Página Axxón Axxón 119

ˇMamá! ˇEl lobo me mueve la cola!

¿De dónde salió el Boby?
por Marcelo Dos Santos (especial para Axxón)
http://www.marcelodossantos.com.ar

Mientras escribo este artículo, Lórien, mi perra mestiza de siberiano, me observa atentamente. Cuando yo dirijo la mirada hacia ella, mueve la cola con lentitud y vuelve a su postura relajada y apática. Sabe que aún no es la hora de pasear, ni de comer, así que ahorra sus energías.
      El padre de Lórien, Tommy, un hermoso Siberian Hushky de manto gris acero y ojos zarcos, es hijo de un Gran Campeón Mejor de Raza del AKC, la más importante entidad cinofílica norteamericana. La mamá de mi perra, Ágatha, es una perrita callejera, pequeña, ladradora y simpática, en la cual se adivinan cientos de generaciones de perros inidentificables, aunque algo en su apariencia y su apostura hace adivinar algún antepasado terrier.
      Padre siberiano puro y madre callejera con remota estirpe terrier... Entonces, ¿qué clase de animal es mi Lórien?
      Las inescrupulosas veterinarias californianas intentarían (y lograrían) venderle a sus clientes un perro como Lórien poniéndole un letrero que dijera ˇOferta! Cruza de Siberiano: 400 dólares. Nosotros, que no somos tan bobos, sabemos que no vale nada (excepto en el sentido afectivo), no digamos ya un perro mestizo siberiano-callejero, sino ni siquiera un siberiano puro hijo de dos Grandes Campeones Internacionales, si no tiene papeles. Y con papeles, ningún perro fino vale 400 dólares, sino 2000.
      Pero no hemos respondido a nuestra importante pregunta: ¿qué clase de animal es la buena de Lórien?
      Pues bien, Lórien es... un lobo.
      Un lobo, un lobo gris, el lobo europeo. Canis Lupus. No Canis latrans, el "perro ladrón", el coyote, tan menospreciado por los conquistadores españoles del Oeste norteamericano. No. Lórien es un lobo gris. Aunque sea roja como un Setter Irlandés. Aunque sea de tono blanco purísimo, como un Pastor Húngaro. Aunque sea gigantesca como un San Bernardo, o mínima como un Chihuahueño, o alta y flaca como un Borzoi, o petiza y corpulenta como un Bulldog. Aunque sea, como es su caso, hija de un precioso siberiano gris acero, nieta de un Hushky Mejor de Raza, e hija de una cuzquita de taller mecánico. Los perros no son perros, son lobos. Lórien es una pequeña loba gris (sacó el manto de su padre, pero eso no es lo que la define), una pequeña loba gris que me mira con languidez y me mueve la cola mientras escribo esto. Un lobo. Hoy lo sabemos.

Los dueños de perros domésticos lo supimos siempre, pero los científicos, como suele ocurrir, no.
      Durante cientos de años utilizaron para denominar a los perros el nombre científico de una especie inventada, una que no existe ni jamás existió: Canis familiaris. Por suerte, en 1993, los exámenes de ADN mitocondrial demostraronno sugirieron, no indicaron—, demostraron que la genética del perro no es parecida, ni similar, sino idéntica a la del lobo gris. En otras palabras: lo que nosotros llamamos "perro" es la variedad doméstica del organismo denominado Canis Lupus, que, por razones de claridad, hoy se conoce como Canis Lupus subespecie familiaris. Claro que, si yo afirmo que el perro es un lobo doméstico, alguien, con igual autoridad, podría asegurar que el lobo es un perro salvaje, ¿Sería esto cierto? ¿Qué fue primero? ¿El huevo o la gallina?
      


Un lobo gris

Lo de los huevos y las gallinas es fácil: el huevo, es evidente, estuvo antes que la gallina, ya que antes que las aves estuvieron los huevos de los reptiles, y antes que ellos los de los anfibios. Antes estaban los de los peces, los de los arácnidos e insectos, gusanos planos y lombrices. El huevo es, por lo tanto, cientos de millones de años anterior a la gallina.
      Con Lórien y el Gran Lobo Malo el asunto no es tan fácil, pero puede resolverse, sin embargo. Para ello, como siempre, recurriremos a la arqueología y a la paleontología.
      Los fósiles de perros más antiguos (muchas veces asociados a restos humanos, cómo no) corresponden al pleistoceno superior. Resulta curioso que la primera época en que el Hombre puede ser llamado así con propiedad es también aquella en que el perro aparece junto a él. Los fósiles de lobos salvajes aparecen en estratos muy anteriores. Por lo tanto, se puede demostrar que el lobo, como el huevo, fue antes que el perro. Es un hecho indiscutible. El perro es hijo del lobo, y no a la inversa.
      Sin embargo, a todo al que se le plantea esta cuestión le surge una pregunta mucho más interesante. ¿Cómo fue que el lobo se domesticó? ¿Cuál fue el proceso de domesticación del lobo por el hombre primitivo? ¿De dónde demonios, por Dios, salió el Boby?

Sin ruido ni trompetas, en septiembre de 1993 la Comisión Internacional de Nomenclatura Zoológica reconoció (ante el disgusto de muchos) que el lobo y el perro pertenecían a la misma especie. Puede no gustarles, pero así es. A mí me gusta.
      Para aquellos que dudan, los cuatro científicos japoneses que demostraron definitivamente la identidad de especie entre el lobo y el perro encontraron que la tasa de variación del ADN mitocondrial entre 24 distintas razas de perro doméstico es de entre el 0 y el 3,19%, mientras que la diferencia entre las tres subespecies del lobo gris es de entre el 0 y el 2,88%. Bajísimas ambas. La conclusión es que todos los perros son de la misma especie, y las tres subespecies del lobo pertenecen, también a una misma especie. Pero las diferencias entre perros y lobos está en el mismo rango que las de los perros entre sí y los lobos entre sí: va del 0,3 al 3,35%. En otras palabras, las diferencias entre el ADN del perro y del lobo no son mayores que las de los perros entre sí o las de las subespecies del lobo entre ellas.
      Para mayor refuerzo de esta verdad científica, una serie de bases nitrogenadas del ADN del lobo (TACACGTA/CGC) está presente en el perro y en ninguna otra especie. No hay secuencias especiales solamente del lobo ni específicas únicamente para el perro: todas las que están en uno, están en el otro.


Otro lobo gris

      El genetista molecular Robert K. Wayne nos dice: "Los perros deben haber derivado de diferentes poblaciones ancestrales de lobos grises; el análisis de ADN mitocondrial entre 26 poblaciones de lobos grises y siete razas de perros domésticos ha mostrado que los genotipos del perro y del lobo son idénticos o difieren en tan sólo uno o dos sitios (lo que los genetistas llaman loci) en más o en menos. El perro doméstico es un pariente extremadamente cercano del lobo gris, del que difiere, como máximo, en un 0,2 % de su secuencia de ADNmit. En comparación, el lobo gris difiere de su más cercano pariente, el coyote, por más del 4%". ¿Quedó claro, enemigos del lobo gris en nuestro hogar? 0,2% entre perro y lobo; más del 4% entre lobo y su pariente más cercano, el coyote.
      Los doctores Tsuda, Kanabe, Kikkawa y Yonekawa demostraron, también, que los perros llevados al Japón hace 10 ó 12 mil años, los importados de Corea hace entre 1.700 a 2.300 años y el lobo chino (Canis lupus chanco) tampoco tienen diferencias apreciables en su ADN. "Descubrimos que las secuencias que se repiten son especie-específicas", manifiestan los biólogos orientales. La única explicación es que Canis lupus, Canis lupus pallipes, Canis lupus chanco y nuestras 400 y pico de razas de perro doméstico pertenecen a una misma especie.
      Me gusta. Me gusta mucho.

Y me gusta porque el comportamiento social del Hombre es mucho, pero que mucho más parecido al de los lobos que al de los grandes primates como el chimpancé, el orangután o el gorila. Si un antropólogo extraterrestre, sin vernos, nos analizara a partir de nuestro comportamiento, nos adscribiría inevitablemente al grupo de los Cánidos antes que al de los monos antropoides. Comemos carne como los Cánidos, vivimos en manadas más o menos relacionadas familiarmente, tendemos a cazar en grupos, defendemos nuestro territorio contra intrusos de nuestra misma especie, y obedecemos sumisamente a nuestros ejemplares alfa, machos dominantes que tienen poder de vida y muerte sobre el resto de la comunidad. No en vano el bardo latino sentenció: Homo hominis lupus: el Hombre es el Lobo del Hombre. Claro que él lo decía por otra cosa...

Hace entre 12 y 14 mil años que el hombre tiene un lobo durmiendo a los pies de su mecedora. El Boby, bah.
      Pero el lobo no nació de un repollo. Sabemos que los cánidos están relacionados con los osos, y que se separaron de ellos hace 25 ó 30 millones de años. Aquel "eslabón perdido" oso-lobo se llamó Cynodesmus y, algunos millones de años más tarde, dio como resultado a un tal Tomarctus que, andando los millones de años, se convirtió en el ancestro común del lobo (el perro), el zorro, el coyote y todos los demás caninos.
      


Un lobo gris más

Así llegó el lobo. Hace seis millones de años, también nosotros llegamos a la Tierra. De esos seis millones, durante 5.988.000 de años el lobo fue una presencia temida y ominosa en la oscuridad del bosque. De pronto, en los últimos 12.000 años, el lobo duerme a nuestros pies (y ahora no me mueve la cola porque mi hijo le está dando galletitas con manteca).
      ¿Cómo fue posible tal, extrañísimo fenómeno? ¿Cómo llegó el feroz predador, el estratega cazador en manadas, el matador de renos cuarenta veces más grandes que él, al collar unido al extremo de mi correa?
      La evidencia fósil encontrada en Medio Oriente, en Idaho, en la América precolombina, en Europa y China, pregona a los cuatro vientos que hace 12 mil años el Gran Lobo Malo ya era el Boby (o Lórien), y acompañaba al Hombre a todas partes: a la guerra, a la caza, al trabajo agrícola, al rescate... al costado de la chimenea en invierno.

Algunos antropólogos postulan que el hombre primitivo, como es lógico, arrojaba los desperdicios de sus comidas en la periferia del poblado paleolítico. Nada más simple y eficiente para el macho alfa de la manada de lobos vecina, que mudarse a las cercanías de la aldea para alimentarse, fácilmente y sin esfuerzo, de los residuos humanos. El sistema se ha mantenido hasta el día de hoy. De allí a que algún hombre del clan encontrara algunos lobeznos huérfanos y los llevara a vivir con la gente, hubo sólo un paso. Y aquí está el Boby.
      El Hombre descubrió que el olfato del Boby era una inapreciable herramienta para la caza, que sus ladridos eran un sistema de alerta inmejorable, que su coraje le permitiría ofrecer su vida para defender la del amo... Que el Boby estaba destinado a ser su "mejor amigo". A tal punto que, recientemente, un filósofo inglés otorgó al perro el título académico de "Ser Humano Honorario" (claro que cabe preguntarse si tal galardón es un premio o un insulto para los pobres pichichos...).
      Y el proceso de domesticación, incluso, fue consensuado entre las dos especies, Homo sapiens y Canis Lupus, caso único en la historia humana.


Una especie que forma manadas como el lobo

En efecto, ninguna especie —podemos nombrar al caballo, al elefante, el reno, la llama, la cabra o la oveja— se sometió al dominio humano con la sola contraprestación de la comida: todo ellos —por no hablar del esfuerzo necesario para transformar al jabalí en lechón al horno— tuvieron que ser aprisionados, golpeados cruelmente, domados por la fuerza, sometidos por la superior voluntad del Hombre, hasta que dejaron de resistirse o murieron.
      El perro no. Con superior inteligencia, comprendió en pocas centurias que el plato de sobras de comida y el rinconcito junto a la hoguera bien valía entregarnos lealtad eterna, obediencia ciega, poner en nuestras manos el control de su reproducción y su vida entera. Atrás quedaban los largos y duros inviernos canadienses persiguiendo al alce, la competencia tenaz contra el coyote, el oso pardo y el salvaje lince, la lucha contra manadas rivales y el hambre permanente, royendo sus entrañas como un cáncer...
      Pero se impone aquí una pregunta recurrente, algo similar a la del huevo y la gallina, y la misma es: ¿podemos estar seguros de que el hombre domesticó al perro? ¿No puede haber sido al revés?

Con muy buenos fundamentos, la criadora de cruzas perro-lobo Sapir Weiss nos dice: "Firmemente creo que el lobo domesticó al hombre. Sin el lobo, no habríamos llegado tan lejos. Nos habría tomado varios miles de años más convertirnos en lo que somos".
      El lobo fue nuestra herramienta. El lobo protegió a los niños humanos, el lobo ayudó al hombre a viajar. El lobo ayudó al hombre a encontrar comida, y cuando no lo logró, fue utilizado él mismo como comida, permitiendo la supervivencia del hombre. El hombre lo llevó a dormir con él cuando descubrió que la protección y vigilancia alerta del lobo le permitía dormir sin temores por primera vez en millones de años.


Una especie que forma clanes familiares como el hombre

"El lobo fue el primer animal al cual no fue necesario atar ni encerrar para domesticarlo, ya que se quedó allí por su propia voluntad. Los humanos, entonces, comprendimos que podíamos utilizar los talentos del lobo para nuestros propios fines: el lobo era mejor cazador, mejor guardián, mejor rescatista que nosotros. Los humanos reconocimos que el lobo era la mejor niñera para nuestros bebés, y allí comenzó nuestra verdadera domesticación por parte del lobo. Y descubrimos que éramos iguales: las manadas de lobos tienen un líder, con todos los demás individuos subordinados a él; los lobos viajan en grupos: al igual que los hombres ellos necesitaban compañía. Como los hombres, los lobos tenían las mismas necesidades de supervivencia", afirma Weiss.
      Y la comida fue el nexo entre las dos especies —y lo sigue siendo—. El hombre compartió su comida con el lobo, y el lobo trabajó para el hombre, le entregó su vida, y se convirtió en el Boby.

Con algunos estudiosos, yo opino que, efectivamente, el hombre fue domesticado por el lobo. El animal aprovechó las semejanzas de su estructura social y la nuestra, y no creo que el hombre primitivo haya arrojado la comida en el límite del campamento para atraer al lobo a sus cercanías. Antes bien, creo que nuestros perros son el resultado de la incapacidad del ser humano para echar a los lobos del perímetro de sus aldeas. No hizo falta que el hombre capturara una camada de lobeznos sin madre y los trajera al poblado: una madre hambrienta, simplemente, dejó sus cachorros en la plaza central para que el parecido entre las proporciones faciales de los cachorros y los bebés humanos excitara el instinto paternal de los hombres. El Boby ya estaba entre nosotros.
      Y mi afirmación no es ociosa. Se puede demostrar que el lobo (el perro) ha evolucionado en estos 12 mil años de convivencia. Las leyes darwinianas de la selección natural han determinado que sólo los más aptos sobrevivan. Y ¿cuál es el lobito más apto? Si está entre seres humanos, primero y principal, el que es más bello, lo cual significa, desde el punto de vista humano, el que se parece más a un bebé. Por eso, los perros domésticos han desarrollado ojos menos oblicuos que los lobos, labios que ocultan mejor los caninos y miradas dulces ("casi humanas") que se dirigen directo a los ojos del observador.
      Es lógico. El hombre criaba con preferencia a los lobeznos que más le recordaban a sus propios hijos, y ellos tenían mayores facilidades para sobrevivir que sus hermanos. A los más "lobunos" los liquidaron Darwin y los ideales estéticos antropomorfos del Hombre.
      "El Hombre crió al lobo para trabajar", dicen los enemigos de la proyección antropocéntrica y estética. "Ahí están los perros esquimales: los crearon para tirar de los trineos", aseguran, tan campantes.
      Mentira. Entre los restos de campamentos esquimales primitivos, encontramos las osamentas de los hombres junto con los de sus perros nórdicos, que hoy llamamos Hushkies, Samoyedos, Esquimales y Malamutes. Pero ningún resto de trineo, ni de patines, ni de correas, ni de tiros de cuero en forma de espiga.
      Los trineos son un invento moderno. Los esquimales, como cualquier hijo de vecino, domesticaron al lobo como mascota, y, claro, por su belleza. Seguramente preferían los de mirada más humana. Como nosotros.
      Luego comenzó la diversificación. El hombre crió lobos pastores, lobos cazadores, lobos corredores, lobos rescatistas. Crió, respectivamente, Viejos Pastores Ingleses, Pointers, Galgos y Terranovas. Crió lobos inteligentísimos, de claridad de ideas semejantes al del más inteligente caballo, como el Border Collie, y lobos sumamente idiotas como el Lebrel Afgano. Crió lobos para bucear en ratoneras y lobos para cazar mapaches. Produjo lobos grandes, medianos, chicos, vivos, lelos, de orejas erguidas o pendientes, blancos, negros o tobianos, con mayor o menor predisposición al cáncer, la leucemia, la displasia de cadera o la atrofia retinal progresiva, con mayor o menor resistencia a la gripe, la rabia o el coronavirus; creó lobos de todos los tamaños, aspectos y tareas a cumplir y a las que dedicar su vida.
      El hombre creó al lobo que no pudo echar de sus campamentos, prefiriendo tolerarlo y manipularlo por cruzamiento y control reproductivo a fin de explotar sus potencialidades y sus impresionantes talentos, antes que emprender una guerra de exterminio contra el vecino peludo. El lobo, a su vez, creó un hombre dócil, dispuesto a atenderlo, alimentarlo, a convivir con él, a criar y proteger a sus lobeznos, un hombre generoso y propenso a compartir su alimento con él. El arreglo parece haber salido bien. El primer animal que domesticamos sigue viviendo junto a nosotros.
      Al fin y al cabo, ¿qué mal había en vivir cerca de este cánido que, además de todo, colaboraba con la salubridad pública devorando los restos de comida? Y encima era simpático. Si alguien le pegaba al cazador paleolítico, el lobo lo mordía. Si una oveja se escapaba del corral, el lobo la traía de vuelta sin almorzársela por el camino. Si alguien intentaba un secuestro express contra los niños del agricultor antiguo, el lobo daba su vida por protegerlo. Al fin y al cabo, nos servimos mutuamente. Al fin y al cabo, parece ser que nos hemos domesticado mutuamente.
      Mientras termino este artículo, mi propia loba ha terminado su merienda y ya se para frente a la puerta del patio. Con un breve y nervioso ladrido me llama para que le abra y la deje salir.
      Su mirada inteligente y sabia parece decirme que doce mil años no ha sido demasiado tiempo para entrenar a una especie tan difícil y rebelde como nosotros.

Axxón 119, octubre de 2002

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