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El bar de San José 5
Víctor Conde

Hay una esquina en Urbys, en una calle cercana al barrio bohemio, donde se reúne una caterva de tipos muy peculiares. Nadie diría que son gente especial porque vistan de manera extravagante, que la mayoría no lo hacen, ni en la distancia se podría afirmar que caminan de manera inusual para un ser humano, como si sus pieles fuesen sacos que disimularan organismos alienígenas.

No, se trata de gente aparentemente normal... pero todos los viernes algo les llama a reunirse en este lugar, en este apartado rincón de copas y fados, de recuerdos y tapas, para contarse cosas. Un destello detrás de sus orejas, algo oculto entre el cerebro y el hueso que lo cobija, les impulsa a hacer cosas extrañas, incomprensibles para el resto de las personas que frecuentan el local.

No es que ellos hayan elegido el bar de la calle San José por casualidad: otros colectivos igualmente extravagantes, antes que ellos, convirtieron esas mesas en sus cuarteles generales, y esas copas de vino y anís en la munición de sus batallas. Estaba, por ejemplo, el cenáculo de los brindis morganáticos, con sucursales en varios países del mundo de habla hispana, que se reunía los viernes a la misma hora. Sus miembros alzaban copas y pronunciaban los brindis más extravagantes que se han escuchado ante una medida de licor. Puede que más que simples poemas, puede que menos que conjuros cabalísticos, algunos ocultaban poemas famosos, otros exhortaciones a poderes sin nombre, propuestas veladas de matrimonio o invocaciones al diablo... Sí, el cenáculo nunca dejaba de sorprender al resto de los visitantes del bar. Hubo quien escuchó a uno de sus miembros levantar la copa un día y decir: "Estas son las últimas palabras que serán pronunciadas en un idioma que no se hablará jamás", y desde entonces ese dialecto desapareció, y nadie que intente usarlo puede recordar las palabras que le daban forma.

Otro colectivo que frecuenta el bar se hace llamar a sí mismo "el ente despierto", y carece de elementos individuales. Se lo veía acudir puntualmente los jueves, aunque ahora ha cambiado de día, y el único requisito para formar parte de él era perder voluntariamente toda noción de individualidad, e integrarse al colectivo como una celdilla más en un panal de abejas. De ese modo, "el ente" se sentaba con miradas lechosas a la misma mesa, pedía el mismo tipo de bebida, contaba chistes que sólo le hacían gracia a alguno de sus integrantes, y cantaba a coro las mismas canciones. Al momento de pagar, el dinero salía en partes iguales de cada bolsillo, y si había que protestar por algo, una docena de voces se alzaban entonando una capella disgustada sin fisuras de ritmo. Hubo algunos problemas con ese colectivo, derivados fundamentalmente de que no todos cabían en el lavabo a la vez, pero se solucionaron gracias al ingenio de los camareros y a la presencia de un montón de botellas vacías de leche gaseada (otro día hablaremos de las delicatessen de la máquina expendedora de tabaco y bebidas del bar, y del carácter de algunas de éstas).

¿Más gente rara que frecuentaba el bar de la calle San José? Bueno, pues estaban los cacyfitas, una organización secreta dedicada a la salvaguardia de textos incunables en formatos digitales desconocidos —textos que sólo era posible reproducir en procesadores y computadoras que funcionaran con energía metafísica, aunque ningún miembro del colectivo reveló nunca el método empleado para cargar las baterías—; los axxonitas, entes paranormales que sostenían una corriente subcultural que abarcaba cientos de mundos y no menos realidades alternativas; o los misteriosos Suicidantes, arcángeles venerados según derivaciones insólitas del hinduismo que todos los martes venían a sacrificarse por turnos en honor a alguna causa noble.

Sí, muchas caras raras vieron reflejadas aquellas copas... y bastantes fotografías de personalidades ilustres se quedaron para siempre colgadas de aquellas paredes. A algunas todavía se las oye discutir por las noches, deliberando airadas sobre algún tema de máxima actualidad.

Nadie sabe qué tiene ese lugar, que atrae a tanta gente. Puede que sea el sabor de sus pastelitos, o el buqué de su vino de barril, o tal vez que justo en ese punto de Urbys subyace una encrucijada espacio temporal en la tela de la realidad que anuda sus destinos. Lo único cierto es que cada viernes hay una nueva historia circulando por sus mesas, y nuevos clientes deseosos de escuchar mientras fingen leer el periódico. Algún día contaremos las historias de la gente que para en ese bar... pero algo les aseguro de antemano:

No habrán oído hablar de nada parecido en sus vidas.