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El Doctor Isaac Asimov

Hace apenas un día descubrí que se nos había pasado que en la primera semana de este mes —exactamente el 6 de abril— se han cumplido diez años de la muerte de Isaac Asimov. Puede que la omisión tenga un lado bueno: el Buen Doctor sigue bien vivo en nuestras mentes. Pero me sentí mal. Hace poco recordamos a Phillip K. Dick... parece que siempre hay alguien dispuesto a recordar a Dick. No así a Asimov. El Doctor ha sido vapuleado decididamente por muchos críticos, más que nada acusándolo de no saber hacer literatura. Tengo suficientes años para comprender qué es literatura y también sé que no es muy útil discutir sobre definiciones y escalas de valor. Sólo sé que disfruté enormemente del trabajo escrito por el Doctor Asimov, sé que movió cosas en mí, que me maravilló muchas veces, que admiré sus ideas y planteos, y que sus novelas y cuentos perduran en mi memoria. Si no supo escribirlo bien, pues creo que es el momento de que los editores, críticos, estudiosos y literatos piensen seriamente en darle un lugar a los que no saben escribir bien (siempre que hablemos del estilo de "no escribir bien" de Asimov). No incluyo a los editores y directores de revistas, porque ellos, afortunadamente, sí supieron reconocer sus valores.
      Decidí publicar el Epílogo que escribió Janet Asimov, la viuda del Doctor, para el libro Asimov, Memorias (Ediciones B, Barcelona, España, 1998). Tuve la inmensa suerte de que me regalaran este libro. He leído algunos párrafos del inicio, de la parte escrita por Asimov... Más que unos párrafos, leí tres o cuatro «escenas», tal como quiso él que se las nombrara. Sé que deberé juntar fuerzas para leer hasta el final: espié unas frases del Doctor en el último capítulo, escritos en un tiempo cercano a su final definitivo, y me conmovieron mucho. Me conmueve ver la lucha de una persona por mantenerse entera ante la enfermedad, me conmueve que una mente brillante sepa que se habrá de perder y que espere y ruegue no desaparecer mal. Las lágrimas brotaron de mis ojos al leer este Epílogo de gran contenido humano que escribió la mujer de ese hombre tan especial que fue el Doctor Isaac Asimov. Soy un estúpido, lo sé, y si es por esto, me siento muy feliz de serlo. No he pedido permiso a la señora Janet Asimov para publicar este fragmento del libro, y desde ya le pido disculpas por poner este texto aquí. De todos modos, digo de antemano que no podría pagar ningún tipo de derechos y que he preferido no preguntar, por las dudas me dijera que no. Creo que mis lectores deben tener la oportunidad de leer esto. Cuando las cosas mejoren por aquí, quizás compren ese libro.
      Espero haber pagado algo con las lágrimas sinceras que derramé por su desaparecido esposo. Y con el gran aprecio y respeto que le tengo.

E.J.C., 20 de abril de 2002


EPÍLOGO
Janet Asimov


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Uno de los deseos más profundos del ser humano es ser conocido y comprendido. Hamlet insta a Horacio a que cuente su historia. Un niño pide que le cuenten un cuento y se emociona más si uno de los personajes se parece a él.

Isaac afirma en esta autobiografía que yo le dije que la escribiera, pero lo importante es que él quería hacerlo, compartir su vida con sus lectores de una manera diferente de como lo hizo en sus dos primeras autobiografías, que eran más detalladas, con más exactitud cronológica y no introspectivas.

En mayo de 1990, Isaac terminó este libro esperanzado, aunque sabía que no iba a vivir mucho tiempo. Esperaba durar varios años más, pero su corazón y sus riñones empeoraron y murió el 6 de abril de 1992.

Él quería que esta autobiografía se publicara enseguida para poder ver el libro antes de morir, pero no se hizo así. También me dijo que quería que el libro estuviera ordenado como está, en «escenas» escritas según las iba recordando.

Después de la muerte de Isaac emprendí el trabajo de editar el manuscrito. El editor quiso recortarlo, pero creo que el libro debe quedar como lo quería Isaac.

El manuscrito termina en mayo de 1990 y da la impresión de que él pensaba que el lector iba a leerlo muy pronto. He escrito este epílogo para proporcionar a los lectores un breve relato de lo que sucedió después.

El diario de Isaac cita el 30 de mayo como el día en que terminó de teclear la copia final de la autobiografía. Escribe: «Ahora todo está listo para entregarlo, ciento veinticinco días después de que lo empezara. No hay mucha gente que pueda escribir doscientas treinta y cinco mil palabras en ese tiempo, mientras además hace otras cosas.»

Al día siguiente fuimos a Washington D.C., para una recepción en la embajada soviética. Durante el viaje, a Isaac le pareció que la enfermedad había desaparecido y sintió que formaba parte de la vida una vez más. Estaba especialmente contento de conocer a Gorbachov, porque el final de la guerra fría daba esperanzas al mundo. Isaac creía firmemente que todos los pueblos deberían trabajar unidos por el bien común de la humanidad.

Durante el resto de 1990 dio una conferencia sobre Gilbert y Sullivan durante la semana musical de Mohonk. Además del discurso inaugural en su último «Seminario de Asimov» del Instituto Rensselaerville, cantó y explicó los versos de Barras y estrellas. Hubo otras reuniones, convenciones y charlas, e incluso firmó ejemplares en la feria del libro al aire libre en la Quinta Avenida.

A pesar de su debilidad creciente, escribía todos los días. Estuvo encantado al descubrir que 1990 había sido su mejor año desde el punto de vista financiero.

Le preocupaban varios problemas de salud, el suyo y los de su hija y su hermano. Mencionó por primera vez en su diario su depresión y el empeoramiento de su salud, con bastante amargura. Sin embargo, trató de que no se le notara y procuró no deprimir a nadie más, así que siguió gastando bromas y mostrándose tan agradable como siempre.

El 2 de enero de 1991 escribió en su diario: «Lo hice. Hoy cumplo 71 años... En la tira de Garfield hay una felicitación para mí... lo que probablemente me ha dado más publicidad de la que he tenido nunca.» Después: «Robyn ha venido y hemos ido a Shun Lee a tomar pato a la pequinesa y venado. Estaba estupendo.»

También en enero de 1991 empezó a trabajar en Asimov Laughs Again, que le levantó la moral. El 5 de abril, casi exactamente un año antes de morir, terminó el libro con una página final en la que dice que él y yo hemos estado profundamente enamorados durante treinta y dos años.

La página termina así: «Me temo que el curso de mi vida está llegando a su fin; no espero vivir mucho más. Sin embargo, nuestro amor permanece y no tengo nada de qué quejarme.

»En mi vida he tenido a Janet, a mi hija Robyn y a mi hijo David; he disfrutado de mis muchos y buenos amigos; he creado mi propia obra literaria, que me ha aportado fama y fortuna. No importa lo que me suceda ahora, ha sido una vida feliz y estoy satisfecho con ella.

»Así que, por favor, no se preocupe por mí, ni se sienta mal. En vez de eso, sólo espero que este libro le haya proporcionado algunas carcajadas.»

Después de terminar y entregar Asimov Laughs Again a Harper Collins, se encerró más en sí mismo. La caligrafía de su diario se deteriora y hay menos anotaciones y más cortas. Pero siguió trabajando cuanto pudo.

Cuando le costaba teclear me dictaba a mí, sobre todo su último artículo para The Magazine of Fantasy and Science fiction. Era un conmovedor "Farewell-Farewell" (Adiós, adiós) a todos sus «amables lectores». En él decía: «Siempre he ambicionado morir con las botas puestas, con la cabeza sobre un teclado y la nariz entre dos teclas, pero no es así como funcionan las cosas.»

Todavía pasamos algunos ratos felices y le seguía divirtiendo presidir el Dutch Treat Club, presentando a oradores como el alcalde Dinkins. Incluso fuimos a Mohonk una vez más. Prácticamente la última anotación del diario es la del 3 de agosto de 1991, cuando dice: «Empecé un editorial para Asimov's. Será uno de longitud doble sobre la Fundación.»

No entraré en detalles sobre los últimos meses de Isaac, que pasó entre hospitalizaciones y un progresivo deterioro físico. Tampoco daré detalles sobre sus últimos días, excepto para decir que no sufrió dolores, el fallo terminal de los riñones produce una especie de apatía y, finalmente, la paz.

Robyn y yo estuvimos allí cuando murió. Le sosteníamos la mano y le dijimos que le queríamos. Su última frase completa fue: «Yo también os quiero.»

Quiero volver a contar algo que le dije a Harlan Ellison sobre un incidente de la última semana de Isaac en casa. Isaac no podía hablar y estaba dormido la mayoría del tiempo, pero una vez se despertó mirando terriblemente ansioso.

Me dijo:

—Quiero... quiero...
—¿Qué, Isaac? —le pregunté.
—Quiero... quiero...
—¿Qué quieres, cariño?

Pareció que se le escapaba.

—¡Quiero... Isaac Asimov!
—Sí —le dije—. Ése eres tú.
—Yo SOY Isaac Asimov —dijo después, perplejo y triunfal.
—E Isaac Asimov ahora puede descansar —añadí.

Isaac sonrió feliz.

—Está bien —dijo y se durmió de nuevo.

Incluso cerca del final, siguió con su sentido del humor. Como dije en el funeral, Robyn, Stan, su mujer Ruth y yo estábamos en la habitación del hospital el día anterior a su muerte.

Le dije:

—Isaac, eres el mejor.

Isaac sonrió y se encogió de hombros. Después, levantó la ceja maliciosamente, dijo que sí con la cabeza y todos nos reímos.

Isaac estaba realmente orgulloso y feliz de sus logros. Después de su muerte me encontré con un trozo de papel en el que había escrito con tinta (tal vez después de su primera enfermedad):

Durante cuarenta años, vendí una obra cada diez días por término medio.
Durante la segunda veintena, vendí una obra cada seis días por término medio.
Durante cuarenta años, publiqué una media de mil palabras al día.
Durante la segunda veintena, publiqué una media de mil setecientas palabras al día.

Escribir lo que le gustaba era para él un acto de alegría durante el que se relajaba y olvidaba sus problemas. En los últimos años refunfuñó por tener que escribir tantas novelas, pero incluso esto le ayudó. Hacia la Fundación le costó, porque al matar a Hari Seldon también se estaba matando a sí mismo, y la angustia le alcanzó.

Me dijo cuál iba a ser el final de Hacia la Fundación, o sea que Hari Seldon moría, las ecuaciones del futuro se arremolinan a su alrededor y sabe que está escudriñando el futuro que él mismo ha descubierto y ha ayudado a que suceda.

Isaac dijo:

—No siento autocompasión porque no estaré presente para ver ninguno de los posibles futuros. Como Hari Seldon, puedo mirar mi trabajo, a mi alrededor y me siento confortado. Sé que he estudiado, imaginado y escrito muchos futuros posibles. Es como si hubiese estado allí.

Un día en que Isaac y yo hablamos sobre la vejez, la enfermedad y la muerte, dijo que no era tan terrible enfermar, envejecer y morir si has sido parte de la vida completándola como un patrón. Incluso si no lo haces hasta una edad avanzada, merece la pena, sigue habiendo placer en esa visión de ser parte del patrón de la vida, sobre todo si ha sido un patrón expresado con creatividad y compartido con amor.

Axxón número 113, Abril de 2002


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