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2/Dic/03




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La Feria Internacional del Libro de Guadalajara reconoce la labor de Francisco Porrúa

Se le atribuye haber descubierto a Gabriel García Márquez y fue quien llevó al castellano El Señor de los Anillos. Luego de vender la editorial Minotauro, trabaja en una antología de Julio Cortázar.

(Stardust, Milenio.com) El editor Francisco "Paco" Porrúa fue homenajeado en la FIL de Guadalajara. Pero Porrúa niega el mérito que tuvo como editor. "Yo no soy descubridor de nadie, ni de mí mismo", admite.

Se le atribuye el haber "descubierto" a Gabriel García Márquez con Cien años de soledad cuando pocos lo conocían; apoyar a Julio Córtazar después de que Bestiario había vendido apenas 300 ejemplares para que le publicaran Las armas secretas, y haber traído al español a El Señor de los Anillos.

Pero Francisco Porrúa niega el mérito que tuvo como editor. "Yo no soy descubridor de nadie, ni de mí mismo. La novedades venían de cosas ya hechas, no eran descubrimientos extraordinarios". Porrúa recibió el Reconocimiento al Mérito Editorial 2003, que cada año otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). Él se suma a la lista de la que ya forman parte Jorge Herralde, Alí Chumacero, Antoine Gallimard, Arnaldo Orfila Reynal, Joaquín Díez-Canedo, Jack McClelland, Neus Espresate o Daniel Divinski, entre otros.

Porrúa nació en Galicia, en Corcubión, provincia de la Coruña. "Me llevaron a Argentina cuando yo tenía un año y medio. Cincuenta años en ese país me hicieron argentino. Volver a instalarme en España no me sirvió para recuperar la identidad española, me sentí más argentino".

Después de ser editor de una enciclopedia y hacer algunas traducciones al inglés y francés, en 1954 fundó Ediciones Minotauro, editorial independiente de literatura fantástica que en 1955 tradujo y publicó su primer título: Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, con prólogo de Jorge Luis Borges. Un año después le llamaron de editorial Sudamericana, porque ellos querían hacer algo parecido. "Me convertí en su lector y a los dos años, en 1962, era director editorial". Ahí empezó la carrera más visible.

Aunque Porrúa no cree en los descubrimientos, acepta que lo es importante es no dudar cuando un libro es bueno. "Ponerse como meta conseguir un libro que pueda publicarse para dar beneficios económicos, no sirve para nada".

Su experiencia leyendo manuscritos para encontrar y publicar libros le da autoridad para opinar acerca de los métodos actuales de selección de textos.

"Ahora la edición se hace sin editores. Es gente que viene del mundo de los negocios, no saben distinguir un buen libro de malo y empiezan mal".

El problema en la edición contemporánea es que no se piensa en la calidad del libro, asegura Porrúa.

"Se reúnen una serie de señores alrededor de una mesa y dicen lo que convendría publicar porque parece que va a gustar a muchos lectores. No es la calidad lo que buscan, sino el resultado económico o comercial de una mesa de consulta".

Señala que la idea de que es posible controlar al libro desde que aparece hasta que muere, es propia de los grandes grupos editoriales. "Ellos prefieren un libro del que venderán 50 mil ejemplares y que desaparecerá, a un libro del que van a venderse cuatro mil ejemplares cada año, durante cien años".

La visión utópica de la literatura

Su trayectoria lo ha confirmado como un editor destacado, pero dice que él mismo no sabe cómo se hace a un buen editor. "En el editor hay una intuición que da importancia al lenguaje sobre todas las cosas como desciframiento del mundo. Samuel Beckett dijo: yo escribo contra el caos", es decir, escribir es de alguna manera ordenar el mundo. Hay una visión utópica de la literatura que, aunque no puede salvar al mundo, puede mostrarnos lo que el mundo sería si olvidáramos una cantidad de tonterías".

Como editor, ha tenido una buena relación con la literatura, y este conocimiento literario le ha ayudado a darse cuenta de que un libro está bien escrito, que puede hacerse una lista de condiciones: que esté bien escrito, que tenga estructura, que corresponde con el fondo del libro, pero "esas mismas virtudes puedes encontrarlas en una obra artificiosa mala".

Ahí responde el instinto del lector. "No hay reglas, si lees algo y te sorprende y no sabes por qué, es bueno. Yo he tomado como modelo no establecer normas comparativas, cada libro tiene su propio sistema y estructura, si eso ha sido bien empleado para contar la historia, el libro puede publicarse. Lo que importa es la calidad".

Porrúa recuerda que acerca de Cien años de soledad le preguntaron si sería conveniente arriesgarse. Su respuesta fue afirmativa. Pero que guste a muchos lectores no significa que el libro sea el más vendido y deja claro que el éxito comercial y la vocación literaria tienen diferencias. "En la parte comercial, las grandes editoriales acaparan la visibilidad en las librerías a las que colman de literatura más o menos infame".

Dice que los buenos libros hay que buscarlos y casi siempre se encuentran en un rincón. "El editor independiente no tiene la pretensión de ganar una comisión. Su pretensión es sobrevivir a todo y poder seguir editando. En la cabeza de los editores modernos no ha entrado que la mejor inversión para un editor es un buen libro. El buen libro es el que se vende ahora, el año que viene, dentro de cinco, diez años y que de algún modo va a formar parte de los clásicos modernos. Yo he tratado de hacer buena literatura porque eso es lo que al fin es persiste".

Regreso a la edición

Desde hace varios años, Porrúa se alejó de las editoriales, dejó la Sudamericana y vendió Minotauro. De las décadas de trabajo leyendo tras el escritorio, dejó muchos buenos libros publicados. Pero le quedan dudas sobre la existencia de algún nuevo escritor de la talla de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Leopoldo Marechal, Ray Bradbury, J.R.R Tolkien o Marguerite Yourcenar, que se quedó sin publicar.

"Sí, me quedan muchas dudas. Algunas cosas fueron errores de gusto y he recibido con bastante frecuencia manuscritos de escritores que mostraban que eran futuros escritores pero esos libros no se editan. Se leen, conservas la relación con el autor y ya se verá."

Después de vender Minotauro se dedicó al ocio, esto hasta que la viuda de Cortázar le pidió ayuda para una antología temática de cuentos del escritor, actividad en la que empezó a trabajar hace quince días.


            

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