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Ficciones

DISNEYLANDIA
Alejandro Alonso

Esos fundamentalistas islámicos desaparecieron. Los rociaron con Gas Azul en el 2005 y ya no pudieron tener descendencia. Esa fue la Solución Final norteamericana, después de varios años de conflicto. La mitad del mundo aplaudió, la otra mitad vomitó y yo estaba durmiendo mi sueño frío de seis años en un refugio de las sierras cordobesas. Viajando al futuro por si la Justicia Infinita no era justicia para nosotros o no era infinita. Como represalia, una vez que los extremistas se dieron cuenta de que no valía la pena seguir viviendo sin descendencia, se produjeron centenares de ataques suicidas al corazón del Mundo Occidental: Londres, París, Nueva York otra vez, Santiago de Chile, Tokio, Sidney, Buenos Aires... y la lista sigue.
     La mal llamada Solución Final consistió en el gaseo de más de doscientos enclaves fundamentalistas en todo el Oriente Medio y una velada amenaza de que el resto de los simpatizantes iba a seguir por el mismo camino si no entregaban a los culpables. Esta presión y algunas cosas más que hizo el gobierno de los Estados Unidos (como bloquear cuentas bancarias y apoyar a otras facciones opositoras igualmente fundamentalistas) aumentaron las disidencias dentro del mundo islámico y contribuyeron a aplacar los bríos de los grupos más radicales.
     En realidad, les dieron nuevos frentes de qué ocuparse.
     El principal promotor de los atentados también desapareció en el 2006 ó 2007. Eso fue durante mi frizamiento. Sé que en la red dijeron que se había matado, pero ahora estoy seguro de que lo suicidaron. Esa desaparición tampoco alcanzó para interrumpir la vendetta que los más radicales le tenían reservada a los infieles de Occidente. Pero el final ya era previsible. Los atentados se fueron agotando hacia el 2009 y, para ese entonces, también quedó demostrado que el Occidente había cambiado. No estoy seguro de que fuera para bien.
     Los fundamentalistas deben haber pensado que la muerte de algunos miles de infieles más no hacía ninguna diferencia.
     El mundo ya no es lo que solía ser. Los Estados Unidos también dejaron de existir, al menos en la forma que yo los conocía. Texas se declaró estado autónomo a fines del 2006. Aquí tuvo mucho que ver el hecho de que buena parte de los pozos petroleros del Medio Oriente quedaran inutilizados durante las escaramuzas y que los tejanos consideraran muy seriamente el no compartir la riqueza que tenían bajo sus pies. La Florida se independizó en el 2007, pero por motivos distintos: decían que el Gobierno Central no era capaz de protegerla de los ataques de potencias extranjeras (y era relativamente cierto, en el contexto de la gran paranoia). Siguieron Kentucky, Arizona y otros tres.
     El mundo escoró a estribor durante un tiempo y luego se hundió. La monarquía británica cayó en el 2007. El Capitalismo Salvaje también se hundió. Francia empezó con la nacionalización de varias industrias estratégicas en el 2006. España y Alemania, un año después. Los norteamericanos, que durante un tiempo jugaron con la posibilidad de aumentar las medidas proteccionistas, terminaron nacionalizando parcialmente en el 2008. Las corporaciones fueron perdiendo un poder que pasó a manos de los estados so pretexto de que la Seguridad Nacional estaba en juego. Y si algo sobrevivió de esa época dorada en que todo estaba destinado a irse al carajo fue la Internet.
     La Unión Europea tampoco existe. "¡Fronteras abiertas y los cojones de mi abuelo!", fue la frase del presidente español, después de que el agua potable de Madrid fuera infectada con una cepa modificada de la Viruela. Otros mandatarios europeos dijeron cosas similares, aunque no tan gráficas.
     "Veinte años no es nada", dice el tango. Pero seis años son una eternidad.
     Me llamo Tulio Ramón Sánchez. Tulio era el nombre del abuelo y el segundo nombre de papá. Es un nombre viejo, nunca me gustó. Pero hubo otro Tulio famoso, un deportista o algo así, que tuvo sus cinco minutos de gloria entre el 2004 y el 2006. Así que el nombre se puso de moda otra vez.
     Ah... ese Tulio fue víctima de la epidemia de Ébola en México D.F., en el 2006. Sí, los fundamentalistas otra vez.
     Gracias Tulio, donde quiera que estés. Te debo una.
     Ramón era el nombre de mi abuelo materno. Y también el de un grupo de rock. Prefiero que me llamen Ramón. Ramón Sánchez, entonces. Para servirles.
     ¿Qué cómo llegué a la cámara de criogenia?
     Es una historia muy larga. Baste saber que en mis épocas de periodista político estaba muy bien valuado y, después del ataque a Rosario (adivinaron: extremistas islámicos), muchos consideraron que era necesario preservar la crema y nata de la nación. Cuando digo preservar, me refiero a preservarla en la misma manera que uno preserva un filete de merluza: en el freezer. Mi tío, dueño del diario en el que trabajaba, consideró que yo tenía mucho de crema y nata. En aquel momento pesaba 110 Kg. Era un viaje excitante y en ese momento no tenía mayores compromisos con el resto del mundo: papá y mamá murieron en un accidente mucho antes de la guerra, no tengo hermanos, soy soltero empedernido y la adicción al trabajo se llevó a mis pocos amigos. Además, yo era el único Sánchez-Tolosa que había estudiado periodismo y administración de empresas. El único que podía seguir con el negocio si algo salía mal.
     Varias cosas salieron mal. Pero aquí estoy, con mis treinta y seis años aparentes. Tuve suerte.
     El diario quebró y a la fortuna familiar se la llevó el Estado. Mi indemnización después del sueño alcanzó para pagar algunas deudas (y sus intereses) y para establecerme en lo que alguna vez fue el barrio de Devoto. Sigue siendo Devoto, pero ya no es un barrio. Fue desguazado, dividido, amurallado, se volvió a edificar, se crearon zonas industriales y espacios verdes enfrente de varios centros comerciales que ya no existen. Las industrias también desaparecieron. Y las murallas que fueron levantadas volvieron a caer.
     Es un poco decadente, lo admito.
     Hoy la criogenia es un proceso bastante común, pero en aquel entonces sólo estaba reservada a los ratones, monos y cerdos de laboratorio, y a los astronautas. No voy a contarles las bases del proceso, probablemente han leído ya bastante en los newsletters de divulgación. Creo que el nuestro fue el vigésimo intento de frizar seres humanos que tuvo éxito. Por un acuerdo con los Estados Unidos, un día aparecieron en la escena nacional dos ingenieros, una médica y veinte especialistas de toda clase, y montaron en tiempo récord el segundo freezer más grande del Cono Sur.
     Algunos de mis compañeros de criogenia se suicidaron a la semana de vivir en este nuevo mundo. Un futbolista, un sacerdote, tres empresarios, un periodista, dos actores, una ex-senadora, un prominente médico y una adivina. La adivina se suicidó porque sus predicciones habían sido equivocadas. Muy equivocadas. Los demás no pudieron soportar el nuevo estado de las cosas: un sistema político más coercitivo, gente querida que ya no está, fortunas que dejaron de existir, lugares que han cambiado profundamente...
     La ola de suicidios terminó, por ahora. Los trescientos quince que aún quedamos nos vamos adaptando bien. Como dije, tuve suerte.
     Sigo en el periodismo gráfico, pero los diarios ya no son lo que solían ser. Se lo veía venir. Los que todavía pueden darse el lujo de estar informados, sólo leen noticias segmentadas sobre negocios, deportes, cultura, economía, política nacional, tecnología... Hay mucha información disponible en la red para quien pueda pagarla y tenga tiempo para navegar los artículos relacionados (¿Quiere saber más...?). Pocos se toman ese trabajo. Y no todos los que tienen tiempo y se toman el trabajo pueden entender e interpretar todo lo que leen. Parte del problema tiene que ver con el sistema de educación básica.
     Los formadores de opinión resumen una vez al día —esto es: predigieren y regurgitan— un panorama global del mundo y del país. Nada demasiado profundo, nada que exceda los seis minutos de lectura. Vivimos tiempos veloces. Y todavía no se inventaron padilectos en formato tabloide. En realidad, sí se inventaron y fracasaron estrepitosamente, pero casi nadie se enteró.
     No lo tomen a mal, pero creo que este aporte periodístico (las interpretaciones de los formadores de opinión) fue decisivo en la gran paranoia mundial antes y durante mi frizamiento. No es extraño, en la medida que se va perdiendo la capacidad de captar el panorama completo, los únicos temas que tienen algún interés son los que sucedieron hace cinco minutos. ¿Hacer el seguimiento de una información? ¿Para qué? Es mucho más fácil sacar un gran conejo feroz de la galera y sorprender a la audiencia. Memoria-cero. Probablemente ésa haya sido la máxima de nuestros periodistas de la red en las últimas décadas.
     Un mes después de que me descongelaron, en la conferencia de prensa que dimos los integrantes de la primera tanda, lo más inteligente que me preguntaron fue: "¿Cómo se siente con todos estos cambios?"
     —¿Qué cambios? —pregunté.
     La periodista pareció dudar.
     —¿Pudo ver los noticieros de la red? —preguntó.
     —No.
     No fui muy amable. Estaba muy molesto. No por la conferencia de prensa, sino porque acababa de enterarme que mi boca tenía la molesta tendencia a torcerse a la derecha por un efecto colateral del frizamiento. Esa fue la causa de la indemnización.
     La periodista miró a todos los que estábamos en el escenario.
     —Está bien —dijo—. El mundo cambió mucho. Es bueno que lo sepa. Volviendo a mi pregunta, ¿cómo se siente con todos estos cambios?
     Y entonces supe que mi destino estaba en el periodismo. Iba a ser fácil.
     A propósito, por estos días estoy escribiendo la nota más importante de toda mi vida. Es un testimonial. Ya les contaré.

Buenos Aires se transformó en un bello lugar para vivir después de que las grandes ciudades fueron evacuadas. Tal vez debería decir: "Algunas partes de Buenos Aires se transformaron en bellos lugares para vivir después de que las grandes ciudades fueron evacuadas". Esto se ajusta más a la realidad.
     No fueron exactamente evacuaciones masivas organizadas por los gobiernos ni mucho menos. Fueron millones de pequeñas autoevacuaciones de las ciudades centrales de los países del Primer Mundo hacia las ciudades centrales de los países del Tercer Mundo. Los que estaban en las ciudades más importantes del Tercer Mundo se mudaron a los barrios cerrados de la periferia o se exiliaron en las localidades de menor importancia.
     Federalización en serio.
     El nombre del juego fue "Paranoia", y algunos personajes influyentes demostraron auténtico talento para jugarlo. Si vivo lo suficiente, voy a escribir un tratado sobre "La paranoia como motor del progreso de las naciones". No creo que nadie lo lea... Pero puedo ofrecerles un adelanto de ese tractatus (si no tienen ganas de aburrirse, pueden saltear los párrafos que siguen e ir directamente a las Conclusiones).
     En mi humilde opinión, el miedo es una fuerza muy poderosa (¡vaya novedad!), y si comparamos su accionar con algún ejemplo de la Mecánica, podríamos decir que el miedo es la fuerza que comprime un resorte. Esa energía almacenada en el resorte (que es la mente humana) sirve para dos propósitos inmediatos: huir o enfrentar al peligro que provoca ese miedo. Pero cuando el peligro no es provocado por un elemento concreto, visible y al alcance de nuestro puños... la cosa se complica. ¿A dónde huimos? ¿A quién le pegamos?
     Toda esa energía acumulada sirve entonces para otro fin. Prepararse para el peligro. En términos prácticos: planificar escenarios, imaginar la forma del peligro y elaborar medidas contraofensivas. Esto tiene como efecto secundario el multiplicar los temores y, a menudo, se va de control.
     Eso es precisamente la paranoia.
     ¿Pueden imaginar cuánta energía comprimida en millones de resortes hubo durante la gran paranoia mundial? Seguro que sí.
     No hace falta aclarar que la paranoia es contagiosa. Por lo tanto se puede elevar este cuadro a la escala de nación. La paranoia (justificada o no) se potencia cuando los paranoicos son muchos y, en la medida en que se potencia, agiganta la idea de peligro. (A propósito: ya hubo quien dijo "Sólo los paranoicos sobreviven". Creo recordar que era el CEO de una empresa de tecnología. La paranoia era muy valorada en el ámbito empresarial a finales del siglo pasado y aún hoy lo es.)
     Pero además las paranoia promueve decisiones en todos los niveles de la sociedad (¿Les suena el término corrida bursátil? Esto es de la época en que había bolsas de comercio y empresas que cotizaban en esas bolsas y especuladores... Algunos de ustedes eran chicos, pregúntenle a sus padres). Claro que, a la hora de estimar un peligro, no tenemos por qué ser realistas. Eso provoca que nuestras reacciones no siempre sean mesuradas. Las reacciones se ajustan a la idea que tenemos del peligro, pero no al peligro real.
     ¿Conclusiones?
     Lean el libro.

La gran paranoia mundial (OK, tal vez se entienda mejor si digo "la paranoia norteamericana irradiada al resto del Mundo Occidental") estaba completamente justificada a mediados de la década pasada, después del plan de control de la natalidad pergeñado por los yanquis y aplicado a los enclaves fundamentalistas de Medio Oriente. La historia de esos años contabiliza 892 ataques terroristas en todo el mundo (¿Venganza Infinita?), que no se limitaron a las capitales de los países de Occidente, Australia y Japón. Nadie estuvo a salvo.
     Afortunadamente yo estaba conversando con Walt Disney. Seis años de vacaciones de invierno en Disneylandia.
     Buenos Aires, Rosario, Córdoba y Mendoza sufrieron seis o siete ataques de toda clase. Murieron unas mil personas en total. Números redondos. "Los negocios saben mejor si hay unos cuantos muertos para llorar". Eso decía mi tío, el dueño del diario, que era un cínico.
     Varias cosas pasaron entonces en nuestro país: aumentó la cantidad de barrios privados, se dejaron de construir edificios de más de diez pisos, se crearon polos de desarrollo en el Interior (apoyados por una sustancial infraestructura tecnológica) y se comenzó a invertir en investigación de todo tipo y en transferencia acelerada de know how.
     ¿Qué de dónde sacaron los fondos? Bueno, los que se autoexiliaban en la Argentina también traían capital. Las empresas tenían una sana intensión de descentralizarse. En serio, lo decían de corazón. Además, el discurso político de los norteamericanos y de los europeos ya empezaba a destilar un cierto tufillo de nacionalización y seguridad a ultranza. Aquí la cosa no estaba tan tajantemente definida. Es probable que la Argentina sea el último reducto del Capitalismo Salvaje. ¿Quién lo diría?
     Si se están preguntando por qué esa gente no se mudó a Ginebra o a las Islas Caimán... eso es algo que todavía yo tampoco entendí muy bien. Supongo que se volvieron lugares demasiado caros y exclusivos. Pero la verdad es que nadie pudo explicármelo a satisfacción.
     Otra de las manifestaciones de la gran paranoia que pasó a formar parte del paisaje porteño fueron las máscaras de gas, que ya eran artículos de supervivencia obligados en países como los Estados Unidos e Israel. ¡Máscaras de gas aquí, en Buenos Aires! Los negocios de Todo x $2 empezaron a importarlas de todos los tamaños, pero lo más curioso es que, en otro nivel, se volvieron un objeto de la moda (creo que el primero en aprovechar la volada fue Benetton, pero no estoy seguro). La conjunción perfecta de paranoia y esnobismo.
     Yo también tuve mi Gas-i-mask, y la llevaba a todas partes.
     Las máscaras de gas perdieron el favor del público el día en que se descubrió que el Gas Azul tenía la propiedad de corroer los sellos plásticos. Esto sólo sucedía en algunos modelos y en exposiciones muy prolongadas. Pero intenten explicar estas sutilezas en el marco de un resumen informativo mundial de seis minutos y entenderán por qué el hombre de a pie terminó guardando las máscaras para usarlas sólo en Carnaval.

En este punto es importante aclarar que la gran paranoia no significó progreso para todos. La tasa de desempleo en la Argentina siguió en franco aumento desde la década del noventa y aún hoy se mantiene en un saludable (eso dicen los políticos) treinta y seis por ciento. Esos son los datos oficiales, algunos analistas dicen que es del cincuenta por ciento. Hubo una parte de la población que se quedó fuera de todo, pero de eso no se habla en público: es tabú... Ya les contaré.
     Las imágenes de las Torres Gemelas también se volvieron tabú. ¿Que cómo lo sé? Uno de mis pasatiempos es ver viejas grabaciones de series norteamericanas y de programas locales de la época en que todavía no me habían congelado. No se apuren a tildarme de nostálgico: tampoco hay mucho de nuevo e interesante para ver después del derrumbe de la industria del show business y del férreo control ideológico norteamericano. En esas series y en algunas películas viejas (Friends, NYPD Blue, varios films de Woody Allen, por dar algunos ejemplos) resulta curiosa la ausencia de las torres. Esas escenas se rodaron antes de los ataques, varios años antes, pero las torres y otros edificios que hoy ya no forman parte del paisaje neoyorquino fueron borrados digitalmente. Cuando veo cosas como ésta, viene a mi memoria una novela de George Orwell: "1984".
     Nuestro Obelisco sobrevivió, pero por esas cosas de la solidaridad mundial y el alineamiento con los que tienen la manija, hace seis años le pusieron una franja negra (justo por debajo del auspicio de Sony).
     El Escorial no tuvo tanta suerte: otro avionazo.
     A propósito, tampoco se habla de Afganistán, de Pakistán o de los fundamentalistas islámicos en público. Es otro tabú. Una de mis primeras notas como free-lance fue en la Triple Frontera, con un experto del mundo musulmán. El señor I (por llamarlo de alguna manera) me describió un panorama bastante poco alentador de esa zona del mundo.
     Accedió a darme un reportaje por mi doble condición de periodista neutral y fenómeno de circo. Lo primero que me preguntó cuando nos reunimos fue: "¿De qué se ríe?"
     Según mi informante, en los años posteriores a la fumigación, las mujeres no lograban concebir. En realidad concebían unos tumores muy pequeños, que terminaban abortando. El golpe maestro fue que las mujeres resultaban inmunes al gas, sólo afectaba al esperma. Eso socavó la masculinidad de los guerreros hasta sus cimientos. Y, siendo como eran estos fanáticos, la clonación y la terapia genética quedaban descartadas.
     —Alá le dio la espalda —me dijo el señor I cuando le pregunté por el principal líder terrorista—. Así que si no se mató, alguien más lo hizo.
     La Iglesia Católica estudió el caso del Gas Azul y condenó el ataque a posteriori, pero aseguró que no se trataba de abortos masivos, puesto que no había feto que abortar. Así, el presidente de lo que quedaba de los Estados Unidos se salvó del repudio generalizado de los católicos de esa nación. Lo imagino con sus pijamas de seda, arrodillado al pie de la cama matrimonial cada noche desde el día en que tomó esa tremenda decisión, pidiendo perdón al Cielo.
     Es un chiste.
     De más está decir que no pude escribir absolutamente nada sobre esto en los diarios.
     No, la entrevista con el señor I fue hace un año y pico. No es la nota que les mencioné.

Vivo cerca de mi familia-tutora. Así las llaman. Hay más de doscientas familias-tutoras que se encargan de la gente como yo, y están repartidas por todo el país. En otros lugares del Mundo Occidental, la adaptación de los congelados se resolvió en forma más o menos parecida (eso sí: algunos fueron descongelados antes y otros aún están esperando ser despertados).
     Las familias-tutoras son perfectas familias tradicionales. El sueño de cualquier muchacho en la pasada década del 50. No, no viví en esa década: no soy tan viejo. Me contaron.
     Son parientes míos: un primo (hijo de mi tío millonario), su mujer y dos hijos. También viven en esa casa los suegros de mi primo, cosa que no parece molestarle. Juan José Sánchez es profesor universitario en Economía y su mujer es escenógrafa subliminal. Marilina trabaja para una empresa de publicidad en el ciberespacio y gana el doble que su marido, que trabaja en la Universidad de Buenos Aires. Los suegros viven de lo que su hija e hijo político les proveen y cuidan a sus nietos. Tener más de setenta años en este país sigue siendo un problema que ni la jubilación privada ni los seguros de retiro han logrado resolver a satisfacción.
     En Devoto (y por lo que sé en toda ciudad que se precie de tal) los valores tradicionales de la familia han vuelto. Los hijos no se independizan hasta pasados los treinta y sólo para pasar a formar su propia familia igualmente tradicional. Llegado el momento, se hacen cargo de sus padres de la mejor forma posible. Usan un eufemismo para denominar ese capítulo final en la vida de un progenitor: Etapa Ociosa.
     Para todos ellos soy el primo Ramón. Bueno, para Judith, que es la menor de las hijas de Juanjo, soy el Bello Durmiente... ¿Les conté que se pusieron de moda los viejos relatos infantiles? La decadencia del Occidente Capitalista sacó a la superficie muchas cosas que nosotros, jóvenes nacidos en la última mitad del siglo pasado, no imaginábamos que pudieran volver. En aquella época, creo recordar, clásico era sinónimo de vejestorio.

Uno de mis trabajos, a mediados del año pasado, fue para un semanario de la red. Por alguna razón, los directores de "Mundo grúa" pensaron que yo tenía poderes especiales: un cerebro superdesarrollado o algo así. Me pidieron un informe especial sobre los marginales. No fueron muy específicos. De hecho, lo mismo hubiera dado que refritara media docena de papers oficiales o aventurara unas pocas conclusiones baratas sobre ese aspecto de la sociedad. Lo que les interesaba era que yo, uno de los dos periodistas frizados (el otro se suicidó, ¿se acuerdan?), pusiera mi firma al final del artículo.
     Ni se me ocurrió usar el camino fácil. En lugar de eso, me fui a vivir dos semanas con esos marginales.
     Ahora que lo pienso, esa nota la hice más por mí que por ellos. Tenía hambre de saber y de que ese conocimiento me permitiera reconciliar la discontinuidad temporal, social, económica, política, afectiva...
     Lo primero que tuve que aprender después de seis años en Disneylandia es que los estamentos de la sociedad habían perdido continuidad. En eso nos parecíamos bastante la sociedad y yo. No quiero decir que esto no sucediera hace diez años, pero ahora es mucho más vasto, es masivo. Probablemente la guerra haya contribuido a todo esto, pero sólo un poco. La mayor parte es mérito nuestro y viene de hace tiempo.
     Geográficamente hablando, hay centros y ciudades más o menos autónomos y polos rurales, comerciales e industriales en donde vive y trabaja la gente que está dentro del sistema. Según datos oficiales, son un 64% de la población; según los menos optimistas, sólo un 50%. Yo creo que somos un 40% con suerte, y que el resto pertenece a esa zona nebulosa que llaman marginalidad. No hace falta que me crean. Tampoco estábamos en guerra con Eastasia... (OK, esto último es una cita no muy textual de "1984". No lo tomen literalmente).
     La gente que no está dentro del sistema no existe. Y es bueno que lo sepan. Creo que a esto se refería la aguda periodista que me entrevistó durante la conferencia de prensa. Después de que, en el 2005, se instituyera el voto calificado en la Argentina (sí, las dos elecciones anteriores tuvieron una tasa muy alta de votos en blanco y anulados), los sectores que estaban al borde del abismo se quedaron sin representación política de ningún tipo. Esa gente se transformó en descastada. Como dije, este fenómeno está inscripto en un marco más amplio: aquí se dieron (y aún se dan) los últimos coletazos del Capitalismo tal como se lo conoció a principios del milenio. El mundo estaba escorando a estribor (léase "a la Derecha") y la economía nacional estaba quebrada (eso decían los políticos: faltaban varios años para que se empezaran a ver los efectos positivos de la gran paranoia).
     A principios del 2001, habían sido los jubilados y los desocupados. Ahora se pueden sumar unos cuantos más a esa lista. En cuanto a los jubilados... A pesar de que la expectativa de vida aumentó gracias a las terapias genéticas que fueron impulsadas por la guerra, ellos también dejaron de existir. No digo que hayan muerto, sino que ya no tienen esa categoría: el Estado los corrió hacia el sistema privado y esa parte del sistema privado quebró en el 2005 ó 2006.
     Por otra parte, hay menos trabajo. Objetivamente hay menos trabajo. Algunos le echan la culpa a la guerra, otros a la tecnología, otros al Capitalismo Salvaje, unos pocos al Estado, pero a nadie que importe le interesa el tema. Los desocupados perdieron cualquier red social de contención y fueron desplazados hacia lugares más periféricos: la Argentina es grande. Allí se las arreglan como pueden. Viven de la propia iniciativa (legal o no), del trueque, de reciclar basura... y nadie va a cobrarles impuestos.
     Si hasta parece una sociedad más justa.
     Llegué a un asentamiento marginal del Oeste seis días después de recibir el adelanto por la nota. Seis días es el tiempo que me llevó localizar a alguien que pudiera darme alguna pista sobre esos asentamientos. Al final, un curita de la capilla de San Cayetano me explicó qué tenía que hacer y a quién tenía que ver. La base de la pirámide eclesiástica nunca se desentendió de esta gente. Vocación de servicio, solidaridad, amar al prójimo como a uno mismo... pueden ponerle el nombre que quieran.
     Otros que nunca se desentendieron del tema fueron los laboratorios. Lab pigs for free. El curita me contó que los asentamientos más importantes tenían benefactores muy bien intencionados que iban vamo y vamo con los organismos de control y con las autoridades no tradicionales de esos asentamientos. Léase "la mafia local".
     Primera ley de la sociedad humana: "Aún en la miseria, se necesita algún tipo de organización que mantenga la cohesión social y que garantice la libre determinación de los que integran esa sociedad. Esto es: que someta a todos por igual".
     Volviendo a los laboratorios, el señor que me recibió en el asentamiento tuvo hijas siamesas que murieron a la semana del nacimiento. Un periodista salteño, con cincuenta años de carrera profesional, me recordó el efecto que había producido la Talidomida. Esto era mucho peor. En seis o siete años de vigencia, esta nueva práctica de los laboratorios había hecho estragos en casi todo el mundo... pero nadie se enteraba.
     Para llegar al asentamiento tuve que alquilar un vehículo eléctrico y pedir un permiso especial que me permitiera salir de las autopistas que interconectan a los centros urbanos, rurales e industriales. Esos caminos están cercados por paredones de cemento que tienen mucho de familiar con el Muro de Berlín o con la Muralla China. A diferencia de esta última, esos paredones sí separan las aguas. (A propósito: en el 2005, junto con la implantación del voto calificado, se modificó el artículo que hablaba del libre tránsito de los habitantes de este bendito suelo; el pretexto fue, otra vez, la Seguridad Nacional). No todos los caminos están amurallados, pero sí lo están las rutas comerciales. Los concesionarios que administran estas rutas comerciales tienen instalados sistemas de radar que detectan intrusiones no autorizadas.
     En realidad, prácticamente no hay intrusiones, pero los radares no tienen nada que ver. Sí, adivinaron: nuevos benefactores desinteresados.
     Una de las preguntas que le hice al curita de San Cayetano fue por qué estos marginados no se parecían a los de la India o Afganistán.
     —La mayoría de ellos conoció un mejor modo de vida —me dijo, como quien le explica la tabla del tres a un chico de la Primaria—. Ellos aspiran a alguna forma de dignidad. Esta persona que vas a ver se quedó sin trabajo en el 99, pero hasta hace cinco años vivió en Avellaneda. Después le remataron la casa...
     Después de un minuto o dos de sopesar algunas ideas en silencio, agregó:
     —A lo que no se acostumbran es a que nadie los escuche. Ya vivían antes en la miseria, pero tenían voz. Ahora... No se acostumbran a la indiferencia y tarde o temprano van a hacer algo. La próxima generación está perdida, el tiempo les juega en contra. Los únicos que pueden hacer algo son los que tienen memoria, los que nacieron en el siglo pasado.
     Martín Bueno, el hombre que me recibió en el asentamiento (el padre de esas dos siamesas fallecidas), había nacido en el 70. El mismo año que yo.
     —Tuvo suerte —me dijo.
     No entendí a qué se refería, hasta que me contó lo que el curita le había comentado sobre mi hibernación.
     —No fue una buena temporada —agregó—, todo se vino abajo.
     —¿De qué viven? —le pregunté.
     —La mafia roba a los ricos, se queda con algún vuelto, y el resto lo reparte entre nosotros. Nunca nos dan plata. Siempre son víveres, remedios, semillas, chapas, ropa... Un poco de tabaco o de falopa. Nos enseñaron a cultivar, aunque no sirve de mucho porque la tierra está arruinada. Esto era una zona industrial.
     —Sí, me acuerdo.
     —Igual, la gente no se acostumbra... Algunos venden un pedazo del hígado o un riñón, y viven un tiempo con lo que sacan. Yo no pude, tengo un principio de cirrosis... voy a morir con mucho dolor. Pero mi hijo pudo. Le pagaron en especies y vivió un mes con eso. Y están los del laboratorio y los del ejército: reclutan gente. Algunos no vuelven.
     —Pero no tienen electricidad, ni servicios... ¿Cómo hacen?
     —Usted lo va a ver. Lo va a sentir en carne propia, no se preocupe. ¿Trajo lo que le pedí?
     —Sí, claro.
     Una caja con medicamentos, leche en polvo, ropa para los chicos y para los grandes, y baterías. No sé para qué quería las baterías, vivían como en la prehistoria.
     Les voy a ahorrar los detalles. Si quieren saber más, el artículo salió en "Mundo grúa". Un poco mutilado, lo admito. Hay cosas que no me permitieron publicar. De 40.000 caracteres, lo bajaron a 15.000. Y después a 9.000. Está en la red, en la Edición N 74, Año 2.
     Entre esas cosas que no me permitieron publicar están las palabras del curita. No eran solamente ideas del viejo, Martín Bueno me las repitió durante mi estadía en el asentamiento.
     —Van a pasar varias cosas —me dijo—. Ninguna de esas cosas puede ser buena. No podemos confiar en la mafia, pero estamos seguros de que no se van a meter. Aunque tienen algo de poder, son pocos y nadie los quiere demasiado, y como están en el medio cualquiera de las partes puede volarlos al carajo. Lo que quiero decir es que hay gente que se acuerda de cómo era antes. Gente que cree que el único camino es la violencia. Es cuestión de tiempo.
     —¿Quiénes? ¿Cómo? La diferencia es demasiado...
     —No me malinterprete. Los que tenemos memoria no podemos hacer nada. No tenemos con qué. Son otros los que nos van a dar las herramientas. Los que viven en barrios cerrados y pueden ir y venir sin dar explicaciones... Los que están adentro del sistema, pero creen que podrían sacar una mejor tajada si cambian un poco el balance de las cosas. Después de todo, el poder está disperso... A río revuelto, ganancia de los pescadores.
     Y tal vez ustedes piensen que estoy loco, pero le creí.

Durante mi estadía en el asentamiento, una mujer vino a buscarme a la casa de Martín Bueno. Yo no la conocía, pero ella a mí sí.
     El apellido me sonaba familiar: Laura Pelliza. En realidad (lo supe después) se llamaba María Laura de Pelliza.
     Lo primero que me llamó la atención de Laura fueron las manchas oscuras que tenía en la cara y en las manos. Uno de los laboratorios estaba experimentando con una naranja-bronceadora y ella se había ofrecido para formar parte del primer contingente de cobayos-humanos.
     Melanina para tu piel de invierno, muchacha. Por alguna razón, el cuerpo humano se empecina en distribuir esa melanina en forma discontinua, que sino hubiera sido un éxito comercial.
     Me llevó a otro asentamiento vecino, a una casucha parecida a todas las demás que allí había. Cuando entré, vi a un hombre... o lo que quedaba de él.
     Estaba sentado en una caja de manzanas y miraba el vacío, casi sin pestañear. Ni siquiera se dio cuenta de que estábamos adentro.
     —Beto, mirá quién vino.
     —Me duele, me duele, me duele...
     Eso es todo lo que decía Beto.
     Le faltaba una pierna y tenía los músculos faciales absolutamente retorcidos. Pesé en mi propia mueca, pero no había comparación posible. Era una cuestión de escalas de deterioro físico. El rostro de Beto tenía la flaccidez del granito y había zonas que ya estaban amoratadas por la pésima circulación de la que seguramente era víctima.
     Cuando me obligué a mirarlo de nuevo ("Me duele, me duele..."), vi el cabello encanecido, con algunas vetas cobrizas.
     Era Ketchup.
     Roberto Pelliza había sido mi compañero en el Secundario de San Isidro. Y como era pelirrojo, le decíamos Ketchup.
     —Estaban probando un remedio contra el Parkinson —aclaró la mujer.
     —¿Cómo supo él que yo estaba acá?
     —No, él no puede saber más nada. En ese estado... Hace unos años, cuando apareció la lista de los que iba a mandar a la congeladora en Córdoba, él me dijo que había sido compañero suyo. El padre Marcos me contó que usted estaba por acá, y yo me acordé. Me imaginé que iba a querer verlo... Háblele.
     —¿Cómo estás Beto?
     —Me duele...
     Pregunta estúpida. No es que fuéramos muy amigos, pero lo que vi aquella tarde me hizo pensar que yo no podía ser un buen tipo si la gente que yo conocía terminaba en ese estado... Y todavía no había terminado.
     Juro que deseé que terminara.
     —Me duele...
     —Volví, Ketchup. Seis años en Disneylandia...
     —Me duele...
     Le acaricié el rostro.
     —Me duele...
     Antes de darme cuenta, retiré la mano. Un resorte: así de mecánica fue mi reacción.
     —No se preocupe. No siente nada... eso dijeron los del laboratorio —me aclaró Laura.
     —Me duele...
     —Sí, Ketchup. Ya sé...
     La mujer nos dejó solos por un par de minutos y luego volvió con un vaso de metal lleno hasta el borde de agua. Se acercó y le empezó a dar con una cuchara.
     —Tragá, Beto. Tenés que tomar agua. —Después, dirigiéndose a mí—: Le amputaron la pierna hace seis meses: Gangrena. Acá no hay vacunas ni nada. —Otra cucharada de agua en la boca de mi amigo—. Si quiere saberlo, con lo que sacó del laboratorio estamos comiendo... Es como si lo estuviéramos comiendo a él.
     Miré otra vez el muñón y me estremecí. Recordé un pasaje de "La guerra del fuego", en el que unos caníbales se llevaban a su almuerzo vivo, como quien lleva un jabalí que acaba de cazar. El almuerzo no era otra cosa que una hembra humana, o casi humana, a la que le iban cortando los miembros en la medida que los necesitaban.
     No hace falta recordarles que en esa época no había anestesia.
     Acá tampoco.
     Estuve toda la tarde con mi amigo. Esa fue la última vez que lo vi. Una semana después de dejar el asentamiento, me corrí hasta la parroquia para enviarles comida y medicamentos a través del curita.
     —Murió poco después de su visita —me dijo el padre Marcos—. Es como si lo hubiera estado esperando.
     No supe qué contestarle. Tuve que dejar la caja de víveres y medicamentos sobre la mesa porque las piernas me fallaron en aquel momento. El cura me acercó una silla.
     —La mujer de Pelliza —empecé a decir—. Laura tenía esa idea rara... que se lo estaban comiendo. No sé si se lo comentó.
     —Sí, ya sé. Le dije que a Cristo también se lo habían comido en la Última Cena —contestó el cura—. Estaba destruida... Es lo único que se me ocurrió.
     —Entonces reparta mis treinta talentos de plata, padre. Hágame ese favor.

¿Intentaron viajar en avión últimamente?
     Después de la caída de las puntocom (no recuerdo si los fundamentalistas tuvieron algo que ver, seguro que sí) siguió la caída de las aerolíneas. No todas, pero la mayoría. La gente no quería viajar y era lógico. Al final de la guerra, de los 892 atentados exitosos, algo más de cincuenta fueron avionazos. Hubo muchas escenas de heroísmo, medidas de seguridad llevadas a lo impensable y mucho ingenio por parte de los secuestradores. Ahora sabemos que cualquiera puede hacer una estaca a partir de un cuchillo de plástico (se hizo popular la comida oriental, la que se come con la mano), que un mondadientes es un arma mortal si se sabe cómo manipularlo, que las prótesis ortopédicas son peligrosas y que no hay forma de detectar Gas Mostaza o Agente-15 si se lo transporta en una botella de agua mineral o en una lata de gaseosa (sí hay forma: un inspector de aduanas abrió una de estas botellas, pero cuando supo lo que transportaba ya era tarde... para él y para otros sesenta que estaban en el Aeropuerto de Miami).
     Ahora que lo pienso, la industria de Hollywood también tuvo su viernes negro. Fue durante una entrega de los Oscars que se realizó simultáneamente en Los Angeles y en Miami. Ese desastre coast to coast sucedió en el 2008, pero esta vez no fueron los fundamentalistas, sino una esquizofrénica cubana que decidió inmolarse en el Gran Auditorio de Miami si Joel Schumacher no se llevaba el Oscar al mejor director.
     No tenía ninguna oportunidad de sobrevivir.
     Nadie sabe cómo introdujo la granada, aunque ya tengo mis sospechas. Cosas que uno aprendió del ingenio de los terroristas. Mi teoría es que siempre la llevó consigo. Para decirlo amablemente: un varón (heterosexual) no hubiera podido introducir la granada.
     Murieron unos diez o doce. Incluyendo a dos o tres luminarias menores del firmamento hollywoodense. Pero había sesenta cámaras filmando todo. Cuatro de ellas consiguieron buenas tomas de la mujer-explosiva. Los noticieros y la Internet se cansaron de difundir esas imágenes (que fueron usadas luego, en la película... Believe me!). Y la gente siguió masticándose las uñas y las cutículas.
     En la película que se hizo algunos años después (no recuerdo su nombre, pero sí que la dirigió Schumacher), la mujer-explosiva no es cubana, sino portorriqueña. Cuba se transformó en uno de los principales aliados del Estado Independiente de La Florida. Es bueno que lo sepan.
     Les preguntaba lo de los aviones ("¿Intentaron viajar en avión últimamente?"), porque la historia más importante de toda mi vida está siendo escrita en este aeropuerto, mientras espero el próximo vuelo. La familia está conmigo. Ellos hacen los trámites, yo escribo y, si tengo suerte, habré subido la historia a la red antes de embarcar.
     Si tengo suerte...

La nota más importante de toda mi vida se originó, como cabía esperar, en uno de mis reportajes inéditos. Esto es: otro de los reportajes que me censuraron. Empezaba diciendo: "La industria del armamento también tiene su división internacional del trabajo y a la Argentina le tocó fabricar el Gas Azul. Menudo compromiso..."
     El laboratorio que fabrica este gas está dentro de un complejo de farmacología, química y genética en Cañuelas. Ese complejo tiene un nombre que nadie recuerda y también una denominación popular: Centauros & Sirenas S.A. Esa denominación fue la ocurrencia de un sindicalista (creo que fue el mismo que dijo que "en la Argentina la plata no se hace trabajando"). Por extensión y simplificación, las veinte compañías que se instalaron en el complejo (laboratorios químicos y farmacológicos, clínicas de fertilidad y de medicina genética, y una fábrica de Gas Azul) se llaman todas igual: Centauros & Sirenas S.A.
     Visité tres de esas compañías y vi cosas realmente interesantes. En una de las clínicas, estaban en la etapa final de experimentación de un sistema que permite cultivar órganos humanos para trasplante en cerdos. Un medi-técnico ambulante que hacía el mantenimiento preventivo de los monitores me contó que, en realidad, lo que cultivan en esas cerdas son personas.
     No pude confirmar la versión.
     La farmacológica más importante del complejo (no, no puedo dar su nombre: hay una restricción judicial de por medio... pongámosle Centauros & Sirenas Inc.) patentó un exitoso proceso terapéutico contra el SIDA y otro que hace desaparecer la tendencia genética a la diabetes. Claro está, el mundo no ha sufrido una baja importante en las tasas de morbilidad de estas enfermedades: los procesos son deliberadamente caros y, por ende, exclusivos.
     Tuve un conocido que murió a causa del SIDA en el 99. Si él viviera hoy, terminaría más o menos de la misma forma por no poder pagar siquiera el diagnóstico. No tendría ni para empezar.
     —¿Quién accede a estos medicamentos? —le pregunté al director de comercialización de Centauros & Sirenas Inc.
     —Todos, cualquiera —respondió él—. Usted.
     —Dios me libre —dije, tocándome el testículo... no recuerdo cuál—. ¿Usted se da cuenta de que es muy caro?
     —Tenemos planes promocionales. Por ejemplo, este mes el sistema de diagnóstico tiene un descuento del 15%. Y el mes que viene, inauguramos un plan especial que da descuentos de hasta el 30% para los familiares de nuestros clientes VIP.
     ¡Maravilloso! Mi amigo hubiera estado un 15% más cerca de saber que tenía SIDA, y un 30% más cerca de curar a su hermana y a su sobrina... que no tenían SIDA.
     —¿Cuánto duran esos tratamientos? —pregunté.
     —Toda la vida, pero el descuento es sólo hasta fines de octubre. Ya sabe... estamos tratando de ampliar la base de clientes.
     —Me queda claro.
     La fábrica de Gas Azul está sobre la cara Este del complejo. Hacia finales de la guerra, que fue la época en que empezaron a producir, exportaron centenares de toneladas de ese gas hacia los Estados Unidos e Inglaterra. En realidad, los embarques iban directamente hacia el Lejano Oriente. Sin escalas.
     En la actualidad, ese negocio decayó un poco. Sin embargo, en dosis pequeñas, el Gas Azul se usa para controlar la natalidad en las zonas marginales. Era más barato y más seguro que repartir profilácticos.
     No, ésa no es la nota. Todos saben que se usa el Gas Azul en las zonas marginales. Bueno... todos los que pueden pagar esa información y les interesa la política social. Un 3% de la población activa, según las últimas encuestas.

La noche en que nos secuestraron (a mí, a mi primo y a toda su familia) estábamos cenando en el Centro. Los secuestradores se hicieron pasar por decoradores ambulantes... Es la segunda vez que menciono este tema y me parece que es mejor explicarlo ahora. A pesar de lo interconectado que está todo, hay ciertas profesiones que, con el avance de los barrios cerrados y los polos de desarrollo, perdieron presencia. No hablo solamente de médicos o de vendedores ambulantes, sino de ingenieros, de técnicos, abogados, arquitectos, jardineros, gasistas matriculados, expertos en seguridad informática, estilistas, diseñadores y donantes de semen, entre otros muchos oficios. Así que se suben a un móvil bien provisto de las herramientas de la profesión y viajan en extensas giras por todo el país, cíclicamente.
     En Europa, acaso por la conformación de la geografía o por la desintegración regional (no lo sé, ni me interesa: viajar a Europa es prohibitivo), se pusieron de moda los golondrinas-pro. Son profesionales que se desplazan a diversas regiones, van allí donde se necesite su expertise. Se mueven en ciclos laborales de tres a diez meses, al ritmo de las empresas que deciden mudarse para aprovechar las fluctuantes ventajas impositivas de uno u otro país.
     Todo esto trajo como correlato que casi ninguna actualización profesional (y las carreras universitarias siguieron el mismo camino) durara más de tres meses, y que casi todo lo que hay en materia de capacitación se pudiera cursar a distancia, en forma On Line. No hace falta decir que, en la Argentina, las universidades ya no son lo que solían ser en la pasada década del 60.
     A propósito, hablando de Cultura, la pátina de pseudo-globalización cultural (que no era otra cosa que el American way of life aniquilando todas las demás manifestaciones regionales) está en franco retroceso. La macdonalización de la cultura llegó a su fin. Incluso el norteamericano promedio (Canadá incluido) empezó a interesarse en otras etnias y culturas. El único problema es que están muy muy muy interesados. Al punto de que, para ver hoy un mural de Quinquela Martín (sí, todo el mural) o un dibujo de Pérez Celis hay que ir al Museo de Arte Moderno en Nueva York o al Museo Étnico de Miami.
     A diferencia de la Tumba de Tutankhamón, la fuente de las Nereidas no tiene ninguna maldición para quien la posea. Lástima.
     Ah... otra mala noticia: el Museo del Louvre también dejó de existir. Otro avionazo de los fundamentalistas. Con todo, a mediados del 2006 ya había empezado el interés de los norteamericanos y buena parte de ese patrimonio artístico estaba exhibiéndose en un refugio-museo antinuclear en algún lugar de Texas. Ese refugio fue atacado en el 2007 con Ántrax y no quedó ni el loro. Por suerte, las obras se salvaron.
     El Arte es peligroso. Es bueno que lo sepan.
     Decía... La noche en que nos secuestraron (a mí, a mi primo y a toda su familia) estábamos cenando en el Centro. Los secuestradores se hicieron pasar por decoradores ambulantes, así que conocían bien la disposición del lugar.
     ¿Qué por qué me secuestraron? Imagino que porque era una celebridad. Aún lo soy, pero no sé por cuanto tiempo.
     Fueron rápidos, metódicos y expeditivos. No eran decoradores ambulantes, evidentemente. Eran secuestradores ambulantes.
     Una vez que nos metieron en la van que usaron para transportarnos, se mostraron muy amables. No pudimos verles las caras y tampoco dijeron nada sustancial que nos permitiera deducir el motivo del secuestro.
     Un detalle curioso es que la van era muy nueva y funcionaba a nafta. Después de la crisis petrolera, hacia el 2005 ó 2006, los gobiernos impulsaron el desarrollo de toda clase de energía alternativa al petróleo. Se trabajó rápido y pronto se vieron desde coches eléctricos o impulsados a hidrógeno, hasta los que funcionaban con alcohol. En un par de años, los últimos modelos convencionales (cuyos motores requerían de derivados del petróleo) pasaron a ser muestras de estatus. Si podías costear uno de ésos, entonces pertenecías al mundo de los privilegiados.
     Estuvimos en ascuas durante un tiempo, hasta que llegamos a un palacete sobre la Avenida Alvear. Hasta donde sé, estos lugares se alquilan para recepciones o para albergar a figuras extranjeras, así que éste no era el domicilio de los secuestradores. Nos hicieron entrar en la mansión y se fueron. Al punto apareció una señora (después supimos que no era parte de la banda, pero sí del personal doméstico) y nos llevó a un salón.
     Nos esperaban tres encapuchados.
     —Siéntense. Nos tomamos la libertad de preparar la cena.
     Les ahorraré los detalles, ya divagué bastante.
     Eran dos hombres y una mujer. Por la voz y por las manos, calculé que tendrían unos cincuenta o sesenta años en promedio.
     —No vamos a hacerles daño. Pero necesitamos un favor de todos ustedes —dijo uno de los tipos.
     —No de todos, sino del señor Sánchez.
     Mi primo Juanjo y yo dimos un paso y nos miramos confundidos. "Sánchez soy yo", quise decirle, pero la mujer habló antes.
     —Tulio Ramón Sánchez.
     Eso zanjó la cuestión y Juanjo tuvo que volver al anonimato del que nunca tendría que haber salido.
     —¿En qué puedo serle útil? —sonreí.
     —Queremos que sea nuestro portavoz. Por esta única vez, claro —dijo la mujer.
     —¿Los señores son...?
     Uno de los tipos se adelantó y le hizo seña a la mujer de que lo dejara hablar.
     —Van a pasar cosas. Nosotros estamos al tanto de esas cosas. Y queremos que usted se entere, para que pueda informar de ellas al resto del mundo.
     —¿No será mucho?
     —En absoluto. La primicia lo amerita. Coman ahora, a usted lo veremos en un rato, durante el café, en el salón contiguo.
     —Gracias —dije y, antes de que me diera cuenta, ya habían servido la cena.
     ¡Y qué cena!
     Comimos, bebimos. Me puse alegre. Los chicos estaban bien: para ellos fue una aventura como la de los holos, pero más paqueta.
     Cuando nos reunimos en el salón contiguo, el que llevaba la voz cantante me dijo:
     —Vamos con algo de retraso, así que seré breve. Cierta gente, que podríamos calificar de marginales, va a actuar en los próximos días. Algo grande. Algo que puede afectar a otra gente.
     —¿Un atentado?
     El hombre se acomodó en el sillón. Tuve la impresión de que algo le picaba por allá abajo.
     —No estamos en libertad de dar detalles...
     —...porque están metidos hasta la nariz en el asunto...
     —...por así decirlo.
     —Entiendo —dije. Siempre me gustó tener la última palabra—. ¿Y qué papel tienen ustedes en ese suceso?
     —Ninguno que a usted le incumba.
     —Entiendo.
     Ya me habían hablado de esta gente. A río revuelto ganancia de los pescadores. Estos eran los pescadores.
     —¿Dónde va a ser? ¿Cómo?
     —Podría ser en cualquier parte. Lo único que le puedo decir es que va a ser grande. Grande en serio.
     —¿Y cuáles son los reclamos? ¿Hay alguna forma de evitarlo?
     —Desde luego que la hay.
     En ese momento, la señora que nos había recibido pasó cargando un par de valijas y otro de los del servicio cargaba tres cápsulas de viaje.
     Mientras se levantaba (los otros dos corrieron hacia la puerta sin ningún disimulo), el tipo me dijo:
     —Por lo pronto, el reclamo más importante es que los laboratorios dejen de experimentar con esa gente, que se abandonen los planes de control de la natalidad y que el Estado les provea un... ¿cómo llamarlo...?
     —¿Trabajo? Para ganarse la vida dignamente...
     —No, trabajo no. Víveres, medicamentos, arroz... esas cosas, usted sabe. —Sacó de detrás del sillón otra cápsula de viaje y se dirigió a la salida:— En dos minutos pasan a buscarlos.
     —¿Cuándo va a ser? —grité.
     No me contestó.
     Me asomé a la puerta y vi cómo las seis personas (ellos tres, los dos del servicio y el chofer) abordaban la van de lujo y partían.
     Tres minutos después llegó un Mercedes, pero éste era eléctrico. Me sentí un poco frustrado, evidentemente no éramos tan importantes. Entramos, un poco apretados en la parte trasera y no pudimos ver al chofer en ningún momento.
     Al final fuimos depositados en la puerta de la casa de mi primo. Tal vez se tomaron ese trabajo para resaltar el hecho de que sabían donde vivíamos y que nos iban a encontrar en cualquier lugar que estuviésemos.
     En ese entonces, y ahora en el aeropuerto, el problema sigue siendo el mismo: no nos quedan lugares a dónde ir.
     Acaban de cancelar todos los vuelos.

Para variar, nadie se hizo cargo de la información. Ni los organismos oficiales ni el periodismo. Toqué todas las puertas, créanme. Les ahorraré los detalles.
     El curita de San Cayetano hizo un par de llamados y averiguó que algo concreto se estaba cocinando entre los marginales. Algo grande. Y también averiguó que alguien los estaba bancando. No sabía quién.
     A una semana del secuestro, lo único que me quedaba claro era que teníamos que irnos del país, o por lo menos de la provincia, lo antes posible.
     Si en esta nota (que pronto subiré a la red) he hablado mucho sobre la paranoia es porque ahora la padezco. La sala de embarque está atestada de gente que se pelea por un lugar en el próximo vuelo, pero no hay un solo empleado que nos diga cuándo sale. Si sale. Tampoco hay colectivos que nos lleven a alguna parte, lejos de acá, ni tampoco hay remises o taxis, y la nube de Gas Azul (y de diez o doce sustancias nocivas que seguramente serán identificadas a posteriori) avanza desde Cañuelas hacia este lugar.
     ¿A dónde ir? ¿A quien se le puede pegar, si no es al tipo del asiento de al lado?
     Debo admitir que no es el mejor lugar del mundo para terminar estas líneas. Los impacientes pasajeros ya destruyeron las máquinas de snacks y gaseosas, y saquearon los locales del Free Shop (imagino que algunos afrontan el peligro fumando un Marlboro importado o luciendo la mejor colonia que el vandalismo puede pagar, ¿quién sabe?).
     He escuchado diez versiones distintas sobre los efectos colaterales y secundarios del Gas Azul. La red ya difundió un estimado de las sustancias que se mezclaron en la nube tóxica y hay desde Ántrax o Viruela, a jugo de naranja transgénico.
     Le temo más al jugo de naranja, créanme.
     Esta es la historia más importante de mi vida. No por su valor periodístico, sino porque cuando le ponga el punto final, habré cerrado definitivamente esa deuda que tengo con mi memoria. Ese desarraigo temporal, histórico, afectivo, social que significó mi paso por Disneylandia.
     La red dice que nos queda una hora o algo así antes de que llegue la nube multicolor. Eso fue hace cuarenta minutos. Juanjo, Laura y toda la familia están acá. Yo los traje. Lo lamento por ellos.
     Algunos de los que se pelean en el salón de embarque creen que es culpa de los fundamentalistas que provocaron la guerra. Pero esos fundamentalistas desaparecieron. Los rociaron con Gas Azul a mediados de la década pasada, mientras yo transitaba mi sueño salvador de seis años. Mientras yo disfrutaba de una excepción a esa regla que imponía la historia, la guerra y el dolor ajeno.
     Pero todo vuelve, de una forma u otra.
     Recuerdo las palabras del señor I en la Triple Frontera: "Alá le dio la espalda".
     Es curioso: a nosotros también.
     <SEND>

Alejandro Alonso, octubre de 2001.



Axxón 109 - Diciembre de 2001

            

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