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16/Sep/03




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"Los problemas éticos son cotidianos"

Lo dijo Florencia Luna, la argentina que está al frente de la Asociación Internacional de Bioética. La filósofa reflexiona sobre las controversias morales surgidas en torno de la medicina y la tecnología. Fue elegida por votación en un reciente congreso de la organización, en Helsinki. Afirma que la bioética no ofrece recetas, sino una forma de reflexión.

(La Nación) El aborto, el derecho a morir, la relación médico-paciente —por ejemplo, en el caso de personas analfabetas o incompetentes—, la investigación con animales, el uso del placebo, entre otras cuestiones complejas y delicadas, son la materia que nutre la bioética, disciplina que intenta una reflexión crítica sobre las controversias morales surgidas en torno de la medicina y la tecnología.

Desde hace apenas unos días, la presidenta de la Asociación Internacional de Bioética, encargada de promover la discusión en torno de estos temas, es una argentina: Florencia Luna, doctora en Filosofía de la UBA, investigadora del Conicet, directora de la revista Perspectivas Bioéticas, de Flacso, y consultora de la Organización Mundial de la Salud, que a pesar de su juventud viene desarrollando una intensa tarea en este campo.

Luna, elegida por votación en un reciente congreso en Helsinki, se interesó por esta problemática mientras cursaba uno de los últimos seminarios de su carrera, a fines de los años ochenta. La bioética no tenía entonces el status de otros problemas filosóficos. Tras cursar un máster en la Universidad de Columbia, Luna comenzó a transitar caminos inexplorados en los que muy pronto marcó rumbos definitorios. Junto con su ex compañera de estudios, Arleen Salles, publicó la compilación "Decisiones de vida y muerte: eutanasia, aborto y otros temas de ética médica", una de las primeras obras que abordaron estos problemas en el país.

"El análisis de las complejas encrucijadas de la bioética muchas veces lleva a una conclusión inquietante: es muy difícil llegar a respuestas definitivas o concluyentes —afirma—. Y hasta ese momento no había ningún trabajo en el que se plantearan visiones contrapuestas sobre estas cosas, para que fuera el lector el que tomara posición. Le dije a Arleen: vas a ver que se va a agotar. Y se agotó."

—-Para analizar problemas bioéticos, ¿el filósofo parte de la teoría y va hacia la realidad, o trabaja a la inversa?

—Tiene que tener en cuenta las dos cosas. Si uno no cuenta con datos empíricos serios, no puede elaborar una teoría. Hay que conocer los hechos concretos, pero a la vez utilizar un bagaje teórico que permita interpretar, elaborar y analizar qué está sucediendo.

—¿Hay un modus operandi para pensar sobre estos problemas?

—Hay tantos estilos como personas, y existen además bases teóricas muy diferentes. Unos tienen un pensamiento utilitarista, están los que siguen la teoría de los principios, y los que se guían por una posición más casuística. Dependerá del tipo de formación que se tenga.

—¿La bioética interesa más a los filósofos, o a los médicos y científicos?

—Depende de los ámbitos donde uno se mueve, pero yo diría que en general es una preocupación más fuerte en la gente que tiene que enfrentarse diariamente con este tipo de problemas.

—Los médicos cada vez tienen más en claro que el mandato hipocrático "no dañarás" admite diferentes interpretaciones. ¿Los científicos también están dispuestos a revisar los condicionamientos éticos de sus prácticas?

—Creo que hay una conciencia entre los científicos de que los temas en los que trabajan pueden presentar problemas bioéticos serios, pero en general me parece que tienen una mirada positiva, no se cuestionan tanto.

—Dado que el conocimiento es poder, ¿es lícito pensar que algún día tal vez habrá necesidad de ponerle límites?

—Pienso que habría que plantear la pregunta de otro modo: habría que pensar de qué manera la ciencia puede ser interesante para nuestros países. Porque gran parte de la agenda científica actual está dominada por los intereses de los países centrales.

La mayoría de los desarrollos en genética, por ejemplo, son para gente que puede vivir muchos años, pero si se analiza la situación de mortalidad y enfermedad en los países en desarrollo, se puede ver que se está bajando la expectativa de vida y que las personas mueren por enfermedades infecciosas.

Cuando uno piensa en la ciencia, en la Argentina, tiene que pensar de qué modo esa ciencia puede ser relevante para nosotros. ¿Cómo pensar una agenda diferente para nuestros países? Quizás a través de lo que se llama colaboración sur-sur, trabajando con otros países que tienen problemas semejantes, por medio de iniciativas internacionales sin fines de lucro... La ciencia sirve si la puedo pensar también en función de estas cuestiones.

—Entre los temas que ustedes discuten, ¿cuáles plantean en este momento encrucijadas más difíciles de responder?

—En realidad, la Asociación Internacional de Bioética no toma posición sustantiva respecto de ninguna cuestión... salvo la libertad de expresión. Es una organización que fomenta la discusión y el trabajo de reflexión sobre la base de argumentos, e intenta promover esta disciplina en distintas partes del mundo.

—Dado que vivimos en un mundo confuso, cambiante y vertiginoso, ¿existe una mayor necesidad de orientación ética hoy que en el pasado?

—La vida cotidiana está permeada de problemas éticos. Uno puede pensar que son dudas personales, y en realidad son dilemas frente a los cuales es necesario ejercitar una reflexión profunda. Muchas veces se busca una receta, que nos digan "esto está bien" o "está mal"; sin embargo, en general es difícil sostener posiciones tan tajantes. Lo que sí ofrece la bioética es una forma de reflexión.

—¿Cuáles fueron los cambios fundamentales que registró la bioética en las últimas décadas?

—En general, se está pasando de una ética más individual a una más global, más pública. (Precisamente, el tema de nuestro próximo congreso, que se realizará el año que viene en Australia, será el de los aborígenes y la salud pública. El nombre del congreso es "Deep listening", algo así como "escuchar profundamente", una expresión de aborígenes australianos).

En la actualidad se está pasando de una ética centrada en los problemas de países desarrollados a otra que tenga en cuenta los de países periféricos. Otro cambio de perspectiva se dio en la investigación biomédica. Al principio sólo se exigía el consentimiento informado; ahora, hay otros elementos por tener en cuenta, como el adecuado balance entre riesgo y beneficio, cómo se seleccionan los sujetos de investigación, si se debe o no usar el placebo, cuáles son las obligaciones después de finalizado un estudio...

También está en discusión el párrafo 30 de la declaración de Helsinki respecto de cuáles son las obligaciones de investigadores y sponsors una vez terminados los trabajos de investigación. Antes, los investigadores en ciencias sociales se sentían completamente al margen de este tipo de discusiones, ahora se dan cuenta de que ellos también enfrentan problemas éticos y necesitan algún tipo de reflexión sobre el tema.


 

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