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La Planchada

Francisco Ruiz Fernández

Relatos
El náufrago


Localización y descripción:

Dentro del bloque BI35, situada a unas decenas de metros del río Siteatreves y en su ribera este, La Planchada es una extraña y desconcertante construcción: en apariencia se trata de un dique seco, un enorme hueco rectangular de paredes de sillería y fondo arenoso, nada más que carece de comunicación alguna con el río.

Para añadirle más misterio a la extraña estructura, hay que puntualizar que una esquina siempre esta anegada de agua de mar, cuyo origen se desconoce. Las crecidas de ese nivel de agua, que pueden llegar a cubrir todo el fondo arenoso, suelen ir acompañadas de extraños fenómenos y apariciones sorprendentes.


La Planchada tiene historias. Olor a mar y a misterio. A la orilla de un río, arena y agua salada. Náufragos...

El náufrago

Desperté con el alba, mi cuerpo entumecido por el frío y la humedad. Las ropas, empapadas, pesaban sobre mi cuerpo cual condenas. Abrí los ojos y sólo vi granos de arena, parduscos y gruesos. Al igual que mis prendas, la arena estaba apelmazada, saturada de agua. Noté el sabor salado del mar en mi garganta. ¿Habría estado a punto de ahogarme y la providencia me había salvado de la muerte? La pregunta prendió en mi cerebro como una chispa en paja, haciéndome descubrir el vacuo rostro de amnesia: mi existencia parecía empezar justo cuando noté la playa bajo mi cuerpo.
      Sentía frío. Debía cobijarme en algún sitio, buscar un sitio donde cambiarme, donde obtener calor. Hundí los dedos en la arena y traté de levantarme. En vano: con los músculos completamente ateridos cada movimiento se convertía en una pequeña tortura. Miles de puntos incandescentes me abrasaban por dentro. Incluso el respirar dolía. Estaba demasiado agotado, cansado hasta la extenuación... Me dejé caer de nuevo sobre la arena empapada y no luché contra la inconsciencia que pugnaba por llevarme a su mundo de vacío.
      Cuando desperté de nuevo el sol ya calentaba con fiereza. La arena quemaba, al igual que mi espalda. Noté una pegajosa mácula de arena en mi cara, así como el pelo apelmazado por el salitre. El dolor de los músculos se había reducido bastante, permitiéndome levantarme sin muchas molestias. Me quedé de rodillas sobre la playa, cegado por el resplandor del sol. La cabeza me daba vueltas: restos del mareo y la debilidad, que no se decidían a abandonarme.
      Y seguía sin saber cómo había llegado a aquel lugar.
      Poco a poco mis ojos se acostumbraron a la luz. Entonces empecé a comprender. No me encontraba en una playa. Los cuatro muros que encerraban la superficie arenosa, construidos con enormes sillares, no podían pertenecer a otro lugar que la misteriosa Planchada. Se trataba de una inquietante construcción sita junto a la ría de El Astillero, una especie de incongruente dique seco, sin acceso conocido al mar.
      Ahora empezaba a recordar: estaba en mi puesto de trabajo en el remolcador, en la parte posterior del barco, vigilando el amarre. Ayudábamos a introducir el carguero Nuestra Señora de Asturias en uno de los diques para su reparación, cuando tropecé de la manera más estúpida con una maroma suelta. La mala suerte se cebó en mi haciéndome caer en el agua, golpeándome antes la cabeza con el casco y perdiendo la conciencia.
      Poco más recordaba: negrura y dolor, seguidas de una extraña sensación de ligereza. La oscuridad nada más se diluyó cuando desperté aquí. ¿Cómo había llegado de la ría a La Planchada? Un par de centenares de metros de diques, carreteras y roca separaban la ría de este lugar. Y no existía canal alguno conocido. ¿O acaso sí? Debía haber alguno, de alguna manera La Planchada se comunicaba con las aguas saladas de la ría. Porque ciertamente en mis labios aun notaba el salitre.
      Pero poco importaba ya todo eso: me había salvado de un accidente casi mortal. Mis compañeros quizá aun me estarían buscando en la ría, o incluso ya en la bahía. ¿Cuanto tiempo había transcurrido? Como mínimo toda la noche, dado que la maniobra de amarre se realizó al atardecer, y ahora estaba en plena mañana.
      Me puse en pie de esfuerzo: mis piernas no me respondían del todo, de lo débiles que estaban. Una vez en pie una nausea me hizo retorcerme. Hambre, sentía mucha hambre. Arrastrando los pies me encaminé hacia la escala que servía de salida al arenal.
      Y entonces lo noté, lo vi, lo escuché, lo olí. Algo no encajaba en todo lo que me rodeaba. ¿Dónde estaban las grúas? ¿Dónde la decimonónica y amenazadora silueta de la biblioteca municipal, erigida en la ladera de la colina que vigilaba la ría? ¿Y la antigua iglesia en su cima? No podía escuchar el rugido del tráfico, ni los sonidos metálicos de los astilleros. Sólo el susurro de la bruma, y la ausencia del olor del mar, del aceite y la grasa de los talleres... Me encontraba en La Planchada, pero ¿dónde estaba esta Planchada? No en El Astillero, no en Cantabria.
      —¿Donde? —musité con un hilo de voz, pinzado por el arpista fantasmal del terror.
      Ascendí por la escala de metal. Los peldaños, tal y como los recordaba, estaban cubiertos de herrumbre y las rocas de las que surgían plagadas de líquenes. Arriba, peldaño tras peldaño, siempre hacia arriba. Asomé la cabeza y no pude creer lo que vi: me encontré ante una ciudad desconocida y extraña. A mis espaldas, a unas decenas de metros, fluía un río ancho y sucio. En la orilla opuesta, corriente arriba, había lo que parecía una planta de tratamiento de aguas. Sus enormes piscinas reflejaban con brillos aceitosos la luz de la mañana. Pocos edificios resaltaban en esa orilla. Sin embargo, en la que yo estaba destacaban dos por su magnificencia y extravagancia. Ambos estaban erigidos al otro lado de una amplia calle, cuyo nombre leí en un letrero cercano: Darwin. Calle arriba se alzaba un colosal, casi desmesurado edificio, de tal desproporción que ridiculizaba a sus vecinos. Se hallaba en un estado de aparente abandono, con numerosos ventanales rotos. Sin embargo en su parte superior, y de un tamaño acorde con el propio edificio, brillaba letrero con la palabra ‘Genewerks’. La construcción, de líneas sencillas y robustas dejaba a claro que se trataba de una complejo científico. Del otro lado y como para contrarrestar aquella mole de severidad, calle abajo se alzaba otro edificio: abigarrado, cargado de fantasiosas formas, decorado con relieves, relojes y estatuas barrocas. Las agujas de sus dos torres hendían el cielo, culminadas en lo que parecían sendos minaretes.
      Sin duda alguna aquello no era mi pueblo natal, El Astillero.
      Todo esto lo vi desde el borde de piedra de La Planchada. El terreno más allá adquiría un cariz casi onírico, brumoso, desdibujado. Las baldosas de caliza gris parecían perder coherencia a medida que se alejaban del dique, como si de alguna extraña manera el propio suelo de la extraña ciudad las asimilara, deformándolas hasta hacerlas propias. Avancé un paso, alejándome del anómalo dique donde había despertado. Noté cómo la brisa fría, húmeda, acariciaba mi rostro. Un extraño e intenso olor llenó mi olfato: debían de tratarse de efluvios procedentes de la planta de reciclaje. Di un nuevo paso. Las baldosas del suelo empezaban a mezclarse con tierra y yerba, pero todo ello sin precisión.
      Noté en el corazón como crecía el temor, un pánico originado por algo vago: la certeza de que salir de la conocida Planchada implicaba entrar en otro mundo.
      Seguí. Un paso tras otro. Hice oídos sordos al retumbar de mi corazón, presa del miedo. Avancé. No presté atención a la gasa de bruma que empezaba a nublar mis ojos poco a poco. Avancé. Tragué saliva, ajeno a la sequedad que se adueñaba de mi boca. Avancé.
      Ya no veía nada. La niebla devoraba todo. La mole de ‘Genewerks’ desapareció en su seno, al igual la extraña catedral. Todo perdido en ese gris uniforme, etéreo. De repente escuché un bramido, cercano y brutal: la sirena de un gran barco. Intenso, desgarrador, agónico. ¿Había regresado de alguna manera a EL Astillero? El sonido se prolongó en la niebla, junto al de las aguas siendo rotas por un buque. Y yo avancé. La sirena no cejó en su llamada. Yo escuché. Y mis oídos se abrieron a una nueva realidad.

      El llanto de la humanidad
      Desde los cielos más oscuros.
      Un viaje oscuro.
      Un mar en el que sufrir...

"Mientras sigo aquí, ahora, mi corazón se vuelve negro
No quiero morir solo
Esta es una hora agotadora
Esta es una hora agotadora..."

The cry of Mankind, My Dying Bride.

Francisco Ruiz Fernández (c) 2003