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10/Sep/05

Tim Burton, en la tierra de los muertos

El director presentó en Venecia El cadáver de la novia, una maravilla animada.

(Clarín) Tal vez sea hora de que los organizadores de la Mostra de Venecia reconsideren —como ya lo hizo Cannes— la decisión de no incluir películas documentales ni de animación en la competencia oficial. Si las reglas hubiesen sido diferentes, seguramente hoy estaríamos hablando de una segura candidata al León de Oro: El cadáver de la novia, de Tim Burton y Mike Johnson.

Berlín puso a competir a El viaje de Chihiro, del japonés Hayao Miyazaki, y el jurado terminó dándole un merecido Oso de Oro. En Cannes, en tanto, entraron en competencia las dos partes de Shrek. Y el maravilloso filme de Burton está claramente más cerca de la sublime dimensión artística del realizador japonés que de la, en el mejor de los casos, simpatía pop del ogro y sus amigos.

Con un aire a El extraño mundo de Jack, El cadáver..., que llegará a los cines de Argentina en octubre, es un producto típicamente burtoniano, con Victor, un joven tímido, solitario, torpe y dubitativo (con la voz de Johnny Depp), que es obligado a casarse por sus padres "nuevos ricos" con Victoria (Emily Watson), la hija de una familia de aristócratas en decadencia, a la que no conoce.

Si bien los dos se caen bien de inmediato, a él le entran dudas en el ensayo de la boda y el pastor (Christopher Lee) lo echa de la iglesia. Por la noche, Victor se va de paseo a un bosque donde, por un equívoco, termina casándose con el cadáver de una novia abandonada años atrás en el altar (Helena Bonham-Carter). Ella habita un mundo paralelo, el de los muertos, mucho más vivaz, alegre y colorido que el opresivo de los vivos. Entre números musicales (con canciones de Danny Elfman) e imágenes de increíble y oscura belleza, los antihéroes burtonianos deben encontrar una forma de resolver el entuerto que se ha creado, como en El extraño mundo..., entre estos dos universos.

La habitual maestría visual del director de El gran pez, la ternura por sus personajes abandonados, melancólicos, o bien literalmente muertos ("¿se puede romper un corazón que ha dejado de latir?", se preguntan), la increíble expresividad de los muñecos animados y la sensibilidad y cuidado con que cada cuadro del filme está trabajado, convierten a El cadáver... no sólo en una de las mejores películas del festival, sino una de las mejores del año, dándole a Burton —junto a Charlie y la fábrica de chocolate— un doblete impecable para este 2005.

La gran decepción del día —y probablemente la mayor de todo el festival— fue Vers le Sud, la tercera película del francés Laurent Cantet. Tras dos obras maestras como fueron Recursos humanos y El empleo del tiempo, Cantet se enreda en una historia acerca de unas turistas norteamericanas que viajan a Haití en busca de entretenimiento sexual y terminan dándose cuenta de la violencia social y política que existía y existe en ese país (el filme transcurre a fines de los años '70).

Obvia, didáctica, previsible y aburrida, hace recordar a las más flojas películas de John Sayles o esos filmes que hace Ken Loach cuando se le da por ir a pontificar a Nicaragua o a Los Angeles. Simplista para entender la realidad latinoamericana (ni siquiera da nombres, sino que prefiere hablar "en general" de una dictadura), con largos parlamentos retóricos sobre el deseo sexual de las mujeres de más de 40 y la satisfacción que sienten con los jóvenes negros haitianos, el filme es una especie de reto al turista sexual europeo. Pero en la forma en que filma los cuerpos y las locaciones, más que espantar, incita a las mujeres (y los hombres) con dinero a seguir repartiéndolo por el tercer mundo a cambio de favores sexuales.

Otros filmes en competencia que no merecen más que una mención por sus pobres resultados son el italiano Los días del abandono, de Roberto Faenza; el portugués El fatalista, de Joao Botelho, y el polaco Persona Non Grata, de Krzysztof Zanussi. Una historia de una mujer en crisis tras ser dejada por su marido, una "road movie" picaresca, y un thriller de intrigas diplomáticas que no hicieron más que acto de presencia en la competición. Aunque, quién sabe, alguna podría hasta terminar llevándose un premio.

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