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La Finca Entropía
Víctor Conde

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Dicen que hay artes que son efímeras. Que nacen para esfumarse de todo soporte material salvo del recuerdo, como el albumen de una semilla paradójicamente destinada a no dejar nada tras de sí.

Los graffiti pertenecen a este género, pero no son los únicos. Otras pequeñas obras de arte cotidianas surgen casi por generación espontánea en los lugares más extravagantes, y pocos son los afortunados que tienen la suerte de apreciarlos antes de que desaparezcan: panes horneados con formas extrañas, que al devorarlos evocan recuerdos de vidas pasadas; columnas de lluvia que resbalan por los aleros de las casas esculpiendo barrocos capiteles; pajaritas de papel invocadas por las manos de mil oficinistas.

Pero hay una parcela en Urbys que contiene obras efímeras a mayor escala, que despiertan la curiosidad de los historiadores y la pasión creativa de los arquitectos. En la Finca Entropía, como la bautizó un físico con dos copas de más, los edificios crecen al revés. Su ciclo vital parte de la conclusión para llegar al origen. Es un fenómeno que muchos han tratado de explicar sin conseguirlo, pero que ocurre inexorablemente, a razón de una obra de arte por mes.

El proceso es simple: la primera luna nueva del mes se genera algo en el centro de la finca, en una medianoche cubierta de nubes. Amparado en la sombra, tal vez aproveche ese breve momento de oscuridad estelar para crecer, o para salir de donde quiera que haya permanecido escondido hasta entonces. Lo cierto es que un edificio nuevo se alza por la mañana donde el crepúsculo anterior sólo había polvo. Los vecinos abren los postigos ilusionados y exclaman, ganando o perdiendo apuestas: ¡una catedral!, ¡una torre de oficinas!, ¡una gasolinera! O, en supuestos casos documentados, ¡una pagoda llameante!

Este es sólo el comienzo del proceso, no su final: paulatinamente, las fuerzas que rigen la realidad dentro de los límites de la finca van descomponiendo el edificio pieza a pieza, grumo a grumo, partícula de cemento a partícula de cemento. Los aleros envejecen a ojos vista; las tejas, de haberlas, se desprenden con musical repiqueteo. Las ventanas astillan a propósito sus cristales y el guano de cien especies aéreas baña con cascadas de detrito los contrafuertes. Hasta las alfombras y los tapices aguantan lo que pueden antes de destejer sus fibras en un sublime movimiento final.

Los habitantes de Urbys saben que se trata de una cuenta atrás sin pausa, así que aprovechan el tiempo. Los estudios de arquitectura organizan expediciones al interior del edificio, en las que los hombres ávidos de conocimientos se juegan la vida, para fotografiar estilos y materiales de construcción que poder aplicar luego en sus propias creaciones. Coleccionistas de arte roban de sus paredes cuadros pintados por quién sabe qué desconocido pincel, y los exhiben en sus galerías antes de que la pintura se reduzca a polvo. Colegios de educación secundaria organizan excursiones al perímetro de la finca para que los niños contemplen embobados cómo las leyes de la física se rebobinan como una cinta de vídeo en mal estado.

Pero no todas las conclusiones a las que llega la gente tras visitar la finca son positivas. La deconstrucción de algo que nadie ha creado plantea serios problemas filosóficos. Ya han sido varios los pensadores que se han suicidado ante la imposibilidad de plantearse una conclusión lógica para lo que veían. Pues, como bien apuntó Freddie Carmal antes de arrojarse por el puente del río, ¿cómo podemos permanecer tranquilos ante la destrucción de una obra que nadie ha construido? ¿Qué explicación alberga la paradoja del edificio sin creador que de la noche a la mañana es parido para comenzar a morir al día siguiente?

Sí, son preguntas que muchos han intentado responder, la mayor parte de las ocasiones con funestos resultados. Una persona destruida por el olvido del amor se encerró durante semanas en el interior de la finca, esperando que la entropía se lo llevase a él también. Pero después de que el edificio se deshiciera en polvo a su alrededor sin que él sufriera el menor daño, la única salida para su anamnesis fue tumbarse sobre las vías del tren.

Hubo una escuela filosófica que nació al amparo del desplome de estas vigas. Sus creadores la bautizaron "todo debe desaparecer", y ese era el pilar de su doctrina. Defendían la nulidad del tiempo, un devenir del universo dependiente del punto de vista con que se mirara. El reloj existencial del ser humano estaba orientado en un sentido, por eso le resultaba tan chocante ver objetos cuyo reloj fluía en direcciones diferentes. Su fundador murió tratando de resolver el acertijo primario, descubrir el nombre del arquitecto que planificaba los edificios y los plantaba en aquel solar desierto de la noche a la mañana. Tal vez la Luna. Tal vez las estrellas. Tal vez el propio concepto de entropía, pues, si todo es posible para la física del caos... ¿por qué no la facultad de esculpir edificios?

Extraño asunto, sí señor. ¿Puede el ser humano ser testigo de tales fenómenos sin destruir el andamiaje que soporta su cordura? ¿Es capaz de pensar en paradojas sin nombre y dormir tranquilo por las noches? Puede que la Finca Entropía tenga las respuestas, o puede que no. Tal vez destruya Urbys con el pasar de los siglos, como tantas cosas que edifica el ser humano y que están destinadas a perderse en los veleidosos laberintos del tiempo.

Quedamos mañana por la tarde en la finca. Si tenemos suerte, mientras el mundo se derrumba a nuestro alrededor aprenderemos algo.