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Facultad de Historia de Urbys

Víctor Manuel Anchel Estebas


Entiendo tu confusión, pero créeme cuando digo que el problema está en tu cabeza y no en la de los demás. Bueno, en la tuya y también en la mía, que si yo te contara... Ah, ¿que quieres que te cuente? Pues es una historia un poco larga, pero... Sí, es cierto que no hay mejor lugar que este edificio para contar un historia. Está bien, allá voy.
      Como bien sabes, nos encontramos en plena Avenida de los Tres Amantes. En esta ciudad nuestra nadie parece interesado por el origen de ciertas cosas: sí que se preguntan por lo enrevesado del urbanismo, o lo extraño del aspecto de los edificios de la zona vieja, como organismos vivos enormes que bailan al voluble son que marcan los siglos... pero a nadie importan ya los nombres. Y es un asunto serio, créeme. No he salido nunca de Urbys, pero seguro que en una de esas ciudades grandes y llenas de plástico y cristal del norte más de uno se diría "Avenida de los Tres Amantes... ¿Tres? ¿Pero no sobra uno en la ecuación?", y sorprendido acabaría por descubrir la historia de boca de algún anciano. Urbys es otra cosa: nos hemos acostumbrado a evitar nombres y localismos por la cuenta que nos trae, que uno se pone a recitar tres veces los de las tres grandes avenidas y en cuanto se descuida ha invocado algún demonio cabrón o, como poco, cambiado las calles de lugar. Pero seguro que tú sí que te has preguntado alguna vez por... ¿ves?, lo sabía. Tú y yo nos parecemos mucho, chico.
      Los Tres Amantes... casi nadie conoce la historia completa de aquellos desafortunados muchachos del medioevo. Sí, casi todo el mundo sabe de los detalles básicos, aunque desconocen que el grupo protagonista era cuarteto y no trío: tres jóvenes, amigos verdaderos, pugnaron por el amor de la misma joven y la cosa acabó como todas las historias reales, o sea, mal. Y eso es todo, ninguna concreción o pasaje, nada que ayude a hilar la leyenda y darle forma... sólo que eran tres, y que los tres amaban a una sola mujer. Pues bien, es hora de que acerques esas orejas y prestes atención, que yo bien puedo dar satisfacción a esa curiosidad tuya tan maravillosa.


"En aquel tiempo Urbys era más pequeña y chaparra, pero tan extraña como siempre. En fin, tampoco es raro que en una ciudad donde lo real es tan extraño como lo imaginado y lo imaginado tan vívido como lo real se paseen espectros por sus calles, los upiros acechen en la noche y el director del banco sea una urraca en el sentido más literal de la palabra, plumas incluidas. Pues en aquella antigua Urbys vivían tres amigos, jóvenes oficiales de la milicia, compartiendo alegrías y penas frente a calientes pintas de cerveza cuando no tenían que marchar a guerrear al frente. Uno de ellos era muy alto y de galante apostura, un gran guerrero, leal con sus amigos e implacable con sus enemigos. Un día oscuro, mientras escapaba de la alcoba de otro tras divertirse con una mujer robada la vio. Espléndida, hermosa, de cabellos castaños y rostro suave y aterciopelado, atrapó en su embrujo al apuesto guerrero. "Es como una rosa", murmuraba alelado ante el alcohol bajo la atenta mirada de sus dos amigos. "Mi rosa", decía.
      No pasó mucho tiempo hasta que la cortejó, ganándola, y pudo presentarla como su amada al primero de sus compañeros de armas. Éste no era tan buen guerrero, pero su amor por las artes y su buena voz le mantenían bien ocupado entre corsés y faldas. No bien plantó sus ojos en los de la rosa de su amigo y ya había quedado prendado de ella para siempre. "Es como una manzana, jugosa y eterna", se dijo. "Mi manzana".
      La joven, que respetaba la amistad de los soldados anteponiéndola a sus propios sentimientos, pensó que, altruista ella, debía compartir su amor. Y bien que los amó a ambos, claro que en secreto. Sólo compartía ese secreto con el tercero de los guerreros, un joven tan ligero de carnes como ágil de mente, amante de las viejas historias, como tú y yo, y tan tímido como el amanecer en un día plomizo del otoño. El tercer joven trató de evitar el sentimiento hasta que no pudo negarlo. La amaba, la adoraba, la necesitaba... pero, sobre todo, la deseaba. Ella gozaba en la compañía siempre interesante del tercer guerrero, aunque nunca descubrió el amor que había despertado en él. Hasta que fue, como así sucede en las historias antiguas, demasiado tarde.
      Se han perdido los detalles, pero el hecho es que el trío de amigos fue enviado más allá de las líneas del frente a realizar oscuras labores de espionaje. Tampoco está claro lo que ocurrió donde el enemigo, excepto para quienes, como tú y yo, sabemos leer entre líneas... Como no podía ser de otra forma, sólo volvió el tercero de los amigos, el joven despierto de mente y enjuto de carnes. Y regresó cambiado: taciturno, malhumorado, sólo se dejaba ver en soledad. Y a quien más rechazaba era a ella, la rosa y la manzana, la amada de todos. Y eso es todo.
      ¿Que cómo acaba la historia?, pues la de los Tres Amantes acaba así. ¿Ya, dices?, bueno... ¿te parece poco? Sí, la rechazó pero no porque hubiese dejado de quererla sino, tal vez, porque se arrepentía de haber acabado con sus compañeros y su futuro allí, donde el enemigo, para no tener que compartirla; que por tal causa llegó aterrado y cambiado. Pero como también sucede siempre con las viejas historias, donde acaba una comienza otra. Y donde acaba la historia de "Los Tres Amantes" empieza la del edificio en el que nos encontramos: "La Facultad de Historia".
      Nuestro amargado tercer amante, sumido en la desesperación, se dedicó a hundirse en la miseria de los alucinógenos y los peligros del barrio portuario, tan repleto de viejos y rencorosos espíritus de ahorcados que uno tiene que pedir permiso para andar entre tanto fantasma cabreado. Un día, enfadado y repleto de alcohol, decidió rebelarse ante los dioses que habían convertido su existencia en un solitario deambular desde ningún sitio hasta ninguna parte. E hizo un pacto oscuro con el alma de la ciudad, esa presencia extraña que vigila desde las esquinas, entre orines de perros y basura, con ventanas como ojos y antenas por cabellos.
      Años después se levantaba el primer edificio de la nueva Universidad de Urbys, una de las más antiguas del mundo desconocido. Hoy día, casi todas las especialidades se han trasladado a edificios nuevos; pero aquel primer edificio sigue en pie, registrando acontecimientos pasados y... bueno, conteniéndolos entre sus paredes. La Facultad de Historia, cuyo primer director fue el desventurado tercer amante. Aquél que, enfurecido, pactó con la ciudad y contra el tiempo, jurando repetir la historia hasta que fuese perfecta, sus pecados purgados y sus amigos perdidos unidos en felicidad con la Rosa y la Manzana.
      Y es por eso, y nada más, por lo que has llegado hasta mí. Sí, es cierto, los libros que lees cada día cambian durante la noche: un momento antes, el Saco de Urbys tuvo lugar en el cuarenta y siete, un momento después jamás sucedió. Un día el edificio de la bolsa se alza sobre la antigua iglesia de San Coralio Glotón, el siguiente sobre la vieja estación del ferrocarril al Norte. Y la ciudad cambia, y los recuerdos de sus habitantes con ella. Y los niños cantan canciones diferentes cada día, y las mujeres comentan chismes que un día atrás no podían ser, y las leyendas se mueven, como el viento, al variable son que marca Urbys cuando se despereza al alba. Y si la ciudad está triste, las historias son tristes; si alegre, acaban bien; si malhumorada, los héroes fracasan...
      Cierra esa boca de asombro; cosas más raras se han visto en Urbys. Nada debiera sorprenderte que sólo tú entre tus compañeros de estudios recuerdes la historia antes de ser reescrita, que ya te advertí antes de empezar de que el problema está en tu cabeza. Tampoco que cada segundo que pasa me encuentres tan parecido a ti, aunque mi tiempo se esté agotando y mis canas ya escaseen: soy Director de la Facultad de Historia desde que recuerdo, desde antes de nacer y hasta después de morir, y conozco la verdad del edificio porque tú me la contaste en el pasado tal y como yo te la cuento ahora y tú me la volverás a contar en el futuro antes de que yo te la cuente de nuevo en el pasado y... en fin, ya me entiendes. Y ahora sal al sol y a la luna, y busca a la Rosa y la Manzana. Porque, gracias a ti que eres yo, también ella es eterna. Y en alguna parte te está esperando.