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F i c c i o n e s

La virgen ahogada conoce al monstruo de Frankenstein
Bernardo Fernández

A las siete en punto, Pol, el manager, corrió las cortinas del cuarto de la virgen ahogada.
      —Hora de levantarse, amor, hay mucho que hacer —dijo mientras la camarera traía una charola con el desayuno: cereal de arroz con leche descremada, yoghurt light y jugo de toronja. Él sólo bebió café.
      La observó en la cama, las sábanas goteando agua de mar.
      —A las nueve hay una entrevista en el radio —comenzó a recitar Pol, como todos los días, mientras leía en la pantalla de su palm—. A las once tienes una plática en la Ibero y a las dos, comemos con Alex de la Iglesia. Parece que está interesado en ti. A las nueve es la jornada de muertos famosos en la embajada de Italia. Eres la invitada por parte de México.
      Pol levantó la mirada hasta la cama húmeda. Ella no había tocado el desayuno.
—Te noto un poco inapetente, mi amor —murmuró el manager para luego agregar—: Bueno, ¿qué tal un poco de ejercicio para empezar tu día? Sí, ya sé, ya sé, nada de natación.

Metido en sus pants Nike, Pol completó una tercera vuelta a los viveros de Coyoacán. Pasó junto a la virgen ahogada, que permanecía tumbada sobre un charco.
      —Actívate, mi reina, que te me estás poniendo morada —le gritó al pasar. Ella no contestó.

En el auto, camino a la estación de radio, Pol leyó el periódico para evitar intercambiar opiniones con su representada. La notaba distante, lejana. Un poco por inercia, dijo: —Lo de las torres gemelas, una putada, ¿eh?
      Ella guardó silencio.
      Pol disimuló su enojo detrás del diario. Pidió al chofer que pusiera música. Ella siguió como si nada, las piernas y los brazos tiesos por el rigor mortis, la cara hinchada por el agua, sus cabellos despeinados llenos de arena y el rostro congelado en una mueca.
      Te sientes una estrella, pensó Pol. Así son todas mientras están de moda. Apenas las olvida el público, se acuerdan de la palabra humildad. Para entonces ya es tarde, putita, ¿me oyes?
      —¡Tarde! —gritó Pol.
      —No señor —dijo el chofer—, vamos bien de tiempo.
      —N-no te decía a ti Pancho. —El conductor no vio al manager sonrojarse. Ella ni siquiera se dio por enterada.

—Y dinos, ¿cómo es un día normal en tu rutina? —preguntó la locutora.
      —...
      —Ah. Debe ser agobiante ser la figura del momento, ¿verdad?
      —...
      —Pero como en todo, hay sus compensaciones, ¿no?
      —...
      —Amigas, estamos en el estudio con la virgen ahogada. Llámennos y háganle las preguntas que quieran saber de esta niña encantadora. ¿Cuántos años tienes? ¿Dieciocho, diecinueve?
      —...
      —La señora Godínez, de Villa de Cortés, te pregunta ¿Cómo le haces para mantenerte tan delgada?
      —...
      —La niña Erika Paola, de Echegaray, nos dice que te admira mucho, que cuando crezca quiere ser como tú.
      —...
      —Una última pregunta, de Nora Nava, de Casas Alemán: ¿Dónde te presentas próximamente?
      Pol intervino para informar de la plática en la Ibero. No dijo nada del evento de la embajada. Era a puerta cerrada.
      —Pues muchas gracias por haber venido a visitarnos, ya sabes que ésta es tu casa. ¿Algo que quieras agregar?
      —...
      —Jajaja, tú siempre tan escueta. Amigos, la virgen muerta estuvo en el estudio. Un aplauso.
      Sonaron los aplausos grabados. —Ahogada, mi amor, es la virgen a-ho-ga-da —corrigió Pol a la locutora apenas salieron del aire.
      Su clienta, tumbada en una silla, no se lo agradeció.

El auditorio estaba repleto. Se trataba de algún encuentro o congreso. El evento principal era la aparición de la virgen ahogada. Los llevaron por la parte de atrás del edificio. Cuando se apagaron las luces del auditorio, la multitud explotó en un aullido histérico. Un reflector iluminó un extremo del entarimado, donde un académico, el rector o el director de la carrera, intentó hacer una presentación.
      —La carrera de la virgen ahogada comenzó en el año 2001 cuando...
      No lo dejaron terminar. Optó por dejar la palabra a la invitada.
      El reflector movió su haz hacia la derecha para bañar de luz a la virgen ahogada, que se hallaba recostada sobre el mantel verde de la mesa de conferencistas. Escurría agua salada por todos lados, pero ello pareció no importarle al público.
      Durante dos horas mantuvo al público cautivo con sus encantos. Llegó la hora de las preguntas y respuestas. Una edecán iba hacia las personas que previamente se habían apuntado en una lista.
      —Hola. Mi nombre es Paula Cano, de Letras. Sólo quiero saber una cosa: ¿Qué hay del otro lado?
      La virgen ahogada pareció no entender. Paula quiso clarificar su pregunta.
      —Quiero decir, ¿hay algo más allá?
      —...
      Aplausos.
      —Gracias—, añadió Paula.

Las preguntas se prolongaron media hora más. Pol se acercó hasta la virgen ahogada; le susurró al oído: —Lo siento, mi amor, tenemos que irnos. —Luego tomó el micrófono para anunciar que su representada se encontraba un poco cansada por tantas preguntas, que sólo contestarían una más. El micrófono fue a dar a una chica morena de la tercera fila.
      —Buenas tardes. Mi nombre es Sofía, soy de Diseño Textil. Sólo quiero saber una cosa: ¿Tú escoges la ropa o tienes un diseñador de imagen?
      Pol no pudo resistirlo y tomó la palabra:
      —Lo hago yo, mi amor, ella está muy ocupada para esas cosas. Muchas gracias por haber venido. No más preguntas por favor.
      Hubo que traer al personal de seguridad de la universidad para poder sacar a la virgen ahogada y su manager del auditorio.

—Alex, beybi, somos grandes fans, hemos visto todas tus películas —dijo Pol, visiblemente emocionado—. Bueno, todas menos La Comunidad, que no llegó a México.
      El cineasta parecía no escuchar a Pol. Tenía la vista clavada en ella, que permanecía boca arriba sobre la mesa, mojando el mantel.
      —¿Desean ordenar? —preguntó la mesera, una chica de cabello rosa vestida como personaje de caricatura japonesa.
      —Un martini dulce para mí, vino blanco para ella —pidió el manager. De la Iglesia ordenó distraídamente una cerveza. No podía quitar la vista del pescadito que chapoteaba dentro de la boca abierta de su invitada.

—Lo echaste todo a perder, ¿te das cuenta? —dijo Pol en el coche.
      Ella no contestó.
      —¿Tenías que ser tan fría? ¿Tan ausente? Alex, entusiasmadísimo contigo, y tú, haciéndote la interesante, sin contestarle siquiera por cortesía.
      —...
      —Muy bien, muy bien, sigue así —su voz se quebró—. Pero cuando nadie quiera saber nada de ti, no me vengas a buscar. Es más, considera disuelta nuestra asociación. ¡Pancho!
      —¿Señor?
      —Déjame en la esquina. Voy a tomar un taxi.
      Al bajar azotó la puerta.
      —El éxito te está quedando grande, reina; ya sabrás de mis abogados. Si pude con Paulina Rubio, qué me dura una pendejita como tú. —Ella ni siquiera volteó a verlo.
      Pol se perdió en la lluvia, entre la muntitud que vomita.
      —Usted dirá a dónde la llevo, señorita —dijo Pancho.

Una hora después, sonó el celular de la vigen ahogada.
      —¿Me perdonas? —dijo Pol al otro lado de la línea—. Ya sabes que a veces me exalto y digo cosas que no pienso. ¿Amigos?
      Ella guardó silencio.
      —El que calla, otorga —pensó felizmente Pol.
      Algo similar sucedía todos los meses.

Llegaron tarde a la jornada de muertos célebres, por lo que sólo alcanzaron el coctel posterior. Pol llevaba un smoking negro. Ella, un vestido largo del mismo color, completamente empapado de agua salada. Fuera de su ambiente natural, Pol se sentía un tanto incómodo. Sin embargo, pronto descubrió a un joven agregado cultural que le miraba insistente.
      —Mi amor, creo que ha llegado la hora de internacionalizarme un poco. Esto no me pasa todos los días. —Y la dejó sola, tirada de bruces a mitad del salón. Estaba seguro de que ella no lo extrañaría una hora. O dos.
      Tratando de pasar desapercibido, un hombre corpulento se acercó a la virgen muerta con una copa en la mano.
      —Encantado de conocerla —dijo con voz grave.
      Ella contestó con su silencio.
      —Soy el monstruo de Frankenstein. Mucho gusto —dijo, mientras alargaba una mano torpemente cosida a su antebrazo. El doctor Frankenstein era tan buen médico como mal tejedor.
      Ella se mantuvo gélida.
      —Eh... nos hizo falta su presencia en la jornada. Tu visión, ¿puedo tutearte? hubiera aportado mucho al encuentro.
      Dio un sorbo a su copa. Discretamente paseó su mirada por los cabellos desordenados de la chica, llenos de arena, por sus tiesos brazos marmóreos, por las manos de delicados dedos rígidos. Hallaba irresistible ese cutis macerado por el agua, los borborismos que a veces dejaba escapar su estómago en descomposición, la mirada acuosa, el agua que goteaba de la nariz, pero sobre todo lo demás, la posición torcida del cuello, producto de la vértebras dislocadas por el oleaje.
      Un mesero pasó con una charola llena de bebidas. El monstruo de Frankenstein canjeó su copa vacía por una llena. Tomó una para la virgen ahogada, que le ofreció sin que ella aceptara.
      —Una copa más, una menos, ¿qué importa? —pensó él.
      Cayó un silencio incómodo. El monstruo de Frankenstein fijó la vista en el suelo, a unos centímetros del rostro mojado de la virgen ahogada. Buscaba desesperado un tema de conversación que no fuera el clima.
      —Lo de las torres gemelas —dijo al fin—, una putada, ¿eh?
      Ella optó por no opinar.
      Al otro lado del salón, el ligue de Pol progresaba mucho mejor que el del monstruo de Frankenstein.
      Otra ronda de copas. La criatura comenzaba a sentirse ligeramente borracho. Después de todo, tenía un hígado de segunda mano. El alcohol lo fue animando un poco.
      —Oye, este salón está ligeramente sobrepoblado, ¿Te parece que nos vayamos al balcón? —Sin esperar respuesta tomó a la virgen ahogada de la mano y la arrastró fuera de ahí, dejando una estela húmeda sobre la alfombra.

Cuando Pol los encontró, la virgen ahogada descansaba con el estómago doblado sobre el balcón mientras el monstruo de Frankenstein le recitaba a Neruda.
      —Ay, ahí están, los he buscado por todos lados —dijo a los dos—. Miren, mis amores, Giovanni y yo hemos decidido ir a buscar otra fiesta, ésta ya se está muriendo. Les sugiero hacer lo mismo, picaruelos. —Abrazó al italiano por la cintura; se fue bamboleando las caderas. Antes de desaparecer, dio media vuelta para volver al balcón.
      —No llegues tarde —dijo a su representada, luego volteó hacia el monstruo de Frankenstein y agregó:— Pórtate mal, grandulón.
      Le dio una nalgada antes de irse.
      La criatura no lo pensó más, tomó a la virgen ahogada y cargándola sin dificultad, desapareció de la fiesta.

En su cuarto de hotel, el monstruo de Frankenstein lamentó un poco que ella mojara toda la cama. También le incomodaba el olor a pescado, pero prefirió atribuírselo al alto grado de excitación de la virgen ahogada.
      La contempló sobre el lecho, con las piernas engarrotadas abiertas de par en par debajo de su vestido negro.
      —Esto no es fácil para alguien como yo —comenzó a decir el monstruo de Frankenstein, visiblemente nervioso—. Pese a mi edad, soy un sujeto demasiado tímido para estas cosas, pero... —dudó un instante— ¿Quieres quedarte a dormir aquí, conmigo?
      Ella no dijo nada.
      —El que calla, otorga —pensó él.
      Esa noche, ambos perdieron la virginidad.


Bernardo Fernández, "Bef"

Nació en la Ciudad de México en 1972. Es diseñador gráfico por la Universidad Iberoamericana. La suya fue una vocación narrativa tardía, por lo que comenzó a escribir formalmente a los veinticuatro años. Está incluido, entre otras, en las antologías Silicio en la memoria y El hombre entre las dos puertas, de Gerardo Horacio Porcayo, Llaca Editores y Visiones periféricas de Miguel Ángel Fernández, Grupo Editorial Lumen. Ha publicado los libros Error de programación (ciencia ficción infantil, mención honorífica en el concurso de cuento de la FILIJ en 1997), Corunda-CONACULTA, Ciudad Interfase (cuentos), Times Editores y recientemente Cuento de hadas para conejos en Alfaguara Infantil. Es coeditor y director de arte de la revista anual SUB, dedicada a los subgéneros (ciencia ficción, horror, fantasía, policiaco). Gel azul, su primera novela, ganó la primera mención del concurso Vid de novela de ciencia ficción en 2001 y se espera que sea publicada por esta editorial en algún momento de 2002.
Como caricaturista político publicó en los periódicos El Universal y El Día, así como la revista El Chahuistle.
En el área de comics ha participado en los fanzines de comics Hemofilia, Tripodología Felina y Molotov. Fue guionista de la historieta de superhéroes "Chamán". Ha participado como guionista y dibujante en la revista El Bulbo.
Su trabajo fue exhibido en la exposición binacional "Viñetas de España, Monos de México" en el Museo de Culturas Populares. En 1999 le fue otorgado el premio nacional de periodismo del club de periodistas en el área de diseño por su labor en la revista Complot.
Los lectores de Axxón han podido leer, también, su cuento "El llanto de los niños muertos", en Axxón 111.


Ilustración de Valeria Uccelli
Axxón 114 - Mayo de 2002

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