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La Casa de Curación

Fabián Labeau

Localización:

Se ubica en la mitad este de la manzana BB34 del Barrio de las Piedrecillas Azules, sobre la calle Miguel Ángel Sepúlveda.


Historia y descripción general:

El hospicio ocupa la mitad este de la manzana. Es un edificio de tres plantas, macizo, hecho de piedra. Impresiona por su solidez más que por su belleza o sus detalles arquitectónicos, que son mínimos. Las ventanas están dispuestas a espacios regulares y son más altas que anchas, con un cierto aire gótico, aunque carecen de su estilo y delicadeza. La mayoría de ellas son opacas y algunas poseen vitrales. En cada una de las cuatro esquinas hay unas torres achatadas con ventanas, que parecen ser utilizadas como observatorios pues en algunas noches claras parece haber gente allí que contempla los cielos con telescopios.
      La única puerta de acceso es un grueso portón de roble de dos hojas, con refuerzos de hierro. A cada lado arden lámparas de aceite durante noche y día. Las puertas no tienen llamadores, ni timbres o campanas de ninguna clase. Inútil es golpear las sólidas puertas, pues nadie las abre. En el centro de la hoja de la puerta izquierda hay una ranura que se confunde con un buzón. El paciente o sus acompañantes deben colocar allí una moneda. Una simple moneda. Dracmas, denarios, doblones, reales, libras o dólares. Un mísero centavo o un grueso sol de oro. Las monedas deben estar acuñadas, es el único requisito. No importa la fecha, el año, la denominación o el cambio. Coronas danesas o reales del siglo XVII, es lo mismo. Cada necesitado de ayuda debe dejar una moneda y es entonces cuando la puerta derecha se abre hacia fuera, sin ningún sonido.
      Dentro aguardan dos de los "monjes" del hospicio: altos, con hábitos similares a los de los frailes en los conventos, la capucha siempre colocada. Se puede ver poco desde el exterior, pero se alcanza a distinguir un interior de piedra, candelabros de hierro colgados del techo y un pasillo largo. Además, según los relatos de los que han sido tratados allí, los frailes que abren las puertas a veces son mujeres.
      El paciente debe ingresar solo, ayudado por los encapuchados, y las puertas se cierran. A partir de allí lo único que pude descubrir es a través de los relatos de los pacientes y del mío propio, pues yo he sido tratado también allí.
      Fue hace quince años. Estaba en las etapas finales de una leucemia. Mi médico me lo había dicho claramente: no había nada más que hacer. Todos los tratamientos de la ciencia se habían acabado, las quimioterapias habían fracasado y lo único que quedaba era esperar.
      Mi estado era peor día a día. La fiebre, la eterna fiebre, las hemorragias, los dolores, el estado estuporoso que casi nunca me abandonaba. Fue mi esposa quien me llevó. Nos habíamos casado hacía cuatro años y estaba desesperada. Una noche vino Mario, mi cuñado y dos personas más que no alcanzo a recordar. Me envolvieron con frazadas y me llevaron hasta el auto. No recuerdo nada del viaje que duró una eternidad, pero finalmente apagaron el motor. Me bajaron del auto y me quitaron las mantas. Me ayudaron a ponerme de pie, me pusieron una moneda en la mano y me hicieron colocarla en la ranura. Yo temblaba por la fiebre, pero después de algunos intentos pude hacerlo.
      La puerta se abrió.
      Dentro había dos encapuchados que se apuraron a sostenerme. Mi mujer se dio media vuelta y se fue, sin decir nada.
      Las puertas se cerraron y mi conciencia también.
      Mis recuerdos se fragmentan a partir de allí.
      Recuerdo que un hombre, muy bajito, se acercó a mi lado y me dijo en un español muy rústico: "Tienes la sangre envenenada". Volví a dormirme.
      Recuerdo un olor muy desagradable, una mezcla de pimienta y amoníaco.
      Recuerdo el fuego en mi frente.
      Recuerdo una niña que me ponía algo en la frente (¿el fuego?) y me susurraba al oído "Sysvorn, athelas, sysvorn milandir"
      Recuerdo el sonido de los cascos de un caballo a mi lado.
      Recuerdo un grito muy fuerte y haber despertado en un invernadero. Miles de plantas se elevaban hacia el techo de cristal, inundado de sol. Algunas plantas tenían flores y éstas se movían. Una de ellas se me acercó a la cara y me miró con sus pétalos celestes. Un hombre oriental (¿japonés?) se dio vuelta y me la quitó de la cara, susurrando alguna cosa. En su mano sostenía un niño por los pelos.
      Y un día desperté.
      Era una cama de sábanas blancas. A mi lado había una cama vacía pero al girar la cabeza vi a una ¿monja? ¿enfermera? que asistía a alguien. Estaba en una sala grande, con dos hileras de camas colocadas contra la pared de ladrillos y candelabros en el techo. La mayoría estaba vacía, pero en algunas pude distinguir ocupantes, sin llegar a reconocerlos.
      Por primera vez en muchos meses, una sensación olvidada se había apoderado de mí: hambre. Tenía un hambre feroz. Hambre de carnes, de fiambres, de guisos humeantes, de cerdos asados. Todo mi cuerpo reclamaba carne, sangre, vísceras rellenas con más vísceras. Ya me había olvidado de la última vez que había sentido tanta hambre.
      La enfermera (¿monja?) se dio vuelta y me vio despierto.
      —¡Gruss Gott! ¡Despertar al fin! —me dijo, aunque sonó como como "fesperrtarr" más que "despertar". Me sonrió y fue hacia uno de los extremos de la sala. Quise levantarme y decirle que tenía hambre, pero aún estaba muy débil y moverme era un esfuerzo agotador.
      Al rato apareció un extraño personaje. Medía poco más de un metro y medio y llevaba una especie de toga púrpura. Era totalmente calvo y oriental. Lo supuse chino, no se por qué.
      —Bienvenido —me dijo, sin ningún acento apreciable—. ¿Tiene hambre?
      Asentí con la cabeza lo más vigorosamente que pude, aunque no era mucho.
      —Vendrán a traerle algo pronto. Todavía no está curado, pero falta poco. Su sangre aún tiene restos del veneno, pero lo sacaremos. Poco a poco. Tenga fe.
      Y al instante siguiente, no estaba. Debí quedarme dormido, pero al cabo de unos minutos una de las monjas (¿enfermeras?) me ayudó a sentarme en una silla de ruedas y me llevó a uno de los extremos de la sala. Abrió la puerta y comenzamos a recorrer algunos pasillos altos y oscuros. Todas las ventanas tenían los cristales teñidos de violeta, pero pude notar que afuera era de día. Finalmente llegamos a un recodo y al girar ya estábamos en un gran invernadero. La monja me acercó a una mesa que había en el centro y me dejó allí. Puso delante de mí un cuenco de madera y sirvió un poco de agua de una jarra de piedra. Luego llevó el cuenco hacia una de las plantas y comenzó a hablarle. Era un arbusto grande, tupido, de hojas largas entre las que había flores de color turquesa. Una de las flores se asomó a través del follaje y derramó unas gotas sobre el cuenco. Ella volvió a traerme el cuenco, al que agregó una cuchara de madera.
      —Bebe.
      —No. Quiero carne. Tengo mucha hambre.
      —Bebe —insistió ella, llenando la cuchara y llevándomela a la boca como si yo fuera un niño.
      Nunca volví a probar nada igual. El primer trago era espantoso. Pero cada cucharada el sabor se suavizaba. Parecía un concentrado de algo, pues a las pocas cucharadas ya pude sostener la cuchara. Ya no sentía hambre y me sentía más fuerte. Faltando dos cucharadas no pude más y se lo dije.
      —Bebe —insistió ella. Hice lo que me decía y me llevó de vuelta a mi cama.

Me aplicaban agujas en los brazos, me hacían beber tés de hierbas hasta que un día comencé a notar un bulto en la mano derecha. El bulto se convirtió en un espantoso grano, que supuró durante cuatro días. Volvió la fiebre y el chino de la toga roja sonreía cada vez que me visitaba y me decía que pronto estaría en casa nuevamente.
      Y así fue. La fiebre desapareció y un día un hombre alto, de unos cuarenta años, delgado, de rasgos afilados y vestido con un traje negro, me dijo simplemente:
      —Estás curado. Puedes ponerte tu ropa e irte ahora, pero no podrás volver nunca.
      —Sí, pero… —Tenía miles de preguntas. ¿Qué era eso? ¿Una clínica, un hospital? ¿Quiénes eran realmente esas personas? Parecían pertenecer a mil lugares a la vez, a mil naciones distintas y a mil épocas.
      —No. Tú has terminado aquí. Has pagado tu moneda. Estás curado. Debes irte y continuar tu vida. Olvida esto.
      Nos miramos a los ojos. Eran unos ojos perfectamente normales, pero viejos. Ojos que habían visto más cosas que las que uno ve en una vida. O en cien.
      —Gracias…
      —Vendrán a buscarte enseguida. —Me sonrió y se fue caminando hacia el fondo del pasillo, entre las camas.
      Me vestí y cuando estuve listo aparecieron los frailes encapuchados. Sin decirme una palabra me acompañaron hasta la puerta. Salí a la calle, la puerta se cerró tras de mí y el mundo apareció ante mis ojos. Tomé conciencia del ruido que hay en la calle: los autos, las bocinas, los ruidos de una ciudad…
      Caminé unas cuadras hasta que encontré un taxi y le di la dirección de mi casa.

Hablé con algunas personas. Don Marcelo, que tiene una verdulería, recuerda que llevó allí a su padre y que él le dijo que había sido operado por un centauro. Operado de un derrame cerebral. Vivió veinticinco años más y volvió a trabajar.
      El sobrino de Diana, que ahora trabaja en Suiza, le contó que le arreglaron la visión. Tenía una enfermedad que lo dejaría ciego irremediablemente en dos años. Ellos lo curaron. Es piloto en una aerolínea. Según su descripción, lo habían curado personas que hababan en latín y parecían romanos antiguos.
      Carlos llevó a su hijo con polio. Ernesto llevó a una tía que tenía cáncer de pulmón.

Marcelo me contó la historia de un Portal antiguo en el lindero norte de Urbys. Marcelo es escritor, así que no sé si será cierto o me hablaba de un cuento que quería escribir.