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La Esquina de los Siete Pasos al Ayer

Daniel Grau

Relatos
Siete Pasos al Ayer




Localización:

La Calle de los Aromas bordea el sur de la Plaza Mayor. En décadas pasadas, y sólo los días domingos, funcionaba allí un mercado. Desde los campos linderos llegaban innumerables tipos de transportes con sus mercaderías. Luego de regateos, compras y ventas, otras carretas, "las rojas", las únicas habilitadas para circular dentro de Urbys, llamadas de ese modo por el color distintivo de sus carrocerías, llevaban las cargas hasta el río. Conducían mayormente azafrán y canela. "Las rojas" se movían poco dentro de la ciudad, apenas algunos bloques hasta la Calle de las Mercancías, donde estacionaban a la espera de un turno de estiba para despachar. Las chatas amarillas, amarradas a la vera del curso de agua, proseguían el transporte de los productos. Aguas arriba, las barcazas se juntaban en la distancia como un trazo amarillento sobre las oscuras aguas en dirección a los puertos de embarque habilitados para la exportación.
      La Calle de los Aromas debe su nombre a las exquisitas fragancias que perfumaban el aire. Con aquellos gratificantes aromas, los vecinos compensaban un tanto la molestia del incesante ruido de las ruedas de madera y los cascos de los caballos sobre el adoquín de la arteria.
      La intersección de las calles mencionadas forma la Esquina de los Siete Pasos al Ayer, donde se destaca, a pesar de la humildad de su aspecto, la cantina de Don David.

Descripción:

A simple vista es una esquina como cualquiera, dos calles que se cruzan sin desviaciones ni accidentes geográficos de importancia. Dos calles con adoquines de granito gris, cada uno de ellos no mayor a un pie humano, colocados con esmero y prolijidad en forma de abanicos o semicírculos concéntricos en una geometría asimétrica remarcable y con el gusto típico de una época en la que el arte de hacer bien los trabajos carecía de flaquezas, en la que el valor estético alcanzaba hasta los suelos que se pisaban. Otras épocas, sin dudas, cuando la responsabilidad era un aporte desinteresado y personal que cada trabajador brindaba con orgullo.
      En el cuadrante sureste de la esquina, sobre la ochava, como un sobreviviente de la arquitectura del siglo pasado, se yergue la cantina de "Don David". Funciona hoy como en los viejos tiempos, cuando su amplio salón redundante en anaqueles de maderas lustrosas amortiguaba las voces de confesor de los cocheros y los espejos biselados de las columnas reflejaban hasta el infinito los rostros vencidos, envueltos en la abulia de la espera por hacer efectiva la descarga. Allí bebían sus miserias de amor y de olvido.
      Por fuera la cantina, con su arquitectura de referencias neogóticas, parece una capilla de pueblo. De esto último, a decir verdad, poco tiene. Apenas si contó alguna vez con la presencia de un párroco para beber su carajillo matinal de los días de semana.
      La monotonía de la fachada de paredes blancas se quiebra con listones horizontales de moldura, amarillos, a un metro del suelo, que se repiten a un metro por debajo de la cumbrera. Vale la pena admirar estas coqueterías en la construcción. En el presente, los trabajos de este tipo son abolidos por la prisa y la simplicidad.
      El campanario en la cúspide de la edificación, centrado con la ochava de la esquina, da el aspecto de capilla rural al que hice referencia. Nunca supe por qué motivo se puso una campana sobre los techos de un bar, pero allí persiste a través de los años, imperturbable. Sospecho que alguna historia ha de tener.
      Dos amplios ventanales, uno sobre cada calle, permiten observar una ciudad distinta, moderna. Antes traían la visión evocadora de un pueblo de carretas y aromas; de sueños y vidas tranquilas. Me pregunté, se preguntarán, ¿cuántas historias dormirán sobre los robles desbruñidos de sus mesas? El mobiliario perdura sin cambios. Y a través de los vidrios, más allá de las ventanas, ¿cuántos ojos observaron deslizarse las almas extraviadas, dubitativas, en sus aceras? Algunas historias nunca se sabrán, otras, como la de Tomás Guaciul Garavaes y su Esquina de los Siete Pasos al Ayer, tal vez duerman un sueño corto y pronto vean la luz del cristal esclarecedor. Claro está, siempre y cuando los espíritus de las mesas me permitan contarlo.
      ¿Y la campana? ¿Sonará alguna vez?...

Relato:

La Esquina de los Siete Pasos al Ayer ¿A qué responde el nombre?, se pregunta uno.
      Debo remontarme cuarenta años atrás. La memoria popular señala, en referencia con el nombre de esta esquina, hacia un ciudadano respetable de Urbys, y digo respetable por el hecho de ser el único descendiente con vida de la respetable familia Garavaes y no por méritos inherentes a su persona, ya que en las alforjas de Tomás Guaciul Garavaes no se contaban más obsesiones que las del juego. Su padre había sido Emilio Emérito Garavaes, un Juez que los ancianos de Urbys recordaban con respeto y aprecio. Había dejado a su hijo una abultada herencia —por fuerza de ley y no por cualidades personales—, que Tomás había adelgazado drásticamente con el vicio del juego.
      Se dice que Tomás Guaciul Garavaes, el hijo ahora anciano de aquel juez benemérito, caminaba despreocupado por la acera de la Calle de las Mercancías en dirección norte-sur. Se detuvo antes de llegar a la intersección con la de los Aromas, apenas unos dos metros antes de cruzarla miró a su izquierda y optó por cruzar la calle por donde había llegado, en dirección al río. Dicen que dio algunos pasos sobre el adoquinado y a mitad de recorrido, al pisar una piedra y sin detenerse, sencillamente se esfumó, desapareció. Esos pasos siguieron sin querer uno de los artísticos semicírculos de los adoquines, que perfilaban la ochava de calle a calle. No pidió deseos extraños, ni milagros aleatorios, simplemente se esfumó.
      En el cuadrante sureste de la esquina está la cantina de Don David. Modesto bar con amplios ventanales de vidrio, donde los cocheros, por aquellos tiempos, dormían sus vergüenzas de alcohol entre los rayos del sol que se filtraban a través de los cristales mientras esperan el turno de descarga.
      Alguno de los bebedores de la cantina puede haber sido testigo directo de la volatilización instantánea de Tomás Guaciul Garavaes aquella tarde de domingo, pero creo que ninguno se hubiese atrevido a decirlo frente a la silueta de una botella de ginebra casi extinta, que se asemejaba en sus mentes a las curvas de una odalisca manoseada y poseída sin compasión por las manos y bocas de hombres como ellos, sin escrúpulos.
       Si algún testigo sobrio presenció el evento, de lo único que se puede haber percatado es de un centelleo en la silueta de Tomás Garavaes, un sencillo parpadeo, luego del cual todo continuó de igual modo, con un anciano cambiando de dirección y dando ocho, nueve y diez pasos sobre el adoquinado en dirección al bar de David, algo que hizo sin culpas ni remordimientos.

No estaba bien visto entrar a beber alcohol en las tardes, esa actividad era reservada casi en exclusivo para los conductores de carruajes, pero Garavaes tenía que contar y sobre todo descargar su angustia, dejando en la nada el paseo que había planificado a orillas del río.
      Cuando el viejo Tomás jugaba, que era casi todo el tiempo, se fanatizaba por seguir los resultados de los sorteos. Aquel sábado por la noche sus números escogidos para el loto, que prometía varios millones, dieron el resultado de siempre: una expectativa muerta al caer la primera bolilla. Las cinco restante eran consuelo de tontos y Tomás podía ser muchas cosas, pero nunca un tonto que se vanagloriara con pozos menores, así que no esperó a que cayera la segunda bola y apagó la radio.
      Al día siguiente, domingo por la tarde, salió de su casa con destino al río: decía siempre que el ruido del agua le cantaba la suerte. Pero justo allí se detuvo, a mitad de la calle, con su pie dando un paso más sobre el adoquinado: algo cambió en él y decidió virar hacía la cantina. Luego, otro personaje de Urbys del cual más tarde hablaré, se encargó de confirmar que fueron siete los pasos que determinaron la suerte del viejo Garavaes aquel domingo.
      Garavaes entró al bar, pidió una ginebra doble al cantinero. De pie junto a la barra, bebió toda la copa de un sorbo exagerado y sin pausas. Dio dos pasos y se enfrentó a las mesas. Allí, como una estaca demarcando un territorio importante, comenzó a narrar su extraña experiencia en un elevado tono de voz. Desenfrenado, casi sin respirar, desató la madeja de su estupor entre los parroquianos y cocheros que bebían, sin dar importancia a los comentarios que hacían sobre su persona. Contó que sintió que se desmaterializaba desde los pies hasta la cabeza y nada más pudo ver. Cuando recobró la vista, sus ojos contemplaron otro entorno. Estaba en su casa —la de su padre, el Juez—, cuatro calles hacia el norte. Allí se encontró, sentado en la sala en su cómodo sillón de lectura y con un libro de probabilidades y estadísticas de juegos de azar entre sus manos. Recordaba esa escena porque ya la había vivido. Todo estaba igual, era una réplica exacta del día anterior, sábado. Más calmo, comprendió que, de alguna forma que no podía intelectualizar, estaba dentro de sí mismo, dentro de su mente pero del día anterior, y con un dato que no escapaba de su memoria del futuro: "la primera bolilla del loto es el 07".
      Se maldijo mientras daba los pasos necesarios para apostar. El juego cierra a las seis, se repetía. Eran las cuatro del sábado. Dos horas para combinar y apostar, se decía en la mente. Su cabeza alternaba entre números y reproches. Se maldijo a mansalva por su absolutismo y su negación ¿Por qué no oigo todos los números? Así era él, cuando la primera bolilla no coincidía, las demás no servían y la radio recibía la señal inequívoca de su dedo en el interruptor.
      Se denostaba en todos los tonos y vocablos que encontraba en su boca pastosa y amarga, prometiendo que nunca más cometería ese error.
      Eso contó en la cantina. Mordía el tabaco del habano apagado como una señal más de su disconformidad hacia el destino que lo había burlado. Lo destrozó con sus dientes de ira como si quisiera masticar así la soberbia que lo había arruinado. Hubo risas, pero también miradas extrañas y calladas. No todos se burlaron.
      De su abrigo extrajo doscientas boletas de loto con doscientas combinaciones distintas de progresiones numéricas, era todo lo que podía abarcar con el resto de su pensión del mes. Todas comenzaban con el 07.
      Ése fue el primer número sorteado en la noche del sábado. Una de las boletas de Garavaes tenía cinco aciertos de los seis que otorgaban el premio mayor. También la destruyó, junto a las restantes, frente al publico de la cantina. Una vez más, caía en la misma soberbia.
      —Tomás Garavaes no se conforma con migajas —dijo con ojos brillosos, un tanto de ira, otro tanto porque no tendría qué comer durante los diez días que restaban hasta el cobro de su pensión.
      Pero la defensa de su orgullo ante los demás era un pan sagrado que calmaría su hambre más tarde.
      Así despreció tres mil quinientos billetes del premio consuelo, casi lo que cobraba en un año de jubilaciones.
      Cuando los papeles cayeron al suelo como una cascada de hojas secas despreciadas por un árbol que se hace cada otoño más viejo, alguien desde el rincón se puso de pie y le hizo señas con el dedo. El viejo lo miró sin ánimos de soportar nada, mucho menos un comentario burlón.
      —Son siete los pasos —dijo el extraño de pie.
      —¿Cómo dijo? —estalló el viejo.
      Los demás se dieron vuelta para ver al bueno y metódico de Juan Carralo. Siempre bebía con moderación y en silencio, refugiado en uno de los rincones del bar. Casi nadie le conocía el tono de voz al joven.
      —Ni uno más, ni uno menos. Y puedo decirle cuál es el primero —anunció Juan desde el extremo del salón. El murmullo del lugar se había extinguido sin que lo notara y su voz sonó excesiva. Se sonrojó, porque su locución se había hecho demasiado evidente y era un hombre tímido.
      Era la única interrupción que el viejo podía tolerar en su ira. Nunca habría imaginado que surgiría un comentario así de aquel antro etílico. La euforia se apoderó del cansado cuerpo de Garavaes. Casi podía leerse en sus ojos grises y aguachentos por la emoción, y más aún por los años, que quería abrazar fuerte al flaco Carralo y comerlo a besos como si fuera un hermano sobreviviente de la guerra, aunque apenas lo registraba de vista.
      —¡Vamos, hombre! —gritó Garavaes—. No estoy para bromas. Acaso me dirá que le pasó lo mismo que a mí.
      —Hace quince días, un miércoles —dijo Carralo, ahora en un volumen más acorde a su timidez.
      —Y me pedirá que le crea —dijo el viejo, poniéndolo a prueba.
      El resto de los narcotizados bebedores giraban los cuellos de derecha a izquierda y a la inversa, según hablara uno o el otro. Como espectadores aturdidos en un partido de tenis del cual no sabían las reglas del juego, seguían con atención una charla que apenas comprendían.
      —Si no lo cree, el problema es suyo. Sólo quería ayudarle —dijo Juan mientras volvía a tomar asiento para resultar menos vulnerable a los ojos del público.
      —No, espere. Cuénteme cómo hace para recordar cuál fue el primer adoquín que pisó, que yo sepa nadie repara en esas nimiedades... La cabeza está para otras funciones más importantes —opinó Garavaes.
      —¿La suya, por ejemplo? —dijo Juan Carralo, ironizando la partida—. ¿Su cabeza? Sí es parecida a la mía; sólo contiene números.
      Hubo risas entre las mesas, que se disiparon como una tenue neblina matinal ante la luz del amanecer.
      —Yo los números los juego. Y usted, ¿qué hace con ellos?
      —Yo, nada. Los sumo y los guardo —dijo Juan con naturalidad.
      Unos borrachos rieron de las palabras de Juan Carralo, que no se molestó.
      —Discúlpeme, pero me parece una tontería —dijo el viejo.
      Otros rieron.
      —Tal vez sí, pero es mi manía, no puedo evitarlo. ¿Ha oído hablar de los maniáticos compulsivos?
      —No, no sé.
      Los borrachos se pusieron serios. La palabra les había sonado tremenda y se imaginaron un baño de sangre. Sumergiéndose en sus copas, dieron por acabado el encuentro de tenis; después de todo no comprendían las reglas. Otros, más sobrios, seguían la charla con entusiasmo.
      —Hay algunos que se inclinan por el orden y clasificación de los objetos. Otros, como yo, en sumar. Y hay otros que hacen ambas cosas, y más, al mismo tiempo.
      —¿Para qué?
      —Bueno, ya le dije, para nada; es una manía incontrolable. Sumo los barrotes de una verja, los rayos de las ruedas de una bicicleta, las líneas de las ventanas, los árboles de una calle, en fin, sumo todo lo que pueda sumarse —dijo Juan, consciente de su mañas y acostumbrado a vivir con ellas.
      —Y contó los adoquines.
      —Sí, señor. Hice lo que hago siempre. También sumo las rayas de las baldosas que piso.
      —¿Y cómo aprovechó su día anterior? —preguntó Tomas Garavaes mientras se acomodaba el grueso bigote con sus dedos.
      Dio un par de pasos y se fue arrimando a la mesa de Carralo, mientras éste permanecía sentado. Los borrachos ajenos y esperando una contienda. Los otros, que estaban sobrios aún, no queriendo perder palabra.
      —Sumando.
      —Claro, dijo que era miércoles. No había juego para aprovechar —dijo Tomás.
      —El juego no me interesa. Sumo los números para ordenar, simplificar, purificar —dijo Carralo con vehemencia.
      —¿Podría indicarme cuál es el primer adoquín de la secuencia?
      —No le pregunté por su día de ayer. No me hizo falta, ya todo lo contó. Pero quiero hacerle otra pregunta.
      —Adelante, hágala —contestó el viejo Garavaes sin pausas.
      —¿Qué hará con su día de mañana? Claro está, si encuentra la secuencia correcta.
      —Usted fue sincero conmigo, yo lo seré con usted. Si encuentro esa cadena de pasos la registraré en la memoria, la caminaré un domingo y ganaré el loto. Después, si sale bien, crearé una empresa de reparaciones de calles y aceras. Haré transportar los siete adoquines a mi casa y luego permitiré que otras personas, por supuesto en forma gratuita, haga uso del poder de las piedras con el único fin de enmendar sus errores del día anterior —dijo Tomas Garavaes.
      Algunos borrachos atinaron a aplaudir como si se tratara del discurso de un aspirante al cargo de intendente.
      —Me gusta su idea.
      —Alto —se apresuró el viejo—. Habrá una excepción.
      —¿Cuál?
      —Los domingos estará cerrado. No es avaricia, pero si todos supieran qué números saldrán en el loto, yo perdería la única pasión que tengo. Es más, yo tampoco lo usaría más los domingos.
      —Siendo así, y confiando en su palabra, vayamos a la calle.
      Algunos parroquianos se pusieron de pie con la intención de seguirlos, pero ambos reaccionaron con energía. Juan apenas los miró desde la delgadez de su cara pálida e insana; el viejo, con su facilidad de palabra y el peso de su apellido.
      —Esto es asunto de dos hombres. El destino lo quiso así. Por favor, conserven sus lugares —dijo Tomás Garavaes con respeto.
      Era el hijo del Juez prócer de Urbys y eso no era poca cuestión para que su palabra fuera respetada.
      Mientras cruzaban la calle, Juan Carralo tomó del brazo al anciano y lo acercó más hacia él.
      —Tengo una buena noticia para usted —dijo Juan.
      —¿Qué?
      —Recuerdo los dos primeros pasos.
      —¡Perfecto! —dijo el viejo—. Apenas me restan cinco posibilidades más. —Se detuvo y sonrió complacido—. Igual que el loto del sábado, ¿se da cuenta?
      —¿De qué?
      —Tengo mi propio juego en la calle.
      —Sí, sí. Claro... siete, ocho, nueve...
      —¿Qué hace?
      —Perdón. Me distraje. Estaba contando cuantas cabezas están pegadas en los vidrios de la taberna de David queriendo ver nuestros movimientos.
      El viejo Garavaes pasó cinco largos años saltando de un adoquín a otro y llevando anotaciones en una libreta, que pronto llegaron a ser diez gruesos tomos con datos. Murió hace muchos años, sin descubrir la secuencia correcta.
      Juan Carralo cuenta palomas en el ventanal del tercer piso de su nueva vivienda. Ya se cansó de contar los barrotes, siempre dan lo mismo decía desde su ancianidad arropada en prendas blancas: nueve verticales y tres horizontales. Las palomas son otra cosa. Igual que las falsas perlas de la pulsera de Alejandra, la enfermera que le aplica las inyecciones, aunque nunca termina de sumarlas: se duerme antes. Eso lo transforma en más interesante. Según Carralo, un desafío aún mayor que las palomas.
      Hoy día es frecuente ver a algunas personas saltando adoquines en la esquina frente a la cantina de don David. Algunos de ellos, los más modosos, recorren la ochava con disimulo y siguen. Otros, más afianzados en la historia y con menos escrúpulos, van y vuelven mientras anotan en libretas ciertos números complejos.
      Alguien comentó por ahí que algunos adoquines de la ciudad fueron extraídos de una cantera distinta a la del resto. Un lugar de donde también se sacaron las piedras para el balasto del ferrocarril. Pero esa es otra historia, Urbys tiene muchas. Habrá que ver cuál es cierta.