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13/Feb/05




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Incertidumbre sobre hielos de la Antártida

Los científicos que estudian lo que sucede allende el extremo austral de América del Sur, más allá de aguas grises como el acero y hacia la helada Antártida, sólo encuentran interrogantes sobre el destino del planeta.

(AP) Ahora que un gigantesco manto de hielo se ha precipitado al océano, ¿cuándo se desmoronará y deslizará hacia las aguas cálidas otro más grande? ¿En 1.000 años? ¿En 100 años? ¿Antes? ¿Nunca?

"Nadie tiene todavía la respuesta a esta pregunta: ¿cuál es la probabilidad de que se produzca ese colapso, si es que se produce?", expresó el científico Gino Casassa. "Pero existen ciertos indicios de inestabilidad".

Casassa y otros investigadores chilenos que acaban de regresar de la Antártida hasta esta base de la expedición trajeron algunas noticias inquietantes.

En un viaje de ida y vuelta al polo sur en un tractor de nieve, que se prolongó dos meses, descubrieron con su radar que el manto de hielo de la región occidental de la Antártida podría ser más espeso de lo que se pensaba, y que en algunas partes tendría varios metros más de espesor.

Los glaciólogos como Casassa temen que si esa enorme capa se derrite paulatinamente provoque un aumento en el nivel de los océanos de todo el mundo en unos 4,5 metros.

Eso sería una catástrofe en cámara lenta para las costas de todo el mundo. Y si bien no causaría tantas muertes inmediatas como un maremoto, sería más universal y permanente.

"Mientras más profunda sea la capa de hielo del oeste de la Antártida, mayor será el impacto potencial para el nivel del mar", indicó Casassa, aunque advirtió que la información necesita un análisis más exhaustivo.

Semejantes interrogantes sobre el continente blanco y el calentamiento global —y el impacto que uno ejercerá sobre el otro— están consumiendo cada vez más recursos científicos, mientras cientos de investigadores se trasladan hacia el sur durante el verano para indagar, medir y observar en el mismo terreno.

Los avances tecnológicos permiten a los expertos penetrar en rincones que aún permanecen oscuros para la ciencia polar.

El ICESat, un satélite de la NASA lanzado hace dos años, les está dando una visión precisa sin precedentes del estado del hielo tanto en el Artico como en la Antártida.

La misma agencia espacial estadounidense, mientras tanto, está reforzando cada vez más sus supercomputadoras para vaticinar las temperaturas, evaporación, precipitaciones y otros cambios que pudieran registrarse en el futuro, a través de complejos modelos climáticos.

Sin embargo, los desafíos siguen siendo enormes.

"Incluso ahora no estamos seguros de lo que está pasando en toda la Antártida. No hay información suficiente", admitió Pedro Skvarca, un veterano científico argentino experto en la Antártida.

La búsqueda de información se incrementó después que el enorme témpano antártico "Larsen B" se precipitó en el océano en el curso de 35 días en el 2002.

Los casi 2.100 kilómetros cuadrados de hielo habían bordeado la Península Antártica, un brazo rocoso de tierra que se extiende hacia el norte hasta unos 1.200 kilómetros de este punto austral chileno.

En esa región peninsular, el promedio de las temperaturas de la superficie ha ascendido unos 2,5 grados centígrados durante los últimos 50 años.

La temperatura global se incrementó poco más de medio grado en el último siglo, principalmente debido a la acumulación en la atmósfera de anhídrido carbónico y otros gases invernadero, según coinciden los científicos.

Aún no queda claro si el calentamiento de la Península Antártida es una consecuencia directa del calentamiento global o si se debe a otras condiciones más específicas del área.

Debido a que una capa de hielo ya flotaba en el mar, desplazando su peso en el agua, la desintegración del Larsen B —y la de otro témpano más pequeño, el Larsen A en 1995— no elevó los niveles de los océanos.

Pero lo que ocurrió desde entonces sí lo hizo.

Skvarca y científicos estadounidenses informaron en septiembre que desde que el Larsen B se desintegró, otros témpanos que venían detrás aceleraron su propio derretimiento a un ritmo ocho veces más rápido que antes.

Actualmente los científicos observan con preocupación el témpano Larsen C, ubicado más al sur y 20 veces más grande.

Al igual que el Larsen B antes de desintegrarse, el "Larsen C también parece estar perdiendo grosor", expresó Robert Thomas, investigador de la NASA. "Es bastante posible que su dilución sea la precursora del colapso".

Los científicos anticipan que el Larsen C se derretirá en algún momento de este siglo, dijo Skvarca en una entrevista telefónica desde Buenos Aires.

"Deberíamos tener en mente lo que está sucediendo con las capas de hielo del Larsen, porque si eso también pasa con un témpano enorme, estaremos en problemas", sostuvo.

El científico se refería a los gigantes de hielo flotantes llamados Ross y Ronne. Cada una de esas capas tiene unos 322.000 kilómetros cuadrados, más grandes que el estado de California.

Todavía ninguno de esos dos témpanos ha dado señales de inestabilidad.

Los expertos señalan que todavía no han encontrado fundamentos para temer un colapso masivo de hielo inminente en los mares del sur.

El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático —una red de científicos reconocida por las Naciones Unidas— dijo en una evaluación del 2001 que el impacto del recalentamiento global "será percibido lentamente" en la Antártida.

Al igual que otros, Skvarca considera que es necesario un esfuerzo internacional más grande y mejor coordinado. El científico argentino recordó el trabajo "premonitorio" de John Mercer, experto en glaciares de la Universidad Estatal de Ohio, quien en la década de 1970 vaticinó que el calentamiento global podría provocar la desintegración de capas de hielo de la Península Antártica.

En ese momento "nadie prestó mucha atención", expresó Skvarca. "No esperemos 30 años más para ver si el Larsen C y otros mantos de hielo se desintegran. Ahora existe una necesidad urgente de investigación".

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