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El Río del Cronopez

Ángel Eduardo Milana

Localización:

Cruza la zona Este del barrio de Norte a Sur.


Descripción:

El nombre de este río ha estado ligado siempre a las extrañas características de sus habitantes, única variedad de peces que existe en él a lo largo de decenas de kilómetros. Ha cambiado de nombre varias veces y no puede asegurarse que no vuelva a cambiar, dado la proverbial imaginación de los pobladores de la zona. Su nombre oficial es Siteatreves, sin embargo el nombre de Río de los Cronopeces ó simplemente río Cronopez es el más adecuado para este curso de agua, habida cuenta del especial comportamiento de estos peces.
      Se desconoce el nombre que le daban los primitivos habitantes de la región pero se sabe que guardaban un cierto respeto por este río y evitaban acercarse a él si les era posible. Se cree que nunca bebían de sus aguas y, obviamente, no se alimentaban de sus peces.
      Los primeros colonos de la zona lo denominaron río Sin Pesca pero poco tiempo después era conocido como De Los Peces Mágicos: Resultaba imposible pescarlos con anzuelo o con arpón y quienes lo intentaron con red podían ver, asombrados, cómo los peces escapaban de la misma por invisibles agujeros. Si alguien conseguía acercarle a alguno la mano lo suficiente como para atraparlo, encontraba que la cerraba sobre el vacío y el pez estaba nadando fuera de su alcance.
      En ocasión de alguna sequía, los peces que quedan atrapados en los pozos con algo de agua mueren, descomponiéndose de inmediato.
      A finales del siglo XIX ocurrió un hecho que le cambió el nombre por el De Los Peces Podridos: un norteamericano —que en su país fue buscador de oro y que llegó a la zona escapando a la venganza de un marido ofendido, según él, y a la cuerda de la justicia, según quienes mejor lo conocían—, no tuvo mejor ocurrencia que la de sacar los peces del agua con dinamita. Consiguió su objetivo, pero los peces presentaban un olor tan desagradable y la evidencia de estar en descomposición, a pesar de que no había habido tiempo material para ello, que se pensó que ese era el olor y el estado en que naturalmente vivían. Las autoridades, en común acuerdo con los vecinos notables de la zona, decidieron prohibir la pesca en el río por razones de protección de la fauna. Así se evitaban tener que dar enojosas explicaciones a los pobladores de otras zonas cuando eran visitados o cuando ellos mismos salían a pescar a otros sitios.
      Recién a mediados del siglo XX se iniciaron las investigaciones científicas que determinaron la mayor parte de las características de estos singulares peces, sin que todavía haya podido ser encontrado el mecanismo de este extraño comportamiento.
      Durante unos dos meses al año los sedimentos que arrastra el río se decantan lo suficiente como para permitir las filmaciones submarinas, dado que ha sido imposible criar a estos peces en cautiverio. Para esta época concurren científicos de todo el mundo con sus aparatos, que perfeccionan año a año sin obtener mejores resultados que los que ahora describiré:
      El aparato de investigación típico consiste en una célula fotoeléctrica, para detectar el paso de un pez, que dispara uno o varios lanzadores de dardos y cámaras filmadoras de alta velocidad. En las filmaciones de las experiencias puede observarse el pez nadando confiadamente hasta unos segundos antes de ser herido por un dardo. La imagen se torna doble y se observan dos peces, uno de ellos realizando la acción evasiva, que elude el dardo. La otra imagen se interrumpe al ser alcanzado el pez por ese dardo. Si se prepara la experiencia para que un segundo lanzador apunte adonde se supone que aparecerá el pez doble y que dispare después del primero, se observará que, en caso de ser herido una segunda vez, aparecen varias imágenes en distintos lugares de la filmación hasta que todas se reúnen en las de un único pez que continúa vivo fuera del alcance de los dardos. En los muy raros casos en que el pez no puede evitar la muerte y se convierte en pescado, invariablemente muestra signos de descomposición.
      Estos experimentos han sido interpretados unánimemente de la siguiente forma: Cuando el pez se encuentra en peligro se activa un mecanismo de protección que lo envía al pasado, para que pueda evadir ese peligro. Si al llegar a su pasado se encuentra con un nuevo peligro, el pez comienza a saltar al pasado y al futuro en forma errática hasta que consigue evitarlo o hasta que agotó toda su energía. En este caso los estertores de la muerte lanzan una parte de su cuerpo a un futuro más lejano y lo traen al presente, de allí que se encuentre parcialmente en descomposición. Se interpreta esto como que el mecanismo de protección actúa también en caso de muerte, trayendo los restos en descomposición para envenenar a sus posibles predadores.
      Los saltos normales de evasión han podido cronometrarse hasta los cinco segundos, para el caso de los peces más grandes, siendo lo normal entre uno y tres segundos. Aunque no se han realizado experiencias con larvas o peces muy pequeños se presume que este mecanismo lo tienen incorporado desde su nacimiento.
      Se ha determinado que una vez muertos son notablemente venenosos y, cuando se han tratado de introducir especies carnívoras no han sobrevivido, ya sea porque no han conseguido comida o, en caso de haber conseguido alguna larva o cronopez pequeño, los invasores aparecen invariablemente envenenados.
      En los últimos años se ha descubierto también algo que explicaría la razón de que no haya otra variedad de pez en las aguas de este río. Es un cazador tan voraz como las truchas o los salmones pero se vale de una treta singular para que no se le escapen las presas: ¡Salta hacia el futuro!