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La estación Tragondo

Santiago Eximeno

Relatos
Hina


Localización:

Al sudeste del barrio de las Piedrecillas Azules, en la Calle de Las Laderas entre Darwin y Mendeléiev. Pertenece a la vieja línea de ferrocarril Tren de la Llanura.


Descripción:

Es el mayor exponente de la arquitectura Estocástica que los curiosos y turistas pueden encontrar en la ciudad de Urbys. Erigida hace más de doscientos años, esta construcción monumental se ideó originariamente como Museo de las Artes, quedando relegada con posterioridad a simple estación de tren por motivos económicos y políticos. En la actualidad es el único nexo de unión entre Urbys y el resto del mundo, y como tal sufre una gran cantidad de trasiego, tanto de materiales como de personas. Nada tiene en común con la estación Nessunposto, construida con posterioridad, mucho más moderna y funcional.
      La arquitectura Estocástica alcanza su mayor esplendor en esta obra compleja y austera a la vez, que antepone la belleza y el riesgo a la funcionalidad. Enorme puentes que nacen en los andenes se arquean como serpientes petrificadas a más de treinta metros de altura sobre las vías del tren, enlazados entre ellos formando un laberíntico entramado de pasillos y salas de espera. Sobre ellos descansa una enorme cúpula decorada con paneles de madera que exhiben cientos de grabados que representan diferentes escenas de la vida cotidiana de la ciudad, desde una imagen distorsionada del Monumento a los Caídos hasta una estampa de la multitud reunida en uno de los eventos anuales que se celebran en la Plaza de los Loros Miméticos.
      Sostenidas mediante gruesos cables de acero que penden de la cúpula y asidas mediante fibrópticos a los puentes de piedra, se descubren las oficinas centrales de la estación, siete estructuras de cristal y acero que centralizan todo el trabajo originado en Tragondo. Éstas estructuras albergan en su interior despachos de amplios ventanales y sillones de cuero, salas de espera de sillas de mimbre con antiguos símbolos grabados en su respaldo, oscuros y grises almacenes donde la mercancía procedente del Exterior descansa hasta que es reclamada por sus dueños y multitud de otros lugares escondidos, ocultos, cuya función es desconocida incluso para los mismos operarios de la estación.
      Los hombres que trabajan en la estación son hombres grises, tristes, que se acostumbran a ver pasar una y otra vez trenes que ellos nunca tomarán, y fabulan con viajes al Exterior que, muy probablemente, nunca realizarán. Se les ve corretear de un lado a otro, con ropas desaliñadas y aspecto febril, siempre pendientes del reloj que descansa entre los puentes –una gran pantalla de plasma añadida con posterioridad y no incluida en el diseño original– que marca el ritmo de sus miserables vidas.
      Siempre se ven trenes en la estación. Enormes moles de acero gris que se deslizan en completo silencio, que sólo se detienen para descargar su mercancía en los andenes y reanudar su viaje. Son trenes autoconducidos, que carecen de alma propia, controlados por ordenadores que no permiten ni un solo segundo de retraso en los recorridos. Vehículos horribles, sucios, que se limitan a transportar mercancías de toda índole y, en muchas ocasiones, ni siquiera se detienen en la estación; que aúllan como demonios cuando sus ruedas se deslizan por los rieles mal cuidados de las vías de Tragondo
      En algunas, contadas ocasiones, pequeños trenes de brillantes colores llegan a la estación con pasajeros. Y en algunas, contadas ocasiones, algún pasajero desciende de ellos y se detiene en Urbys. No suele ocurrir. También cuentan que, en algún remoto lugar de la estación, existe una pequeña caseta donde un hombre mayor vende billetes para otros lugares, en el Exterior. Sin embargo, nunca se ha visto partir un tren de la estación de Tragondo con un destino alejado de la ciudad llevando en su interior pasajeros.
      Al menos, eso es lo que cuentan.



  Relatos de la estación Tragondo:


Toda estación de tren, aún la más pequeña, presencia día tras día el paso de miles de personas. Y de las personas es de donde surgen las historias...

Hina

Una espesa nube de humo oscuro emana de las gigantescas locomotoras detenidas en las vías. Estas enormes moles de metal jadean mientras hombres grises, ayudados por plataformas mecánicas y rampas motorizadas, extraen de su interior diferentes embalajes de los más variados tamaños. Los hombres se afanan en su trabajo, corriendo de un lado a otro por los andenes, abriendo las bodegas de carga de los vagones, sellando las cajas —grandes, pequeñas, cuadradas, rectangulares, cilíndricas, de metal, de madera, de cartón...; todas ellas grises— y llevando la mercancía en dirección a los almacenes de la estación, donde con posterioridad acudirán los interesados a recogerla.
      Hina camina entre ellos, eludiéndolos con la habilidad que tienen las niñas de su edad para hacerlo, sin apartarse de su madre, que camina tras ella apenas a un paso de distancia. Hina lleva su pelo negro recogido y cubre su cabeza con un delicado sombrero azul. Hoy es un día especial, y tanto ella como su madre se han vestido para la ocasión, con faldas de volantes y blusas de encaje. Sus rostros brillan bajo las luces de los andenes, repartidas por la estación por columnas y puentes, mientras avanzan hacia el andén de pasajeros.
     Allí, esperándolas como un regalo de cumpleaños, descansa una locomotora antigua, con un pequeño vagón de madera pintada de brillantes colores unido a ella. Hina sabe que en el interior del tren la espera Monadessci, el hombre que le trae los regalos que ella cambia por sus muñecas. Su madre la reprende cuando ella le muestra otra muñeca, porque verlas le trae recuerdos tristes; momentos que ha querido olvidar pero que Hina, en su inocencia, vuelve a traer a su mente una y otra vez. Hina, de cualquier forma, sonríe como sólo ella sabe —sonríe con su boca, con sus ojos, con sus manos— y su madre, llevada por el cariño que la profesa, la perdona y prepara la carta para Monadessci. Después busca uno de esos hombrecitos de metal pintado que, presto, recoge el sobre y parte hacia la mansión de Monadessci, en las afueras de la ciudad.
     Esta vez llegan pronto, y el hombre todavía no ha bajado del tren. Para evitar el humo de las locomotoras, la niña cubre su rostro con una mano delicada, de pequeños y finos dedos y piel blanca como la porcelana. Con su otra mano aprieta con fuerza el brazo de su madre, que ha llegado a su lado y espera junto a ella en silencio. Algunos hombres grises, cargados con baúles y cajas, les dedican una mirada desapasionada, ajenos a su alegría o su tristeza. Hina mira a su madre, y ésta la mira a su vez. Sienten, cada una de una manera distinta, la ansiedad en sus cuerpos ante la llegada de Monadessci.
     Y el hombre llega. Desciende del vagón con porte señorial, envuelto en su larga capa de seda roja, cubriendo parcialmente su rostro con una máscara azul celeste. Desciende al andén con pasos suaves, como si no quisiera dañar con los tacones de sus altas botas negras el pavimento castigado por cientos de miles de transeúntes. Y al posar el hombre sus pies sobre los adoquines que conforman el suelo de la estación, Hina siente un débil cosquilleo en su nuca, esa extraña sensación que la invade siempre en presencia de Monadessci y los de su casta.
     El hombre camina hasta ellas, ampliando su enorme sonrisa de dientes inmaculados a cada paso. En una mano enguantada sostiene una maleta, en la otra dos diminutas jaulas que rozan entre ellas y emiten un suave quejido. Se detiene frente a la madre y la hija, improvisa una reverencia y, dejando la maleta a sus pies y las jaulas a un lado, se arrodilla ante ellas.
     —Vean, vean lo que traje para ustedes —susurra Monadescci abriendo la maleta, y la niña descubre un deje de melancolía en su voz.
     Ante los ojos de Hina y su madre se despliega un universo de maravillas, un caleidoscopio de diversas excentricidades que colmarían los deseos del coleccionista más exquisito. Allí descubre una peonza dorada que gira sobre una réplica del Puente de los Suicidas Románticas. Junto a ella diminutas figuras de cartón danzan alrededor de una fría hoguera de papel. Una bolsa de brillantes canicas (doradas, verdes, azules...) descansa junto a dos ancianos de chocolate que representan una obra clásica en un decorado de flores. Algo más allá, oculta entre enormes bolas de algodón sonrientes y bombillas de colores que parpadean con coquetería, Hina descubre el regalo que se llevará: un hermoso libro de tapas verdes con un grabado de un unicornio en el lomo.
     La madre de Hina, consciente de que la niña ya ha decidido, deja que tome entre sus delicadas manos el libro, y sonríe. En el fondo siente tristeza, ya que la toma del regalo conlleva la pérdida de sus tesoros, pero no se puede permitir que Hina descubra su melancolía. Así que amplía su sonrisa, y le entrega al hombre, que espera con la avidez del cazador que descubre a su pieza en la mirada, dos pequeñas muñecas bellamente vestidas.
     —Oh, señora, qué hermosas son —susurra Monadescci, pero la mujer ya está dando media vuelta, tomando a su hija de la mano y recorriendo el andén en sentido contrario.
     Monadescci las ve marchar, consciente de que no pasará mucho tiempo antes de que vuelvan a encontrarse. Su mirada se detiene en Hina, y un ramalazo de nostalgia le asalta. Siempre quiso a Hina, siempre creyó que sería su trofeo más hermoso. Sin embargo sabe que ella nunca se la dará; no, ya pasó su tiempo. En silencio se pregunta que hará Hina cuando crezca, y venga acompañada de la pequeña. ¿Seguirá viniendo a buscarle? No tiene dudas, sabe que vendrá.
     Cierra la maleta con parsimonia y después, con sumo cuidado, deposita una muñeca en cada una de las jaulas que ha traído consigo. Las locomotoras resuellan, el ajetreo en los andenes se hace más notorio. Oye gritos e imprecaciones entre dos hombres que han volcado una de las plataformas de transporte, desparramando su carga sobre los raíles. Recoge sus cosas y camina hacia su tren, sin mirar atrás.
     En las jaulas, las muñecas agarran los barrotes de hierro oxidado con sus delicadas manitas de porcelana. Sienten ganas de llorar, pero no pueden hacerlo, pues de sus ojos de cristal no pueden brotar lágrimas. Saben que nunca volverán a ver la ciudad, que partirán hacia un lugar muy lejano en compañía de aquel hombre.
     Y ese conocimiento les rasga el corazón.

Hina. © Santiago Eximeno, 2003.