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Ficciones

EL PERFORMANCE DE LA MUERTE
Yoss

—Esmerándose hoy. Habiendo mucho público —dijo Tutambienbruto al entrar en la carpa, con el ronco estertor que era su voz. Luego añadió, acercándose a Moy, que comprobaba todo el equipo por enésima vez:— No necesitando otra revisión... yo habiéndolo hecho dos veces ya.
     —Me esmeraré, descuida. Y déjame aclararte algo: revisaré cien veces si así lo creo necesario; es mi vida la que está en juego... no la tuya, forzudo —refunfuñó Moy, sin mirarlo.
     El colosaurio bufó, más por compromiso que realmente ofendido. Efecto de la costumbre; al principio se molestaba bastante cada vez que el humano lo llamaba "forzudo".
     Para los estándares de su raza, Tutambienbruto era pequeño y débil. Por eso se había convertido en agente de artistas. Como todas las ocupaciones que no involucraban fuerza física, destreza y agresividad, la actividad artística de cualquier tipo no era muy apreciada por los nativos de Colossa. Los empleos honorables e ideales para un colosaurio "normal" se reducían a guardaespaldas, agente del orden o soldado. Tutambienbruto era un pobre excéntrico, para los suyos.
     Lo gracioso era que lo de forzudo no era una burla de Moy. El "débil" colosaurio que era su agente tenía una armadura natural de rojizas placas óseas que pocas armas podían penetrar y medía tres metros de alto por la mitad de ancho. Podría faltarle medio metro y cincuenta kilos para la talla normal de su raza... pero era más que sobradamente fuerte para hacer pulpa a cualquier humano con un golpe de su brazo, tan grueso como el muslo de Moy.
     —Siendo mejor que todo saliendo mejor que nunca hoy. Si tú fallando, contrato acabándose —el colosaurio gesticuló amenazadoramente con su enorme mano tridáctila—. Aún no ganándose pasaje de retorno. —Dio media vuelta y salió tan impetuosamente que las finas pero resistentes paredes de sintplast de la carpa oscilaron, a punto de romperse.
     —Imbécil —masculló Moy, pero sólo cuando el ruido de los pesados pasos del xenoide se perdió afuera. Los colosaurios tenían el oído fino, y podían ser muy rencorosos.
     Lo que temía no eran los puños blindados y los músculos inmensos de Tutambienbruto... el colosaurio no se atrevería a estropearlo: él era su gallina de los huevos de oro, su mejor inversión.
     Lo que de veras lo aterraba era lo que podría hacerle a sus ganancias con aquel contrato leonino que le había obligado a firmar como condición sine qua non para sacarlo de la Tierra. Había cláusulas que lo convertían literalmente en su esclavo, si el xenoide decidía hacerlas efectivas. Y lo peor era que habiéndolas rubricado Moy voluntariamente con sus huellas dactilares, patrón vocal y identificación retinal, no tenía derecho a ninguna reclamación legal.
     Por suerte, podía decirse que entre su agente y él se había desarrollado algo así como una... amistad. Aunque fuera una palabra demasiado grande para describir cualquier relación de un xenoide con un humano.
     No obstante, si Tutambienbruto quisiera perjudicarlo...
     Mejor ni pensar en eso.
     —Estoy atrapado, atrapado, pado, pado —canturreó, según el hábito adquirido tras meses de relativo aislamiento. ¿Cuánto hacía que no ponía sus ojos sobre otra cara humana? Meses. Desde Kandria, en Colossa. Y ella ni siquiera era del todo humana, sino una mestiza de centauriano...
     Ya hasta empezaba a parecerle extraña su propia cara en el espejo. Lógico, después de ver tantas jetas peludas, escamosas, plumadas o simplemente indescriptibles a lo largo y ancho de la galaxia.
     —¿No querías ver otros mundos, muchacho? Si al que no quiere caldo, tres tazas, al que quiere, trescientas. Para que no quiera más —ironizó—. La única lástima es que no podré contárselo a nadie. He visto tantas cosas...
     La gira con Tutambienbruto lo había puesto en contacto con seres y sitios de los que nunca oyó hablar allá en la Tierra. Seres maravillosos y terribles. Seres por cuyo solo conocimiento cualquier biólogo o sociólogo terrestre habría dado diez años de su vida.
     Los morlacos de Betelgeuse con sus pieles fosforescentes, los pájaros bicéfalos de Arcturo, los marsupiales de Algol con su teleportación natural. Y cien razas más. El cosmos era mucho más grande de lo que jamás pensó en la Tierra, y escondía más seres de los que nunca imaginó.
     Seres de los que nunca hablaría: las leyes de la galaxia controlaban muy estrictamente el flujo de información científico-técnica a la que podían tener acceso las razas "atrasadas". Como el homo sapiens. Ya al firmar su contrato, Moy sabía que en vísperas de su retorno a la Tierra su memoria sería bloqueada. Para preservar el anonimato de las razas que no querían ser conocidas del homo sapiens. Para que no pudiera contar a nadie sus experiencias. Una elemental precaución para evitar que saberes y tecnologías cuyo empleo "racional" no estaba aún a su alcance llegaran al conocimiento de los terrícolas.
     —Lo importante es que lo que he vivido y lo que recuerdo, aunque no pueda contarlo —murmuró—. Por suerte nunca fui a Auya...
     Detuvo por un momento su revisión de los nanomanipuladores y miró fuera de la carpa, por encima del hombro. El holograma del triple rombo azul, rojo y negro flotaba girando lentamente sobre los más altos edificios de la plaza. El símbolo de los auyar.
     La raza más rica de la galaxia. Y la más celosa de su privacidad. Nadie conocía su verdadero aspecto. Nadie conocía la localización de sus mundos. Todos los que los visitaban sufrían el borrado total de sus memorias...
     O la muerte.
     Por algunos segundos miró al triple rombo, como el indefenso pajarillo a los ojos hipnóticos de la cobra. Los auyar pagaban muy bien. Como nadie. Un contrato con ellos podría enriquecerlo para siempre. Pero había un precio: quedar con la mente tan en blanco como la de un recién nacido. Sin la única riqueza verdadera que había logrado amasar en su no muy larga vida: su memoria.
     Moy se estremeció y apartó la vista del triple rombo con un esfuerzo casi físico. —Debo pensar en otra cosa o no podré hacer nada hoy —murmuró, sintiendo cómo las gotas de sudor resbalaban por su frente—. Qué bien me vendría ahora una dosis...
     Una dosis, una dosis... NO.
     No debía siquiera pensar en eso.
     El telecrack había estado a punto de licuarle el cerebro. Tutambienbruto había jurado despedazarlo si lo sorprendía usándolo de nuevo, después de todo lo que había costado desintoxicarlo. Y lo peor de los colosaurios era que siempre cumplían sus promesas.
     —Él tiene la culpa... no debió dejar que me sintiera tan solo —rezongó Moy, rencoroso—. Tuve que buscar compañía en el tele...
     Tragó en seco. La simple mención de la droga y el recuerdo de la incomparable sensación cuando entraba en sus venas lo habían puesto a temblar. Tuvo que apoyarse en un ángulo de la carpa para no caer.
     Por supuesto que la culpa había sido del colosaurio.
     ¿Por qué nunca le dijo que las pretendidas capacidades telepáticas que generaba el telecrack eran una falacia? ¿Por qué, siendo su representante, no lo ayudó a administrar mejor sus ganancias de los primeros meses? ¿A invertirlas, como hacía él?
     Bueno, en realidad lo único que le faltó para alejarlo de la droga y otros placeres fáciles fue ordenárselo. Pero Moy estaba tan ansioso de tener créditos para gastarlos a su aire, que quizás tampoco eso habría funcionado...
     —Nadie escarmienta por venas de otro —murmuró, sonriendo.
     Con una sonrisa triste, recordó su frenesí consumista de los primeros meses. Asombrados ante la total novedad de su performance, los xenoides derramaban sus créditos con mucha generosidad. Y él los derrochaba con mucho deleite.
     Todo lo que siempre ansió en la Tierra y nunca tuvo. Todo lo que siempre le pareció símbolo de estatus, de poder, de riqueza. Ropas caras. Comidas exóticas. Suntuosas hetairas cetianas. compró y envió regalos por teletransporte para toda la familia. Un condominio en el barrio más lujoso. Créditos, créditos... y al fin el telecrack.
     La excusa que se dio a sí mismo para probarlo fue lastimosamente tópica. Algo así como que, llegado a cierto punto, todo creador necesita desarrollar sus facultades parapsicológicas si quiere ir aún más allá. ¡Qué grandes performances habría creado si pudiera leer la mente del público! La retroalimentación perfecta, el bucle divino...
     —Ja —Moy rió secamente—. La divina nada.
     En lo más profundo de su ser siempre había intuido que el telecrack era un fraude. Volver temporalmente telepático al ser humano era un imposible absurdo. Lo que lo atrajo no fueron tanto sus dudosos efectos como su característica de crear adicción irreversible. Y las secuelas de deterioro cerebral que podía dejar. Jugar con la muerte...
     Dosis y más dosis. La ruleta rusa de la droga.
     El telecrack, hasta fuera de la Tierra, era una droga cara.
     Gastó miles y miles en llenarse las venas de veneno.
     Hasta que un día Tutambienbruto, cansado de ser testigo de su autodestrucción, lo recluyó a la fuerza en un Centro de Desintoxicación. Cuando Moy apenas si era un guiñapo humano, pesaba unas escuálidas noventa libras y respiraba por puro milagro.
     En el Centro se ocuparon de él. Se ocuparon muy bien.
     Lo libraron para siempre de la adicción.
     Bueno, se suponía que para eso estaban.
     Lo increíble es que lo hicieran en sólo ocho días.
     Ocho días en los que conoció todos los colores y sabores del infierno. Había sido malo. Muy malo.
     Con saber eso era más que suficiente.
     No quería recordar los detalles... o no podía. Los auyar no eran los únicos que sabían borrar la memoria.
     Salió restablecido, con 60 libras más de peso, y casi todo su antiguo autocontrol. Con un respeto absoluto a la medicina xenoide, que había logrado el milagro de librarlo de una droga de la que nadie en la Tierra escapó jamás.
     Y con una mezcla de gratitud y resentimiento hacia Tutambienbruto. Le había salvado la vida, sí... pero había cargado a su cuenta todo el costo del tratamiento.
     Sólo cuando revisó sus finanzas comprendió cuánto dinero había dilapidado. Entre la factura del Centro de Desintoxicación (la efectividad costaba cara en cualquier parte de la galaxia) y sus gastos de telecrack, debía casi medio millón al colosaurio. Y lo peor es que el agente estaba pensando en desentenderse de él y demandarlo por ruptura del contrato. Dejarlo varado en un mundo extraño, sin un crédito... Habría sido casi como asesinarlo.
     Sólo suplicando, rogando e invocando la "vieja amistad" que los unía logró que Tutambienbruto le prestara suficiente para poder comer y reparar el equipamiento de su performance. Sólo con la promesa de pagar íntegramente su deuda más un 50% logró lo mínimo para empezar otra vez. Desde cero...
     El colosaurio le había chupado la sangre con la maestría de un parásito. Y lo irónico era que aún debía estarle agradecido de que aceptara seguírsela chupando por algún tiempo más.
     Por supuesto, tuvo que vender sus trajes hechos a la medida y su lujoso condominio, y renunciar a las putas caras y los manjares exóticos. Pero aprendió la lección. Para siempre.
     —Y aquí estoy, en la brecha —suspiró. Al menos había sido lo bastante fuerte como para no rendirse. Ya había disfrutado bastante. Quizás hasta demasiado. Ya sabía todo lo que podía hacerse con el dinero. Y sabía que él podía ganarlo. La segunda vez sería distinto.
     Al menos habría una segunda vez.
     Había tenido que apretarse el cinturón en los últimos meses... pero ya casi había cubierto su deuda con el colosaurio. Pronto lo que ganara sería de nuevo para él... descontando el habitual veinticinco por ciento del agente.
     —Sanguijuela... —murmuró, pero sin auténtico rencor. Sí, era un porcentaje abusivo. Ningún artista xenoide entregaba más del 10% a sus agentes. Pero él era humano, terrestre... es decir, basura. Y nunca iba a terminar de agradecer a la suerte y a Tutambienbruto por haberle dado la oportunidad de salir del agujero cultural y crediticio que era la Tierra.
     Había miles de artistas humanos que envidiarían su situación, de eso estaba seguro. Muchos, mejores y más originales que él, habrían vendido su alma al diablo con tal de salir.
     Pensó con satisfacción en su próximo regreso como triunfador, con créditos suficientes para comprar una ciudad entera de la Tierra. Y con información de primera mano. Habiendo visto suficiente de las artes xenoides como para que su propio trabajo quedara para siempre a años luz por delante del de cualquier competidor, en concepto, teoría y elaboración.
     Podían impedirle contar lo que había visto, pero no podían impedir que esas experiencias se filtraran a su arte...
     No tenía tanto de qué quejarse. Podía haber sido mucho peor. Tutambienbruto, después de todo, casi era su amigo.
     Recordó de nuevo a Kandria, aquella artista de las holoproyecciones que conoció en Colossa. Una bellísima mestiza de humana y centauriano, y con auténtico talento. Algunas de sus Multisinfonías eran realmente buenas. Y la muchacha era simplemente fantástica haciendo el amor. Lástima que apenas coincidieran por dos semanas. Moy no habría tenido nada en contra de mantener una relación más seria y más duradera con ella. Aunque tal vez el agente centauriano de Kandria sí.
     Era su propio padre. Y aunque ella le jurara mil veces a Moy que aquel humanoide de piel azulada la quería de verdad, hasta un ciego podía darse cuenta de que el pretendido "amor filial" de su progenitor no era más que una maniobra muy bien pensada. Para ganar mucho dinero con el talento de su hija bastarda. Suficiente dinero como para que la rígida sociedad de su mundo le perdonara el pecado de haber mezclado su sangre con una especie tan inferior como era el homo sapiens.
     El afecto y la consideración que el padre de Kandria le mostraba en público eran demasiado exagerados para ser reales. Sobre todo viniendo de un miembro de raza tan fría y distante como era la centauriana. Se decía de ellos que tenían un carámbano por corazón y una computadora por cerebro. Y en opinión de Moy, se quedaban cortos.
     Pero él nunca hizo ningún comentario al respecto. Si la pobre muchacha era feliz creyéndose amada por su papito, no iba a romperle la ilusión. Al menos, no mientras disfrutara de su espléndido cuerpo cada noche.
     Recordó aquellos encuentros con otro suspiro. Kandria... Su piel, con aquel bellísimo tono turquesa, tan elástica, sus ojos enormes. Su pasión... Kandria era un magnífico ejemplo de lo que Tutambienbruto llamaría cínicamente "aprovechamiento óptimo de la capacidad instalada". Que no era mucha: como casi todos los híbridos, era teratológicamente estéril. Lo gracioso era cómo, sin poseer vagina ni ovarios funcionales, era capaz de tal entusiasmo sexual...
     —En cuestión de sexo nada está escrito —Moy se encogió de hombros y revisó los desolladores. Todo estaba a punto. Tutambienbruto no sólo era un agente hábil (quizás demasiado hábil) sino también un colaborador muy competente en cuestiones de tecnología. Casi podía decirse que se ganaba a pulso su veinticinco por ciento.
     Si no verdadera amistad, ambos habían desarrollado una relación muy especial. Amor-odio era una expresión que resultaba demasiado burda para definirla.
     Todo comenzó por el apodo conque Moy lo había bautizado casi al firmar el contrato, al confesarse incapaz de pronunciar su verdadero nombre, que sonaba como Uarrtorgrourrtreerfroarturr. Tutambienbruto era sólo una forma sofisticada de decir "tareco" o "esa cosa". Al colosaurio aquello no le gustó mucho. Desde entonces pasaban la mitad del tiempo burlándose uno del otro, ácidamente. Quizás para olvidar cuánto se necesitaban ambos.
     —A lo mejor si dejara de llamarle "forzudo" renunciaría a destrozar la sintaxis el planetario —reflexionó Moy en voz alta, verificando los péndulos y desangradores.
     Pese a que su raza no era célebre por su habilidad con los idiomas, Tutambienbruto se había negado siempre a utilizar el traductor cibernético. Prefería balbucear bárbaramente el idioma terráqueo. Moy había acabado por acostumbrarse a aquello, y casi a disfrutarlo. Al menos era más... ¿personal o colosaurial? que la perfecta pronunciación mecánica de los traductores.
     Aunque ninguno de los dos se quejara al otro, Tutambienbruto estaba tan solo como él. O más aún.
     En Ningando, la capital cetiana, no llegaban a cinco los humanos descontando a Moy. En cambio, las parejas de policías colosaurios estaban por todas partes. Pero aquellos perfectos ejemplares de su raza despreciaban a Tutambienbruto por su "debilidad" y su trabajo "no honorable". Hasta el punto de ignorarlo como si no existiera cuando se cruzaban con él. Para ellos era un virtual apestado. Aunque Tutambienbruto se hacía el desentendido, resultaba obvio que el ostracismo de sus semejantes era para él mucho más doloroso que la misma ausencia de esos semejantes.
     Probablemente por eso habían terminado intimando tanto.
     —La solidaridad de los parias... —ironizó Moy, comprobando una por una las cargas explosivas sin encontrar ningún error.
     Nunca había sabido si Tutambienbruto era macho o hembra. Siempre lo había tratado como "él"... inconscientemente, identificaba su fuerza y bruscas maneras con la masculinidad.
     Tampoco importaba mucho. Por lo poco que sabía, los colosaurios tenían hasta siete sexos... y de todos modos, sus genitales permanecían ocultos bajo las placas de su armadura el 99,99% del tiempo. Durante los escasos momentos de intimidad sexual que habían compartido casi obligados por sus mutuas soledades, el humano siempre había encontrado más seguro y tranquilizador dejarse acariciar por las grandes manos tridáctilas y la sensible lengua bífida, antes que dedicarle mucha atención a aquellos colgajos color violáceo con aspecto de una flor marchita que debían ser los genitales de su agente. Nunca había sabido si Tutambienbruto esperaba que los penetrara o que dejara que lo penetraran a él... ni tenía la menor intención de averiguarlo.
     Acariciar el corpachón acorazado de Tutambienbruto era una sensación extraña. Como tocar a una máquina o una estatua de piedra. Moy siempre había oído decir que los colosaurios no tenían apenas sensibilidad en sus caparazones. Pero a Tutambienbruto aquello parecía gustarle más que nada. Y a él no le costaba mucho trabajo complacerlo. Era como acariciar a un perro. Aunque ligeramente más grande...
     Desde la infancia Moy, como todo terrícola, había descubierto que el sexo era moneda corriente de los humanos para pagar obligaciones con los xenoides. Aunque nunca le había pasado siquiera por la mente dedicarse al trabajo social por cuenta propia, consideraba el tiempo dedicado a saciar los extraños apetitos del colosaurio como una ventajosa inversión... afectiva. Probablemente había influido bastante en que Tutambienbruto le diera una segunda oportunidad con sus deudas.
     En la vida todo tenía su precio.
     Todo estaba OK. Silbando, Moy abandonó la carpa y salió a la atestada plaza. El bullicio, el aroma y los colores golpearon sus sentidos como una bofetada. Respiró profundamente y siguió caminando.
     El corto paseo antes de cada presentación se le había convertido en costumbre. El hermoso espectáculo de la capital cetiana y sus habitantes lo calmaba, además de motivarlo. Funcionaba más o menos como "mira todo lo que puedes tener si trabajas duro y no gastas demasiado".
     Normalmente no había muchos transeúntes en la amplia explanada, pero se trataba de un día especial. Con el desaforado sentido estético del que sólo los cetianos sabían hacer gala (cuando querían), un carnaval a escala planetaria saludaba el Día de la Unión. La efeméride más importante para todas las razas. La conmemoración de su integración a la comunidad de inteligencias de la Galaxia. Algo así como entrar a la mayoría de edad.
     Atravesando o sorteando los grupos de cetianos y otros xenoides ataviados con exóticos y policromos disfraces, Moy se preguntó si algún día los humanos podrían celebrar algo así, en lugar del Día del Contacto. ¿O sería mejor decir de La Conquista?
     —¿Karjuz friz! —abstraído en la idea, demoró casi un segundo en ser consciente de las palabras que acababa de espetarle a quemarropa y con gran entusiasmo un cetiano.
     Lo miró detenidamente. Con un ingenioso sistema de holoproyecciones, el xenoide había logrado fingir la total transparencia de la mitad derecha de su cuerpo. El medio ser, por lo visto, había confundido su físico de humano con un disfraz particularmente hilarante y le comentó algo ingenioso al respecto. O quizás sólo le había preguntado dónde lo había conseguido, interesado en otro similar.
     Moy no sabía muchas palabras de cetiano, y no llevaba traductor. Como al colosaurio, no le gustaban mucho.
     Abrazó efusivamente al cetiano, casi aullándole al oído.
     —¡Tu mediamadre se vende a los pólipos! —y rió.
     El humanoide lo miró un instante. Luego sacudió lateralmente la cabeza, afirmando al estilo de su raza. Rió con cristalino sonido y se alejó dando cabriolas, feliz.
     Parecía un macho. Qué lástima.
     Si el noventa y nueve por ciento del tiempo eran refinados estetas que mantenían con todo ente ajeno a su raza un comportamiento distante, serio y cortésmente despectivo, el Día de la Unión se relajaban por completo. En esas 26 horas se permitían bromas de todo tipo y recurrían a distracciones en las que el resto del año considerarían obsceno hasta pensar.
     El afrodisíaco aroma a pachulí que le dejó el abrazo dilató las pituitarias de Moy y casi le provoca una erección.
     Se quedó mirándolo, con ganas de seguirlo.
     Sería un macho (y los cetianos odiaban y penaban la homosexualidad) y a él nunca le habían gustado mucho su propio sexo. Pero, si hoy todo estaba permitido... ¿por qué no?
     El medio ser ya se había alejado entre los paseantes.
     Moy suspiró. Quizás después del performance encontrara una hembra más... comunicativa. Y que no le cobrara. Porque las hetairas cetianas eran magníficas, pero abusivamente caras.
     Los humanoides cetianos tenían una rara belleza que insinuaba a sus antecesores felinos, y a la que los terrestres eran especialmente adictos. Cuando los primeros varones de su especie visitaron la Tierra, entre las humanas hubo verdaderas olas de fanatismo y pasión, ante las que palideció cualquier culto a astros de la música o el cine del pasado.
     Y las hembras... Moy nunca iba a olvidar el tirón que sintió en la entrepierna a las catorce años, al fijarse por primera vez en una de ellas que había acudido probablemente por error a una exposición de cuadros de su maestro de dibujo. La figura alta y grácilmente proporcionada, los ojos rasgados de pupilas verticales, la flotante ligereza de sus ademanes, el tono acariciante de su voz. Aquel aire de exótica sensualidad que parecía emanar de su cuerpo... y el olor.
     No servía de mucho consuelo saber que eran feromonas que toda hembra o varón cetiano podía producir a voluntad. El efecto era el mismo: una ansiedad por frotarse con su piel, por acariciarles, por sometérseles y someterles... y a la vez un respeto casi divino que impedía que nadie que no fuera un retrasado mental, un enfermo sexual o un lobotomizado intentara nunca tener sexo con un ser nacido bajo los rayos de Tau de Ceti... si no recibía antes una clara invitación por parte de ellos.
     Lo más interesante es que aquella respetuosa fascinación no era un efecto que sufrieran exclusivamente los humanos. Centaurianos, colosaurios... hasta los grodos hermafroditas y telépatas parecían perder parte de su aplomo comercial ante los bellísimos cetianos. Uno de los muchos enigmas del cosmos.
     Al cabo de meses viviendo entre ellos, Moy había llegado a su propia conclusión: los refinadísimos cetianos, que tan adictos a todas las bellas artes se mostraban, habían perfeccionado la atracción sexual como el arte máximo. Enfermos de belleza, se habían convertido en ella. Era su arma y su triunfo secreto en la gran partida del póker del poder que se jugaba entre todas las razas de la galaxia. Como la telepatía lo era de los grodos, el incógnito de los auyar y sus tremendos cuerpos de los colosaurios.
     Pero no había que dejarse engañar por su aspecto angelical. Eran ángeles del infierno; bajo aquel encanto sereno y distante casi siempre había mentes crueles y calculadoras, ávidas de toda ganancia, diestras aprovechadoras de cada mínima ventaja. Tras el manto de la belleza se escondían seres implacables, capaces de seducir humanos para luego hacerlos trabajar como esclavos en sus burdeles o vender sus órganos para trasplantes. O cosas aún peores.
     Eso sí, podrían ser los Judas de la galaxia... pero nadie los superaba en sensibilidad artística.
     Tutambienbruto había sido muy astuto al elegir Ningando como culminación de su gira. La capital de Tau de Ceti era como la New York de los tiempos dorados en la Tierra: la Meca del arte de la galaxia. Triunfar entre los cetianos era triunfar entre todos los xenoides (descontando quizás a los enigmáticos auyar). Y las crónicas que había visto parecían hablar muy bien de sus performances. Quizás el colosaurio agente no entendiera mucho de arte. Pero al menos sabía dónde estaban los que sí entendían... y los que, además, pagaban bien por él.
     Pagar por el arte. Dinero. Créditos. Todo se reducía a eso.
     Moy caminó abstraído, adentrándose por una de las calles que partían como rayos curvos del cubo de la rueda que era la plaza. Las sombras de los altos edificios que bordeaban la avenida peatonal caían sobre él.
     Eran construcciones irregulares y como pertenecientes a mil estilos, todas diferentes. Y sin embargo el efecto general era extrañamente armonioso. Los cetianos habían hecho realidad el sueño imposible de Miguel Angel, Le Courbusier, Niemeyer y otros grandes urbanistas humanos: la ciudad como una escultura. La ciudad concebida como un todo, como un organismo vivo que crece manteniendo un orden perceptible y natural. Frente a Ningando y las demás urbes cetianas, las ciudades de las otras razas xenoides, pese a toda su magnificencia, parecían idénticas a las humanas: cánceres gigantes, crecimientos caóticos, enfermizos, pútridos. Apenas intentos fracasados de urbanización.
     Moy recordó Colossa, el mundo nativo de Tutambienbruto, el primero que visitara al salir de la Tierra. Murallas macizas. Torres robustas. Contrafuertes y baluartes. Ciudades fortalezas concebidas y erigidas como templos a la fuerza y la solidez por una raza guerrera y poderosa. Ciudades de excesos, potentes pero sin belleza, sin gracia, sin ritmo. Sin vida.
     Aquí, curvas y rectas, volúmenes y superficies se combinaban armoniosa y a la vez vertiginosamente.
     Ningando. ¡Cuánto no hubieran dado los artistas y arquitectos humanos por ver sus construcciones! Cómo hubieran bebido ávidamente de sus gloriosas formas todos sus amigos. Cómo habría disfrutado, por ejemplo, Jowe, con cada centímetro de aquellos edificios...
     Moy se detuvo y miró atrás. Jowe...
     Genial, delicado, sincero, puro, intransigente... estúpido, inadaptado, predestinado al fracaso: Jowe.
     El más talentoso. El de las ideas más originales. El más fiel a sus postulados estéticos. El que menos se preocupó siempre del mercado. El que más despreció a agentes y comerciantes.
     El que menos obras vendía, porque no se rebajó nunca a adular los gustos de los turistas xenoides que venían buscando exotismo y color local en los artistas humanos y huían de toda búsqueda y experimentación formal. El que nunca malgastó su talento en retratos de voluptuosas trabajadoras sociales enfundadas en sus atuendos minimísimos y provocativos, ni en paisajes de engañoso brillo turístico. El que más odiaban las complacientes capillas de críticos adocenados. Porque sus obras indagaban más allá de la provocación vacía y la estéril masturbación que generaba teorías y contrateorías. Porque hacía arte.
     Jowe era un perdedor nato. Uno que jamás habría aceptado vender su trabajo por un pasaje para salir de la Tierra hacia el triunfo. Un fracasado orgulloso de su nada. Y feliz.
     Feliz... Lo último que había sabido Moy sobre él era que seguía creando, tan incansable e incomprendido como siempre. Y que, por no prostituir su arte, se había dedicado al negocio semilegal de la protección. Para no morirse de hambre.
     Ojalá le fuera bien. Pocos merecían el triunfo como él.
     Pero la vida le había enseñado a Moy que el triunfo nunca es para los que lo merecen, sino para los que lo seducen y engañan y luchan por él sin importarle los medios. Para los que guiñaban un ojo a Manmón y otro a las musas.
     Los idealistas como Jowe siempre quedaban en el camino. El negocio de la protección era duro. Probablemente a estas horas debiera megacréditos a la Yakuza o la Mafia, enternecido por los ojos llorosos de alguna trabajadora social independiente. O, mucho más probable, estaría purgando con años de Recambio Corporal la estupidez de colaborar con los ilusos de la Unión Xenófoba Pro Liberación Terráquea... una pandilla de fanáticos a los que Seguridad Planetaria permitía existir sólo porque de desarticularlos definitivamente habría tenido que renunciar a buena parte del inflado presupuesto que recibía para la lucha antiterrorista.
     Jowe. Lástima que hubiera elegido el camino erróneo en la encrucijada de la vida. El de los mártires derrotados y no el de los héroes triunfadores. Tenía genio. En cambio él, Moy, sólo tenía algo de talento y cierta habilidad comercial. Pero juntos habrían podido ir muy lejos...
     Y le habría gustado tanto, simplemente, poder compartir con él su asombro ante la exquisita arquitectura de Ningando, ante las delicadas filigranas de los trajes de sus habitantes, ante el pulso bullicioso de su corazón cosmopolita...
     Concentrado en sus recuerdos, Moy casi tropieza con un grupo de cetianos, cuyos severos trajes grises contrastaban fuertemente con la explosión de formas y colores de las vestiduras del resto de sus semejantes.
     Recambio Corporal.
     La Tierra no era el único sitio donde las razas cuya fisiología resultaba inapropiada o incompatible con la biosfera local recurrían a cuerpos nativos para poder desplazarse sin engorrosos sistemas de soporte vital. Pero entre los cetianos y otras culturas, los candidatos a Recambio Corporal eran voluntarios bien pagados que consideraban un honor servir de "caballos" a un representante de otra raza. No criminales expiando sus delitos, como en la Tierra.
     Y tanto en Ningando como en cualquier otro sitio de la galaxia, el procedimiento era prohibitivamente caro. Incluía altísimos costos de aseguramiento, por la posibilidad de daños a los cuerpos-hospederos. Los precios basura que ofrecía la Agencia Turística Planetaria en la Tierra eran un cebo difícil de resistir para cualquier turista ansioso de mezclarse con la población local sin ser discriminado.
     Moy masculló una torpe excusa en su rudimentario cetiano, se apartó del camino de los cetianos con trajes grises y los observó. Se había vuelto uno de sus entretenimientos favoritos identificar la raza original de los usuarios de Recambio Corporal por la manera en que se movían los "caballos". Estos eran siete, y caminaban cogidos de la mano. Aunque su paso habría sido la envidia del más grácil bailarín humano, era torpe en comparación con el de los cetianos normales. Y gesticulaban mucho, mucho. Casi hablaban más por señas que vocalizando.
     Pólipos de Aldebarán, probablemente. Su idioma mímico los delataba. Moy los miró con esperanza. Por desgracia, se alejaban de la plaza y de su performance. Probablemente eran muy ricos. Su anatomía hiperresistente se adaptaba perfectamente a casi todas las biosferas, así que el recurrir a cuerpos cetianos era sólo un lujoso capricho.
     Algún día él también visitaría Aldebarán, se prometió a sí mismo. Claro, tendría que ser cuando fuera muy rico. Nadie que no fuera un pólipo, o al menos ocupara el cuerpo de uno, podría sobrevivir en las tremendas presiones de los mares de aquel mundo.
     ¿Cómo sería pesar casi una tonelada, tener cientos de tentáculos y un único pie musculoso, y moverse lentamente por el fondo del océano? Por lo menos, una experiencia muy interesante...
     Suspiró. Probablemente nunca lo supiera. Lo más seguro era que hubiera alguna disposición que impidiera a los miembros de razas "inferiores", como era considerada la humana, ocupar las anatomías de seres pertenecientes a especies con plenos derechos galácticos.
     Por mucho dinero que lograra amasar, habría algo que nunca podría negar. Su pecado original: era humano... y la mayor parte del universo estaría siempre cerrado para él.
     La idea lo deprimió tanto que por un segundo consideró seriamente la posibilidad de no presentarse a su actuación. De dejarlo todo y regresar a la Tierra. A ser pobre para siempre, pero al menos entre iguales.
     Probablemente, en el carnaval que era el Día de la Unión, no lo echarían mucho de menos, ni tendría grandes consecuencias...
     Pero casi al momento recordó cómo apenas un mes antes había agarrado una borrachera monumental con un destilado de algas nativas que se parecía aceptablemente al vino blanco terrestre. Y cómo, pensando que la embriaguez era una excusa muy aceptable para faltar a una de sus dos presentaciones semanales, se había quedado durmiendo despreocupadamente en su diminuto alojamiento.
     Tres horas después de la fijada para el inicio de su actuación, dos colosaurios ante los que Tutambienbruto habría parecido un alfeñique lo despertaron derribando el cierre de diafragma de su cubículo. Y sin que se atreviera a ofrecer más resistencia que la verbal (obviamente no entendían el planetario ni llevaban traductores), se vio arrastrado hacia un sitio que se parecía demasiado a una prisión como para no serlo. Al que lo arrojaron literalmente de cabeza. Casi por milagro no se partió el cuello al caer.
     Sólo treinta horas más tarde se dignó aparecer su agente, y Moy recibió callado y cabizbajo una de las reprimendas más duras de su vida, antes de ser liberado. De paso, se enteró de que los cetianos consideraban un delito muy grave el faltar a la palabra empeñada. Con o sin justificaciones. Y que habían tomado como tal su ausencia a una representación previamente acordada. Quedó estupefacto cuando Tutambienbruto le reveló el monto de la multa que había tenido que pagar (que por supuesto, sería descontada de sus honorarios) para dejarlo libre... y más aún cuando supo que, de repetirse el hecho, el castigo podía llegar a su expulsión del planeta como forastero non grato... con confiscación de toda ganancia obtenida en Tau de Ceti.
     Evidentemente, ser extranjero era una condición que sólo resultaba envidiable en la Tierra. En el resto de la galaxia era lo mismo que ser basura. Máxime si se trataba de un extranjero no perteneciente a una raza poderosa como los grodos o los auyar. Ni siquiera el desconocimiento de la ley local eximía de su obediencia.
     —Dura lex, sed lex —pronunció solemne Moy, dirigiéndose a paso resuelto de regreso a su carpa. No podía permitirse neurosis de creador, como estaban las cosas. Actuaría—. La función debe continuar —murmuró. Aunque de lo que tenía realmente ganas era de gritar "¡Mierda!" a toda voz.
     No lo hizo sólo porque en aquel preciso momento no recordó cómo se decía en latín... Y porque desde que se había enterado de que el ser viviente más ducho en la lengua de Virgilio no era un humano sino un guzoid segmentado de Régulo que tenía que usar un sintetizador de voz para recitar las Eglogas, su respeto por el hermoso idioma muerto había sufrido un rudo golpe. Lo mismo que su ya muy vapuleado orgullo humano.
     Alzó la vista hacia el reloj de la ciudad, gigantesca imagen holográfica que flotaba sobre los más altos edificios de Ningando, como una nube oblonga y extrañamente colorida. Aún debían quedarle algunos minutos para comenzar el show.
     Con aquellos relojes cetianos no había modo de estar seguro. La imagen carecía de cifras o manecillas: era sólo una larga barra que iba cambiando de color por secciones a medida que pasaba el tiempo.
     Al principio Moy no quiso creer que el reloj tuviera mucho más significado que el puramente decorativo, como cualquier esfera analógica terrestre. Sonreía escéptico cada vez que le preguntaba la hora a algún cetiano y éste, después de mirarlo con despectiva superioridad, alzaba los ojos al cielo y se la informaba al segundo. Debían tener otros relojes ocultos... aquello era puro alarde.
     Pero pronto comprendió que no era tal.
     La agudeza sensorial de los nativos de Tau de Ceti era extrema. Visualmente, cada habitante de Ningando podía diferenciar entre diez o doce tonos de rojo que al más sutil pintor o decorador humano le habrían parecido idénticos. No había ninguno cuya capacidad auditiva no hiciera parecer ridícula la de un músico humano con el llamado "oído absoluto". Los cetianos podían distinguir no ya octavas, sino hasta centésimas de tono... Una circunstancia que hacía especialmente complejo su lenguaje, donde la intensidad y modulación del mensaje a menudo contenían tanta información como el mensaje mismo.
     El orgullo humano de Moy había sido aún más duramente golpeado por todo aquello. Como si no fuera suficiente con sentirse poco menos que invisible circulando entre hordas de bellísimas cetianas con tremendo atractivo sexual que lo ignoraban por completo, a partir de ese momento también tendría que guardar silencio ante cuanto crítico xenoide afirmara con suficiencia que las artes terrícolas eran lamentablemente primitivas y burdas. Sobre todo si el crítico era cetiano.
     Para una raza con sentidos tan sutiles, la Mona Lisa o el Guernica debían ser sólo lastimosas conjunciones de manchas de colores elementales. Como prácticamente todo el arte figurativo... No en balde casi todo el suyo era puramente abstracto, fríamente matemático. ¿Quién quiere reflejos de la realidad cuando nunca dejará de estar consciente de que son sólo eso... un reflejo, siempre imperfecto, tristemente fracasado?
     —Allá ellos, los pobres... —murmuró sarcástico Moy, llegando a su estrado, y se sintió mejor.
     La perfección era un arma de doble filo. A aquellos bellísimos humanoides les estarían siempre vedados los sencillos placeres del dibujo esquemático, la gozosa deformación de formas de una caricatura, el vibrante colorido del expresionismo.
     Moy incluso había llegado a sospechar (y no era poco consuelo) que él era el único ser viviente de Ningando capaz de apreciar en toda su magnificencia la armónica orgía de colores y formas que era la ciudad. Para sus habitantes, la urbe debía ser una colección de toscos y fútiles intentos por llegar a un imposible ideal estético. El destino de los cetianos era más digno de lástima que envidiable: estaban tan perfectamente dotados para la búsqueda de la belleza que nunca encontraban nada lo bastante hermoso como para satisfacerlos plenamente.
     Hasta los colosaurios, que no eran célebres por su capacidad artística y cuya visión se limitaba al blanco y negro, debían saber más del disfrute estético que los sofisticados cetianos...
     —Hablando del rey de Roma, y su coraza asoma —musitó divertido Moy, distinguiendo un corpachón rojizo que también se acercaba al estrado desde otra dirección.
     La enorme mole de Tutambienbruto se abría paso por la abigarrada multitud cetiana como un cuchillo al rojo cortando mantequilla. Ni siquiera en la confusión carnavalesca de un Día de la Unión era posible confundirlo con un cetiano disfrazado. No era la coraza ni el volumen de sus miembros, que al fin y al cabo podían ser imitados con postizos... era más bien cierta gracia, tosca e indefinida, pero muy cierta. Potente, brusca, muy distinta de la fluida elegancia de ademanes de los cetianos.
     Además, para un nativo habría sido de muy mal gusto disfrazarse de colosaurio. Los empleaban como guardias o policías, trabajos que ellos consideraban bajos y sucios. Pero los despreciaban. Para todo cetiano, Tutambienbruto o cualquier otro de su raza eran el epítome de la vulgaridad, el mal gusto y la tosquedad. Zafios palurdos sin educación, exhibicionistas que desdeñaban hasta la elemental cortesía civilizada del vestuario, empeñados en lucir a toda costa la rugosa superficie carmesí de sus placas blindadas.
     Aunque, en última instancia, para un cetiano siempre era preferible un colosaurio que un humano, se recordó a sí mismo Moy, con ácida ironía. Mejor el zafio honesto que el tramposo salvaje...
     Moy también sabía que, bajo su cáscara de refinamiento, la potencia brutal de los colosaurios, su cultura vigorosa y elemental ejercían una extraña fascinación sobre los sofisticados y decadentes cetianos. Tutambienbruto lo había llevado una vez a una exhibición pornográfica (por supuesto, totalmente clandestina) protagonizada por varios de sus congéneres. Las nueve décimas partes del público eran nativos de Tau de Ceti. Luego había sabido que las holograbaciones de ese tipo eran el segundo rublo del comercio de Colossa con los cetianos. Y aunque el espectáculo no había sido muy atractivo para Moy (le había hecho pensar en dos tanques de guerra tratando infructuosamente de hacerse el amor) los cetianos estaban enardecidos. Gritaron todo el tiempo, tocándose unos a otros en un verdadero frenesí colectivo que a Moy le resultó mucho más atractivo que el show principal. Bellos cuerpos retorciéndose y contorsionándose lujuriosos, tratando en vano de imitar la formidable gestualidad de los colosaurios...
     —Calma —se dijo a sí mismo, sintiendo el inicio de una erección. Sonrió, meneando la cabeza. Estaba hecho todo un aberrado. Pero no era extraño... Verdaderamente, su vida sexual de los últimos meses había sido cualquier cosa menos normal. Hasta para un terráqueo acostumbrado casi desde niño a la idea del sexo con cuanto ser más o menos humanoide (y a veces ni siquiera eso) viniera de lo profundo de la galaxia.
     Sus ideas sobre lo que era pornografía y/o obscenidad habían cambiado mucho en aquellos meses de gira. Aunque todavía seguía riéndose con algunos chistes más o menos teratológicos (como el clásico: "La embajada de Aldebarán en la Tierra expresa su enérgica protesta por la exhibición pública de holofilmes sobre la bipartición y gemación de los corales del Pacífico, por considerarlos decididamente pornográficos y por tanto lesivos a la moral y el buen gusto de sus turistas que visitan el planeta..."), ya había comprendido lo que Freud enunciara mucho tiempo atrás: En el sexo, tótem y tabú son asuntos muy relativos.
     Afortunadamente para él...
     El precio sexual era uno que, sin estar explícitamente incluido en las cláusulas de su contrato con Tutambienbruto, siempre supo que tendría que pagar. No se trataba sólo de sus ocasionales "sesiones de relajación" con el colosaurio (que casi había llegado a disfrutar) sino de otras cosas.
     Como veladas especialmente humillantes en casa de algún rico coleccionista de arte nativo que quería comprobar si era cierto lo que se decía sobre la animalidad de los humanos. O verse escudriñado por todas partes, desnudo como un recién nacido, por un círculo de inescrutables guzoids que habían comprado uno de sus trabajos...
     —Gajes del oficio —murmuró Moy. Al menos, si alguna vez se cansaba de sus performances, podría dedicarse al trabajo social por cuenta propia con bastante éxito. Cierto que en la Tierra era una ocupación estrictamente prohibida al sexo masculino... pero, como era lógico, había un mercado clandestino cada vez más floreciente. Y más peligroso...
     —¿Listo? Prepararse. Ya pronto. —La voz ronca de Tutambienbruto lo sacó de su abstracción—. No luciendo bien... —Había un tono preocupado en el colosaurio, y sus ojillos porcinos profundamente hundidos en sus órbitas blindadas escudriñaron atentos el rostro de Moy.
     —Descuida, forzudo. Todo irá como de costumbre —suspiró Moy, y le dio un cariñoso puñetazo en la roja espalda acorazada—. Ve a la consola. Estos tipos son obsesivamente puntuales...
     Cuando el colosaurio estuvo en los controles, Moy se asomó furtivamente por entre los pliegues del sintplast de la entrada de la carpa y oteó el exterior.
     Allí estaba su público. Decenas y decenas de cetianos con toda clase de atuendos, conversando animadamente, esperando disciplinados el comienzo de otro show más del Día de la Unión. Algunos ya lo habrían visto y volvían a disfrutarlo. Otros, entusiasmados por el relato de sus amigos o por los cortos publicitarios de la holovisión (mejor que fuera así, porque habían costado un ojo de la cara) acudían, con cierto escepticismo, a ver cuánto de cierto había en todo aquello. O más probablemente con la esperanza de burlarse de los balbuceantes intentos de arte de una raza tan inferior como la humana.
     Moy sintió la conocida sensación de acidez llenándole el esófago. Todos eran como buitres carroñeros disfrazados de aves del paraíso. Bellos y coloridos plumajes, pero debajo de sus galas, rapaces hambrientas. Y él era la cena que querían.
     Ya estaba listo. Ya había alcanzado el estado de ánimo exacto para ejecutar su performance. Ya el vacío mordía sus entrañas. Y la rabia y la envidia y la soberbia.
     Suspiró. Levantando cansinamente una mano, dio la señal a Tutambienbruto. Al punto el aire del potente ventilador despeinó sus cortos cabellos. Avanzó.
     Entonces las cargas estallaron.
     Las dosis de explosivo estaban calculadas al miligramo. Las cuatro paredes de sintplast que eran la carpa se desmenuzaron en una nube de partículas que el fortísimo chorro de aire del ventilador dispersó en una especie de nevada al revés.
     Un poco más de explosivo y la onda expansiva habría podido dañar al público. Un poco menos y los trozos de sintplast habrían sido demasiado grandes para que el ventilador los barriera, y hasta habrían podido herir a los espectadores.
     Tutambienbruto conocía su trabajo como nadie.
     Moy se aclaró la garganta para comenzar con su discurso teórico, improvisado para cada ocasión sobre algunas ideas fundamentales, según el estado emocional del público. Paseó la vista por el mar de lujosos disfraces y...
     Sorpresa. Allí estaba Kandria con su padre, más bella que nunca. Su presencia lo alegró y lo intrigó: ¿Cómo habría llegado hasta Ningando? ¿Tanto éxito habían tenido sus Multisinfonías?
     ¿O tal vez lo estaba buscando a él?
     La esperanza le vibró en el corazón como una campanada.
     Ella lo vio y lo saludó con respeto. Sonreía.
     Su padre, el frío humanoide, también lo vio, pero no movió ni un músculo.
     Extrañamente avergonzado de la mirada de admiración de la muchacha, Moy odió volver a mostrarse ante ella. Se sintió como un animal amaestrado, como un triste bufón. Pensó de nuevo en suspender la presentación.
     Todo aquello era una farsa. Él no era un artista, sino un pobre mercenario...
     El silencio se alargaba. El cortés público cetiano aguardaba. Moy recordó la cuantía de la multa si no actuaba, y haciendo tripas corazón, comenzó.
     Todo parecería sólo otra dilación efectista...
     —Alabado sea el Día de la Unión, y larga prosperidad acoja hoy a Ningando y su gente. —Había ensayado la frase mil veces, y hasta recurrido a la hipnopedia para memorizarla. Un par de frases en su idioma, sin traductores, eran ideales para ganarse a cualquier público desde el mismo principio—. Pero deberán perdonarme si en medio de tanta alegría yo me siento afligido. Estoy muy triste... porque el arte ha muerto. —Tutambienbruto acababa de activar el traductor cibernético. Como siempre, Moy se preguntó si un artefacto muerto sería capaz de captar y reproducir todos los finos matices emocionales y estéticos de su discurso. Suponía que no, pero no le quedaba más remedio que confiar en que lo lograra... al menos parcialmente.
     »El arte ha muerto. Y sus asesinos son las holoproyecciones, los cibersistemas de trazado cromático, los programas de armonización musical, las simulaciones danzarias virtuales y toda la parafernalia tecnológica cuyo único fin parece el volver obsoleta no ya la habilidad, sino hasta la presencia del artista. —Fue agachándose teatralmente, como vencido por la circunstancia. Era la señal para que Tutambienbruto iniciara la secuencia de activación de todos los sistemas.
     »¡Pero el artista se niega a que prescindan de él! ¡Yo me niego a caer en el olvido! —Saltó hacia adelante, con expresión salvaje, y los cetianos retrocedieron levemente.
     Moy reprimió una sonrisa: estaban teniendo lo que habían venido a buscar. El salvaje humano. El loco elemental. El genial näif, todo subconsciente, nada de elaboración.
     —El artista no puede morir. Porque todo artista tiene la inmortalidad de Prometeo. Porque muere en cada una de sus obras, porque entrega un pedazo de su vida en cada creación. Porque cada pedazo de materia que brota transformado de sus manos es un plazo más que le arranca a la entropía implacable. —Y Moy dio media vuelta para enfrentarse a la máquina que empezaba a desplegarse.
     Como siempre, se extasió durante un segundo en la inexorable y letal belleza del artefacto que él mismo había diseñado. Enderezándose y creciendo como la capucha de una cobra colosal o la sombra ominosa de un dragón, las articulaciones mecánicas se deslizaban silenciosas unas sobre otras. Hasta que la figura arquetípica de la cruz estuvo formada. Alzándose amenazadora y enorme sobre la silueta humana. Como esperando.
     Moy volvió a enfrentarse al público.
     Lástima que no pudieran captar la referencia cristiana...
     —El artista puede y debe morir en, por, y para su obra. El artista está obligado a deconstruirse a sí mismo en su obra. —Notó con la satisfacción de siempre la breve pausa cuando el traductor dudaba ante la palabra "deconstruirse".
     Deconstrucción. Podía haber incluido el término en el ciberglosario... pero le gustaba saber que él, un simple humano, hijo de una de las culturas menos sofisticadas de la galaxia, podía hacer vacilar a la tecnología más perfecta de sus amos.
     —El artista es una antena repetidora. Un embudo. Capta y engulle el dolor del mundo y lo vierte en sus obras. —Y dio el paso atrás, aparentemente casual, que era la señal convenida.
     La máquina, como una flor carnívora y metaloplástica, se inclinó y lo atrapó.
     Los cetianos se envararon sobrecogidos cuando los engarces y sujeciones envolvieron los miembros y el cuerpo del humano, como los tentáculos de un pólipo gigantesco. Luego lo alzaron varios metros por encima del estrado, sin esfuerzo visible.
     —Las obras del artista son sus clones y sus hijas. Son su carne y su sangre laceradas, su mensaje. ¡Su grito de angustia a un mundo que ya no escucha otra voz que no sea la del dolor y la sangre! —aulló Moy, desgarradoramente.
     Los cinco primeros desangradores se clavaron en su cuello, muslos y antebrazos, localizando las venas con milimétrica precisión. Moy sintió el latigazo del dolor, casi inmediatamente enmascarado por los analgésicos con que estaban untadas las cánulas. Hizo una mueca; bueno, nadie es perfecto. Imposible hacer una tortilla sin romper algunos huevos, ni su performance sin algo de dolor.
     Los reguladores de presión negativa funcionaron, y cinco chorros de líquido escarlata saltaron en arcos precisos. Primero salpicando el estrado, luego cayendo sobre diminutos recipientes cristalinos que brotaron de la máquina, hasta rebosarlos. Entonces la hemorragia cesó.
     Moy cerró en un puño su mano derecha.
     —Puede negarse la mano, intentar sustituirla por farsas mecánicas. Pero ningún aparato podrá igualar el fértil dolor de esa mano cuando crea sujetando el pincel. —Se tensó y respiró profundo. Otra dosis de analgésico fue inyectada a su organismo.
     La cuchilla semicircular brotó veloz y certera como un hachazo, seccionando la mano y lanzándola por el aire. Otro mecanismo la atrapó antes de que cayera. Conectó electrodos a sus nervios convulsos y le puso un pincel entre los dedos.
     La mano, retorciéndose, trazó líneas sin sentido sobre el lienzo que era el estrado, danzando en descontrolado paroxismo. Cada vez más lentamente, hasta quedar definitivamente inmóvil.
     Como de costumbre, el espectáculo arrancó algunos murmullos en la educada concurrencia. Pero Moy sabía que ya la magia estaba en marcha. Eran su público. Sus esclavos. Los tenía en un puño. Podía hacer de ellos lo que quisiera.
     —No es el cuerpo frágil y perecedero del artista lo que trasciende. ¿A quién le importa la mano que trazó la línea, si su genio vive en esa misma línea?
     Sintiendo el sutil reptar por el interior de la pierna de su pantalón de tela burda, Moy relajó su esfínter anal para facilitar la penetración de los nanomanipuladores. Recitó un mantra yoga para evitar la náusea mientras los finísimos mecanismos trepaban zigzagueando por las curvas de su intestino.
     —A menudo, ante la aparente perfección de la obra, no importa a nadie si fue mano, garra, tentáculo o pinza su autora. Algunos creen que arte es arte, venga de un Da Vinci, de un Sciagluk o de una computadora. —El público meneó la cabeza de un lado a otro, asintiendo.
     Moy odiaba las abstractas y heladas composiciones de Morffel Sciagluk. Apenas un imitador tridimensional de Mondrian, en su opinión. Mencionarlo sólo tenía un propósito práctico: la mayoría de aquellos cetianos no tenían la menor idea de quién había sido Leonardo. Ni de "La Ultima Cena" o "La Gioconda".
     A través del velo de la droga analgésica, sintió el dolor difuso de los nanomanipuladores penetrándole por arterias y capilares, por entre músculos y tendones. Hilos móviles del grosor de una molécula tejiendo su telaraña dentro del edificio de su cuerpo. Cuando el cosquilleo llegó a su brazo izquierdo, tragó en seco. La oleada de analgésico que invadió su sistema nervioso lo convenció de que Tutambienbruto velaba y que podía pasar a la siguiente etapa sin peligro.
     —Pero sólo la carne y la sangre, la mente y el órgano manipulador, pueden parir el arte. Y si no existe esa exacta conjunción... no es posible arte alguno... —Se relajó, esperando.
     Como siempre, la explosión lo sorprendió tanto como al público. Aunque apenas si hubo dolor.
     La acumulación de moléculas explosivas meticulosamente contadas dentro de su brazo izquierdo se resolvió en un estallido que dispersó huesos, tendones y dedos en una espectacular nube sanguinolenta. Por una calculada manipulación de campos de fuerza, el cúmulo de restos de lo que había ido un brazo quedó flotando varios segundos, sin dispersarse. Hasta que Tutambienbruto anuló el efecto antigrav. Entonces cayeron sobre el estrado, entre los rabiosos aplausos de los ya enardecidos espectadores.
     Aprovechando la pausa, Moy buscó los ojos de la muchacha mestiza. Había admiración en ellos... y horror. Bien. Ahora era tan suya como todos los otros. O más.
     Afinó el oído para tratar de saber si Tutambienbruto ya había conectado la matriz mecánica. Aún no era realmente necesario; tenían el mejor modelo existente en el mercado y el proceso de síntesis era muy veloz. Pero siempre resultaba tranquilizador saber que si ocurría algo imprevisto, cualquier cosa, ya...
     Apartó la idea de su mente y continuó.
     —El arte siempre es automutilación. Es la extracción deliberada de las más secretas vísceras: los sueños.
     Un péndulo de hoja filosísima y semicircular (referencia al cuento de Edgar Allan Poe que aquellos cetianos nunca captarían) osciló tres veces y luego abrió con quirúrgica exactitud la cavidad abdominal del artista. Los desangradores invirtieron automáticamente su función, y ni una gota de sangre enturbió la visión de los órganos.
     Previamente, los nanomanipuladores habían inyectado distintos colorantes en cada víscera, y las entrañas de Moy eran una sinfonía viva de colores latiendo expuestos. La droga analgésica circulaba por sus venas, evitando que perdiera el sentido o enloqueciera de puro sufrimiento antes del momento culminante. Pero la sensación de estar abierto, indefenso, extrañamente vacío era algo que no dependía del dolor. Y sumamente incómoda.
     —Los sueños son la sustancia impalpable que le da vida, espesor y volumen sintiente a la obra de arte. Lo que la proyecta fuera de sus estrechos marcos materiales. —Moy cerró su glotis, concentrándose en respirar por la nariz.
     El hidrógeno a presión fue insuflado en su intestino. Las asas previamente lavadas por los nanos se inflaron. Fantasmales, semitransparentes, brotando de su sitio como las espirales de una horrible culebra larval. Sorprendentes juegos de luces brillaron en su interior gracias al gas.
     —Aunque la luz del arte es siempre efímera, esa luz es el soplo vital de artista. Su alma, que se extingue en cada obra.
     Un nano agujereó un asa intestinal y el gas hiperinflamable escapó con audible siseo. Entonces la chispa precipitó la llamarada, y por un instante el cuerpo de Moy quedó envuelto en una nube ardiente.
     Sólo un segundo. Más, habría sido peligroso... habrían podido encenderse la piel y la carne. El volumen de hidrógeno estaba calculado al centímetro cúbico.
     —Y cada crítica, cada exégesis, cada interpretación de una obra es una introspección, un viaje hacia el interior de quien la parió y vistió con carne y piel de conceptos. —Llegado este punto, Moy siempre lamentaba no ser mujer. Con un útero destrozado, esa parte del discurso habría tenido mayor efecto.
     Aún así, la visión ya era bien impactante.
     Las cuchillas de los nanodesolladores rajaron su epidermis, y los colgajos de piel flotaron al viento como flecos macabros. Sin sangre. Los capilares superficiales estaban casi vacíos; los desangradores funcionaban a plena capacidad, concentrando el fluido vital en los órganos esenciales.
     Moy sintió un vahído, y casi un desvanecimiento. Pero el neuroestimulante que circuló por sus sistemas lo reanimó al instante. Sonrió, complacido. Tutambienbruto estaba cien pon cien alerta a sus más mínimos signos vitales. Y ya escuchaba el sordo rumor de la matiz mecánica cumpliendo su cometido. Todo iba OK. Como siempre.
     —Tras la carne y la sangre de las emociones, queda al descubierto el esqueleto de teorías y esquemas, el sutil entramado de sexo y poder en substratos mezclados.
     En perfecta sincronía, primero los músculos cortados desde dentro, luego los huesos quebrándose con audible chasquido, ambas piernas del artista cayeron sobre el estrado. Allí patalearon convulsionándose por segundos, antes de quedar inmóviles.
     De las arterias femorales cortadas escaparon algunos litros de sangre, chorreando por las patas extrañamente vacías del pantalón. Luego los nanos las taponaron. No era un error, sino otro efecto bien calculado y sin consecuencias. Con su cuerpo reducido prácticamente a cabeza y tronco, Moy simplemente no necesitaba tanto fluido. Además, podía sobrecargar a los desangradores.
     Moy respiró según una secuencia tibetana.
     El dolor no existe. El dolor es ilusión.
     Yo existo. Yo soy real.
     —¿Qué queda del arte sin el alfabeto oculto del sexo? —aulló.
     Con su grito, los nanos cortaron el despojo sanguinolento que ya era su pantalón, y el sexo se alzó enhiesto, como retando a la muerte. No era una sobrepresión artificial de sangre en los cuerpos cavernosos, ni una oportuna dosis de hormonas. Moy estaba excitado, como siempre. Era la antigua ironía. Eros y Tanatos.
     La orgullosa exhibición duró sólo un par de segundos.
     Moy se relajó. Ahora, lo más difícil...
     La erecta méntula estalló en una cascada de líquido azul. Los nanos seccionaron los testículos desde dentro y los hicieron caer con sordo rebote sobre el estrado.
     Cuando el efecto del analgésico se sobrepuso al dolor y el vacío que ardía en sus ingles mutiladas, Moy respiró más tranquilo. Ya lo peor había pasado. Lo que faltaba era más impresionante que doloroso.
     Kandria lo miraba con auténtica adoración. Tenía que aprovechar aquel estado de la muchacha. Iban a divertirse mucho juntos, todavía...
     —Es el sacrificio, el aliento del artista el que da el vuelo creador a su obra. —Moy tragó en seco.
     El sistema de oxigenación artificial se puso en marcha, intercambiando el gas vital por el CO2 de sus glóbulos rojos sin que sus pulmones intervinieran. Los nanos penetraron en sus bronquios y más hidrógeno fue inyectado en su tejido pulmonar. El péndulo volvió a herir, ahora su tórax, y sus hinchados órganos respiratorios emergieron como globos.
     Levantaron su cuerpo torturado más alto aún sobre la plaza, como pugnando por romper sus ataduras. Lo consiguió al fin, y flotó libre sobre la plaza.
     Más aplausos, ahora casi frenéticos.
     Con desprecio, Moy pensó que podían no saber nada sobre la anatomía humana, pero tampoco sobre física elemental. Era por completo obvio que el volumen de aire desalojado por sus pulmones repletos de hidrógeno era insuficiente para hacerlo elevarse... aún sin brazos ni piernas. Sólo el campo antigrav cuidadosamente manejado por Tutambienbruto hacía posible aquel espectáculo extraordinario.
     Volvió a tragar en seco. Sin aire en los pulmones, sólo el cuidadoso bombeo de la nanomáquina neumática adosada a su laringe le permitiría seguir hablando. Y nunca dejaba de temer al ridículo que habría hecho si el artefacto fallaba.
     —Pero siempre, inexorablemente, tras la última pincelada ¡el artista cae de nuevo hacia la dura realidad! —Moy cerró los ojos, y el frío de otra dosis de analgésico alivió sus venas.
     Los pulmones estallaron con otra llamarada y su cuerpo se desplomó desde lo alto. Abajo lo esperaba la máquina, desplegando púas y aristas como las fauces de un escualo terrible.
     El otro horror de Poe: el pozo. Una hábil intertextualidad desperdiciada con todos aquellos xenoides completamente ignorantes de la cultura humana.
     Aún así, el público gritó.
     La caída pareció casual, pero estaba meticulosamente manejada por los campos antigrav. Varias púas empalaron los despojos del cuerpo del artista. Una le atravesó una oreja. Otra entró por su pómulo y salió por su cuenca ocular, reventándole el ojo derecho.
     —¡No es la visión externa de este mundo de ilusiones lo más importante para un artista! ¡Hay mucho más que eso! —rugió Moy, y sintió sus venas relajarse con la última gran dosis de analgésico. El preludio del final.
     Sonrió.
     Su ojo izquierdo reventó por la sobrepresión, derramando el humor vítreo y el acuoso, uno teñido de verde, el otro de morado. Y quedó colgando del nervio óptico como una flor marchita.
     —¡Lo esencial, lo que ninguna máquina puede imitar, es la incorporación del artista a lo universal, la anulación final del yo que sufre en sus creaciones! —Moy se relajó definitivamente.
     "Alea jacta est" pensó, y dio la bienvenida a la oscuridad.
     Los nanos que habían penetrado en su cerebro cortaron de repente el suministro de sangre y glucosa a sus neuronas, y golpearon con choques eléctricos bien calculados sus sinapsis principales. Moy perdió dulcemente la consciencia.
     Clínicamente, ya estaba muerto, aunque su corazón seguía latiendo. Ninguno del público se había percatado de que lo que la máquina sostenía ante ellos era un cadáver. Era imprescindible para el último acto. Ninguna droga analgésica podía siquiera reducir el supremo dolor de aquel final.
     La nanomáquina neumática inyectó aire a presión en la laringe de Moy, modulando el alarido tremendo y póstumo que hizo vibrar las cuerdas vocales hasta quebrarlas.
     El preludio de la apoteosis.
     Estalló la carga explosiva de su corazón, y una fracción de segundo después, la del cuerpo calloso de su encéfalo.
     Los dos órganos más importantes del cuerpo se dispersaron en fragmentos. Las púas y filos de la máquina cayeron sobre los restos, como hienas hambrientas. Danzaron su frenética coreografía trozando los despojos del cuerpo como las muelas de un gigante caníbal. Y cuando no hubo ya nada que trozar, se alzaron, moviéndose oscilantes, amenazadoras, casi buscando otra víctima.
     La voz grabada de Moy, con profundas reverberaciones, se dejó oír entonces:
     —El mundo es la máquina. Devorando el arte, devora a su creador. Siempre está hambrienta de sangre, dolor y arte... y siempre hay nuevos artistas deseosos de servirle de alimento. Eso es la vida, y es la historia. Es el gran ciclo.
     Y la máquina se plegó lenta, deliberadamente. Se encendieron las luces y estallaron los aplausos, más furiosos que nunca.
     La mayor parte del público salió. Murmurando, sobrecogido, como ansiosos de volver al exterior, a la realidad.
     Kandria se demoró más. Con los ojos aguados, cambió opiniones, primero animada y luego violentamente, con su agente-padre. Quería ver a Moy para felicitarlo... había estado simplemente perfecto.
     El centauriano opinaba que no había que elogiar demasiado a la competencia. Y que ese tal Moy no era compañía adecuada para ella. Que podían establecer una relación emocional que la desviara de su camino artístico. Que él era su padre y ella le debía obediencia...
     Discutieron hasta que Kandria, desasiéndose con rabia del centauriano, se alejó por entre la multitud, sin mirar atrás. El padre-agente sonrió: aquella era sólo otra forma de acatamiento.
     Con calma, la siguió. Al salir, sus grandes ojos de pupilas púrpuras se encontraron con los pequeños ojos de Tutambienbruto, y ambos agentes cruzaron una mirada de inteligencia y un encogimiento de hombros.
     Sí, los artistas humanos eran muy difíciles de tratar. Fuesen hijos o amigos-amantes... A menudo había que ser duro con ellos, por su propio bien.
     Los tratantes de arte y coleccionistas cetianos y de otras razas acudieron al estrado como moscas al olor de un cadáver fresco. El colosaurio, frío y profesional, atendió las ofertas y organizó la subasta rápida y eficientemente.
     El gran lienzo que era el estrado con los miembros y vísceras de Moy adheridos fue rociado con resina epóxica por un mecanismo automático. La sustancia de secado instantáneo quedó formando una fina capa transparente que protegería la obra del tiempo y la putrefacción.
     Tras breve puja con dos grodos, un auyar la compró en 70.000 créditos, al contado. Acto seguido ofreció medio millón de créditos por la máquina, pero Tutambienbruto fue inconmovible. No, no estaba en venta. Ni escucharía proposiciones al respecto.
     El auyar hizo otra oferta. Magnífica...
     Los ojillos de Tutambienbruto brillaron codiciosos.
     Bueno, tendría que consultarlo con el artista...
     Un holograma de Moy tomado al inicio del performance, con una sucinta biografía en el alfabeto silábico cetiano, fue proyectado sobre el lugar que ocupara el estrado. El público que quedaba, como renuente a marcharse, aplaudió de nuevo. Por 15 créditos, los interesados pudieron adquirir una copia del documento. Por 150 la holograbación completa del performance.
     Hubo más de cincuenta compradores. La presentación fue un éxito rotundo.
     Moy, por supuesto, no lo supo hasta una hora después. Cuando acabó la autoclonación y pudo disponer de su nuevo cuerpo. Tutambienbruto, solícito, se lo contó todo, ayudándolo a salir de la matriz mecánica oculta bajo el estrado.
     A pesar de la noticia, Moy no se sintió mejor. Tosió repetidas veces para eliminar de sus pulmones el mucilaginoso líquido seudoamniótico de la matriz. Sentía el pelo y el cuerpo asquerosamente pegajosos y en la boca un sabor horrible. Todos los músculos le temblaban. Necesitaba urgentemente una ducha, comer... y dormir.
     Cada vez lo agotaban más aquellos renaceres clónicos.
     —Habiendo vendido muy bien. Tu deuda estándose acabando —lo animó el colosaurio—. Teniendo una muy interesante oferta auyar. Pagan mucho.
     —Olvídalo. No iré a Auya. No me fío de tipos que no dan la cara, y me gusta demasiado mi memoria como para que me la borren. —Moy negó, parpadeando para mejorar su visión. A pesar del clonaje de alta velocidad, lo de cambiar de cuerpo dos veces por semana tenía sus inconvenientes. Siempre demoraba al menos seis horas en adaptarse por completo a su nueva anatomía.
     —No siendo en Auya, sino aquí en Ningando —insistió el colosaurio—. Para personal diplomático auyar. El borrado de la memoria sólo siendo... parcial. Durando un mes el contrato. Ocho mil créditos por presentación... no contando los beneficios por venta del lienzo final.
     Moy silbó: era casi el quíntuple de las utilidades que le daba una presentación habitual. Los auyar tenían dinero, sí.
     —Bueno, eso lo cambia todo —sonrió—. Con tales ganancias, podríamos retirarnos los dos. ¿Les dijiste que sí, que encantados, supongo, eh, forzudo? —Le golpeó la placa pectoral, juguetón.
     —Habiendo detalle —aclaró Tutambienbruto, casi tímido—. Pidiendo presentaciones diarias y doble sesión fines de semanas, o no habiendo contrato.
     —Gran espacio de mierda... —murmuró Moy, tragando en seco mientras sacaba cuentas mentales a toda velocidad. Serían nueve a la semana. 36 muertes y resurrecciones en un mes. A ocho mil cada una... más los lienzos, era una oferta tentadora. Pero, las autoclonaciones...
     Todas aquellas molestias, la mitad del tiempo adaptándose a un cuerpo nuevo... y la posibilidad de lesiones cerebrales por el abuso del proceso, que no era pequeña.
     Por otro lado... podría volver a la Tierra como un potentado, a hacer el arte que quisiera, sin volver a preocuparse nunca más por si vendía o no.
     Dos platillos de la misma balanza.
     Y pesaban casi lo mismo. Era difícil decidir.
     Sin saber muy bien por qué, pensó en Jowe. Él nunca habría estado en una situación así, pero... le habría gustado saber qué haría en su lugar.
     —¿Crees que valga la pena, forzudo? —Miró a Tutambienbruto.
     El colosaurio lo miró largamente a su vez, y se encogió de hombros. —Yo no arriesgando nada. Siendo tu vida. Decidiendo tú. ¿Creyendo que pudiendo obtener mejor precio de los auyar? Siendo duros en regateo...
     —Lo intentaré, pero ocho mil está muy bien —suspiró Moy—. Oye... ¿viste a la muchacha... aquella Kandria? ¿La mestiza de humana y centauriano? ¿No me esperó?
     Tutambienbruto lo miró despacio, largo rato. —No —gruñó al fin, cambiando la vista—. Yéndose casi enseguida. Discutiendo con padre-agente sobre posibilidad de ella haciendo algo parecido. Opiniones diversas.
     —Ah. Plagiaria, la chica —dijo Moy, y algo se le rompió dentro. De pronto el mundo pareció del color y el sabor de la ceniza—. Bueno... creo que aceptaré esa oferta, forzudo.
     La enorme zarpa del colosaurio se posó delicadamente en su hombro. —Moy —por primera vez en meses pronunciaba su nombre.
     —Tú... ¿tú... pudiendo... tantas veces?
     —Será rutina —respondió Moy, despreocupadamente, pero como desde muy lejos. Como un robot—. ¿Sabes algo, forzudo? La vida es una mierda. Deberíamos preparar algo especial, si esos auyar pagan tan bien. Y antes de que esa mesticita y otros más se pongan a imitarme. Yo soy el primero, el precursor. Eso tiene que quedar claro. Todos los otros sólo están recorriendo mi senda.
     —Tal vez —opinó el colosaurio—. ¿Qué teniendo en mente?
     —Algo más... espectacular. —Moy hablaba y sentía como si la boca no fuese suya—. Quizás utilizar ácidos. O venenos. O nanocargas para lanzar los dientes a través de las mejillas, uno a uno... —Chasqueó la lengua—. ¡También podría ocurrírsete algo a ti, forzudo! Ya sabes tanto de anatomía humana como yo, creo... Ah, y ¿sabes otra cosa, forzudo? Creo que una vez te conté que en la Tierra tenía un amigo, un tal Jowe..., un chico genial. Pues se me acaba de ocurrir una idea muy buena: con ese dinero, cuando regrese allá, voy a buscarlo, esté donde esté... Me ayudarás ¿no es cierto, forzudo? Al fin y al cabo, tú y yo estamos juntos en esto...
     El colosaurio se detuvo un instante y Moy siguió caminando.
     Tutambienbruto lo miró alejarse. El artista continuaba hablando. Excitado, gesticulando, sin darse cuenta de que estaba solo. Abriéndose paso por entre los transeúntes cetianos, que lo miraban extrañados. Algunos lo señalaban, sacudiendo la cabeza con reprobación. Otros, posiblemente espectadores de su performance, le cedían el paso con respeto.
     —Sí... al fin y al cabo, tú y yo estamos juntos en esto, Moy —murmuró el colosaurio, tan bajo que el artista, mucho más adelante, no se percató de que había utilizado perfectamente la sintaxis del planetario.
     Ni mucho menos, por supuesto, de que los ojillos porcinos de su agente tenían un sospechoso brillo húmedo...



JOSÉ MIGUEL SANCHEZ GOMEZ (YOSS)

Nacido en La Habana (1969). Licenciado en Ciencias Biológicas de la Universidad de La Habana (1991). Comenzó a escribir a los quince años, con su incorporación a los Talleres Literarios. Es miembro de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) desde 1994. Actualmente trabaja en varias novelas y libros de cuentos.

Ha obtenido los siguientes premios literarios:
     Premio de la revista "Juventud Técnica" de cuentos cortos de ciencia ficción, 1988.
     Premio David de ciencia ficción, 1988 con el libro de cuentos "Timshel".
     Premio Plaza de ciencia ficción, 1990.
     Premio de cuento de la revista "Revolución y Cultura", 1992 con "Las avispas no saben llorar".
     Premio de cuento "Ernest Hemingway", 1993.
     Mención en el Premio UNEAC de novela "Cirilo Villaverde", 1993 con "La cáscara de los perdedores".
     Finalista en el Premio "Casa de las Américas" de novela, 1994 con "Jugando a rumiarse el tiempo".
     Seleccionado en la segunda convocatoria del concurso Los Pinos Nuevos, 1995 con el libro de cuentos "W".
     Mención en el Premio UNEAC de cuento "Luis Felipe Rodríguez", 1995 con "Reina es la noche".
     Mención en el Premio de cuentos de la revista "La Gaceta de Cuba", 1996 con "Huéspedes".
     Premio único en el concurso «Luis Rogelio Nogueras» de Literatura de ciencia-ficción, fantástica y policíaca, 1998 con «Los Pecios y los Náufragos».

Ha publicado:
     "Los delfines no son tiburones" (cuento), La Gaceta de Cuba, 1988.
     "Timshel", Ediciones UNION, 1990.
     "Las avispas no saben llorar" (cuento), Revista Revolucióin y Cultura, 1992.
     "Rufus el suicida" (cuento) en la antología "Los últimos serán los primeros", editorial Letras Cubanas, 1994; en la antología "Fábula de Ángeles", editorial Letras Cubanas, 1994; en la revista suiza "Entwürþ & Zündschrift", 1995.
     "Balsatur S.A." (cuento) en la antología italiana "Alabbra nude", Feltrinelli, 1995; en "Revista de la Universidad de Antioquía" (Colombia), 1995.
     "Reina es la noche" (cuento) en la revista italiana "MAX", 1995; en la antología italiana "La baia delle gocce notturne", BESA, 1996.
     "Despertarte, sentirte, pensar" (cuento) en la antología anterior.
     "Carne de cercanía" (cuento) en La Gaceta de Cuba, 1996; en la antología "El cuerpo inmortal", Letras Cubanas 1997.
     "W" (libro de cuentos), Letras Cubanas, 1997
     "El Encanto de Fin de Siglo" (noveleta a cuatro manos con el escritor italiano Danilo Manera) en la antología "Vedi Cuba e poi muori", Feltrinelli, 1997.
     "Los meandros de la historia", en Axxón 51.
     "Trabajadora social", en Axxón 56.
     "La maza y el hacha", en Axxón 83.
     "Destrúyenos porque nos amas", en Axxón 94.
     "El tiempo de la fe", en Axxón 97.
     "El arma", en Axxón 106.



Ilustración de Valeria Uccelli
Axxón 110 - Enero de 2002

            

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