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Archivo de 5 Agosto 2009

El 7 de agosto a las 22 el canal de cable TCM en Argentina vuelve a poner en pantalla una de las series más emblemáticas de los años 80: V - Invasión extraterrestre

Mientras se anuncia para el año próximo el estreno de la nueva versión protagonizada por Elizabeth Mitchell (Juliet, de Lost), los más jóvenes tienen la oportunidad de tomar contacto con esta serie de ciencia ficción que batió récords de audiencia.

V - Invasión extraterrestre comienza con la llegada de naves espaciales a las principales capitales del mundo. Aunque los alienígenas dicen ser amistosos, no faltará quienes descubran una conspiración para acabar con la vida humana.

Protagonizada por el olvidado Marc Singer (como Mike Donovan), la serie sirvió como plataforma de lanzamiento al canadiense Michael Ironside (visto en la última Terminator como el General Ashdown) y al norteamericano Robert Englund. Este último protagonista de otro icono de los años 80: la saga “Pesadilla”, en la que el tenebroso Freddy Kruger invadía sueños de niños y adolescentes para brindarles la más sádica de las muertes.

Fuente: Aportado por Eduardo J. Carletti

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Se mueven a una velocidad de más de 1.600.000 km/h. Son muy pequeñas y podrían ayudar a conocer la evolución de la Vía Láctea

Un equipo internacional de astrónomos ha constatado la existencia de galaxias hiperactivas en el Universo cercano, cuyas estrellas se mueven a una velocidad de más de 1.600.000 kilómetros por hora, una cifra que duplica la tiene el Sol dentro de la Vía Láctea. Este descubrimiento “podría arrojar nuevos datos sobre la formación del cosmos”, según aseguró hoy la Sociedad Astronómica Americana (AAS, por sus siglas en Inglés).

“Estas galaxias son muy pequeñas, pero el rápido movimiento de los cuerpos que la forman arroja una nueva luz sobre el proceso que siguieron estas nebulosas primigenias, mucho más pequeñas que la Vía Láctea, hasta alcanzar el tamaño que tienen en la actualidad”, explica el director de la investigación, el profesor de la Universidad de Yale (EEUU), Pieter van Dokkum. En este sentido, subrayó que hasta el momento “no se conocía el modo en que evolucionaban estas galaxias en el Universo cercano”.

El equipo que encabeza dicho trabajo, publicado hoy por la revista Nature, se basó en los datos ofrecidos por el telescopio espacial Hubble de la NASA, así como las informaciones recogidas por el telescopio Gemini que, con ocho metros de longitud, permanece enclavado en el sur de Chile. Así, según Van Dokkum, las imágenes que el Hubble tomó en 2007 confirmaron que esta galaxia constituía “una pequeña fracción del tamaño de las que podemos observar hoy en el universo desarrollado”.

En este sentido, explicó que el espejo gigante que posee el Gemini permitió recoger suficiente luz como para determinar los movimientos de las estrellas mediante una técnica “no muy distinta” a la que la Policía utiliza habitualmente para captar la velocidad de los coches en la carretera. Asimismo, se sirvieron también de las observaciones “clave” recogidas por el espectómetro de infrarrojos del telescopio.

“Al observar esta galaxia, tenemos la oportunidad de echar la vista atrás en el tiempo y ver el aspecto que tenían estas nebulosas en el pasado, cuando el universo era todavía muy joven”, afirma otra miembro del equipo, la profesora de la Universidad de Princeton (EEUU), Mariska Kriek. No obstante, los astrónomos confiesan que “aún resulta difícil explicar por qué se formó masivamente y el motivo por el cuál no es visible en el universo local”.

Grandes galaxias a partir de la acumulación de estrellas

“Los centros de las grandes galaxias se formaron presumiblemente a partir de grandes agujeros negros que sabemos que aún existen en la actualidad”, asegura Kriek. Por otra parte, para poder ser testigos de su desarrollo “con detalle”, los astrónomos utilizaron una cámara con un ancho de campo de nivel 3 que se halla instalada en el telescopio de la NASA. En opinión de los expertos, los antepasados de estas constelaciones debían de tener unas propiedades espectaculares, “ya que se formaron a partir de una ingente acumulación de estrellas”.

Por último, esta investigación revela que la mayoría de las galaxias luminosas en el universo temprano “son muy compactas”, pero que “sorprendentemente” presentan masas estelares similares a las que tienen las galaxias elípticas en la actualidad. Así sus autores consideran que estas jóvenes nebulosas serán una pieza “fundamental” para la resolución de este “rompecabezas”.

Fuente: El Mundo. Aportado por Eduardo J. Carletti

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La argentina María Inés Krimer recibió hoy el Premio Emecé de Novela por “Lo que nosotras sabíamos”, obra en la que el chisme es el elemento impulsor de una historia en voz femenina que se adentra en el hermetismo de algunas sociedades y en el abuso del poder

Krimer, de 58 años, ganó el galardón por decisión unánime del jurado, que en esta edición del concurso, la número 49, evaluó un total de 206 novelas presentadas por escritores de Argentina, Chile, España, Israel, México y Uruguay.

Lo que nosotras sabíamos es una obra que “va descubriendo los recovecos siniestros de una sociedad cómplice con la xenofobia, el prejuicio y la violencia del poder”, explicó en el acto de entrega del premio la portavoz del jurado, Sylvia Iparraguirre.

En su opinión, la trama, narrada por una voz femenina y plural, se detiene “minuciosamente en la convivencia y en los sórdidos secretos de una comunidad cerrada”, ambientada en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires que gira alrededor de una poderosa empresa fabricante de cementos.

La ganadora, que además de escritora es abogada y maestra, se declaró “muy orgullosa” por los elogios del jurado, formado por Iparraguirre, por el escritor y periodista Jorge Fernández, y por el también escritor y matemático Guillermo Martínez, quienes destacaron que el desarrollo de la trama “demuestra gran pericia narrativa y un notable poder de observación cargado de ironía”.

Krimer dijo que el galardón de Emecé supone para ella “una gran oportunidad” para su carrera literaria en vista del prestigio de ese sello editorial, que forma parte del Grupo Planeta. Para la escritora argentina, lo que da mérito a una obra narrativa es el estilo que “en última instancia es la mirada que tiene el autor sobre la vida”, según apuntó. Comentó que había escrito Lo que nosotras sabíamos hace cuatro años, pero que corrigió varias veces el texto hasta que encontró “en el chisme, la mejor estrategia para narrar” esa historia.

El premio está dotado con 25.000 pesos (unos 6.600 dólares) y la publicación de la novela bajo el sello Emecé en septiembre próximo.

Krimer, nacida en la ciudad de Paraná, a unos 500 kilómetros al noreste de Buenos Aires, es además autora del libro de cuentos Veterana (1998) y de las novelas La hija de Singer (2002) y El cuerpo de las chicas (2006).

Sobre el Premio Emecé de Novela

Con 70 años de trayectoria y una amplia proyección internacional, Emecé ha sido desde siempre una de las principales editoriales argentinas. Su variado catálogo, de reconocida riqueza, cuenta con autores como Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Albert Camus y Antoine de Saint-Exupéry, por citar unos pocos nombres.

Actualmente, Emecé encabeza un grupo de prestigiosos sellos del Grupo Planeta.

El Premio Emecé de Novela, el primero establecido en la Argentina en forma privada y que perdura hasta hoy, fue creado en 1954, año en el que lo ganó Beatriz Guido. Desde entonces, entre los muchos y prestigiosos escritores que lo obtuvieron figuran nombres de primer nivel como Griselda Gambaro, María Esther de Miguel, Angélica Gorodischer, Daniel Guebel, Eduardo Mignogna, Ángela Pradelli, Mariano Dupont, Ariel Bermani , Orlando Van Bredam y Federico Jeanmaire.

Además, el Premio Emecé ha contado a lo largo de su historia con jurados de lujo, entre los que se cuenta lo más granado de la literatura argentina contemporánea. Algunos de éstos fueron: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Abelardo Castillo, Isidoro Blaisten, Angélica Gorodischer, Santiago Kovadloff, Guillermo Martínez, Juan Forn, Ana María Shua, Pablo De Santis y Vlady Kociancich, entre otros.

Fuente: Gacetilla. Aportado por Eduardo J. Carletti

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Un estudio europeo realizado con mosquitos infectados con malaria demuestra la capacidad de los parásitos vivos de desarrollar inmunidad.

La malaria es una enfermedad grave que mata cada año a millones de personas, generalmente en África y a niños por debajo de cinco años. África es un continente tan infeccioso que se retrasó su colonización por parte de Europa hasta el siglo XIX debido a que las enfermedades diezmaban a los colonizadores. Una de esas enfermedades era la malaria, que es transmitida por la picadura de los mosquitos. Lo único que había en aquel entonces para retrasar el contagio era la quinina.

La enfermedad se ha extendido a muchas regiones tropicales del mundo, incluso en América, en donde hace mucho tiempo no existía la enfermedad. Se espera que con el cambio climático la situación empeore y ésta aparezca en otros sitios según los inviernos más suaves permitan sobrevivir a los mosquitos portadores.

En la actualidad hay cloroquina y sustancias similares (sulfadoxina-pirimetamina, mefloquina…), que son tóxicos que matan al protozoo en el interior del cuerpo humano. El problema es que estos fármacos terminan por no ser eficaces debido a la propia evolución del parásito. El artemisinin, que es el principal fármaco usado en áreas donde la cloroquina ha dejado de ser efectiva, empieza a ser menos efectiva según un estudio reciente realizado en Tailandia y Camboya. Lo ideal sería desarrollar una vacuna.

Pero la invención de una vacuna se está resistiendo, aunque hay varios equipos que trabajan en ella y ya hay algunos progresos, algunos de los cuales ya hemos visto en esta web. El problema es que el agente que produce esta enfermedad no es ni un virus ni una bacteria, es un protozoo, un microorganismo eucariota unicelular. Este parásito es capaz de modificar las proteínas de su membrana de tal modo que cuando el sistema inmunitario ya ha conseguido crear anticuerpos el microorganismo ya tiene una nueva remesa con la que pasar desapercibido. Por eso el infectado puede padecer crisis periódicas.

La dificultad en crear una vacuna de alta efectividad ha hecho que se busquen nuevos caminos para combatir la enfermedad o desarrollar una vacuna. El último experimento al respecto lo han hecho unos científicos de la Universidad Radboud en Holanda, que han utilizado mosquitos vivos como si fueran jeringuillas para inocular una “vacuna”. El resultado fue satisfactorio, pues todos los que fueron inoculados adquirieron inmunidad frente a la enfermedad cuando más tarde fueron expuestos. En realidad no se puede desarrollar una vacuna directamente a partir de este resultado, pero este estudio es una manera de mostrar cómo unos parásitos vivos pueden ser usados como una vacuna para así proporcionar protección frente a una enfermedad.

Los mosquitos del género Anopheles (portadores de malaria) inyectan parásitos inmaduros (esporozoítos) cuando pican a una víctima. Entonces los parásitos viajan al hígado donde maduran y se reproducen. Desde allí se difunden en la corriente sanguínea atacando a los glóbulos rojos. En esta fase es cuando la víctima se siente enferma.

La cloroquina, y otros fármacos recientemente desarrollados, matan al parásito en esta fase. Además las personas pueden desarrollar inmunidad a la malaria si es expuesta varias veces al parásito. En este experimento los investigadores implicados trataron de aprovecharse de estos dos factores al usar cloroquina para proteger a unos voluntarios que iban desarrollando inmunidad mientras eran expuestos a parásitos vivos de malaria.

Dividieron a los voluntarios en dos grupos de 10 y 5 personas. El primer grupo constituyó el grupo de “vacunación” y el segundo el grupo de control. A todos se les administró cloroquina durante tres meses y fueron expuestos una vez al mes a 12 mosquitos. Los mosquitos del primer grupo estaban infectados, pero los del grupo de control no. En ese tiempo se suponía que los individuos del primer grupo debían de desarrollar inmunidad. Después todos ellos dejaron de tomar cloroquina.

Dos meses más tarde los 15 voluntarios fueron expuestos a moquitos infectados. Resulto que ninguno de los voluntarios del primer grupo desarrolló parásitos en su sangre pero todos los del grupo de control sí lo hicieron.

El estudio sólo ha sido un experimento de prueba de un principio y su aproximación no es práctica a gran escala ni es un producto comercial, pero muestra a los científicos que pueden estar en el buen camino de desarrollar una vacuna contra esta enfermedad. Este estudio nos dice que el propio parásito de la malaria es un potente agente inmunizador, así que una posible vacuna podría usar parásitos modificados vivos para inducir inmunidad.

La compañía Sanaria Inc en Rockville (EEUU) está ya probando una vacuna que usa parásitos completos que han sido irradiados para así debilitarlos. Con ese método pretenden que los parásitos se mantengan en su estadio inmaduro (como cuando están en el hígado) y no desarrollen la enfermedad, pero que sí provoquen una respuesta inmunitaria.

Algunos investigadores creen que estamos cerca del momento en el que salga de los laboratorios hacia el mundo real una vacuna contra la malaria.

Fuente: NeoFronteras. Aportado por Matías Buonfrate

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