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F i c c i o n e s

QUILINO
Fernando José Cots

Capítulo I


La enorme nave se desplazaba a gran velocidad, generando apenas un leve zumbido. En su interior, tener conciencia del viaje era una cuestión de mirar por los ventanales, lo único que desmentía la aparente quietud del vehículo.
      En uno de los asientos de pasajeros, una mujer de unos cincuenta años tenía la mirada perdida en su propio interior. Nada parecía perturbarla. En un asiento próximo, dos niñas de alrededor de doce años conversaban animadamente sobre trivialidades propias de su edad.
      De pronto, una leve sensación activó la atención no sólo de la mujer y de las niñas, sino de los restantes pasajeros. Era evidente que la nave disminuía su velocidad... se estaba deteniendo. Todos miraron en derredor en busca de una respuesta, que no tardó en materializarse por medio del holograma del piloto.
      —Se informa a los pasajeros que, por una emergencia, el Control Mundial de Tráfico Aéreo ha determinado un alto de seis minutos con veinte segundos en esta posición. Luego continuaremos con el vuelo normal.
      El holograma se esfumó y los pasajeros hicieron gestos de contrariedad y de resignación. No así la mujer, quien quedó pensativa, tensa, con una actitud de sospecha. Las niñas, entre tanto, comentaban con fastidio.
      —¡Seis minutos! ¡Los chicos se irán sin nosotras!
      —Si están esperándonos en la base, sabrán lo que ha pasado. Tal vez nos hablen.
      —Espero que sí. ¿Por qué tanto tiempo?
      —Alguien importante habrá salido a pasear. Ya sabes... si no hicieran ese control, con esta velocidad...
      —Sí, claro. Pero por lo que sé, con menos de dos minutos se puede programar una emergencia.
      —Será algo más complicado.
      La mujer pareció salir de su tensión. Apoyó la palma de la mano en un scanner. Frente a ella se materializó otro holograma, esta vez de una mujer joven vestida de túnica.
      —¿En qué puedo servirla, señora Hyakawa?
      —Necesito la nueva hora de arribo a Villa Silvia. Hora local.
      —Catorce horas, diez minutos, treinta y dos segundos. ¿Algo más, señora Hyakawa?
      —Nada más. —Retiró la mano del scanner.
      —Para servirla, señora Hyakawa —dijo la imagen al esfumarse.
      La señora Hyakawa no se molestó en ser cortés. Sabía que estaba hablando con una máquina; que la imagen que acababa de ver ni siquiera pertenecía a un ser humano real, sino que había sido armada en función de un propósito psicológico: otorgar confiabilidad al receptor.
      Ahora se imponía otra tarea. Esta vez pulsó un botón y, a sus pies, se abrió una compuerta. De allí salió un brazo que colocó frente a ella un teclado con pantalla de cristal. Eso llamó la atención de las niñas quienes dejaron su conversación para mirarla con asombro.
      La señora Hyakawa comenzó a teclear una dirección "chat", lo que asombró más a las niñas.
      —¡Sabe leer y escribir! —exclamó una.
      —¡Claro, si es vieja! —acotó la otra.
      La señora Hyakawa les lanzó una breve mirada, severa, que las inhibió. Luego volvió a concentrarse en su comunicación, ya a sabiendas de que esas niñas, las únicas que podían ver su pantalla, nada entenderían. Para ellas, las letras serían signos incomprensibles.
      Mensaje a Carlos Allende. Aquí Verónica Hyakawa.
      Aquí Carlos Allende. ¿Qué sucede, Verónica?
      
Ella tecleó la respuesta.
      Demora involuntaria. Hora de arribo, las dos y diez hora local.
      La respuesta no demoró.
      Comprendido. Venga a mi casa. La recibirá mi esposa.
      Allí estaré. Hasta entonces.
      
Nuevamente el botón, teclado y pantalla desaparecieron bajo el piso. Verónica Hyakawa volvió a concentrarse en sus pensamientos.

Hasta el día anterior, Carlos Allende había sido un perfecto desconocido para ella. No obstante, había recibido en su correo un mensaje que todavía recordaba con claridad.

Señora Verónica Hyakawa:

He conseguido los objetos de Egdeworth, Queensland y Grover. Me faltan los de Ellishill, Vermont y Montfort.
   Espero completarlos cuando usted venga a visitarme y así satisfacer su inquietud Inicial.

Carlos Allende

      Y daba sus datos completos en su firma. Así, como si se hubieran conocido de toda la vida. Al principio le chocó ese tono de confianza, luego la disparidad de datos... ella hacía años que residía en Osaka y, pese a lo económico de los viajes, no era amiga de moverse de su casa.
      ¿Qué recuerdos podía tener ella de localidades que jamás había visitado?
      Pero algo hizo que lo tomase muy en serio. Este hombre escribía desde Villa Silvia, antiguo territorio de Argentina, en Sudamérica. Y ella había nacido allí, había vivido hasta su adolescencia en el entonces pequeño pueblo rural.
      Una consulta al Banco Mundial de Datos le hizo saber que Carlos Allende realmente existía; nacido el 2 de Diciembre de 2023 (en la actualidad tenía veinticinco años) en Cabo Polonio, casado, sin hijos; residía en Villa Silvia desde hacía cinco años. Era enfermero profesional y trabajaba en el Centro Terminal.
      El Centro Terminal era un hospital de alta complejidad, destinado a la investigación. Allí recalaba todo caso incurable o desconocido que aparecía en el mundo. Tenía hasta su propia flota de naves, que estaban equipadas para atender cualquier emergencia sanitaria. En minutos podían estar en el otro extremo del mundo, ya que cualquier solicitud era atendida con prioridad, como —tal vez— aquella que la mantenía por seis minutos suspendida sobre algún lugar del Atlántico.
      Otros datos sobre Allende le habían llamado la atención. Había pedido unas vacaciones anticipadas, se las habían concedido, y había visitado todas las localidades mencionadas en su mensaje... y en ese orden, con un desprecio total por las distancias, las idas y las vueltas. Nada extraño en una época de viajes casi gratuitos. Pero apenas había estado un día en cada localidad y había realizado compras intranscendentes. Luego había regresado a Villa Silvia y al día siguiente había emitido su extraño mensaje.
      Verónica estaba perpleja. Especulaba que este hombre quería decirle algo, pero no entendía qué...
      Hasta que se percató de que la palabra "Inicial" en el mensaje estaba con mayúscula. Entonces había que considerar las iniciales. "E", "Q" y "G" por un lado, y "E", "V" y "M" por el otro.
      Eran las iniciales de Enrique Quilino García, héroe mundial y su amor de la adolescencia, y de Estefanía Verónica Monte (Ellishill, Vermont, Montfort), su verdadero nombre completo. Desde que se había casado con Shiburo Hyakawa usaba su segundo nombre y su apellido de casada.
      Ahora ya no tenía dudas. Este hombre quería decirle algo. Algo que no podía decirle por los medios habituales de comunicación y que debía decírselo en Villa Silvia, no en Osaka.
      Ella tomó la determinación de viajar, aunque eso significara encontrarse con recuerdos que no quería afrontar, que por más de un motivo estaban demasiado vivos. Le mandó un mensaje anunciándole su visita, como si lo conociera de toda la vida.

La nave auxiliar sólo demoró el tiempo necesario para que ella descendiese en la plataforma con su pequeño bulto. De inmediato salió disparada hacia la enorme nave suspendida sobre su cabeza. Segundos y esa misma nave era una perla en el horizonte.
      Entonces la señora Hyakawa se volvió hacia lo que había sido su pueblo, treinta y ocho años atrás. Y Estefanía Verónica Monte, desde su interior, le empujó las lágrimas hasta nublarle la vista.
      La plataforma estaba ubicada en el cerro más alto de la localidad y desde allí se tenía un panorama completo. Cerca se conservaba el viejo pueblo, convertido en museo.
      Un poco más allá, el nuevo pueblo, con el moderno criterio de construcción, rodeaba la mole del Centro Terminal.
      ¿Por qué habían elegido su pueblo para instalar semejante complejo? Era algo que ignoraba. El pueblo de su infancia, pueblo de agricultores, ya no existía. Ahora dos cosas daban vida al lugar: el Centro Terminal y el Museo.
      Se dirigió a una cabina de comunicaciones. Tras marcar su pedido, apareció el holograma de una joven negra. La reconoció por los retratos del Banco Mundial de Datos: era Tieta, la esposa de Carlos Allende.
      —Hola Tieta, soy Verónica...
      La Joven sonrió con una blancura de dientes que ni el holograma podía apagar.
      —¡Bienvenida, Verónica; la estoy esperando!
      —Tuve una demora, tu esposo te habrá contado.
      —Claro... —el tono de Tieta se volvió ligeramente grave—. Ahora hay que esperar a la noche, que termine su turno, para que pueda verlo. ¡Pero puede venir a casa!
      —Visitaré el museo antes.
      —Le recomiendo los pastelitos de la panadería. Venga cuando quiera.
      —Así será.
      Cortó la comunicación y fue hacia otro rincón donde había un vehículo automático. Apoyó la palma de su mano en otro scanner. La puerta del vehículo se abrió.
      —Suba, señora Hyakawa —dijo una voz sintética.
      Estefanía se acomodó en el asiento.
      —Al museo —fue la simple orden. Por dentro le molestaba que gracias al Banco Mundial de Datos supieran quién era en todas partes. Quienes acostumbraban a viajar mucho no se molestaban por eso; al contrario, el ser llamados por su nombre los imbuía de cierta importancia. Pero ella, salvo su salida ese día que quería olvidar y su viaje a Osaka con su marido, no había vuelto a viajar.

Nuevamente las lágrimas le nublaron la vista. Había hecho un alto en la entrada, donde había debido abandonar la cómoda túnica y ponerse ropa del año 2010. Ropa de mujer grande, como ella. En el 2010 ella tenía doce años...
      Al entrar al museo le habían hecho la pregunta: ¿Cómo quiere ser tratada? ¿Como un pariente, como desconocida o como un ser invisible? Ella había tomado la segunda opción, dado que se consideraba una extraña después de más de treinta años de ausencia. De esa forma, ningún androide la "reconocería". De haber elegido lo contrario, le habrían asignado un parentesco con algún "habitante" y éste la habría recibido en "su hogar".
      Y luego llegar por un túnel hasta un ascensor, que desembocaba bajo el piso de un ómnibus de la época. El ómnibus estaba en la vieja parada, eternamente detenido, permitiendo el descenso constante de "pasajeros" que "llegaban".
      Y luego caminar por lo que había sido su pueblo, restaurado con detalle; pero con elementos que, desde su punto de vista, juzgó como macabros.
      Porque todos los habitantes de entonces, hasta en sus mínimos rasgos, estaban recreados en androides. Todos estaban unidos a un coordinador central que recibía a los visitantes llamándolos por sus nombres, o fingiendo desconocerlos. Todos estaban programados para oficiar de guías o actuar como actuaban —o se suponía que actuaban— los verdaderos habitantes de esa época.
      Para un completo desconocido era como viajar en el tiempo. Pero Estefanía era de ese tiempo y se daba cuenta de que esa reconstrucción adolecía de serios defectos.
      Desde el punto de vista de la imagen y el sonido, era impecable. Hasta la textura y la temperatura de piel de los androides era verosímil. Pero los aromas no eran los mismos, había algo indefinible que faltaba...
      —¡Tefi!
      El grito no sólo la sobresaltó, sino que la estremeció hasta la médula. Sin darse cuenta, había llegado frente a la Municipalidad. Por la ventana asomaba su padre... o el androide que hacía de su padre, el Intendente. Ahí estaba, sonriente, con el brazo en alto, un gesto tan propio...
      —¡Voy, papi!
      El segundo grito la descolocó definitivamente. A sus espaldas se vio a sí misma, con doce años, corriendo en su vieja bicicleta... una réplica minuciosa, hasta en lo despintado del cuadro.
      "Tefi" llegó al lado del "Padre", al tiempo que la vieja Tefi, diminutivo de Estefanía, apretaba el paso. Alcanzó a oír el diálogo entre "Padre" e "Hija".
      —Andá a lo de don Isaac y traete criollitos.
      —¿Cuánto?
      —Docena y media, que acá lo tenemos al Rolo.
      "Tefi" tuvo una sonrisa pícara.
      —¿Y un pastelito para mí?
      —Uno, que tu madre me protesta que después no comés.
      "Tefi" partió rauda en su bicicleta, al tiempo que el "Padre" se quedaba mirando a Verónica con una sonrisa amable.
      —¿Puedo serle útil en algo, señora?
      Ella, como real habitante de un pueblo chico, sabía que los extraños son más mirados, perseguidos y acosados que los propios, ya que la curiosidad hace que se los atosigue a preguntas. En ese sentido, el autor de este enorme juego-monumento había fallado.
      —No señor... —contestó por compromiso—. Estoy paseando.
      —Que disfrute de nuestro pueblo —fue la protocolar respuesta del androide, que volvió a abrir su diario.
      Estefanía prestó atención al detalle. Ya no era papel de diario, material inexistente, pero era un polímero que lo imitaba a la perfección. Marcaba en títulos-catástrofe: "Histórica visita del Papa a La Meca". Ella recordaba ese título... una noticia histórica, pero que sería opacada días después por otra noticia histórica, esta vez realmente histórica, pues la cambiaría definitivamente.
      

Al momento que llegaba a la panadería de Don Isaac, vio venir a "Tefi" con una bolsa plástica colgando del manubrio. Allí se sacudían criollitos, al tiempo que "Tefi" le daba un bocado ansioso a un pastelito.
      Entró a la Panadería de don Isaac y el androide que lo representaba la saludó con amabilidad. Nada que ver con el gesto cauto y reservado del verdadero. Pidió un pastelito y lo pagó con la tarjeta de pago que le habían dado en la entrada. Hasta en eso cuidaban el detalle histórico. Se retiró al momento que "Sergio", el peón de cuadra, llegaba con una bandeja de pan caliente. Los pastelitos de don Isaac, la dulzura de su infancia. Los que hacían las máquinas en ese museo frío eran una pálida sombra.
      O tal vez ella no era la misma.
      Estaba comiéndolo sin ganas en un banco de la plaza, cuando una figura se plantó frente a ella. Era Quilino, sonriente, vestido de piloto, quien la saludaba con amabilidad, como queriendo entrar en conversación.
      —¿Conoce el memorial de Quilino, señora?
      La voz, la estampa... por un instante volvió a tener doce años y dejó que sus ya no jóvenes hormonas se conmovieran por ese hombre que había alborotado las primeras hormonas de su existencia.
      Pero ese instante duró poco. La razón le decía que el verdadero Quilino jamás en su vida había paseado por el pueblo vestido de piloto. Siempre dejaba su traje en el hangar.
      —No... es la primera vez que vengo —contestó por compromiso.
      —Venga conmigo...
      Ambos comenzaron a caminar, calle arriba, camino al Cementerio. El androide iba largando su párrafo, programado con exactitud en todos sus detalles.
      —En este museo, yo represento a Quilino, el héroe en cuyo homenaje todo esto existe. Su verdadero nombre era Enrique García. Se lo apodó Quilino dado que, por accidente, había nacido en esa localidad. Fue el cuatro de septiembre de mil novecientos noventa y dos. Su madre estaba de viaje por la zona...
      Pero Verónica, Estefanía o "Tefi", la verdadera, ya seguía caminando tras el androide en forma mecánica. Veía la estatura pequeña del mismo, fiel al original, pero discordante con sus vivencias. Ella lo veía alto a sus doce años.
      En su interior, sus recuerdos le traían con detalle inmejorable la verdadera historia...
      

Capítulo II
      

Tefi, con doce años, hacía un alto con su bicicleta a la entrada del cementerio. Si bien no estaba en pleno campo, podía oír los ruidos habituales como el canto de los pájaros, alguna radio funcionando demasiado alto en el pueblo...
      Pero un ruido comenzó a oírse como inconfundible. Un ruido casi imperceptible, que ella reconocería en cualquier parte.
      Buscó un lugar despejado, desde donde tuviese un buen panorama y observó hacia el poniente. Una figurita pequeña, un punto en el cielo que cualquiera confundiría con un pájaro. Pero no ella.
      —¡Quilino! —fue el grito feliz de sus doce años. No demoró en trepar a su bicicleta y lanzarse a toda velocidad por la pendiente. La calle principal del pueblo, de ripio pero bien cuidada, la vio pasar como una ráfaga.
      —¡Quilino! —gritaba a cada uno que encontraba en su camino y éste miraba el cielo instintivamente. Así pasó frente a la Municipalidad y su padre, don Walter Monte, ganó el medio de la calle al tiempo que escudriñaba el cielo.
      —No se gaste, don Walter. Si ella lo vio, es que le faltan dos horas para venir.
      Walter se fijó en su interlocutor. Héctor Salvo, "El Alemán". Walter reparó en su sonrisa benevolente. Héctor era veterano de la guerra de Malvinas, de la cual nunca había querido hablar. A su vez, arrastraba una historia familiar de parientes tragados por la noche y la niebla. Verlo sonreír era un verdadero acontecimiento.
      —Lo estará esperando en el hangar y todavía tendrá tiempo de prenderle las luces.
      —¡Eh, no puede demorar tanto!
      —No sé... el amor hace ver claro algunas cosas y vuelve ciego para otras.
      —Tiene doce años... —dijo Walter con cierto ahogo—. Y él tiene dieciocho. ¿No es una diferencia algo grande?
      —Dieciocho tenía yo cuando me mandaron a que me mataran los ingleses... aunque me vendieron que yo los mataría a ellos. Y quince tenía María Clara, mi prima, cuando se la llevaron... y seguro la violaron antes de asesinarla. Y por lo que me acuerdo de mi tía... doy fe que mi prima era virgen. ¿De qué le sirvió?
      Fue un instante en que las peores sombras le cubrieron la cara. Luego el Alemán pareció reaccionar y miró a Walter con seriedad.
      —¿Sabe una cosa, Walter? Detesto a los tipos que son "cuidas". Un "cuida" es un nazi vestido de caramelo. Tefi es un ser humano, merece vivir y equivocarse. No es una muñequita para tenerla en una vidriera. Más hay que preocuparse por esto.
      Y señaló el diario, con el título catástrofe: "Histórica visita del Papa a La Meca".
      —¿Eso? Estamos muy lejos de La Meca, Héctor.
      —Estamos demasiado cerca de la Iglesia, Walter. Cuando este viejo hijo de puta se junta con estos turcos cagadores, hay que ver si estamos nosotros en el plato del banquete.
      Y se retiró hacia el boliche. Walter lo miró con conmiseración. Héctor era relativamente joven, pero estaba inutilizado moralmente. Vivía de una pensión del gobierno y se pasaba el día en el boliche, leyendo el diario, libros y anotando pensamientos en un cuaderno grande. Siempre lanzaba ese tipo de especulaciones, así que poca gente le prestaba atención.
      Todo pueblo tiene un personaje, un "Loquito" que lo caracteriza... y éste era Héctor Salvo, "El Alemán", apodo que se había ganado por su pelo rubio y sus ojos azules. No era para tomarlo en serio, pero lo comentaría con su familia en la cena.
      

Tefi prácticamente volaba a través de los campos.
      Faltaba para el atardecer pero algunos animales, que ya estaban buscando sus refugios, salían espantados ante el huracán mezcla de metal y humano que aparecía de pronto.
      En el cielo, Quilino García divisaba su pueblo. Si él quería, podía aterrizar directamente en su campo sin cruzar por el cielo de Villa Silvia. Pero siempre gastaba unos minutos para dar un vuelo rasante de saludo.
      En realidad, buscaba alertar a Tefi... suponiendo que ella no lo hubiese descubierto ya y estuviese en camino al hangar. Él necesitaba esa niña, su presencia.

"Te amo", le había dicho. Ella tenía tres años, él nueve. Él, ni miras de reemplazar a su padre en el avión fumigador, que cumplía también tareas de correo y transporte menor entre localidades vecinas.
      "Te amo" y esa frase, que un chico de nueve años no podía tomar en serio de una nena de tres, le había llegado a fondo. Le respondió cantándole una dulce canción de cuna.
      Desde entonces, cada vez que viajaba a algún sitio, le traía algún regalo. La ausencia de compañeros de su edad, salvo Sergio, el peón de la panadería de don Isaac, hacía que no se viese "obligado" a tomar distancia de ella desde una pretendida madurez. Llegó a quererla como una hermana, hasta ese día...
      Quilino vivía con su padre en una casita al lado del hangar. Su padre, hombre ya grande, estaba algo perdido; no obstante, podía desempeñarse medianamente bien en la vida diaria. Algunos días, sin embargo, eran peores que otros y el padre quedaba sentado en una silla, con la mirada perdida.
      Fue uno de esos días, un día de verano. Él no había salido a volar y estaba sentado en la galería. Su padre al lado y Tefi, de nueve años entonces, les cebaba mate. La madre de Tefi estaba en el interior de la casa, realizando algunas ayudas domésticas mientras refunfuñaba algo sobre los "inútiles hombres solos".
      Un movimiento del padre de Quilino y una cucharita fue a parar al piso. Tefi se inclinó instintivamente a recogerla, cuando otro movimiento del padre, totalmente ajeno, volteó el mate derramando el agua y parte de la yerba sobre la espalda de Tefi.
      —¡Ay!
      Enrique se levantó de urgencia a asistir a su niña querida. El agua no estaba muy caliente, así que la piel de Tefi no corría demasiados riesgos. Ella misma se dio cuenta de que el mayor problema era su remera blanca, así que se la quitó y observó la mancha con fastidio. ¿Saldría la mancha de mate?
      En esos pensamientos estaba cuando comenzó a sentir algo extraño. Se volvió hacia el padre y éste seguía perdido en sus brumas; pero Quilino estaba quieto, casi paralizado, el asombro en la cara, sus ojos mirando fijo hacia ella, hacia su torso.
      Siguió la línea de su mirada y descubrió, sobre su pecho, dos prominencias de un color rosa fuerte en las cuales no había reparado. Supo en un instante de lo que se trataba.
      —¡Uy! —dijo al tiempo que se cubría el pecho con la remera. De inmediato dio la espalda a Enrique, desplegó la remera y volvió a colocársela. Pero, aún vestida, no se atrevía a mirar a Quilino, quien estaba totalmente ausente de movimientos.
      En eso entró su madre.
      —¿Qué pasa? —preguntó al percibir un ambiente extraño. Por toda respuesta, Tefi le mostró la espalda, la mancha de mate en la remera. Ella vio el mate volcado, los ademanes fantasmales del padre de Enrique. Hizo una mueca de contrariedad.
      —Bueno... cuando lleguemos a casa te la cambiás.

—Mamá, estoy en lo de Quilino.
      A través del teléfono, las descargas de la tormenta se oían. Referencia inútil. Bastaba mirar por cualquier ventana para ver nubes que se retorcían como gatos en una bolsa y relámpagos y rayos partiendo el cielo, el anochecer y el mundo entero.
      —¡No te vengas! ¡Vení mañana cuando aclare!
      No había más que decir. No era la primera vez que sucedía, tampoco. En noches serenas, la nena Tefi se había quedado a dormir en la casa de Enrique.
      Pero esta noche era particular. Era dos días después del episodio de la remera. A pesar de haberse visto, de haber estado incluso a solas en aquel intervalo, Tefi y Quilino nada habían hablado. Ahora, en medio de una noche terrible, salvo la presencia ausente del padre, estaban solos.
      La cena fue silenciosa, apenas algún comentario intranscendente. Luego ambos acostaron al padre, que se durmió enseguida. Cuando los dos amagaron a entrar en la misma habitación, hubo un instante de duda.
      Sólo un instante.
      Momentos después, ninguna remera impedía la visión de Quilino. Ninguna barrera hubo ante las miradas de ambos, ante las manos de ambos, ante las pieles de ambos.
      Enrique García, como todos los varones de la comunidad, había realizado sus incursiones al rancho de la Panchita, en las afueras del pueblo. La Panchita, sus dos hermanas y su tía, la hermana menor del padre de las tres, tenían allí su propio negocio. Por qué hacían mención de ella y no de cualquiera de las otras tres mujeres, o del padre, que era el verdadero dueño, es algo que nadie sabía. Era "el rancho de la Panchita" y punto. Tal vez la sonoridad del apodo.
      Pero ahora, con Tefi, era distinto. Muy distinto.
      Como pudieron, al amanecer, se lo explicaron a sí mismos. Y planearon un futuro. Hasta que ella tuviese la edad suficiente para poder casarse, se verían como pudiesen. Él se dio cuenta de que esos pechos no tardarían en tomar volumen, por lo que pasar otras noches juntos se haría imposible.
      Convinieron una señal para cuando la madre descubriese esa condición. La señal del último encuentro nocturno hasta la futura boda. Pero durante el día, instantes a solas que estuvieran, aunque fuesen segundos, lo aprovecharían con intensidad.
      Cerraron su elaboración de planes, ella acurrucándose contra su pecho y él cantándole la dulce canción de cuna que le cantó por primera vez cuando ella le había dicho "te amo".
      Él no se lo dijo pero, por un tiempo, seguiría yendo "de la Panchita". Una ausencia súbita despertaría comentarios. Sabía que nadie se lo comentaría a ella. Además, necesitaba saber cosas sobre el desarrollo femenino y se las podía preguntar a Gladys, la hermana más chica de la Panchita, de quince años... tal vez la más entusiasta del grupo. Había empezado a los once, cuando todavía no se sabía si iba o venía.

Todo esto había pasado ante la memoria de Quilino como un ramalazo, mientras completaba su vuelo sobre el pueblo y encaraba hacia su pista de aterrizaje. Habían pasado dos años desde entonces. Sólo había habido una segunda noche juntos... hasta que la madre descubrió esos senos nacientes. Las visitas habían seguido pero... con la consigna de volver a casa sí o sí antes de la noche.
      En el intervalo, la ausencia del padre de Quilino se volvió definitiva. Y el romance no fue tan secreto como ellos creyeron; sólo que se lo supuso más superficial, más inocente y con menos futuro.
      Apenas había encarado la cabecera de pista, Quilino descubrió la inconfundible figura de Tefi cerca del hangar. Comprobó que nadie más había. Abrazarse fue lo primero que hicieron tras el aterrizaje.
      —¿Qué pasó, mi amor? ¡Viniste un día antes!
      —La botella de don Teodoro, ya la tenían terminada.
      El remedio homeopático de don Teodoro había estado un día antes de lo previsto.
      —Pero me agarró viento fuerte en San Marcos, así que no pude llegar más temprano. ¿Tenemos tiempo?
      Ambos miraron hacia el horizonte. El sol estaba tocando los montes, de modo que el Otoño traería una temprana oscuridad. Ella no podía volver de noche en su bicicleta y, de quedarse a dormir, ni hablar. El rostro de ambos fue la contrariedad.
      —Venite mañana a la siesta. A la mañana estoy por el pueblo.

 

Capítulo III


En la casa de don Teodoro, Quilino hacía entrega de la botella.
      —Gracias, muchacho.
      —No hay por qué, don Teodoro. ¿Esto le sirve de algo?
      —La medicina homeopática es una maravilla. ¿Sabías que San Martín tomaba remedios homeopáticos?
      —No... la verdad que no.
      —Él cruzó los Andes con una úlcera terrible. Sin embargo, pese a lo que tuvo que pasar, murió a una edad muy avanzada.
      También don Teodoro tenía una edad avanzada. Nadie sabía exactamente cuántos años tenía, pero algunos especulaban con que había nacido en 1930.
      —Ah... ahora que me acuerdo. Chelco me dio esto para vos, le llegó por Internet.
      Le extendió a Enrique una hoja de impresora. Quilino la leyó con atención.
      Mensaje para Quilino García
      Viajamos este fin de semana. Esperános, queremos hablar con vos.
      Eliseo y Beatriz
      
Sonrió con agrado. El gringo Eliseo Cacciaguida, amigo de la infancia, y su mujer. Era cuatro años mayor que él, pero habían hecho buena yunta en la infancia. La escasez de población joven hacía que la diferencia de pocos años no tuviese el peso que podía tener en otros núcleos urbanos más abundantes de gente.
      El gringo Eliseo venía de familia rica, todavía sus hermanos mayores tenían campos en las inmediaciones de Villa Silvia. Había conocido a una chica de la sociedad porteña y había sido el flechazo. A instancias de ella se casaron en la iglesia del pueblo y, tanto la humilde capilla como su entusiasmada población, aparecieron en las revistas frívolas capitalinas. Todo el pueblo había comprado ejemplares y los conservaba; sobre todo aquellos que habían salido favorecidos.
      Desde entonces vivían en Buenos Aires, aunque se comunicaban cada tanto; por teléfono o por Internet, gracias a Chelco, el nieto de don Teodoro, el único que tenía la instalación necesaria. Pero no habían regresado nunca al pueblo.

—¿Y qué andará buscando?
      La pregunta vino de Héctor Salvo, acomodado en su mesa del boliche.
      A esa altura, todos sabían que el Gringo Cacciaguida venía de visita al pueblo, después de casi un año de su casamiento.
      —Extrañará... supongo —opinó Jorge Varlero, uno de los dos hermanos dueños del boliche.
      —Y viene mañana... —agregó Mario, el otro hermano.
      —Pero... ¿Por qué a Quilino? Cualquiera lo recibiría bien —insistió el Alemán.
      —Es evidente que quieren hablar conmigo.
      —¿"Quieren"?
      —Viene con la mujer... por lo menos eso entendí.
      —La Bicha...
      —Beatriz. "Bicha" es un apodo...
      —Con la guita que tiene se podría venir en cualquier momento.
      —Nosotros no... nosotros sólo tenemos libre el fin de semana. Y él sabe que yo, los fines de semana, no saco el avión a menos que sea una emergencia.

Al día siguiente, la entrada del vehículo último modelo conmovió al pueblo.
      A bordo venía el joven matrimonio, Eliseo Cacciaguida y su mujer, Beatriz. Todos los saludaban y ellos respondían el saludo. Entre los concurrentes estaban Walter Monte, el Intendente y Humberto Borda, el Comisario. No estaba el cura porque la localidad no tenía sacerdote propio. Sólo el domingo venía el padre Barbieri a dar misa.
      Humberto Borda observaba con detenimiento a la pareja. Él conocía a Eliseo desde chiquito, también había conocido a Beatriz desde sus visitas. Notó que había algo en ellos que no estaba bien, cierta falta de brillo en la mirada.

Por lógica, se había organizado un asado de bienvenida al "Hijo pródigo". Y a pesar del clima festivo y afectivo, todos empezaron a notar cierta ansiedad en el Gringo y en Beatriz. Sobre todo en el Gringo, que miraba con intensidad todos los rostros. Se acercó a la más chica de los Beltrán, que durante su ausencia había dejado de ser una escoba vestida para convertirse en un ejemplar femenino que obligaba a mirarla. Cuando supo quién era, pareció tranquilizarse.
      Ya a los postres, el Gringo se puso de pie y pidió atención con el gesto.
      —Escuchen...
      Tras un breve murmullo decreciente, hubo el silencio pedido.
      —Escuchen... yo venía a hablar con Quilino. Tenía mucha necesidad de hablar con él en privado pero... pero acá no hay nadie a quien yo no conozca de toda la vida. Puedo confiar en todos... y que sean discretos con lo que les voy a decir.
      Hizo una breve pausa. La expectativa se palpaba.
      —La semana pasada, una noche entraron en mi casa.
      Hubo un rumor de desconcierto. Humberto Borda, el comisario, enarcó las cejas.
      —¿Pero vos no vivís en una fortaleza?
      —Se podría decir que sí, don Humberto. Es un barrio privado, con muros electrificados, sensores, guardias armados... Buenos Aires es terrible. Pero igual entraron.
      —¿Y qué te robaron?
      —Nada... absolutamente nada.
      Ahora, lo que se palpaba era la perplejidad.
      —Y nosotros estábamos ahí. Cuando quisimos acordar, estábamos rodeados de gente armada. Varios hombres, todos con esas máscaras nuevas, que se adhieren al rostro. Todos con Matikas. ¿Conocen las Matikas?
      Todos se estremecieron. ¡Vaya si las conocían! Metralletas livianas, con proyectiles capaces de atravesar blindajes y varios cuerpos humanos puestos en fila. Habían tenido una triste celebridad cuando, dos años antes, un grupo comando arrasó una villa de emergencia en Córdoba. Hombres, mujeres, niños, viejos... todos se habían convertido en cadáveres al instante. Los que sobrevivieron, de casualidad, hablaron de hombres embozados y de las armas que portaban: las Matikas, diminutivo de un nombre impronunciable.
      —Después nos enteramos de que habían reducido a la guardia, interferido las alarmas, intervenido el control central... un despliegue increíble. Estábamos en la cama y nos apuntaron, pero uno era el que hablaba y daba las órdenes.
      —Pero los pararon...
      —Nadie los paró. El que hablaba le exigió a Beatriz sus joyas. Estaban en la caja fuerte, así que fui a abrirla. Tenía ahí valores de canje libre por mucha plata... se los hubieran podido llevar tranquilamente, pero no lo hicieron.
      —No los habrán visto...
      —Los tuvieron que tirar al piso para poder sacar la caja de las joyas, que estaba detrás. El tipo que hablaba no demoró en abrirla y desparramar el contenido; de ahí se puso a buscar como loco... No quiero hacer alarde... pero ninguna era falsa.
      En algunas mujeres hubo una mueca significativa. Los demás seguían prestando atención.
      —Pero el tipo revolvió como si se tratara de latas y vidrios. Luego miró a otro y dijo "¡No está!" Enseguida me miró y me preguntó por el collar.
      —¿Qué collar?
      —Eso fue lo que yo le pregunté. Entonces sacó una revista, como ésta.
      Mostró a la concurrencia una revista de actualidad frívola, una de las tantas que había publicado las fotografías de su casamiento. Estaba abierta en una página donde una fotografía de ambos contrayentes, sonrientes, ocupaba todo el espacio. El Gringo señaló el cuello de Beatriz, donde había una gargantilla bien trabajada, con una figura opaca en el centro.
      —"¡Este collar!" me dijo el tipo. Yo me quedé paralizado, porque sabía de dónde era el collar. Era de tu madre, Quilino.
      —Sí... —dijo Quilino, pensativo—. La tradición...
      Por primera vez habló Beatriz.
      —La tradición dice que toda novia debe tener algo nuevo, algo viejo, algo azul y algo prestado. En este caso, lo prestado era este collar. Cuando nos fuimos te lo devolví...
      —¿Quiere decir... —preguntó el comisario Borda— ...que estos tipos vienen para acá ahora?
      A más de uno el asado le causaría indigestión ese día.
      —No... yo no sabía qué contestar, pero Bicha tuvo más sangre fría que yo.
      —Les dije que lo había llevado al teatro la semana anterior, que se me había perdido ahí... y que no le había dado importancia. Era cierto que había ido al teatro, pero ahí se sacaron fotos donde el collar no va a aparecer...
      Quilino se puso de pie.
      —Tefi, me llevo tu bicicleta. Enseguida vengo.
      Salió sin esperar respuesta.
      —Habrá ido a buscar el collar, seguro. En minutos lo tenemos de vuelta.
      —Con permiso.
      Un hombre de mediana edad se aproximó a la mesa. Era Guillermo Gómez, el nieto de don Teodoro. Todo el mundo lo conocía por el apodo de "Chelco", desde su niñez. Una enfermedad adquirida a los ocho años le había dejado la mitad del cuerpo inútil, por lo que se desplazaba en una silla de ruedas de su invención. Tenía ruedas, pero a su vez unas patas hidráulicas coordinadas por un chip le permitían desplazarse por terreno abrupto.
      En compensación a su invalidez tenía un cerebro privilegiado y era un devorador de informaciones. Para nadie era un secreto su erudición y su inteligencia.
      Guillermo tomó la revista y la miró con atención. El collar consistía en un arabesco de orfebrería con un rostro engarzado al centro. Era un rostro que evocaba a los Incas, hecho en piedra gris; pero con dos ojos amarillos, aparentemente de cristal de roca.
      —El centro parece ser precolombino... pero los adornos y el engarce son del Siglo XIX. Aparentemente, alguien tomó una artesanía incaica y la rodeó de un trabajo de orfebrería. En fin... hasta que no venga Quilino no podré decir más. Ahora Eliseo... hay algo que no entiendo.
      —Yo tampoco, Chelco. Han dejado cosas valiosas y...
      —¡No, no es eso! En ese country viven pescados muy gordos... ¿Cómo es posible que no se supiera nada de esto? ¡Algo así habría sido noticia nacional!
      —¡Eso es lo más increíble de todo! ¡Nosotros ahí somos los más pobres, pero fue la única casa donde entraron! Algunos vecinos notaron movimientos raros, intentaron llamar a la policía pero se encontraron la central bloqueada. Otros se enteraron al día siguiente.
      Eliseo quedó pensativo unos instantes... pareció darse cuenta de algo que no había considerado.
      —No mataron a nadie, no robaron nada, no hicieron ningún daño serio... la policía nos recomendó que no dijéramos nada... Pero en algo tenés razón, Chelco —continuó al tiempo que alzaba la revista—. Uno de mis vecinos es el dueño de esta revista... Me habló al día siguiente, me hizo un reportaje con fotos... Le conté todo menos la verdad sobre el collar. Sin embargo, la revista salió ayer y no tenía nada. Me dijo que no le había quedado espacio pero...
      —Pero una primicia exclusiva no se deja para la semana que viene... —fue el ácido comentario de Chelco.
      Todos los demás estaban desconcertados. De no haber conocido a Eliseo, lo habrían supuesto el autor de una mentira. Pero el conjunto de acciones relatadas, más el silencio impuesto a una publicación de cierto peso, daba a entender que algo muy poderoso actuaba en las sombras.
      Al sabor del asado se estaba sumando el sabor del miedo.
      En ese momento, el ruido de la bicicleta dio a entender que Quilino estaba de regreso. Debía haber cortado campo a gran velocidad, aunque su casa no estaba demasiado lejos.
      Entró agitado, exhibiendo el collar en la mano. Todos los presentes lo siguieron con la vista, hasta que llegó al lado de Eliseo.
      —Aquí está... y creo saber por qué lo buscaban.
      Dio vuelta el collar y señaló la parte de atrás de la cabeza incaica. Se notaba una figurita plana, de un dorado apagado, que podía ser tanto la representación esquemática de una flor como de una palmera. Un tronco o tallo cónico que culminaba en un círculo, todos de una pieza, al tiempo que siete hojas o pétalos, separados del círculo, lo rodeaban. Nada de trabajos de orfebrería; eran chapitas planas incrustadas en la parte llana de la piedra.
      —Esto es oro, piezas de oro incrustadas en la piedra. Por qué están en la parte de atrás, no lo sé. Está en mi familia desde... no sé... siglos. El engarce se lo hizo mi tátara... no se cuánto.
      —¿Me permitís?
      Beatriz tomó la pieza y la observó.
      —Escucháme, Quilino, no quiero ofender pero... pero en la misma caja de mis joyas había tres lingotes de oro. Uno solo de ellos tiene mucho más oro del que hay acá... y de mejor calidad.
      —Salvo que no busquen riquezas.
      La palabra había venido de Chelco, quien miraba la pieza con una expresión de alerta. La tomó de la mano de Beatriz y la miraba detenidamente de un lado y del otro. Parecía un tigre al acecho.
      —Se han tomado demasiado trabajo para entrar a un lugar importante. No se llevan nada... Beatriz. ¿Nadie te preguntó por este collar antes del robo? Esta fotografía la debe haber visto el país...
      Beatriz quedó perpleja. Era evidente que estaba recordando un momento particular...
      —Pues... mi prima, cuando volvimos de la luna de miel. Me criticó que el collar era de última... Que cómo había podido comprar una cosa así y nada menos que para el casamiento...
      —¿Tu prima estuvo en el casamiento?
      —Sí... era esa que se quejaba por todo.
      Las mujeres, todas, hicieron un gesto de afirmación.
      —¿Entonces no te criticó nada? —continuó Chelco.
      —El vestido... el peinado... ¡bueno, ella es así!
      —Pero no te criticó el collar... Y te lo viene a criticar después, al regreso de la luna de miel.
      —Sí... ¡Y hasta me mostró la misma foto!
      —Y vos le dijiste el verdadero origen del collar...
      Beatriz quedó como golpeada. Todos parecían esperar una catástrofe...
      —O sea... —continuó Chelco— ...que alguien más aparte de los presentes conoce el destino de este collar.
      —¡Pero es una imbécil! —protestó Beatriz.
      —Lo sabemos tanto como vos —dijo Chelco con una sonrisa irónica—. Y como toda imbécil, puede hablar demasiado, o hablar por boca de otros sin darse cuenta.
      Chelco tuvo un gesto de resignación.
      —De todos modos, Eliseo tiene razón. Nos conocemos todos. Si llega a aparecer algún extraño, hay que avisarle a Quilino. Vos, Quilino, guardá bien eso por las dudas.

Antes de que se pusiera el sol, todos se fueron a la canchita del Club Social. Se ubicó todo el pueblo en la tribuna y Antonio instaló su cámara en un trípode. La idea era solamente sacar una fotografía con todos juntos.
      Nadie sabía, en ese momento, que se estaba sacando una foto histórica; que no sólo sería reproducida en murales, libros y programas de computadora, sino que serviría de base para la construcción de los androides del museo. Pero faltaba tiempo para todas esas cosas. Años para algunas, meses para otras.
      Cuando terminó la toma fotográfica, Chelco se acercó a Tefi y le dijo por lo bajo:
      —Esta noche, Quilino en mi casa, con el collar. Solo.
      —¿A qué hora? —fue el susurro de Tefi.
      —Cualquiera, pero que no falte.
      Y volvieron al galpón, a seguir la fiesta.

Las cuatro de la madrugada encontraron a Tefi vacilante ante la puerta de la casa de Chelco.
      —Pasá, Tefi.
      La voz le indicó que Chelco estaba en la arcada, oculto en las sombras.
      —¿Vino Quilino?
      —Le avisaste. ¿No?
      —¡Seguro!
      —Entonces hay que esperarlo. Tiene que esperar a que se duerma el Gringo. Vos vení acá, que la noche está fresca.
      Tefi llegó al lado de Chelco y amagó darle un beso en la mejilla, pero éste tuvo un instintivo acto de rechazo.
      —No hagas eso.
      El tono había sido firme, pero no fuerte. Tefi no dijo nada y se sentó en un banquito, al tiempo que observaba a Chelco en la penumbra. Su aspecto enfermizo, los rasgos delicados de su cara...
      Tras su enfermedad, Chelco debería haber muerto. Sus piernas y sus caderas tenían el mismo tamaño de los ocho años, pero atrofiadas por la parálisis. El torso se había desarrollado un poco más, pero sin las dimensiones que hubiera cabido esperar. Que viviera todavía era un milagro. Todos especulaban con que asistiría al entierro de su abuelo, don Teodoro, un roble el viejo con sus ochenta años; pero todos aseguraban que sería don Arturo, su padre, quien lo enterraría a él.
      No se había dejado vencer y su cerebro había compensado en gran parte su falta. Desde su computadora, vinculada a la ya veterana Internet, había dedicado sus horas a desarrollar software de todo tipo. La silla en que se desplazaba era su invención y su patente le permitía vivir holgadamente; ya que no sólo los inválidos la solicitaban, sino los ejércitos y otros organismos para el desarrollo de vehículos todo terreno.
      Pero no soportaba el contacto con otra piel. Le dolía no poder vivir lo que otros vivían con naturalidad. Lo de Tefi, esa noche, había sido un descuido. Ella, en silencio, se había arrepentido; y él, en silencio, la había perdonado.
      En eso llegó Quilino en su bicicleta.
      —Vamos a mi habitación y entrá la bicicleta. Es preferible que no sepan que estuviste aquí.
      Una vez dentro, Chelco volvió a examinar el collar.
      —Fijáte lo que es el trabajo de platería. Fino, bien hecho, pero muy sobrecargado. Como toda la orfebrería de finales del Siglo XIX.
      —De esa época es, más o menos. Yo no conocí a mi abuela y mamá... bueno, ella no recordaba mucho.
      —Ahora... ¿vos te fijaste en los engarces que sujetan la piedra? Acá, como ves, la piedra tiene dos canaletas paralelas finas. Demasiado finas, demasiado rectas. Ahí el orfebre pudo poner unos engarces disimulados. Pero por arriba y por abajo... el orfebre tuvo que recurrir a un aro que "apriete" la piedra, de otro modo la piedra se desplazaría gracias a las canaletas.
      —No sé dónde querés llegar, Chelco.
      —Paciencia, que no es simple. Este tipo de trabajo se hace cuando hay que engarzar una piedra muy valiosa... o muy dura. Entonces, en vez de perforarla y colocarle un agarre interno, se la sujeta por fuera. Ahora bien... ¿qué tan valiosa era una escultura indígena en piedra, para un orfebre del Siglo XIX? No lo era. Aunque el himno dijera "Se conmueven del Inca las tumbas" lo real era que despreciaban a los indios. Cuesta verlo, pero alguien intentó, hace mucho, remover uno de los pétalos de oro de la flor. Se nota que le falta un pedacito y que es apenas una chapita de oro. Se dio cuenta que había demasiado poco oro como para intentar sacarlo... sobre todo si la piedra es demasiado dura y me ha averiado más de un instrumento de mi arte.
      —Me parece que te equivocás. Si la piedra fuera tan dura... ¿Cómo incrustaron la flor de oro? ¿Y los ojos de ámbar o de cristal de roca? ¿Y cómo esculpieron ese rostro? ¿Con diamante?
      —Tal vez sí... tal vez no. Pero por ahora concentrémonos en esta curiosa joya. Por rara que sea una cultura, los adornos son para que se vean. Sin embargo, si vos apoyás la flor, no la podés ver. Pero es la única parte chata, la que te permite asentar y ver la cara tallada. Lo que quiere decir que esa flor no es para ver.
      —Seguro... es para oler solamente —contestó Quilino fastidiado. Chelco lanzó un suspiro.
      —Es evidente que no te das cuenta. Decime... si te digo que quiero que me comprés cigarrillos...
      Quilino miró la mesa. A centímetros de Tefi había una etiqueta sin empezar, pero prefirió seguir el juego.
      —Iría al quiosco de doña Ana; pero a esta hora...
      —Bueno, es de día. Estamos en el quiosco. Ella es doña Ana —y señaló a Tefi, quien lo miró con desconcierto—. Ahora compráme cigarrillos.
      Quilino y Tefi se miraron e hicieron un gesto de resignación. De inmediato, se pusieron a actuar como si fueran dos niños jugando a grandes.
      —¡Buenos días doña Ana! ¿Me vende cigarrillos?
      —¡Sí! ¡Cómo no! ¡Tome! —Tefi tomó la etiqueta y se la entregó en mano a Quilino.
      —¡Muchas gracias! ¡Cóbrese!
      Quilino llevó su mano al bolsillo de su camisa, sacó su tarjeta de pago y la extendió a Tefi; pero antes que ella la tocara, Chelco extendió la mano y la interceptó. Cuando se dieron vuelta a verlo, le descubrieron una mirada terrible.
      —¡Ahora te vas a dar cuenta, ciego!
      Chelco acercó la tarjeta de pago al collar, poniéndola de forma que se pudiera ver tanto la flor del último como el lado superior de la primera. Allí quedó esperando. Quilino no parecía darse cuenta de nada, pero la primera que reaccionó fue Tefi.
      —¡El chip, los contactos!
      Chelco lanzó un suspiro de alivio, al tiempo que Quilino miraba a Tefi con desconcierto. Esta lo miró con severidad.
      —¡Esa flor no es un adorno! ¡Es un sistema de contactos, como el que tiene tu tarjeta de pago!
      —Así es —concluyó Chelco—. El tallo es la "masa", en tanto que los pétalos son diferentes "vivos" para otras tantas operaciones que hace el microchip que tiene dentro.
      Quilino los observó con una mezcla de desconcierto y fastidio.
      —¡Ustedes están locos! ¡Esto es de la época en que la gente se alumbraba con velas! ¿Y me vienen a hablar de una tarjeta de pago de piedra... ?
      —No creo que sea una tarjeta de pago. Es posible que sea un archivo... tal vez parte de algo más grande. Esas canaletas paralelas indican que la pieza es para insertarla en algo que la guíe. La forma de cara puede indicar una posición...
      —Chelco... vos te estás volviendo loco. ¡Esto tiene por lo menos seiscientos años! ¡La única electricidad era la de los rayos!
      Chelco se acercó a la mesa.
      —Veremos... preparé algo.
      Colocó el collar colgado de una estructura y lo fijó con unos clips. De ese modo, la flor daba a él y el rostro de piedra a un espejo. Acercó un aparato improvisado por un tester, un reóstato y una batería de 1,5 volts. Tomó los contactos, apoyó uno en la "masa" y el otro en uno de los "vivos".
      —Andá subiendo despacito, hasta que yo te diga.
      Quilino, resignado, obedeció. Fue subiendo el reóstato de a poco, hasta que casi no había más, pero nada pasaba.
      —Bajalo.
      En cuanto el reóstato estuvo nuevamente a cero, Chelco cambió el contacto a otro "pétalo".
      —Otra vez, despacio.
      Nuevamente la lenta subida, nuevamente nada. Chelco tenía un rictus de furia, Tefi una mueca de decepción y Quilino una expresión de burla.
      —¿Y si lo conectamos a la línea...?
      —Todavía nos quedan contactos —fue la seca respuesta de Chelco. Bajá.
      Y fue en el tercero, cuando apenas el reóstato había subido un punto, que los ojos de ese rostro incaico se encendieron con una intensa luz amarilla. Por primera vez en siglos, tal vez en un milenio... o más. Quilino había abandonado su gesto burlón, cambiándolo por uno de sorpresa total. Tefi sonreía con alegría, en tanto que Chelco brillaba de triunfo.
      —¡Lo sabía! ¡La más baja intensidad y así se enciende! ¡Si le llego a poner la pila directa lo reviento!
      —Pero... ¿Pero qué es esto?
      —No lo sé, Quilino. Pero alguien lo sabe, alguien lo descubrió y lo está buscando... y está dispuesto a mover un ejército con tal de conseguirlo. Esto es un secreto milenario, es la llave de un poder. ¿Para qué? No dudo que lo sabremos pronto.
      Hubo una pausa. Si Quilino y Tefi tenían sueño o cansancio, de golpe se había transformado en historia antigua. Chelco, por su parte, no había vuelto a dormir desde su enfermedad.
      —¿Qué irá a pasar ahora?
      El rostro de Chelco era una sombra de sombra.
      —Tengo algunas ideas, pero ninguna muy firme. De todos modos, como dijo el Gringo... aquí no hay nadie que no conozcamos todos. Cualquier extraño lo veremos enseguida... entonces decidiremos qué hacer. Mientras... guardálo bien y no contés nada de esto.
      Quilino y Tefi se pusieron de pie.
      —No salgan juntos. Salí vos primero, Quilino, que vas más lejos. Que Tefi espere un poco.
      Ambos nombrados se besaron y Quilino salió sigilosamente con su bicicleta. Una vez que estuvo seguro de que Quilino estaba lejos, Chelco se dirigió a Tefi.
      —Yo voy a trabajar lo que queda de la noche. No sé si quien armó esto contaba conmigo o no... y si contaba, de qué manera contaba.
      —¿Qué decís?
      —Nada, yo me entiendo. Andá a descansar; pero más tarde hablá con el Alemán y decile que quiero verlo. En secreto.
      Tefi lo miró con demasiada extrañeza.
      —¿Con... Héctor Salvo? ¿Ese es el Alemán del que estás hablando?
      —¿Hay otro? Si lo hay, no lo conozco.
      —Pero... ¿Por qué justo con él?
      Chelco tuvo una expresión triste de ironía.
      —Por eso mismo, por la cara que has puesto.

 

Capítulo IV
      

Al día siguiente, Tefi siguió discretamente al Alemán hacia la casa de Chelco, tras su entrevista con él antes de entrar al Boliche. Intentó acercarse por la ventana de atrás, para saber lo que hablaban. Pero sólo oyó una frase.
      —Tefi, lo que tengo que hablar con Héctor es privado. Volvé a tu casa o le cuento a Quilino.
      Y se tuvo que retirar con bronca. De qué hablarían Guillermo "Chelco" Gómez y Héctor Salvo "El Alemán", sólo lo sabría muchos años después.
      Prefirió ir al hangar, aunque sabía que Quilino no podría dedicarse a ella. La joven pareja formada por Eliseo y Beatriz se hospedaba en su casa y ambos amigos tendrían mucho que contarse, más allá del misterio del collar.
      Pero el tema, para ellos, se había hecho excluyente. En cuanto llegó observó a los tres reunidos en torno al objeto, con una enorme cara de dormidos. Era evidente que se habían acostado tarde (Quilino sobre todo) y que no llevaban demasiado tiempo de levantados.
      Tras los saludos de rigor, Tefi comenzó a ocuparse del mate, al tiempo que seguían las especulaciones.
      —Puede ser un objeto arqueológico... —opinó Beatriz.
      —Tal vez... —especuló Enrique—. Pero alguien que tiene tanto poder como para hacer lo que hicieron, tiene dinero como para comprarlo.
      —¿Cómo podría vender lo que no es mío?
      —No saben que no es tuyo. Te habrían hablado...
      —Jamás me hablaron... salvo lo de mi prima...
      —Eso sí que es raro. Si por tu prima sabían que no era tuyo... ¿por qué asaltaron tu casa?
      —No sé... A menos que sean otros...
      —¡Eso sí que está bien! —intervino Eliseo—. Dos, por falta de uno, que buscan el collar. Si estamos en medio de ellos...
      Beatriz no pareció alterarse.
      —¿Tu mamá nunca te contó nada?
      —Bueno... mamá murió cuando yo tenía catorce años... un parto mal atendido... una hermanita que nunca llegó...
      —Lo siento...
      —¡No, no es problema!
      Quilino intentó sonreír para cortar el mal clima.
      —Te digo esto porque mamá decía que la historia pasaba de mujer a mujer en la familia. Sólo una vez, que no hubo mujeres, se la contaron a un hombre, pero con la consigna que se la contara a la próxima mujer.
      —Y si vos eras el hijo único...
      —Mamá era joven todavía. Estaba embarazada y esperaba que fuese una nena... no esperaba morirse. Creo que la historia se perdió para siempre...
      Enrique quedó, por un momento, pensativo.
      —¿Pasa algo? —había cierta ansiedad en la voz de Beatriz.
      —Bueno... mamá me contó una historia una vez... yo tenía como cinco o seis años. Era la historia de la Llave Mágica. No sé por qué me acuerdo ahora de ella. Es una historia que no creo que esté en ningún libro de cuentos.
      —¿Qué tiene que ver con este collar?
      Quilino se dio cuenta, de golpe, que estaba a punto de revelar lo que habían descubierto esa madrugada con Chelco y Tefi. Tefi también se dio cuenta y, sobresaltada, derramó el mate. Tanto Eliseo como Beatriz se volvieron a mirarla. En Eliseo había un simple gesto de contrariedad, pero en Beatriz había cierta dureza en la mirada.
      El instante fue aprovechado por Quilino, quien puso en orden sus ideas.
      —No... es que el cuento decía que la Llave Mágica estaba hecha en "piedra eterna". Y como esta piedra es tan dura, asocié...
      Aparentemente, había zafado. Pero Beatriz le sostuvo una mirada indefinible.
      —¿Por qué no contás el cuento?
      —¿Qué...?
      —Digo... yo soy maestra. Conozco mucho de cuentos infantiles. Si es un cuento conocido... a lo mejor te puedo decir de dónde viene. Y si no lo es... ¡Quién sabe, a lo mejor es el secreto del collar!
      —No había collar en el cuento; pero tenés razón. No perdemos nada. Dejáme recordar.
      Enrique se acomodó, se relajó y viajó hacia sus recuerdos... hacia una voz acallada cuatro años atrás que le contaba. Beatriz se retiró unos pasos y sacó de su bolso una pequeña cámara de video casero. Comenzó a registrar la evocación de Quilino, al tiempo que Tefi la miraba con extrañeza.

"Hace muchísimos años, un rey que tenía un palacio cerca de las nubes se hizo amigo de los ángeles, quienes lo visitaban con mucha frecuencia. Tan amigo de ellos se hizo que los ángeles le regalaron un carruaje mágico que podía volar por encima de las nubes sin detenerse nunca.
      Pero no podía llegar hasta la casa de los ángeles. Tampoco podía chocar contra nada duro, porque se rompería sin remedio.
      Para que el carruaje pudiera volar, hacía falta colocarle una llave mágica, que estaba hecha en piedra eterna, la cual el rey sólo sacaba cuando guardaba el carruaje en su casa y volvía a poner al día siguiente.
      Un día los ángeles dejaron de visitar al rey, pero le dejaron su carruaje. El rey pasó el carruaje a su hijo, éste a su hijo y así por mucho tiempo. Cada rey usaba el carruaje mágico para visitar su reino de punta a punta, lo que podía hacer en un solo día.
      Pero una vez uno de los reyes tuvo dos hijos. El heredero del trono sería el mayor; pero el más joven no estuvo de acuerdo y quiso él ser rey.
      Así fue que, cuando el padre de ambos murió, se levantó en armas contra su hermano con el propósito de derrotarlo.
      El joven rey no quería pelear contra su hermano, pero no tuvo otro remedio. Mas, previendo que podía perder, llamó a una mujer de su palacio.
      —Mujer, es mi voluntad que aprendas a volar en el carruaje mágico.
      —¿Con qué propósito, mi señor?
      —El carruaje mágico no sirve para la guerra. Las flechas y las piedras pueden destruirlo. Y no quiero que mi hermano lo tenga, si es que pierdo la guerra contra él.
      —¿Qué ordenas que haga, mi señor?
      —Una vez que hayas aprendido, ve con él hacia los confines del reino, lejos de la guerra. Espera seis lunas y vuelve. Si ves que he triunfado, me lo devolverás.
      —¿Cómo lo sabré, señor? Si has perdido, no podré acercarme pues me derribarán...
      —Sobre la torre más alta de mi castillo estará mi bandera. También habrá una bandera más pequeña, de color verde. Si la bandera verde está más alta que la mía, sabrás que he ganado y podrás devolverme mi carruaje. Si está más baja, sabrás que no he perdido, pero que la guerra sigue. Espera otras seis lunas. Y si ves sólo mi bandera o ninguna, sabrás que he perdido.
      —¿Y qué deberé hacer, mi señor?
      —Volverás a los confines del reino y esconderás el carruaje. Y asegúrate que sólo vuelva a volar cuando haya en mi trono un rey justo.
      —¿Por qué confías en mí, mi señor?
      —Porque de todos aquellos que me son leales, tú tienes el corazón más puro. Si no vuelvo a verte, esconde el carruaje donde sólo alguien de corazón puro como el tuyo pueda encontrarlo.
      Así aprendió la mujer a volar en el carruaje, lo que sólo le llevó unos días. Luego partió hacia los confines del reino, lejos de la guerra.
      Pasadas las seis lunas, volvió y descubrió la bandera verde por debajo de la bandera de su señor. Regresó y esperó las otras seis lunas.
      Cuando volvió, ninguna bandera había en la torre. Sobrevoló el palacio y sólo recibió una andanada de flechas que alcanzó a esquivar elevándose hacia las nubes.
      Pero la mujer no se resignaba. Volvió más tarde pero no se dejó ver. Escondió el carruaje en un lugar, le quitó la llave mágica. Se mezcló disfrazada entre la gente. Allí supo que el Rey había perdido y lo habían matado.
      Triste, volvió a los confines del reino y escondió el carruaje donde su limpio corazón le indicó que lo hiciera.
      Con el tiempo, la mujer tuvo una hija y le confió el secreto, le dio la llave mágica para que la guardara hasta que llegase un Rey justo. Entonces debía entregarla y decirle al Rey dónde estaba escondido el Carruaje Mágico.
      —Recuérdalo siempre —le dijo—. Lo he escondido allí donde sólo miran los limpios de corazón. Sólo un rey justo y bueno podrá saber dónde es ese lugar, pues así era el rey al cual los ángeles entregaron el carruaje".

Quilino se detuvo. Los demás lo interpretaron como una pausa; pero, viendo que no seguía, se impacientaron.
      —¿Y? —preguntó Beatriz al tiempo que bajaba la cámara.
      —Y eso es todo...
      Eliseo hizo una mueca de disgusto.
      —Nada que ver con lo nuestro. Parece una de esas historias de oriente...
      —Un cuento infantil no es —dijo Beatriz mientras dejaba de filmar—. Los cuentos infantiles tienen moraleja, el malo es castigado... ¡Acá no pasa nada de eso! ¡Ni siquiera tiene final!
      —Habría que preguntarle a... —Enrique tuvo una leve vacilación—. A algún especialista.
      Se levantó aparentando indiferencia y se estiró desperezándose.
      —¡Pero al final tiene razón el gringo! No tiene nada que ver con lo que hablamos.
      Hubo un instante de desaliento en Eliseo. Beatriz parecía pensativa. Quilino tomó de un estante un pequeño adornito en forma de sulky que había pertenecido a su madre. Caminó por la cocina mientras lo observaba, hasta que se colocó entre el joven matrimonio y Tefi. Una vez allí, le señaló el carrito y le hizo un gesto que ambos entendieron.
      —¿Me perdonan? Tengo que volver temprano a casa.
      Y Tefi se retiró en su bicicleta, dejando a los tres en sus especulaciones. Ella sabía a dónde iba. Tenía que ver a Chelco, contarle la historia que Quilino sólo había recordado esa mañana. Él era el especialista.
      Y cuando se habla de una llave mágica de piedra eterna, mucho tenía que ver a raíz del descubrimiento de esa madrugada.

Cuando Tefi terminó de referir la historia, Chelco estaba pensativo, con una media sonrisa irónica.
      —Interesante... si consideramos que la familia de Quilino estaba aquí desde antes de la Conquista.
      —¿Cómo es eso?
      —Estas tierras fueron ocupadas por españoles. Un soldado que había venido con Gaboto se asentó en este lugar. Después llegaron los indios en malón, el lugar fue desierto nuevamente, tal vez hubo una toldería... pero siempre había alguien. La mujer de ese soldado era una india de la tribu que vivía acá. Por más mezcla que hubiera, es tradición en la familia de Quilino que hay indios en el origen.
      —¿Y con eso?
      —Cambiá "Rey" por "Inca", que tienen una tradición de ser hijos del sol. Cambiá "palacio en las nubes" por "Macchu Picchu"... considerá que se hablan cosas raras sobre las líneas de la llanura de Nazca... y algunas cosas empiezan a tener sentido.
      —¡Vos no creerás eso!
      —Yo, desde acá, me he encontrado con cosas muy raras. No te digo de creerlo todo, pero si debo tener una actitud científica, no debo negar porque sí las cosas.
      —¿Y entonces?
      —Supongamos que hubo una máquina voladora. Una de las mujeres del Inca se la trajo. ¿Cuándo? No sé. El cuento me suena a Atahualpa y Huáscar... pero me parece demasiado reciente. Si la gente de Pizarro hubiese visto la máquina voladora, no le habría tirado con flechas, sino que la leyenda hablaría de "truenos" y "abejas zumbadoras". Y los gallegos no se habrían quedado callados.
      —Pero se habrá deformado el cuento al pasar de boca en boca.
      —También tengo en cuenta eso... y no descarto nada. Pudiera ser que ni siquiera los Incas supieran de ninguna máquina voladora, sino que todo fuese más antiguo. Por ahora, me preocupa encontrar el lugar donde miran los "limpios de corazón". ¿Qué se te ocurre a vos?
      —¿A mí...?
Pique para ampliar      —No mires a mi corazón que te vas a espantar. De todos los que están en ésta, vos sos la que más limpio tenés el corazón.
      —Hay cosas que no he contado...
      —¿Tus encuentros con Quilino en la cueva de la cañada?
      Tefi se sobresaltó espantada, al tiempo que miraba con furia a Chelco.
      —¿Quién...
      —No te preocupés, no me lo dijo nadie. Estaba experimentando con mi silla cuando los descubrí. Nadie más lo sabe.
      —¡Es imposible llegar ahí con tu silla!
      —A ese lugar, tal vez. A la parte de arriba, desde donde los pude ver jugando a Adán y Eva, no. Vuelvo a decirte, no te preocupés. No me quedé mucho tiempo... lo suficiente para saber quiénes eran.
      Había una nota de amargura en la voz de Chelco.
      —Puedo envidiarlos... pero no soy un miserable.
      —Pero si vos nos viste...
      —Si alguien más los hubiera visto, a esta hora lo sabría todo el pueblo. O habrían tenido alguna visita desagradable. ¿Sabés por qué llegué ahí? Porque confío en mi silla, en sus garfios retráctiles, en sus músculos hidráulicos. He andado donde muchos sanos dudarían antes de poner el pie. Y no es un lugar por donde vayan los de acá. Si querés tener más tranquilidad, te sugiero que pongan churquis en la picada que va desde lo de la Panchita a lo de José. Creo que será suficiente.
      Tefi quedó abatida.
      —¡Yo creí que ese lugar era nuestro, sólo nuestro! Cuando lo descubrí... era más chica. Se lo conté a él, cuando ya no me dejaban pasar la noche en su casa. Y él me dijo que jamás hubiera descubierto el paso.
      —¿Está muy oculto?
      —Sí... yo todavía me pregunto cómo lo descubrí.
      —Bueno... no es eso lo que nos preocupa ahora. Lo que importa es que tratemos de encontrar ese lugar... y ver qué tiene.

Antes de volver a su casa, Tefi pasó por el boliche. Ella sabía que el Alemán estaba siempre en la mesa al lado de la ventana. Pero esta vez, su mesa estaba vacía.
      Se asomó, con el pretexto inocente de preguntar por él; pero en cuanto asomó los ojos de los parroquianos se fijaron en ella.
      —Quilino no viene por acá... —dijo burlón Jorge Varlero.
      Tefi no le prestó atención siquiera a la carcajada apagada de la concurrencia. Vio al fondo del boliche, en el rincón más oscuro, a Héctor Salvo inclinado sobre su cuaderno, escribiendo febrilmente y lanzando cada tanto miradas temerosas en derredor.
      Se retiró enseguida. Chelco, a partir de su confesión, había demostrado no ser un canalla. Para que hubiese trastornado de esa forma al pobre Alemán, debió haber tenido motivos muy sólidos.

 

Capítulo V
      

Un motor indicaba la llegada del padre Barbieri, que todos los domingos venía a dar misa. Los feligreses de siempre, no demasiados, se prepararon para asistir.
      Pero apenas se fueron acercando a la Capilla notaron la presencia de un hombre desconocido que acompañaba al padre Barbieri. Un hombre joven, que nunca habían visto. Robusto, fuerte, de expresión adusta. Y, sobre todo, unas miradas de costado acechadoras, recelosas, presagios de una violencia que podía desatarse.
      —Les presento al padre Moreno —dijo el padre Barbieri—. El mes que viene debo viajar a Buenos Aires y, mientras dure mi ausencia, él se encargará de las misas.
      La palabra del padre Barbieri era ligeramente vacilante, poco convincente. Era evidente que él sabía la mitad de la historia... y esa mitad no le convencía. Pero ni idea tenía de lo que podía ser la otra mitad.
      En el pueblo la voz corrió enseguida. Ese día, la concurrencia a misa fue masiva. Nadie perdía de vista al "sacerdote" nuevo... ni se tragaba que fuese un suplente. Las palabras del gringo Eliseo les sonaban todavía. Había que cuidarse de los extraños. Y este extraño tenía más aspecto de llevar una Matika que un cáliz.
      Aprovechando el fresco del otoño, Quilino colocó el collar en su cuello bajo una camisa cerrada. Sólo Tefi y Quilino lo supieron.
      Chelco sólo se acercó a la puerta de la Iglesia a ver al mencionado "cura" y ambos se cruzaron miradas significativas. Chelco no se quedó a misa y nadie sabría por mucho tiempo a dónde había ido.

A la salida de misa, pasado el mediodía, Quilino y Tefi vieron acercarse a Eliseo y Beatriz. Venían como para asistir, pero era evidente que no habían estado en la iglesia.
      —Guillermo quiere vernos —le dijo Eliseo en voz muy baja a Quilino.
      —¿Dónde?
      —En la cueva de la cañada. Dice que ustedes saben dónde es...
      Quilino y Tefi se miraron entre sí. Quilino sabía del descubrimiento de Chelco pues Tefi se lo había contado. Pero no entendía por qué esperaba verlos allí.
      —¿Te dijo algo más?
      —No, nada más.
      —Vamos entonces.

Momentos después, estaban frente a la entrada. Allí los esperaba Chelco con su silla.
      —Estamos todos. Está bien. Ahora, Quilino, Eliseo, álcenme. Ustedes, chicas, carguen mi silla.
      Comenzaron a avanzar. Quilino y Tefi conocían el lugar, pero Eliseo y Beatriz lo veían por primera vez. Visto desde el cauce del río, aparecía como una cascadita que surgía de la montaña, desde una hendidura que terminaba a pocos metros. Sólo la visión que se tenía al adentrarse hacía ver que se trataba de una cañada estrecha que hacía una pequeña curva. La similitud de colores y la penumbra permanente provocaban la engañosa ilusión de una pared.
      Cuando llegaron al otro lado, encontraron la continuación del arroyo, que formaba una pequeña laguna con una playa de arena. Todavía se podían ver las huellas de los pies desnudos de Tefi y Quilino. Éstos, por su parte, miraron instintivamente hacia arriba, hacia la alta pared que daba al monte cerrado, por donde en su momento Chelco los había descubierto.
      En el otro margen, otra pared alta y una cavidad natural que podía oficiar de refugio. En semejante lugar, cualquiera hubiese podido encontrar el Paraíso.
      —Sólo el corazón limpio descubre un lugar así. Un corazón limpio no tiene ideas preconcebidas, por lo tanto no se deja engañar por sombras y colores. La joven inca encontró un buen lugar.
      Todo ese discurso había sido pronunciado por Chelco mientras se acomodaba nuevamente en su silla. Tefi no dejaba de mirarlo con sorpresa.
      —¿Trajiste el collar, Quilino?
      Por toda respuesta, el nombrado se lo quitó del cuello.
      —Dáselo a Beatriz.
      Así lo hizo. Chelco sacó de su bolsillo un juego de alicates y se lo extendió a la nombrada.
      —Desmontálo... vos sabés lo que importa y lo que no.
      No sorprendía tanto la seguridad con que Chelco daba órdenes, como la aquiescencia con que Beatriz acató la última; como si supiera de antemano de qué se trataba.
      —Ahora los hombres. Ahí hay una cueva.... lamentablemente no había tiempo de traer palas, así que tendrán que cavar con las manos. Revisen las paredes de esa cueva a ver si encuentran algo de interés.
      Quilino y Eliseo obedecieron resignados, sin dejar de mirar con intriga a Chelco. Sólo Tefi pareció escandalizada cuando observó lo que estaba haciendo Beatriz.
      —¿Qué hacés, estás loca?
      Beatriz estaba prácticamente destrozando el arabesco de platería que rodeaba la cabeza incaica. Tefi iba a convertir su protesta en acción cuando Chelco la detuvo con el gesto.
      —Dejála... es un lindo trabajo, pero ahora hay cosas más importantes.
      En eso, se escucharon tiros y explosiones. Todos suspendieron sus tareas con la angustia en la expresión.
      —¿Qué es eso?
      —Viene del pueblo...
      —¡Papá, mamá! —fue el grito de Tefi. Amagó salir corriendo.
      —¡Tefi, no! ¡Parála Quilino! —gritó Chelco.
      Quilino no demoró en cumplir esa orden y sujetar a su amor por la cintura.
      —¡Soltáme!
      —¿Qué querés? ¿Que te maten a vos también? —continuó Chelco furioso—. ¡Esas son Matikas! ¡Vienen por el collar y por lo que hay detrás del collar!
      En eso se sintió un ruido de motor.
      —¡A la cueva todos! —gritó desesperado Chelco—. ¡No dejen nada a la vista!
      No demoraron en cumplir la orden pese a su desconcierto. Desde el reparo de la saliente vieron la sombra del helicóptero proyectarse sobre la lagunita. Era evidente que intentaba descender, pero el lugar era demasiado estrecho para sus aspas. No demoró en seguir vuelo. Los disparos y las explosiones continuaban en la lejanía.
      —Los hombres, sigan buscando. No son seres de corazón limpio los que nos atacan, pero nunca se sabe. Los podemos tener aquí en poco tiempo.
      Quilino y Eliseo siguieron raspando las paredes con las uñas. Beatriz, Tefi y Chelco lanzaban miradas temerosas al exterior.
      —¿Quiénes serán? —preguntó Beatriz.
      —Si son los tuyos, creo que están exagerando...
      > Tefi no supo en ese momento interpretar el retruque de Chelco. Iba a preguntar cuando la voz de Quilino la sacó de situación.
      —¡Acá hay algo!
      De inmediato, todos fueron hacia el lugar que señalaba Quilino. Podía verse claramente la unión artificial de dos piedras, encastradas al estilo de los Incas. Quilino seguía trabajando y descubriendo una muralla incaica.
      —¡Todos ayuden! —exclamó Chelco—. ¡Es necesario llegar del otro lado!
      Una hora después, cuando tiros y explosiones ya no se escuchaban, la labor febril de los cuatro habilitados había dejado a la luz una pequeña muralla. Las piedras eran pequeñas, unidas sin argamasa de ningún tipo; no obstante, la irregularidad de las mismas y la casi milimétrica coincidencia de las caras convertía a la muralla en un obstáculo sólido, capaz de resistirlo todo.
      —Lindo trabajo para un arqueólogo... —fue el comentario de Eliseo.
      —Puede ser, pero no tenemos tanto tiempo —retrucó Chelco—. Nos va la vida en abrir y sacar lo que está del otro lado.
      —Necesitaríamos explosivos...
      —¿Querés que los vaya a pedir al pueblo? —fue el comentario agrio de Quilino—. Algo les tiene que haber quedado.
      —No es necesario... —respondió Chelco sin acusar recibo de la ironía—. Sólo despejen el lugar para que la vea completa.
      Ante la vista de Chelco quedó la muralla completa. La estuvo contemplando un instante.
      —Tefi... vení a mi lado.
      Así lo hizo la nombrada. Chelco sacó de su bolsillo un pequeño láser y apuntó hacia una de las piedras.
      —Tené presente esa piedra...
      Apuntó hacia otra, bien distante de la primera señalada.
      —Ahora esta otra. Decíme, Tefi... ¿cuál de las dos te gusta más?
      —Son un poco pesadas para engarzarlas en un anillo —comentó Quilino con acritud.
      —No le hagás caso. Elegí una de ellas...
      —Pues... la pequeña.
      —Ahí es donde tenés que apretar, Beatriz.
      Beatriz presionó la piedra. Ésta, tras una pequeña resistencia, se hundió hasta caer al vacío del otro lado. Acto seguido la muralla se derrumbó como un castillo de naipes. Una leve polvareda invadió el ambiente y provocó los lógicos estornudos. Una vez que se hubo despejado, la luz que entraba por primera vez en milenios al interior de la cueva dejó ver una obra fantástica. Tan fantástica que todos quedaron maravillados y quietos, en callada contemplación.
      Lo que veían era una especie de trineo o bote... o una mezcla de ambas cosas, con un rostro incaico igual al del collar como mascarón de proa.
      —¿Qué es eso? —preguntó Tefi.
      —El Carruaje Mágico del cuento de Quilino.
      La respuesta no vino de Chelco, que hubiera sido de esperar, sino de Beatriz. En cuanto ésta se dio cuenta de que había hablado de más, se dio vuelta para encontrarse con tres rostros que la miraban interrogantes: Los de Quilino, Tefi y su propio esposo Eliseo.
      —No te preocupés, Eliseo —intervino Chelco con serenidad—. Cuando todo esto termine, Beatriz te va a dar las explicaciones del caso. Ahora tienen que sacar este "carruaje mágico" hasta la entrada de la cueva...
      —¡Es enorme!
      —No te preocupés... lo van a encontrar muy liviano. Pero no lo saquen a la playita. Si llega a pasar nuevamente el helicóptero, no quiero que lo descubra.
      Fue sorprendente la facilidad con que pudieron levantar el aparato los dos hombres. Allí pudieron comprobar que, si bien era voluminoso, sólo había dos asientos en fila. Uno para piloto y otro para acompañante atrás.
      Chelco se acercó con una leve ansiedad.
      —¿Funcionará después de tanto tiempo? —preguntó Beatriz.
      —Si no funciona... todo habrá sido inútil.
      —¿A qué te referís con "inútil", Guillermo? —preguntó Eliseo.
      —A los muertos que pueda haber en el pueblo, al asalto falsificado a tu casa... y no sé si otras cosas.
      El tono con que fueron dichas esas palabras no escapó a nadie. Era un tono amargo, un tono de demasiadas lágrimas tragadas.
      —Espero saber lo que vos sabés... algún día, Guillermo.
      —Espero poder contártelo, Eliseo. Ahora veamos... no parece haber pedales...
      —Ni comandos. Sólo esa cara, donde debería estar el panel de instrumentos.
      —Sí... esa cara. Es muy parecida a la del collar...
      Sin más, Chelco sacó de su bolsillo una pequeña navaja. Hizo palanca y la cara saltó. Ante ellos, impecable como el día en que lo taparon, apareció el panel de instrumentos. Sólo para dos personas pareció tener sentido; uno de ellos Quilino, piloto profesional, el otro Chelco, cerebro privilegiado.
      —Este comando parece querer indicar la altura. Fijáte los símbolos, son muy claros. La Luna y el árbol...
      —Y éste la dirección... con dos manos se puede manejar.
      —¿Y éste?
      —No sé, es muy pequeño. Probemos...
      Fue moverlo y un redondel pequeño, con protuberancias metálicas, se hundió. Lo movió en sentido inverso y el redondel volvió a surgir.
      —Fíjense en esas salientes... ¡Dame la cara, Beatriz!
      Con cierta reticencia imperceptible, Beatriz entregó el rostro de piedra que había formado parte del collar. Chelco volvió a hundir el redondel. Colocó la cara de modo que dos salientes oficiaran de guías y la deslizó por las mismas hasta llegar a un tope. Luego volvió a elevar el redondel hasta que sus protuberancias hicieron contacto con la del otro lado.
      Y por muchas partes del tablero y del aparato comenzaron a aparecer luces, pequeñas luces que habían esperado centenares de años para encenderse, ante el asombro de todos.
      —¡Funciona! —gritó Chelco entusiasmado—. ¡Ésta era la llave mágica! ¡Pronto, ayúdenme a entrar!
      Chelco y Eliseo desprendieron a Quilino de su silla. Por un instante, sus pequeñas y muertas piernas quedaron balanceándose en el aire; luego lo instalaron en el asiento del piloto.
      Pero algo pasó que creó un gran desconcierto. Beatriz, sin esperar nada, se sentó en el asiento del acompañante. Eliseo la miró con reproche, Quilino y Tefi con desconcierto. Sólo Chelco giró hacia atrás para verla y sus miradas se cruzaron.
      —Está bien, déjenla ahí. Forma parte de la explicación que te tiene que dar, Eliseo. Ahora retírense todos, no sé de qué forma puede afectar esto a los de afuera.
      Le obedecieron. Chelco, bajo la atenta mirada de Beatriz, comenzó a operar los controles. Y con cierta lentitud el aparato se elevó hasta casi tocar el techo de la cueva. De inmediato dio un giro de ciento ochenta grados y volvió a descender. Los demás se acercaron entusiasmados.
      —¿Qué estás esperando? ¡Tenemos que salir de aquí! —fue el comentario impaciente de Beatriz.
      —No tanto apuro, Bicha. Acordate lo que dice el cuento de Quilino, que una flecha puede voltear este aparato. Los disparos que hemos oído no son de aire comprimido precisamente. Nos llegan a dar y se pierde todo.
      El comentario de Chelco hizo recordar a todos la situación que se estaba viviendo en el pueblo... al menos lo que suponían que podía pasar. Súbitamente, les urgió a tres de ellos volver al pueblo.
      —Observen... —dijo Chelco al tiempo que extraía una libreta y comenzaba a hacer un mapa improvisado—. Aquí está el pueblo, éste es el río... aquí el arroyo y ésta es nuestra posición. Es evidente que los atacantes llegaron por el camino, pero a esta altura pueden estar en cualquier parte. Si están, por ejemplo, en lo de Panchita, apenas este aparato se eleve lo voltean. Necesitamos averiguar dónde están exactamente... y crear una maniobra de distracción.
      —¡Pero eso es imposible! ¡No sabemos cuántos son! ¡Y por lo menos tienen un helicóptero! ¿Cómo vamos a escapar?
      —Tampoco nos podemos quedar indefinidamente, Eliseo. Tengo un plan... pero es arriesgado.
      —Decílo, si es necesario, voy yo hasta el pueblo...
      —Vos no, Eliseo. Sos grandote, te ven en todas partes. Y Beatriz tiene que volar conmigo, no preguntés por qué todavía. El asunto es que este aparato tiene que estar, con Beatriz y conmigo, en cierto lugar antes que se ponga el sol. Ustedes se tienen que quedar aquí, hasta que venga el rescate. Pero el rescate sólo va a venir si nosotros llegamos sanos y salvos.
      —¿Cuál es tu plan, Chelco?
      —Quilino, Tefi... creo que el secreto de ustedes ahora lo tienen que conocer Eliseo y Beatriz.

 

Capítulo VI

Veinte minutos después, Quilino y Tefi volvían a la cueva. Estaban completamente desnudos y cubiertos de barro, de un barro pegajoso y oscuro; de modo que parecían dos estatuas vivientes.
      —Se demoraron... —dijo Beatriz con acritud.
      —Esto puede ser una despedida definitiva, Beatriz —le retrucó Chelco—. Vos, en el lugar de ellos, también te habrías demorado.
      Ni Beatriz ni Chelco habían bajado del aparato, casi como una actitud de chicos que no quieren dejar el lugar privilegiado que consiguieron; en tanto que Eliseo se paseaba nervioso. Chelco volvió a dirigirse a Quilino.
      —¿Recuerdan lo que tienen que hacer?
      —Todo...
      —Vayan, no pierdan tiempo.
      A la carrera, Quilino y Tefi se dirigieron hacia la salida oculta.
      —Jamás lo hubiese creído... —comentó Eliseo cuando quedaron solos—. Él, con una nena...
      —Ya no es una nena, es una mujer. Hemos crecido mucho en estas horas...

Tefi y Quilino salieron por la entrada oculta. La consigna era ir agachados, casi a la rastra. Mirar para todos lados, estar atentos a cualquier ruido. La aparición del helicóptero o de cualquier fuerza desconocida debía hacerles unirse y enredarse. Desde lejos parecerían un túmulo de barro.
      Debían llegar al campo aéreo y ver si el avión aún existía. De ser así, Quilino debería volar en él y alejarse de la zona de la cueva; en tanto que Tefi debía regresar a la cueva y dar el aviso.
      Y si el avión ya no existía, debían crear una maniobra de distracción lo suficientemente contundente como para concentrar allí las fuerzas invasoras y permitir que el "carruaje mágico" ganase altura. El resto ya dependía de Chelco.
      Apenas habían andado unos metros cuando debieron agacharse. A doscientos metros había un vehículo abierto con gente armada a bordo. Se desplazaba con lentitud por el caminito; los ocupantes miraban ávidos los alrededores, pero no parecían haberlos visto.
      Más lejos, una gruesa columna de humo se elevaba donde debía haber estado el pueblo. Ambos sintieron un nudo en el corazón.
      —¿Qué hacemos, mi amor?
      —Es evidente que no podremos llegar al pueblo... pero todavía podemos llegar a mi casa.
      —¿Cómo?
      —Desviando por la Panchita...
      —Yo no conozco...
      —Yo sí... y en otro momento te explico. Ahora vamos.
      Se metieron por entre las breñas, un camino nada aconsejable para hacer desnudo. Pero les importaba poco. Quilino no tenía parientes, pero quería a los del pueblo como su familia; en tanto que Tefi tenía a su padre y su madre. ¿Qué habría pasado con todos? Los disparos que se habían oído eran muy fuertes, eran de muchas armas. Los del pueblo, gente pacífica, apenas tenía escopetas de caza y algún que otro revólver. Temían lo peor.
      Y lo peor se confirmó.
      Apenas salieron de las breñas se encontraron con la parte de atrás del rancho de Panchita. Ahí estaba el padre de ésta, partido en dos por una ráfaga de ametralladora, los ojos abiertos en el último porqué. Tefi tuvo que contenerse para no gritar; de todas maneras, Quilino atinó a taparle la boca.
      Avanzaron cuando les pasó la primera impresión. Ya en la parte de adelante estaban la Panchita, sus hermanas, un cliente ocasional que había llegado esa mañana de domingo... todos muertos a balazos.
      Y el silencio. Ni los pájaros cantaban.
      Un gemido les llamó la atención. Entraron con reserva al ranchito y encontraron a Leonor, la tía de Panchita, atada a un camastro, desnuda y con una herida enorme en el estómago. De inmediato acudieron a desatarla, aunque la pobre infeliz estaba más allá de cualquier auxilio. No obstante, ella los miró con terror.
      —Tranquila, Leonor. Somos Quilino y Tefi...
      La desgraciada, en su agonía, pareció comprender la situación.
      —Agua... —atinó a decir.
      Una botella de agua mineral había sobrevivido. Tefi le fue dando lentamente por los labios, una forma de aliviar el sufrimiento de la herida.
      —¿Qué pasó, Leonor?
      —Soldados... me violaron... al final me...
      No dijo más. La pobre mujer, de tal vez treinta años aunque nadie lo sabía con exactitud, había muerto.
      Ya nada tenían que hacer allí.
      —Vamos a mi casa, Tefi. Pero por el montecito... no sea que a alguien se le de por volver...
      —¡Los mataron a todos!
      —Pueden creer que todavía está viva y quieran seguir la fiesta. No lo sabemos... de estos tipos podemos esperar cualquier cosa.

Con dificultad, lentamente, llegaron atrás de la casa de Quilino. El avión parecía estar bien, pero con custodia. Al menos vieron un hombre armado.
      —Tenemos que saber cuántos son. Es tarde para buscar otra cosa.
      —Tratemos de entrar por el depósito...
      Del depósito llegaron al interior y comprobaron que sólo eran dos los uniformados que custodiaban; pero estaban fuertemente armados y, como se había comprobado, no tendrían miramientos con ellos.
      Quilino revisó un rincón y encontró un hacha pequeña. Era mejor que nada, sobre todo si le permitía sacarse de encima a uno de ellos o a ambos; pero... ¿cómo?
      En eso vieron que uno de los uniformados entraba. Se ocultaron en la sombra de un rincón, Quilino con el hacha lista para atacar. Pero el tipo venía más preocupado en sacarse las armas de encima y dejarlas bien aseguradas. Una vez que lo hizo, entró al baño aflojándose el cinturón.
      Cuando el uniformado salió del baño ajustándose el cinturón, lo último que vio en este mundo fue una figura de barro que bajaba algo brillante sobre su cabeza. Luego su cráneo se abrió en dos y el cuerpo se desplomó haciendo crujir la puerta.
      —¿Pasa algo? —preguntó el otro uniformado. Quilino no le dio tiempo. Con toda la celeridad que pudo manoteó el arma y asomó. El otro no tuvo tiempo de reaccionar, que quedó partido en dos por la ráfaga.
      —¿Qué hacemos ahora?
      —Lo primero es revisar el avión...
      No demoró en darse cuenta de que estaba en condiciones, listo para volar. Confiaban en que dos combatientes experimentados sabrían cuidarlo, tal vez para después quedarse con él.
      —Tengo que distraerlos... pero a la vez avisar a Chelco.
      —Yo voy y le aviso, mi amor...
      —Está bien, Tefi. Tomá por donde vinimos, con mucho cuidado. Voy a calcular una hora, más o menos, y despego. Para entonces, todos estarán atrás de mí.
      —¡Pero mi amor, el helicóptero...!
      —Este bichito, viejo y todo como es, es más rápido que cualquier helicóptero. Y tengo mil formas de escaparme de estos tipos; ya ves, pudimos con dos...
      —La Panchita, los otros...
      —No estaban avisados, les cayeron de sorpresa. ¡Andá rápido, que se pone el sol!
      —Quisiera no tener tanto barro encima...
      —Nos volveremos a encontrar... sin barro y sin ropa. Ya no va a importar.
      Se dieron un fugaz beso y Tefi emprendió la marcha.

Pese a sus temores, Tefi pudo pasar sola por lo que había sido el rancho de la Panchita y sus cadáveres cubiertos de moscas. No obstante, cuando salió del monte para tomar el camino del arroyito hacia la entrada oculta, vio que el vehículo con gente armada estaba en el camino. No la habían visto, pero lo harían si avanzaba.
      Estaba dudando qué hacer, cuando una enorme explosión sacudió los montes y provocó un revuelo de pájaros. Como pudo se asomó y vio una enorme columna de humo hacia el lado donde debía estar el campo aéreo. El vehículo se puso en marcha y alcanzó a ver la figura del helicóptero que se dirigía hacia ese lugar.
      Instantes después, vio elevarse sobre la sierra la figura del "carruaje mágico", que quedó suspendido por un instante, se orientó hacia el norte y partió a una velocidad increíble.

Cuando llegó a la playita oculta, sólo estaba Eliseo, mirando hacia el cielo con la mirada perdida. Tenía una expresión de pena intensa, la de un hombre decepcionado, engañado...
      —Se fueron... —fue todo su comentario.
      —Volverán. Ella te quiere y Chelco no nos va a abandonar.
      —Sí... Guillermo no nos va a abandonar...
      Se volvió a verla y su mirada cambió. Tefi se dio cuenta que el barro sobre su cuerpo estaba casi seco, que gran parte de los plastrones se le habían caído por el camino y que en muchas partes de su piel apenas quedaba una leve capa de polvo oscuro. Se tapó instintivamente. Eliseo, avergonzado, le dio la espalda.
      —Voy a cambiarme.
      Se sumergió en el agua fría del arroyo, hasta que pudo sacarse el barro. Luego se quedó secando su cuerpo a la fría brisa del crepúsculo. Todavía con cierta humedad se colocó su ropa y recién entonces dijo a Eliseo que podía darse vuelta.

A la luz de la luna, Tefi y Eliseo se desplazaban. Ella le había puesto al tanto de lo que habían encontrado en el rancho de Panchita. Ahora estaban tomando otro camino, más directo, hacia el campo aéreo. Ninguno tenía ganas de ver semejante espectáculo.
      Los asesinos parecían haber desaparecido, nada había que indicase su presencia. Sin problemas llegaron hasta el lugar y allí los aguardaba una sorpresa.
      La cocina estaba completamente saqueada. Ni alimentos, ni elementos útiles habían quedado a disposición de los tristes fugitivos. Nada que pudieran usar para sostenerse hasta que llegase el dudoso auxilio que esperaban.
      —Tengo hambre... —dijo Eliseo—. Y con hambre no puedo pensar bien.
      Tefi también tenía hambre, pero lo callaba. Se dio cuenta de que el cuerpo voluminoso de Eliseo le reclamaba más de lo que le reclamaba a ella su pequeño cuerpo en desarrollo. Aparte de eso, otro pensamiento le ocupaba la cabeza. ¿Qué habría sido de Quilino? ¿Habría podido escapar en su avión?
      Un pensamiento que no quería tener era la posible suerte de sus padres. Si Panchita y su familia habían tenido semejante destino, no era muy prometedor lo que podía esperar de la suerte de éstos. Trataba de consolarse pensando que, al igual que ella, podrían haber escapado y estarían ocultos en alguna parte, tal vez escapando a campo traviesa, ya que no sabían de la posible ayuda que vendría por Chelco y Beatriz.
      Pero si así fuera... ¿no estarían mejor sus padres, tratando de salvarse por sí mismos, confiando sólo en ellos, y no como ella y Eliseo estaban haciendo, prendidos de la ilusión de un rescate? ¿Hacia dónde iba Chelco? ¿Podría llegar? ¿Podría ayudarlos si llegaba? ¿Y Chelco podría encontrar alguien lo suficientemente importante como para darles ayuda?
      Pues lo que su joven mente alcanzaba a entender era que los asesinos, fuesen quienes fuesen, contaban con un apoyo muy grande, algo que les había permitido arrasar con todo un pueblo. Recordó lo que su padre le había contado sobre la suerte corrida por la familia de Héctor Salvo, "el Alemán", treinta años atrás... y comenzó a temer más por su muerte que por su vida.
      Mientras estaba en esos pensamientos, vio que Eliseo se desplazaba hacia el interior de la casa, hacia las habitaciones.
      —¿Qué buscás?
      —Yo tenía un arma. ¿No sabés si Quilino tenía una?
      —No... no recuerdo.
      —Si no se la llevó con él, se la deben haber llevado ellos... pero por las dudas voy a buscar.
      Empujó la puerta y esta apenas se abrió una rendija, hasta que topó con un obstáculo.
      —¡Está trabada! ¡Y con un mueble!
      —¡No puede ser, la ventana de esa habitación es muy chiquita, ni yo podría pasar!
      Eliseo se asomó como pudo.
      —¿Ves algo?
      —Está oscuro, no se ve nada.
      —Demos la vuelta, a lo mejor...
      Salieron y rodearon la casa. Allí se encontraron con la verdad, la que la noche y el rumbo que habían traído no les había permitido conocer desde el principio.
      La parte de los dormitorios se había derrumbado. La cocina, milagrosamente entera, también tenía huellas del desastre; sólo que la evidencia de saqueo y la poca luz no les había permitido darse cuenta.
      Tefi sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. En una de esas habitaciones había abandonado la niñez y descubierto el principio de la felicidad. Y aunque otras veces y en otros sitios se había encontrado con Quilino y habían sido un solo ser, la pérdida de esa habitación le agregaba un dolor más a todos los que sentía.
      La luz lunar les permitió ver la causa del derrumbe. Allí estaban las ruinas todavía humeantes del depósito, donde Quilino guardaba el combustible para su avión.
      —Quilino tiene que haber volado todo, para que se vinieran y así Chelco podría escapar...
      —Sí... debe ser.
      —No puede haber volado sobre el pueblo. Debe haber ido hacia los montes... ¿qué población importante hay para aquel lado?
      —Pues...
      Tefi, mientras trataba de hacerse un mapa en su cabeza, comenzó a rodear las ruinas, como si mirando en esa dirección pudiese comprender más fácilmente la geografía.
      Eso fue lo último que vería antes de entrar en desmayo.
      En medio de la pista, carbonizados, estaban los restos del avión. El intento de despegar había sido abortado.

 

Capítulo VII


Cuando Tefi volvió en sí, estaba en brazos de Eliseo. Él la llevaba por un camino bajo la luna, con un paso ya mecánico. No sabía dónde iba, sólo que...
      Se estaban alejando del hangar. Recordó las últimas imágenes que había visto y sus ojos se llenaron de lágrimas. Volvió a tomar conciencia de que su amor no había sobrevivido. Un gemido hizo que Eliseo se detuviese y la depositase en el piso, en medio del camino. Así la abrazó cálidamente, como un hermano, al tiempo que intentaba transmitirle serenidad... una serenidad que él no estaba demasiado seguro de tener.
      —Tefi... escuchame —le susurró al oído—. Sé que es doloroso... pero tenés que sacar fuerzas de algún lado. Hay peligro todavía, tenemos que hacer silencio...
      El silencio que hicieron les permitió oír un grito lejano, un grito de desesperación.
      —¿Qué fue eso...?
      —Un grito de mujer... supongo. Hace rato que lo vengo oyendo. Vengo oyendo varios gritos... todos en dirección del pueblo.
      —¿Están... todavía?
      —Sean quienes sean, no se han ido. No sé qué esperan... a lo mejor no se dieron cuenta de la partida del Chelco... y están esperando encontrarlo.
      —¿Y nosotros dónde estamos?
      —Camino al pueblo.
      Aún a la luz de la luna, el rostro perplejo de Tefi fue demasiado evidente.
      —¿Estás loco?
      —Si conseguimos escondernos, es en el último lugar donde nos van a buscar. Además...
      Hubo una pausa.
      —Decílo...
      —Si en algún lugar hay comida, es allí.
      —¿Y qué, les vas a pedir que te inviten?
      —Sé de una forma de entrar al almacén. Estarán demasiado ocupados, seguro. ¡Necesitamos una pausa, Tefi! ¡Ya no puedo pensar!
      Tefi comenzó a evaluar a su compañero de desgracia. Era un grandote bonachón, una buena persona, alguien que había tenido todo para ser feliz: había nacido en un hogar acomodado, se había casado enamorado de su bella mujer, vivía en un lugar de privilegio... y de pronto todo eso se había terminado.
      Se encontraba huyendo en medio de la noche, la muerte rondándolo y, lo peor de todo, comprobando que su mujer tenía un secreto incomprensible, un secreto que la había obligado a abandonarlo sin decirle nada.
      Hambriento, con frío debido a esa noche de principios de Otoño, sin el espíritu emprendedor que podía tener Quilino, tal vez se derrumbaría ante el menor contratiempo. Tefi se dio cuenta de que debía ser la fuerte del grupo si querían sobrevivir. Se puso de pie.
      —Está bien, Eliseo. Yo conozco mejor todas las casas del pueblo... vos hacéme caso a mí y vamos a encontrar algo de comer... Si queda algo de comer, lo vamos a encontrar. ¡Y por favor, controlá tu respiración! ¡Esos resoplidos nos van a descubrir!

Durante toda la caminata, escucharon dos o tres veces más el grito desesperado, cada vez más cerca. Durante el último tramo ya no lo escucharon.
      —Sea quien haya sido, espero que descanse en paz...
      Tefi no respondió al comentario de Eliseo; al contrario, le hizo señas de silencio, al tiempo que se agachaba y señalaba hacia adelante.
      Frente a ellos había un vehículo armado, con soldados. No parecían haberlos notado.
      —No podemos seguir por el camino... —susurró Eliseo.
      —Deberemos cortar por el sembrado.
      —¡No, está lleno de víboras!
      —No sé qué es peor, pero tenés razón. Vamos por el sendero de Suárez...
      Con mucha dificultad y avanzada la noche, llegaron a las inmediaciones del pueblo. Luego Tefi fue ubicando una a una las casas a la incierta luz de la luna.
      —Vamos a casa de doña Encarnación.
      —¿Doña Encarnación?
      —Es la casa más pobre del pueblo. Ella le alquila la pieza al Alemán. Es difícil que se hayan metido ahí...
      Pueblo chico, encontraron la puerta del patio abierta. Avanzaron hacia la cocina con cuidado, cuando una imagen extraña llamó la atención de Tefi.
      Tuvo que contenerse para no gritar.
      Era el cuerpo de Héctor Salvo, el Alemán. Lo reconoció por la ropa, ya que la cabeza había estallado. Allí estaba, tendido en medio del patio, aferrado todavía a su cuaderno. Eliseo tuvo que llevarla a la rastra hacia la cocina y sentarla en una silla.
      La cocina de doña Encarnación, humilde pero pulcra, tenía todo ordenado. Sobre la mesa, una cafetera y tazas estaban listas para servir café... tal vez para ella y el Alemán. Aún en la penumbra, era posible ver todo.
      Pero Eliseo buscaba febrilmente algo para calmar su hambre. Encontró una bolsita con panes criollos y se metió uno en la boca con ansiedad devoradora. Aún con la boca llena, sin dejar de masticar, pareció percatarse de la presencia de Tefi, quien aún estaba atontada.
      Con cierta expresión de culpa, se acercó hacia ella con la bolsita abierta, en un gesto de ofrecer.
      Se detuvo con expresión de espanto, mirando hacia atrás de Tefi. Ésta, por su parte, lo percibió. Pero no tuvo tiempo de nada. Un estampido y el pecho de Eliseo estalló en una flor de sangre al tiempo que una luz intensa, blanca, iluminaba la estancia.
      Tefi se volvió sólo para ser encandilada por lo que parecía ser una linterna poderosa, vacilante debido a la mano que la sostenía. De inmediato volvió a mirar a Eliseo. Este todavía estaba de pie, pero su expresión ya no era de espanto sino de perplejidad. Miró hacia su pecho destrozado, luego dirigió una mirada de desconcierto hacia sus atacantes y cayó hacia adelante.
      Todo duró segundos. Tefi miró horrorizada cómo el resto de pan criollo que no había alcanzado a tragar se derramaba por la boca abierta del gringo Eliseo Cacciaguida, pobre peón involuntario en un juego horroroso.
      Pero no tuvo tiempo de compadecerse demasiado. Un movimiento de las sombras le indicó que la luz avanzaba hacia ella y que se percibía más de una respiración jadeante tras ese foco.
      Ella había escuchado las historias que se contaban del pasado, cuando la prima del Alemán había terminado sus días en un infierno sin que se supiera ahora dónde estaba su cadáver. Pero sí se sabía de las horrorosas formas de muerte lenta que tenían los cautivos.
      Por un instante, especuló con que ese sería su destino, ya que no tenía forma de escapar a esa amenaza.
      Pero en ese momento una explosión sacudió la casa. Venía del frente. La luz se desvió y pudo percibir dos siluetas que se dirigían a la calle. Ella de inmediato salió al patio jugándose el todo por el todo.
      Apenas salió se estrelló contra un cuerpo firme, robusto, un brazo que la sujetaba y ella que no tenía fuerzas para gritar. Sólo pudo comprobar que quien la sujetaba tenía armas por todas partes.
      Y era, indudablemente, una mujer.
      —Tranquila, nena. Somos amigos... —dijo la mujer al tiempo que las explosiones y los disparos se intensificaban.
      Fue demasiado para Tefi, quien se sumergió en la inconsciencia.

Era un rumor, personas que conversaban. Algún grito lejano, pero no de dolor. Era alguien que gritaba una orden.
      Un olor a desinfectante invadía todo. Una luz demasiado intensa atravesaba sus párpados cerrados.
      Tefi comenzó a tomar conciencia de su hambre, que la atravesaba. Poco a poco iba volviendo al mundo, el que no prometía ser demasiado grato.
      Un nuevo ruido se sumó a esa llamada al mundo. Fue un gemido, un llanto quedo de un animal asustado, si no fuera porque la garganta que lo emitía era humana.
      —Sí mi amor, sí. Ya pasó todo —dijo una voz femenina. Una voz desconocida, pero cálida, amable, con un toque de amargura.
      De a poco fue abriendo los ojos, hasta que se acostumbraron a la luz. Estaba en una carpa, una carpa enorme. Tefi nunca había visto un hospital de campaña, pero suponía que en un lugar así debía estar.
      Intentó moverse, pero su cuerpo no tenía fuerza alguna. Cual si levantara una tonelada giró su cabeza y vio a su lado otra cama. Sobre ella, la más chica de los Beltrán yacía de espaldas, los ojos desorbitados, un rictus de espanto. Era una pesadilla sólo verla.
      Sentada en el borde de la cama había una mujer. Una mujer grande, robusta, pero no gorda. Tenía una figura exhuberante, aunque no era joven. Vestía una camiseta negra que se le ajustaba al cuerpo marcándole generosamente la figura. Llevaba el pelo recogido y, desde donde estaba, pudo ver que vestía pantalones militares con diseño de camuflaje.
      La mujer miraba a la más chica de los Beltrán con un gesto duro, de preocupación, firme. Sólo el brillo en los ojos daba a entender que estaba conmovida.
      —No te preocupes, mi amor. Yo misma voy a conducir el pelotón de fusilamiento. No vamos a tener piedad... y te voy a llevar para que veas. Posiblemente te sientas un poco mejor.
      La mujer pareció percibir algo. Giró la cabeza y descubrió a Tefi mirándola. Tuvo una leve sonrisa.
      —¿Tienes hambre?
      No espero respuesta. Fue hacia un rincón, metió una taza bajo un aparato y apretó una palanca. Tras unos segundos, llegó al lado de Tefi, levantó su cabeza y le hizo beber.
      No era café, era un líquido denso, sabroso, tal vez una sopa. Tefi percibió que ese líquido que tragaba sin dificultad la renovaba. Sentía que las energías volvían a su cuerpo.
      Tomó tres tazas, cada una con mayor lentitud que la primera.
      —Me llamo Carmen —dijo la mujer—. Por ahora has tomado suficiente. Ahora debes dormir... más tarde te daré más. Ah... recuerda, estás entre amigos.
      La acomodó en la cama y la arropó con la cobija. Lo último que alcanzó a sentir Tefi fue la mano, una mano áspera y dura, que le acariciaba la frente. Luego fue el sopor, un sopor plácido que intentaba devolverle la paz.

Ya se despertó espontáneamente. Estaba sola, la cama del lado estaba vacía, pero con las sábanas desarregladas, como quien se ha levantado en forma provisoria para volver a acostarse.
      Intentó enderezarse, pero no estaba demasiado fuerte todavía. Se distendió en un suspiro.
      En eso volvió a entrar Carmen. Venía acompañada de un hombre con guardapolvo blanco. Ninguno la miró. Carmen venía con los ojos brillantes de lágrimas, con signos evidentes de estar conteniendo el llanto. Y Tefi se dio cuenta que, de no ser por una férrea disciplina y firmeza de carácter, Carmen estaría llorando a los gritos.
      El hombre, por su parte, tenía una expresión de profunda amargura, al tiempo que miraba a Carmen con inmensa piedad.
      —No había nada que hacerle —dijo el hombre—. La pobrecita estaba en las últimas. Ya moverla para que viese la ejecución...
      —Se habría muerto de todas maneras —respondió Carmen con acritud—. Lo que hicieron con ella esos hijos de puta... quise que los viera morir. No le podía salvar la vida, pero creo haberle dado la paz...
      El hombre fue hacia la cama vacía y con una acción hija de la práctica alzó de una sola vez sábanas y almohada. Entonces se percató que Tefi estaba despierta.
      —Volvimos al mundo...
      Ante ese comentario, Carmen vio a Tefi y se pasó la mano por la cara, como recomponiéndose.
      —Que me traigan las fotos.
      —Sí, mi capitán —dijo al tiempo que salía con el bulto de ropa. Carmen fue al aparato y sirvió otra taza del líquido.
      —¿Tu nombre es Estefanía Verónica Monte?
      —Sí... —respondió Tefi en un susurro.
      —Por eso estás tan sana. Está bien, Guillermo Gómez nos habló de vos...
      Se acercó y nuevamente le hizo tomar esa sopa. Tefi bebió con ansiedad, con más energía de la que suponía.
      —Calma, nadie te lo va a quitar. Te necesito fuerte, Estefanía. ¿Te sientes con fuerza como para hablar?
      —Algo...
      —Entonces te dejaremos descansar. Vendrá un médico a verte. Luego te mostraré unas fotos.
      —Carmen...
      —¿Sí?
      —¿Mi... papá... mi... mamá...?
      El rostro de la capitana volvió a ser sombra.
      —Creo saber dónde están, ya los buscaremos.

Cuando terminó la revisación médica, Tefi estaba más animada. Se retiraba el médico y se cruzó en la puerta de la carpa con Carmen. Ésta traía consigo un sobre grueso.
      —¿Te encuentras mejor, nena?
      —Bastante... ¿Dónde están mi papá y mi mamá?
      —Los estamos buscando... quiero que nos ayudes. Hay unas fotos que quiero que veas.
      La capitana abrió el sobre y mostró ante Tefi una serie de fotografías. Eran ampliaciones parciales de un solo negativo, el de la fotografía que Antonio había tomado tras el asado de homenaje a Eliseo.
      Apenas habían pasado... ¿dos días? ¿Cuánto llevaba durmiendo? y casi todos los que estaban en esa foto habían sufrido el peor de los destinos.
      Para colmo, la primera que vio mostraba a Quilino y ella misma, entre otros. Le volvió a la memoria el avión destrozado y humeante a la luz de la luna y se le nublaron los ojos.
      —¿Te sientes bien, mi amor? Si quieres lo dejamos para otro momento...
      —No... no... está bien. Puedo seguir.
      —Bien... tienes que señalarme a cada uno y decirme quién es. Yo lo iré anotando.
      Por un instante, Tefi se fijó en la carpeta que llevaba Carmen. Eran unos diagramas de silueta de cada foto; la foto estaba numerada, en tanto que cada silueta tenía una letra.
      —Bueno... ésta soy yo, claro... éste es Quilino...
      —¿Quién?
      —Enrique García, era el piloto del avión. Le decíamos Quilino porque nació allá...
      —¿Él voló su casa para que pudiera huir Guillermo Gómez?
      —Sí... pero lo derribaron...
      —Vimos el avión... ¡Qué hombre valiente!
      —Era todo un hombre...
      Por un instante, Carmen miró a Tefi con cierta perplejidad. Tefi se dio cuenta que no había sido discreta. Carmen cambió de actitud.
      —Sigamos... ¿Éste?
      Y así, foto por foto, Tefi fue dando los nombres de todos y cada uno de los habitantes del pueblo. Cuando llegó a Leonor, la tía de Panchita, la que había visto morir, se le anudó la garganta. Pero ahí estaba Carmen dispuesta al consuelo, a la asistencia. Así pasaron sus padres, Eliseo, y siempre Carmen anotando prolijamente. Sólo preguntó cuando llegaron al Alemán.
      —¿Este era el hombre que estaba muerto en el patio, cuando te encontré?
      —Sí...
      —Pobre hombre...
      En eso entró un asistente, traía una fotografía que entregó a la capitana y se retiró enseguida. Carmen se la mostró a Tefi.
      —¿Lo conoces?
      —Sí, es el padre Barbieri... el que viene todos los domingos a dar misa. ¿Por qué está tan serio?
      —Pues... no tiene motivos para reírse. Sigamos.
      Y siguieron, hasta que el último de las fotografías tuvo su nombre. Carmen guardó las fotos y las planillas en el sobre, llamó a un asistente y se lo entregó.
      —Carmen...
      —¿Sí?
      —¿Para qué todo esto...?
      Carmen se crispó. Tefi percibió que esta mujer hubiese deseado que esa pregunta no llegase jamás. Tras una pausa, se sentó en el borde de la cama.
      —Mi amor... pareces una chica fuerte... pero no quisimos abusar de vos. Guillermo Gómez nos había advertido de esta foto, así que preferimos que los identificaras así...
      —¿Qué los... qué?
      —Mi amor... salvo vos, Guillermo Gómez y Beatriz Rivera... todos están muertos. El padre Barbieri no estaba en la foto... por eso tuvimos que mostrarte la foto de su cuerpo...
      Tefi no escuchó más, volvió a caer en un desmayo profundo.

 

Capítulo VIII

Lo que siguió fue recordado por Tefi como algo que le estaba pasando a otra persona y que ella, desde alguna parte no definida, era testigo impávido e impotente.
      Carmen resultó ser un ser excepcional. La primera impresión que había dado era la de una máquina de matar... y se la adivinaba dura y despiadada; pero era capaz de las más insólitas ternuras.
      Ella la ayudó a retirar sus artículos personales de su casa, la que no había quedado impune al saqueo. La contuvo cuando la visión de esa casa a la cual ni su padre ni su madre volverían, estuvo más de una vez a punto de desquiciarla. Si no hubiese sido por el apoyo de Carmen, Tefi habría naufragado en la demencia.
      Luego fue llevársela lejos de ese pueblo fantasma, a la casa de una pariente lejana de su madre que vivía en La Plata, quien se hizo cargo de ella con dedicación.
      Tefi se había convertido, a su pesar, en una celebridad de la noche a la mañana. Era la única sobreviviente de una masacre espantosa y aparentemente sin sentido.
      Luego se supo el sentido de esa masacre y Tefi, cuando leyó la versión oficial de lo sucedido, quedó totalmente perpleja.

Según esa versión, el Ingeniero en Sistemas Guillermo Gómez, conocido como Chelco, había descubierto lo que aparentaba ser una artesanía precolombina. Aparentaba porque era en realidad el contacto maestro de un vehículo antigravitatorio que tenían los Incas.
      El ingeniero Gómez había desentrañado los principios de la antigravedad a partir del hallazgo. No obstante, como eso afectaba seriamente los intereses de las compañías petroleras, éstas habían mandado un grupo comando para acabar no sólo con Gómez y su invento, sino con todo testigo que hubiese de los vuelos exitosos. Por eso habían masacrado al pueblo entero.
      Gómez, alertado, pudo ponerse a salvo con la esposa de un amigo, Beatriz Rivera. Llegó a una importante industria texana asentada en Austin y solicitó ayuda. De inmediato organizaron un cuerpo de choque que intentó salvar a los habitantes del pueblo.
      Lamentablemente, llegaron tarde. Sólo quedaba una sobreviviente, la hija del Intendente, Estefanía Verónica Monte.
      Estefanía (según la versión) se había escondido ante los primeros disparos y eso le permitió sobrevivir hasta que llegó la fuerza de rescate.
      No obstante, era tanto el terror que había vivido a tan tierna edad, que su mente estaba trastornada. No recordaba los vuelos experimentales con el aparato incaico y fantaseaba con un romance vivido con un hombre mayor que ella (así, sin nombrarlo).
      La versión también mencionaba a Quilino como héroe, que había dado su vida por salvar a su amigo, el único que podía pedir ayuda.
      Para más, la empresa texana había comenzado a fabricar vehículos antigravitatorios y fue una verdadera revolución. Cualquier parte del mundo, de pronto, estaba a minutos de vuelo, o segundos, según hacia dónde se dirigieran. Podían dar la vuelta al mundo en menos de media hora.
      Esto, por supuesto, había creado el colapso de las industrias petroleras, así como las fábricas de automóviles, las líneas aéreas y las marinas mercantes de todo el mundo.
      La empresa de Austin había acudido en ayuda de los petroleros, ayudándolos a reconvertir sus procesos industriales. Así también facilitó la reconversión de todas las empresas afectadas, siempre que perteneciesen a países aliados.
      Los vehículos a combustible se habían terminado para siempre; no obstante, se encontraron nuevos derivados del petróleo que permitieron reemplazar en abundancia productos cuya producción afectaba el medio ambiente... por ejemplo el papel. Se obtuvo un símil papel casi imposible de detectar como tal, salvo por su duración y su resistencia al agua..
      Por supuesto, el petróleo dejó de ser un negocio que permitiese ser millonario de la noche a la mañana; pero permitió cierta prosperidad a las empresas reconvertidas.
      Quienes entraron en colapso fueron los países árabes, los que debieron resignar el protagonismo que habían adquirido. Hubo algunas amenazas de guerra, pero la antigravedad había llegado para quedarse. Los árabes debieron adaptarse a un estilo de vida más modesto.
      En el término de cinco años, el mundo estaba irreconocible y ahora tenía dos héroes para venerar. Uno muerto, Quilino; y el otro vivo, Chelco.
      Chelco había aparecido varias veces en televisión y en Internet, ante la mirada perpleja de Tefi. Era una figura alta, atlética, sobre la cual discrepaba su cabeza grande pero consumida por la enfermedad. Tefi se dio cuenta de que estaba frente a un androide que revestía el cuerpo enfermo de Chelco, dándole el aspecto del hombre que siempre había querido ser. Y tal vez ocultando instrumental de asistencia médica que regularizase el funcionamiento de su mala fisiología.
      ¡Vaya a saber desde cuándo habría concebido la idea! El descubrimiento de la antigravedad le había facilitado crearlo, ya que la mecánica necesaria para mantener de pie esa estructura por medios naturales era imposible.

Tefi, desde La Plata, escribió repetidas veces a Chelco. Quería hablar con él, quería respuestas; sobre todo qué había pasado con Beatriz, que había entrado en un eclipse; por qué tantas mentiras en derredor de lo que había pasado, etc., etc.
      Pero era más fácil comunicarse con un Jefe de Estado que con Chelco, el ahora genio estrella del nuevo siglo, el que diseñó el Sistema de Control Aéreo, el iniciador del Banco Mundial de Datos, el que lanzaba sobre la mesa uno tras otro los inventos que hacían el futuro cada vez más cercano. El equivalente de Edison para el Siglo XXI.
      Tefi trató de localizar a Beatriz por otras vías, incluso intentó comunicarse con la capitana Carmen, pero fue en vano. Carmen se comunicó sólo una vez con ella, pero para decirle que no estaba a su alcance descubrir el paradero de Beatriz. Ella pertenecía a las fuerzas de choque, no a Inteligencia.
      Tefi llegó al extremo de publicar una página de Internet contando su verdad, pero casi de inmediato un grupo de investigadores publicó una segunda página donde se "demostraban" las discrepancias entre su versión y la "verdad".
      La primera "discrepancia" estaba en el presunto asalto a la casa de Eliseo y Beatriz, que jamás habría ocurrido en la realidad.
      Sí se mantenía que la joya era de la familia de Enrique García, pero que fue Guillermo Gómez quien la descubrió en la fiesta del casamiento y luego la habría estudiado. Eliseo y Beatriz habían visitado el pueblo cuando la masacre por pura casualidad.
      Tefi estaba desconcertada, desesperada. ¿Qué fábula se estaba armando? ¿Por qué se ocultaba la verdad?
      En esas cavilaciones estaba cuando recibió un e-mail de Quilino. Ansiosa fue a leerlo y su desconcierto fue mayor.

Tefi:
      No te he contestado antes porque he estado muy ocupado... lo habrás visto por la prensa.
      Aún así, debería tener un momento para la última habitante de mi pueblo natal, aparte de mí mismo. Pero por eso me he resistido a hacerlo. Me duele saber esa verdad y tu presencia me lo recordaría.
      Ya no quiero sufrir más ni quiero que sufras. Quisiera abrazarte como tantas veces, pero ahora sería una puñalada que no quiero sentir.
      En cuanto a Beatriz, también ha sufrido mucho. Se ha retirado discretamente al anonimato y prefiero respetar su voluntad.
      No he olvidado mi pueblo y te aseguro que estoy preparando algo que recordará al mundo entero lo que fuimos antes de la masacre. Será algo que, cuando lo veas, te quedará una cara de desconcierto increíble.
      Ten presente que no nos volveremos a ver más. Te recordaré siempre niña, aunque crezcas. Un beso grande.

Guillermo Chelco Gómez
      

Si Tefi se había sentido desconcertada antes de recibir el e-mail, ahora estaba aterrorizada. ¿Abrazos? ¿Besos? ¡Chelco los detestaba!
      Se dio cuenta de que Chelco quería decirle algo, algo que jamás le diría en persona. Que si llegaba a saberlo, no crecería porque la matarían.
      No volvió a insistir.

Años después conoció a un joven artista japonés, Shiburo Hyakawa. Su corazón volvió a latir, aunque el sitio ocupado por Quilino nunca se vaciaría.
      Se casó con él y se asentó en Osaka, de donde no volvería a salir por mucho tiempo.
      Tuvo noticias del museo que habían armado en su pueblo, al tiempo que supo de la instalación del Centro Terminal. No tuvo ganas de conocer más. Cada vez que aparecía un documental sobre cualquiera de los dos temas cambiaba de canal o se retiraba de la habitación.
      Y así pasaron los años. Tuvo un matrimonio de una plácida felicidad, que no tuvo hijos pero tampoco contratiempos. Fue sólo un fluir del tiempo entre dos personas que se tenían cariño, no pasión.
      Un día supo de la muerte de Chelco, que fue noticia mundial. Había sido bautizado como "el Padre del mundo moderno" y los homenajes atosigaron el planeta.
      Supo también que había pedido que lo enterraran en Villa Silvia, su pueblo natal. Tefi, en silencio, se consideró como la última de su especie. Durante todo el período de los homenajes no encendió la televisión ni buscó en Internet nada que le recordase lo que había sido, ni su origen, ni nada.
      Hasta el día en que recibió el mensaje de Carlos Allende en su correo, cuando se motivó a re-encontrarse con su pasado y tal vez encontrar algunas respuestas.

 

Capítulo IX

— ...y de esa forma, Guillermo Gómez pudo llegar a un lugar civilizado con el aparato que transformó nuestro mundo. Gracias al sacrificio de Enrique García.
      El androide continuaba su discurso mientras la vieja Tefi, la actual Verónica Hyakawa, miraba en derredor sin prestarle atención.
      Estaban en el Cementerio. Las viejas sepulturas, entre las cuales se encontraban las de sus abuelos y las de los padres de Quilino, seguían en el mismo lugar. Pero otra sección había sido habilitada, donde estaban todos los habitantes masacrados en aquella jornada trágica. Tumbas prolijas, uniformes, sólo distinguibles por los distintos nombres en las placas.
      Sólo dos tumbas eran diferentes y ella estaba frente a una, la de Quilino, un monumento con bajorrelieves que representaba la vida del héroe. El principal lo mostraba vestido de piloto, al lado de su avión y anotando en un cuaderno.
      —Y ahora señora, si quiere ver el memorial de Guillermo Gómez...
      El androide comenzó a caminar hacia la otra tumba, más lejana, cuyo contorno no se distinguía bien. Nunca dejó de dolerle la muerte de Quilino, pero ver por primera vez tamaño homenaje le dio cierta sensación de paz.
      Apenas llegaron pudo ver en qué consistía el otro monumento. Era una simple placa de mármol, sobre la cual estaba sujeto, tras un proceso de metalización, el traje-robot que Chelco había usado los últimos años de su vida. Estaba tendido, mirando al cielo, vacío, como si esperase volver a ser ocupado.
      Y una placa con el nombre de Guillermo Gómez, las dos fechas y un bajorrelieve, donde se lo mostraba sobre su silla de patas, apoyado en el "carruaje mágico" y anotando en una libreta.
      —Guillermo Gómez pidió ser sepultado aquí, incluso él mismo diseñó su sepultura, así como diseñó todo este monumento que vemos.
      Por un instante, Verónica Hyakawa olvidó su tristeza para mirar seriamente al androide.
      —¿Qué dijo?
      —Repito. Guillermo Gómez pidió ser sepultado aquí, incluso él mismo diseñó su sepultura, así como diseñó todo este monumento que vemos.
      —¿Quiere decir que el museo, los androides, todo es su idea?
      —Así es... ¿Se siente bien, señora? Podemos llamar a un médico si lo necesita.
      —No, no es necesario. Pero quiero salir de aquí...
      —La acompañaré... a menos que necesite un vehículo.
      —Esta bien, puedo caminar.
      Regresaban calle abajo cuando un androide se les aproximó. Era el que representaba a Eliseo, vestido tal cual estaba el último día que lo vio. Quilino se acercó sonriente al androide "Eliseo" y éste fue a abrazarlo.
      —¡Te felicito, hermano! ¿Así que te casás con Panchita? —dijo el androide Quilino.
      —¡Por supuesto! —respondió el otro—. Y espero que seas el Padrino...
      Se retiraron sin despedirse de Verónica Hyakawa, quien observaba todo con desconcierto total. ¿Qué estaba pasando?
      Si hubiese sido un extraño el autor de este macabro monumento autómata, se le podrían haber perdonado algunas inexactitudes, no éstas.
      Ella le había dicho a Carmen que Panchita era una prostituta, por lo tanto sería inconcebible que se casara con Eliseo, casi el más rico del pueblo; sobre todo cuando él ya llevaba un año casado con Beatriz...
      Y de todos los androides que había visto, Beatriz no estaba.
      Pero si era Chelco el autor de todo, esos errores eran inconcebibles. Si hasta había cuidado detalles como los pastelitos de la panadería de don Isaac...
      En esos pensamientos estaba cuando vio que se acercaban tres androides conversando. Uno era Chelco, en su silla, con una expresión de asombro y desconcierto. El otro era el "Rolo", el empleado municipal, cargando sus instrumentos de jardinería y con el diario saliendo del bolsillo del overall, con el título catástrofe: "Histórica visita del Papa a La Meca".
      Ambos flanqueaban al tercero, que no era otro que Héctor Salvo, "el Alemán", quien con sus cuadernos bajo el brazo hablaba como un académico.
      —Fue terrible... —decía el Alemán. Estar metido en el agua fría mientras ver cómo los ingleses hundían al Belgrano...
      Y se alejaron pasando por el costado de Verónica, sin prestarle atención.
      Verónica comenzó a sentir miedo. Ella sabía que Héctor Salvo, en la vida real, jamás había hablado de la guerra; al contrario, se ponía mal hasta cuando mencionaban su condición de veterano. Pero todos sabían que el Alemán jamás había estado en el Belgrano, sino en Puerto Argentino.
      Por otro lado, Chelco jamás salía a pasear por las calles del pueblo; sólo las transitaba por necesidad. Aunque tenía motivos para enorgullecerse de su obra, no lo estaba de su aspecto. Si salía de su casa, lo hacía por la puerta de atrás y para dar solitarios paseos por los alrededores.
      Y en cuanto a "Rolo"... Verónica no lo relacionaba con los otros dos. No había sido su amigo. ¿Qué podría significar su presencia?
      Volvió a la oficina donde se cambió de ropa. Contra una pared vio un mural grande de la fotografía que había sacado Antonio. Esos eran los verdaderos. Se observó a sí misma, cuando todavía no sabía que el fin de su felicidad estaba próximo. En el fondo de su corazón se despidió de todos y partió.

Cuando llegó a la casa de Allende, en la parte nueva del pueblo, se encontró con una Tieta compungida y desconcertada.
      —No vendrá esta noche...
      —¿Qué dice?
      —Un problema sanitario en África... no sé... lo real es que fue una guardia imprevista. ¡Pero quédese, por favor, Verónica! Esta es su casa, en algún momento debe regresar...
      —Gracias...

En la soledad de su cama, Verónica meditaba sobre el tiempo pasado. Había escuchado de una obra teatral norteamericana donde a la protagonista, tras su muerte, se le permitía volver a vivir el día más feliz de su vida. Ella lo aceptaba llena de entusiasmo, pero...
      Pero al volver a ver a sus seres ese día, no podía verlos sin recordar lo que les había sucedido después. Eso abortaba toda felicidad que pretendía revivir.
      A ella le pasaba algo parecido. Ver todos esos androides con las figuras de sus seres queridos la había amargado. Ya era una mujer grande para ponerse a llorar... aunque la nena que había dentro de ella, que había soñado con la felicidad hasta el último día de su permanencia en su pueblo, estaba llorando a gritos.
      Prefirió pensar en otra cosa, como ser las discrepancias que había observado.
      ¿Por qué "Eliseo" estaba presentado como soltero y a punto de casarse con "Panchita"?
      ¿Por qué no estaba "Beatriz" entre los androides?
      ¿Por qué "el Alemán" se mostraba tan sociable y comunicativo?
      ¿Por qué "Chelco" (nada menos que su propia figura) salía a pasear como un caminante cualquiera?
      ¿Y por qué "Rolo" los acompañaba...?
      Verónica se sentó de un salto en la cama, los ojos espantados, comprendiendo en un instante todo... o casi todo.
      Trató de poner sus ideas en orden.
      Esas discrepancias eran deliberadas, eran cosas que sólo ella podía percibir. Era un mensaje que había estado guardado para ella durante veinte años. Veinte años atrás Chelco había inaugurado el pueblo-museo, y tal vez aguardó en vano que ella venciera su cobardía y retornase.
      Pero ella recién regresaba ahora y si Chelco esperaba algo de ella, tal vez sería demasiado tarde.
      Trató de serenarse y comenzó a elaborar las discrepancias, a ponerlas en orden dentro de su cabeza.

Todo estaba congelado en ese día de principios de Otoño del 2010. Ese día en que el diario anunciaba la visita del Papa a La Meca.
      Ella había ido muchas veces a comprar criollitos a lo de don Isaac... y muchas más veces por pastelitos. Pero ese día en particular no lo había hecho.
      Lo recordaba muy bien porque había estado toda la mañana conversando con don Teodoro, el abuelo de Chelco. Cuando se asomó por la Intendencia, otro había comprado los criollitos.
      Por otro lado, Rolo había sido echado una semana atrás de su trabajo. Lo habían sorprendido robando, por lo cual ahora sobrevivía como jardinero. Eso el verdadero Chelco lo sabía. Nunca su padre pudo haber pedido nada para Rolo, quien ya no estaba allí.
      Pero la señal mayor estaba en la expresión de asombro y desconcierto que ostentaba el androide Chelco. El verdadero tenía casi siempre una expresión de amargura, tal vez alguna sonrisa triste, o la severidad cuando alguna cosa no era interpretada inmediatamente por su privilegiado cerebro. Esa expresión podría haber sido la de cualquier otro...
      La de ella...
      La de ella cuando Chelco le pidió esa noche que buscara a Héctor Salvo. La que mencionó en su única y última comunicación, al referirse a su posible expresión de desconcierto cuando viese el monumento.
      Entonces la clave estaba en Héctor Salvo, en su androide...
      Recordó que el androide llevaba dos cuadernos, uno grueso de tapa verde oscuro y otro finito de tapa clara. El mural fotográfico mostraba claramente que Héctor sólo tenía un cuaderno, el grande. Ella también así lo recordaba.
      Pero ese día que se asomó por el boliche de los Varlero y vio al Alemán, éste estaba en una mesa distinta, más oscura, mirando hacia todos lados con sospecha... y escribiendo en otro lado, no en su cuaderno habitual.
      Por eso, en sus respectivos monumentos, tanto Quilino como Chelco aparecían escribiendo sobre papel. Había que buscar a alguien que escribiese siempre.
      Quería decir que la clave estaba en ese cuaderno, que probablemente se lo hubiese dado el mismo Chelco. No sería el mismo que llevaba el androide, pues era de auténtico papel y no habría sobrevivido. Pero era posible que el androide "Héctor" supiese dónde estaba. Y estuviese programado para entregárselo.
      Era lógico. Si Chelco se había dado cuenta de un secreto terrible, si necesitaba dejar un seguro —si no de vida, de justicia— lo mejor era nombrar depositario del mismo al más insospechable de todos; el "loquito" del pueblo, al que nadie atacaría ni revisaría.
      Estefanía Verónica Monte tuvo en claro lo que debía hacer. Claro que para hacerlo debería esperar al día siguiente. Pero ya no le importaba. Habían pasado veinte años... podía pasar un día más.
      El sueño le vino de golpe, como un sopor profundo.

Al día siguiente, a primera hora, Verónica estaba sola frente a la máquina de entrada, ya cambiada como una mujer madura del año 2010.
      —¿Cómo quiere ser tratada, señora Hyakawa? ¿Como una conocida, como una desconocida, como un ser invisible?
      —Como una conocida.
      —En ese caso, debe elegir un "pariente" de alguno de los habitantes, con excepción del mismo Quilino que no tenía a nadie. Puede consultar la lista...
      —Quiero ser pariente de Héctor Salvo.
      —De los que tenemos registrados como parientes de Héctor Salvo, la más próxima a su condición es su prima María Clara.
      María Clara, la prima desaparecida a los quince años. Su condición figuraría en el Banco Mundial de Datos, pero no en el archivo particular de ese macabro parque de diversiones. María Clara, para la fecha en que todo comenzó, podría tener la edad que ella tenía ahora... tal vez un poco más joven; sólo que su tragedia la había dejado para siempre púber.
      —Quiero ser María Clara.
      —No tiene más que entrar, él saldrá a su encuentro.
      Volvió a pasar por el túnel hasta emerger en el ómnibus. Apenas bajó, allí estaba "Héctor Salvo", sonriente, con lágrimas en los ojos y los brazos extendidos.
      —¡Cómo has demorado, mi amor! ¡Si supieras cómo te he extrañado! —y la abrazó al tiempo que soltaba el llanto. Verónica sabía que era un robot, pero el realismo con que estaba operando la conmovía.
      El androide se separó y la miró con una expresión emocionada.
      —¿Sabés una cosa? Creí que no te vería nunca más. Creí que nunca vendrías, que eso que tengo para vos se perdería para siempre...
      Tefi se decidió a seguir el juego.
      —Está bien, Chelco. Ya estoy acá... perdonáme la demora.
      El androide sonrió. Ella le había llamado Chelco, no "Héctor".
      —Veo que te diste cuenta. Vení, vamos a casa a tomar unos mates. Ahí te cuento todo.
      Verónica se estremeció. Supo que, tras la voz del androide y más allá de la tumba, Chelco, el verdadero Chelco le estaba dando la bienvenida.
      Volvió a pasear por el pueblo, esta vez del brazo de "Héctor Salvo". Todos los androides, que el día anterior la habían mirado casi con indiferencia, la saludaban con entusiasmo.
      —¡Hola, María Clara!
      —¡Bienvenida, tanto tiempo!
      —¡Si tenés tiempo, visitáme antes de irte!
      Pasó por delante del androide Chelco y éste la saludó con una leve inclinación de cabeza, al tiempo que sonreía con satisfacción.
      Para llegar a la casa de doña Encarnación, donde vivía Héctor en una pieza alquilada, debían cruzar la plaza. Allí, en un banco y haciéndose arrumacos como dos adolescentes, estaban "Eliseo" y "Panchita".
      —¡Salud, María Clara!
      —¡Veníte al casamiento, te esperamos!
      Y luego siguieron con lo suyo. "Héctor" codeó a Verónica mientras sonreía con picardía.
      —Se van a casar... ella es una buena chica. Menos mal que el gringo la dejó a la porteñita... No valía un sorete.
      Era la primera alusión a Beatriz que Verónica escuchaba en años. Y si Chelco, a través del androide, se había expresado de esa forma, resultaba evidente que algo sabía sobre Beatriz que la condenaba. A tal punto que había alterado la historia real.
      Finalmente llegaron. "Doña Encarnación" la abrazó con efusividad y les colocó en la habitación una bandeja con pastelitos y el equipo de mate. Luego se retiró discretamente.
      La verdadera doña Encarnación jamás habría admitido que Héctor Salvo recibiese a una mujer en su habitación, ni así hubiera sido la verdadera María Clara regresando de entre los muertos.
      —Comé... comé mientras me escuchás. Es mucho lo que tengo que hablarte.
      Verónica comenzó a comer un pastelito que le supo a gloria, mientras el androide, con una expresión casi impersonal, comenzaba a hablar.
      —¿Cómo está tu madre? ¿Te perdonó aquella vez que saliste desnuda a la calle?
      El androide se levantó y fue a un rincón. Mientras seguía hablando, con un cuchillo levantó una baldosa del piso.
      —Claro... tenías cuatro años. ¡Pero qué quilombazo que armó! ¡Te trató de puta y de no sé cuántas cosas más! ¡Qué vieja boluda, si hubieses salido así a los quince...!
      El androide metió la mano y sacó una tapa de cemento, hermética, y un desagradable olor a cerrado invadió la habitación.
      —¡Después se la agarró conmigo! ¡Me echaba en cara que te había mirado! ¡Qué, si tenía siete años y era la primera vez que veía una chica desnuda!
      Con una rapidez increíble, el androide sacó del recinto un paquete envuelto en plástico sujeto con cintas y volvió a cerrarlo, colocando incluso la baldosa encima.
      —¿Sabés lo que pretendía? ¡Que olvidara lo que había visto! Menos mal que llegó mi viejo y la calmó un poco...
      El androide volvió con el paquete, lo colocó sobre la mesa y lo desarmó silenciosamente. Desde el interior de un túmulo de sal ya humedecida por los años, sacó el cuaderno de tapas claras.
      —Pero después no quería que jugáramos juntos... a menos que ella estuviera viendo. No me echó de su casa no sé cómo... y... a lo mejor para no ponerse mal con mi viejo.
      Verónica tomó el cuaderno y lo sacudió de sal, alzó su ropa y colocó el mismo entre su ropa interior y su piel. Ni siquiera cuando se cambiase y se pusiese la túnica podrían descubrirla. El androide hizo un gesto afirmativo.
      —Pero creo que nos hemos demorado... y en tu casa te deben estar esperando. Si querés, ahí tenés una bolsa; lleváte los pastelitos, te los comés durante el viaje.

Cuando llegó a la "Terminal", se sorprendió de la cantidad de androides que había. Del ómnibus fueron bajando varios "parientes" con expresión contrariada. Hasta que se encontraban con quienes los recibían y partían contentos.
      Volvió a pasar por la recepción y se encontró con dos empleados que revisaban la máquina. Uno de ellos la vio.
      —Señora... ¿Tuvo algún problema durante su visita?
      —No... la verdad que no —dijo Verónica tratando de disimular un nudo en la garganta.
      —Gracias, disculpe.
      Ambos volvieron a concentrarse en la máquina. Verónica se retiró lentamente para oírlos mejor.
      —Aparentemente, todo está normal. No falta nada.
      —¿Pero qué tenía ese archivo que se borró?
      —Creo que no lo sabremos nunca.
      Verónica disimuló su sonrisa y fue a cambiarse.

Luego, mientras compartía los pastelitos con Tieta, se sumió en la lectura del manuscrito del auténtico Héctor Salvo. Y a medida que iba leyendo, se estremecía.

 

Capítulo X


Villa Silvia, Abril de 2010

Yo, Héctor Salvo, escribo esto por indicación de Guillermo Gómez. Él teme por su vida y la de otras personas. Me ha hecho depositario de su secreto para que, si pasa algo, vea la manera de hacerlo conocer.
      Él me ha contado que existen dos fuerzas que tienen el dominio del mundo. Son fuerzas que no tienen nombre, aunque a veces se encarnen en algunos países.
      Una de ellas pretende el dominio económico del mundo y está impulsada por la idea de un continuo crecimiento. Por eso necesita cosas nuevas y quien le haga esas cosas nuevas, para ser más y tener más.
      La otra pretende el dominio espiritual de todas las personas y quiere formar una estructura perpetua de castas en todo el mundo. Que todo permanezca igual a lo largo del tiempo.
      Por mucho tiempo convivieron en cierta paz, con algunas escaramuzas, sin dejar jamás de ser enemigos.
      Pero ahora la segunda fuerza está tratando de juntar fuerzas dispersas y lanzar un ataque definitivo contra la otra, de esa manera quedar única dominadora del mundo, tanto en lo económico como en lo espiritual.
      La primera fuerza lo sabe y va a impedirlo por medio de un golpe definitivo. Pero ese golpe va a herirla a sí misma seriamente. Pero ya tiene que jugarse el todo por el todo, porque le va la vida en ello. Tenga el resultado que tenga, el mundo no será igual.
      Ese golpe de la primera fuerza será, tal vez, el descubrimiento de una nueva fuente de energía, algo económico y abundante, que cambie nuestros criterios de uso de energía y que le prive a su enemigo para siempre de su fuente de poder que es el dominio sobre el petróleo. En síntesis, que la hiera de muerte.
      Ellos la conocen, a la fuente de energía, desde hace mucho tiempo; pero saben que si la hacen aparecer de golpe se les podrá reprochar que la ocultaron durante mucho tiempo por codicia. Y ese sería un golpe del cual no se podrían recuperar.
      Entonces necesitan aparentar que sea un descubrimiento casual, algo realizado por alguien insospechable que lance sobre la mesa esta nueva fuente de energía como si fuera un descubrimiento propio y que sea adoptado de inmediato por todo el mundo. Eso causará un colapso, pero están preparados para recuperarse inmediatamente.
      Pero, para que el procedimiento funcione, deben alertar a su propio enemigo sobre lo que piensan hacer, para que intenten impedirlo. De esa forma, al poner en evidencia a su enemigo y aparentar no conocer la nueva fuente de energía, quedarán como salvadores de la humanidad.
      Pero esa acción debe costar vidas, para que conmueva y no se hagan demasiadas preguntas. Se necesitan mártires y héroes y Gómez me dice que no tiene ganas de ser de los primeros.
      En síntesis, una comedia trágica y sangrienta, hecha por gente que no le importa nada con tal de mantener su reinado.
      Dice que ese descubrimiento se dará acá, en Villa Silvia, que la búsqueda del collar de la madre de Quilino y lo que tuvo que pasar Eliseo es parte de ese plan. Y el agente encargado de controlar el proceso interno es Beatriz Rivera, la esposa de Eliseo.
      Beatriz no es pariente de la familia que dice tener, es una agente y no se sabe cuál es su real nombre. La familia aceptó tener este pariente postizo sin saber muy bien por qué, posiblemente los hayan sobornado o amenazado, tampoco se preguntaron para qué lo querían. Luego vino el encuentro con Eliseo, el casamiento y un año de vida matrimonial. De esa forma puede estar entre nosotros sin que nadie la mire como extraña y así llamar la atención sobre el collar.
      Gómez supone que el plan se vino elaborando desde hace muchos años, que tuvo acomodos según las circunstancias. Se elaboraba que fuera Quilino el que se casara con la agente, pero es demasiado joven como para conseguirle un agente confiable. Y tal vez sepan que Quilino no se siente atraído por mujeres mayores que él. El trabajo es demasiado sutil como para que lo haga una jovencita.
      Lo real es que hay que prepararse para algo grave. Pueden matar a Eliseo, a Quilino y tal vez al mismo Gómez, de una forma espectacular y aprovechar para dar a conocer el descubrimiento.
      Lo trágico de las circunstancias pueden impedir que se vean algunas discrepancias, como ser que puedan desarrollar con demasiada velocidad las estructuras necesarias para difundir la nueva fuente de energía. Pero no pueden darse un tiempo lógico, a riesgo de perder su guerra. Por eso van a disimularlo con una tragedia.
      Yo debo dar a conocer esta historia en cuanto tenga ocasión, si es que el mismo Gómez no puede hacerlo. Él me ha dado este cuaderno, para que la escriba y lo oculte, que es lo que estoy haciendo.
      Esto ya lo escribo yo, por mi cuenta. Gómez me ha contado esto con mucha amargura, sobre todo lo referente al tiempo que esto se viene elaborando. Él supone que su enfermedad puede ser parte del plan. Beatriz, por sí sola, no podría apoyar el descubrimiento sin hacerse demasiado sospechosa. Gómez sospecha que lo prepararon para el papel que debía cumplir, pero que no saben exactamente cuánto puede dar. Él supo desde chico que para algunas cosas debía ser discreto.
      Ya no tengo más para escribir. No pondré nada de esto en mi cuaderno, por las dudas. Ahora sólo queda esperar.

Héctor Salvo
Veterano de Malvinas

Terminada la lectura del escrito (el resto del cuaderno estaba en blanco), Verónica Hyakawa quedó conmovida. De modo que Chelco sabía o suponía que algo así podía pasar.
      Al momento en que le contaba estas cosas al Alemán, Chelco ignoraba la historia del "carruaje mágico", por eso no estaba mencionado directamente. Sí una fuente de energía que podía cambiar el mundo... como realmente había sucedido. Sí la visita del Papa a La Meca, una especie de acto final de una alianza que se estaba tejiendo por lo bajo.
      ¿Sería realmente tan antiguo el "carruaje mágico" o estaría desde el siglo pasado en esa cueva?
      ¿No habría sido ella inducida también a encontrar esa playita? ¿Era normal que una niña perdiera pudor ante un hombre joven, como ella lo había perdido? ¿Por qué se había casado después con Shiburo Hyakawa, que en nada se parecía a Quilino?
      ¿Y no habría sido inducida la madre de Quilino a aceptar esa historia como una tradición familiar, para contarle la historia a su hijo? ¿Por qué Quilino recordaría precisamente esa historia la mañana de ese domingo? ¿Habría sido planeada la muerte de la madre, o un contratiempo inesperado?
      Si todo era un plan para lanzar la antigravedad y la energía barata sin afectar la imagen de sus propios países y, a su vez, destruir a sus enemigos, era monstruoso.
      Chelco, con toda su inteligencia, no había podido prever la masacre. Él suponía que las víctimas posibles eran Eliseo, Quilino y posiblemente él mismo. Por eso, en cuanto detectó al agente enemigo en ese falso sacerdote, procuró ponerlos a salvo.
      No debe haber supuesto que arrasarían con todo el pueblo, de la forma más cruel y despiadada que se podía imaginar. Y eso que existían antecedentes históricos, como la ola criminal del siglo pasado que había arrasado con la familia del Alemán, entre otros miles.
      Chelco, en cuanto se dio cuenta de lo que estaba pasando, procuró poner a salvo el "carruaje mágico" con la esperanza de salvar a la mayor cantidad posible de personas. Su prodigioso cerebro no pudo trabajar lo suficientemente rápido.
      ¿Qué negociaciones habrá realizado? ¿En qué circunstancias, para que llegase la fuerza comandada por Carmen?
      Lo real es que, tal vez por vergüenza, no quiso encontrarse nuevamente con ella, con la única sobreviviente de todo un pueblo. Puso su prodigioso cerebro al servicio de esa nueva humanidad, inventando e inventando, creando un mundo donde ya no hubiese "razones" para masacrar a las personas. Tal vez una forma de redimir una culpa que no tenía razón para sentir, pues las muertes se habían decidido a un nivel más alto de lo que él podía controlar.
      Y con ese propósito había elaborado ese museo, una forma de volver a la vida a aquellos que había perdido, y a la vez el último mensaje para la última sobreviviente.

En esas meditaciones estaba, cuando Carlos Allende entró en su casa. Él y Tieta se abrazaron y besaron con pasión. Verónica esperó discretamente.
      —¿Verónica?
      —Sí, Carlos. Quería hablarme...
      —Sí, pero lo haremos después del almuerzo. Si le parece, vamos a pasear por el viejo campo aéreo. Está fuera del museo, pero está bien conservado.

Otra vez e iban... ¿cuantas?, Verónica se conmovía hasta las lágrimas. Ahí estaba la casa de Quilino, casi como la había visto por última vez. La diferencia estaba en el deterioro sufrido por la intemperie. Esta parte tenía menos cuidado, sólo un cercado con una especie de recorrido interno que permitía ver todo sin acercarse a las ruinas. Metros más allá aparecía la mole del Centro Terminal.
      La luz del mediodía dejaba ver con mayor detalle el grado de destrucción que había sufrido la casa, más allá los restos de paredes de lo que había sido el depósito. Y una cúpula de material sintético cubría el avión destruido, menos deteriorado por la intemperie.
      —Puede ver la cabina sin problemas, Estefanía. No hay nada, está vacía. Vea qué le llama la atención.
      Por primera vez Carlos Allende la llamaba por su nombre. Obedeció su consejo, pero no pudo ver nada extraño.
      —¿Por qué no me dice lo que tenía que decirme?
      —Sí, creo que aquí no nos puede escuchar nadie. Creo que Quilino está vivo.
      Eso era lo menos que Tefi esperaba oír. Miró a Carlos con una expresión indefinible.
      —¿Qué está diciendo?
      —Es largo de explicar... lo primero que me llamó la atención fue un departamento de alta complejidad que hay en el Centro Terminal. Tuve que cumplir una guardia de emergencia un día y me llevaron allá. A ese departamento no se puede llegar por equivocación, hay un solo camino para entrar y salir, lo que es contrario a toda práctica hospitalaria. En ese departamento hay un sistema médico de supervivencia extrema. ¿Sabe lo que es?
      —No...
      —Es una serie de aparatos que sirve para mantener indefinidamente con vida a una persona; en realidad la mantiene respirando, que no es lo mismo. No son bien vistos, incluso hay presiones para que sean legalmente prohibidos para casos terminales. Ese aparato mantiene con vida a un ser que fue un hombre...
      —¿Y qué le hace suponer que es Quilino?
      —Le escuché pronunciar "Tefi".
      Verónica Hyakawa tragó saliva.
      Al principio no le di importancia, este hombre está permanentemente drogado. A esta altura, tiene el cerebro desquiciado por la anestesia.
      —¿Por qué lo tienen así?
      —Está completamente mutilado, le faltan los brazos, las piernas, los ojos, las orejas...
      Se detuvo al ver la palidez en el rostro de Verónica.
      —Puedo asegurarle que no sufre, Verónica. Pero no tiene esperanzas.
      —¡Si fuera Quilino, estaría desde hace más de treinta años en ese estado!
      —Hay una dependencia contigua, separada por un pasillo de esterilización. Hay un taller de experimentos. Por lo que pude ver, se estaba construyendo allí un cuerpo artificial. Algo similar a lo que tenía Guillermo Gómez, pero en este caso se procuraba darle un completo aspecto humano, con carne y piel sintética... todo estaba en período de prueba.
      —¡Quilino! —fue la expresión angustiada de Verónica.
      —Al hombre todavía se lo mantiene vivo; pero ese taller está abandonado, casi desde la muerte de Guillermo Gómez. Es posible que él haya intentado recuperar a su amigo... no había conseguido desarrollar ojos aceptables, que pudieran ver...
      Verónica vaciló sobre sí y tanto Carlos como Tieta tuvieron que sujetarla. La sentaron en un banco colocado, como tantos, a lo largo del trayecto.
      —Por favor... déjenme sola un momento...
      Carlos y Tieta se retiraron unos metros mientras Tefi dejaba fluir lágrimas sin pudor alguno. Demasiado tiempo se había contenido para no llorar. Quería ser fuerte, ahora ya no le importaba.
      —¿Le dirás el resto? —preguntó Tieta por lo bajo.
      —¿Qué resto?
      —Que el avión fue destruido por la misma explosión. Él era piloto pero no sabía de explosivos, que fue herido...
      —No, tampoco le diré que esas mutilaciones fueron hechas en tortura. ¡Pobre hombre! Se ve que Gómez creyó que su amigo podía recuperarse... ahora se lo mantiene vivo por burocracia. ¡Con qué ganas le hubiera apagado los aparatos!
      —¿Qué pasará ahora?
      —No lo sé... tenía necesidad de hacerlo. Ahora le queda a ella decidir.
      No tuvieron que esperar demasiado. Allí venía Verónica, caminando lentamente mientras se enjugaba las lágrimas.
      —Carlos... quiero verlo.

Verónica se encontraba extraña dentro del uniforme de mucama. Allende no había querido conseguirle de enfermera, pues podía ser solicitada de urgencia y no podría cumplir con la tarea. Como mucama, podía pasar acompañándolo.
      Sin problemas llegaron hasta la entrada del departamento. Verónica se detuvo un instante.
      —¿Se encuentra bien?
      —Sí, Carlos. No pasa nada...
      Entraron. La habitación tenía una luz cálida y suave. Casi ocupando todo el recinto, una parafernalia de hipertecnología médica rodeaba una camita donde reposaba un cuerpo apenas latente. Verónica se acercó a mirarlo.
      No sólo por las mutilaciones, sino también por el tiempo transcurrido, resultaba difícil unir esa imagen horrorosa al joven de dieciocho años que la había hecho mujer cuando todavía no había dejado de ser niña.
      —¡Quilino!
      La figura no cambió de expresión ni realizó movimiento alguno. También ella había cambiado, sobre todo su voz que ya no era la de la nena. Allende le había advertido que no estaba sordo.
      —¡Qué te han hecho, mi amor!
      Por su interior, Verónica estaba planeando sus futuros pasos. Convertiría el cuaderno del Alemán en una página de Internet, daría a conocer todo. Era posible que trataran de rebatirla como la fantasía de un trastornado, un sobreviviente de una guerra que no había dejado bien a nadie, por lo que no debía tomárselo en serio.
      Pero si podía sembrar la duda en alguien, alguien que se cuestionara el precio de un mundo próspero, lo haría. No regresarían los muertos de la muerte, pero tal vez podrían descansar en paz.
      Debía empezar por darle paz a Quilino.
      —Carlos... ¿No es posible apagar todos estos aparatos?
      Pero Carlos no le contestó. Levantó la vista y lo sorprendió mirando hacia la puerta de entrada, pálido, con expresión de angustia. Giró la cabeza y descubrió, en el marco de la puerta, la figura de un hombre mayor con una túnica blanca, cómoda, muy elegante. El hombre sonreía afablemente.
      —Buenas tardes —saludó—. ¿Cómo se encuentra, Allende?
      —Bien... señor Director —respondió Carlos con un hilo de voz. Así Verónica supo la identidad del visitante.
      —Y usted, señora... Estefanía Verónica Monte Hyakawa. ¿Tuvo un buen viaje desde Osaka?
      —Sí... excelente —respondió con seriedad y dureza.
      —Es usted una persona muy importante, señora; sobre todo para cierta gente. Así que todo lo que usted recibe o hace llama la atención... Claro, había que saber a qué venía; por eso se provocó una demora que permitiera evaluar posibilidades. Pero, finalmente, se convino en dejar que la reunión ocurriera. Era la forma más sencilla de saber qué pasaba.
      Era una forma de decir que, desde el primer e-mail que Allende le había enviado, los ojos estaban sobre ella.
      —Claro... a veces no es posible saberlo todo... pero esa gente considera que no tiene importancia.
      Se volvió afable hacia Carlos.
      —Allende... es usted un excelente enfermero. No sólo conoce su profesión de forma admirable, sino que tiene humanidad, iniciativa, inteligencia... es muy valioso para nosotros. Por eso hemos decidido darle un premio.
      Sacó de su bolsillo un pequeño aparato. Era un reproductor que se manejaba con chips, lo que convertía al mensaje grabado en permanente. Se lo entregó.
      —¡Escúchelo, es su premio!
      Carlos activó el aparato y materializó un holograma. Todos reconocieron la imagen del Secretario de la Corte Suprema de Justicia para el Distrito. La figura comenzó a hablar.
      —En consideración al expediente del paciente NN, cuyos datos se desconocen, donde se expone su estado mental crítico e irreversible, se autoriza la suspensión de la asistencia vital. Las autoridades comisionarán al enfermero Carlos Allende para que cumpla la orden de esta Corte y supervise que el deceso ocurra sin sufrimientos por parte del paciente. Una vez cumplido, se le dará la correspondiente sepultura. Cúmplase, publíquese y archívese. Los datos de nomenclatura figuran al pie.
      Y aparecían una serie de números, obvia referencia a una codificación. Luego la imagen desapareció.
      —Consérvelo, Allende. Será su tranquilidad en años futuros. Vuelvo a decirle, usted es muy valioso para nosotros. No queremos que nos deje... pero también valoramos la lealtad.
      Este último párrafo fue dicho con cierta dureza en el tono. Una forma de decir: "por ahora lo perdonamos, pero que no se repita". El Director se volvió hacia Verónica.
      —Señora... debo decirle que nosotros no hicimos esto, lo encontramos ya hecho.
      Señaló hacia lo que en el pasado había sido Enrique García.
      —Tal vez hubiera sido más humano que nuestros antecesores hicieran con él lo que vamos a hacer ahora. Pero no sabían quién era, estaba irreconocible. Por el relato que usted le hizo a la capitana, todos esperaban encontrar a García en el avión, no en el salón de la Intendencia que fue donde se lo halló. Se lo conservó con vida por si recobraba la conciencia y podía decirnos su nombre... no sé, no sabían esos médicos lo que sabemos ahora.
      Tragó saliva. Era evidente que había visto los vídeos grabados en la oportunidad y, pese a su condición de médico, no había podido superar la impresión; no por el estado de ese cuerpo en agonía, sino por cuánto le hablaba de los abismos en los que puede caer el alma humana.
      —Lo real fue que el único que pudo identificarlo fue Guillermo Gómez. Y él, en vez de terminar con sus penas, se empeñó en conservarlo vivo. Esperaba construirle un cuerpo artificial que le permitiera llevar una vida más o menos normal. El primero de esos cuerpos lo hizo para él mismo, aunque era demasiado evidente que era una máquina. Quería encontrar algo perfecto y dárselo a su amigo.
      —¿Todo lo hizo desde Austin?
      —Todos creían que vivía en Austin, pero no era cierto. Hacía algunos viajes, pero prácticamente vivía aquí, él hizo construir las primeras dependencias. Después fue creciendo como Centro Terminal... necesitábamos justificar tanto movimiento y tanta seguridad así que convertimos esto en lo que es hoy. Gómez murió aquí mismo, experimentando para su amigo. ¡Ya quisiera yo tener un amigo así!
      Hizo una pausa.
      —Tras su muerte... comenzamos el trámite para dejar descansar a García. Burocracia... hasta que su viaje, señora, despertó la modorra de los funcionarios. Había cierta resistencia en matar a un héroe... pero finalmente se impuso la cordura.
      Miró a Verónica a los ojos.
      —Señora... no sé qué podrá contar cuando vuelva a Osaka. Pero le aseguro que no habrá tomado el transporte que este recinto ya estará convertido en un depósito de trastos viejos. Nada quedará que compruebe su historia. Allende, proceda con la orden de la Corte en cuanto nos retiremos.
      —¡Un momento! —la voz de Verónica sonó firme.
      —¿Qué dice?
      —Allende cumplirá la orden, pero yo estaré presente. Carlos... yo le haré una señal con la mano cuando pueda comenzar.
      Carlos miró hacia el Director y éste se limitó a encogerse de hombros. Allende entonces se acercó a los controles, listo para operarlos, mientras tenía su mirada fija en Verónica.
      Verónica se acercó por última vez a ver ese rostro desfigurado, y entonces Tefi, desde su interior, comenzó a cantar la dulce canción de cuna que Quilino le había cantado en el momento más feliz de su vida.
      Cuando percibió en el rostro algo que parecía una sonrisa, sus ojos se nublaron e hizo un gesto imperceptible. Allende, con la mano guiada por el oficio, fue desactivando uno a uno los controles.
      Todos los instrumentos indicaban ya ausencia de vida. Pero Tefi siguió cantando hasta terminar la dulce canción de cuna.



Fernando José Cots

Fernando tiene 52 años, escribe ciencia ficción hace bastante tiempo y sus trabajos se han conocido en publicaciones independientes y no comerciales de Argentina.



Axxón 119 - octubre de 2002
Ilustrado por Valeria Uccelli


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