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Editorial - Axxón 116

(Nota: Este editorial lo escribí hace unos cuantos días —muchos—, como se puede deducir de ciertos hechos de la vida real que menciono más adelante.)

Nadie está solo, realmente

Hace un momento estaba viendo un capítulo de Ally McBeal en el que a los abogados del estudio les toca representar a dos personalidades de una misma persona, una es Helen y la otra Helena. Helena es práctica, fría, combativa, hasta desagradable; Helen es dulce, cariñosa, escribe poesía, pinta cuadros y... ama a su esposo. Helena quiere separarse. Se hace el juicio y el juez decide que la razón la tiene Helen, que fue la personalidad original de esa persona, y le da poder a su marido para que se ocupe de que ella tome la medicación que suprimirá el problema. Sólo que el medicamento en realidad suprime a Helen... y Helena se va de su casa.

En cierta manera, no porque tenga un síndrome de personalidad dividida, me sentí involucrado en el tema. Por dar un ejemplo concreto, hace una semana los argentinos estábamos super contentos con nuestra poderosa selección nacional de fútbol, estábamos exultantes por el resultado del partido de Argentina y del otro que se jugó en el mismo grupo, ya que nos ponía en la punta, tranquilos y con las mayores posibilidades. Ya se hablaba de con quién jugaríamos en la siguiente fase, despreciando a los rivales que nos faltaba enfrentar a continuación. Una publicidad muestra a los hinchas de los otros países con miedo, porque les tocó Argentina en el grupo... como si nosotros no hubiésemos tenido miedo de los tres que debimos o debemos aún enfrentar. Y hoy, dos días después del segundo partido, los argentinos estamos de nuevo derrotados. Se habla del fracaso, de que la figura del equipo, que además debía ser la figura del mundial, no juega como se esperaba, que el técnico fue sobrepasado en sus principales características, la estrategia y la preparación física que le exige a su equipo, y ahora todos sentimos que sólo un milagro hará que Argentina ingrese al la segunda ronda. Y es cierto... sería un milagro. (Ya lo saben todos, no ingresó.)

A mí, en cierto modo, me han pasado cosas similares en la vida. Muchas veces me sentí triunfante y muchas veces me caí muy mal, como para romperme todos los huesos. En este momento me siento caído (no voy a extenderme en detalles porque no quiero aburrir) y no por el resultado del fútbol. Pero al mismo tiempo siento algo muy raro que me hace ver como si estuviera, yo también, encerrando en mi cuerpo dos personalidades.

Un poco de paciencia, ya explicaré de qué se trata. Primero quiero decir una cosa: el mundo es muy complejo —el universo es muy complejo—, tremendamente complejo. Estar vivos es complejo. Por dar un ejemplo, anoche puse en Axxón una noticia que preparó Alonso en la que se anuncian ciertos experimentos que podrían mostrar que la Teoría de la Relatividad no es tan exacta como se piensa. Está bien, no es que ya se hayan encontrado fisuras: la oposición propuesta es aún teoría. Si vamos al caso el propio Einstein propuso experimentos que pretendían demostrar que el modelo de la Mecánica Cuántica estaba equivocado, pero estos experimentos no se hicieron —o sí se hicieron— y la Mecánica Cuántica sigue indemne.

El mundo es muy complejo... la realidad es muy compleja... y ya no podemos abarcar todas sus implicaciones. Nos sentimos fracasados, pero atrás hay otras cosas. Fuertes cosas. Toda situación en la vida —en la vida en sentido general, entre los seres vivos quiero decir— si no nos mata nos fortalece. Parece una ley del universo muy firme, y quizás lo sea. No puedo afirmarlo taxativamente. Lo que sí siento es que a mi sensación de fracaso se antepone otra, la de que nadie ni nada puede decretar el fracaso hasta que uno haya abandonado la pelea. Estar peleando ya es un triunfo. Todos los seres vivos que se mantuvieron peleando, que le presentaron batalla, de distintas maneras, a las presiones del ambiente, están aquí; los que se dejaron derrotar, no. Hablo en un sentido analógico, porque la vida no es digital. El entorno a veces no te golpea, sino que te mata. Ése es el cero, es lo único que se parece a lo digital. Si las presiones de la naturaleza te mataron, perdiste. Pero si seguís vivo, si estás cerca del cero pero vivo, de ahí comienza un duro camino, con escalones en decimales, que te lleva hacia arriba. Quiero decir que no es que del cero se pasa al uno: algo así como decir "o estoy muerto o estoy vivo". Habrá seres que han caído muy cerca del cero y pasarán su vida de una manera prácticamente insoportable. Y uno diría, simplificando, "mejor estarían muertos". Puede ser cierto a nivel individual, y más cierto si el esfuerzo, a pesar de haberlo realizado, no rinde fruto. Para los seres humanos es todavía más duro, porque percibimos qué es lo que no tenemos y lo que nos estamos perdiendo. Pero si la lucha rinde un fruto, un microscópico fruto, el triunfo es mucho mayor que lo que parece. Es gigante. Estoy seguro de que algunas especies están en este mundo porque unos individuos, golpeados al máximo, soportaron una vida insoportable. Como dice el dicho popular, "no está muerto quien pelea". Piensen todos ustedes en esto, argentinos, y personas de otros lugares del mundo, y pónganse a pelear. Hagan algo. Obsesiónense en algo. Pongan todo lo que puedan —no importa si se puede poco— en algo. Quizás no logren mejorar sus vidas en un sentido material, pero al pelear se sentirán vivos.

Créanme que vale la pena.

A esta altura de la disquisición, puede ser que haya alguien haya prestado atención a que este Editorial tiene un título y esté esperando que redondee los conceptos para llegar a lo que dice esa frase ahí arriba. No voy a redondear. Esa frase la dice una canción que cantan al final del capítulo de Ally McBeal. Me pareció buena y por ahí, en relación con el tema que traté, sí es aplicable a mí. Yo me pongo todos los días frente a mi máquina y trabajo para la revista. Cuando pongo el material que he preparado en la web, sin falta miro las estadísticas y me alimento. Veo que no estoy solo. Y eso es combustible.

Algunas personas colaboraron en un sentido más mundano conmigo: me dieron, depositaron o me mandaron dinero. Está bien, porque aseguraron que en malos momentos pueda pagar el teléfono, por ejemplo, o la energía eléctrica; o que si se me rompe la disketera y la unidad de CD al mismo tiempo, dejándome la máquina casi autista (no es hipotético, esto me pasa ahora), pueda arreglarlas o cambiarlas. Para eso puse ese botón abajo a la derecha de la página. Pero a aquellos que no puedan ayudar, o no sientan inclinación de hacer este tipo de colaboraciones, quiero decirles que no deben sentirse mal. Al visitar la página también están ayudando a que yo y otras personas que producen material para Axxón sigamos ofreciendo, día a día, todo eso que encuentran al hacer ese mágico click de ingreso.

Lo último que debo anunciar es buena y mala noticia al mismo tiempo. La mala es que debido a que no afloja la crisis en Argentina ya no quiero hacer esperar a los autores ganadores del Concurso Axxón, de modo que en lugar de esperar a que los editores en papel se decidan a imprimir un hipotético libro —que no pierdo las esperanzas de ver aparecer algún día— he decidido publicar aquí el excelente material de estos autores. La buena es la misma: en este número aparece la novela ganadora del rubro Fantasía.

Eduardo J. Carletti, 1 de julio de 2002

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