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Estadio de Urbys

Pablo M. Brión

Localización:

Situación geográfica. Son dos bloques de manzanas, limitadas por la calle 38, y la calle Las Laderas (vía del ferrocarril Tren de la Llanura), y las calles Paseo de la Guardia y Calle BI.


Historia:

El Estadio de Urbys fue fundado por el ingeniero Carlos Lasarte hace más de cuarenta años en un terreno baldío cercano a la vía por donde pasa el Tren de la Llanura. El propio Lasarte nos cuenta su historia:
      "Nos juntábamos a jugar al salir del colegio con mis compañeros de curso, en el baldío al costado de la vía. Desconocíamos la causa por la que en uno de los costados del terreno el pasto crecía siempre de color amarillo, tanto en invierno como en verano. No se confundan al pensar que se trataba de pasto seco, sino que crecía naturalmente, pleno de vida, pero de este color, un amarillo brillante, fosforescente en la obscuridad. Marcado arbitrariamente por piedras y bolsos con libros, se convirtió en el lateral de nuestro campo de juego."
      Este comentario del ingeniero Lasarte nos intrigó y nos dirigimos a la Universidad con el fin de encontrar una explicación. Para ello concertamos una entrevista con el reconocido físico y geólogo Servio Anatnev, quien tuvo la amabilidad de atendernos en su despacho. Refiriéndose a investigaciones suyas al respecto, nos informó:
      "Solía jugar en ese terreno. La curiosidad me impulsó a investigar sobre algunas particularidades que considero únicas, que ya me habían sorprendido cuando jugaba allí en mi adolescencia. Puedo decir que el meteorito que llegó a Urbys en épocas pretéritas se disgregó en pequeños trozos, de características muy disímiles. Uno de éstos es la famosa Piedra del Tren. Varios otros quedaron más o menos enterrados en diversos puntos de la ciudad. Uno de los casos puede ser el Barrio de las Piedrecillas Azules..."
      Le recordamos al profesor el tema que nos llevó a su presencia y éste retornó al relato sobre su hipótesis (sostenida sólo teóricamente) del origen del extraño color amarillo del pasto del lugar, así como la fosforescencia:
      "Como les comentaba, un fragmento del meteorito cayó en este lugar, introduciéndose profundamente en la tierra blanda y combinándose con ella. Las principales propiedades del fragmento son el magnetismo y una leve radiactividad. Hay en él, probablemente, un pequeño trozo de plutonio-186, que se debe haber formado en la naturaleza por acción de una fuerza nuclear violenta. Está cubierto por un conjunto de minerales entre los que predomina la magnetita. Considero la posibilidad —aclara el profesor— de que el lanzamiento de este meteorito al espacio pudo deberse a la explosión de una nova, o un sol blanco, ocurrida hace millones de años, que desprendió grandes trozos de materia por nuestra zona de la espiral galáctica. Otra posibilidad es que se deba a la explosión de un planeta a causa de una guerra cósmica con armas atómicas.
      ╗La radiación a que fue sometido el fragmento y el magnetismo, sumados, crearon una polaridad de fuerzas magnético/nuclear débil, que por confrontación/oposición con las otras fuerzas propias del universo —la gravedad y la fuerza nuclear fuerte— produce influencia al terreno que le rodea.
      ╗Esta banda de pasto presenta una gravedad menor, de 5/7 respecto a la gravedad del resto de Urbys. Como no soy botánico ni biólogo, mis conocimientos no alcanzan a explicar la fosforescencia ni el particular color del pasto en esa zona, pero muy probablemente esté relacionado con la alteración del campo magnético, o quizás a la cierta radiación.".
      Hasta aquí lo comentado por el profesor Anatnev, de la Universidad de Urbys. Observamos hoy este terreno, que abarca no solamente uno de los laterales de la cancha sino también los cimientos de la tribuna local, y recordamos las palabras del ingeniero Lasarte:
      "Desde esa época en la que era un veloz puntero derecho, recuerdo con cariño ese baldío, en el que jugué los mejores partidos de fútbol de mi vida. Al recibirme deseé honrar el recuerdo de tantas horas felices y decidí construir esta obra para la ciudad de Urbys, que es fuente de alegrías e historias".
      El ingeniero omite contar por qué sus recuerdos son particularmente buenos y evita —sin ninguna maldad, así lo creemos— todo comentario sobre los extraños goles que se producen en esta cancha. No hizo comentario alguno sobre el comienzo poco prometedor de su equipo en la liga local. Y tampoco nos habló sobre las historias que se cuentan sobre la tribuna local —secciones A y B— y las curiosas leyendas del vestuario. Pero es lógico que así ocurra. Las anécdotas y leyendas se propagan más que la historia verdadera y ya son conocidas por todos entre la población de Urbys.


Historias de la Tribuna local

El día del temblor

(Tal como lo relató en el bar ´No tan sobrio´ el famoso comentarista deportivo Aristofanes Atreup)

Domingo, seis de la tarde. La gente se encuentra ya en el estadio. Las banderas flamean tranquilas en la tribuna local. Nadie está preparado para la noticia.

Era una tarde de principios de septiembre, con el clima suave de Urbys en ese mes. La gente concurría feliz y esperanzada al estadio. Luego de insólitos resultados positivos el equipo local sólo necesitaba un triunfo para ser el campeón de la Liga y lograr el esperado ascenso. Y no es fatuo decir insólito o inesperado, ya que el equipo de Urbys —al que se apodaba, por sus seguidores, poco dados a la efusividad en sus festejos, como "Los Desalentados"—, nunca había llegado tan alto. Este año, merced a la fortuna de contar en el equipo con una pareja de delanteros habilidosos y decididos, un buen arquero y un veloz lateral derecho, que había sabido explotar las ventajas de cierto sector de la cancha cuando jugaban de local, llegaban a esta estancia decisiva.
      La hinchada local había venido preparada para el festejo. Los ansiosos ocupantes de las gradas portaban banderas, bombos, petardos y bolsas de papelitos. Los jugadores ingresaron a la cancha y fueron recibidos por el ya tradicional murmullo que les había ganado el apodo. Y comenzó el partido, de juego fuerte y trabado, como corresponde a este tipo de encuentros.
      La hinchada —por primera vez llenas las gradas de las tribunas A y B— alentaba cada jugada, cada veloz ataque, cada atajada, mientras el murmullo crecía, adelantando el festejo. La gente abandonaba sus lugares, agolpándose contra el alambrado. Faltaban menos de cinco minutos para el final del partido y con el empate retornaba la desesperanza de otro campeonato sin ganar. La gente ahogaba en su garganta el grito del festejo final, presintiendo ya no llegaría.
      En ese momento el lateral derecho del equipo local tomó la pelota y comenzó un veloz contraataque por su banda, justo debajo de las tribunas A y B. Los seguidores se pusieron de pie, mientras una sensación indefinible invadía el estadio. La tribuna visitante enmudeció de repente. El mediocampista eludió a un rival y a otro, en un hábil movimiento, levantó la vista y ejecutó un centro perfecto hacia el puntero derecho, que elevándose muy por encima de los defensores en su salto, sobrehumanamente, conectó un preciso cabezazo que ingresó al arco rozando el ángulo superior izquierdo del arquero.

¡GOL!!! La tribuna estalla, con un salto simultáneo, con una emoción contenida por muchos años; saltan juntos, caen con fuerza, vuelven a saltar, gritan el nombre de su equipo en cien maneras, golpean con los pies, tiran las estruendosas bombas, festejando.
      Del otro lado de la ciudad, en el Observatorio, uno de los sensores próximos al Estadio registra el inicio de un temblor. La escala aumenta con rapidez, la vibración se hace constante y periódica. En el vacío Observatorio (todos sus ocupantes están en ese momento en el Estadio), se activan las alarmas sísmicas, transmitiendo el aviso a observatorios de ciudades distantes de todo el mundo. De inmediato suenan las correspondientes alarmas en los Departamentos de Policía y Bomberos, que acuden al foco del temblor, en las cercanías del Estadio. El ruido de sirenas casi no se escucha allí, donde la gente todavía está presa del festejo, todavía con la expectación del partido, que sigue en juego. La noticia de un temblor de causas desconocidas se filtra a un periodista, se transmite por la radio.
      Los comentaristas del partido escuchan la emisión; también la gente. La adrenalina feliz que inundaba a todos ahora pasa el pánico. La gente asustada salta e invade el campo de juego, sin saber que ellos mismos son la causa del misterioso temblor, registrado erróneamente. Escuchan las sirenas de la policía y los bomberos, que suenan en el inconsciente colectivo como la premonición de una catástrofe. Se rompen las rejas, se abandona el juego, cada persona busca la salida más cercana, o la que considera más rápida. Se producen golpes, aglomeración, gritos, algunos heridos, sin que haya que lamentar —afortunadamente— víctimas fatales.
      Varias horas después, todo queda aclarado. Los científicos dan sus explicaciones, la gente se calma. En el curso de la semana, la comisión deportiva de la Liga determinará que el partido se considere ´no cumplido´, por falta de garantías en el Estadio. Se fija un resultado oficial, que es, obviamente, de un empate 0 a 0.

Y así, el equipo de Urbys perdió el campeonato.


Leyendas del vestuario

Mientras los jugadores se cambian luego de un entrenamiento y llega el utilero con los mates, se suelen comentar historias sobre sucesos asombrosos, jugadas imposibles y extrañas apariciones que van más allá de la realidad de las leyes conocidas del Universo.

El agujero negro consciente

En uno de los armarios del vestuario visitante, ése que tiene la puerta despintada y oxidada, de chapa rota, sin candado, y en cuyo interior se amontonan los viejos diarios, se esconde en una esquina, cubierto por éstos, un pequeño agujero negro.
      Es del tamaño de una mota de polvo, más pequeño acaso que la punta de una aguja, aunque su capacidad de atracción de masa es muy grande, incalculable. No se sabe cómo llegó allí y muy pocos —quizás ninguno— creen en su existencia. Hay rumores de que está allí, pero se le considera más bien una leyenda. Pero nadie abre la desvencijada puerta del armario, nadie lo limpia de la suciedad y quita los viejos periódicos que se acumulan, abandonados y amarillentos, en su interior.
      Si lo hicieran, descubrirían algo muy extraño: La tinta de estos diarios está desapareciendo, absorbida por el agujero negro, aunque el papel permanece. Y más extraño aún, como si una especie de conciencia o inteligencia lo guiara, está consumiendo primero la sección Deportes...