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F i c c i o n e s

EL DIABLO EN LA BURBUJA
Guillermo Rothsche

... No, es imposible; es imposible comunicar la sensación de vida de una época determinada de la propia existencia, lo que constituye su verdad, su sentido, su sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos... solos.
      
Robert Conrad, "El Corazón de las Tinieblas".
      

—Creí que era el mismísimo Diablo, señor —dijo el español, terminando su vino. Se sirvió otro, y llenó mi vaso—. Y aún no estoy convencido de que no lo fuera, y de que éste es mi Infierno, ¡y bien ganado por cierto!
       Algunos tenemos cierto gusto por lo original, por las cosas poco comunes, únicas o peculiares: artefactos, paisajes, porcelanas, libros, personas. Las buscamos, hurgando en librerías de viejo, en ferias artesanales: San Telmo, el Mercado de las Pulgas o la Feria de Tristán Narvaja. O buscamos geodas de cuarzo y puntas de flecha en los "picaderos" indios de la meseta patagónica. Y, algunas veces, lo verdaderamente extraño está en la calle por la que caminamos a diario. Como un viejo en un umbral, una noche tibia, a la vuelta de casa, tarareando una de las Cantigas de Alfonso el Sabio:
       —"... Dios salvó del Lobo a nuestra Cordera/ El lobo furioso la quiso morder, mas Dios Poderoso la supo defender/ ..."
       Al escucharlo no pude evitar acercarme, y tararearla con él. Me gusta la música trovadoresca: Música Ficta, Studio der Frühen Musik y tengo alguna grabación de Pro Música de Rosario. ¿Cuántos viejos en cuántos umbrales se pueden encontrar que compartan este raro gusto por la música de hace siglos?
       Debía sentirse muy solo, estar bastante tomado y resignado —o tenía una imaginación más loca que la mía— para decidirse a contarme ésta, según él, su historia.
       —Don Alberto de Alvarado y Oliva, Marqués de San Antonio, a su servicio... aunque poco puedo hacer ahora por mí mismo, o por otros. Tierras tuve, al suroeste de la Ciudad fundada dos veces, más de las que mi familia poseyó en Castilla. Nada de eso queda, ni papeles que lo prueben, pero me fueron adjudicadas por el Virrey en 1596, junto con algunos indios para trabajarlas. Ni oro ni plata, esto no era el Potosí, pero para un hijo segundón de terratenientes no pintaba mal. Verá, podría mentir mi origen, pero ¿para qué? Mi vida de pecador, por decirlo sin detalles, hizo que mi padre me desheredara. Mi peor pecado fue coquetear con el Maligno y las Artes Negras, por lo que me gané la curiosidad del Santo Oficio. Mala cosa... mi familia hizo bien en repudiarme, el estigma les hubiese costado los bienes, la libertad y aún la vida. No se juega, digo, no se jugaba con la Inquisición. Y si los bienes eran muchos, como en verdad lo eran, con premura y diligencia el Tribunal disponía de las almas en nombre de Dios, ¡y de los bienes en favor de la Iglesia! —la sonrisa amarga subrayó la ironía.
       La discronía, el salto en el tiempo me resultaba irresistible. 1596. San Antonio, al suroeste de "la ciudad fundada dos veces"... Santa María del Buen Ayre, sin duda. ¿Por los pagos de San Antonio de Areco habrían estado sus tierras? No conozco en detalle la historia de la Colonia, pero jamás supe que en el siglo XVI se repartieran tierras tan al centro de la actual Provincia de Buenos Aires, ¡ni mucho menos marquesados, allí ni en ninguna otra región! Esto no me cerraba, pero me había atrapado lo insólito del relato, incongruente sobre la fórmica de la mesa del bar, la luz fluorescente, el ruido de las motos japonesas a las doce de la noche de este sábado. La Plata es ruidosa en el fin de semana.
       Habíamos terminado con la pizza, y encendí otro cigarrillo para atender a lo que iba a seguir:
       —Así que me encontré con lo puesto, algunos maravedises y perseguido; lo más sensato era poner tierra de por medio, y siendo caso del Santo Oficio, hasta un Océano podía ser angosto. En una taberna de puerto marineros ebrios narraban cómo se llega uno a las Américas. Mira, los cuentos de estas tierras eran fabulosos, aventura, honra y fortuna, tierras feraces casi sin límite para repartir entre los audaces que tuviesen ánimo de venir a trabajarlas... eso contaban estos marinos, y era bastante cierto. Me atrajo conocer el Mar Dulce, el río más ancho del Mundo. Siempre me atrajo la maravilla, ¡ay!, por eso me enredé con ceras negras y cruces cabeza abajo, y el Pentáculo... y también con el viajero de la burbuja plateada. Pero eso pasó más adelante —concluyó, haciendo una pausa para servir más vino y ordenar la historia en su canosa cabeza.
       —Sabes, las tabernas... es lo que más extraño. Estos sitios no tienen alma, son de paso.
       Se echó hacia adelante en la silla. —Una taberna —continuó— era como la sala de la casa del tabernero y su familia. En la taberna del poblado todos nos conocíamos. Allí se comía y bebía, se comerciaba, se discutía y (siempre que no hubiera oficiales del Rey) se despotricaba contra el Gobierno y sus impuestos, porque pagándolos, quienes trabajábamos en verdad pagábamos los caprichos de la Corte y las rabietas de Su Majestad con sus vecinos. ¡Gabelas y un infierno, cómo nos costó recuperarnos de la guerra contra Inglaterra! Las travesuras del Draco y la flota que perdió el Duque de los Naranjales, cara la pagamos los terratenientes y burgueses —sacudió la cabeza—. Pero estoy divagando...
       Me vinieron a la mente imágenes de grandes naves de madera con sus velámenes desplegados, de personajes vestidos con suntuosos brocados, Erroll Flynn en El Pirata de Su Majestad, Glenda Jackson como Isabel I ª en la miniserie de la BBC, "Aire Negro" de K. Stanley Robinson... El viejo me tenía pendiente de su historia.
       —Contarte cómo escapé del Santo Oficio —continuó—, cómo me embarqué, lo que fueron los meses de viaje en una lerda carraca es repetir historia muy contada, y si has visto películas —(¡ni que me estuviera leyendo el pensamiento!, pensé para mí)— no te alargaré la cuenta con la descripción. Dígase que desembarqué, primero en Montevideo, luego crucé el río y con mis recomendaciones y algunos gastos para "engrasar" el trámite —sonrió— obtuve mi concesión. No escatimé halagos ni misas, aquellos con los que hoy llamarías burócratas de la Corte virreynal, y éstas porque quería estar a bien con la Iglesia. Pero también estaba sinceramente agradecido a Dios por la bondad que me mostraba, que yo tomé como un perdón y la oportunidad de volver al recto camino de la salvación de mi alma.
       »Como ya te dije, me correspondieron con las tierras algunos indios encomendados para laborarlas. De entre ellos uno era mocoví, de la zona del Chaco conocida entonces como "La Cangayé". No sé por qué azares habrá sido traído tan al sur de su tierra, pasando quizá de mano en mano, con esa pretendida bondad de la esclavitud "civilizadora". Callado, nervudo, aguantador y diestro con los animales, me cayó bien. Hijo de chamán de grandes poderes, según me refirió cuando (abundante caña mediante) se decidió a hablarme de sí mismo.
       »¡Ay, de mi alma, por haberle escuchado! Porque el cosquilleo de lo extraordinario volvía a seducirme con la promesa de poderes más allá de lo humano. Que no se escarmienta, no, y que el Maligno te acecha con tentaciones de este lado de la Mar Océano así como en la tierra en que nací.
       El viejo me pidió un cigarrillo. Le convidé, y encendí otro para mí. Lo miré a través de la bocanada de humo, algo desdibujado, y mentalmente le cambié la ropa ajada y gastada por ropajes del 1600. Para colmo, daba el tipo: alto, flaco, de rostro alargado, frente despejada y ojos de mirada intensa. Sus modales eran mesurados; influenciado por su relato, casi estoy tentado a decir aristocráticos. Su lenguaje, siempre rico y expresivo, cuando se refería a las artes negras o a su tierra tomaba giros arcaicos, adoptando poses de hijodalgo.
       Después de un par de bocanadas mirando hacia la entrada esquinera del bar, donde dos preciosas chicas uniformadas reciben a los clientes para entregarles el menú y acompañarlos hasta la mesa, Don Alberto volvió a su historia:
       —Yo no sabía si el indio decía verdad o no, como tú no sabes ahora si es verdad esto que yo te digo, pero con tales historias calentóme la cabeza. Decía que su padre obtenía el poder de Campo del Cielo, región desolada del Chaco donde se hallaban las Piedras del Sol con las que hacía poderosos talismanes.
       »A partir de esa conversación, fui ganándome su confianza por medio de halagos, algunas dádivas y mostrándole interés (que era genuino) en las artes mágicas. Hasta llegué a enseñarle, con riesgo de excomunión y hoguera, algunas invocaciones a demonios menores del culto satánico. Como se produjeran algunos sucesos inesperados, aunque no inexplicables, el indio se convenció de que yo tenía "MANA", esa fuerza trascendental que poseen los que trafican con el mundo de los espíritus.
       »Ya me había mostrado su talismán de plumas de caburé, que es bastante común también hoy, y un sonajero ceremonial de calabaza de mate que había sido de su padre. Pero supe que me lo había ganado cuando me mostró su posesión más preciada y sagrada: un talismán hecho con una "Piedra del Sol", que llevaba en una bolsita oculta, junto con una figurilla hecha de la tierra del Campo del Cielo, amasada por su padre con su saliva y algo de su propia sangre.
       El rugido de un motor acelerando interrumpió unos segundos su relato.
       —Lo que llamó mi atención —continuó— fue la piedra, que no era tal sino metal de fierro, pesada y de forma caprichosa. Una vez, cuando era muy mozo, el herrero del poblado me mostró, sabiendo cómo gustaba yo de todo lo extraordinario, un trozo de estrella fugaz que reservaba para algún noble lo bastante valiente como para usar una daga o capacete de tal hechura y materia, y lo bastante rico para pagarlo. Como sabrás, ese metal no se herrumbra, y es de calidad superior por su dureza y tenacidad, aunque los tontos le temen por su origen. Aquella parecía plata, ésta era más oscura y opaca, pero no dudé un instante. En esto el indio no mentía: este trozo, como aquel, era metal de estrella fugaz.
       »Entonces me describió el Mesón de Fierro, enorme porción desprendida de una piedra caída del cielo, y supe que no tendría descanso hasta verla y tocarla, y saber qué poderes tenía, si los tenía.
       Aproveché que el mozo había cobrado a la familia de la mesa detrás nuestro para pedirle otra jarra de tinto. Mientras se retiraban entre risas y llamadas a los niños, la nena más chica —aferrada a su gaseosa con pajita— se quedó mirando fijamente a Don Alberto, que, perdido en sus recuerdos, ni la miró. La madre se acercó, nos dedicó una sonrisa y se la llevó, tomándola de la mano libre.
       —Abrevio —siguió diciendo el español— el año largo que me llevó preparar el viaje, y las peripecias del mismo. Además debía permanecer secreto el motivo pues era cosa de indios infieles, contraria a la Santa Iglesia. Y por mi parte, no quería veedores virreynales husmeando y sacando su tajada. Que nobles y desinteresados los hubo, ¡pero también de los otros! —y acompañó esta frase con un par de elocuentes palmadas en su estómago—. Séase que remontamos el río Paraná hasta Resistencia, y conseguidos caballos e impedimenta adecuada nos internamos como cien leguas hacia el sur oeste del Gran Chaco, a la región conocida por los naturales como "Pigüem Nonraltá" o Campo del Cielo. Infame jornada, toda sol y sudor día tras día. Sospecho que no me llevó por el camino más recto, no sabré nunca si para evitar peligros o para que no pudiera reconocer el terreno si intentaba volver solo.
       »Al fin, por un sendero y precedidos por un grupo de indios que se dirigía hacia el Mesón como nosotros, entramos en la zona cuando caía la tarde, con el sol todavía alto.
       »Y reunidos allí ya había no sólo mocobíes y tobas sino guaraníes del norte del Chaco Gualambá, y otros que mi guía no conocía. Siglos más tarde escribiría Atenor Alvarez que las sendas que llegaban al Mesón eran muchas, y algunas se prolongaban hasta 50 leguas, y que una vez al año peregrinaban a esa región para rendir culto al Árbol de Fuego.
       »Era impresionante el círculo de indios. Algunos shamanes moviéndose como en una danza lenta, otros fumando o mascando la raíz seca de koro, todos en derredor de la mole de metal que asomaba de una hondonada, un costurón abierto en la tierra por la bruta fuerza del objeto al caer. Nunca había visto una cosa así. En el viaje recogimos muchas versiones, hasta que eran piedras volcánicas, ¡en esa zona! Pero yo estaba seguro: eso había caído del cielo. La zona, según después vimos, estaba sembrada de trozos de estrellas fugaces de todo tamaño, pero éste era el más extraño y uno de los más grandes.
       »Quise acercarme, pero mi guía indio me detuvo, alarmado, y algunos guerreros me pusieron muy mala cara, porque yo no estaba "puro", era blanco, y aseguraban que ofendería al "poderoso" de la piedra y traería desgracias a todos. Así que me conformé con ver de lejos el "Planchón", como también se lo llamó, recorriendo el círculo por detrás de los indios.
       »Cayó la noche, y algunos se fueron. Los demás siguieron bailando y bebiendo chicha, aloja o algo así, que sacaban de grandes cuencos con cucharones de calabaza y ofrendaban antes de tomar, hasta caer de a uno rendidos. Al amanecer el círculo se había deshecho quedando sólo algunos indios dormidos, y recién entonces me acerqué hasta tocar la mole. Era una cosa enorme, casi del alto de una persona, y de ancho y largo como para que varios hombres se tendieran sobre ella. Uno está acostumbrado a que las rocas sean enormes, pero una masa de fierro de tamaño tal, asusta. Estaba frío, y un poco húmedo por el rocío.
       »El sol comenzaba a iluminar el campo. No sé si alguien me vio. En el campamento, mi guía me esperaba con mate, charque y galleta. Comí con gana, prefiriendo el vino de mi bota al mate amargo. La indiada se había levantado y se desparramaba por el monte ralo, quizá buscando comida. Fue entonces, al calentar el sol fuerte en la mañana, que empezamos a oír como un tañer de campanas, y los indios a asombrarse, llamarse entre sí e hincarse ante el Planchón, pues de allí venía el sonido, ¡sabe Dios cómo!
       —El calor —acoté.
       Don Alberto me miró sin comprender.
       —El calor del sol. El metal estaba frío; al calentarse de un lado se debió dilatar, y lo que estaba a la sombra siguió frío. Como los chasquidos que hace un congelador al enfriarse. Si (como casi todos los meteoritos metálicos) la masa tenía burbujas, es de pensar que los ruidos a metal hueco sonaran, tal como campanas —ya se me estaba contagiando el habla de mi extraño compañero.
       Él lo pensó un momento. Mientras, miré alrededor; ya debía ser bastante tarde, pues el local se estaba vaciando. Los mozos charlaban reunidos cerca de la caja.
       —Nunca se me ocurrió algo así, no soy físico ni artificiero —me respondió—, pero suena posible. El caso es que la ceremonia volvió a empezar ahí nomás, pero ahora todos formaban círculo y bailaban. Era un gran espectáculo, pero yo no había viajado tanto solo para verlos bailar. De modo que con el indio fuimos a recorrer los pozos, a buscar "piedras del sol" o trozos del "árbol de fuego" —se detuvo, como considerando lo que había dicho—. Si te pones a pensarlo, estos indios ponen nombres muy poéticos a las cosas.
       »Casi nunca llueve en el Chaco —prosiguió—, pero debía ser un día excepcional porque en la tarde se nubló cerrado con viento fuerte. Las llamas de las hogueras se levantaban en chisperío, dando un marco fantástico al Planchón. Al cerrarse la noche el bochorno era insoportable, con viento como de boca de horno. Había olor a tormenta en el aire.
       —Y el Mesón de Fierro comezó a brillar —ahora, sus ademanes querían reforzar sus palabras—. El estupor de los indios dio paso al miedo. Hasta yo, que he visto fuegos de San Telmo en las agujas de cobre de las iglesias, también estaba impresionado. Pero mi temor, que lo tenía, era por otra causa: el fuego de San Telmo no daña, pero alguna vez me dijeron que de tal fenómeno puede desprenderse una centella, capaz de aniquilar a varios hombres en un instante.
       »Las nubes se movían furiosas, cosidas a relámpagos. Y sin dar tiempo a que nos alejáramos, un rayo golpeó sobre el fierro, quemando a los que estaban más cerca. Y algo... algo, envuelto en llamas verdosas y amarillas, estaba sobre el Mesón.
       »—"¡Añá! ¡Añá!", gritaban los guaraníes, y todos los indios huyeron despavoridos. La luminosidad verde azulada se cerraba en una esfera, con la figura adentro. Ésta se irguió y vi que era un hombre, tan asustado como nosotros y con las ropas en llamas.
       »Casi sin pensar corrí, tropezando con algunos indios que huían, salté al Mesón y penetré en la burbuja, que se hacía cada vez más nítida, con una luz de plata. Sentí fuertes tirones en todo mi cuerpo, dolor, y por un momento quedé agarrotado, agachado frente a la figura. Debió parecer que la adoraba.
       »Me recuperé, y ya de pie comencé a palmear las ropas del que ahora veía era un anciano, para apagarlas. Su largo pelo estaba chamuscado de un lado, y era difícil respirar en medio del humo.
       »—¡Gracias; gracias, amigo! —me dijo entre toses. La humareda se despejaba. Aunque el aire no se movía, el humo parecía condensarse en la pared de luz de la burbuja haciéndola opalescente. El hombre miró a su alrededor; estábamos parados sobre un círculo de fierro de unos dos metros de diámetro. Más allá sólo la luz plateada, y a través de ella, divisábamos los arbustos y más lejos a algunos de los indios que se posternaban.
       »—¡Qué desastre, que desastre! —murmuraba el anciano, levantando algunos de los extraños objetos desparramados a nuestro alrededor—. Todo está destruido, mis aparatos, las consolas... ¡todo! ¿Qué pasó? —y mirándome, me preguntó—: ¿Dónde estamos? ¿Qué lugar es éste?
       »—Estamos en Campo del Cielo, en El Chaco, y parados sobre el Mesón de Fierro —le dije.
       »—¿El Mesón de Fierro? ¿La leyenda...? ¿En qué año estamos?
       »—El año de gracia de 1598 —le respondí, mirando yo también, intrigado, el revoltijo de cosas extrañas que nos rodeaba.
       »El anciano me miró como si me hubieran crecido dos cabezas. Entre tanto, la esfera que nos encerraba había comenzado a crepitar, y luces como relámpagos se entrecruzaban en su superficie.
       »—¿De dónde vienes tú? —le pregunté.
       »—De aquí mismo, de este mismo lugar del Chaco. Pero no de tu mismo año, claro que no. Veo árboles donde debería haber paredes luminosas, veo indios, ¡y acá no quedan más! El Mesón... Si tuviera la computadora, ¡pero está destrozada! —me contestó, recogiendo del suelo un libro de cristal, quebrado y chamuscado. Mirándome directamente, preguntó—: ¿Qué pasó antes de que yo apareciera?
       »—Había tormenta, cayó un rayo sobre el fierro y apareciste en la burbuja de luz —le respondí, sorprendido yo mismo de mi calma.
       »—¡Una descarga eléctrica, sobre una masa de hierro-níquel! —exclamó. Yo lo miraba, sin comprender nada de esa jerga que se me quedó grabada en la memoria, aunque era tan absurda como los nombres de los servidores de Satán.
       »—¡Un brutal campo magnético instantáneo, y yo... yo, justo sobre el sitio, usando también un gran campo magnético de alta frecuencia! —continuó explicando—. Me desplacé, ¡me atrapó y me desplazó en el tiempo! ¡No hay, no puede haber otra explicación!
       »Parecía estar entre la locura y el éxtasis, y me agarró de los hombros con fuerza inesperada. —¡El primer viaje hacia atrás en el Tiempo! ¿Te das cuenta? ¡Viajé al pasado, a mi pasado, más de seiscientos años para atrás!
       »Atemorizado por la locura del anciano quise abandonarlo, pero la luz de la burbuja era más intensa que nunca, y me daba miedo atravesarla. Recordaba el dolor, y cómo me había quedado latiendo el corazón; pensé que si lo hacía de nuevo podía morir. Pero si me quedaba, ¿qué?
       »—¿Qué nos pasará a nosotros, aquí dentro? Falta el aire, se me erizan los cabellos, ¿quién demonios eres tú? ¿Qué eres tú? —lo increpé, tomándolo por los hombros y sacudiéndolo con fuerza.
       »—¡Basta! ¡Dejame...! Soy profesor de física cuántica —explicó, o al menos así recuerdo sus extrañas palabras—, estaba experimentando con la translación atemporal de partículas en mi laboratorio de la Universidad... pero eso, por supuesto, no te dice nada —terminó, bajando la voz.
       »—¿Eres un brujo, un hechicero haciendo encantamientos satánicos? ¿Tú también viniste al Mesón en busca de poder?
       »—No, no hay nada de satánico en esto, sólo fuerzas naturales... y no vine al Mesón, tu Mesón me trajo. Aunque sí que encontré poder. ¡Un poder que no te imaginas, y que no puedo explicarte!
       »Sonreía de manera tal que me dio miedo, miedo real. Ahora sí que arriesgaría la muerte atravesando la burbuja, antes que quedarme con él. No sería Satán, apenas un mediocre hechicero, pero desde que se dio cuenta del poder que podía obtener del Mesón su expresión se volvió diabólica. Como la de algunos frailes renegados que me enseñaron, en noches de luna llena y calderos humeantes, a rezar al revés. Quizá lo había atrapado el "poderoso" que habitaba el lugar.
       »Como ahora la envoltura de luz parecía palidecer, hice ademán de saltar, pero me retuvo de mis ropas.
       »—¡No! ¡No saltes! ¡La descarga te matará! ¡Estás cargado de estática, cuando toques tierra será como si te cayera un rayo! Además, te necesito, sos la prueba del viaje, ¡al volver seremos famosos! ¡Ricos! Más todavía, ¡seremos dueños del mundo! ¡Los únicos capaces de viajar en el Tiempo!
       »—¿Al volver...?
       Sin dejarme terminar, el anciano explicó: —La intensidad del campo se reduce. Mirá el color de la burbuja, está más verdoso y más transparente. Mirá para afuera: ese parpadeo de luz y oscuridad son los días y las noches. A medida que se acaba la fuerza que me desplazó, vuelvo a mi época. ¡Y todo en la burbuja vuelve, también vos!
       »En mi confusión, comprendí que me arrancaba de mi tiempo, que me arrastraba a un futuro quizá con gente tan loca como él. Había gente muy loca y muy malvada en mi época, pero sin tanto poder; no se aparecían en lenguas de fuego para raptarte. Y yo tenía mi vida, mis tierras y fortuna, hasta mis amores aquí. ¿Qué sería de mí en un tiempo de metal, cristales y fuerzas desconocidas? Sería un salvaje atemorizado, un paria, una curiosidad, nunca más tendría honor y fortuna.
       »—¡Tú vuelves, pero a mí no me arrastras! —le grité, dándole un empujón y saltando fuera del Planchón.
       »El dolor no fue tan fuerte esta vez. Quizá el anciano tuviera razón y la fuerza se agotaba. Estaba seguro de que sólo habían pasado unos momentos; al caer al suelo esperaba ver aún a los indios asustados, adorando el bloque de metal. Pero estaba solo, era de día, y no había rastro de mi campamento. Y el Mesón no estaba.
       »Caminé hacia donde creí que encontraría el campamento, pero me perdí, internándome en el monte desolado. Sé que pasé una noche al raso, probablemente más, pero no recuerdo. Me desperté en un rancho, acostado sobre unos cueros. Tenía picaduras por todo el cuerpo, la cabeza me zumbaba todavía por la fiebre y frente a mí estaba de pie un hombre, más bien alto, aindiado, fumando. De una viga del techo colgaba un fanal que daba una luz blanquísima. En algún momento el hombre se acercó al fanal y movió enérgicamente una varilla que entraba y salía, y la luz se hizo más fuerte. Imagina mi sorpresa, yo acostumbrado a la luz de antorchas y bujías, y que nunca había visto un farol a gas de kerosene; convencido estuve de que había caído en manos de otro brujo.
       Cantidad de bichos rodeaban el vidrio, algunos morían con un chasquido al tocar el metal caliente de la tapa. Me acercó una taza de lata con agua y dos pastillas blancas, que tragué sin preguntar, con mucha agua. Tenían un gusto ácido.
       »Cuando volví a despertarme era de mañana. Me sentía despejado y con hambre. Por algunas preguntas a ese hombre tan parco me enteré de que estaba cerca de la población de Santa Sylvina. No tenía mapas, vivía solo; era hachero del monte, baqueano cuando se lo pedían y cañero durante la zafra en Tucumán. Me quedé un día más, hasta que pude caminar bien. Me acompañó hasta el ferrocarril, indicándome que "me colara" en un tren de carga. Cuando nos despedimos, le di mi anillo de plata y mi agradecimiento, que recibió en silencio, con un gesto sencillo de "no importa" o "cualquiera lo hubiera hecho".
       »Te imaginas que no me esperaba que sobre esos rieles de acero brillante se me viniera encima semejante monstruo, todo hierro, ruido y vapor. No sólo no subí, sino que me escondí a la vera del terraplén, y cuando hubo pasado me puse a caminar siguiendo las vías y mirando sobre el hombro por si venía otro monstruo. En el primer poblado al que llegué, casi arrastrándome, me metieron en el hospital, se llamó a la Autoridad, y terminé en un asilo en Resistencia. Porque se dudaba de mi cordura, ¡claro!, con las historias que contaba, quién decía que era y los sustos que me llevaba con las cosas que para todos eran de lo más comunes.
       »Estar en el hospicio me hizo bien; pude hacerme a la idea de que el maldito viajero de la burbuja me había llevado con él hacia su tiempo, mi futuro, y que estaba en el año de gracia de 1962, ¡a cuatrocientos treinta años de mi época! Y tuve tiempo (¡qué ironía!) de aprender lo más importante: que no había manera de volver. Él lo dijo: "El primer viaje atrás en el Tiempo". Desde entonces, estoy vagando, desarraigado. Siendo hijodalgo, no tenía hábitos de trabajo manual, y de cualquier manera no sabía ni sé cómo se hacen las cosas en este tiempo. Me tomaron como sereno o casero en algunos sitios, pero nada de esto duraba. Y a algunos he entretenido con historias de mis épocas, de amores y de duelos entre hidalgos, por un vaso de vino y algo de comida, hasta que los umbrales se me hicieron cama y el vagar mi forma de vida.
       Entonces se inclinó hacia mí. Su expresión se hizo más viva, su mirada buscó la mía.
       —Pero a nadie, y digo nadie, le he relatado esta historia completa como a ti. Si no hubieras cantado aquello que ya era viejo en mis días, y me inspirara confianza en ti, nunca hubiera salido esto de mis labios.
       Se echó hacia atrás, entrecerrando algo los ojos: —Ahora, créeme, o créeme loco, como prefieras. Pero me has hecho un gran bien al escucharme, ¡y otro no menor al convidarme esta cena! —terminó, riendo.
       Salimos, nos despedimos, y se perdió en la noche cálida rumbo a alguno de sus refugios. Lo miré irse, con su vida desarraigada y su maravilla a cuestas, pensando por un momento si no podía hacer algo más por él.
       Dudé. Podía ser peligroso comprometerme más.
       Volví caminando a mi departamento, disfrutando del aroma de los tilos que llegaba de la Avenida 7. Una sensación de bienestar me estaba invadiendo, que rápidamente se convertía en una euforia que me costaba contener. Cuando cerré con llave la puerta del departamento, casi me pongo a saltar. ¡Lo tenía, lo tenía!
       Abrí las ventanas a la madrugada platense. Me acodé en el alféizar, fumando el último cigarrillo sobre la calle 55 bañada por la Luna. ¡Sí, por fin! Tenía el elemento clave que había eludido por tanto tiempo a tantos otros investigadores: el informe de primera mano, nada menos que del acompañante en el Primer Cronoclasma o Accidente del Mesón de Fierro, como lo conocíamos en la Administración.
       Falta aún bastante trabajo de investigación de campo, corroborar la documentación de las expediciones anteriores, conseguir la información del análisis metalúrgico de la expedición de Rubín de Celis y Antonio Cerviño... Pero eso, eso son sólo unos meses más de laburo y paciencia, datos para completar la tesis. Y con un material tan contundente, un buen armado de hipertexto y las virtualizaciones de la holograbación, seguro que será aprobada.
       Doctor en Cronodinámica. Hace siete años que acaricio este sueño, desde que supe que no había datos firmes del primer —y accidental— viaje al pasado, debido en parte a la desaparición del meteorito después de 1803. Además, dejaba asentado un Hito cronológico: el cronomapa para el período 1550/1600 tendrá desde ahora —y gracias a mí— un punto de referencia confiable y fechado con precisión. Suficiente para figurar en los Registros, y hasta para una mención de la Academia.
       Apagué el pucho en el cenicero y me preparé para acostarme. Quité cuidadosamente el cristal de la grabadora y lo guardé en un envase cronotor blindado. Aún si algo me ocurriera, el informe llegaría por sí solo al CronoLab en la Administración.
       Si algo me ocurriera... ¡qué terrible, quedar a la deriva en el tiempo, como este pobre español! No, definitivamente no podía hacer nada por él, estaba entramado en un suceso clave. Si intentara devolverlo a su época sería para ponerlo a merced de la Inquisición y crear toda una red de paradojas.
       Y, además, —pensé mientras me desvestía— yo no estaba seguro de que su pasado fuera el de esta alternativa. Podía ocurrir que a la vez lo hubiera entrevistado y no lo hubiera entrevistado. Mi presente se enredaría en un catacronismo peor que el que le ocurrió al Profesor Natale, el Primer Viajero que apareció en una burbuja estática sobre 37 toneladas de hierro-níquel en medio de su laboratorio destrozado, para desaparecer unos segundos después. El meteorito volvió a 1598, a él no se lo encontró nunca. Llevó años entender lo que le había ocurrido, reproducir el accidente en forma controlada, domar ese canal esquivo entre las transiciones de fases temporales y poder viajar sin el apoyo de grandes masas de aleación magnética. Y aún se especula con que en realidad no volvió a nuestro presente, que su viaje incontrolado provocó una alternativa discrónica, ¡y el diablo sabe dónde —y cuándo— estará!
       Me parece que algo así debió ocurrirle al buen Don Alberto, Marqués de San Antonio de Areco; una discronía es lo único que puede explicar esos detalles tan incongruentes de su pasado virreinal.
       Estoy exhausto. Mañana voy a revisar el informe y empezaré a preparar la vuelta a mi año 2475. Tendré que hacerlo sin despertar sospechas ni dejar cabos sueltos, sin crear una paradoja que bloquee el acceso a La Plata, Argentina, entre 1994 y 1999.
       Ya medio amodorrado, se me ocurrió que la mejor manera de hacer mutis sería dejar el país, por ejemplo mudarme al Uruguay. Podría aprovechar para visitar, además, el punto de partida de la expedición de Rubín de Celis al Mesón de Fierro, en el Montevideo de 1782.
       Bostezando, me di vuelta hacia la pared.
       Lo decidiré más adelante. Tiempo, es lo que me sobra.
        

Guillermo Rothsche.
Montevideo, Agosto de 2002.
Originado en La Plata, circa 1995
Completado en Montevideo, 18 de Agosto de 2002




Guillermo Rothsche

Gulliermo nació en La Plata el 20 de Diciembre de 1948. Desde chico le fascinaron los aparatos, en particular la electrónica. El Radio Instituto le dio el título de Radiotécnico a los 12 años. Fue Customer Engineer en IBM La Plata, también en Burroughs. Estudió programación (Assembler, Cobol y Fortran, como se estilaba), trabajó en electrónica general, controles industriales, electromedicina; largo la valija técnica y estuvo ocho años como Analista de Sistemas (System Programmer) en la Dirección de Vialidad de Buenos Aires. Cursó dos años de Ingeniería en Sistemas de Información en la UTN. En el '95 tomó un retiro voluntario y decidió, junto a su esposa Lilián que es uruguaya, irse a vivir a Montevideo. Se casaron allí. Viven en Pocitos Nuevo (que en otro tiempo —hace casi un siglo— fuera conocido como el barrio "La Mondiola"); desde la cocina ve el reflejo de las nubes en los cristales de las Torres Gemelas del Montevideo World Trade Center; de noche les iluminan el patio.
Le gusta leer desde siempre, producto de una casa donde se leía mucho. La mudanza a Montevideo fue en buena parte de libros: Kafka, Hesse, Mujica Láinez, Borges, Huxley, la brasileña C. Lispector, Martha Mercader, la LeGuin, Poul Anderson, Clarke, Shakespeare, J. Conrad, Pablo Capanna (y muchos otros) se fueron con ellos.
Hasta ahora Guillermo, como nos explica y en sus propias palabras, sólo había escrito prosa en lenguas no-vivas: COBOL, Pascal y Clipper; pero resultaban pesadas hasta para las computadoras, que las procesaron con estoicidad cibernética. Tampoco les hizo caso a sus opiniones, aunque más de un compilador fue muy duro en su crítica. "Quemar al Demonio" (aparecido en El Cuento Elegido de Axxón) —el primer cuento que publicó jamás— fue producto directo de la existencia de Axxón, a decir de Guillermo. También opina, literalmente: "El tema de las ucronías, discronías y la visión de la tecnología como magia —según la frase de Clarke, de que una tecnología ultraavanzada sólo puede ser vista como magia por quien la enfrenta sin comprenderla— me interesa particularmente, así como la historia de la tecnología. Las soluciones tecnológicas del medioevo, de los romanos, de los pioneros de las radiocomunicaciones, no sólo son sorprendentes sino hasta conmovedoras cuando uno ve con qué elementos —a veces chatarra recuperada— se sentaron principios fundamentales. El acervo de conocimientos empíricos de los artificieros y arquitectos es impresionante. En el fondo, el tema es el genio humano... y cómo nos afecta, para bien o para mal. Y como lo afectamos, nosotros sociedad, en la indiferencia, el rechazo o el reconocimiento."



Axxón 119 - octubre de 2002


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