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Iniciamos en este número una serie artículos que pretenden ser una simple guía de lectura para quienes quieran internarse en la literatura épica y caballeresca medieval.

De ningún modo pretenderemos ser exhaustivos, tan solo intentaremos dar una mínima orientación para que el lector interesado pueda emprender por sí mismo la fascinante aventura de surcar el mundo literario medieval.

Agregaremos, además, una breve recomendación bibliográfica, con el propósito de señalar algunos textos importantes o interesantes para el conocimiento de la literatura medieval.

El presente artículo, con el que iniciamos la serie, es quizás el más denso, ya que pretende situarnos dentro del contexto cultural en el cual se desarrollaran las producciones literarias medievales. Ante cualquier duda, consulta o ampliación del material bibliográfico puede comunicarse a ezde@topmail.com.ar.

 

Épica medieval: la fantasía de antaño

La Cruz y la Espada

Ezequiel Delutri

El principio de la era medieval

 

Introducción

La candidez y la perversidad, el poder y la humildad, caballeros y ermitaños. Todo eso y mucho más fue la Edad Media. Una época de contradicciones profundas, pero plagada de momentos decisivos para la conformación de Occidente, de nuestra cultura y de nuestra forma de abordar lo maravilloso y fantástico.

Hay en la Edad Media un misterio enorme que cautiva a hombres tan diversos como sus obras: Tolkien fascinado con los antiguos relatos de la vieja Inglaterra, Borges encerrado en los eternos recovecos de las baladas anglosajonas, C. S. Lewis atrapado en los meandros del amor cortés francés, Mujica Lainez cautivado por la etérea translucidez del cuerno de un unicornio. Hasta Isaac Asimov se enfrentó a ella al ridiculizarla en su celebre Fundación. La lista podría continuar con autores de la talla de Víctor Hugo o sir Walter Scott.

I. Un poco de historia

Pero ¿qué es la Edad Media? Ante todo, un período histórico comprendido aproximadamente entre los años cuatrocientos y mil cuatrocientos de nuestra era. Existen diferentes fechas concretas para delimitar exactamente el lapso que ocupa dentro de la historia la Edad Media, pero cualquier fecha que podamos determinar será siempre inexacta, porque el medioevo no es sólo un período histórico, sino que además es un período cultural, y los períodos culturales tardan años en desarrollarse plenamente.

En algunos países, como en Italia, la Edad Media terminó en el mil cuatrocientos, mientras que en España aún podemos encontrar obras literarias claramente medievales hasta entrado el mil seiscientos. Por lo tanto la fecha que mencionamos es solamente orientativa y en ningún caso pretende ser definitiva .

La Edad Antigua, antecesora del medioevo, está signada por el reinado de diversos imperios. El último gran imperio antiguo es el Romano, heredero de la cultura griega y conquistador de gran cantidad de territorios tanto en Oriente como en Occidente.

Sin embrago, la historia nos muestra que un imperio no puede mantenerse firme eternamente. Las luchas intestinas por el poder o el surgimiento de un pueblo más poderoso terminan usualmente con el reinado de los poderosos. En el caso del Imperio Romano fueron las luchas internas por el poder las que terminaron socavando su gran capacidad política y militar.

El primer signo de debilidad fue la división del Imperio en dos regiones políticas y geográficas: la oriental y la occidental, lo que generó dos imperios diferentes que convivieron durante algún tiempo: el Imperio Romano de Occidente, con capital en Roma, Italia y el Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino, con capital en la ciudad de Bizancio, también llamada Constantinopla.

Esta primer división debilitó notablemente al Imperio Occidental, que estaba siendo oprimido por el surgente poder de los pueblos bárbaros del centro y norte de Europa. Esta presión, sumada a las constantes e infructuosas luchas internas, dio como resultado la caída del Imperio Romano Occidental en el siglo V. Comienza entonces una nueva etapa en la historia de la humanidad: la Edad Media.

Si deseáramos superar la definición histórica de la Edad Media deberíamos decir que es el período en el cual Europa encontró su carácter distintivo y particular. Para poder comprender cabalmente la importancia de la Edad Media debemos considerar la influencias que recaen sobre ella. Para ello mencionaremos dos líneas de pensamiento que se infiltraron en el medioevo: el ideal del santo y el del guerrero.

II. La cruz: el ideal del santo

La religión ocupó un lugar fundamental dentro de la Edad Media. No podemos hablar únicamente de la religión cristiana sino que además debemos considerar las muchas herejías e influencias orientales sobre la religión apostólica, que poseen una importancia fundamental en el ámbito religioso occidental. La idea del santo es diametralmente opuesta a la del guerrero. Al hablar del ideal del santo hablamos al mismo tiempo de uno de los graves problemas a los que el hombre medieval se enfrentó: encontrar la forma correcta de aproximarse a lo Sagrado, de acercarse a Dios.

El medioevo está signado por fuertes luchas por el poder, luchas que se desarrollaron tanto en el campo militar como en el político. Fue la Iglesia Romanista —de este modo llamaremos a la iglesia cuya sede central se encuentra en Roma, que continuó la labor de los primeros cristianos— la que intentó mantener la unidad que antes sustentara el Imperio Romano. Pero la Iglesia no poseía, al menos en los comienzos, un brazo armado para defender los intereses de unificación, por lo que utilizó recursos diferentes a los conocidos hasta el momento.

Para el clero romanista la forma de acceder a Dios era a partir de la vida contemplativa. La idea se contrapone con la propuesta de los primeros cristianos, los seguidores directos de Jesús. Ellos sostenían que el cristiano debía ser una persona activa socialmente, que incidiera dentro de su entorno, tal como lo había hecho Cristo.

Sin embargo muy pronto la idea de una vida activa dentro del ámbito social se vio relegada a causa de las primeras persecuciones religiosas contra los cristianos. Esto sucedió en el siglo II, cuando aún no se había institucionalizado el cristianismo y los que profesaban esta religión eran perseguidos por el Imperio Romano. De forma discontinua, la persecución duró aproximadamente dos siglos. Finalmente el emperador Constantino, frente a las presiones de una clase cristiana cada vez más potente y urgido más por cuestiones de política interna que por su convicción de fe, oficializó el cristianismo, transformándolo en la religión del Imperio. Surgió de este modo la Iglesia Romanista.

El apego por la vida contemplativa se manifiesta a partir de estas persecuciones. Los cristianos eran perseguidos y torturados por el solo hecho de mantenerse fieles a su fe, por lo que muchos huyeron al desierto con el fin de liberarse de las constantes asechanzas contra su vida. Surge de este modo la vida eremítica, que consistía en vivir separado de la sociedad, en contacto únicamente con la naturaleza o en pequeñas comunidades dedicadas al trabajo manual, que permitía la meditación constante en Dios. Los primeros ermitaños, conocidos con el nombre de Padres del Desierto, vivían en condiciones de extrema pobreza, imponiéndose ayunos y otras disciplinas de flagelación, con lo que pretendían someter la carne a la vida espiritual.

El más reconocido Padre del Desierto es, sin lugar a dudas, Antonio (c. 251-c.356), que vivió desierto de Egipto sometiéndose todo tipo de castigos y restricciones en la casi absoluta soledad.

Luego de la oficialización de la religión cristiana la vida eremítica es asimilada por la Iglesia oficial y se crean los primeros monasterios, con lo que la vida mística de los ermitaños orientales se transporta al occidente recientemente cristianizado. Los monasterios respetaron, en un principio, los preceptos básicos de los Padres del Desierto: la vida ascética y el retiro del entorno social no religioso, también llamado secular.

Aunque todos los monasterios funcionaban de forma similar, se inscribían dentro de diferentes órdenes y se manejaban con diferentes reglas. Estas reglas eran una serie de normas, escritas generalmente por el fundador de la orden, que regían la vida de los monjes tanto dentro como fuera del monasterio. Los monjes debían someterse absolutamente a la regla y podían ser castigados físicamente o expulsados del monasterio si no la respetaban.

Aunque la soledad poseía también un importante papel en la vida de los monasterios, no adquiría la relevancia fundamental que presentaba para los Padres del Desierto. Sí valoraban, en cambio, algunos aspectos olvidados por los primeros monjes: la vida cultural y la acción social.

Los monasterios fueron los conservadores de la cultura durante los mil años que duró el reinado de la fe. Los monjes dedicaban gran parte del tiempo a la copia y transcripción de manuscritos antiguos de diferentes orígenes, pero especialmente los griegos y romanos. Además cultivaron la pintura al ilustrar —iluminar— estos manuscritos y también incursionaron en la arquitectura al diseñar y construir ellos mismos sus monasterios.

Al contrario que los Padres del Desierto, quienes privilegiaban la vida en soledad, los monjes occidentales colocaron en primer lugar la difusión de su religión y de la civilización imperial. Muy pronto tuvieron presencia en toda Europa, transformándose en los más importantes difusores de la fe cristiana. Gracias a la labor de los monjes, la Iglesia Romanista logró instituirse como el más importante núcleo de poder a lo largo de la Edad Media, conservando luego de la caída del Imperio Romano Occidental la unidad cultural de toda Europa. Fueron los monasterios lo primeros en consolidarse dentro de un ámbito social que naufragaba constantemente. Ajenos en principio a los desafíos políticos y económicos lograron transformarse en una isla de paz en medio de la tormenta de una edad que comenzó siendo caótica.

El gran salto lo daría la Iglesia cuando cayera definitivamente el Imperio Romano en poder de los pueblos bárbaros que habitaban en la zona central de Europa.

El imperio romano cayó por varias razones, entre ellas por un lógico debilitamiento interno luego de siglos de existencia. Sin embargo era culturalmente poderoso en el momento de su destrucción, lo que hizo que los bárbaros, asombrados por su cultura, no se atrevieran a destruirlo totalmente. La Iglesia Romanista fue a los ojos de los bárbaros una institución pacífica por la que sentían gran respeto, y por lo tanto decidieron conservarla. Finalmente el Imperio, derrotado militarmente, triunfó culturalmente a partir del dominio que metódicamente fue ganando la Iglesia gracias a la influencia monaquista.

Hemos dicho anteriormente que uno de los grandes problemas medievales era encontrar el modo de acceder a Dios. La Iglesia Romanista se valió de esta carencia para instituir una forma de dominio pacífica sobre los señores feudales y nobles que pululaban en la Edad Media.

Lo que los romanistas hicieron para dominar dentro del caótico ámbito de la Temprana Edad Media fue restringir el acceso a lo Sagrado. Si el hombre medieval deseaba relacionarse con Dios, la Iglesia le permitiría hacerlo, pero solamente si se sometía a ella. De este modo restringían y dominaban el acceso a lo Sagrado en una época donde lo religioso era el pilar básico de la sociedad.

Nos internamos entonces dentro de uno de los más complejos recovecos del alma medieval: la importancia de lo Sagrado. Para el hombre medieval Dios era una presencia cotidiana: cada suceso de su vida era la inferencia de Dios en la realidad del hombre.

Debemos imaginar que el hombre medieval no estaba ceñido a la razón como el hombre moderno. Todo lo contrario, la ciencia no podía explicar muchos de los hechos cotidianos, por lo que durante el medioevo florecieron las explicaciones mágicas sobre los sucesos naturales y luego sobre cada aspecto del mundo en general.

Dentro del ámbito académico medieval la explicaciones respondían a la lógica particular de la teología y la doctrina, pero para el hombre común estas explicaciones eran demasiado elevadas, por lo que debía recurrir al lenguaje mitológico para explicar los grandes y los pequeños sucesos de su existencia diaria.

Para poner un ejemplo: la mayor actividad económica durante gran parte de la Edad Media fue la agricultura. Tanto la supervivencia del campesino como del señor feudal estaba ligada al éxito o fracaso de las cosechas y éstas a su vez estaban íntimamente relacionadas con los fenómenos climatológicos que el hombre común aún no podía comprender científicamente. Recurría entonces a una explicación religioso-mágica. Si estaban en buena relación con Dios las lluvias serian propicias. Si estaba en mala relación con Dios la lluvia les sería esquiva, porque era Dios el que manejaba el clima. He aquí el por qué la relación con lo Sagrado era tan importante para el hombre medieval: en ella residía, según su punto de vista, la supervivencia de su casa.

El medio que la Iglesia Romanista ideó fue la institución de los sacramentos. El más importante de ellos, la eucaristía, era la forma en la que, según la doctrina de la época, se mantenía la buena relación con Dios. Al instituir los sacramentos y la imposibilidad de recibirlos fuera del ámbito de la Iglesia Romanista, el clero logró dominar tanto a señores feudales como a campesinos. ¿Qué señor feudal se iba a volver contra la Iglesia si esta podía restringirle la bondad de Dios para con sus cosechas al no darle los sacramentos?

Con este sencillo ejemplo vemos la importancia que tenía la religión, la superstición, la magia y los sacramentos para el hombre medieval. Eran la raíz de la existencia, y una cultura y economía agrícola sabe que no se puede vivir sin raíces.

Este aspecto del mundo medieval puede ser duramente criticado y, de hecho, posee grandes defectos porque está asentado en una tergiversación de los fundamentos cristianos. Pero al mismo tiempo fue esta actitud la que permitió la unificación de Europa. De no ser por la influencia de la Iglesia, Europa habría desaparecido a causa de las guerras intestinas entre las tribus bárbaras. La religión sirvió para mantener a todos los pueblos unidos en una tensa paz. Sin esta unión occidente habría desaparecido irremisiblemente.

III. La espada: el ideal del guerrero

Si por un lado la influencia del romanismo sirvió para mantener la unidad de la Europa medieval, el ideal del guerrero sirvió para mantener las identidades de cada región a salvo de intrusiones indeseables.

Tanto el Imperio Romano de Occidente como los pueblos bárbaros poseían un claro ideal que perduró con notable crudeza en la Edad Media: el ideal del guerrero.

Por un lado el Imperio Romano se había mantenido activo durante años gracias a, entre otras cosas, un aceitado sistema militar. El hombre romano había sido entrenado para la guerra.

La milicia romana era famosa por su orden y su talento. Sus directos antecesores culturales, los griegos, conservaban un alto aprecio por la labor bélica como ha quedado manifiesto en dos de sus obras más célebres: La Íliada y La Odisea. Años más tarde Roma asimilaría esta predisposición a la guerra y, al igual que sus antecesores, consideraría que una de las formas de alcanzar la gloria y la pervivencia en la historia dependería del valor en combate, como lo testimonia La Eneida de Virgilio.

Por otro lado los pueblos bárbaros, especialmente los celtas y los germanos, considerarían que el único medio para acceder a lo Sagrado sería a partir de la muerte en combate.

Ya en su Germania el historiador romano Tácito comenta la deshonra que implicaba para un germano huir del combate, en cuyo caso sería repudiado por todo el clan, incluidas las mujeres. Conocidas son las historias referidas al Valhalla o cielo germano al que sólo accedían, guiados por las valquirias —deidades femeninas guerreras—, los que habían demostrado valor en combate.

Esta idea va a ser la base del ideal guerrero tan característico de la Edad Media. Este ideal fue desarrollado y afianzado por el sistema económico reinante: el feudalismo.

La economía feudal se basaba el la protección militar del señor feudal, dueño de los campos y la tierra, hacia sus vasallos, los campesinos.

El campesino era "contratado" por el señor feudal, quien le asignaba una parcela de tierra que debía cultivar. Cuando llegaba el momento de la cosecha, el campesino debía entregarle al señor feudal un porcentaje de lo recolectado. A cambio de esto, el señor feudal le daba protección contra los ataques militares de otros señores feudales o de las tribus bárbaras.

Por lo tanto si el feudo era atacado, el señor feudal debía permitir a los campesinos refugiarse en su castillo y él debía encargarse de combatir al enemigo con su mesnada —pequeño ejército—.

Cada parte se comprometía a cumplir con lo pactado por medio de un contrato de vasallaje, cuyo contenido variaba según la zona en la que se realizaba. De más está decir que el principal perjudicado era siempre el vasallo, que debía someterse a una situación de esclavitud voluntaria ante en señor feudal que poseía, como se habrá observado anteriormente, el poder militar como para sofocar cualquier tipo de trifulcas, incluso las generadas por sus propios campesinos.

Todo el sistema feudal no hacia más que resaltar la figura del guerrero, entregándole el poder por sobre la gente de otra condición.

Existe, por lo tanto, un modo diferente al promulgado por el ideal del santo para acceder a lo Sagrado: el valor guerrero. Tanto los romanos como los bárbaros consideraban que la valentía en medio de la lucha era una forma de acercarse a Dios. De ahí que las armas tuvieran un valor tan especial dentro del ámbito medieval y que el valor guerrero fuera tan alabado y añorado como lo eran para el monje sus devociones.

IV. Conclusión

Nos enfrentamos por lo tanto a dos ideas diferentes de acceso a lo sagrado en un momento en el que relacionarse con la divinidad era el mayor anhelo del hombre. La Edad Media es el choque constante de estos ideales opuestos pero que finalmente terminaron fusionándose para crear una de las figuras mitológicas más complejas y fascinantes de la historia de la humanidad: el caballero andante.

Ahora que poseemos un somero marco cultural podemos comenzar a desarrollar los diferentes ciclos narrativos medievales.

V. Bibliografía recomendada:

Mucho se ha escrito sobre la Edad Media. A continuación recomendamos algunos libros fáciles de conseguir para introducirse en el mundo de la cruz y la espada:

Un clásico para acercarse al mundo medieval es La Edad Media de Romero, editado por el Fondo de Cultura Económica en su colección Breviarios. Se trata de un libro breve, dividido en dos secciones: historia medieval, que abarca la política y economía del medioevo con gran proliferación de fechas y nombres; y una segunda parte, excelente, dedicada a la cultura. Sin lugar a dudas es un libro muy recomendable para iniciarse en el tema y se puede conseguir en cualquier librería a un precio módico. Cabe destacar que Romero fue el más importante medievalista argentino.

También con respecto al ámbito histórico es muy recomendable Europa en la Edad Media, editado por Siglo Veintiuno y escrito por uno de los hombres que más saben de la Edad Media: Georges Duby. El libro es interesante porque muestra el desarrollo cultural de la Edad Media. Cada capítulo está acompañado por textos de la época, permitiendo que el lector extraiga sus propias conclusiones. Muy recomendable.

Otra obra fascinante sobre el tema es La edad de la fe, de Will Durant, editada por Sudamericana. El autor escribió una excelente y amena historia universal y dedicó a la Edad Media tres excelentes volúmenes donde mezcla pequeños relatos verídicos con datos históricos. Vale la pena leer también Cesar y Cristo, los dos volúmenes dedicados a la irrupción del cristianismo y la caída del Imperio Romano. Es una edición del cincuenta y seis, pero aún puede conseguirse en algunas librerías de viejo.

Para internarse en el mundo del cristianismo primitivo y medieval son recomendables los libros El cristianismo antiguo y El cristianismo medieval y moderno, ambos de Charles Guingebert, editados por el Fondo de Cultura Económica en su colección Breviarios. Dos libros breves y complementarios sobre los comienzos del cristianismo y sus desavenencias históricas.

Si se quiere profundizar en el ámbito de los Padres del Desierto conviene conseguir Los hombres ebrios de Dios de Lacarriére, editado por Aymá. Presenta un excelente panorama del misticismo cristiano anterior al medioevo. Posee gran número de historias y leyendas.

Si la idea es conocer la perspectiva mágica de la Edad Media el libro más importante y serio al respecto es Lo maravilloso y lo cotidiano en el occidente medieval del medievalista francés Jaques Le Goff. Es un excelente libro compuesto por diversos ensayos del autor sobre la visión del hombre medieval con respecto a lo maravilloso y la fantasía.

Una curiosidad a la que vale la pena prestarle atención es el libro El árbol de las brujas, editado por Minotauro y escrito por Ray Bradbury. Los capítulos dedicados al surgimiento y desarrollo de la Edad Media reflejan de un modo curioso algunos de los datos vertidos en este artículo.

Cuadro I

Simeón Estilita (c.390-459) y la visión mística del mundo.

Hijo de un campesino, Simeón Estilita nació en Cilicia. Durante sus años de juventud se trasformó en anacoreta —ermitaño— viviendo en soledad, apartado del mundo. Interpretando de un modo muy literal la idea de que estar cerca del cielo era estar cerca de Dios, vivió treinta y seis años en una plataforma sobre una columna de cinco metros de altura. Luego, considerando que esto era insuficiente, prolongó la columna hasta llegar a los once metros. Murió sobre una columna de veinticinco metros sin haber vuelto a tocar el suelo.

Sus discípulos le llevaban alimento y mucha gente peregrinaba para poder observarlo, aunque él se negaba a hablar con ellos. No sólo se recluía en la cima de una columna, sino que además pasaba gran parte del día de pie o de rodillas, adorando a Dios.

Cuenta su biógrafo —uno de sus discípulos— que en una oportunidad sufrió un problema en una rodilla y la herida se le agusanó. Los gusanos caían de su herida a la plataforma de cinco metros de lado sobre la columna y de allí al suelo. Entonces Simeón le pedía a su discípulo que recogiera los gusanos y se los enviara arriba para volver a colocarlos nuevamente en la herida al tiempo que les decía: «Comed de lo que Dios os dio».

Cuadro II

Durandarte: el caballero y la espada

Como veremos más adelante Durandarte es el nombre de la espada del sobrino y mejor caballero de Carlomagno: Roldan. Dentro de las costumbre y tradiciones heredadas por los nuevos pueblos europeos de las antiguas tribus bárbaras estaba la de considerar las armas como seres espirituales, con cierto grado de personalidad propia. Esto se ve claramente en Durandarte, a quien Roldan se dirige como si se tratara de una persona en la famosa Chanson de Roldan - El cantar de Roldan.

Tal era la personalidad de la espada que un tiempo después se transformó, merced a los extraños recovecos de la literatura oral, en un caballero, y protagonizó sus propias aventuras, de las que se conservan algunos fragmentos.

En la importancia que se le da al arma podemos encontrar referencias religiosas que se remontan hasta los hindúes, pasando lógicamente por los celtas y los germanos.

Esta influencia religiosa aún en la guerra estará presente en toda la Edad Media: La espada Durandarte llevaba dentro del pomo —la empuñadura— tres dientes de San Pedro y un fragmento del vestido de la Virgen María.

Axxón 108 - Noviembre de 2001

            

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