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Archivo de Abril 2010

Pequeños fósiles descubiertos en la Tierra en muestras de sulfatos, una clase de minerales que se ha descubierto recientemente que son comunes en algunas partes de Marte, es un buen augurio para encontrar vestigios de vida en el Planeta Rojo, reportaron astrobiólogos el 28 de abril durante una conferencia celebrada en conjunto con la Conferencia de Ciencia de Astrobiología de 2010 en League City, Texas

Nuevas pruebas en células madre embrionarias demuestran que todos los genes de los mamíferos pueden tener una capa de elementos de control que actúa esencialmente como el botón de pausa de un reproductor de DVD. Los resultados demuestran que este fenómeno de pausa, que al principio se pensó que era una peculiaridad de determinados genes, es en realidad una característica mucho más general del genoma

“Estamos empezando a pensar que hemos omitido todo un segundo paso completo del proceso de control de la expresión génica”, explica Richard Young, autor principal del estudio e investigador del Instituto Whitehead de Investigación Biomédica y del Instituto de Tecnología de Massachusetts (ambos en EE UU). “Esto ha generado un entusiasmo tremendo, y también un poco de debate saludable”.

El equipo de Young ha demostrado que el gen del cáncer conocido como c-Myc desempeña un papel importante en el inicio de la pausa de muchos de los genes que conforman el genoma. Según los investigadores, estos hallazgos, publicados en la edición de mañana de la revista Cell, pueden tener una aplicación práctica en el tratamiento de algunos de los peores tipos de cáncer.

La evidencia científica afirma que la transcripción del ADN está controlada por el reclutamiento de factores de unión al grupo de promotores, donde actúan como una especie de velcro molecular para las enzimas polimerasas encargadas de transformar este ADN en ARNm, una especie de plantilla para las proteínas. “Seguimos creyendo que es verdad”, apunta Young. “La sorpresa es que éste es sólo el primer paso”.

Los autores han analizado que son otros agentes los causantes de la fijación de las polimerasas en sus lugares, lo que de hecho pone en pausa la actividad del gen. Es la función de algunos otros factores de transcripción que actúan como activadores de esta pausa.

Los resultados ofrecen una nueva visión de cómo funciona el Myc y una estrategia para tratar de inactivarlo como posible forma de tratar el cáncer. “Seguramente hay mucho más que aprender sobre control de la pausa y también sobre su puesta en marcha con implicaciones en la enfermedad humana”, subraya el investigador.

Myc está implicado en al menos el 15% de los cánceres humanos, entre ellos algunos de los más difíciles de eliminar y más recidivantes. Existe alguna evidencia en ratones de que al inactivar el Myc, las células cancerosas pueden marchitarse y morir, pero este gen en sí mismo no es un objetivo terapéutico ideal.

La importancia de quedarse "en pausa"

Un análisis de todo el genoma de las células madre embrionarias mostró que la mayor parte de las polimerasas se puede encontrar junto a los promotores, incluso cuando los genes en cuestión son algunos de los que más se transcriben. Los factores de pausa (conocidos como DSIF y NELF) suelen estar allí también, en consonancia con la idea de que se unen a la enzima tras el comienzo de la transcripción del ADN.

Las interacciones de otros participantes, entre ellos uno que es reclutado por el factor de transcripción c-Myc, debe iniciar a continuación la pausa de los genes para volver a “encenderse”. “Al principio pensé que el proceso de hacer una pausa podría ser exclusivo de las células madre embrionarias, y que éstas mostrasen este tipo de pausa únicamente en los genes en desarrollo. En su lugar, encontré que la polimerasa realizaba esa pausa en un 75% de todos los promotores”, indica Young.

Los autores exponen la posibilidad de que este segundo estrato de control ofrezca cierta flexibilidad a las células. “Este tipo de pausa parece permitir una respuesta rápida a señales particulares, lo cual podría ser necesario porque las polimerasas pueden ser muy descuidadas en su trabajo”, señala el investigador. “Puede ser una forma de asegurar que la transcripción continúe sólo en la dirección correcta y en los genes reales”.

Aunque Young no es un experto en cáncer, sugiere que la conexión de este proceso con el gen c-Myc podría ser una señal. “Ahora sabemos lo que hace Myc y conocemos la quinasa que recluta. Esto puede ser clave ya que las quinasas suelen ser un buen objetivo farmacológico”, concluye.

Referencia bibliográfica:
Rahl et al.: “c-Myc Regulates Transcriptional Pause Release”.
Cell 141, 231–242, abril de 2010. DOI 10.1016/j.cell.2010.03.030.

Fuente: Sinc. Aportado por Eduardo J. Carletti

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Dos equipos independientes de astrónomos han confirmado por primera vez la presencia de agua congelada en un asteroide, 24 Themis, según publican esta semana en sendos artículos de la revista Nature. El descubrimiento había sido anunciado en octubre del 2009. El hielo aparece acompañado de compuestos orgánicos, por lo que el descubrimiento puede ayudar a entender mejor la presencia de estas sustancias precursoras de la vida en meteoritos primitivos, así como la formación de las primeras masas de agua en la Tierra

Recreación del asteoride 24 Themis y dos fragmentos desprendidos (uno de ellos con cola tipo cometa). Imagen: IAC/Gabriel Perez/Servicio Multimedia

Por primera vez los científicos han confirmado la detección de agua congelada en la superficie de un asteroide, acompañada de compuestos orgánicos. El descubrimiento, del que dos equipos de investigadores planetarios informan de forma independiente en la revista Nature de esta semana, está relacionado con el origen de los océanos terrestres y puede apuntar hacia una región de procedencia de moléculas orgánicas encontradas en meteoritos primitivos.

El objeto de estudio es el asteroide 24 Themis, un cuerpo rocoso de 200 kilómetros de diámetro y uno de los más grandes del cinturón principal de asteroides (situado entre las órbitas de Marte y Júpiter). A los astrónomos les ha llamado la atención que varios miembros más pequeños de la familia dinámica de este asteroide (fragmentos desprendidos hace millones de años) han sido identificados como cometas del cinturón principal, con colas de polvo supuestamente producidas por la sublimación del hielo.

“Hay una leve escarcha que lo cubre todo”, explica Javier Licandro, investigador del IAC y de la Universidad de La Laguna que ha participado en la investigación. Esto hace a 24 Themis único entre los millones de objetos que pueblan el cinturón de asteroides. A través de observaciones en el rango infrarrojo, “hemos descubierto hielo abundante y primigenio, de miles de millones de años de antigüedad”, destaca el investigador.

Aunque ya se habían identificado minerales hidratados en la superficie de algunos asteroides, y se había sugerido que los asteroides del cinturón principal exterior son la fuente del agua en la Tierra, hasta ahora no se ha habido detectado de forma directa el agua en estos objetos.

“La verdad es que estamos sorprendidos por el hallazgo, no nos lo esperábamos. En principio, íbamos tan sólo en busca de silicatos hidratados, de rastros de agua”, reconoce Licandro. La extendida presencia de hielo en 24 Themis resulta un tanto inesperada debido a su cercanía al Sol: 3,2 unidades astronómicas, es decir, más de tres veces la distancia media entre la Tierra y nuestra estrella.

A esta distancia, “se creía que las altas temperaturas habrían provocado que todo el hielo se hubiera evaporado y escapado del asteroide”. Este descubrimiento aproxima la ubicación que hasta la fecha se asignaba a la “línea del hielo”, el límite en el cual se consideraba que era posible la existencia de hielo a nivel superficial.

El poder de los telescopios infrarrojos

Uno de los equipos, el formado por los investigadores Andrew Rivkin (de la Universidad Johns Hopkins, EEUU) y Joshua Emery (de la Universidad de Tennessee, EEUU), han realizado las detecciones mediante espectroscopia utilizando un telescopio infrarrojo del observatorio estadounidense de Mauna Kena, en Hawai: el Infrared Telescope Facility (IRTF) de la NASA.

Los dos científicos notaron una absorción característica en el espectro de luz reflejada del asteroide, lo que se puede explicarse por la presencia de una capa extremadamente fina de hielo mezclada con material carbonoso, que cubriría los minerales superficiales del asteroide.

Por su parte otro equipo, en el que ha participado el astrofísico español Javier Licandro (del Instituto de Astrofísica de Canarias y la Universidad de la Laguna) y liderado por el científico Humberto Campins (de la Universidad de Florida Central, EEUU), ha llegado a la misma conclusión. Además, al observar la apariencia constante del espectro según rota el asteroide, han deducido que el hielo y el material orgánico se distribuyen por toda su superficie.

En el mismo número de la revista Nature, en un News and Views que acompaña a los dos estudios, el experto Henry Hsieh compara el descubrimiento de agua “asteroidal” congelada con el de un “fósil viviente”, un resto del Sistema Solar primigenio que se creía desaparecido hace mucho tiempo.

Gracias a las observaciones infrarrojas se ha detectado el hielo a lo largo de toda la superficie del asteroide. “Esta característica es considerablemente diferente a la de cualquier otro asteroide, meteorito o muestras minerales de las que disponemos”, señalan los autores.

Los investigadores barajan varias hipótesis a la hora de explicar la presencia de hielo en la superficie de 24 Themis. Una de ellas es la posible existencia de hielo estable en capas inferiores, una especie de reserva subterránea que se filtraría durante la erosión provocada por pequeños impactos sobre el asteroide. Otra de las explicaciones apunta a la formación de una fina capa de escarcha como consecuencia de la rápida evaporación del hielo en su interior. Los últimos trabajos indican que 24 Themis podría conservar el hielo en su subsuelo, a poca profundidad, de la edad del Sistema Solar.

Posible origen de los océanos

Algunas teorías cosmogónicas apuntan a que el agua de la Tierra pudo haber sido suministrada por asteroides, de modo que las sales y el agua que se han hallado integradas en algunos meteoritos explicarían el origen de los océanos del planeta. Y aunque hasta la fecha la presencia de hielo en pequeños asteroides se deducía por su actividad cometaria, nunca se había encontrado agua en estos objetos.

Tampoco se habían detectado moléculas de la cadena del carbono, muy complejas y esenciales para la vida. “La posible presencia de compuestos orgánicos en este asteroide lo hace aún más interesante”, indican los autores del artículo.

24 Themis se encuentra en la parte externa del cinturón de asteroides, en la región más alejada de la Tierra. Es el “padre” de la familia Themis, un grupo de asteroides resultante de una gran colisión que tuvo lugar hace unos mil millones de años. Su considerable tamaño, con 200 kilómetros de diámetro, le convertía en un buen candidato para la observación astronómica. A diferencia de Ceres, que con mil kilómetros es el mayor objeto del cinturón de asteroides y se le presume una capa interna de agua, 24 Themis es el primero en mostrar hielo de un modo tan uniforme.

Dentro de la familia Themis, existen dos pequeños objetos con actividad cometaria cuyas colas se cree que estén formadas por polvo y la evaporación de hielo. 24 Themis, en cambio, no presenta actividad cometaria. Para el equipo de investigadores, el inusual comportamiento de estos dos miembros de la familia hizo que la observación de 24 Themis fuese prioritaria para desvelar la composición de su superficie.

Referencias bibliográficas:

Andrew S. Rivkin y Joshua P. Emery. “Detection of ice and organics on an asteroidal surface”; Humberto Campins, Kelsey Hargrove, Noemi Pinilla-Alonso, Ellen S. Howell, Michael S. Kelley, Javier Licandro, T. Mothé-Diniz, Y. Fernández y Julie Ziffer. “Water ice and organics on the surface of the asteroid 24 Themis”. Nature 464, 29 de abril de 2010.

Fuente: Sinc. Aportado por Eduardo J. Carletti

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