía, alrededor de personas que ya había visto antes, era sorprendente. Tenía un poco de hambre, porque en los días anteriores me había alimentado con restos de basura o migas de pan —cientos de veces más grandes que yo—, por lo que volé para el bar Dyson. Al acercarme al bar me di cuenta de que el callejón había desaparecido; éste y la farmacia volvían a estar juntos. Sin nada que poder hacer al respecto, entré a buscar alimento. Una vez adentro, volé al techo para ponerme a pensar cuál era la manera más fácil y menos riesgosa de conseguirlo, pero no fue necesario pensar mucho, sólo bastó mirar. Los humanos normales, aquellos titanes mitológicos, se movían tan lentamente que me ponían nervioso. Comer y beber fue fácil y pasé un par de días en el bar que nunca cerraba, escuchando las conversaciones, ansioso de poder hablar —con humanos, ya que con todos los insectos podía hacerlo—. Y cuando pude hablar con alguien, no me salieron las palabras.

Estaba asombrado, maravillado, aturdido, paralizado al ver a aquella pequeña humana alada, que además era ciertamente hermosa. Sin duda ella también estaba sorprendida, al menos en parte, porque me sonreía como quien recibe a un pariente que no ha visto en años. Revoloteó hasta donde estaba yo y con una armoniosa voz dijo:

—Hola, mi nombre es Tania. ¿Cuál es el tuyo?

Luego de mi silencio, insistió.

—¿Hola? ¿Hablás...?

—Fer... Fernando —interrumpí y ella rió ahora en voz alta.

—Hola Fernando. Me imagino que hasta ahora no habías visto a otro de nosotros, seguro que sos nuevo. —Negué y asentí con la cabeza a cada afirmación—. ¿Hace cuánto que estás... así? —Y dibujó en su cara un gesto que explicaba todo lo que quería decir.

—No sé. Desde que desperté, dos semanas, más o menos.

—Bien. Hace mucho que no llegaba ningún nuevo. Vamos, ayudame a cargar algo de comida y agua, que para eso vine. Después te llevo a casa.

—¿A casa?

—Sí, mi casa, la de mi familia, la casa de todos. De ahora en más, tu casa.

No hablamos más hasta que emprendimos vuelo y salimos del bar. Nos limitamos a sonreír cuándo nuestras miradas se cruzaban, mientras cargábamos comida y bebida en las bolsas que ella había traído. Esto era magnífico, comencé a sentir algo nuevo, algo que se había acumulado en mí en todos esos días. La única falla que tenía toda esa locura de realidad, la soledad, quedaba en el pasado. Y de qué manera. Cuando cruzamos la puerta del bar miré aquel macro-mundo, distante, obsoleto, de hombres lentos y torpes, y me vi a mí mismo volando con mis propias alas, siguiendo a una hermosa mujer alada, en armonía con el resto del mundo natural y entonces entendí que era libre. Realmente libre e inmensamente feliz.

Llegamos a casa y no era muy lejos. Era una de las lámparas que estaban en la fachada del bar Dyson, que tenía forma de esfera, y estaba siempre encendida. Por fuera estaba pintada de verde y, por dentro, vivían cientos de humanos alados.

—La esfera la usamos sólo para el invierno, así aprovechamos el calor de la bombilla. Construimos las casas en la parte de abajo, cerca de la entrada, hasta que la inclinación del vidrio no sea una incomodidad. En verano generalmente vivimos en el tronco del viejo Álamo de la plaza mayor, junto con las hormigas que nos ofrecen un lugar.

—¿Cuántos son? —pregunté.

—Somos, querrás decir. El último censo, que no fue hace mucho —¿Censo? Puse cara de estúpido—, contaba poco más de nueve mil. Esta es la ciudad más grande; nos siguen los de la otra esfera y por último los de la Cornisa.

—Tengo miles de preguntas para hacer.

—Me imagino. Seguramente no tenemos respuestas para todas, pero podremos darte una noción más o menos clara de qué es lo que pasa. También nosotros tenemos preguntas que hacerte.

Y de nuevo esa sonrisa cautivadora. Me mostró rápidamente su casa. Era una estructura hecha de papel, muy grande, donde vivían aproximadamente cien personas separadas por unas vallas metálicas (limadura de hierro). Antes de llevarme con los Mayores, me contó un poco de la vida de los alados, cómo se llamaban a sí mismos. Era una vida simple, tranquila, sin muchas complicaciones. La mayoría de los alados se dedicaba a la construcción, ya que eran nómades y cuando llegaban a un lugar debían armar una ciudad para cientos, miles de personas. También era normal que los edificios colapsaran cada cierto tiempo, casi siempre debido a la interacción con los humanos normales. Tania era maestra y enseñaba en una escuela por la que pasamos camino a la casa de los Mayores. Me presentó ante ellos y comenzaron las preguntas.

Por su parte me preguntaron hechos de mi vida anterior a este suceso, lo que recordaba una vez que había entrado al callejón, cuánto había tardado en salir, etc. Les conté todo lo que sabía y recordaba, y cuando quedaron satisfechos comenzaron mis preguntas, que recibieron pocas respuestas y muchas de ellas no eran de común acuerdo. Sabían por historias transmitidas por generaciones que hace al menos trescientos años que estaba funcionando en ese lugar aquello que transformaba hombres comunes en alados. Antes de que existieran los edificios de la ciudad, se abría la tierra desentrañando unas cavernas, pero el efecto era el mismo. El hecho es que, según ellos, el fulgor, la luz, estaba viva, cosa que no me pareció ninguna locura porque creí sentirlo cuando estuve frente a ella. Por supuesto que no tenían idea de su origen o de quién o de qué se trataba, ya que aparecía cuando uno entraba en el callejón y nunca más era vista. Llegaban nuevos alados cada cierta cantidad de meses, o años, sin seguir ningún patrón de tiempo, por lo que la mayoría de los alados eran hijos de otros alados. Nacían bebes normales y a los dos años comenzaban a crecerles las alas. Mucho más que esto no podían decirme, porque era todo lo que sabían. Me ofrecieron un trabajo en construcción basada en aluminio, una tarea que acepté con gusto. Trabajando todos los días y pasando mucho tiempo con Tania fue como pasé los días más felices de mi vida.

Luego de unos meses de estar de novios, Tania y yo nos mudamos a una casa que construí yo mismo, cerca del barrio religioso. Sí, los alados tenían una religión, aunque no muy popular. Había cientos de teorías del origen y el porqué de los alados. "El fulgor es el Dios que siempre nos vigilaba", "Somos ángeles, duendes, estamos muertos, éste es el cielo en la tierra", etc. No se si era el cielo o no, pero yo vivía feliz y no conocí a ningún alado que no lo fuera.

Cinco años más tarde lo seguía siendo. Con Tania teníamos dos hijos. Marcos, de tres años, y Laura, de uno. Eran hermosos, casi mágicos, y disfrutábamos cada momento de su existencia. Pero el accidente ocurrió. Comenzaba el otoño y habíamos vuelto a la esfera apenas unos días atrás y todavía estábamos en pleno proceso de construcción. Bajé con Tania al bar a buscar alimentos, mientras dejamos a los chicos con sus abuelos. Decían que había que estar muy atento a los lentos y colosales humanos, porque ya habían ocurrido varios accidentes, cosa que me parecía bastante difícil de creer. Pero cambié de opinión cuando estábamos llegando al mostrador, justo cuando el camarero estornudó. Nos envolvió una lluvia de partículas y remolinos descontrolados. Tratamos de convencer al viento para que nos ayudara, pero dijo que no estaba en sus manos y que lo último que quería era lastimarnos. Yo caí en el bosque de pelos que era la mejilla izquierda de un cliente del bar y pude tomar vuelo rápidamente. Busqué a Tania y por unos instantes no la pude localizar, hasta que escuché sus lejanos gritos y vi que estaba atrapada en el espeso líquido del ojo derecho del hombre con el cual habíamos chocado. Me dirigí lo más rápido que pude para ayudarla, pero la mano terriblemente grande ya estaba llegando. No pude hacer nada por ella, apenas si pude escapar de quedar también atrapado. Grité desconsoladamente al ver como la mano refregaba el ojo. Salí volando del bar, intentando pedir ayuda, buscando alguien a quién contarle lo que había sucedido, gritando de dolor y llorando la muerte de mi amada mujer. Aturdido y dolorido, volé sin rumbo hasta que me posé en no sé dónde, me sequé la cara repleta de lágrimas y odié, odié y culpé. Toda la felicidad acumulada por años desapareció y me odié a mí mismo, desprecié mis alas, a los alados y a todo en aquel mundo. En el momento en que mi odio y culpa se concentraron en la luz, en el fulgor verde, mi corazón se detuvo, abrí los ojos y la boca en un gesto de asombro y antes de perder el conocimiento sentí cómo mi cerebro y mi alma eran invadidos por aquella conciencia verde.

Volví a despertar y el mundo a mi alrededor había cambiado. Era de noche, estaba en la puerta del bar y no recordaba nada, ni siquiera quién era, pero sentía unas terribles ganas de llorar. Levantándome a duras penas, entré al bar, no se por qué, si por instinto o a pedir ayuda. Mientras les contaba lo que me pasaba me miraban desconfiados, hasta que alguien me reconoció y enseguida empezaron los gritos, los revuelos y los abrazos. Al cabo de unos minutos en la puerta había una ambulancia, una patrulla de policía, algunos amigos míos y mis padres. Me contaron que había estado desaparecido por cinco años, pero yo apenas reconocía como familiares algunos rostros y todavía no me acordaba mi nombre. Pasaron las semanas y los meses y recuperé poco a poco la memoria, recordando todo lo que me pasó en las dos vidas. Fue algo que no pude soportar. Cuando mi memoria estaba totalmente recuperada, pude revivir cada momento de aquellos cinco años con los alados. Pensar en ciertas cosas me volvía loco: el amor a mi mujer; su muerte; la felicidad absoluta; la libertad absoluta; dos hijos que amaba y que no podría ver crecer ni volver a abrazar. Nunca le conté nada de esto a nadie, es imposible de entender si no se lo vive. Unos de los días anteriores a marcharme, con mucho esfuerzo volví a la puerta del bar y miré las esferas. Pensé si había realmente alguien ahí adentro y si me reconocerían al pasar volando cerca de mí. Intentar verificar si ahí estaban los alados era una locura, porque ante cualquier interferencia mía las casas se derrumbarían y sería un desastre. No pude soportarlo más y abandoné la ciudad, el país, para huir de aquellos recuerdos que me atormentaban. Pasaron veinte años desde entonces y tal como lo imaginaba, no pude ir lo suficientemente lejos, ni ha pasado el tiempo suficiente como para olvidarlo. Tengo una vida nueva, con nuevos amores, pero hay algo que impide que sea del todo feliz, y es la incertidumbre. Cuando ocurrió aquel trágico accidente cometí un error, o eso creo. El odio y desprecio hacia ese mundo que generó en mí la muerte de Tania me sacó de ese lugar. ¿Habría seguido siendo feliz sin ella? ¿Podría mirar a la cara a mis hijos sin perder unas lágrimas por su madre? ¿Seguiría siendo feliz y sintiéndome libre? Si tan solo pudiese estar seguro que haber salido estuvo bien o mal, estaría contento o triste, pero podría quitarme esta espina de la garganta que no me deja respirar.