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Archivo de 9 Noviembre 2009

Un asteroide no conocido con anterioridad estuvo a 14.000 kilómetros de la Tierra la semana pasada, y los astrónomos lo detectaron y observaron sólo 15 horas antes del máximo acercamiento

Trayectoria del asteroide 2009 VA que pasó cerca de la Tierra el 6 de noviembre 2009. Crédito: NASA/JPL

El 6 de noviembre, alrededor de las 16:30 CEST, un asteroide de 7 metros de diámetro, que ahora se llama 2009 VA, llegó a estar a sólo 2 radios terrestres de impactar nuestro planeta hogar.

Este es la tercera aproximación que se cataloga de un asteroide que pasa muy cerca.

El asteroide fue descubierto por el Catalina Sky Survey el 6 de noviembre temprano y fue rápidamente identificado por el Centro de Planetas Menores en Cambridge, MA, como un objeto que pronto pasaría muy cerca de la Tierra. La oficina del programa de Objetos Cercanos a la Tierra del JPL también computó la órbita de este objeto, y determinó que no se dirigía a un impacto.

Entre las dos aproximaciones cercanas se incluye el ateroide2008 TS26, de más de 1 metro de tamaño, que pasó de 6.150 kilometros de la superficie de la Tierra el 9 de octubre de 2008, y el asteroide 2004 FU162, de 7 metros de tamaño, que pasó a 6.535 kilometros el 31 de marzo de 2004. En promedio, objetos del tamaño de 2009 VA pasan así de cerca unas dos veces al año e impactan en la Tierra una vez cada 5 años.

Hace sólo trece meses se descubrió otro asteroide en circunstancias similares, 2008 TC3, pero en este caso resultó ser que estaba en una trayectoria rumbo a la Tierra y que impactaría sólo unas 11 horas luego de la detección. Hizo impacto en una zona remota de África, nadie resultó herido, y los fragmentos han sido recuperados para su estudio.

Fuente: Universe Today. Aportado por Eduardo J. Carletti



El telescopio Fermi encontró pruebas de que en las tormentas terrestres hay positrones, y no sólo electrones

Diseñado para explorar el espacio a miles de millones de años luz más allá del Sistema Solar a la búsqueda de rayos gamma, el Telescopio Espacial Fermi de Rayos Gamma también captó señales desde la Tierra. Durante sus primeros 14 meses de operación, el observatorio ha detectado 17 destellos de rayos gamma asociados a las tormentas terrestres, y algunos de esos destellos contenían algo sorprendente: indicaciones de antimateria.

Durante dos tormentas recientes, el telescopio Fermi registró emisiones de rayos gamma con una energía en particular que sólo puede ser producida por la desintegración de positrones energéticos, o sea anti-electrones. Estas observaciones son las primeras de este tipo en tormentas eléctricas.

Michael Briggs, de la Universidad de Alabama en Huntsville, anunció estos desconcertantes hallazgos en el Simposio Fermi del 5 de noviembre de 2009.

“Es una sorpresa haber encontrado señal de positrones durante una tormenta de rayos”, dijo Briggs.

Los 17 destellos que detectó Fermi tuvieron lugar justo antes, durante, e inmediatamente después de los rayos, tal como hizo el seguimiento la Red de Localización Mundial de Rayos.

Durante las tormentas eléctricas que se habían observado antes por otras naves espaciales, los electrones energéticos que se dirigían hacia la nave se frenaban y producían rayos gamma. La inusual señal de positrones que vio el Fermi inidca que, de algún modo, se invierte la orientación normal de un campo eléctrico asociado con una tormenta eléctrica, dijo Briggs.

Los credaores de modelos están trabajando ahora para entender cómo se podrían haber dado estas inversiones de campo. Pero, por ahora, comenta, la respuesta está en el aire.

La grabación de los destellos de rayos gamma —que tienen el potencial de dañar a los aviones durante las tormentas— no es nueva. Los primeros destellos fueron hallados por el Observatorio Compton de Rayos Gamma de la NASA a principios de los 90. El satélite RHESSI de la NASA, que observa principalmente los rayos-X y rayos gamma del Sol, ha encontrado 800 destellos de rayos gamma terrestres, señala Briggs.

Fuente: Science News. Aportado por Eduardo J. Carletti



Científicos de la NASA que estudian el origen de la vida reprodujeron uracilo, un componente clave de nuestro material hereditario, en su laboratorio. Ellos descubieron que una muestra de hielo con pirimidina, al ser expuesta a radiación ultravioleta bajo condiciones similares a las del espacio, produce este ingrediente esencial para la vida

La pirimidina es una molécula en forma de anillo formada por carbono y nitrógeno, y es la estructura básica del uracilo, que es parte del código genétido que se encuentra en el ácido ribonucleico (ARN). El ARN es central en la síntesis de proteínas, y desempeña además muchos otros papeles.

“Hemos demostrado por primera vez que podemos hacer uracilo en un laboratorio, un componente del ARN, sin que sea biológicamente, en las condiciones que encontramos en el espacio”, dijo Michel Nuevo, científico investigador en el Centro de Investigación Ames de la NASA en Moffett Field, California. “Estamos demostrando que estos procesos de laboratorio, en los que simulamos lo que ocurre en el espacio exterior, pueden crear un bloque básico fundamental de los organismos vivos de la Tierra”.

Michel Nuevo es el autor principal de un artículo de investigación titulado “Formation of Uracil from the Ultraviolet Photo-Irradiation of Pyrimidine in Pure Water Ices” ( “Formación de uracilo por irradiación ultravioleta de pirimidina en hielo de agua pura”), que fue publicado el 1 de octubre de 2009 en Astrobiology vol. 9 no. 7.

Los científicos del centro Ames de la NASA han estado simulando durante años los ambientes que se pueden encontrar en el espacio interestelar y en el Sistema Solar exterior. Durante este tiempo, han estudiado el tipo de compuestos ricos en carbono que se conocen como hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAHs), que se han hallado en meteoritos, y son los compuestos ricos en carbono más comunes que se observan en el universo. Lo normal es que los PAHs sean estructuras anilladas de seis átomos de carbono, que parecen hexágonos fusionados.

También se ha encontrado pirimidina en meteoritos, aunque los científicos aún no saben cuál sería su origen. Puede ser similar a los PAHs ricos en carbono, que se pueden producir en el estallido final de una estrella moribunda gigante roja, o podrían formarse en densas nubes de gas y polvo interestelar.

“Las moléculas tales como la pirimidina tienen átomos de nitrógeno en sus estructuras de anillo, lo que las hace algo débiles. Al ser una molécula poco estable, es más susceptible a ser destruida por la radiación en comparación con sus homólogas sin nitrógeno”, dice Scott Sandford, investigador de Ciencia Espacial en Ames. “Queríamos comprobar si la pirimidina puede sobrevivir en el espacio, y si puede sufrir reacciones que a su vez la conviertan en una especie orgánica más compleja, como el nucleobase uracilo”.

En teoría, los investigadores pensaron que si las moléculas de pirimidina podían sobrevivir lo suficiente para migrar dentro de las nubes de polvo interestelar, podrían lograr protegerse de ser destruidas por radiación. Una vez dentro de las nubes, la mayor parte de las moléculas se congelan en granos de polvo (algo muy similares a la mezcla del aliento que se condensa en una ventana fría durante el invierno).

Estas nubes son bastante densas como para hacer de pantalla a gran parte de la radiación espacial que las rodea, lo que ofrece, por lo tanto, cierta protección a las moléculas que están en su interior.

Los científicos comprobaron su hipótesis en el Laboratorio de Astroquímica de Ames. Durante el experimento, expusieron la muestra de hielo que contenía pirimidina a la radiación ultravioleta bajo las condiciones del espacio, que incluían vacío, temperaturas extremadamente bajas (aproximadamente -171 grados C), y radiación hostil.

Descubrieron que cuando la pirimidina se congelaba con el hielo de agua, es mucho menos vulnerable a la destrucción por radiación. En lugar de destruirse, muchas de las moléculas tomaron nuevas formas, tales como el componente del ARN uracilo, que se encuentra en la composición genética de todos los organismos vivos de la Tierra.

“Estamos tratando de conocer los mecanismos que forman estas moléculas en el espacio. Considerando lo que produjimos en el laboratorio, la química del hielo expuesta a radiación ultravioleta puede ser un vínculo importante entre lo que ocurre en el espacio y lo que cayó en la joven Tierra en desarrollo”, comenta Stefanie Milam, investigadora en el centro Ames de la NASA y coautora del artículo.

“Nadie comprende realmente cómo empezó la vida en la Tierra. Nuestros experimentos demuestran que una vez que la Tierra se formó, es muy probable que muchos de los bloques básicos de la vida ya estaban presentes desde un principio. Como estamos simulando condiciones astrofísicas universales, es probable que esto mismo suceda cada vez que se forma un planeta”, explicó Sandford.

Los otro miembros que ayudaron a llevar a cabo la investigación y son coautores del artículo fueron Jason Dworkin y Jamie Elsila, científicos de NASA en el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA en Greenbelt, Maryland.

La investigación fue financiada por el Instituto de Astrobiología de la NASA (NAI) y el Programa Orígenes del Sistema Solar de la NASA NAI es una organización virtual distribuida en equipos competitivos seleccionados que integran los fondos de investigación programas de capacitación de astrobiología en colaboración con las comunidades científicas nacionales e internacionales.

Para más información acerca del laboratorio de Astroquímica de Ames en la NASA, visite: http://www.astrochemistry.org

Fuente: NASA. Aportado por Eduardo J. Carletti



Un nuevo estudio nos dice que el lugar más probable para encontrar vida inteligente en la galaxia es de alrededor de estrellas muy similar a nuestro sol

Dibujo de un posible planeta habitable que podría existir en nuestra galaxia

Cuando los científicos exploran el espacio aa búsqueda de mundos habitables fuera de la Tierra, no necesariamente saben qué deben mirar. Un nuevo estudio ha hallado que el lugar más probable para encontrar vida inteligente en la galaxia es alrededor de estrellas que tengan aproximadamente la masa del Sol y temperaturas de superficie entre 5.300 y 6.000 Kelvin; es decir, estrellas muy similares a nuestro propio Sol.

Puede ser que este “descubrimiento” de que las estrellas similares al Sol son buenas candidatas para la vida puede no suene muy sorprendente, pero no es lo que siempre pensaron los científicos.

“El principio de mediocridad dice que, en ausencia de evidencia de lo contrario, nuestras observaciones deberían ser típicas entre las de todos los observadores inteligentes”, dice el investigador Daniel Whitmire, físico de la Universidad de Louisiana en Lafayette. “Pero las estrellas típicas no son como el Sol: la estrella común es una estrella de poca masa. No nos encontramos alrededor de una estrella típica y el por qué en este artículo. Nuestros resultados confirman el principio de mediocridad al aplicarlo al Sol”.

En realidad, las estrellas similares al Sol son minoría en la galaxia; el 93 por ciento de las estrellas de la Vía Láctea tienen menos masa, son menos luminosas y más frías que el Sol. Aunque la “estrella típica” en la galaxia pesa una décima parte de la masa del Sol, es más probable encontrar vida alrededor de estrellas de una variedad menos usual, como la nuestra, determinaron los investigadores.

Las distribuciones de masa y tamaño de órbita de los planetas extrasolares descubiertos hasta ahora. La zona habitable está marcado en verde. Crédito: NASA

Para hacer los cálculos, Whitmire y su colega John Matese combinaron modelos formación de planetas con datos sobre la distribución de las estrellas en la galaxia en función de su masa. El modelo planetario mostró cuándo hay más probabilidades de que se formen en una zona habitable —una región llamada “Ricitos de Oro” alrededor de una estrella, en la que el planeta está en una posición adecuada para la vida— no demasiado cerca como para que su superficie esté abrasada, y no tan lejos como para que el planeta sea helado. Los planetas en esta zona habitable son los mejores candidatos para que haya allí agua líquida, lo cual, según se piensa, es un prerrequisito para la vida. En general, las teorías de formación de planetas predicen que es más probable que las estrellas con más masa tengan planetas en la zona habitable. O sea que cuanto mayor sea la estrella base, más probable es que sus planetas tengan ambientes adecuados para la aparición de vida.

Pero esta ventaja que tienen las estrellas más grandes se contrarresta por el hecho de que las estrellas masivas son menos abundantes: hay menos estrellas grandes ahí fuera. Además, cuanto más masa tiene una estrella, más corto es su tiempo de vida. Esto hace que sea difícil encontrar estrellas muy masivas que hayan vivido suficiente tiempo como para que se desarrolle una vida compleja.

Los investigadores consideraron estos factores para calcular la distribución de las estrellas que es más probable que alberguen criaturas vivas pensantes. “Es un compromiso entre la cantidad de estrellas que hay por allí y la probabilidad mayor debido a la masa de que se formen planetas habitables”, comenta Whitmire. “Demostramos que no accidental que nos encontremos alrededor de una estrella como el Sol”. La distinción entre planetas habitables y planetas que albergan vida inteligente se basa en el hecho de que la vida inteligente requiere estrellas con tiempos de vida mayores que el tiempo que se requiere para que la inteligencia evolucione. Por ejemplo, en el caso de este sistema solar, no podríamos encontrarnos alrededor de una estrella con un tiempo de vida menor de los 4.500 millones de años.

De hecho, las estrellas similares al Sol parecen tener el equilibrio correcto: Tienen suficiente masa como para que sea probable que tengan planetas, pero lo bastante baja como para tener el período de vida suficiente para permitir que se desarrolle la vida inteligente. Whitmire estima que un 10 por ciento de las estrellas de la Vía Láctea pueden entrar en la categoría que han esbozado. Esto significa que aún tenemos 10.000 millones de candidatas, y esto sólo en el Vía Láctea.

Estrellas como nuestro sol puede ser las más probables para albergar vida inteligente en la galaxia. Crédito: NASA / SOHO

Los resultados van en contra de un argumento muy común, que dice que la vida inteligente ha ser extremadamente rara, dice Whitmire. Esta idea, basada en el principio antrópico, fue delineada por el astrofísico Brandon Carter. Hay una cierta coincidencia entre el tiempo que necesitó la inteligencia para evolucionar en la Tierra y el tiempo de vida del Sol. Asumiendo que las dos escalas de tiempo son independientes, la coincidencia tiene sentido si la vida inteligente es extremadamente improbable, defiende Carter. En la mayoría de casos, afirma, el tiempo que requiere la vida inteligente para surgir es mucho mayor que el segmento de existencia de una estrella propicio para tal vida.

“En el artículo explicamos un número en la coincidencia, por qué el tiempo de vida del Sol es tal”, dijo Whitmire. “La suposición adicional necesaria para contrarrestar el argumento de Carter es que la vida inteligente necesita unos miles de millones de años para su evolución, como es de esperar si nosotros somos típicos”.

El estudio aparece en el ejemplar de septiembre de 2009 de la revista Astrobiology Journal.

Fuente: Astrobiology Magazine. Aportado por Eduardo J. Carletti




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