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Capítulo I
La enorme nave se desplazaba a gran velocidad, generando apenas un leve zumbido. En su interior, tener conciencia del viaje era una cuestión de mirar por los ventanales, lo único que desmentía la aparente quietud del vehículo.
En uno de los asientos de pasajeros, una mujer de unos cincuenta años tenía la mirada perdida en su propio interior. Nada parecía perturbarla. En un asiento próximo, dos niñas de alrededor de doce años conversaban animadamente sobre trivialidades propias de su edad.
De pronto, una leve sensación activó la atención no sólo de la mujer y de las niñas, sino de los restantes pasajeros. Era evidente que la nave disminuía su velocidad... se estaba deteniendo. Todos miraron en derredor en busca de una respuesta, que no tardó en materializarse por medio del holograma del piloto.
Se informa a los pasajeros que, por una emergencia, el Control Mundial de Tráfico Aéreo ha determinado un alto de seis minutos con veinte segundos en esta posición. Luego continuaremos con el vuelo normal.
El holograma se esfumó y los pasajeros hicieron gestos de contrariedad y de resignación. No así la mujer, quien quedó pensativa, tensa, con una actitud de sospecha. Las niñas, entre tanto, comentaban con fastidio.
¡Seis minutos! ¡Los chicos se irán sin nosotras!
Si están esperándonos en la base, sabrán lo que ha pasado. Tal vez nos hablen.
Espero que sí. ¿Por qué tanto tiempo?
Alguien importante habrá salido a pasear. Ya sabes... si no hicieran ese control, con esta velocidad...
Sí, claro. Pero por lo que sé, con menos de dos minutos se puede programar una emergencia.
Será algo más complicado.
La mujer pareció salir de su tensión. Apoyó la palma de la mano en un scanner. Frente a ella se materializó otro holograma, esta vez de una mujer joven vestida de túnica.
¿En qué puedo servirla, señora Hyakawa?
Necesito la nueva hora de arribo a Villa Silvia. Hora local.
Catorce horas, diez minutos, treinta y dos segundos. ¿Algo más, señora Hyakawa?
Nada más. Retiró la mano del scanner.
Para servirla, señora Hyakawa dijo la imagen al esfumarse.
La señora Hyakawa no se molestó en ser cortés. Sabía que estaba hablando con una máquina; que la imagen que acababa de ver ni siquiera pertenecía a un ser humano real, sino que había sido armada en función de un propósito psicológico: otorgar confiabilidad al receptor.
Ahora se imponía otra tarea. Esta vez pulsó un botón y, a sus pies, se abrió una compuerta. De allí salió un brazo que colocó frente a ella un teclado con pantalla de cristal. Eso llamó la atención de las niñas quienes dejaron su conversación para mirarla con asombro.
La señora Hyakawa comenzó a teclear una dirección "chat", lo que asombró más a las niñas.
¡Sabe leer y escribir! exclamó una.
¡Claro, si es vieja! acotó la otra.
La señora Hyakawa les lanzó una breve mirada, severa, que las inhibió. Luego volvió a concentrarse en su comunicación, ya a sabiendas de que esas niñas, las únicas que podían ver su pantalla, nada entenderían. Para ellas, las letras serían signos incomprensibles.
Mensaje a Carlos Allende. Aquí Verónica Hyakawa.
Aquí Carlos Allende. ¿Qué sucede, Verónica?
Ella tecleó la respuesta.
Demora involuntaria. Hora de arribo, las dos y diez hora local.
La respuesta no demoró.
Comprendido. Venga a mi casa. La recibirá mi esposa.
Allí estaré. Hasta entonces.
Nuevamente el botón, teclado y pantalla desaparecieron bajo el piso. Verónica Hyakawa volvió a concentrarse en sus pensamientos.
Hasta el día anterior, Carlos Allende había sido un perfecto desconocido para ella. No obstante, había recibido en su correo un mensaje que todavía recordaba con claridad.
Señora Verónica Hyakawa:
He conseguido los objetos de Egdeworth, Queensland y Grover. Me faltan los de Ellishill, Vermont y Montfort.
Espero completarlos cuando usted venga a visitarme y así satisfacer su inquietud Inicial.
Carlos Allende
Y daba sus datos completos en su firma. Así, como si se hubieran conocido de toda la vida. Al principio le chocó ese tono de confianza, luego la disparidad de datos... ella hacía años que residía en Osaka y, pese a lo económico de los viajes, no era amiga de moverse de su casa.
¿Qué recuerdos podía tener ella de localidades que jamás había visitado?
Pero algo hizo que lo tomase muy en serio. Este hombre escribía desde Villa Silvia, antiguo territorio de Argentina, en Sudamérica. Y ella había nacido allí, había vivido hasta su adolescencia en el entonces pequeño pueblo rural.
Una consulta al Banco Mundial de Datos le hizo saber que Carlos Allende realmente existía; nacido el 2 de Diciembre de 2023 (en la actualidad tenía veinticinco años) en Cabo Polonio, casado, sin hijos; residía en Villa Silvia desde hacía cinco años. Era enfermero profesional y trabajaba en el Centro Terminal.
El Centro Terminal era un hospital de alta complejidad, destinado a la investigación. Allí recalaba todo caso incurable o desconocido que aparecía en el mundo. Tenía hasta su propia flota de naves, que estaban equipadas para atender cualquier emergencia sanitaria. En minutos podían estar en el otro extremo del mundo, ya que cualquier solicitud era atendida con prioridad, como tal vez aquella que la mantenía por seis minutos suspendida sobre algún lugar del Atlántico.
Otros datos sobre Allende le habían llamado la atención. Había pedido unas vacaciones anticipadas, se las habían concedido, y había visitado todas las localidades mencionadas en su mensaje... y en ese orden, con un desprecio total por las distancias, las idas y las vueltas. Nada extraño en una época de viajes casi gratuitos. Pero apenas había estado un día en cada localidad y había realizado compras intranscendentes. Luego había regresado a Villa Silvia y al día siguiente había emitido su extraño mensaje.
Verónica estaba perpleja. Especulaba que este hombre quería decirle algo, pero no entendía qué...
Hasta que se percató de que la palabra "Inicial" en el mensaje estaba con mayúscula. Entonces había que considerar las iniciales. "E", "Q" y "G" por un lado, y "E", "V" y "M" por el otro.
Eran las iniciales de Enrique Quilino García, héroe mundial y su amor de la adolescencia, y de Estefanía Verónica Monte (Ellishill, Vermont, Montfort), su verdadero nombre completo. Desde que se había casado con Shiburo Hyakawa usaba su segundo nombre y su apellido de casada.
Ahora ya no tenía dudas. Este hombre quería decirle algo. Algo que no podía decirle por los medios habituales de comunicación y que debía decírselo en Villa Silvia, no en Osaka.
Ella tomó la determinación de viajar, aunque eso significara encontrarse con recuerdos que no quería afrontar, que por más de un motivo estaban demasiado vivos. Le mandó un mensaje anunciándole su visita, como si lo conociera de toda la vida.
La nave auxiliar sólo demoró el tiempo necesario para que ella descendiese en la plataforma con su pequeño bulto. De inmediato salió disparada hacia la enorme nave suspendida sobre su cabeza. Segundos y esa misma nave era una perla en el horizonte.
Entonces la señora Hyakawa se volvió hacia lo que había sido su pueblo, treinta y ocho años atrás. Y Estefanía Verónica Monte, desde su interior, le empujó las lágrimas hasta nublarle la vista.
La plataforma estaba ubicada en el cerro más alto de la localidad y desde allí se tenía un panorama completo. Cerca se conservaba el viejo pueblo, convertido en museo.
Un poco más allá, el nuevo pueblo, con el moderno criterio de construcción, rodeaba la mole del Centro Terminal.
¿Por qué habían elegido su pueblo para instalar semejante complejo? Era algo que ignoraba. El pueblo de su infancia, pueblo de agricultores, ya no existía. Ahora dos cosas daban vida al lugar: el Centro Terminal y el Museo.
Se dirigió a una cabina de comunicaciones. Tras marcar su pedido, apareció el holograma de una joven negra. La reconoció por los retratos del Banco Mundial de Datos: era Tieta, la esposa de Carlos Allende.
Hola Tieta, soy Verónica...
La Joven sonrió con una blancura de dientes que ni el holograma podía apagar.
¡Bienvenida, Verónica; la estoy esperando!
Tuve una demora, tu esposo te habrá contado.
Claro... el tono de Tieta se volvió ligeramente grave. Ahora hay que esperar a la noche, que termine su turno, para que pueda verlo. ¡Pero puede venir a casa!
Visitaré el museo antes.
Le recomiendo los pastelitos de la panadería. Venga cuando quiera.
Así será.
Cortó la comunicación y fue hacia otro rincón donde había un vehículo automático. Apoyó la palma de su mano en otro scanner. La puerta del vehículo se abrió.
Suba, señora Hyakawa dijo una voz sintética.
Estefanía se acomodó en el asiento.
Al museo fue la simple orden. Por dentro le molestaba que gracias al Banco Mundial de Datos supieran quién era en todas partes. Quienes acostumbraban a viajar mucho no se molestaban por eso; al contrario, el ser llamados por su nombre los imbuía de cierta importancia. Pero ella, salvo su salida ese día que quería olvidar y su viaje a Osaka con su marido, no había vuelto a viajar.
Nuevamente las lágrimas le nublaron la vista. Había hecho un alto en la entrada, donde había debido abandonar la cómoda túnica y ponerse ropa del año 2010. Ropa de mujer grande, como ella. En el 2010 ella tenía doce años...
Al entrar al museo le habían hecho la pregunta: ¿Cómo quiere ser tratada? ¿Como un pariente, como desconocida o como un ser invisible? Ella había tomado la segunda opción, dado que se consideraba una extraña después de más de treinta años de ausencia. De esa forma, ningún androide la "reconocería". De haber elegido lo contrario, le habrían asignado un parentesco con algún "habitante" y éste la habría recibido en "su hogar".
Y luego llegar por un túnel hasta un ascensor, que desembocaba bajo el piso de un ómnibus de la época. El ómnibus estaba en la vieja parada, eternamente detenido, permitiendo el descenso constante de "pasajeros" que "llegaban".
Y luego caminar por lo que había sido su pueblo, restaurado con detalle; pero con elementos que, desde su punto de vista, juzgó como macabros.
Porque todos los habitantes de entonces, hasta en sus mínimos rasgos, estaban recreados en androides. Todos estaban unidos a un coordinador central que recibía a los visitantes llamándolos por sus nombres, o fingiendo desconocerlos. Todos estaban programados para oficiar de guías o actuar como actuaban o se suponía que actuaban los verdaderos habitantes de esa época.
Para un completo desconocido era como viajar en el tiempo. Pero Estefanía era de ese tiempo y se daba cuenta de que esa reconstrucción adolecía de serios defectos.
Desde el punto de vista de la imagen y el sonido, era impecable. Hasta la textura y la temperatura de piel de los androides era verosímil. Pero los aromas no eran los mismos, había algo indefinible que faltaba...
¡Tefi!
El grito no sólo la sobresaltó, sino que la estremeció hasta la médula. Sin darse cuenta, había llegado frente a la Municipalidad. Por la ventana asomaba su padre... o el androide que hacía de su padre, el Intendente. Ahí estaba, sonriente, con el brazo en alto, un gesto tan propio...
¡Voy, papi!
El segundo grito la descolocó definitivamente. A sus espaldas se vio a sí misma, con doce años, corriendo en su vieja bicicleta... una réplica minuciosa, hasta en lo despintado del cuadro.
"Tefi" llegó al lado del "Padre", al tiempo que la vieja Tefi, diminutivo de Estefanía, apretaba el paso. Alcanzó a oír el diálogo entre "Padre" e "Hija".
Andá a lo de don Isaac y traete criollitos.
¿Cuánto?
Docena y media, que acá lo tenemos al Rolo.
"Tefi" tuvo una sonrisa pícara.
¿Y un pastelito para mí?
Uno, que tu madre me protesta que después no comés.
"Tefi" partió rauda en su bicicleta, al tiempo que el "Padre" se quedaba mirando a Verónica con una sonrisa amable.
¿Puedo serle útil en algo, señora?
Ella, como real habitante de un pueblo chico, sabía que los extraños son más mirados, perseguidos y acosados que los propios, ya que la curiosidad hace que se los atosigue a preguntas. En ese sentido, el autor de este enorme juego-monumento había fallado.
No señor... contestó por compromiso. Estoy paseando.
Que disfrute de nuestro pueblo fue la protocolar respuesta del androide, que volvió a abrir su diario.
Estefanía prestó atención al detalle. Ya no era papel de diario, material inexistente, pero era un polímero que lo imitaba a la perfección. Marcaba en títulos-catástrofe: "Histórica visita del Papa a La Meca". Ella recordaba ese título... una noticia histórica, pero que sería opacada días después por otra noticia histórica, esta vez realmente histórica, pues la cambiaría definitivamente.
Al momento que llegaba a la panadería de Don Isaac, vio venir a "Tefi" con una bolsa plástica colgando del manubrio. Allí se sacudían criollitos, al tiempo que "Tefi" le daba un bocado ansioso a un pastelito.
Entró a la Panadería de don Isaac y el androide que lo representaba la saludó con amabilidad. Nada que ver con el gesto cauto y reservado del verdadero. Pidió un pastelito y lo pagó con la tarjeta de pago que le habían dado en la entrada. Hasta en eso cuidaban el detalle histórico. Se retiró al momento que "Sergio", el peón de cuadra, llegaba con una bandeja de pan caliente. Los pastelitos de don Isaac, la dulzura de su infancia. Los que hacían las máquinas en ese museo frío eran una pálida sombra.
O tal vez ella no era la misma.
Estaba comiéndolo sin ganas en un banco de la plaza, cuando una figura se plantó frente a ella. Era Quilino, sonriente, vestido de piloto, quien la saludaba con amabilidad, como queriendo entrar en conversación.
¿Conoce el memorial de Quilino, señora?
La voz, la estampa... por un instante volvió a tener doce años y dejó que sus ya no jóvenes hormonas se conmovieran por ese hombre que había alborotado las primeras hormonas de su existencia.
Pero ese instante duró poco. La razón le decía que el verdadero Quilino jamás en su vida había paseado por el pueblo vestido de piloto. Siempre dejaba su traje en el hangar.
No... es la primera vez que vengo contestó por compromiso.
Venga conmigo...
Ambos comenzaron a caminar, calle arriba, camino al Cementerio. El androide iba largando su párrafo, programado con exactitud en todos sus detalles.
En este museo, yo represento a Quilino, el héroe en cuyo homenaje todo esto existe. Su verdadero nombre era Enrique García. Se lo apodó Quilino dado que, por accidente, había nacido en esa localidad. Fue el cuatro de septiembre de mil novecientos noventa y dos. Su madre estaba de viaje por la zona...
Pero Verónica, Estefanía o "Tefi", la verdadera, ya seguía caminando tras el androide en forma mecánica. Veía la estatura pequeña del mismo, fiel al original, pero discordante con sus vivencias. Ella lo veía alto a sus doce años.
En su interior, sus recuerdos le traían con detalle inmejorable la verdadera historia...
Capítulo II
Tefi, con doce años, hacía un alto con su bicicleta a la entrada del cementerio. Si bien no estaba en pleno campo, podía oír los ruidos habituales como el canto de los pájaros, alguna radio funcionando demasiado alto en el pueblo...
Pero un ruido comenzó a oírse como inconfundible. Un ruido casi imperceptible, que ella reconocería en cualquier parte.
Buscó un lugar despejado, desde donde tuviese un buen panorama y observó hacia el poniente. Una figurita pequeña, un punto en el cielo que cualquiera confundiría con un pájaro. Pero no ella.
¡Quilino! fue el grito feliz de sus doce años. No demoró en trepar a su bicicleta y lanzarse a toda velocidad por la pendiente. La calle principal del pueblo, de ripio pero bien cuidada, la vio pasar como una ráfaga.
¡Quilino! gritaba a cada uno que encontraba en su camino y éste miraba el cielo instintivamente. Así pasó frente a la Municipalidad y su padre, don Walter Monte, ganó el medio de la calle al tiempo que escudriñaba el cielo.
No se gaste, don Walter. Si ella lo vio, es que le faltan dos horas para venir.
Walter se fijó en su interlocutor. Héctor Salvo, "El Alemán". Walter reparó en su sonrisa benevolente. Héctor era veterano de la guerra de Malvinas, de la cual nunca había querido hablar. A su vez, arrastraba una historia familiar de parientes tragados por la noche y la niebla. Verlo sonreír era un verdadero acontecimiento.
Lo estará esperando en el hangar y todavía tendrá tiempo de prenderle las luces.
¡Eh, no puede demorar tanto!
No sé... el amor hace ver claro algunas cosas y vuelve ciego para otras.
Tiene doce años... dijo Walter con cierto ahogo. Y él tiene dieciocho. ¿No es una diferencia algo grande?
Dieciocho tenía yo cuando me mandaron a que me mataran los ingleses... aunque me vendieron que yo los mataría a ellos. Y quince tenía María Clara, mi prima, cuando se la llevaron... y seguro la violaron antes de asesinarla. Y por lo que me acuerdo de mi tía... doy fe que mi prima era virgen. ¿De qué le sirvió?
Fue un instante en que las peores sombras le cubrieron la cara. Luego el Alemán pareció reaccionar y miró a Walter con seriedad.
¿Sabe una cosa, Walter? Detesto a los tipos que son "cuidas". Un "cuida" es un nazi vestido de caramelo. Tefi es un ser humano, merece vivir y equivocarse. No es una muñequita para tenerla en una vidriera. Más hay que preocuparse por esto.
Y señaló el diario, con el título catástrofe: "Histórica visita del Papa a La Meca".
¿Eso? Estamos muy lejos de La Meca, Héctor.
Estamos demasiado cerca de la Iglesia, Walter. Cuando este viejo hijo de puta se junta con estos turcos cagadores, hay que ver si estamos nosotros en el plato del banquete.
Y se retiró hacia el boliche. Walter lo miró con conmiseración. Héctor era relativamente joven, pero estaba inutilizado moralmente. Vivía de una pensión del gobierno y se pasaba el día en el boliche, leyendo el diario, libros y anotando pensamientos en un cuaderno grande. Siempre lanzaba ese tipo de especulaciones, así que poca gente le prestaba atención.
Todo pueblo tiene un personaje, un "Loquito" que lo caracteriza... y éste era Héctor Salvo, "El Alemán", apodo que se había ganado por su pelo rubio y sus ojos azules. No era para tomarlo en serio, pero lo comentaría con su familia en la cena.
Tefi prácticamente volaba a través de los campos.
Faltaba para el atardecer pero algunos animales, que ya estaban buscando sus refugios, salían espantados ante el huracán mezcla de metal y humano que aparecía de pronto.
En el cielo, Quilino García divisaba su pueblo. Si él quería, podía aterrizar directamente en su campo sin cruzar por el cielo de Villa Silvia. Pero siempre gastaba unos minutos para dar un vuelo rasante de saludo.
En realidad, buscaba alertar a Tefi... suponiendo que ella no lo hubiese descubierto ya y estuviese en camino al hangar. Él necesitaba esa niña, su presencia.
"Te amo", le había dicho. Ella tenía tres años, él nueve. Él, ni miras de reemplazar a su padre en el avión fumigador, que cumplía también tareas de correo y transporte menor entre localidades vecinas.
"Te amo" y esa frase, que un chico de nueve años no podía tomar en serio de una nena de tres, le había llegado a fondo. Le respondió cantándole una dulce canción de cuna.
Desde entonces, cada vez que viajaba a algún sitio, le traía algún regalo. La ausencia de compañeros de su edad, salvo Sergio, el peón de la panadería de don Isaac, hacía que no se viese "obligado" a tomar distancia de ella desde una pretendida madurez. Llegó a quererla como una hermana, hasta ese día...
Quilino vivía con su padre en una casita al lado del hangar. Su padre, hombre ya grande, estaba algo perdido; no obstante, podía desempeñarse medianamente bien en la vida diaria. Algunos días, sin embargo, eran peores que otros y el padre quedaba sentado en una silla, con la mirada perdida.
Fue uno de esos días, un día de verano. Él no había salido a volar y estaba sentado en la galería. Su padre al lado y Tefi, de nueve años entonces, les cebaba mate. La madre de Tefi estaba en el interior de la casa, realizando algunas ayudas domésticas mientras refunfuñaba algo sobre los "inútiles hombres solos".
Un movimiento del padre de Quilino y una cucharita fue a parar al piso. Tefi se inclinó instintivamente a recogerla, cuando otro movimiento del padre, totalmente ajeno, volteó el mate derramando el agua y parte de la yerba sobre la espalda de Tefi.
¡Ay!
Enrique se levantó de urgencia a asistir a su niña querida. El agua no estaba muy caliente, así que la piel de Tefi no corría demasiados riesgos. Ella misma se dio cuenta de que el mayor problema era su remera blanca, así que se la quitó y observó la mancha con fastidio. ¿Saldría la mancha de mate?
En esos pensamientos estaba cuando comenzó a sentir algo extraño. Se volvió hacia el padre y éste seguía perdido en sus brumas; pero Quilino estaba quieto, casi paralizado, el asombro en la cara, sus ojos mirando fijo hacia ella, hacia su torso.
Siguió la línea de su mirada y descubrió, sobre su pecho, dos prominencias de un color rosa fuerte en las cuales no había reparado. Supo en un instante de lo que se trataba.
¡Uy! dijo al tiempo que se cubría el pecho con la remera. De inmediato dio la espalda a Enrique, desplegó la remera y volvió a colocársela. Pero, aún vestida, no se atrevía a mirar a Quilino, quien estaba totalmente ausente de movimientos.
En eso entró su madre.
¿Qué pasa? preguntó al percibir un ambiente extraño. Por toda respuesta, Tefi le mostró la espalda, la mancha de mate en la remera. Ella vio el mate volcado, los ademanes fantasmales del padre de Enrique. Hizo una mueca de contrariedad.
Bueno... cuando lleguemos a casa te la cambiás.
Mamá, estoy en lo de Quilino.
A través del teléfono, las descargas de la tormenta se oían. Referencia inútil. Bastaba mirar por cualquier ventana para ver nubes que se retorcían como gatos en una bolsa y relámpagos y rayos partiendo el cielo, el anochecer y el mundo entero.
¡No te vengas! ¡Vení mañana cuando aclare!
No había más que decir. No era la primera vez que sucedía, tampoco. En noches serenas, la nena Tefi se había quedado a dormir en la casa de Enrique.
Pero esta noche era particular. Era dos días después del episodio de la remera. A pesar de haberse visto, de haber estado incluso a solas en aquel intervalo, Tefi y Quilino nada habían hablado. Ahora, en medio de una noche terrible, salvo la presencia ausente del padre, estaban solos.
La cena fue silenciosa, apenas algún comentario intranscendente. Luego ambos acostaron al padre, que se durmió enseguida. Cuando los dos amagaron a entrar en la misma habitación, hubo un instante de duda.
Sólo un instante.
Momentos después, ninguna remera impedía la visión de Quilino. Ninguna barrera hubo ante las miradas de ambos, ante las manos de ambos, ante las pieles de ambos.
Enrique García, como todos los varones de la comunidad, había realizado sus incursiones al rancho de la Panchita, en las afueras del pueblo. La Panchita, sus dos hermanas y su tía, la hermana menor del padre de las tres, tenían allí su propio negocio. Por qué hacían mención de ella y no de cualquiera de las otras tres mujeres, o del padre, que era el verdadero dueño, es algo que nadie sabía. Era "el rancho de la Panchita" y punto. Tal vez la sonoridad del apodo.
Pero ahora, con Tefi, era distinto. Muy distinto.
Como pudieron, al amanecer, se lo explicaron a sí mismos. Y planearon un futuro. Hasta que ella tuviese la edad suficiente para poder casarse, se verían como pudiesen. Él se dio cuenta de que esos pechos no tardarían en tomar volumen, por lo que pasar otras noches juntos se haría imposible.
Convinieron una señal para cuando la madre descubriese esa condición. La señal del último encuentro nocturno hasta la futura boda. Pero durante el día, instantes a solas que estuvieran, aunque fuesen segundos, lo aprovecharían con intensidad.
Cerraron su elaboración de planes, ella acurrucándose contra su pecho y él cantándole la dulce canción de cuna que le cantó por primera vez cuando ella le había dicho "te amo".
Él no se lo dijo pero, por un tiempo, seguiría yendo "de la Panchita". Una ausencia súbita despertaría comentarios. Sabía que nadie se lo comentaría a ella. Además, necesitaba saber cosas sobre el desarrollo femenino y se las podía preguntar a Gladys, la hermana más chica de la Panchita, de quince años... tal vez la más entusiasta del grupo. Había empezado a los once, cuando todavía no se sabía si iba o venía.
Todo esto había pasado ante la memoria de Quilino como un ramalazo, mientras completaba su vuelo sobre el pueblo y encaraba hacia su pista de aterrizaje. Habían pasado dos años desde entonces. Sólo había habido una segunda noche juntos... hasta que la madre descubrió esos senos nacientes. Las visitas habían seguido pero... con la consigna de volver a casa sí o sí antes de la noche.
En el intervalo, la ausencia del padre de Quilino se volvió definitiva. Y el romance no fue tan secreto como ellos creyeron; sólo que se lo supuso más superficial, más inocente y con menos futuro.
Apenas había encarado la cabecera de pista, Quilino descubrió la inconfundible figura de Tefi cerca del hangar. Comprobó que nadie más había. Abrazarse fue lo primero que hicieron tras el aterrizaje.
¿Qué pasó, mi amor? ¡Viniste un día antes!
La botella de don Teodoro, ya la tenían terminada.
El remedio homeopático de don Teodoro había estado un día antes de lo previsto.
Pero me agarró viento fuerte en San Marcos, así que no pude llegar más temprano. ¿Tenemos tiempo?
Ambos miraron hacia el horizonte. El sol estaba tocando los montes, de modo que el Otoño traería una temprana oscuridad. Ella no podía volver de noche en su bicicleta y, de quedarse a dormir, ni hablar. El rostro de ambos fue la contrariedad.
Venite mañana a la siesta. A la mañana estoy por el pueblo.
Capítulo III
En la casa de don Teodoro, Quilino hacía entrega de la botella.
Gracias, muchacho.
No hay por qué, don Teodoro. ¿Esto le sirve de algo?
La medicina homeopática es una maravilla. ¿Sabías que San Martín tomaba remedios homeopáticos?
No... la verdad que no.
Él cruzó los Andes con una úlcera terrible. Sin embargo, pese a lo que tuvo que pasar, murió a una edad muy avanzada.
También don Teodoro tenía una edad avanzada. Nadie sabía exactamente cuántos años tenía, pero algunos especulaban con que había nacido en 1930.
Ah... ahora que me acuerdo. Chelco me dio esto para vos, le llegó por Internet.
Le extendió a Enrique una hoja de impresora. Quilino la leyó con atención.
Mensaje para Quilino García
Viajamos este fin de semana. Esperános, queremos hablar con vos.
Eliseo y Beatriz
Sonrió con agrado. El gringo Eliseo Cacciaguida, amigo de la infancia, y su mujer. Era cuatro años mayor que él, pero habían hecho buena yunta en la infancia. La escasez de población joven hacía que la diferencia de pocos años no tuviese el peso que podía tener en otros núcleos urbanos más abundantes de gente.
El gringo Eliseo venía de familia rica, todavía sus hermanos mayores tenían campos en las inmediaciones de Villa Silvia. Había conocido a una chica de la sociedad porteña y había sido el flechazo. A instancias de ella se casaron en la iglesia del pueblo y, tanto la humilde capilla como su entusiasmada población, aparecieron en las revistas frívolas capitalinas. Todo el pueblo había comprado ejemplares y los conservaba; sobre todo aquellos que habían salido favorecidos.
Desde entonces vivían en Buenos Aires, aunque se comunicaban cada tanto; por teléfono o por Internet, gracias a Chelco, el nieto de don Teodoro, el único que tenía la instalación necesaria. Pero no habían regresado nunca al pueblo.
¿Y qué andará buscando?
La pregunta vino de Héctor Salvo, acomodado en su mesa del boliche.
A esa altura, todos sabían que el Gringo Cacciaguida venía de visita al pueblo, después de casi un año de su casamiento.
Extrañará... supongo opinó Jorge Varlero, uno de los dos hermanos dueños del boliche.
Y viene mañana... agregó Mario, el otro hermano.
Pero... ¿Por qué a Quilino? Cualquiera lo recibiría bien insistió el Alemán.
Es evidente que quieren hablar conmigo.
¿"Quieren"?
Viene con la mujer... por lo menos eso entendí.
La Bicha...
Beatriz. "Bicha" es un apodo...
Con la guita que tiene se podría venir en cualquier momento.
Nosotros no... nosotros sólo tenemos libre el fin de semana. Y él sabe que yo, los fines de semana, no saco el avión a menos que sea una emergencia.
Al día siguiente, la entrada del vehículo último modelo conmovió al pueblo.
A bordo venía el joven matrimonio, Eliseo Cacciaguida y su mujer, Beatriz. Todos los saludaban y ellos respondían el saludo. Entre los concurrentes estaban Walter Monte, el Intendente y Humberto Borda, el Comisario. No estaba el cura porque la localidad no tenía sacerdote propio. Sólo el domingo venía el padre Barbieri a dar misa.
Humberto Borda observaba con detenimiento a la pareja. Él conocía a Eliseo desde chiquito, también había conocido a Beatriz desde sus visitas. Notó que había algo en ellos que no estaba bien, cierta falta de brillo en la mirada.
Por lógica, se había organizado un asado de bienvenida al "Hijo pródigo". Y a pesar del clima festivo y afectivo, todos empezaron a notar cierta ansiedad en el Gringo y en Beatriz. Sobre todo en el Gringo, que miraba con intensidad todos los rostros. Se acercó a la más chica de los Beltrán, que durante su ausencia había dejado de ser una escoba vestida para convertirse en un ejemplar femenino que obligaba a mirarla. Cuando supo quién era, pareció tranquilizarse.
Ya a los postres, el Gringo se puso de pie y pidió atención con el gesto.
Escuchen...
Tras un breve murmullo decreciente, hubo el silencio pedido.
Escuchen... yo venía a hablar con Quilino. Tenía mucha necesidad de hablar con él en privado pero... pero acá no hay nadie a quien yo no conozca de toda la vida. Puedo confiar en todos... y que sean discretos con lo que les voy a decir.
Hizo una breve pausa. La expectativa se palpaba.
La semana pasada, una noche entraron en mi casa.
Hubo un rumor de desconcierto. Humberto Borda, el comisario, enarcó las cejas.
¿Pero vos no vivís en una fortaleza?
Se podría decir que sí, don Humberto. Es un barrio privado, con muros electrificados, sensores, guardias armados... Buenos Aires es terrible. Pero igual entraron.
¿Y qué te robaron?
Nada... absolutamente nada.
Ahora, lo que se palpaba era la perplejidad.
Y nosotros estábamos ahí. Cuando quisimos acordar, estábamos rodeados de gente armada. Varios hombres, todos con esas máscaras nuevas, que se adhieren al rostro. Todos con Matikas. ¿Conocen las Matikas?
Todos se estremecieron. ¡Vaya si las conocían! Metralletas livianas, con proyectiles capaces de atravesar blindajes y varios cuerpos humanos puestos en fila. Habían tenido una triste celebridad cuando, dos años antes, un grupo comando arrasó una villa de emergencia en Córdoba. Hombres, mujeres, niños, viejos... todos se habían convertido en cadáveres al instante. Los que sobrevivieron, de casualidad, hablaron de hombres embozados y de las armas que portaban: las Matikas, diminutivo de un nombre impronunciable.
Después nos enteramos de que habían reducido a la guardia, interferido las alarmas, intervenido el control central... un despliegue increíble. Estábamos en la cama y nos apuntaron, pero uno era el que hablaba y daba las órdenes.
Pero los pararon...
Nadie los paró. El que hablaba le exigió a Beatriz sus joyas. Estaban en la caja fuerte, así que fui a abrirla. Tenía ahí valores de canje libre por mucha plata... se los hubieran podido llevar tranquilamente, pero no lo hicieron.
No los habrán visto...
Los tuvieron que tirar al piso para poder sacar la caja de las joyas, que estaba detrás. El tipo que hablaba no demoró en abrirla y desparramar el contenido; de ahí se puso a buscar como loco... No quiero hacer alarde... pero ninguna era falsa.
En algunas mujeres hubo una mueca significativa. Los demás seguían prestando atención.
Pero el tipo revolvió como si se tratara de latas y vidrios. Luego miró a otro y dijo "¡No está!" Enseguida me miró y me preguntó por el collar.
¿Qué collar?
Eso fue lo que yo le pregunté. Entonces sacó una revista, como ésta.
Mostró a la concurrencia una revista de actualidad frívola, una de las tantas que había publicado las fotografías de su casamiento. Estaba abierta en una página donde una fotografía de ambos contrayentes, sonrientes, ocupaba todo el espacio. El Gringo señaló el cuello de Beatriz, donde había una gargantilla bien trabajada, con una figura opaca en el centro.
"¡Este collar!" me dijo el tipo. Yo me quedé paralizado, porque sabía de dónde era el collar. Era de tu madre, Quilino.
Sí... dijo Quilino, pensativo. La tradición...
Por primera vez habló Beatriz.
La tradición dice que toda novia debe tener algo nuevo, algo viejo, algo azul y algo prestado. En este caso, lo prestado era este collar. Cuando nos fuimos te lo devolví...
¿Quiere decir... preguntó el comisario Borda ...que estos tipos vienen para acá ahora?
A más de uno el asado le causaría indigestión ese día.
No... yo no sabía qué contestar, pero Bicha tuvo más sangre fría que yo.
Les dije que lo había llevado al teatro la semana anterior, que se me había perdido ahí... y que no le había dado importancia. Era cierto que había ido al teatro, pero ahí se sacaron fotos donde el collar no va a aparecer...
Quilino se puso de pie.
Tefi, me llevo tu bicicleta. Enseguida vengo.
Salió sin esperar respuesta.
Habrá ido a buscar el collar, seguro. En minutos lo tenemos de vuelta.
Con permiso.
Un hombre de mediana edad se aproximó a la mesa. Era Guillermo Gómez, el nieto de don Teodoro. Todo el mundo lo conocía por el apodo de "Chelco", desde su niñez. Una enfermedad adquirida a los ocho años le había dejado la mitad del cuerpo inútil, por lo que se desplazaba en una silla de ruedas de su invención. Tenía ruedas, pero a su vez unas patas hidráulicas coordinadas por un chip le permitían desplazarse por terreno abrupto.
En compensación a su invalidez tenía un cerebro privilegiado y era un devorador de informaciones. Para nadie era un secreto su erudición y su inteligencia.
Guillermo tomó la revista y la miró con atención. El collar consistía en un arabesco de orfebrería con un rostro engarzado al centro. Era un rostro que evocaba a los Incas, hecho en piedra gris; pero con dos ojos amarillos, aparentemente de cristal de roca.
El centro parece ser precolombino... pero los adornos y el engarce son del Siglo XIX. Aparentemente, alguien tomó una artesanía incaica y la rodeó de un trabajo de orfebrería. En fin... hasta que no venga Quilino no podré decir más. Ahora Eliseo... hay algo que no entiendo.
Yo tampoco, Chelco. Han dejado cosas valiosas y...
¡No, no es eso! En ese country viven pescados muy gordos... ¿Cómo es posible que no se supiera nada de esto? ¡Algo así habría sido noticia nacional!
¡Eso es lo más increíble de todo! ¡Nosotros ahí somos los más pobres, pero fue la única casa donde entraron! Algunos vecinos notaron movimientos raros, intentaron llamar a la policía pero se encontraron la central bloqueada. Otros se enteraron al día siguiente.
Eliseo quedó pensativo unos instantes... pareció darse cuenta de algo que no había considerado.
No mataron a nadie, no robaron nada, no hicieron ningún daño serio... la policía nos recomendó que no dijéramos nada... Pero en algo tenés razón, Chelco continuó al tiempo que alzaba la revista. Uno de mis vecinos es el dueño de esta revista... Me habló al día siguiente, me hizo un reportaje con fotos... Le conté todo menos la verdad sobre el collar. Sin embargo, la revista salió ayer y no tenía nada. Me dijo que no le había quedado espacio pero...
Pero una primicia exclusiva no se deja para la semana que viene... fue el ácido comentario de Chelco.
Todos los demás estaban desconcertados. De no haber conocido a Eliseo, lo habrían supuesto el autor de una mentira. Pero el conjunto de acciones relatadas, más el silencio impuesto a una publicación de cierto peso, daba a entender que algo muy poderoso actuaba en las sombras.
Al sabor del asado se estaba sumando el sabor del miedo.
En ese momento, el ruido de la bicicleta dio a entender que Quilino estaba de regreso. Debía haber cortado campo a gran velocidad, aunque su casa no estaba demasiado lejos.
Entró agitado, exhibiendo el collar en la mano. Todos los presentes lo siguieron con la vista, hasta que llegó al lado de Eliseo.
Aquí está... y creo saber por qué lo buscaban.
Dio vuelta el collar y señaló la parte de atrás de la cabeza incaica. Se notaba una figurita plana, de un dorado apagado, que podía ser tanto la representación esquemática de una flor como de una palmera. Un tronco o tallo cónico que culminaba en un círculo, todos de una pieza, al tiempo que siete hojas o pétalos, separados del círculo, lo rodeaban. Nada de trabajos de orfebrería; eran chapitas planas incrustadas en la parte llana de la piedra.
Esto es oro, piezas de oro incrustadas en la piedra. Por qué están en la parte de atrás, no lo sé. Está en mi familia desde... no sé... siglos. El engarce se lo hizo mi tátara... no se cuánto.
¿Me permitís?
Beatriz tomó la pieza y la observó.
Escucháme, Quilino, no quiero ofender pero... pero en la misma caja de mis joyas había tres lingotes de oro. Uno solo de ellos tiene mucho más oro del que hay acá... y de mejor calidad.
Salvo que no busquen riquezas.
La palabra había venido de Chelco, quien miraba la pieza con una expresión de alerta. La tomó de la mano de Beatriz y la miraba detenidamente de un lado y del otro. Parecía un tigre al acecho.
Se han tomado demasiado trabajo para entrar a un lugar importante. No se llevan nada... Beatriz. ¿Nadie te preguntó por este collar antes del robo? Esta fotografía la debe haber visto el país...
Beatriz quedó perpleja. Era evidente que estaba recordando un momento particular...
Pues... mi prima, cuando volvimos de la luna de miel. Me criticó que el collar era de última... Que cómo había podido comprar una cosa así y nada menos que para el casamiento...
¿Tu prima estuvo en el casamiento?
Sí... era esa que se quejaba por todo.
Las mujeres, todas, hicieron un gesto de afirmación.
¿Entonces no te criticó nada? continuó Chelco.
El vestido... el peinado... ¡bueno, ella es así!
Pero no te criticó el collar... Y te lo viene a criticar después, al regreso de la luna de miel.
Sí... ¡Y hasta me mostró la misma foto!
Y vos le dijiste el verdadero origen del collar...
Beatriz quedó como golpeada. Todos parecían esperar una catástrofe...
O sea... continuó Chelco ...que alguien más aparte de los presentes conoce el destino de este collar.
¡Pero es una imbécil! protestó Beatriz.
Lo sabemos tanto como vos dijo Chelco con una sonrisa irónica. Y como toda imbécil, puede hablar demasiado, o hablar por boca de otros sin darse cuenta.
Chelco tuvo un gesto de resignación.
De todos modos, Eliseo tiene razón. Nos conocemos todos. Si llega a aparecer algún extraño, hay que avisarle a Quilino. Vos, Quilino, guardá bien eso por las dudas.
Antes de que se pusiera el sol, todos se fueron a la canchita del Club Social. Se ubicó todo el pueblo en la tribuna y Antonio instaló su cámara en un trípode. La idea era solamente sacar una fotografía con todos juntos.
Nadie sabía, en ese momento, que se estaba sacando una foto histórica; que no sólo sería reproducida en murales, libros y programas de computadora, sino que serviría de base para la construcción de los androides del museo. Pero faltaba tiempo para todas esas cosas. Años para algunas, meses para otras.
Cuando terminó la toma fotográfica, Chelco se acercó a Tefi y le dijo por lo bajo:
Esta noche, Quilino en mi casa, con el collar. Solo.
¿A qué hora? fue el susurro de Tefi.
Cualquiera, pero que no falte.
Y volvieron al galpón, a seguir la fiesta.
Las cuatro de la madrugada encontraron a Tefi vacilante ante la puerta de la casa de Chelco.
Pasá, Tefi.
La voz le indicó que Chelco estaba en la arcada, oculto en las sombras.
¿Vino Quilino?
Le avisaste. ¿No?
¡Seguro!
Entonces hay que esperarlo. Tiene que esperar a que se duerma el Gringo. Vos vení acá, que la noche está fresca.
Tefi llegó al lado de Chelco y amagó darle un beso en la mejilla, pero éste tuvo un instintivo acto de rechazo.
No hagas eso.
El tono había sido firme, pero no fuerte. Tefi no dijo nada y se sentó en un banquito, al tiempo que observaba a Chelco en la penumbra. Su aspecto enfermizo, los rasgos delicados de su cara...
Tras su enfermedad, Chelco debería haber muerto. Sus piernas y sus caderas tenían el mismo tamaño de los ocho años, pero atrofiadas por la parálisis. El torso se había desarrollado un poco más, pero sin las dimensiones que hubiera cabido esperar. Que viviera todavía era un milagro. Todos especulaban con que asistiría al entierro de su abuelo, don Teodoro, un roble el viejo con sus ochenta años; pero todos aseguraban que sería don Arturo, su padre, quien lo enterraría a él.
No se había dejado vencer y su cerebro había compensado en gran parte su falta. Desde su computadora, vinculada a la ya veterana Internet, había dedicado sus horas a desarrollar software de todo tipo. La silla en que se desplazaba era su invención y su patente le permitía vivir holgadamente; ya que no sólo los inválidos la solicitaban, sino los ejércitos y otros organismos para el desarrollo de vehículos todo terreno.
Pero no soportaba el contacto con otra piel. Le dolía no poder vivir lo que otros vivían con naturalidad. Lo de Tefi, esa noche, había sido un descuido. Ella, en silencio, se había arrepentido; y él, en silencio, la había perdonado.
En eso llegó Quilino en su bicicleta.
Vamos a mi habitación y entrá la bicicleta. Es preferible que no sepan que estuviste aquí.
Una vez dentro, Chelco volvió a examinar el collar.
Fijáte lo que es el trabajo de platería. Fino, bien hecho, pero muy sobrecargado. Como toda la orfebrería de finales del Siglo XIX.
De esa época es, más o menos. Yo no conocí a mi abuela y mamá... bueno, ella no recordaba mucho.
Ahora... ¿vos te fijaste en los engarces que sujetan la piedra? Acá, como ves, la piedra tiene dos canaletas paralelas finas. Demasiado finas, demasiado rectas. Ahí el orfebre pudo poner unos engarces disimulados. Pero por arriba y por abajo... el orfebre tuvo que recurrir a un aro que "apriete" la piedra, de otro modo la piedra se desplazaría gracias a las canaletas.
No sé dónde querés llegar, Chelco.
Paciencia, que no es simple. Este tipo de trabajo se hace cuando hay que engarzar una piedra muy valiosa... o muy dura. Entonces, en vez de perforarla y colocarle un agarre interno, se la sujeta por fuera. Ahora bien... ¿qué tan valiosa era una escultura indígena en piedra, para un orfebre del Siglo XIX? No lo era. Aunque el himno dijera "Se conmueven del Inca las tumbas" lo real era que despreciaban a los indios. Cuesta verlo, pero alguien intentó, hace mucho, remover uno de los pétalos de oro de la flor. Se nota que le falta un pedacito y que es apenas una chapita de oro. Se dio cuenta que había demasiado poco oro como para intentar sacarlo... sobre todo si la piedra es demasiado dura y me ha averiado más de un instrumento de mi arte.
Me parece que te equivocás. Si la piedra fuera tan dura... ¿Cómo incrustaron la flor de oro? ¿Y los ojos de ámbar o de cristal de roca? ¿Y cómo esculpieron ese rostro? ¿Con diamante?
Tal vez sí... tal vez no. Pero por ahora concentrémonos en esta curiosa joya. Por rara que sea una cultura, los adornos son para que se vean. Sin embargo, si vos apoyás la flor, no la podés ver. Pero es la única parte chata, la que te permite asentar y ver la cara tallada. Lo que quiere decir que esa flor no es para ver.
Seguro... es para oler solamente contestó Quilino fastidiado. Chelco lanzó un suspiro.
Es evidente que no te das cuenta. Decime... si te digo que quiero que me comprés cigarrillos...
Quilino miró la mesa. A centímetros de Tefi había una etiqueta sin empezar, pero prefirió seguir el juego.
Iría al quiosco de doña Ana; pero a esta hora...
Bueno, es de día. Estamos en el quiosco. Ella es doña Ana y señaló a Tefi, quien lo miró con desconcierto. Ahora compráme cigarrillos.
Quilino y Tefi se miraron e hicieron un gesto de resignación. De inmediato, se pusieron a actuar como si fueran dos niños jugando a grandes.
¡Buenos días doña Ana! ¿Me vende cigarrillos?
¡Sí! ¡Cómo no! ¡Tome! Tefi tomó la etiqueta y se la entregó en mano a Quilino.
¡Muchas gracias! ¡Cóbrese!
Quilino llevó su mano al bolsillo de su camisa, sacó su tarjeta de pago y la extendió a Tefi; pero antes que ella la tocara, Chelco extendió la mano y la interceptó. Cuando se dieron vuelta a verlo, le descubrieron una mirada terrible.
¡Ahora te vas a dar cuenta, ciego!
Chelco acercó la tarjeta de pago al collar, poniéndola de forma que se pudiera ver tanto la flor del último como el lado superior de la primera. Allí quedó esperando. Quilino no parecía darse cuenta de nada, pero la primera que reaccionó fue Tefi.
¡El chip, los contactos!
Chelco lanzó un suspiro de alivio, al tiempo que Quilino miraba a Tefi con desconcierto. Esta lo miró con severidad.
¡Esa flor no es un adorno! ¡Es un sistema de contactos, como el que tiene tu tarjeta de pago!
Así es concluyó Chelco. El tallo es la "masa", en tanto que los pétalos son diferentes "vivos" para otras tantas operaciones que hace el microchip que tiene dentro.
Quilino los observó con una mezcla de desconcierto y fastidio.
¡Ustedes están locos! ¡Esto es de la época en que la gente se alumbraba con velas! ¿Y me vienen a hablar de una tarjeta de pago de piedra... ?
No creo que sea una tarjeta de pago. Es posible que sea un archivo... tal vez parte de algo más grande. Esas canaletas paralelas indican que la pieza es para insertarla en algo que la guíe. La forma de cara puede indicar una posición...
Chelco... vos te estás volviendo loco. ¡Esto tiene por lo menos seiscientos años! ¡La única electricidad era la de los rayos!
Chelco se acercó a la mesa.
Veremos... preparé algo.
Colocó el collar colgado de una estructura y lo fijó con unos clips. De ese modo, la flor daba a él y el rostro de piedra a un espejo. Acercó un aparato improvisado por un tester, un reóstato y una batería de 1,5 volts. Tomó los contactos, apoyó uno en la "masa" y el otro en uno de los "vivos".
Andá subiendo despacito, hasta que yo te diga.
Quilino, resignado, obedeció. Fue subiendo el reóstato de a poco, hasta que casi no había más, pero nada pasaba.
Bajalo.
En cuanto el reóstato estuvo nuevamente a cero, Chelco cambió el contacto a otro "pétalo".
Otra vez, despacio.
Nuevamente la lenta subida, nuevamente nada. Chelco tenía un rictus de furia, Tefi una mueca de decepción y Quilino una expresión de burla.
¿Y si lo conectamos a la línea...?
Todavía nos quedan contactos fue la seca respuesta de Chelco. Bajá.
Y fue en el tercero, cuando apenas el reóstato había subido un punto, que los ojos de ese rostro incaico se encendieron con una intensa luz amarilla. Por primera vez en siglos, tal vez en un milenio... o más. Quilino había abandonado su gesto burlón, cambiándolo por uno de sorpresa total. Tefi sonreía con alegría, en tanto que Chelco brillaba de triunfo.
¡Lo sabía! ¡La más baja intensidad y así se enciende! ¡Si le llego a poner la pila directa lo reviento!
Pero... ¿Pero qué es esto?
No lo sé, Quilino. Pero alguien lo sabe, alguien lo descubrió y lo está buscando... y está dispuesto a mover un ejército con tal de conseguirlo. Esto es un secreto milenario, es la llave de un poder. ¿Para qué? No dudo que lo sabremos pronto.
Hubo una pausa. Si Quilino y Tefi tenían sueño o cansancio, de golpe se había transformado en historia antigua. Chelco, por su parte, no había vuelto a dormir desde su enfermedad.
¿Qué irá a pasar ahora?
El rostro de Chelco era una sombra de sombra.
Tengo algunas ideas, pero ninguna muy firme. De todos modos, como dijo el Gringo... aquí no hay nadie que no conozcamos todos. Cualquier extraño lo veremos enseguida... entonces decidiremos qué hacer. Mientras... guardálo bien y no contés nada de esto.
Quilino y Tefi se pusieron de pie.
No salgan juntos. Salí vos primero, Quilino, que vas más lejos. Que Tefi espere un poco.
Ambos nombrados se besaron y Quilino salió sigilosamente con su bicicleta. Una vez que estuvo seguro de que Quilino estaba lejos, Chelco se dirigió a Tefi.
Yo voy a trabajar lo que queda de la noche. No sé si quien armó esto contaba conmigo o no... y si contaba, de qué manera contaba.
¿Qué decís?
Nada, yo me entiendo. Andá a descansar; pero más tarde hablá con el Alemán y decile que quiero verlo. En secreto.
Tefi lo miró con demasiada extrañeza.
¿Con... Héctor Salvo? ¿Ese es el Alemán del que estás hablando?
¿Hay otro? Si lo hay, no lo conozco.
Pero... ¿Por qué justo con él?
Chelco tuvo una expresión triste de ironía.
Por eso mismo, por la cara que has puesto.
Capítulo IV
Al día siguiente, Tefi siguió discretamente al Alemán hacia la casa de Chelco, tras su entrevista con él antes de entrar al Boliche. Intentó acercarse por la ventana de atrás, para saber lo que hablaban. Pero sólo oyó una frase.
Tefi, lo que tengo que hablar con Héctor es privado. Volvé a tu casa o le cuento a Quilino.
Y se tuvo que retirar con bronca. De qué hablarían Guillermo "Chelco" Gómez y Héctor Salvo "El Alemán", sólo lo sabría muchos años después.
Prefirió ir al hangar, aunque sabía que Quilino no podría dedicarse a ella. La joven pareja formada por Eliseo y Beatriz se hospedaba en su casa y ambos amigos tendrían mucho que contarse, más allá del misterio del collar.
Pero el tema, para ellos, se había hecho excluyente. En cuanto llegó observó a los tres reunidos en torno al objeto, con una enorme cara de dormidos. Era evidente que se habían acostado tarde (Quilino sobre todo) y que no llevaban demasiado tiempo de levantados.
Tras los saludos de rigor, Tefi comenzó a ocuparse del mate, al tiempo que seguían las especulaciones.
Puede ser un objeto arqueológico... opinó Beatriz.
Tal vez... especuló Enrique. Pero alguien que tiene tanto poder como para hacer lo que hicieron, tiene dinero como para comprarlo.
¿Cómo podría vender lo que no es mío?
No saben que no es tuyo. Te habrían hablado...
Jamás me hablaron... salvo lo de mi prima...
Eso sí que es raro. Si por tu prima sabían que no era tuyo... ¿por qué asaltaron tu casa?
No sé... A menos que sean otros...
¡Eso sí que está bien! intervino Eliseo. Dos, por falta de uno, que buscan el collar. Si estamos en medio de ellos...
Beatriz no pareció alterarse.
¿Tu mamá nunca te contó nada?
Bueno... mamá murió cuando yo tenía catorce años... un parto mal atendido... una hermanita que nunca llegó...
Lo siento...
¡No, no es problema!
Quilino intentó sonreír para cortar el mal clima.
Te digo esto porque mamá decía que la historia pasaba de mujer a mujer en la familia. Sólo una vez, que no hubo mujeres, se la contaron a un hombre, pero con la consigna que se la contara a la próxima mujer.
Y si vos eras el hijo único...
Mamá era joven todavía. Estaba embarazada y esperaba que fuese una nena... no esperaba morirse. Creo que la historia se perdió para siempre...
Enrique quedó, por un momento, pensativo.
¿Pasa algo? había cierta ansiedad en la voz de Beatriz.
Bueno... mamá me contó una historia una vez... yo tenía como cinco o seis años. Era la historia de la Llave Mágica. No sé por qué me acuerdo ahora de ella. Es una historia que no creo que esté en ningún libro de cuentos.
¿Qué tiene que ver con este collar?
Quilino se dio cuenta, de golpe, que estaba a punto de revelar lo que habían descubierto esa madrugada con Chelco y Tefi. Tefi también se dio cuenta y, sobresaltada, derramó el mate. Tanto Eliseo como Beatriz se volvieron a mirarla. En Eliseo había un simple gesto de contrariedad, pero en Beatriz había cierta dureza en la mirada.
El instante fue aprovechado por Quilino, quien puso en orden sus ideas.
No... es que el cuento decía que la Llave Mágica estaba hecha en "piedra eterna". Y como esta piedra es tan dura, asocié...
Aparentemente, había zafado. Pero Beatriz le sostuvo una mirada indefinible.
¿Por qué no contás el cuento?
¿Qué...?
Digo... yo soy maestra. Conozco mucho de cuentos infantiles. Si es un cuento conocido... a lo mejor te puedo decir de dónde viene. Y si no lo es... ¡Quién sabe, a lo mejor es el secreto del collar!
No había collar en el cuento; pero tenés razón. No perdemos nada. Dejáme recordar.
Enrique se acomodó, se relajó y viajó hacia sus recuerdos... hacia una voz acallada cuatro años atrás que le contaba. Beatriz se retiró unos pasos y sacó de su bolso una pequeña cámara de video casero. Comenzó a registrar la evocación de Quilino, al tiempo que Tefi la miraba con extrañeza.
"Hace muchísimos años, un rey que tenía un palacio cerca de las nubes se hizo amigo de los ángeles, quienes lo visitaban con mucha frecuencia. Tan amigo de ellos se hizo que los ángeles le regalaron un carruaje mágico que podía volar por encima de las nubes sin detenerse nunca.
Pero no podía llegar hasta la casa de los ángeles. Tampoco podía chocar contra nada duro, porque se rompería sin remedio.
Para que el carruaje pudiera volar, hacía falta colocarle una llave mágica, que estaba hecha en piedra eterna, la cual el rey sólo sacaba cuando guardaba el carruaje en su casa y volvía a poner al día siguiente.
Un día los ángeles dejaron de visitar al rey, pero le dejaron su carruaje. El rey pasó el carruaje a su hijo, éste a su hijo y así por mucho tiempo. Cada rey usaba el carruaje mágico para visitar su reino de punta a punta, lo que podía hacer en un solo día.
Pero una vez uno de los reyes tuvo dos hijos. El heredero del trono sería el mayor; pero el más joven no estuvo de acuerdo y quiso él ser rey.
Así fue que, cuando el padre de ambos murió, se levantó en armas contra su hermano con el propósito de derrotarlo.
El joven rey no quería pelear contra su hermano, pero no tuvo otro remedio. Mas, previendo que podía perder, llamó a una mujer de su palacio.
Mujer, es mi voluntad que aprendas a volar en el carruaje mágico.
¿Con qué propósito, mi señor?
El carruaje mágico no sirve para la guerra. Las flechas y las piedras pueden destruirlo. Y no quiero que mi hermano lo tenga, si es que pierdo la guerra contra él.
¿Qué ordenas que haga, mi señor?
Una vez que hayas aprendido, ve con él hacia los confines del reino, lejos de la guerra. Espera seis lunas y vuelve. Si ves que he triunfado, me lo devolverás.
¿Cómo lo sabré, señor? Si has perdido, no podré acercarme pues me derribarán...
Sobre la torre más alta de mi castillo estará mi bandera. También habrá una bandera más pequeña, de color verde. Si la bandera verde está más alta que la mía, sabrás que he ganado y podrás devolverme mi carruaje. Si está más baja, sabrás que no he perdido, pero que la guerra sigue. Espera otras seis lunas. Y si ves sólo mi bandera o ninguna, sabrás que he perdido.
¿Y qué deberé hacer, mi señor?
Volverás a los confines del reino y esconderás el carruaje. Y asegúrate que sólo vuelva a volar cuando haya en mi trono un rey justo.
¿Por qué confías en mí, mi señor?
Porque de todos aquellos que me son leales, tú tienes el corazón más puro. Si no vuelvo a verte, esconde el carruaje donde sólo alguien de corazón puro como el tuyo pueda encontrarlo.
Así aprendió la mujer a volar en el carruaje, lo que sólo le llevó unos días. Luego partió hacia los confines del reino, lejos de la guerra.
Pasadas las seis lunas, volvió y descubrió la bandera verde por debajo de la bandera de su señor. Regresó y esperó las otras seis lunas.
Cuando volvió, ninguna bandera había en la torre. Sobrevoló el palacio y sólo recibió una andanada de flechas que alcanzó a esquivar elevándose hacia las nubes.
Pero la mujer no se resignaba. Volvió más tarde pero no se dejó ver. Escondió el carruaje en un lugar, le quitó la llave mágica. Se mezcló disfrazada entre la gente. Allí supo que el Rey había perdido y lo habían matado.
Triste, volvió a los confines del reino y escondió el carruaje donde su limpio corazón le indicó que lo hiciera.
Con el tiempo, la mujer tuvo una hija y le confió el secreto, le dio la llave mágica para que la guardara hasta que llegase un Rey justo. Entonces debía entregarla y decirle al Rey dónde estaba escondido el Carruaje Mágico.
Recuérdalo siempre le dijo. Lo he escondido allí donde sólo miran los limpios de corazón. Sólo un rey justo y bueno podrá saber dónde es ese lugar, pues así era el rey al cual los ángeles entregaron el carruaje".
Quilino se detuvo. Los demás lo interpretaron como una pausa; pero, viendo que no seguía, se impacientaron.
¿Y? preguntó Beatriz al tiempo que bajaba la cámara.
Y eso es todo...
Eliseo hizo una mueca de disgusto.
Nada que ver con lo nuestro. Parece una de esas historias de oriente...
Un cuento infantil no es dijo Beatriz mientras dejaba de filmar. Los cuentos infantiles tienen moraleja, el malo es castigado... ¡Acá no pasa nada de eso! ¡Ni siquiera tiene final!
Habría que preguntarle a... Enrique tuvo una leve vacilación. A algún especialista.
Se levantó aparentando indiferencia y se estiró desperezándose.
¡Pero al final tiene razón el gringo! No tiene nada que ver con lo que hablamos.
Hubo un instante de desaliento en Eliseo. Beatriz parecía pensativa. Quilino tomó de un estante un pequeño adornito en forma de sulky que había pertenecido a su madre. Caminó por la cocina mientras lo observaba, hasta que se colocó entre el joven matrimonio y Tefi. Una vez allí, le señaló el carrito y le hizo un gesto que ambos entendieron.
¿Me perdonan? Tengo que volver temprano a casa.
Y Tefi se retiró en su bicicleta, dejando a los tres en sus especulaciones. Ella sabía a dónde iba. Tenía que ver a Chelco, contarle la historia que Quilino sólo había recordado esa mañana. Él era el especialista.
Y cuando se habla de una llave mágica de piedra eterna, mucho tenía que ver a raíz del descubrimiento de esa madrugada.
Cuando Tefi terminó de referir la historia, Chelco estaba pensativo, con una media sonrisa irónica.
Interesante... si consideramos que la familia de Quilino estaba aquí desde antes de la Conquista.
¿Cómo es eso?
Estas tierras fueron ocupadas por españoles. Un soldado que había venido con Gaboto se asentó en este lugar. Después llegaron los indios en malón, el lugar fue desierto nuevamente, tal vez hubo una toldería... pero siempre había alguien. La mujer de ese soldado era una india de la tribu que vivía acá. Por más mezcla que hubiera, es tradición en la familia de Quilino que hay indios en el origen.
¿Y con eso?
Cambiá "Rey" por "Inca", que tienen una tradición de ser hijos del sol. Cambiá "palacio en las nubes" por "Macchu Picchu"... considerá que se hablan cosas raras sobre las líneas de la llanura de Nazca... y algunas cosas empiezan a tener sentido.
¡Vos no creerás eso!
Yo, desde acá, me he encontrado con cosas muy raras. No te digo de creerlo todo, pero si debo tener una actitud científica, no debo negar porque sí las cosas.
¿Y entonces?
Supongamos que hubo una máquina voladora. Una de las mujeres del Inca se la trajo. ¿Cuándo? No sé. El cuento me suena a Atahualpa y Huáscar... pero me parece demasiado reciente. Si la gente de Pizarro hubiese visto la máquina voladora, no le habría tirado con flechas, sino que la leyenda hablaría de "truenos" y "abejas zumbadoras". Y los gallegos no se habrían quedado callados.
Pero se habrá deformado el cuento al pasar de boca en boca.
También tengo en cuenta eso... y no descarto nada. Pudiera ser que ni siquiera los Incas supieran de ninguna máquina voladora, sino que todo fuese más antiguo. Por ahora, me preocupa encontrar el lugar donde miran los "limpios de corazón". ¿Qué se te ocurre a vos?
¿A mí...?
No mires a mi corazón que te vas a espantar. De todos los que están en ésta, vos sos la que más limpio tenés el corazón.
Hay cosas que no he contado...
¿Tus encuentros con Quilino en la cueva de la cañada?
Tefi se sobresaltó espantada, al tiempo que miraba con furia a Chelco.
¿Quién...
No te preocupés, no me lo dijo nadie. Estaba experimentando con mi silla cuando los descubrí. Nadie más lo sabe.
¡Es imposible llegar ahí con tu silla!
A ese lugar, tal vez. A la parte de arriba, desde donde los pude ver jugando a Adán y Eva, no. Vuelvo a decirte, no te preocupés. No me quedé mucho tiempo... lo suficiente para saber quiénes eran.
Había una nota de amargura en la voz de Chelco.
Puedo envidiarlos... pero no soy un miserable.
Pero si vos nos viste...
Si alguien más los hubiera visto, a esta hora lo sabría todo el pueblo. O habrían tenido alguna visita desagradable. ¿Sabés por qué llegué ahí? Porque confío en mi silla, en sus garfios retráctiles, en sus músculos hidráulicos. He andado donde muchos sanos dudarían antes de poner el pie. Y no es un lugar por donde vayan los de acá. Si querés tener más tranquilidad, te sugiero que pongan churquis en la picada que va desde lo de la Panchita a lo de José. Creo que será suficiente.
Tefi quedó abatida.
¡Yo creí que ese lugar era nuestro, sólo nuestro! Cuando lo descubrí... era más chica. Se lo conté a él, cuando ya no me dejaban pasar la noche en su casa. Y él me dijo que jamás hubiera descubierto el paso.
¿Está muy oculto?
Sí... yo todavía me pregunto cómo lo descubrí.
Bueno... no es eso lo que nos preocupa ahora. Lo que importa es que tratemos de encontrar ese lugar... y ver qué tiene.
Antes de volver a su casa, Tefi pasó por el boliche. Ella sabía que el Alemán estaba siempre en la mesa al lado de la ventana. Pero esta vez, su mesa estaba vacía.
Se asomó, con el pretexto inocente de preguntar por él; pero en cuanto asomó los ojos de los parroquianos se fijaron en ella.
Quilino no viene por acá... dijo burlón Jorge Varlero.
Tefi no le prestó atención siquiera a la carcajada apagada de la concurrencia. Vio al fondo del boliche, en el rincón más oscuro, a Héctor Salvo inclinado sobre su cuaderno, escribiendo febrilmente y lanzando cada tanto miradas temerosas en derredor.
Se retiró enseguida. Chelco, a partir de su confesión, había demostrado no ser un canalla. Para que hubiese trastornado de esa forma al pobre Alemán, debió haber tenido motivos muy sólidos.
Capítulo V
Un motor indicaba la llegada del padre Barbieri, que todos los domingos venía a dar misa. Los feligreses de siempre, no demasiados, se prepararon para asistir.
Pero apenas se fueron acercando a la Capilla notaron la presencia de un hombre desconocido que acompañaba al padre Barbieri. Un hombre joven, que nunca habían visto. Robusto, fuerte, de expresión adusta. Y, sobre todo, unas miradas de costado acechadoras, recelosas, presagios de una violencia que podía desatarse.
Les presento al padre Moreno dijo el padre Barbieri. El mes que viene debo viajar a Buenos Aires y, mientras dure mi ausencia, él se encargará de las misas.
La palabra del padre Barbieri era ligeramente vacilante, poco convincente. Era evidente que él sabía la mitad de la historia... y esa mitad no le convencía. Pero ni idea tenía de lo que podía ser la otra mitad.
En el pueblo la voz corrió enseguida. Ese día, la concurrencia a misa fue masiva. Nadie perdía de vista al "sacerdote" nuevo... ni se tragaba que fuese un suplente. Las palabras del gringo Eliseo les sonaban todavía. Había que cuidarse de los extraños. Y este extraño tenía más aspecto de llevar una Matika que un cáliz.
Aprovechando el fresco del otoño, Quilino colocó el collar en su cuello bajo una camisa cerrada. Sólo Tefi y Quilino lo supieron.
Chelco sólo se acercó a la puerta de la Iglesia a ver al mencionado "cura" y ambos se cruzaron miradas significativas. Chelco no se quedó a misa y nadie sabría por mucho tiempo a dónde había ido.
A la salida de misa, pasado el mediodía, Quilino y Tefi vieron acercarse a Eliseo y Beatriz. Venían como para asistir, pero era evidente que no habían estado en la iglesia.
Guillermo quiere vernos le dijo Eliseo en voz muy baja a Quilino.
¿Dónde?
En la cueva de la cañada. Dice que ustedes saben dónde es...
Quilino y Tefi se miraron entre sí. Quilino sabía del descubrimiento de Chelco pues Tefi se lo había contado. Pero no entendía por qué esperaba verlos allí.
¿Te dijo algo más?
No, nada más.
Vamos entonces.
Momentos después, estaban frente a la entrada. Allí los esperaba Chelco con su silla.
Estamos todos. Está bien. Ahora, Quilino, Eliseo, álcenme. Ustedes, chicas, carguen mi silla.
Comenzaron a avanzar. Quilino y Tefi conocían el lugar, pero Eliseo y Beatriz lo veían por primera vez. Visto desde el cauce del río, aparecía como una cascadita que surgía de la montaña, desde una hendidura que terminaba a pocos metros. Sólo la visión que se tenía al adentrarse hacía ver que se trataba de una cañada estrecha que hacía una pequeña curva. La similitud de colores y la penumbra permanente provocaban la engañosa ilusión de una pared.
Cuando llegaron al otro lado, encontraron la continuación del arroyo, que formaba una pequeña laguna con una playa de arena. Todavía se podían ver las huellas de los pies desnudos de Tefi y Quilino. Éstos, por su parte, miraron instintivamente hacia arriba, hacia la alta pared que daba al monte cerrado, por donde en su momento Chelco los había descubierto.
En el otro margen, otra pared alta y una cavidad natural que podía oficiar de refugio. En semejante lugar, cualquiera hubiese podido encontrar el Paraíso.
Sólo el corazón limpio descubre un lugar así. Un corazón limpio no tiene ideas preconcebidas, por lo tanto no se deja engañar por sombras y colores. La joven inca encontró un buen lugar.
Todo ese discurso había sido pronunciado por Chelco mientras se acomodaba nuevamente en su silla. Tefi no dejaba de mirarlo con sorpresa.
¿Trajiste el collar, Quilino?
Por toda respuesta, el nombrado se lo quitó del cuello.
Dáselo a Beatriz.
Así lo hizo. Chelco sacó de su bolsillo un juego de alicates y se lo extendió a la nombrada.
Desmontálo... vos sabés lo que importa y lo que no.
No sorprendía tanto la seguridad con que Chelco daba órdenes, como la aquiescencia con que Beatriz acató la última; como si supiera de antemano de qué se trataba.
Ahora los hombres. Ahí hay una cueva.... lamentablemente no había tiempo de traer palas, así que tendrán que cavar con las manos. Revisen las paredes de esa cueva a ver si encuentran algo de interés.
Quilino y Eliseo obedecieron resignados, sin dejar de mirar con intriga a Chelco. Sólo Tefi pareció escandalizada cuando observó lo que estaba haciendo Beatriz.
¿Qué hacés, estás loca?
Beatriz estaba prácticamente destrozando el arabesco de platería que rodeaba la cabeza incaica. Tefi iba a convertir su protesta en acción cuando Chelco la detuvo con el gesto.
Dejála... es un lindo trabajo, pero ahora hay cosas más importantes.
En eso, se escucharon tiros y explosiones. Todos suspendieron sus tareas con la angustia en la expresión.
¿Qué es eso?
Viene del pueblo...
¡Papá, mamá! fue el grito de Tefi. Amagó salir corriendo.
¡Tefi, no! ¡Parála Quilino! gritó Chelco.
Quilino no demoró en cumplir esa orden y sujetar a su amor por la cintura.
¡Soltáme!
¿Qué querés? ¿Que te maten a vos también? continuó Chelco furioso. ¡Esas son Matikas! ¡Vienen por el collar y por lo que hay detrás del collar!
En eso se sintió un ruido de motor.
¡A la cueva todos! gritó desesperado Chelco. ¡No dejen nada a la vista!
No demoraron en cumplir la orden pese a su desconcierto. Desde el reparo de la saliente vieron la sombra del helicóptero proyectarse sobre la lagunita. Era evidente que intentaba descender, pero el lugar era demasiado estrecho para sus aspas. No demoró en seguir vuelo. Los disparos y las explosiones continuaban en la lejanía.
Los hombres, sigan buscando. No son seres de corazón limpio los que nos atacan, pero nunca se sabe. Los podemos tener aquí en poco tiempo.
Quilino y Eliseo siguieron raspando las paredes con las uñas. Beatriz, Tefi y Chelco lanzaban miradas temerosas al exterior.
¿Quiénes serán? preguntó Beatriz.
Si son los tuyos, creo que están exagerando...
> Tefi no supo en ese momento interpretar el retruque de Chelco. Iba a preguntar cuando la voz de Quilino la sacó de situación.
¡Acá hay algo!
De inmediato, todos fueron hacia el lugar que señalaba Quilino. Podía verse claramente la unión artificial de dos piedras, encastradas al estilo de los Incas. Quilino seguía trabajando y descubriendo una muralla incaica.
¡Todos ayuden! exclamó Chelco. ¡Es necesario llegar del otro lado!
Una hora después, cuando tiros y explosiones ya no se escuchaban, la labor febril de los cuatro habilitados había dejado a la luz una pequeña muralla. Las piedras eran pequeñas, unidas sin argamasa de ningún tipo; no obstante, la irregularidad de las mismas y la casi milimétrica coincidencia de las caras convertía a la muralla en un obstáculo sólido, capaz de resistirlo todo.
Lindo trabajo para un arqueólogo... fue el comentario de Eliseo.
Puede ser, pero no tenemos tanto tiempo retrucó Chelco. Nos va la vida en abrir y sacar lo que está del otro lado.
Necesitaríamos explosivos...
¿Querés que los vaya a pedir al pueblo? fue el comentario agrio de Quilino. Algo les tiene que haber quedado.
No es necesario... respondió Chelco sin acusar recibo de la ironía. Sólo despejen el lugar para que la vea completa.
Ante la vista de Chelco quedó la muralla completa. La estuvo contemplando un instante.
Tefi... vení a mi lado.
Así lo hizo la nombrada. Chelco sacó de su bolsillo un pequeño láser y apuntó hacia una de las piedras.
Tené presente esa piedra...
Apuntó hacia otra, bien distante de la primera señalada.
Ahora esta otra. Decíme, Tefi... ¿cuál de las dos te gusta más?
Son un poco pesadas para engarzarlas en un anillo comentó Quilino con acritud.
No le hagás caso. Elegí una de ellas...
Pues... la pequeña.
Ahí es donde tenés que apretar, Beatriz.
Beatriz presionó la piedra. Ésta, tras una pequeña resistencia, se hundió hasta caer al vacío del otro lado. Acto seguido la muralla se derrumbó como un castillo de naipes. Una leve polvareda invadió el ambiente y provocó los lógicos estornudos. Una vez que se hubo despejado, la luz que entraba por primera vez en milenios al interior de la cueva dejó ver una obra fantástica. Tan fantástica que todos quedaron maravillados y quietos, en callada contemplación.
Lo que veían era una especie de trineo o bote... o una mezcla de ambas cosas, con un rostro incaico igual al del collar como mascarón de proa.
¿Qué es eso? preguntó Tefi.
El Carruaje Mágico del cuento de Quilino.
La respuesta no vino de Chelco, que hubiera sido de esperar, sino de Beatriz. En cuanto ésta se dio cuenta de que había hablado de más, se dio vuelta para encontrarse con tres rostros que la miraban interrogantes: Los de Quilino, Tefi y su propio esposo Eliseo.
No te preocupés, Eliseo intervino Chelco con serenidad. Cuando todo esto termine, Beatriz te va a dar las explicaciones del caso. Ahora tienen que sacar este "carruaje mágico" hasta la entrada de la cueva...
¡Es enorme!
No te preocupés... lo van a encontrar muy liviano. Pero no lo saquen a la playita. Si llega a pasar nuevamente el helicóptero, no quiero que lo descubra.
Fue sorprendente la facilidad con que pudieron levantar el aparato los dos hombres. Allí pudieron comprobar que, si bien era voluminoso, sólo había dos asientos en fila. Uno para piloto y otro para acompañante atrás.
Chelco se acercó con una leve ansiedad.
¿Funcionará después de tanto tiempo? preguntó Beatriz.
Si no funciona... todo habrá sido inútil.
¿A qué te referís con "inútil", Guillermo? preguntó Eliseo.
A los muertos que pueda haber en el pueblo, al asalto falsificado a tu casa... y no sé si otras cosas.
El tono con que fueron dichas esas palabras no escapó a nadie. Era un tono amargo, un tono de demasiadas lágrimas tragadas.
Espero saber lo que vos sabés... algún día, Guillermo.
Espero poder contártelo, Eliseo. Ahora veamos... no parece haber pedales...
Ni comandos. Sólo esa cara, donde debería estar el panel de instrumentos.
Sí... esa cara. Es muy parecida a la del collar...
Sin más, Chelco sacó de su bolsillo una pequeña navaja. Hizo palanca y la cara saltó. Ante ellos, impecable como el día en que lo taparon, apareció el panel de instrumentos. Sólo para dos personas pareció tener sentido; uno de ellos Quilino, piloto profesional, el otro Chelco, cerebro privilegiado.
Este comando parece querer indicar la altura. Fijáte los símbolos, son muy claros. La Luna y el árbol...
Y éste la dirección... con dos manos se puede manejar.
¿Y éste?
No sé, es muy pequeño. Probemos...
Fue moverlo y un redondel pequeño, con protuberancias metálicas, se hundió. Lo movió en sentido inverso y el redondel volvió a surgir.
Fíjense en esas salientes... ¡Dame la cara, Beatriz!
Con cierta reticencia imperceptible, Beatriz entregó el rostro de piedra que había formado parte del collar. Chelco volvió a hundir el redondel. Colocó la cara de modo que dos salientes oficiaran de guías y la deslizó por las mismas hasta llegar a un tope. Luego volvió a elevar el redondel hasta que sus protuberancias hicieron contacto con la del otro lado.
Y por muchas partes del tablero y del aparato comenzaron a aparecer luces, pequeñas luces que habían esperado centenares de años para encenderse, ante el asombro de todos.
¡Funciona! gritó Chelco entusiasmado. ¡Ésta era la llave mágica! ¡Pronto, ayúdenme a entrar!
Chelco y Eliseo desprendieron a Quilino de su silla. Por un instante, sus pequeñas y muertas piernas quedaron balanceándose en el aire; luego lo instalaron en el asiento del piloto.
Pero algo pasó que creó un gran desconcierto. Beatriz, sin esperar nada, se sentó en el asiento del acompañante. Eliseo la miró con reproche, Quilino y Tefi con desconcierto. Sólo Chelco giró hacia atrás para verla y sus miradas se cruzaron.
Está bien, déjenla ahí. Forma parte de la explicación que te tiene que dar, Eliseo. Ahora retírense todos, no sé de qué forma puede afectar esto a los de afuera.
Le obedecieron. Chelco, bajo la atenta mirada de Beatriz, comenzó a operar los controles. Y con cierta lentitud el aparato se elevó hasta casi tocar el techo de la cueva. De inmediato dio un giro de ciento ochenta grados y volvió a descender. Los demás se acercaron entusiasmados.
¿Qué estás esperando? ¡Tenemos que salir de aquí! fue el comentario impaciente de Beatriz.
No tanto apuro, Bicha. Acordate lo que dice el cuento de Quilino, que una flecha puede voltear este aparato. Los disparos que hemos oído no son de aire comprimido precisamente. Nos llegan a dar y se pierde todo.
El comentario de Chelco hizo recordar a todos la situación que se estaba viviendo en el pueblo... al menos lo que suponían que podía pasar. Súbitamente, les urgió a tres de ellos volver al pueblo.
Observen... dijo Chelco al tiempo que extraía una libreta y comenzaba a hacer un mapa improvisado. Aquí está el pueblo, éste es el río... aquí el arroyo y ésta es nuestra posición. Es evidente que los atacantes llegaron por el camino, pero a esta altura pueden estar en cualquier parte. Si están, por ejemplo, en lo de Panchita, apenas este aparato se eleve lo voltean. Necesitamos averiguar dónde están exactamente... y crear una maniobra de distracción.
¡Pero eso es imposible! ¡No sabemos cuántos son! ¡Y por lo menos tienen un helicóptero! ¿Cómo vamos a escapar?
Tampoco nos podemos quedar indefinidamente, Eliseo. Tengo un plan... pero es arriesgado.
Decílo, si es necesario, voy yo hasta el pueblo...
Vos no, Eliseo. Sos grandote, te ven en todas partes. Y Beatriz tiene que volar conmigo, no preguntés por qué todavía. El asunto es que este aparato tiene que estar, con Beatriz y conmigo, en cierto lugar antes que se ponga el sol. Ustedes se tienen que quedar aquí, hasta que venga el rescate. Pero el rescate sólo va a venir si nosotros llegamos sanos y salvos.
¿Cuál es tu plan, Chelco?
Quilino, Tefi... creo que el secreto de ustedes ahora lo tienen que conocer Eliseo y Beatriz.
Capítulo VI
Veinte minutos después, Quilino y Tefi volvían a la cueva. Estaban completamente desnudos y cubiertos de barro, de un barro pegajoso y oscuro; de modo que parecían dos estatuas vivientes.
Se demoraron... dijo Beatriz con acritud.
Esto puede ser una despedida definitiva, Beatriz le retrucó Chelco. Vos, en el lugar de ellos, también te habrías demorado.
Ni Beatriz ni Chelco habían bajado del aparato, casi como una actitud de chicos que no quieren dejar el lugar privilegiado que consiguieron; en tanto que Eliseo se paseaba nervioso. Chelco volvió a dirigirse a Quilino.
¿Recuerdan lo que tienen que hacer?
Todo...
Vayan, no pierdan tiempo.
A la carrera, Quilino y Tefi se dirigieron hacia la salida oculta.
Jamás lo hubiese creído... comentó Eliseo cuando quedaron solos. Él, con una nena...
Ya no es una nena, es una mujer. Hemos crecido mucho en estas horas...
Tefi y Quilino salieron por la entrada oculta. La consigna era ir agachados, casi a la rastra. Mirar para todos lados, estar atentos a cualquier ruido. La aparición del helicóptero o de cualquier fuerza desconocida debía hacerles unirse y enredarse. Desde lejos parecerían un túmulo de barro.
Debían llegar al campo aéreo y ver si el avión aún existía. De ser así, Quilino debería volar en él y alejarse de la zona de la cueva; en tanto que Tefi debía regresar a la cueva y dar el aviso.
Y si el avión ya no existía, debían crear una maniobra de distracción lo suficientemente contundente como para concentrar allí las fuerzas invasoras y permitir que el "carruaje mágico" ganase altura. El resto ya dependía de Chelco.
Apenas habían andado unos metros cuando debieron agacharse. A doscientos metros había un vehículo abierto con gente armada a bordo. Se desplazaba con lentitud por el caminito; los ocupantes miraban ávidos los alrededores, pero no parecían haberlos visto.
Más lejos, una gruesa columna de humo se elevaba donde debía haber estado el pueblo. Ambos sintieron un nudo en el corazón.
¿Qué hacemos, mi amor?
Es evidente que no podremos llegar al pueblo... pero todavía podemos llegar a mi casa.
¿Cómo?
Desviando por la Panchita...
Yo no conozco...
Yo sí... y en otro momento te explico. Ahora vamos.
Se metieron por entre las breñas, un camino nada aconsejable para hacer desnudo. Pero les importaba poco. Quilino no tenía parientes, pero quería a los del pueblo como su familia; en tanto que Tefi tenía a su padre y su madre. ¿Qué habría pasado con todos? Los disparos que se habían oído eran muy fuertes, eran de muchas armas. Los del pueblo, gente pacífica, apenas tenía escopetas de caza y algún que otro revólver. Temían lo peor.
Y lo peor se confirmó.
Apenas salieron de las breñas se encontraron con la parte de atrás del rancho de Panchita. Ahí estaba el padre de ésta, partido en dos por una ráfaga de ametralladora, los ojos abiertos en el último porqué. Tefi tuvo que contenerse para no gritar; de todas maneras, Quilino atinó a taparle la boca.
Avanzaron cuando les pasó la primera impresión. Ya en la parte de adelante estaban la Panchita, sus hermanas, un cliente ocasional que había llegado esa mañana de domingo... todos muertos a balazos.
Y el silencio. Ni los pájaros cantaban.
Un gemido les llamó la atención. Entraron con reserva al ranchito y encontraron a Leonor, la tía de Panchita, atada a un camastro, desnuda y con una herida enorme en el estómago. De inmediato acudieron a desatarla, aunque la pobre infeliz estaba más allá de cualquier auxilio. No obstante, ella los miró con terror.
Tranquila, Leonor. Somos Quilino y Tefi...
La desgraciada, en su agonía, pareció comprender la situación.
Agua... atinó a decir.
Una botella de agua mineral había sobrevivido. Tefi le fue dando lentamente por los labios, una forma de aliviar el sufrimiento de la herida.
¿Qué pasó, Leonor?
Soldados... me violaron... al final me...
No dijo más. La pobre mujer, de tal vez treinta años aunque nadie lo sabía con exactitud, había muerto.
Ya nada tenían que hacer allí.
Vamos a mi casa, Tefi. Pero por el montecito... no sea que a alguien se le de por volver...
¡Los mataron a todos!
Pueden creer que todavía está viva y quieran seguir la fiesta. No lo sabemos... de estos tipos podemos esperar cualquier cosa.
Con dificultad, lentamente, llegaron atrás de la casa de Quilino. El avión parecía estar bien, pero con custodia. Al menos vieron un hombre armado.
Tenemos que saber cuántos son. Es tarde para buscar otra cosa.
Tratemos de entrar por el depósito...
Del depósito llegaron al interior y comprobaron que sólo eran dos los uniformados que custodiaban; pero estaban fuertemente armados y, como se había comprobado, no tendrían miramientos con ellos.
Quilino revisó un rincón y encontró un hacha pequeña. Era mejor que nada, sobre todo si le permitía sacarse de encima a uno de ellos o a ambos; pero... ¿cómo?
En eso vieron que uno de los uniformados entraba. Se ocultaron en la sombra de un rincón, Quilino con el hacha lista para atacar. Pero el tipo venía más preocupado en sacarse las armas de encima y dejarlas bien aseguradas. Una vez que lo hizo, entró al baño aflojándose el cinturón.
Cuando el uniformado salió del baño ajustándose el cinturón, lo último que vio en este mundo fue una figura de barro que bajaba algo brillante sobre su cabeza. Luego su cráneo se abrió en dos y el cuerpo se desplomó haciendo crujir la puerta.
¿Pasa algo? preguntó el otro uniformado. Quilino no le dio tiempo. Con toda la celeridad que pudo manoteó el arma y asomó. El otro no tuvo tiempo de reaccionar, que quedó partido en dos por la ráfaga.
¿Qué hacemos ahora?
Lo primero es revisar el avión...
No demoró en darse cuenta de que estaba en condiciones, listo para volar. Confiaban en que dos combatientes experimentados sabrían cuidarlo, tal vez para después quedarse con él.
Tengo que distraerlos... pero a la vez avisar a Chelco.
Yo voy y le aviso, mi amor...
Está bien, Tefi. Tomá por donde vinimos, con mucho cuidado. Voy a calcular una hora, más o menos, y despego. Para entonces, todos estarán atrás de mí.
¡Pero mi amor, el helicóptero...!
Este bichito, viejo y todo como es, es más rápido que cualquier helicóptero. Y tengo mil formas de escaparme de estos tipos; ya ves, pudimos con dos...
La Panchita, los otros...
No estaban avisados, les cayeron de sorpresa. ¡Andá rápido, que se pone el sol!
Quisiera no tener tanto barro encima...
Nos volveremos a encontrar... sin barro y sin ropa. Ya no va a importar.
Se dieron un fugaz beso y Tefi emprendió la marcha.
Pese a sus temores, Tefi pudo pasar sola por lo que había sido el rancho de la Panchita y sus cadáveres cubiertos de moscas. No obstante, cuando salió del monte para tomar el camino del arroyito hacia la entrada oculta, vio que el vehículo con gente armada estaba en el camino. No la habían visto, pero lo harían si avanzaba.
Estaba dudando qué hacer, cuando una enorme explosión sacudió los montes y provocó un revuelo de pájaros. Como pudo se asomó y vio una enorme columna de humo hacia el lado donde debía estar el campo aéreo. El vehículo se puso en marcha y alcanzó a ver la figura del helicóptero que se dirigía hacia ese lugar.
Instantes después, vio elevarse sobre la sierra la figura del "carruaje mágico", que quedó suspendido por un instante, se orientó hacia el norte y partió a una velocidad increíble.
Cuando llegó a la playita oculta, sólo estaba Eliseo, mirando hacia el cielo con la mirada perdida. Tenía una expresión de pena intensa, la de un hombre decepcionado, engañado...
Se fueron... fue todo su comentario.
Volverán. Ella te quiere y Chelco no nos va a abandonar.
Sí... Guillermo no nos va a abandonar...
Se volvió a verla y su mirada cambió. Tefi se dio cuenta que el barro sobre su cuerpo estaba casi seco, que gran parte de los plastrones se le habían caído por el camino y que en muchas partes de su piel apenas quedaba una leve capa de polvo oscuro. Se tapó instintivamente. Eliseo, avergonzado, le dio la espalda.
Voy a cambiarme.
Se sumergió en el agua fría del arroyo, hasta que pudo sacarse el barro. Luego se quedó secando su cuerpo a la fría brisa del crepúsculo. Todavía con cierta humedad se c |