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Hospital Psiquiátrico de Urbys
Aníbal Gómez de la Fuente

Relatos
Íntegro





Localización:

Sobre el río, al oeste del Barrio de las Piedritas Azules, lindando con La Planta de Agua al este y con la Manzana de la Ciencia al norte.


Breve Historia del Hospital Psiquiátrico:

Las dependencias del Hospital fueron donadas por el Dr. Idíbal Zemog, estudioso de la mente humana. El Hospital fue necesario prácticamente desde la fundación de la Ciudad. Los extraños sucesos, las puertas hacia otros mundos, el río que abastece la red de agua corriente, los seres alados, las peligrosas criaturas que abundan en la Ciudad, y la innumerable variedad de rarezas que aquí habitan, hicieron necesaria la presencia del Hospital para atender a los torturados residentes de Urbys.
      El Hospital abrió sus puertas luego de la desaparición del Dr. Idíbal Zemog. En su testamento dejó bien clara su voluntad: "Lego este edificio a la Ciudad de Urbys para la creación de un Hospital Psiquiátrico bajo la condición que el cuarto con el número 334, en el plano que adjunto en este testamento, jamás sea abierto".
      Se cuenta que el Arquitecto que remodeló las instalaciones por última vez, conociendo la historia del edificio, cedió a su curiosidad y violó la voluntad del Dr. Idíbal Zemog. Por supuesto, el hecho jamás pudo probarse pero, trascendió de boca en boca el contenido del cuarto 334: dicen que el Arquitecto encontró un cuerpo momificado y un diario cuya última anotación era más o menos así:

  Relatos del Hospital Psiquiátrico de Urbys:


Íntegro

Cuando nacemos carecemos de integridad. Mientras la vida transcurre nuestro órgano de la conciencia crea una maravillosa sensación de unidad. Creemos que somos siempre el mismo. El que tengamos un nombre y que los demás nos reconozcan con él, la manera de comer, el color de pelo, el olor, la manera de vestir, alimentan esa ilusión. Nosotros mismos contribuimos en mantener la ilusión eternizando hábitos, muchas veces contra toda razón.
      La gente que me rodea cree que permanezco siempre igual, que me conservo entero, pero yo sé que mi espíritu se desgaja en pedazos con un sonido sordo, un sonido ya tan familiar. Pienso en este saber momentáneo y me veo en un presente que en instantes nuevamente dejará de existir.
      Debemos alimentarnos día a día. Al comer hacemos entrar en nuestro cuerpo complejos y extraños objetos orgánicos e inorgánicos, nutridos por la misma tierra que nosotros. Al hacerlo consumamos un sacrificio en el cual elegimos por nosotros frente a todas las cosas.
      Amaba el olor de la carne asada, los aromas de los guisos especiados, los ruidos de las ollas hirvientes, el sabor de una fruta fresca, el vino vertido en mi estómago cuyo calor sentí difundirse por todo mi cuerpo, el agua que hace fluir en nosotros los minerales de la tierra y de la lluvia.
      Jamás tomé alimento sin maravillarme de que esa materia pudiera convertirse en sangre, en calor, en valentía, en amor, en miedo. Si mi espíritu tuviera los poderes asimiladores de mi cuerpo todo hubiera sido muy diferente.
      Así renovamos nuestros tejidos, oxigenamos nuestras células, y luego, excretamos los desperdicios de la transformación.
      También dediqué mi tiempo a otro tipo de alimento, más sutil. Una adecuada elección de las impresiones conforma un alimento que nutre la psicología. El buen cine, la literatura, la plástica, me dieron la más fina sensibilidad. Una sensibilidad que me permite apreciar la realidad del modo más especial.
      El tiempo discurre por entre las rendijas del espacio y se vierte en la nada de donde salió. Avanza inexorable, dejando recuerdos oscuros de un presente inasible que se me escapa con el acostumbrado sinsabor. ¿Qué es un minuto? ¿Qué es un segundo? Siento el paso del tiempo dolorosamente.
      Cuarenta años vividos y mis recuerdos se podrían sintetizar en dos horas de relato ¿Qué es lo que sucede con lo vivido?
      Con cada evocación pierdo parte de la vivencia tiñéndola de las impresiones del presente. Me gustaría tener una memoria perfecta que me permita recordar con exactitud lo vivido. Así, volvería vivir cada instante de la totalidad de mis experiencias. De esta manera los seres queridos no se irían, estarían con uno para siempre. Quisiera poder evocar a cada uno de los que vivieron algo conmigo pero apenas puedo rescatar una sensación, un sentimiento, una idea. Pero recordar en forma perfecta no me dejaría tiempo para vivir el presente. El presente se perdería en los recuerdos de una vida. Así pasaría el tiempo, recuerdo tras recuerdo en una cascada interminable. Quedaría atrapado en un bucle infinito de imágenes rememoradas.
      Llegué a una edad en la que la vida es una derrota aceptada. Ya ni una partícula de mi cuerpo es la misma que nació hace tantos años. ¿Quién soy?, me pregunto. Ni bien la carne que me conforma comienza a pertenecerme, muere y es reemplazada, de una manera cada vez menos eficiente, por este sistema que es mi cuerpo. Siento como la materia que me constituye nace y luego muere antes de ser totalmente mía.
      Recuerdo claramente el día en que la idea se instaló en mi mente. Pensé por primera vez que mi cuerpo, este amigo mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo que espera devorarme. Las pantagruélicas comidas me llenaron de la repugnancia y al hastío. La operación de alimentarme que merecía tantos cuidados dejó de tener sentido.
      Me abstuve de comer carne, tal vez inspirado en los hindúes que apartan la mirada de los corderos humeantes, o tal vez inspirado en los períodos de ayuno ritual de algunas religiones. Pero no fue suficiente. La dieta herbívora me exigía más atenciones que la misma gula y no mitigaba la horrible sensación de incompletitud. Pero descubrí que en la que represión de los apetitos había una verdad oculta.
      Me invade una sensación de perdida abrumadora y se me plantea una lucha interior: puedo descansar, olvidarme de todo y dormir en paz o bucear en mis sentimientos para saber qué me pasa.
Aquí estoy, con mis muertos, con mis alegrías banales, con mis sentimientos, con mis fantasmas, con mis rencores, conformando un tramado humano efímero en el tapiz de conciencias de este planeta. Que pequeñez, que insignificancia. La pregunta "para qué" surge sola, sin esfuerzos, con un lastimero silencio como respuesta. "Para qué".
      Entonces decidí morir íntegro o, por lo menos, lo más íntegro posible.
      Suprimí las charlas intrascendentes y toda relación con cualquier planta, animal o persona. Dejé de hablar con los demás hace un tiempo que me es imposible determinar, para apartarme de las impresiones del mundo que también me contaminan. Si hubiera podido dejar de respirar por una hora lo hubiese hecho. Mi relación con el género humano se fue volviendo cada vez más distante.
      La sensación de frío o de calor me atormentan especialmente. Puedo llenar una bañera con agua para meterme en ella y regular su temperatura hasta no sentir sensación alguna, pero tarde o temprano algún tipo de impresión rompe el hechizo.
      De a poco fui dejando de comer, de beber líquidos excepto agua. Al comienzo fue muy difícil porque mi cuerpo se revelaba contra la abstinencia.
      El sueño fue paulatinamente ganando espacio. Empiezo a reconocer a la muerte cada vez que me abandona la conciencia. El sueño en el caigo cada vez más frecuentemente me muestra la manera de dejar de ser. Siento el agotamiento de mi sustancia humana. Una maravillosa levedad me invade cada vez que caigo dormido. Se me embotan los sentidos y pienso que el trance será subjetivamente más rápido.
      Dejé también de ver y oler, de escuchar y de sentir con la piel. Ahora, siento como esa deliciosa sensación de integridad crece dentro de mí. Cuando más completo me siento la vida se me escapa. Mi piel y mis huesos son prácticamente la misma cosa y ya no me quedan fuerzas para disfrutar del momento.
      Si la muerte voluntaria no fuera deseable, no estaría condenada por la mayoría de las religiones. El deseo de la propia muerte es un sentimiento lícito, no hay dudas.
      Encuentro a la muerte en el acto más íntegro de mi existencia.

Íntegro. © Aníbal Gómez de la Fuente, 2004.