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Portal Fantástico: CLUB GRICEL
Luis Astolfi
Texto de Carlos E. Ferro al pie del cuento


El tango es una situación en la que dos se desnudan
sin desvestirse y se aman sin hacer el amor.


La habitación estaba en penumbra. Era tarde, pasadas las tres de la madrugada, y sólo entraba por la ventana el tenue resplandor de una farola que dormía en la calle. Pero su mortecino brillo me permitía percibir el rostro de la mujer vestida de negro que estaba frente a mí, en silencio, mirándome a los ojos sin moverse. Su olor llenaba la estancia, depositándose en cada mueble, en cada tela, en cada uno de los escasos objetos que allí había. Y en mi cuerpo. Y en mi alma.
     Había música en el aire.
     Levantó sus manos hacia mí, muy despacio, y recorrió con la punta de sus dedos mi rostro, acariciando cada milímetro de piel, cada arruga, cada gota de sudor y cada lágrima. Con la ansiedad y la lucidez de una ciega que reconoce a un amigo. O a un amante. Se paró en mis ojos, cerrando mis párpados; en mi nariz, regalándome el aroma de sus manos; en mi boca, silenciando las palabras que no podía decir. Acarició mi cuello, provocándome un escalofrío de placer que me estremeció. Acarició mis hombros, acarició mis brazos. Sentí el ardor de su respiración subiendo hacia mis labios…
      
Llegué a Buenos Aires a las diez de la mañana hora local.
     Y allí estaba Roberto, puntual, esperándome en la primera fila de los que aguardaban la llegada del avión, con sus bermudas de flores y la camiseta corporativa de nuestra empresa, buscándome con la mirada. Roberto trabajaba para la misma multinacional de distribución que yo, y fuimos compañeros en Madrid durante algún tiempo, hasta que dos años atrás fue trasladado a Buenos Aires, con mujer e hijo, para poner en marcha el nuevo centro comercial que iba a abrirse allá, así que cuando supo que iba de visita fue como si recibiera un soplo de aire fresco en el destierro. Me vio, me llamó con la mano, me fui hacia él, nos dimos un abrazo y salimos a la calle, hacia el coche.
     —Qué faena que tu mujer no haya podido venir —se lamentó—; conociéndola, le hubiera gustado todo esto.
     —Sí, seguro que sí, pero a veces las cosas se enredan y, ya ves, ella en Tenerife trabajando y yo obligado a gastar los días que me quedan de vacaciones si no quería perderlos; pero en fin, haré lo que pueda para pasarlo lo mejor posible…
     El hotel donde me iba a alojar, el Phoenix, estaba situado a una hora del aeropuerto, en la calle San Martín, justo en el centro de Buenos Aires, a dos pasos de la calle comercial de Florida, de la famosa Corrientes y la Plaza de Mayo. Durante el trayecto Roberto me contó todas las novedades de la empresa y los planes que tenía para mí durante estos días: «Mañana o pasado te vienes por la oficina y te enseño lo que hemos hecho, y para el sábado, como despedida, he organizado en mi casa una cena con españoles, y también algún argentino, una barbacoa de carne, ya verás.»
     El recepcionista del hotel, Alejandro, nos recibió sonriendo. Era un muchacho que hablaba un castellano tan porteño que a mí me costaba trabajo comprenderle. No pude evitar reírme al ver los apuros de un pobre americano que, con sus limitados conocimientos de español, intentaba asimilar las explicaciones que le estaba dando para llegar hasta la plaza de Mayo. Yo, por cierto, no le entendí; creo que lo hacía a propósito.
     Como Roberto insistió en llevarme a algún sitio dejé las maletas y le pedí que me acercara hasta el barrio de San Telmo, que por ser domingo alojaba un pintoresco mercadillo de antigüedades; allí disfruté del ambiente bajo el cálido sol de final de primavera que se filtraba entre los árboles de la plaza: los innumerables puestos de cacharros útiles e inútiles, un hombre con sombrero y traje blanco de mafioso que algún día debió parecerse a Gardel y que aún vivía de la explotación del mito cantando y haciéndose fotos con los turistas, unos músicos ya ancianos que preparaban sus bandoneones y guitarras para un inminente concierto callejero y mucha gente que miraba, y regateaba, y compraba, y reía y hablaba entre los tenderetes.
     Pronto llegaron hasta mis oídos las notas de una vivaz melodía (un valsecito argentino, "Desde el alma", de Melo), que me transportó hasta una zona reservada de la plaza donde la gente hacía corrillo a un chico y una chica de no más de veinticinco años que bailaban acompañados por la música de un cascado radiocaset que yacía en el suelo. Él, con traje gris, camisa y pañuelo al cuello blancos y zapatos negros, gastadísimos, de charol. Ella, con un vestido rojo chillón, viejo y raído que dejaba ver por los hombros las tiras blancas del sujetador, medias negras con alguna carrera y zapatitos de pulsera con tacón de aguja, también en charol negro, que parecían muy nuevos en contraste con el vestido. Bailaban bien, pero pude percibir una cansada desgana, especialmente en la chiquilla de expresión triste, que me llegó al alma como una ventolera de aire caliente y rancio. No eran pareja emocional, y eso se sentía hasta en el modo en que se miraban.
     Acabó la música, la gente aplaudió, circuló un sombrero en cuyo fondo ya había desde el principio alguna moneda y tres billetes de dos pesos y a continuación empezó a sonar otro tango ("El Choclo", del maestro Villoldo). Esta era la otra parte de la función. La chica se separó de su compañero y se fue a buscar entre el público a la víctima propicia para el juego: alguien a quien sacar a bailar con ella en la improvisada pista para entretenimiento y deleite del personal. Y lo encontró: un turista de un metro noventa, con camiseta, pantalones vaqueros, gafas de sol y máquina de fotos al hombro, que presenciaba lo que ocurría muy interesado.
     Pero la broma le salió mal.
     Yo había comenzado a bailar tango en Madrid hacía ya cinco años y, aunque la gracia innata es en mí un don escaso, no lo hacía mal del todo, al menos lo bailaba lo suficientemente bien como para salir del apuro con una dignidad razonable.
     Me puse frente a la chica, que me miró con una sonrisa malévola, tomé su mano derecha con mi mano izquierda, la rodeé con mi brazo derecho, amarrándola bien a la usanza tanguista, y percibí que en ese preciso instante ella se daba cuenta de que no iba a bailar con un turista patoso, tan solo por el modo en que la sujetaba.
     Y así fue, porque bailamos un tango de lo más entonado, con ochos, boleítas y picadas que provocaron entre el público foráneo los más apasionados y efusivos aplausos de reconocimiento. Al terminar, la chica triste me tomó las manos, me dio un beso en la mejilla, me dio las gracias mirándome a los ojos con sus apagados ojos color caramelo, me dio una linda sonrisa y volvió con su acompañante, despidiéndose de los presentes hasta el siguiente pase. Yo, generosamente, decidí donar a la pareja mi parte de los beneficios económicos del espectáculo.
     Después de comer regresé al hotel para dormir un poco y reponer fuerzas. Descansé, mucho más de lo previsto, porque entre la paliza del viaje, la noche sin dormir y el cambio horario no me desperté hasta el día siguiente, como a las nueve, y totalmente repuesto volví a la calle, dispuesto a descubrir la ciudad.
     Empecé por Caminito, en el barrio italiano de la Boca, fotografiando las coloridas fachadas de las casas, de yeso, madera y chapa, en azul, rojo, verde y amarillo y oyendo música en cada esquina, mientras pasaban ante mis ojos los cuadritos de los artistas que allí tenían instaladas sus tiendecillas. Comí algo cerca del puerto y de la gigantesca y negra y amenazadora estructura metálica del puente de la Boca y, sin prisa, orienté mis pasos hacia el Obelisco, símbolo de la ciudad, levantado en la plaza del mismo nombre. Sin embargo, poco antes de llegar, algo llamó mi atención: música de tango y murmullos de gente que provenían de un local cuyo rótulo indicaba Confitería Ideal. Me aproxime intrigado. Exteriormente, y en la planta baja, era precisamente eso, una confitería, una pastelería o cafetería donde tomar un té o un café con bollos en un salón viejo y decadente. Pero en el piso superior cambiaba, transformándose en una animada sala de baile. Eché un vistazo y no me lo pensé demasiado: decidí quedarme un rato.
     Tras pagar los cinco pesos de la entrada una señorita me acompañó hasta una minúscula mesa con una silla literalmente metidas en la misma pista de baile. Analicé el panorama que se presentaba ante mis ojos: un salón que fue construido allá por 1912, rectangular, con espejos descascarillados en las paredes, ventiladores en el techo y unas luces amarillentas en lámparas y apliques fijados a las columnas de mármol que sustentaban la cubierta y que daban al ambiente un aire ceniciento de lo más extraño y original.
     Con todo, era un lugar muy acogedor.
     Alrededor de la zona de baile aguardaban sentadas, principalmente, las mujeres que habían ido solas, y más allá, por todo el resto del salón, se distribuían las parejas. Los hombres deambulaban de un lado para otro, examinando la situación. Frente a mí, al otro lado de la pista, se levantaba un estrado cubierto con un terciopelo rojo ennegrecido por el tiempo, y sobre él una mesa donde el gran musicalizador Félix Vicherna animaba el cotarro con su voz singular. Sobre la mesa el equipo de música, un montón de cintas y compactos, una lamparita y un ventilador.
     En la pista, decenas de parejas bailando tango.
     Me encantó ver que a pesar de la aparente disparidad existente, tanto en las edades de los bailarines como en sus atuendos, allí todo el mundo tenía una cosa en común, el tango, que bailaban de un modo que nunca antes había visto: tranquilo, sintiendo, acariciando el suelo con los pies, muy alejado de ese tango artístico y espectacular de vueltas y saltos que nos ha llegado a España proveniente de los escenarios teatrales.
     Esto que ahora veía me pareció, en una palabra, precioso.
     Estaba tan embobado percibiendo y asimilando el cúmulo de estímulos que llegaban a mis sentidos desde el frente que ni siquiera me paré a mirar a quien podía tener a mi lado. Y entonces, la oí:
     —¿Y vos no bailás?
     Era una dulce voz femenina, de indudable origen argentino, que procedía de mi izquierda. Me giré instintivamente, más por ver de quien era esa voz tan llena de armonía que por pensar que me estuviera preguntando a mí. Pero sí, me preguntaba a mí. Estaba sola en la mesa vecina a la mía: una mujer de pelo negro y elegantemente recogido, de una edad indeterminada que podría estar muy cerca de los cuarenta años, aunque bien pudieran haber sido más, o menos, y que me miraba con lo que yo denominaría los prolegómenos de una sonrisa. En seguida me llamaron a gritos sus ojos: eran extraordinariamente grandes y negros y vivos, y me miraban de un modo tan intenso que de inmediato me sentí atravesado por su fulgor; profundos, sorprendentes, enormes, adornados por largas pestañas negras que aleteaban muy lentamente en cada parpadeo, resaltando su perturbador encanto. Era como si los cándidos y deslumbrantes ojos de una niña hubieran sido puestos en el rostro de una mujer adulta, unos ojos inmensos que derramando alrededor su luz me encandilaron al instante.
     Sinceramente, eran los ojos más bellos que había visto en toda mi vida.
     Mirándome, esperó mi respuesta.
     —Bueno, yo... he entrado sólo a ver un poco el ambiente, pero no conozco a nadie y, aunque sí que bailo algo, no sé cómo va esto...
     Me interrumpí, confiando en que ella me facilitara alguna explicación o, dada su pregunta, incluso una invitación a bailar. Pero la explicación no llegó ni, por supuesto, la invitación. La mujer no dijo nada más y miró para otro lado, privándome de la visión de sus luminosos ojos.
     Estaba a punto de añadir algo cuando de pronto fijó su mirada en un extremo del salón; sonrió, se levantó y se dirigió con pasos lentos hacia la pista. El aroma de su perfume, agitado por su movimiento, me invadió por completo, impregnándome con su dulzura. Me permití contemplarla mientras se alejaba: el vestido negro y largo, con un corte lateral que dejaba entrever a cada paso sus esbeltas piernas, cubiertas con medias negras muy ligeramente caladas; el cuello grácil, la nuca desnuda, los hombros y la tersa espalda al descubierto casi hasta la última vértebra lumbar, la cintura estrecha y las generosas caderas. Me cautivó su estatura, quizá algo más de un metro setenta, más diez centímetros de tacón de aguja en sus pequeños zapatos de pulsera y raso. Inevitablemente, la idea de llegar a bailar con ella empezó a meterse en mi cabeza, taladrándome el cráneo.
     Al poco se detuvo y esperó, hasta que un instante después se situó frente ella un hombre mayor, de al menos setenta años, impecablemente vestido de gris, que sin mediar palabra la miró a los ojos (bellos ojos), la abrazó, esperó a que tomara su posición, y la empujó suavemente hacia su izquierda en el primer paso del tango. Sin darme cuenta me encontré subyugado por las evoluciones de la pareja durante todo el baile, ignorando al resto de la sala, con la boca abierta de admiración, no sólo por la fémina sino también por el anciano de pelo cano, que estoy seguro de que aprendió a bailar antes si cabe que a andar.
     Vi que también ellos bailaban al estilo "milonguero" de Buenos Aires, es decir, muy juntos y abrazados, realizando movimientos muy suaves sin ningún tipo de ostentación, sin ganchos, sólo ochos y leves adornos con los pies, como caricias, y desplazándose apenas en un pequeño espacio de la pista. De este modo pude verlos moverse a una distancia casi fija de mí, unos tres o cuatro metros, y disfrutar del ensimismante espectáculo que me ofrecían sin querer. ¿Sin querer? No sé… ella mantenía los ojos cerrados casi todo el tiempo, pero en una ocasión en que los abrió, misteriosamente coincidiendo con un momento en el que en sus giros quedó enfrentada a mí, me miró. Me miró con los ojos entrecerrados, levemente, inocentemente. Fue sólo un cruce breve de miradas, una ligera apreciación de mi persona. A la vez, noté que las comisuras de sus labios se curvaban imperceptiblemente dibujando una casi invisible sonrisa. De verdad que me miró, esa única vez, y sentí un ligero estremecimiento ante el destello de esos desconcertantes ojos que me observaban por encima del hombro de su acompañante.
     Cuando terminó el primer tango de la serie todas las parejas se desligaron y comenzaron a charlar amistosamente, mientras los primeros compases del segundo tema empezaban a sonar. También mis dos amigos, a los que vi mover las manos y hablar muy animados durante poco más de un minuto. Después, casi todas las parejas al mismo tiempo, continuaron bailando.
     Este protocolo se repitió en dos ocasiones más. Al terminar el cuarto baile ("Gallo Ciego", de Bardi, interpretado por el Sexteto de Julio de Caro) y empezar a sonar la cortinilla de descanso se separaron, se sonrieron, el hombre la tomó de la mano, que besó caballerosamente dándole las gracias y, sin soltarla, la acompañó hasta su mesa; ella se sentó, inclinó la cabeza un milímetro, él se inclinó bastante más (con mucho cuidado, por la edad) y se marchó, tras dirigirme medio segundo de mirada.
     —¡Bravo, bellísimo! —exclamé, impresionado tanto por la maestría de los bailarines como por el propio ritual del baile.
     —¿Te gustó? —me respondió ella abriendo mucho los ojos, sonriendo y volviéndose con todo el cuerpo hacia mí en un gesto que me pareció delicioso.
     —Sí, claro, ¡cómo no! Además, no sabía que existiera este ritual para bailar el tango. Ha sido toda una sorpresa.
     —¿Ritual?
     —Sí, eso que han hecho para bailar. —Ella me miraba de un modo que daba a entender que no tenía ni idea de lo que le estaba diciendo—. Sí, verá: el hombre que la ha sacado a bailar no ha venido aquí a pedírselo, lo ha hecho desde lejos, y bailando sólo hablaban entre tango y tango, y luego la ha traído de nuevo hasta aquí sin decir nada y…
     —Ah —de pronto comprendió, y me dedicó de nuevo su espléndida sonrisa—. Ya, sí, bueno, acá es costumbre. A ustedes los varones no les gusta que una mujer les diga que no baila, o al menos no les gusta que los demás lo vean. Entonces, si alguno quiere bailar conmigo, me mira nomás. Si yo no quiero no lo miro, y no pasa nada porque nadie más lo vio. Y si quiero bailar, sonrío y ya basta —se detuvo un instante con un silencio que no me atreví a romper, no fuera a hacerse permanente—. Pero al final somos nosotras las que decidimos quién queremos que nos mire. ¡Es lindo así!
     La escuché contarme emocionada el funcionamiento íntimo del tango de salón, prendado de esos ojos que no se iban, embelesado por el dulce acento italiano con el que cantaba mi propio idioma marcando los sonidos, entonando las frases, jugando con las palabras como si fueran amigas suyas.
     —¿Y de que parte de España sos? —me preguntó de pronto.
     —Vaya —sonreí admirado—, ¿y cómo sabe que soy de España?
     —Pues por el acento.
     —Ya, claro —concedí—. Soy de Madrid. ¿Y usted?
     —Yo nací acá, en Buenos Aires, pero me crié en Capilla del Monte, al norte del país.
     —¿Y siempre viene sola a bailar?
     —Sí, siempre, no bien puedo me escapo para venir. Porque me enloquece bailar. Acá tengo amigos como Pablo —señaló discretamente con la mirada al anciano que acababa de ser su pareja—, y bailo mucho con ellos; tanto que luego de llegar a casa debo aguardar un minuto para dejar enfriar los zapatos antes de guardarlos.
     —¿Y no hay nadie con quien...? —antes de acabar de hacer la pregunta me di cuenta de su indiscreción, pero ya era tarde.
     —No, nadie —respondió, y vi que su rostro se nublaba.
     —Disculpe, yo no quería… —empecé a decir, pero ella me interrumpió. Sin aclararme nada, sólo insistió con su pregunta inicial:
     —Entonces... ¿vos no bailás?
     —Sí, sí que bailo —repetí algo inseguro, volviendo al principio de nuestra conversación—, al menos bailo en Madrid, pero es que esto no tiene nada que ver con lo que yo conozco. Aquí todos lo hacen muy bien, muy pausado, muy… muy argentino, y me da un poco de apuro. Además, ya le he dicho que no conozco a nadie y no sé si…
     Me miró despacio, sonrió otra vez y no dijo nada más. Pero no dejó de mirarme. Yo noté cómo subía hasta mi rostro un calor que, seguramente, iba acompañado de un embarazoso color rojo. En ese momento comenzaba otra tanda de tangos, anunciados animosamente por el musicalizador. Ella siguió mirándome sin hablar, sólo sonriendo, parpadeando suavemente... hasta que me rendí vencido por sus ojos persuasivos.
     Por fin conseguí extraer una sonrisa de la mueca que sin duda estaba torciendo mi cara, la miré a los ojos, que aguardaban serenos, miré su boca, que mostraba unos brillantes dientes blancos tras la sonrisa, y casi no consigo despegarme de ella para llevar la mirada hasta la pista. Con gran facilidad retorné mis ojos a los suyos, la vi asentir lentamente con la cabeza, me levanté de mi silla y, con las rodillas temblando, pisé el solado de baldosas grises. La vi levantarse un segundo después y dirigirse hacia mí. En un instante la tenía enfrente, sonriente y silenciosa. Un segundo, dos, tres segundos, y su perfume me emborrachó.
     Yo estaba asustado, mejor, aterrorizado. Frente a esa mujer alta, toda vestida de negro, con esos ojos, con esa sonrisa, con ese aroma, en una milonga de Buenos Aires, rodeado (y mirado, y analizado, y escrutado) por expertos y críticos porteños... Ya me vi sin saber qué hacer, ya me vi pisando a la dama, ya me vi siendo dicho "gracias" y sentado en mi sillita… Ya me vi dispuesto a recibirla, ya me vi aceptando su mano, ya me vi abrazado con delicadeza, ya me vi bailando con ella.
     Cuando me sentí entre sus brazos me calmó instantáneamente su seguridad; dejé de estar nervioso, todas las preocupaciones desaparecieron en un segundo, hasta el resto de los bailarines y observadores se esfumaron de mi vista como por arte de magia. Porque era magia, magia pura lo que irradiaba esa mujer. Cómo me vi transportado por ella en una serie de pasos y giros y oscilaciones y caricias, con su cuerpo pegado al mío en un abrazo voluptuoso y sensual, sin que en modo alguno tuviera la impresión de que fuera ella quien me llevaba, quien me indicaba lo que debía hacer. Diría que ella me ponía la comida en la mesa, y yo comía. Insinuaba, ofrecía, proponía, y yo actuaba, realizando lo que ella sugería, lo que ella me invitaba a hacer. El resultado fue que en esa pista, con esa música antigua sonando, hice con ella lo que ella quiso que hiciera. Una lección de tango en la que tuve la fantástica ilusión de no sentirme el alumno, sino el maestro. Una lección inolvidable.
     Terminó la música y nos separamos, pero no me dio las gracias para despedirse, señal inequívoca de que deseaba continuar conmigo. Yo soplé aliviado y así nos quedamos, como pasmarotes, esperando a que el otro hablara mientras el resto comenzaba su charla. No sé, quizá suponía que me diría algo como "Lo hiciste muy bien.", o "¿Viste?, no es tan difícil.", o qué sé yo, pero no, se limitó a mirarme sonriendo, en silencio. Yo también la miré, y entonces, como un tesoro que surge de la oscuridad a la luz de una candela, su sonrisa me desveló el tesoro de su rostro, que había permanecido oculto por el resplandor de sus ojos cegadores: de líneas duras, muy marcadas; la piel morena, atezada, pero no cetrina; las cejas tupidas, negras, sobre los infinitos ojos negros; los pómulos elevados, rotundos; la boca perfilada; los labios húmedos, rojos y brillantes; la barbilla ligera; y la nariz, ah, la nariz, una nariz que aún siendo grande encajaba armoniosamente en el conjunto de sus rasgos, lo que daba a sus facciones un aspecto muy epicúreo.
     No era guapa, pero sí bellísima.
     Entonces, por no estar callado, se me ocurrió preguntarle su nombre.
     —Adiviná —me respondió juguetona, y quedó a la espera, sólo mirándome con sus ojos seductores.
     —¿Malena? —aventuré divertido—. ¿Cómo el tango?
     —No —rió por vez primera, con una risa cantarina que me rodeó, envolviéndome como una melodía—, no me llamo Malena. Pero decime, ¿por qué ustedes los extranjeros piensan que todas las mujeres argentinas nos llamamos Malena? Me llamo Gricel.
     —Gricel... —intenté recordar de qué me sonaba ese nombre—. Pero "Gricel" también es un tango, ¿no?, si no recuerdo mal de alguien llamado Contorsi, o algo así.
     —Contursi —me corrigió—. Sí, es cierto, hay un tango que lleva ese nombre. ¿Vos lo oíste alguna vez?
     —No, me temo que no. Pero será triste, como todos.
     —¿Vos pensás que los tangos son tristes? —me preguntó con su acento aún más exagerado por la sorpresa.
     —Sí... —tras conocer su nombre al fin me decidí a tutearla yo también; aunque ella ya lo hiciera conmigo desde el principio, el respeto es el respeto—, debes reconocer que son tristes: penas de amores, traiciones, muertes… tus antepasados debieron llevar una vida durísima en los primeros tiempos de este país —me quedé pensando—. Gricel… qué nombre más bonito. Y sobre todo me gusta como lo pronuncias tú: "Grisel", con esa ese tan suave y la e tan alargada…
     —Gracias —y llenó su sonrisa con la a de "gra" como lo hacen los italianos al decir "graaaaazie"—. ¿De veras pensás que es lindo?
     —Mucho, ya lo creo. No he conocido nunca a nadie con ese nombre, ni siquiera sabía que existía aparte de la canción. Es precioso, me encanta, de verdad.
     —¿Y vos?
     Me presenté, y a continuación bailamos los siguientes cuatro tangos con los que el hombre de la música nos deleitó, sin que ella pronunciara ni una sílaba mientras bailábamos, quizá por estar concentrada en dirigir mis pasos por el camino correcto, quizá por estar sintiendo con el corazón la razón de su vida. Sentí la pasión de esa mujer desbordando por todos sus poros: en su mirada de pupilas dilatadas, en el color de sus mejillas, en el calor de su cuerpo, ambos disfrutando de la comunicación total que surge entre una pareja que "se entiende" bailando.
     Toda una experiencia, durante la cual no la pisé ni una sola vez. Así de bien bailaba Gricel.
     Llegó la cortinilla, y tuve el gusto de seguir el ritual argentino acompañándola hasta su mesa, aunque un poco disgustado ante la perspectiva de tener que devolvérsela a sus amigos bailarines. Para mi asombro, no tuve que hacerlo. Porque fue como si en aquel salón antiguo no existiera nadie más que nosotros dos, y ningún hombre, en todo el tiempo que estuvimos juntos, la miró ni una sola vez, nadie más la pidió bailar, ni acercándose a ella ni a distancia.
     —Es siempre así —me contó Gricel—. Si la mujer no está sola ningún varón la saca a bailar. Y ahora todos ven que ya estoy acompañada por vos. Acá los varones se respetan mucho. Por eso es que recién tuve que sacarme de encima a uno que se quedó hablando donde vos estás, antes de que llegaras vos. Si no, no me alzo de la silla, y yo vengo acá a bailar lo más posible, ¿viste?
     —Entonces... —dije serio, sintiéndome aludido— ahora yo también debería...
     —¡Pero vos sos diferente! —exclamó sin dejarme terminar la frase, riendo como si yo acabara de decir una solemne tontería—. No entendés nada... vos no sos de acá...
     —¿Y que tiene eso que ver? —pregunté, un poco despistado—. Si me quedo aquí contigo, sea de España o de Argentina, no te van a sacar a bailar, ¿no?
     —Bueno, eso es cierto... pero es que también me gustó el modo como vos bailás el tango...
     No tuve más remedio que reírme con ella al ver la provocadora expresión de su peculiar rostro, lleno de una inquietante sonrisa que era a la vez inocente, traviesa e insinuante.
     Y así seguimos, no sé cuánto tiempo, horas, charlando en cada pausa como si nos conociéramos desde siempre, pero sólo hasta que el tango volvía a la pista y Gricel, tomándome de la mano y sin preguntar, me llevaba de nuevo hasta él.
     Le estaba detallando en un descanso lo mucho que me había gustado el hotel donde me alojaba cuando, de pronto, me di cuenta por su expresión de que recordaba algo. Abrió los ojos desmesuradamente, miró su muñeca vacía como si comprobase la hora en un reloj inexistente y, nerviosa, se levantó de su silla para marcharse.
     —Me olvidé… debo regresar a casa. Estuvo bárbaro, chau.
     —Espera, espera —de repente la calma que me invadía mientras hablábamos se convirtió en tormenta mientras se iba—. Espera, Gricel, ¿dónde… a qué otros sitios puedo ir a bailar, así como éste?
     Me miró, y creo que entendió la verdadera pregunta que yo no había formulado.
     —Mañana andá a Pavadita, de las tres y media en adelante. Yo estaré allá. Hay piso de madera y aire acondicionado; es otro ambiente, pero también muy lindo.
     —¿Y dónde está? —pregunté alarmado porque, impasible, ella seguía yéndose. Se volvió a sentar.
     —¿Tenés una pluma?
     —¿Un bolígrafo? Sí, creo que sí… Toma.
     Escribió algo en una servilleta de papel que había en su mesa. Me la dio. Se fue.
     Me quedé mirándola mientras se alejaba rápidamente de mí, en dirección a la salida, hasta que la perdí de vista. Entendí cómo debió sentirse el príncipe de Cenicienta, la noche aquella del baile. Durante un rato continué con la mirada absorta, fija en la puerta por dónde había desaparecido, quizá por si cambiaba de idea y regresaba. Pero no regresó.
     Decidí marcharme yo también. "Pero Cenicienta me ha dejado un zapato..." pensé, y miré la servilleta que tenía en la mano. En un lado aparecía el sello de la confitería impreso con tinta azul. En el otro, con una letra un tanto temblorosa, Gricel había escrito PAVADITA. Martes a Jueves. 15:30 en adelante. Corrientes y Libertad, 1ª planta (abajo restaurante).
    
Al día siguiente por la mañana volví a la Boca, y me perdí por las callecitas más intrincadas del antiguo barrio genovés donde un día se instalaron los primeros emigrantes italianos, recorriéndolo despacio, deteniéndome una y otra vez para gozar de la sensación de antigüedad que surgía de cada rincón y que me transportaba hasta tiempos pasados que, en este emplazamiento, casi se habían prolongado hasta el presente.
     Pasadas las tres de tarde salí hacia Pavadita, como me había sugerido Gricel, tomando un destartalado autobús que corría desenfrenado por entre las estrechas callejuelas como si lo persiguiera el diablo. Una vez allí me acomodaron en una mesa situada en una especie de tarima algo elevada con respecto a la pista, que estaba dividida en dos zonas rectangulares, una mayor que la otra y unidas entre sí. Había, efectivamente, aire acondicionado, aunque demasiado fuerte para mi gusto, y no faltaban los imprescindibles ventiladores colgados del techo ni las lamparitas de luz amarillenta.
     Ya habituados mis ojos a la oscuridad recorrí con la mirada el local, buscando entre los asistentes femeninos el rostro tentador que tan bien conocía, pero no lo encontré.
     No lo encontré al llegar, ni una hora después, ni dos, ni cuando me marché de allí a las nueve de la noche. Aburrido, cansado, helado de frío, desolado.
     Gricel no apareció por Pavadita, y yo no bailé ni una sola vez con nadie. No hubiera podido hacerlo, no con alguien que no fuera ella. Tanto me había acostumbrado a su estilo, a su modo de moverse, a su cuerpo. Miré a las parejas fijándome en su baile, pero ninguna mujer llamó mi atención, ninguna me hizo desear compartir con ella un tango. En un par de ocasiones alguien me miró sonriente, pero no hice el más mínimo caso. No pude; por alguna razón, no pude hacerlo.
     Volví al hotel y me encerré en la habitación. Toda la excitación e ilusión del día anterior se habían convertido en una lamentable decepción. Gricel no había acudido a la cita y ya me acordaba de ella y la echaba de menos. Sabía que era absurdo sentirme así, que ella tendría su propia vida, que yo tenía la mía; y aunque sólo habían sido unas pocas horas a su lado no pude evitar recordar sus ojos diáfanos, y evocar su aroma penetrante, y recrear una y otra vez su baile cadencioso abrazada a mí, hasta que, triste y agotado, el sueño acabó por doblegarme.
     A las ocho y media de la mañana Roberto me llamó por teléfono: «Vente ahora para el centro comercial, te lo enseño y comemos aquí. Luego por la tarde haces lo que quieras. Y así también te presento a Martín.»
     Martín Darnó era argentino, y mi equivalente profesional en nuestras oficinas de Buenos Aires; con él había hablado por teléfono en ocasiones, ya que por nuestro trabajo a veces debíamos realizar acciones juntos, y cuando por fin nos conocimos congeniamos inmediatamente.
     Pasé la mañana con ellos, comprobando todos sus logros y discutiendo con Martín las soluciones técnicas que habíamos adoptado cada uno en nuestros respectivos países para resolver problemas comunes. Comimos en un restaurante del mismo centro, mientras les explicaba por encima lo mucho que me había gustado mi primera tarde de tango en Buenos Aires. Pero muy por encima. Y resultó que Martín entendía de tango, y mucho. «Si querés, el viernes te invito a cenar y hablamos de tango.» Evidentemente, acepté encantado; quedamos en que yo le llamaría por la mañana y, después de que Roberto me recordara la cena del sábado en su casa, nos despedimos.
     Por la noche me fui al Café Tortoni.
     Yo sabía que el Café Tortoni, tal vez el más famoso cafetín de todo Buenos Aires y seguro el más turístico, disponía de un saloncito reservado (la sala Alfonsina Storni) donde además de poder cenar o tomar un café los clientes eran deleitados con alguna exhibición artística, siempre relacionada con el tango. Cuando llegué allí (como a las nueve y media de la noche) me enteré de que empezaba a las diez y cuarto, así que pagué los once pesos de la entrada, me situé en una de las mesas y fui pidiendo algo de cena.
     Al rato llegaron dos músicos, que se sentaron en sus respectivas sillas en el escenario, sin abrir la boca ni para saludar. Prepararon sus instrumentos: a la izquierda de donde yo estaba, el piano; en el centro, el omnipresente bandoneón. Y a las diez y cuarto justas apareció la cantante, una mujer de unos cuarenta y cinco años y profesional sonrisa. Se llamaba Silvia Taudín y, tras darnos la bienvenida a Tortoni, empezó a cantar.
     Por su boca, su micrófono y mis oídos pasaron tangos clásicos y archiconocidos, así como algún otro que jamás había oído. Me llamó la atención su versión de "Malena", de Manzi, un inspirado tango al que, en mi humilde opinión, esta mujer no supo darle el tono dramático que, por ejemplo, le daba Francisco Fiorentino cuando lo cantaba con la "Orquesta Típica" de Troilo.
     Hubo un descanso, durante el que los músicos hablaron entre ellos y con la cantante. No sé de qué, por supuesto, pero hubo un instante en el que los tres me miraron. De acuerdo, estaba en primera fila, solo, aplaudía fervorosamente cada canción y la casualidad es tan casual que a veces puede hacer coincidir tres miradas casuales en un único punto. Pero el caso es que durante un segundo noté sus miradas, fijas en mí.
     Después volvió la cantante, interpretó tres o cuatro tangos más y, entonces, escuché un nombre: Gricel.
     Dentro de mí se movió algo, algo pequeñito que me acarició ligeramente el alma, suavemente, como la mano de un niño acaricia una mano adulta, seguro de que para mí ese nombre tenía una connotación diferente que para el resto del público.
     Curiosamente, nunca había tenido la oportunidad de escuchar ese tango, aunque hacía mucho tiempo que sabía de su existencia; y qué mejor que descubrirlo en Buenos Aires, y sobre todo después de haber conocido a alguien con ese insólito nombre. Me sentí muy excitado, y me dispuse a prestar toda mi atención.
     Sonreí un poco, pero verdaderamente poco, porque cuando Silvia Taudín empezó a cantar me miró a mí (a mí), larga y directamente, y apenas dejó de hacerlo ni un sólo momento mientras interpretaba la canción:
     No debí pensar jamás / en lograr tu corazón / y sin embargo te busqué / hasta que un día te encontré / y con mis besos te aturdí / sin importarme que eras buena... / Tu ilusión fue de cristal, / se rompió cuando partí, / pues nunca, nunca más volví. / ¡Qué amarga fue tu pena! / No te olvides de mí, / de tu Gricel / me dijiste al besar / el Cristo aquel / y hoy que vivo enloquecido / porque no te olvidé / ni te acuerdas de mí. / ¡Gricel! ¡Gricel! / Me faltó después tu voz / y el calor de tu mirar / y como un loco te busqué / pero ya nunca te encontré / y en otros besos me aturdí... / ¡Mi vida toda fue un engaño! / ¿Que será, Gricel, de mí? / Se cumplió la ley de Dios / porque sus culpas ya pagó / quién te hizo tanto daño.
     Entre aplausos, el grupo se despidió del público. Salieron los tres, y yo no pude evitar hacer lo que hice: me fui tras la cantante, convencido de que mi fantasía acabaría por darme un disgusto, y aprovechando que se había detenido a decir algo a un camarero me aproximé a ella sin miedo a hacer un ridículo que, seguro, estaba a punto de hacer.
     —Hola, eh..., Silvia —al oírme se volvió sorprendida, y abrió mucho los ojos al verme—. La acabo de escuchar y, bueno, quería preguntarle si... no conocerá a una mujer que se llama Gricel, como de cuarenta años, morena, alta, que baila muy bien el tango y que suele ir a la Confitería Ideal; hace un par de días estuve con ella, pero después no he podido localizarla y he pensado que usted...
     —Sí, a usted lo vi allá —me interrumpió con un tono de voz cortante, como si yo debiera saber que me había visto.
     —¿Estaba usted también allí? —me sorprendí.
     —Sí, pero no conozco a esa mujer. La he visto otras veces, pero no sé quién es ni cómo la puede encontrar.
     —Pero antes, cuando ha cantado el tango de Contursi y me ha mirado, he tenido la sensación de que...
     —¿Pero qué dice? ¿Mirarlo? ¡Qué pavada! —su tono de ira dejaba entrever una pizca de temor.
     —Bueno, yo no...
     —Discúlpeme, me esperan.
     —Pero...
     —Ya basta, dije que me esperan.
     Y así se fue, con mucha prisa y el gesto contraído, inconcebiblemente enojada conmigo. Y ahí me quedé alelado, observado disimuladamente por algún parroquiano que al encontrar mi mirada volvió la suya a sus asuntos.
     Me fui de allí bastante mosqueado.
     El día siguiente amaneció con un acogedor sol primaveral; había leído en la prensa que existía un parque, el de la Recoleta, donde se celebraba la "Semana del Tango" (festejos patrocinados por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, o sea, por el Ayuntamiento) con música y representaciones callejeras, y como todo estaba verde y fresco pensé que sería idóneo para relajarme, apartado (como su propio nombre indicaba) del ajetreo de los días pasados. Casualmente me detuve en un puesto que el Club Almagro (otra de las más conocidas salas de baile de la ciudad) tenía en la feria, y allí me regalaron una invitación para asistir por la noche a un baile promocional que habían organizado. Sin pretenderlo, una nueva oportunidad se presentaba ante mí.
     Y ocurrió que el "baile especial patrocinado por Club Almagro" era precisamente eso, un baile especial para turistas al que no asistió nadie de los habituales a las milongas, que esa noche debían andar por algún otro lugar más concurrido. Una pena, pues la pista era grande y sin estorbos (como columnas o mesas), pero sin público la animación no existía, y sin animación la sala no era nada.
     Tampoco vi a Gricel, como ya se habrá supuesto.
     Pero sí me encontré con la muchachita que me hizo bailar con ella el primer día en la plaza de Dorrego. Entró con un grupo de amigos que montaron bastante escándalo con sus risas de admiración ante lo vacío que estaba todo, y al reconocerme se acercó a mí, sonriendo un poco menos tristemente. Me saludó con un beso en la mejilla y se sentó a mi lado.
     Viéndola de nuevo me pareció una chiquilla guapa, a pesar de los tristes ojos que en nada habían cambiado desde la otra vez, con su pelito corto color caoba que le caía por la cara. Se llamaba Graciela y se ganaba la vida bailando el tango por las calles con un amigo. No llevaba su triste vestido rojo, sino una falda negra y una blusa blanca que, por alguna razón incomprensible, también se empeñaba en dejar a la vista las hombreras del sujetador.
     —¿Y cómo la pasaste en Buenos Aires?
     —Bien, bien, ha sido muy agradable. He descansado y me he cansado conociendo la ciudad, he bailado en las milongas...
     —¿De veras? ¿Y a que lugares fuiste?
     —Veamos... hoy estoy aquí, el martes en Pavadita, y el lunes en La Ideal. ¿Las conoces?
     —Yo conozco todas las milongas —contestó riendo—. ¿Te gustó La Ideal? Es la más piola.
     —Sí, mucho, el salón, la música, el ambiente... Por cierto —aproveché la ocasión brindada, estropeando seguramente lo que estaba empezando a ser una prometedora amistad—, ¿no conocerás a una mujer morena, de unos cuarenta años, alta, con unos ojos muy grandes y expresivos, que se llama Gricel? La conocí en La Ideal, y habíamos quedado para vernos en Pavadita, pero no apareció...
     Al oírme, la chiquilla se quedó sin sonrisa, que ya de por sí no era demasiado ostentosa. Me miró en silencio durante un largo rato, como decidiendo el siguiente paso a dar. Y de repente, me preguntó:
     —¿Querés bailar?
     Me sorprendió la propuesta, ya que había aprendido que así no funcionaban las cosas en las milongas de Buenos Aires, pero soy de mente abierta y, aunque no tenía demasiadas ganas, también soy un caballero y por supuesto le dije que por supuesto.
     Y bailamos. No como con Gricel, ciertamente, pero no se nos dio mal, yo diría que hasta se nos dio bien. Y ya empezaba a pensar que eso del tango estaba hecho para mí, cuando me lanzó de sopetón:
     —¿Vos sabés quién es Gricel?
     Tres sorpresas adicionales: una, bailando el tango no se habla nunca; dos, había bebido, se notaba en su aliento ahora que estábamos tan cerca; y tres, ¿qué quería decir con su pregunta?
     —Pues... —me costaba pensar, hablar y bailar al mismo tiempo—. Sólo sé lo que ella me contó, que le gustaba mucho bailar y que se escapaba a las milongas siempre que podía. No me dijo más que su nombre, y me dio un papel con las señas de Pavadita para encontrarnos al día siguiente, pero no fue, y la verdad es que me gustaría verla antes de volver a España.
     —Mirá, no seas gil. No quise decir eso, te pregunté si vos sabés quién es Gricel. Ya veo que no. Gricel no es lo que parece, tené cuidado con ella porque...
     —¡Graciela!
     Ambos nos detuvimos y nos volvimos a un tiempo hacia el origen de la imperiosa voz. Otra sorpresa más: era el gran musicalizador Félix Vicherna, que con un disco compacto en la mano había salido de su locutorio como si se hubiera prendido un fuego dentro.
     —Graciela, vení por favor.
     Ella no lo dudó un instante, tan pocas opciones daba la orden del anciano, y se fue con él hacia la cabina de música. A través de los cristales los vi discutir, o más bien le vi echarle una bronca de cuidado a la chiquilla. Ella, con la cabeza baja, miraba al suelo aguantando el chaparrón. Un par de veces el hombre me miró, pero sin disminuir la intensidad de su riña. Cuando acabó la tempestad ella volvió apresuradamente a su mesa, agarró sin mirarme un bolsito que llevaba y se marchó de Almagro a toda prisa, sola.
     Ya habituado a que me pasaran cosas raras con relación a Gricel no me molesté siquiera en preguntar qué demonios había pasado. Me limité a terminar mi bebida y volví al hotel tranquilamente, aunque sin poder librarme de una profunda sensación de tristeza por ver cada vez más lejana la posibilidad de encontrarme de nuevo con esa misteriosa dama que tanto me había impresionado.
     A la mañana siguiente, sin ninguna gana de hacer turismo, me fui a la plaza de Dorrego, donde leyendo a la sombra de los árboles y paseando por los alrededores libres del mercadillo dominical disfruté de unas horas muy placenteras. Desde allí llamé a Martín, y quedamos en que pasaría a buscarme al hotel a las nueve y media de la noche para esa cena que me había ofrecido.
     El lugar elegido fue uno de los restaurantes típicos más conocidos de Buenos Aires, Rodizio, situado en la zona del puerto, donde antiguamente los estibadores descargaban los barcos de mercancías. Tan conocido que a pesar de haber hecho reserva de mesa por teléfono para las diez ("condicionada", como bien me avisó mi amigo) aún tuvimos que aguantar una espera de más de tres cuartos de hora para poder sentarnos.
     Cuando acabamos ya habían terminado todos los turnos, por lo que pudimos alargar la sobremesa más de lo que nos hubieran permitido de haber sido más temprano.
     Hablábamos de tango y de las milongas de Buenos Aires cuando, antes siquiera de que se me pasara por la cabeza la cantinela que ya empezaba a ser costumbre y que me llevaría a la tan repetida cuestión, me preguntó:
     —¿Y que te pareció "Gricel"?
     —¿Qué?
     —Sí, "Gricel", ¿no la conocés?
     —Pues… ¡vaya! no me digas que tú la conoces.
     —Desde hace años. Es muy famosa en Buenos Aires. En mi opinión, es la mejor.
     —Ya.
     —¿Y tú cuándo la visitaste?
     —No... yo no... no he podido encontrarla... precisamente iba a preguntarte si tú la conocías, y mira por dónde que sí.
     —Es cierto, voy allá siempre que puedo, es donde hay mejor ambiente y donde van las mejores parejas de tango de toda la ciudad.
     —¿Ir? ¿Pero de qué me estás hablando?
     —Del Club Gricel, la milonga que está en el 1180 de La Rioja. ¿Qué pensaste?
     Me reí con todas mis ganas, y le expliqué lo ocurrido desde la tarde en La Ideal hasta la última noche en Almagro. Martín, como hiciera Graciela, perdió la sonrisa y me estudió detenidamente, cuidadosamente.
     —¿No te contaron la historia de Gricel?
     —¿La milonga, la del tango, o la mujer de La Ideal?
     —Bueno, la del tango.
     —Algo he sabido, sobre todo por la canción; ayer la oí en Tortoni, pero no sé si es verdad o es como todos los tangos, sólo una fábula triste.
     —Oí. El poeta José María Contursi se enamoró de una mina de diecinueve años llamada Susana Gricel Viganó, que vivía en una localidad del norte, Capilla del Monte.
     —¿Capilla del Monte?
     —Sí, en las sierras de Córdoba. ¿Fuiste allá?
     —No, no… sólo he oído el nombre en algún sitio. Sigue, por favor.
     —Pero él ya era casado entonces; abandonó a Gricel y retornó a su familia de Buenos Aires, donde sufrió por la ausencia de su amada y escribió el tango que ya conocés, por el año de 1940, cuando pensaba que ya más nunca la vería. Y así pasaron más de veinte años. Luego de enviudar Contursi un amigo de ambos informó a Gricel, quien viajó para retomar la vieja relación y recuperar el amor perdido. Acabaron, al fin, casándose en la pequeña capilla que había allá, en Capilla del Monte, y estuvieron juntos hasta la muerte de Contursi, que lamentablemente llegó pronto.
     —Es una bella historia, ella regresando a buscarlo después de tantos años, aunque muy penosa: toda una vida, dos vidas, desperdiciadas. Menos mal que al final Gricel ganó la batalla que había perdido en su juventud...
     —No creas.
     —¿Qué quieres decir?
     —Pensá en esto: Contursi la enamoró, y cuando tuvo que elegir entre la amante y la esposa eligió la esposa. Sólo volvió con Gricel cuando quedó libre del compromiso matrimonial, pero incluso entonces esperó a que fuera ella a buscarlo. Y al poco tiempo de reunirse la dejó una vez más, y esta para siempre.
     —Creo que ya comprendo...
     —Mirá, Gricel nunca ganó la batalla. La perdió siempre, una y otra vez. ¿Vos sabés que Gricel, siendo aún joven, se casó después de fracasar en la primera relación amorosa con Contursi? ¿Y vos sabés que este hombre también la abandonó?
     —No lo sabía. Pobre Gricel...
     —Y hay más.
     —¿Más?
     —Sí… —se detuvo, como pensando las palabras que me iba a decir… o quizá pensando si me las iba a decir o no—. Por las milongas hay una leyenda que habla de Gricel.
     —¿Una leyenda?
     —¿Vos creés en fantasmas?
     —Bueno, nunca he visto a ninguno.
     —Cuentan que cuando Gricel falleció la llama de su amor por Contursi aún no se había apagado en su corazón.
     —¿Murió de pena?
     —Quién lo sabe... Se dice que desde entonces el fantasma de Gricel vaga por las milongas, buscando a hombres con los que bailar.
     —¿Para enamorarlos?
     —¡No! Para amarlos. Porque amar fue toda su vida, y ni después de muerta puede dejar de hacerlo.
     —Ya, muy bonito... Oye, Martín, ¿y cómo era Gricel? Digo físicamente, ¿qué aspecto tenía?
     —Dicen que tenía unos grandes y vivos ojos negros y una sonrisa preciosa. Dicen que era muy bella, y que tenía algo especial en la mirada. Dicen que era rubia.
     —¿Rubia?
     —Sí, dicen que su pelo tenía el color del trigo, cuando está dorado por el sol.
     —Rubia… ¿Y cómo lo saben?
     —Se conservan fotos de ella, creo que hay algún libro… si te interesa puedo averiguar.
     —Sí, por favor, te lo agradezco… Pero dime una cosa, ¿qué dice la leyenda que pasa cuando el fantasma de Gricel se enamora?
     —Nada. Ocurre que debe sufrir el tormento una y otra vez, porque sólo se enamora de hombres que la harán daño, hombres que la abandonarán.
     —¿Hombres casados?
     —Sí, bueno, justo eso. Es su destino.
     —¿Y la ha visto alguien alguna vez?
     —Sí, continuamente. Aparece en las milongas a menudo, se deja ver por los tanguistas y baila con ancianos para atraer a los jóvenes con la magia de su baile.
     —¿Y nadie dice nada?
     —Nadie. Gricel es respetada por los amantes del tango. Los viejos la ayudan, los demás la huyen, o la ignoran nomás, por las dudas. Nadie te hablará nunca de ella. Jamás. Es un pacto.
     —Pero tú lo estás haciendo ahora.
     —No, sólo te estoy contando una leyenda.
     —¿Y tú la has visto?
     —¿Yo? ¡No! Ya te dije que es sólo una leyenda, y yo no creo en fantasmas.
     Mantuvo un rato la sonrisa, en silencio, y yo no dije nada más. Así estuvimos, callados, un buen rato, yo pensando en lo que me había contado, él quizá pensando en lo que yo pensaba. Entonces, de pronto, pareció volver a cobrar vida, y me hizo una propuesta:
     —¿Querés ir al Club Gricel. Sabés que hoy es el mejor día…
     La sala estaba llena. Hasta arriba. A rebosar. Eran pasadas la dos de la madrugada y llegamos en el punto álgido de la noche. Era perfecta: rectangular, rodeada por las mesas que llegaban hasta la misma pista, el escenario al fondo iluminado con la frase Club Gricel en neón rosa, las luces amarillas y los omnipresentes ventiladores, y la gente, una multitud de parejas bailando el tango abrazadas. El aire estaba cargado del humo de los cigarrillos, creando en la atmósfera un rosa difuminado de irrealidad que me sobrecogió. Todo se movía como a cámara lenta, las parejas, los camareros, las aspas de los ventiladores...
     Nos situaron en una mesa libre a la derecha de la pista, bastante alejados de ella, aunque a esas horas ello no era un inconveniente, tal y como estaba de gente. Pedimos nuestras bebidas y, durante un rato, contemplamos el entorno sin decir nada.
     Según pasaban los minutos empecé a notar que Martín se estaba poniendo nervioso, no sé si por la hora, por el humo del tabaco, por la aglomeración de gente, por el agua mineral que estaba tomando o por alguna otra razón. Se removía intranquilo en su silla, miraba a un lado y a otro sin fijar la mirada en ningún sitio, y respondía a mis comentarios con monosílabos.
     —Martín, ¿te encuentras mal?
     —No, no, estoy bien.
     —Cuando quieras nos vamos, por mí no te preocupes, si tampoco voy a bailar...
     —No, así está bien, de veras.
     No conseguí arrancarle más palabras que éstas. Media hora después yo estaba tan nervioso como él, contagiado por su desazón. Ya le iba a pedir que nos fuéramos cuando, flotando en un suspiro de aire cálido, percibí un perfume inconfundible que desencadenó en mí una honda emoción, tan intensa como inesperada.
     Oí una dulce voz femenina, de indudable origen argentino, muy, muy cerca detrás de mí:
     —¿Y vos no bailás?
     No me moví ni un milímetro mientras sentía el ardiente soplo de una respiración que jugueteando caía sobre mi piel. El aroma, de nuevo, me arrebató.
     Miré a Martín, que sentado frente a mí y de espaldas a la pista se había quedado tan inmóvil como yo. Pero, seguramente, mucho más pálido. Miraba algo que estaba unos centímetros más allá de donde yo estaba.
     Sólo tardé unos segundos (quizá; pudieron ser minutos; tal vez horas) en volverme hacia la fuente de la tan buscada voz (porque era SU voz, la voz musical de Gricel), pero donde debía estar ella no encontré nada. Nada en absoluto, aparte del vacío completamente lleno de su esencia. Inspiré, profundamente, el aire que me rodeaba, sintiendo vibrar de ansia y excitación cada nervio de mi cuerpo.
     —¿Quién estaba aquí, Martín?
     Yo lo sabía de sobra, pero Martín no respondió.
     —Martín, ¡eh, Martín! ¿Dónde ha ido la mujer que estaba aquí hace un momento?
     Martín seguía sin hablar, mirándome perplejo.
     Me incorporé para sacudirle un poco, pero apenas había puesto mi mano sobre su hombro, la vi.
     Quieta en el fondo de la sala, bajo el cartel de neón rosa, más allá de la maraña de gente que, inexplicablemente, había formado un pasillo que iba de lado a lado de la pista. O a lo mejor la estaba viendo a través de los bailarines que no detenían su danza apasionada, abrazados a sus parejas. Con sus ojos grandes, con su boca roja, con su pelo azabache recogido, con su vestido negro, con sus zapatos de pulsera y tacón alto, con su cuerpo sensual, con su magia irresistible.
     En la distancia nuestros ojos se hallaron, voluntariamente, sin que el azar tuviera nada que ver con este encuentro. Un instante; ella en pie, inmóvil; yo a medio levantar, inmóvil; entre nosotros, solamente tango. Un largo instante. Surgió su sonrisa.
     Fue como un rescate, como liberarme de una cadena que me tenía cautivo, como una fuga. Sentí que de nuevo podía moverme, que mis pies me llevaban hacia la pista, al encuentro de la mujer que venía hacia mí, acercándose lentamente entre el humo blanco teñido de rosa, hacia mí, sin que sus ojos se soltaran de los míos.
     Nos reunimos sigilosamente. Mi reflejo me miró fascinado desde el negro cristal de sus ojos. Me embriagué con su fragancia. Mi piel se quemó con el calor de su piel. De nuevo la tomé entre mis brazos, y bailamos.
     Esa noche Gricel se entregó a mí con su baile de entrega, y logró que entre nuestros cuerpos que el tango arropaba no quedara nada más que música. Bailamos durante horas, en absoluto silencio, ni siquiera durante las pausas nos dijimos una palabra, permanecimos frente a frente, los brazos relajados, con las manos rozándose, respirándonos mutuamente, captando la electricidad que nos mantenía allí juntos, pegados, esperando un tango más. Nunca las palabras fueron más inútiles. Nunca el silencio fue tan locuaz. No existía nadie más, nada más, allí. Sólo nosotros: esa mujer llamada Gricel, yo, y el tango.
     No sé cuándo ocurrió. Gricel se desató de mi abrazo, me miró, me dijo «Gracias» y se alejó despacio, soltando mi mano poco a poco, el último vestigio de aquella extravagante unión.
     Sentí que la perdía, que la iba a perder para siempre, y en una reacción instintiva la aferré de la muñeca con fuerza. No quería que se fuera. Quería hablarle, quería contarle tantas cosas de mi vida, quería decirle todo lo que ella no me había preguntado, que sentía por ella algo extraño que no podía ser nada que hubiera experimentado antes, ni amistad, ni afecto, ni cariño, ni amor, nada de eso y todo a la vez, un sentimiento desconocido y nuevo, una mezcla desconcertante que no me dejaba razonar. Gricel no dijo nada, y yo tampoco. Sólo me miró con dulzura, con tristeza, sonrió melancólicamente, y la solté. Se demoró sólo un segundo más. Y se fue.
     La vi perderse en el día recién amanecido. Otra vez. Y otra vez no pude hacer nada por impedirlo.
     Miré a mi alrededor. Estaba solo. Un hombre muy viejo me observaba desde la puerta por la que ella acababa de desaparecer, esperando paciente. En la mesa sólo quedaba mi chaqueta y una escueta nota de Martín: Lo siento, tuve que marcharme. Nos vemos. Martín.
    
Ya en la cama intenté conciliar el sueño, dando vueltas y vueltas entre las sábanas, pero no conseguí más que caer en un duermevela agotador que sólo me trajo la imborrable imagen de Gricel, que me miraba, que me sonreía, que bailaba conmigo de un modo que iba mucho más allá de un baile, que era la misma experiencia de vivir, irrepetible. Abría los ojos y la veía frente a mí, porque en realidad no los abría y ella estaba en mis sueños. Me despertaba y la veía frente a mí, porque en realidad no me despertaba y ella estaba en mis pesadillas. Respiraba ávido el aroma que empapaba mi sudoroso cuerpo, quemado por la ansiedad y el deseo de ver a esa mujer que no fue, ni era, ni sería, la mía, y que aun así me estaba haciendo suspirar, descontrolada mi razón por el instinto.
     El rugido del teléfono me devolvió a la realidad, y sólo un pensamiento llegó a mi mente: "¡¿Pero qué demonios estoy sintiendo!?"
     Sacudí la cabeza intentando comprender el significado de ese ruido horrible que golpeaba despiadado mi cerebro. Descolgué el instrumento de tortura. Era Roberto: «Esta noche tenemos la cena en mi casa. Pásate sobre las ocho, tomamos algo y charlamos mientras llegan los demás.»
     ¿Qué iba a hacer? Hubiera preferido ocupar todo el tiempo que me quedaba recorriendo las milongas de Buenos Aires hasta dar con Gricel, para despedirme, para ver sus ojos, y su sonrisa, y oír su voz, y oler su perfume, cuyo recuerdo me emocionaba hasta tal punto que estaba proclamando lo dentro de mí que ella había llegado. Tentado estuve de marcharme a buscarla en ese momento, pero al fin desistí, en un inesperado destello de claridad mental que vino acompañado del pensamiento "Pero tío, ¿de qué vas?". Creo que, todavía adormilado, entendí de repente lo absurdo de la situación, la estupidez no ya de lo que me había pasado en los últimos días, sino de lo que parecía que estaba dispuesto a que me pasara antes de volver a casa, y me reí de mí mismo un buen rato mientras preparaba las maletas.
     Cené con Roberto, su mujer y unos cuántos amigos suyos, que se esforzaron por mantenerme entretenido con su conversación durante toda la velada; recuerdo especialmente a una pareja de argentinos que no sabían nada de tango y que cuando les conté que yo lo bailaba me miraron como en Madrid miraríamos a un turista americano que hubiera acudido a la Plaza Mayor vestido de torero.
     Tras la cena, que resultó exquisita, no tardé demasiado en marcharme.
     Una vez en la calle las tentaciones de ir a buscar a la dama de ojos negros volvieron a asaltarme, tan violentamente que no pude resistirme, y tomé un taxi para ir al Club Gricel.
     No llegué al destino.
     Apenas habíamos recorrido un par de kilómetros cuando mis sentimientos cambiaron. Fue algo como lo que se experimenta tras tomar un analgésico para librarse de un dolor lacerante. Ahora duele, un instante después ya no duele. La desesperación del suplicio se convierte en un momento en alivio que te devuelve la vida perdida.
     Así fue lo que sentí, un padecimiento que termina, una pena que se va. De repente, sin esperarlo, sin buscarlo, casi a traición.
     Respiré confortado. Profundamente. Estaba seguro, y alteré mi futuro. «Disculpe, he cambiado de idea. Lléveme al hotel Phoenix, por favor.»
     Eran las tres de la mañana cuando, impulsado por el presentimiento que me había acometido en el taxi, llamaba a la puerta de mi hotel para que me abriera el vigilante nocturno. Nada más entrar Alejandro salió a mi encuentro. Apresurado. Nervioso. Impaciente.
     —Lo estaba esperando. Una visita lo aguarda en el salón. Este… —dudó un instante antes de proseguir— ¿usted sabe quién es?
     —Sí, Alejandro, no se preocupe. Sé perfectamente de quién se trata. No necesita decirme más, muchas gracias por todo.
     Me miró un tanto sorprendido, pero mi respuesta pareció relajarle, y sonrió mientras me daba la llave de mi habitación:
     —Lo que necesite, ¿de acuerdo?
     Me encaminé hacia el lugar que me indicaba; antes de llegar hice una pausa que me permitió tomar aliento y alguna decisión. No estaba nervioso, ya no. Mi instinto me aconsejaba cautela, pero no le presté demasiada atención porque, en lo más profundo de su aviso, me estaba musitando mimoso: "Tranquilo, no pasa nada".
     —Hola, Gricel.
     —Hola, ¿cómo andás?
     —Bien, bien. ¿Vienes?
     La habitación estaba en penumbra. Era tarde, pasadas las tres de la madrugada, y sólo entraba por la ventana el tenue resplandor de una farola que dormía en la calle. Pero su mortecino brillo me permitía percibir el rostro de la mujer vestida de negro que estaba frente a mí, en silencio, mirándome a los ojos sin moverse. Su olor llenaba la estancia, depositándose en cada mueble, en cada tela, en cada uno de los escasos objetos que allí había. Y en mi cuerpo. Y en mi alma.
     Había música en el aire.
     Levantó sus manos hacia mí, muy despacio, y recorrió con la punta de sus dedos mi rostro, acariciando cada milímetro de piel, cada arruga, cada gota de sudor y cada lágrima. Con la ansiedad y la lucidez de una ciega que reconoce a un amigo. O a un amante. Se paró en mis ojos, cerrando mis párpados; en mi nariz, regalándome el aroma de sus manos; en mi boca, silenciando las palabras que no podía decir. Acarició mi cuello, provocándome un escalofrío de placer que me estremeció. Acarició mis hombros, acarició mis brazos. Sentí el ardor de su respiración subiendo hacia mis labios…
     Con su boca a dos centímetros de mi boca Gricel empezó a rodearme, mientras yo permanecía estático, clavado al suelo de la habitación. Durante el lento recorrido a mi alrededor sus manos acariciaron mi pecho, que a duras penas capturaba el aire para respirar. Después mi brazo derecho, rozó mi mano. Después mi dorso y, desde atrás, abrazó mi pecho, donde se quedó unos segundos que fueron días en mi mente; sentí su aliento en mi nuca, sentí su pecho en mi espalda. Después mi brazo izquierdo, rozó mi mano. Después mi cuello palpitante. Después mi rostro, que cubrió con ambas manos. Quemaban.
     —Gricel, no sabes nada de mi vida...
     —Es cierto que no me permitiste conocer tu vida, pero me permitiste conocer tu alma, y a mí me basta.
     —Gricel… ¿sabes que yo no…?
     —No digas nada, por favor. Siempre fue así, siempre será así. No digas nada, sólo dejame estar con vos, acá con vos, mientras es posible…
     —Entonces, ¿por qué te fuiste las veces que nos encontramos?
     —Vos lo sabés bien. Pero también sabés que nunca te dejé.
     Sus ojos cálidos, sinceros, limpios ojos que desde su primera palabra no se habían separado de mis ojos ansiosos se despidieron y bajaron por un instante hasta el suelo, tímidos. Una pausa, un segundo eterno y volvieron a mí, saludándome, sus ojos anhelantes, esperanzados ojos.
     —Decime, ¿pensaste en Gricel alguna vez?
     —Todas las veces, desde que te vi. Y ahora… no puedo pensar en ti si no es bailando.
     —Ya sé...
     Su mano derecha tomó delicadamente mi mano. Sonrió apenas. Rodeó mi cuello con su abrazo. Sentí su calor en mi pecho. La abracé y bebí directamente del manantial de su perfume, hasta ahogarme en él. Me llevé el olor de su piel tibia, de su pelo negro, de su boca ávida, inspirando en un suspiro profundo hasta la última gota de la esencia que su cuerpo destilaba.
     Sentí su mejilla apoyada contra mi pecho, que latía desbocado. Vi que sus grandes ojos negros se cerraban con una expresión de calma infinita e infinita dulzura. Y susurró en mi oído:
     —Un último tango... sólo un tango más con tu Gricel...
      
—Da un abrazo a todos de mi parte —me pidió Roberto—, y diles que me acuerdo mucho de ellos, y que no se piensen que no voy a volver.
     —Claro que sí, ya verás como sí. Y, de verdad, muchas gracias por todo, ha sido genial. Venga, un abrazo.
     Nos abrazamos un momento, con fuerza.
     —Ah, casi se me olvida. Toma, Martín me ha dado esto para ti. Dice que es para que te entretengas en el viaje, y que no lo veas hasta que estés arriba.
     Me dio un paquete envuelto en papel de colores que tenía todo el aspecto de ser un libro. Le pedí que le diera las gracias y entré en la terminal, mirando hacia atrás una vez más; nos dijimos adiós con la mano.
     Dos horas después estaba a diez mil metros de altitud, y entonces abrí el regalo de Martín. En efecto, era un libro; se trataba de las biografías de los componentes de la "vieja guardia" del tango, los compositores, músicos y cantantes que durante los años treinta y cuarenta elevaron al género hasta la cima del éxito. Busqué en el índice. Contursi, José María. Dos fotografías, una del autor y otra de su musa Susana Gricel Viganó completaban la página dedicada a este compositor. Él, sonriente, moreno y de mirada ensoñadora. Ella, con unos ojos negros, enormes y profundos. Miré despacio su rostro. No era guapa, pero sí bellísima. Y tenía el cabello rubio, del color del trigo cuando está dorado por el sol.
     Sonriendo, busqué en mi bolsa de viaje, y saqué algo que Gricel había dejado en mis manos antes de irse por última vez, de madrugada: una cajita de madera, pequeña, con un caballito tallado en la tapadera. La abrí y miré su contenido un largo rato. Después cerré la caja, la guardé en la bolsa junto al libro, sonreí un poco más, apoyé la cabeza en el respaldo de mi butaca, cerré los ojos y me quedé dormido.
    

© Luis Astolfi, 1999
    


PORTAL FANTÁSTICO
Club Gricel
, de Luis Astolfi,
por Carlos Ferro

Dentro del género fantástico (permítaseme hablar de este género como si existiera, al fin y al cabo, en esta sección aceptamos un montón de premisas fantásticas) encuentran albergue y cobijo multitud de subgéneros, tratamientos y temáticas. Así, si asimiláramos el Universo de la Fantasía a un universo físico, al estilo de "La historia sin fin" de Michael Ende, podríamos apreciar en él multitud de comarcas, dominios y regiones. Los límites de estas regiones serían difusos y difíciles de advertir, al punto de cuestionarse su existencia. Como todo límite, sería útil únicamente desde una perspectiva académica o legal, y alejado de la realidad cotidiana de los habitantes de Fantasía.
    Una de las cuestiones limítrofes más discutidas y discutibles es, sin duda, en qué punto se pasa de la Fantasía al Terror o al Horror. Y saco a colación este tema porque la temática del cuento que tenemos hoy es una de las que juega en ese límite.
    Hoy tenemos un cuento de fantasmas. Las historias de fantasmas son muy antiguas y muy poderosas. Tocan algo muy profundo en el hombre, que es la Muerte y su negación o aceptación. Yo sospecho que al hombre primitivo, al formarse los primeros trazos de intelecto y hacer los primeros esfuerzos de comprender el mundo, le debe haber costado enormemente entender la muerte. Como animal integrado al mundo, la muerte es un hecho más. Hay un ciclo de vida en todas las cosas, el animal vive y experimenta ese ciclo y no tiene ningún problema con eso (o eso parece). Pero al adquirir una conciencia de la identidad propia, una corriente de pensamientos que soy yo mismo, autoreferenciada, la muerte se vuelve una frontera y un interrogante. Veo al hombre primitivo (y no sólo a él) que ve un compañero muerto, y que sabe que ayer estaba vivo y se movía, y tenía un pensamiento similar al suyo, y ahora ya no más. Eso es muy difícil de entender, y más difícil aún, pensar que a uno mismo le va a suceder también.
    Por esto, es fácil ver que los primeros ritos que surgen, las primeras manifestaciones de un pensamiento espiritual, están guiados por la muerte. Los ritos y monumentos funerarios son los más antiguos que tenemos. Las manifestaciones más antiguas del hombre están ligadas a sitios de entierro de restos, de cadáveres. Y lo más antiguo que conocemos como religión, es el culto a los muertos.
    Y aquí ya se perfila la idea del fantasma. Porque si hay un culto a los muertos, es porque se supone una vida del muerto (valga la contradicción). Se supone que sigue existiendo, de alguna forma, y por eso el culto. Se supone que el muerto nos ve, nos escucha y siente el homenaje o la adoración. Si no, haríamos como los animales y dejaríamos a los muertos tirados donde caen. Además de las razones sanitarias, hay una razón para no hacerlo, que es pensar que al muerto le cambia algo el que lo enterremos siguiendo algún rito. Esto indica que creemos en su fantasma, en su prolongación de la existencia más allá de ese cuerpo que sabemos muerto.
    Sobre esta prolongación de la existencia se articulan miles de hipótesis, desde la fantasía, la religión, la ciencia, la literatura o la pseudociencia.
    No sabemos qué pensaría realmente el hombre primitivo al respecto. Yo me imagino que sería común, en las fogatas de campamento o de la caverna, contar cuentos de aparecidos. Porque es algo tan ligado al deseo y la no-aceptación de la muerte, que es casi inevitable. Si ustedes perdieron un ser querido alguna vez, ya sabrán que es habitual la sensación de que sigue estando ahí. Es inevitable que, si uno se descuida un poquito, confunda esa sensación con una realidad. Y me imagino a ese hombre primitivo, que no entiende muy bien esta cosa de la muerte, o que se le olvida, diciendo: —Ayer me crucé con Gmnoork al lado del arroyo. Se estaba haciendo de noche, un frío de la gran siete, aulló un bloooffen y él me hizo un gesto con la mano. Y cuando le recuerdan que está muerto, recompone su historia y dice: sí, cuando miré de nuevo no estaba más. Y esto ya es un cuento de fantasmas.
    Lógicamente, de ahí en adelante, evolucionamos mucho. Ya los bloooffen se mantienen lejos de las casas. Y las historias también cambiaron.
    Los griegos, con su tendencia a la extrapolación, hicieron a los dioses iguales a los humanos. Y a los fantasmas, también. Imaginaron los Campos Elíseos, en un lugar subterráneo sin contacto con el mundo de los vivos (más allá de las habituales y honrosas excepciones, como visitas de personajes famosos) pero que por lo demás, era igual a lo que querían tener en la Tierra.
    Los nórdicos imaginaron el paraíso del guerrero, el Valhalla, para los que murieran en combate. Ahí, todos los días habría un combate y la única diferencia es que si te morís, al día siguiente volvés a levantarte para la pelea. Y claro, la comida y las mujeres son mejores. Los musulmanes tienen un paraíso y ¿cuál es el detalle que salta enseguida? Las huríes.
    En estos casos se ve la cortedad de miras de la gente, que no puede pensar un más allá que sea muy distinto del más acá, porque queda fuera de su comprensión.
    La Iglesia fue un paso más lejos: en su vocación de abstracción, el paraíso es totalmente diferente y no se sabe bien cómo. Esto parece mucho más lógico y razonable. La Dicha es eterna, y parece consistir sólo en la contemplación y la compañía de Dios. Esto excluiría a los fantasmas como participantes de la vida de los hombres, ya que ese reino es totalmente distinto e incomprensible. Por supuesto, también hacemos excepciones con los santos, las apariciones de la Virgen y todo eso, que son otra vertiente de las historias de fantasmas.
    En cuanto a lo literario, desde la Biblia y Las Mil y una Noches en adelante, encontramos fantasmas y aparecidos en todas las literaturas. Una corriente muy importante para nosotros, por nuestra influencia europea, es la literatura gótica de horror, con fantasmas clásicos. Como aquel fantasma cargado de cadenas que recorre los castillos haciendo ruido por las noches, que ya satirizara Oscar Wilde pero que era un cliché de mil historias. Tenemos las Rimas y Leyendas de Bécquer, tenemos multitud de historias inglesas de fantasmas...
    En nuestros días, la pseudociencia y la ciencia le han dado más vueltas de tuerca al asunto, tratando de pesar y medir el alma, de fotografiarla, de medir "energías" o fluidos. Los espiritistas del siglo XIX y principios del XX configuraron grandes movimientos, con enorme influencia en las clases altas y en la literatura. Quién no ha oído hablar de la Golden Dawn, de Madame Blavatsky, de Frazer y su Rama Dorada, y otros tantos nombres... Pero aún sin eso, en el imaginario la visión se ha cambiado y se ha retocado infinitas veces. Para muestra, basta el botón de los Cazafantasmas.
Lo primitivo y básico del problema de la Muerte es lo que hace que los cuentos de fantasmas, aún hoy, toquen una fibra nuestra muy íntima y sigan teniendo vigencia.
    Y hay cuentos de fantasmas desde perspectivas muy distintas y disímiles, porque el tema admite muchos tratamientos. Hay cuentos que parecen de fantasmas, pero son desmitificadores: son policiales en los que al final se desvela que no había tal fantasma. Algunos son más cercanos al horror, al terror o incluso al gore. Depende de la "personalidad" que tenga el fantasma. Otros tienen un enfoque más clásico, y son de corte fantástico, casi realista. De este tipo es el cuento que hoy nos ocupa.
    Este cuento trata de algo muy asociado a los argentinos, pero sobre todo a los porteños: el Tango. Yo no sé casi nada de tango, a pesar de vivir en Buenos Aires desde hace unos cuantos años. Pero el Tango es parte de la mitología y de la cultura de esta ciudad. Se escucha por las calles, se ha puesto de moda y entre los jóvenes es muy común que se aprenda a bailarlo. Yo mismo tengo amigos que han ido a aprender (y ya no son los mismos, es cierto). En este cuento, el tango es un elemento fundamental y el autor parece saber mucho más que yo del tema, así que dejaré que opine otra gente. Pero me gustó como lo trata, como habla del tango: lo hace en términos que yo puedo entender. Este es uno de los elementos que me dicen que el cuento está muy bien escrito. Invita al lector a seguirlo, a acompañarlo en la historia.
    Esta historia que adquiere rápidamente cierto tono policial o detectivesco, porque hay un misterio (del que no puedo hablar, para no arruinarles el cuento [*]). Y en definitiva, es un cuento de fantasmas. También es un cuento de extranjeros, porque es interesante la mirada del extranjero aquí. No es un local, sino un observador distinto y alejado, el que nos cuenta esta historia.
    En fin, sin más comentarios los dejo con las palabras y la historia de Astolfi [*], y los invito a seguirlo al Club Gricel, donde pueden recibir un toque de magia, de fantasía, de lo inesperado y que su vida cambie para siempre.


[*] Nota del Editor: en principio este comentario iba, como es habitual, delante del cuento, pero por razones de suspenso preferí ponerlo a continuación




Luis Astolfi

Nací en la calle Cartagena de Madrid, España, el 3 de agosto de 1963, día que, por cierto, según mi madre hacía bastante calor. Quizá de ahí provenga el “calor” con el que siempre he vivido toda mi vida.
     Desde pequeñito siempre he sido un poeta, aunque por una visión práctica de la vida y el acertado consejo de un tío mío decidí ganarme la vida como especialista en telecomunicaciones informáticas, dejando para los ratos de ocio mi verdadera pasión: leer cuando puedo (de todo, aunque siempre busco cosas diferentes a las que leo en los periódicos, por lo que tango más libros de ciencia ficción y fantasía que de novela costumbrista) y escribir cuando viene la musa a visitarme, que no es muy a menudo.
     Fue en plena tormentosa adolescencia cuando publiqué algo por primera vez: una poesía que me permitió conseguir la “Antología Poética Completa”, de Miguel Hernández, en el concurso literario de aquel año en la escuela donde estudiaba, más las risas de muchas chiquillas compañeras de estudios, más la admiración de muchas menos.
     Desde 1992 hasta 1995 colaboré en la revista no profesional BEM escribiendo una columna mensual con opiniones acerca de las series de televisión de la saga “Star Trek”; por ello, en 1993 la Organización de la Hispacón que ese año se celebró en Gijón me pidió que escribiera mis impresiones al respecto de estas series para la revista informativa que se publicó con motivo de una exposición monográfica celebrada durante el evento. También sobre este tema colaboré con Manuel Montes en un artículo acerca de las tecnologías imposibles de Star Trek en el siglo XXIV, que se publicó en Pórtico, la revista de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción (AEFCF).
     Durante 1997 escribí algún comentario esporádico sobre libros de reciente publicación para la Hoja Informativa de Augusto Uribe y para Kenbeo Kenmaro. Siempre comentarios, nunca críticas, porque un libro siempre merece para mí el mayor de los respetos.
     Desde 1997 y hasta su cierre en 2000 presenté en BEM, como si fuera una charla informal entre amigos, libros antiguos de ciencia ficción y fantasía que se han ganado el nombre de “clásicos” y que hoy en día son desconocidos para las nuevas generaciones de lectores, al mismo tiempo que me permito dar a conocer mis personalísimos puntos de vista acerca de diferentes aspectos de la vida que tienen que ver con el tema tratado.
      “Club Gricel” se ha publicado originalmente en la selección “Visiones 2000” de la AEFCF, a cargo este año de Juan Miguel Aguilera, y es la tercera narración que veo publicada; la primera fue “Olvide Corporation” (1993), en Kernel BEM (la versión electrónica de BEM), y la segunda “200 años de cine” (1996), en Kenbeo Kenmaro. El origen de este relato está en un artículo que escribí en septiembre de 1998 sobre el tango y su ritual para la revista de la Asociación de Amigos del Baile de Salón “ABS informa”, que plantó la semilla de “Club Gricel”, el cual vio la luz definitivamente después de unos días de vacaciones que disfruté en el verano austral de Buenos Aires, recorriendo día y noche las casi irreales “milongas” porteñas.
     Al publicarlo en AXXON veo cumplido un viejo sueño: devolver a Gricel al lugar donde pertenece, la Argentina.



Axxón 108 - Noviembre de 2001

            

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