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Capilla de San Pedro, el Reincidente

Alejandro Alonso

Relatos
Rodolfo y la grulla
Ciclos fluviales




Localización:

La Calle de las Tormentas bordea por el este la Plaza de Todos los Nombres. Justo frente al Monumento a los Caídos —que se ubica en el cuadrante sureste de la plaza—, se alza una pequeña capilla de aire modernoso. El solar sobre el que está construida perteneció a la Iglesia de la Piedad, pero ese templo fue derribado hace treinta y tres años (Ordenanza 526/70) para dar lugar a esta capilla. Los motivos de esa decisión son poco claros y, probablemente, vergonzosos.
      La nueva capilla está bajo la advocación de San Pedro, en su figura del Reincidente. No es tan grande como la catedral, frente a la Plaza Mayor, pero en estos tiempos de indiferencia y abandono espiritual siempre tiene visitantes... Bueno, tal vez eso exija una explicación.


Descripción:

La capilla ocupa la esquina suroeste de la manzana: una de sus puertas enfrenta la plaza y la otra (la entrada principal) apunta hacia la esquina. El edificio tiene forma de segmento anular (con el centro del anillo coincidiendo con el de la manzana). El frente de la iglesia es más bajo que su parte posterior. El techo es casi triangular (la base de ese triángulo es un segmento de circunferencia) y se proyecta hacia el cielo, trazando una comba que va desde el frente hasta un punto por encima y por detrás del edificio. En ese lugar fue instalada la Cruz de la Reincidencia. Techo y cruz están apuntalados por una columna en la parte posterior del edificio (invisible desde el frente) y en un costado por la torre cilíndrica del campanario.
      Su diseño llama la atención por lo peculiar. El brazo transversal de la misma es un círculo que se proyecta hacia arriba. El Cristo —una estructura de varillas muy elemental, que sólo vista de frente semeja un hombre crucificado— prácticamente está colgado con los brazos en "V". El círculo se cierra por encima de su cabeza, de forma que el palo mayor no vuelve a cruzarlo.
      Detrás del edificio se levantan varias dependencias que utilizan el cura párroco y los asistentes sociales. Un poco más atrás, hacia el centro de la manzana, existe un pequeño cementerio, que ya estaba allí cuando se levantó el nuevo edificio. Era el campo santo de la Iglesia de la Piedad, predecesora de esta capilla.
      La Iglesia de la Piedad existió durante casi setenta años. Inaugurada en 1901, fue la segunda iglesia que tuvo la localidad que luego se llamaría "Barrio de las Piedrecillas Azules". Con su torre, su fachada neoclásica (que enfrentaba la plaza) y sus columnas corintias, el edificio ocupaba casi la mitad de la manzana.
      Poco ha trascendido sobre las causas de esa demolición. Hay una ordenanza, sí, pero en ella no se detallan los motivos. Hay quienes aseguran que la iglesia nunca fue demolida. Otros van más allá y afirman que, en realidad, los dos edificios son la misma cosa.
      Existen leyendas que, con discrepancias menores, los parroquianos más viejos relatan sottovoce en los cafés y bares más tradicionales (unas vueltas de grapa o ginebra, cortesía de quien demande dicha información, ayudan bastante en este cometido). Y lo que dicen remite a "castigos divinos" que, con el correr de los años, demostraron perpetuarse más allá de la voluntad de Nuestro Señor. Un error de cálculo que no puede ser error —porque Dios es perfecto— y por lo tanto tampoco puede ser enmendado.
      Como se verá, los testimonios son desconcertantes. Pero empieza a percibirse un patrón, una reincidencia en ciertos conceptos:

«Vaya un jueves a la misa de las siete, hágame caso y vea por usted mismo. El cura da la misa en latín. No, no es el padre Luis. Creo que es el otro: Lorenzo, el borracho...»

«¿Otra porción de torta, querido? Sí, es como decís: toman asiento mirando la pared. No sé por qué lo hacen, pero es así... Claro, es verdad: el altar mayor de la Iglesia de la Piedad estaba en esa dirección...»

«Y cuando me fui a confesar, ahí estaba. El padre Braulio tendría que haber espichado, ¿entendés, pibe? Cuando vino el arzobispo y lo mandó a mudar ya tenía como noventa años, y eso fue antes de la Segunda Guerra...»

«¿Por qué te pensás que le pusieron San Pedro, el Reincidente, eh? Pedro negó tres veces a Jesús. ¿Ahora la captás...?»

«La misa de los jueves es la misma misa. La misma gente, el mismo pan, el mismo vino, el mismo cura borracho que habla en latín. Es como un disco rayado. Y si no me cree, vaya nomás...»

«Somos pecadores. Pero Dios se cansó de que cometamos siempre los mismos pecados. Está en la naturaleza humana. Es como en una calesita donde damos vueltas y vueltas, pero siempre estamos en el mismo lugar... Bueno, no son exactamente los mismos errores. Son variaciones o sofisticaciones de los errores que ya cometimos. Pero en esencia son lo mismo. Es como una espiral descendente al infierno...»

«Se lo regalo: se llama papiroflexia, es una grulla. Tengo HIV y no consigo laburo. Por eso ando por los trenes... Se lo regalo, y si quiere me da unas monedas...»

«Los ritos tienen esa característica: se repiten ad infinitum. Se repiten como si cada vez fuera la primera....»

«Y en el cementerio del fondo, después que enterramos a ese ciruja, yo conté diecisiete lápidas. Una semana antes había treinta y dos...»

«Lea. Trátelo con cuidado que tiene como cincuenta años... No es cuento, es verdad. En diciembre de 1923, el arcángel Gabriel se presentó al padre Lorenzo para darle un ultimátum: ese año no se celebraría el Carnaval y, en su lugar, los hombres y mujeres piadosos velarían por la llegada de una mujer pronta a parir, que daría a luz un nuevo mesías. El pueblo tendría cuarenta días para prepararse. Escuche: Media hora antes de recibir al mensajero celestial, el sacerdote había estado bebiendo vino dulce, por lo que creyó que esa visión era en verdad un delirio alcohólico. No le comunicó a nadie ese mensaje. A los dos meses lo internaron con un avanzado estado de cirrosis y no sobrevivió...»

«Tome este cuadrado de papel. Empiece a doblarlo como yo, así. Fíjese: esa cara del cuadrado está libre. Pero cuando la doblo, así, dos partes del papel que no se tocaban ahora se tocan... La iglesia es lo mismo. Realidades del pasado y del presente que no tendrían que tocarse, conviven en el mismo espacio. Se tocan como en los pliegues de la grulla...»

«Pero el arcángel volvió. Mire: En enero de 1932, el arcángel se presentó en sueños al padre Matías haciéndole la misma demanda. Matías despertó recordando dicho sueño, pero antes de revelar a otros su contenido decidió interpretarlo. Se sabe que el cura había leído varios tomos de las obras de Sigmund Freud y que, en su fuero íntimo, la fe y la razón se mantenían en permanente conflicto. Esa vez ganó la razón...»

«...son variaciones o sofisticaciones de los errores que ya cometimos. Son lo mismo. Es como una espiral descendente al infierno... Esa capilla es la misma que demolimos en el 70. Y cuando derriben ésta, dentro de 43 años, volveremos a levantarla idéntica a las otras. No se deje engañar por las apariencias...»

«Ahora escuche esto, va a ver lo que le decía. En diciembre de 1941, el ángel regresó y le anunció al padre Braulio la inminencia del castigo divino si no se cumplían sus demandas. El hombre transmitió ese pedido de Dios en una de sus homilías y esperó a ver la reacción de la grey. En 1941, Braulio tenía 92 años y muchos lo creyeron afectado por la demencia senil. El arzobispo le recomendó que pasara una temporada en un asilo de la diócesis, y el mensaje pasó al olvido sin más pena ni gloria...»

«...como cuando vas al cine y la dan en continuado. Podés ver pedazos de la misma película más de una vez. Es cuestión de sincronizarse...»

«Da lo mismo rezar uno o treinta padrenuestros. Son todos el mismo. Vas por el primero y ya perdés la cuenta. Un avemaría es como un rosario completo. Te lo explico de otra forma: ¿Vos sabés por qué yo voy todos los jueves a misa? Fácil: porque fui la primera vez...»

«El tiempo es cíclico. Como en la cruz circular que hay en el techo de la capilla. Mi vieja sabe que cada seis semanas Marcelino vuelve. Mi hermanito se ahogó en el 54. Tenía seis años y le faltaba un mes para la Primera Comunión...»

«Cuando lo enterramos al pibe ése que se ahogó, había sólo doce lápidas...»

«No, querido. La lámpara de aceite que hay en el altar es muy antigua. Siempre estuvo ahí. Es como todo lo demás: el agua bendita, las hostias del relicario, los cirios del altar, las flores que ofrecen a los santos...»

«No hay perdón, porque no hay arrepentimiento nuevo. El arrepentimiento es viejo, el castigo ya fue ejecutado para lavar otros pecados. Y Dios no puede perdonarnos si no estamos arrepentidos de todo corazón por este pecado nuevo. No sirve un arrepentimiento viejo. ¿Se entiende...?»

«¿Otra tacita de café...? En treinta años, no vi que nadie se preocupara por llenar el depósito de la lámpara, ni que cambiara los cirios gastados, y las flores siempre tuvieron la misma frescura que el primer día...»

«Todos somos reincidentes. Pedro, el primer Papa, lo negó tres veces a Jesús. Y si él pudo salvarse y dar su vida por la Causa de la Fe, entonces nosotros tenemos esperanzas...»

      La capilla está abierta de 9.00 a 22.00, excepto los jueves. Las fiestas patronales son el 29 de junio.


  Relatos de La Capilla:


Las leyendas que se escuchan repetir entre los ecos de la Capilla de San Pedro el Reincidente brotan y resurgen como hongos en la oscuridad.

Rodolfo y la grulla

López, el editor, dice que no vale la pena correr los trenes. Siempre llega otro que va para el mismo lado. Y la historia se repite de lunes a viernes, en los mismos horarios laborales. Es coherente con su filosofía: nunca me apuntó una llegada tarde.
      El hombre que plegaba grullas en el furgón de las bicicletas dijo algo parecido.
      —No se preocupe. Siempre es el mismo tren.
      Sonrió y me pidió que me acercara. Abrió la ventanilla.
      No pude decirle gracias: desechando el consejo de López, había corrido ese tren y necesitaba recuperar el aire.
      Era un tipo flaco y mal entrazado, que con cada bandazo parecía flamear como un junco. —El tramo que va de Tragondo a Nessunposto está lleno de curvas—. Tenía una barba pelirroja larga y descuidada. Llevaba el cabello bastante largo, pero lo había recogido con un elástico en una cola de caballo, de modo que su frente estaba despejada.
      Sacó del bolsillo del abrigo unos bifocales bastante magullados: uno de los lentes estaba cascado en una esquina, y tenía una patilla rota. Luego metió la mano en un bolso y extrajo un cuadrado de papel de unos ocho o diez centímetros de lado, que seguramente había recortado de la página de alguna revista dominical. Era una publicidad de cerveza: sobre el fondo azul, el chop rebosante de espuma y una parte de la botella. «Vuelve a vivir el mismo sabor», dice el aviso. En el cuadrado sólo se podía leer «Vuelve a vivir».
      —No se vaya —dijo, mientras plegaba el papel por una de las diagonales—. Me llamo Rodolfo... Espere un poco.
      Sus manos fueron descubriendo formas que no estaban siquiera insinuadas en el cuadrado original. Era como una danza hipnótica en la que los dedos daban forma al papel, o tal vez fuera al revés.
      Cuando terminó me mostró triunfal la figura que había logrado.
      —Se lo regalo: se llama papiroflexia, es una grulla. —Bajó la mirada—. Tengo HIV y no consigo laburo. Por eso ando por los trenes.
      —Es... muy bonito —dije.
      Diez años de periodismo para decir semejante pavada.
      —Se lo regalo, y si quiere me da unas monedas...
      Saqué dos monedas. Se las entregué. Las manos de Rodolfo parecían jóvenes, pero estaban llenas de nervaduras. ¿Qué edad tendría? ¿Treinta? ¿Cuarenta?
      Él volvió a sonreír. La barba le cubría los labios, supe que sonreía por sus ojos.
      —Dicen que quien regale cinco mil de estas grullas, podrá pedir un deseo que se le cumplirá —me explicó—. Quiero curarme, ése es mi deseo.
      —Es también el mío —dije—. ¿Usted cuántas grullas lleva?
      —No sé. La primera semana hice más de cien. Pero después me di cuenta de que no valía la pena. En estos cinco años no hice mas que plegar una sola grulla. Me faltan 4.999. —Sacó otro cuadrado de papel azul—. No puedo salir de la primera.
      Esa queja me sonó familiar. Me apresuré a sacar la libreta de apuntes y dibujé una línea recta y un círculo: la Cruz de la Reincidencia.
      —¿Usted es creyente? —me preguntó.
      —Sólo curioso.
      Me ofreció el papel azul: la misma copa rebosante de espuma, el mismo mensaje absurdo. «Vuelve a vivir». La promesa de un Jesucristo de cafetín.
      —Empiece a doblarlo como yo, así. Fíjese: esa cara del cuadrado está libre. Pero cuando la doblo, así, dos partes del papel que no se tocaban ahora se tocan... La iglesia es lo mismo. Realidades del pasado y del presente que no tendrían que tocarse, conviven en el mismo espacio. Se tocan como en los pliegues de la grulla...
      Le devolví el papel arrugado. No creo que quisiese enseñarme los secretos del origami, sólo buscaba graficar su hipótesis.
      Él aplanó el papel y empezó a marcar las diagonales.
      —Plegué mi primera grulla en este mismo furgón. De camino a Nessunposto. Me gusta pensar que ese día, que podría ser éste día, también plegué mi última grulla.
      —No debe ser para tanto —dije, y al instante me di cuenta de la barbaridad.
      Me sonrojé. Él bajó la cabeza.
      —No sé —dijo para zanjar el tema—. La verdad es que no recuerdo haber bajado en Nessunposto esa primera vez. Creo que desperté en Tragondo. Como si las vías corrieran en círculos y siempre terminaran en el mismo lugar. Por eso le digo que las realidades a veces se pliegan y terminan tocándose.
      —¿Y la capilla?
      —No voy más a la capilla. Ya no soy creyente. Prefiero el milagro de las grullas. Me faltan 4.999.
      —¿Me regala otra?
      —Una por persona, amigo. Sino es trampa.
      Rodolfo se despidió con una palmada y se fue detrás de una mujer cuarentona que pasaba. Ambos entraron en el vagón contiguo.
      El tren ya estaba llegando a Nessunposto, donde tenía que bajarme. Me di cuenta de que lo único que sabía de Rodolfo era su nombre. Corrí al vagón contiguo y lo busqué.
      Encontré a la mujer cuarentona sentada y mirando una grulla de papel azul.
      —¿No sabe donde está el hombre que la hizo? —le pregunté señalando la figurita.
      Ella frunció el ceño y miró sobre su hombro, en dirección al furgón.
      —Se fue para allá —señaló con la cabeza—. Tendrían que haberse cruzado.
      Le di las gracias. El tren se detuvo y bajé.
      Busqué la grulla en el bolsillo donde la había puesto.
      No estaba.

Rodolfo y la grulla. © Alejandro Alonso, 2003.

Ciclos fluviales

Heráclito asegura que nadie se baña dos veces en el mismo río. Está equivocado. Mi investigación sobre los hechos relacionados con la Capilla de San Pedro, el Reincidente, me habla de ríos cíclicos, donde todo lo que fluye tarde o temprano regresa.
      Don Chicho estaba de acuerdo conmigo. Estaba de acuerdo con todo lo que yo decía. Como fuente de información, el viejo era un fiasco. Me había citado en la cantina de Don David —en la esquina de Los Aromas y Las Mercancías— para decirme algo muy importante.
      Ya iba por la tercera ginebra y nada... generalidades.
      —¿Por qué te pensás que le pusieron San Pedro, el Reincidente, eh? —Don Chicho apuró la ginebra y pidió la botella. Don David la dejó en la mesa—. Pedro negó tres veces a Jesús. ¿Ahora la captás...?
      —Sí, eso ya lo sé. Ahora cuénteme lo del ciruja.
      —¿Rodolfo? ¿El tipo de las grullas?
      —No, el otro. El que apedrearon en la capilla vieja. Por teléfono me dijo...
      —Sí, ya sé lo que te dije. Estoy esquivando el bulto porque no tengo muchas ganas de hablar de eso.
      —¿Por qué me llamó?
      El viejo dudó, y esa duda fue el punto de quiebre. Lo miré con atención: su perfil romano, las arrugas en las comisuras, la papada flácida, los pocitos de la viruela como cráteres marcianos en su rostro sanguíneo; las manos huesudas, delicadas casi, empuñando el vaso de ginebra. Más que viejo, parecía gastado. Miró por el ventanal un par de segundos y se volvió hacia mí. Era la primera vez que me miraba a los ojos.
      —Yo estaba ahí —dijo en un susurro—. Como los otros. Todos tiramos piedras. El juez Garavaes falló que habíamos entrado en una especie de histeria colectiva. Que éramos inipu... inintu...
      —Inimputables.
      —Eso. —Don Chicho se sirvió otra ginebra. Quiso servir en mi vaso, pero lo frené a tiempo—. Inimputables, todos.
      —¿Algo que ver con la capilla? Lo apedrearon en la capilla, ¿no?
      El viejo suspiró.
      —En las gradas de la vieja Iglesia de la Piedad, sí.
      No dije nada, no sabía por dónde empezar a preguntar. El viejo abarcó con un gesto toda la cantina.
      —Mejor que te lo cuente yo, ellos no van a querer hablar. Y es necesario. Es la única redención posible.
      —Empiece por el principio.
      —Cuando todavía estaba de pie la vieja iglesia, era verano, creo, se ahogó un pibe en el río. Nada del otro mundo, pobre. Pero empezó a correr la voz de que lo había ahogado un ciruja, que siempre estaba por ahí. No sé de dónde sacaron el dato.
      Don Chicho borró algún antiguo recuerdo con un gesto.
      —Cuando lo enterramos al pibe ése que se ahogó, había sólo doce lápidas...
      Yo no quería que pensara demasiado, así que lo insté a seguir. Decidí no tomar apuntes, ya habría tiempo para eso.
      —Doce lápidas —dijo—. Ese dato es importante. La gente no le da mucha bola a esos detalles, pero yo sí. Antes había treinta y dos. La gente no se moría mucho por esos días…
      El viejo sonrió. Yo le devolví la sonrisa sin interrumpirlo.
      —Doña Agueda y las otras viejas empezaron a correr la bola. Y después el padre Lorenzo dijo algo en la homilía. A la salida de la misa lo vieron, lo patearon y al final arrancamos los adoquines de las gradas y le aplastamos la cabeza. Lorenzo mandó a sacar los adoquines manchados. Siete eran. Los pusieron en algún lugar de la ciudad, pero dados vuelta, para que no se viera la sangre... Déme un segundo, ya vuelvo.
      Don Chicho saludó a unos de los parroquianos y lo acompañó a nuestra mesa. Por el camino le dijo algo, y el hombre me miró.
      —Éste es Rafael —presentó el viejo—. Es hermano de Marcelino, el muchacho que se ahogó.
      —Mucho gusto —saludé—, lo lamento mucho.
      —Pasó hace muchos años, no se preocupe.
      Rafael era más joven y más bajo que Don Chicho, pero igualmente gastado. Su piel era pálida y los cabellos eran castaños y lacios, con muy pocas canas. Sus gestos parecían delicados. Fruto de la chochera, pensé.
      —Está en la capilla —dijo—. Marcelino.
      —¿En la nueva o en la vieja?
      Rafael sonrió.
      —Ya debería saberlo, señor periodista. Es lo mismo. Le doy un ejemplo: La misa de los jueves es la misma misa. La misma gente, el mismo pan, el mismo vino, el mismo cura borracho que habla en latín. Es como un disco rayado. Y si no me cree, vaya nomás...
      —Le creo.
      Don Chicho se adelantó.
      —Matamos al ciruja. Estábamos seguros de que había sido él.
      —Fue él —acotó Rafael—. Lorenzo dijo...
      —Ya no importa —interrumpió Don Chicho, y Rafael no dijo más—. Después de matarlo, vimos que habíamos obrado mal. Terriblemente mal, ¿me explico? Fuimos a la capilla, para darle sepultura. Y en el cementerio del fondo, después que enterramos a ese ciruja, yo conté diecisiete lápidas. Una semana antes había treinta y dos...
      —Somos pecadores —intervino Rafael—. Pero Dios se cansó de que cometamos siempre los mismos pecados. Está en la naturaleza humana. Es como en una calesita donde damos vueltas y vueltas, pero siempre estamos en el mismo lugar... Bueno, no son exactamente los mismos errores. Son variaciones o sofisticaciones de los errores que ya cometimos. Pero en esencia son lo mismo. Es como una espiral descendente al infierno...
      —Entiendo —dije. Después me pregunté si realmente había algo que entender.
      Ambos estaba locos, fuera por el dolor o por la culpa. La capilla tenía ese efecto en la gente.
      Rafael no escuchaba.
      —...son variaciones o sofisticaciones de los errores que ya cometimos. Son lo mismo. Es como una espiral descendente al infierno... Esa capilla es la misma que demolimos en el 70. Y cuando derriben ésta, dentro de 43 años, volveremos a levantarla idéntica a las otras. No se deje engañar por las apariencias.
      —¿Cómo relacionan esta muerte con los ciclos? —pregunté.
      —El tiempo es cíclico —dijo Rafael—. Como en la cruz circular que hay en el techo de la capilla. Mi vieja sabe que cada seis semanas Marcelino vuelve. Mi hermanito se ahogó en el 54. Tenía seis años y le faltaba un mes para la Primera Comunión...
      —Marcelino lleva el mismo trajecito de domingo, como cuando estaba vivo, un par de días antes de que se ahogara. La misa se repite. Como cuando vas al cine y la dan en continuado —acotó Don Chicho—. Podés ver pedazos de la misma película más de una vez. Es cuestión de sincronizarse...
      —Y a la séptima semana —siguió Rafael—, el padre Lorenzo…
      —Que en paz descanse —se persignó Don Chicho.
      —...se sube al púlpito y da la misma homilía. Salimos a fuera y lo apedreamos. Nos arrepentimos, lo enterramos en un cementerio que ya no existe y nos dejamos juzgar en ese mismo portal por un juez que ya se murió.
      Me serví un vaso de ginebra. Del otro lado de la ventana, un hombre mayor jugaba a la rayuela sobre los adoquines de la esquina.
      —Todos somos reincidentes —dijo Rafael, apoyando su mano sobre la mía, que no dejaba de temblar—. Pedro, el primer Papa, lo negó tres veces a Jesús. Y si él pudo salvarse y dar su vida por la Causa de la Fe, entonces nosotros tenemos esperanzas...
      —Da lo mismo rezar uno o treinta padrenuestros —explicó Don Chicho—. Son todos el mismo. Vas por el primero y ya perdés la cuenta. Un avemaría es como un rosario completo. Te lo explico de otra forma: ¿Vos sabés por qué yo voy todos los jueves a misa?
      Heráclito estaba equivocado. Yo sabía la respuesta, pero dejé que el viejo la pronunciara.
      —Fácil: porque fui la primera vez...

Ciclos fluviales. © Alejandro Alonso, 2003.