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11/Ene/09

Fórmula del 'elixir' bioquímico del amor

Los hombres con una variante genética tienen más posibilidades de quedarse solteros. Se venden colonias en internet con la hormona de la confianza

Los elixires del amor no pasan de moda. Si hace siglos eran los hechiceros los encargados de preparar cócteles para levantar pasiones, hoy son los científicos quienes buscan las drogas del enamoramiento. Neurotransmisores cerebrales, que se pueden sintetizar de forma artificial, y variantes genéticas están detrás de la capacidad de cariño, un sentimiento que compartimos con otros muchos animales.

Larry Young, del Centro de Investigaciones sobre Primates Yerkes, en Atlanta (EEUU), revela esta semana en 'Nature' los resultados de los últimos experimentos en la búsqueda de la preciada fórmula. Son trabajos de laboratorio en los que se diseccionan las emociones hasta convertirlas en cadenas de procesos bioquímicos que carecen de todo romanticismo.

«El análisis de estos mecanismos cerebrales ha ayudado a contar con terapias farmacológicas contra la ansiedad, las fobias o los desórdenes postraumáticos, pero ahora empiezan a verter luz sobre lo que es el amor», asegura Young.

Los investigadores han comprobado que la conexión entre una oveja y su cordero o un macaco y su cría es la misma que en los seres humanos: ya sean personas, ratas o ganado, una descarga de oxitocina favorece los comportamientos maternales, como es cuidar a los vástagos. Probaron que con un 'chute' de esta hormona una oveja se vincula en el acto con una cría, aunque sea ajena. Y lo mismo pasa con las hembras de ratones de las praderas: se ligan al varón más cercano cuando reciben la dosis adecuada.

Pero esta oxitocina necesita de otro neurotransmisor: la dopamina, que es el de la recompensa y la motivación hacia un comportamiento. Por ello es la hormona que aumenta con la cocaína, la heroína o la nicotina y favorece la euforia y la adicción a un producto.

Es más, se ha observado que algunas regiones del cerebro relacionadas con la dopamina se activan cuando una madre ve fotos de su hijo o se mira la imagen de un enamorado. Young apunta que «quizás esta vinculación con la pareja tenga su origen en una conexión maternal subyacente en el cerebro y por ello los pechos son un estímulo erótico para los varones, del mismo modo que estimular la cerviz o los pezones durante el acto sexual dispara la oxitocina y consolida el lazo emocional en la parte femenina».

Hormona de la unión

En el caso masculino, existen otros caminos neuroquímicos: en los machos de ratones de la pradera, la vasopresina es la hormona que potencia la unión a la pareja, la agresión a los rivales y los instintos paternales.

Se ha probado que una mutación en el gen AVPRI 1A, receptor de esta hormona, varía la calidad de las relaciones amorosas. El estudio demuestra que los hombres con una variante en ese gen tienen el doble de probabilidades de quedarse solteros y, si se casan, de tener pronto una crisis. Esto es así porque el AVPRI 1A, en ratones y en humanos, predice cuánta vasopresina expresará el cerebro.

Esta nueva visión del amor, como un cóctel de neurotransmisores y mutaciones genéticas , plantea la posibilidad de crear drogas eficaces que sean capaces de provocar sentimientos de amor o desamor, brebajes con base científica que desaten pasiones.

En el artículo de 'Nature', Young menciona experimentos en los que se ha lanzado un chorro de oxitocina a un tercero y se ha logrado generar confianza.

Basta bucear en Internet para localizar unas cuantas colonias hormonales. «Oxytocin le ayudará a tener una personalidad con más empuje y a contactar más fácilmente con otra gente», señala uno de estos anuncios. En Australia incluso se estudia utilizar estos aerosoles en terapias matrimoniales.

Y respecto a la genética, no es aventurado augurar que en el futuro habrá tests para los pretendientes antes del compromiso para saber si se puede confiar en su estabilidad amorosa, aunque quizá el menos adecuado sea el que tenga la pócima del amor que nos haga caer rendidos a sus pies.

Fuente: El Mundo. Aportado por Gustavo A. Courault

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