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F i c c i o n e s

INDIFERENCIA
Eduardo Vaquerizo

España

La lluvia lavaba todas las superficies de la chatarrería en que se había convertido la base. El metal y el plástico mojados brillaban con una suavidad extraña a su función de máquinas mortales. El agua apagaba el olor a queroseno, a termita y a carne chamuscada que antes había sido casi insoportable. Un poco más allá de la explanada, el bosque y las montañas se cerraban con avidez sobre el espacio, confundiendo el trueno, el agua y las hojas en un monolítico espacio de desesperanza donde el hombre no tenía cabida.
      Todavía quedaban varias horas para que los helicópteros acudiesen a la cita con la unidad 103°, y el único superviviente se acurrucaba bajo su capa de camuflaje protegiéndose de la fría lluvia de otoño. El soldado Miguel Ortuño enfocaba la mirada sobre la maraña de objetos ya sin sentido, los cráteres de las bombas que se llenaban lentamente de agua barrosa, los desmadejados restos de las tiendas, los vehículos blindados reventados, los fusiles de asalto tirados en el suelo, objetos que, desprovistos de la inmediatez de su uso, se volvían abstractos signos de un cuadro demente que la lluvia lavaba con su persistente martilleo.
      El soldado Ortuño no estaba ahí, caminaba por los brumosos pasillos del tiempo bañado en la luz oleosa de un verano en la costa de Almería. María, Reme y Luis reían mientras la arena y el viento construían pasillos de fulgor en el aire salobre. Parpadeó disolviendo la melaza agradable de sol, arena, sonrisas, y regresó al bosque, la lluvia y el barro. Las horas felices habían quedado estancadas por siempre en playas muertas a las que podía acudir siempre que quisiese. No necesitaba la falsa nube de bienestar de las pastillas azules o verdes, nunca había dejando que el coñac infecto que repartía el ejército disolviese la nostalgia, le bastaba cerrar los ojos para que aquellas montañas perdidas en mitad de ningún sitio desapareciesen difuminadas en una nada de aristas hirientes, una triste melaza carcomida de recuerdos en la que la brisa marina le azotaba el rostro y le hacía entrecerrar los ojos.
      —Oye, ¿mañana vamos a la playa de poniente? Estoy harto, aquí no se puede ni estar con tanto viento.
      —Que más te da, Miguel, si tú te tumbas a dormir y ni te enteras.
      Reme hizo un breve gesto para despojarse de la camiseta y la tiró a sus pies. Miguel la miró un instante, hasta que, como siempre, retiró los ojos de aquel cuerpo flexible, que el sol del mediterráneo había pulido hasta hacerlo brillar de bronce viejo.
      María también se quitó la camiseta y ambas se dirigieron corriendo hasta el agua.
      —¡Ehh! Que yo también quiero nadar...
      Luis, que llegaba del coche cargado con la sombrilla, las esterillas, los periódicos y las bolsas, dejó todo en el suelo precipitadamente y, tras arrojar a su lado la camisa y las chanclas, también corrió hacia el agua.
      Miguel no estaba de humor para chapotear, ni para enfadarse con ellos por haberle abandonado de aquella manera. Se limitó a colocar los enseres de playa ordenadamente, a encender un pitillo y a mirar el mar a través de sus ray-ban de imitación compradas a un moro en el mercadillo del pueblo. Era verano, había decidido dar vacaciones a todas las preocupaciones. De lejos observó como Luis abrazaba a Reme y le robaba un beso furtivo que terminó en ahogadilla, mientras María se lanzaba contra las olas con la alegría de una chiquilla.
      En eso consistía, en olvidarse de todo, incluso de ese beso intrascendente, del mar bañando de luz su piel.
      María volvió la primera. Se secó con la toalla que Miguel le tendió y después se sentó a su lado, bajo la sombrilla.
      —¿Qué miras?
      —Nada, el mar.
      —¿Qué te pasa? Estás raro...
      —No me hagas caso. A veces me dan neuras.
      —Acabas de aprobar segundo con muy buenas notas. Estamos en la playa todos juntos. No encuentro motivo por el que tener esa cara tan larga.
      Miguel volvió la cabeza. Por un momento a María le asustó la expresión que tenía, como si fuera a decir algo que le haría daño, mucho daño. Después, pareció abandonar su intención y regresó a encerrarse en su expresión hosca. Continuó mirando al mar y dando lentas caladas al cigarro.
      —Pienso... que todo esto se acabará. El sol, las risas, el mar. Dentro de poco estaremos de nuevo en Septiembre.
      —Joder con el agorero, siempre igual. ¿no puedes ver la parte positiva? Olvidarlo todo y disfrutar
      —Olvidar ¿qué? Que el curso que viene tendremos que estudiar sin saber si el Estado va a tener dinero para que lo terminemos, si va a haber Estado para cuando acabe el curso? ¿qué seguramente gane las elecciones el Gilez y sus ansias de intervencionismo en el norte? ¿No lees los periódicos?
      No era eso, por mucho que lo pusiese en palabras, no era eso. María y él mismo lo sabían, quizá por eso la discusión no prosperó, el tono airado de Miguel murió enseguida y María, volviendo la cara al viento y cerrando los ojos para disfrutar del sol con toda la piel del rostro, habló despacio, con mucha calma.
      —Miguel, no me hagas pagar a mí tus frustraciones. El mundo es una mierda, siempre lo ha sido, siempre lo será. Lo importante es no volverle la cara, no pasar de todo, ni tampoco amargarse, sólo vivir lo bueno que tiene, tener siempre interés por la vida.


¿Cuántos Septiembres habían pasado entre aquellas montañas? No lo recordaba. El tiempo había corrido rápido para su generación, ya no había fronteras, y la guerra cabalgaba más lejos y rápido que nunca.
      Había dejado de llover. El frío aumentaba por momentos, sin embargo el soldado Ortuño no se movía, seguía acurrucado bajo su capote impermeable, sentado sobre los restos de un todoterreno, mirando al campamento asolado. El tiempo había dejado de tener sentido. ¿Llevaba horas allí sentado? No lo sabía. La escena que contemplaba era todo su universo. No había significados detrás de los cráteres llenos de agua embarrada, de las tiendas deshechas y los cuerpos tendidos entre el barro; la escena misma era su universo, estaba en su mente, ajena a la guerra, a todo.
      El primer Septiembre había transcurrido mientras bajaban del avión cargando sus petates, moviéndose dirigidos por sargentos vocingleros a través de la enorme base aliada. La instrucción en los campamentos de Extremadura los había hecho precavidos, astutos, un poco más duros y menos niños, se creían listos para el combate. Luis y Miguel bromeaban mientras se pasaban un pitillo y miraba a derecha e izquierda, al bosque de construcciones provisionales, pistas de despegue, almacenes, torretas de radio y vehículos blindados. Se felicitaban porque los habían destinado al mismo destacamento, creían que habían tenido suerte.
      Los alojaron en barracones prefabricados que ya conocían del campamento de instrucción, incómodos y fríos. Tardaron poco en acoplarse a las duras literas y en tenderse sobre ellas deseando que el cansancio y las necesidades operativas les dejasen descabezar un sueño.
      Miguel, tendido en la litera, escuchaba pasar los aviones de transporte en un constante retumbar. A su lado, Luis, igual de desvelado, encendía un cigarro.
      —Qué bien que al final te convencieses de alistarte. Juntos como siempre ¿Eh? Me hubiera encontrado muy solo si no hubieses venido. Esto será un paseo. Sólo nos faltan las chicas... ¿Sabes que a María la han enviado a Sholdzrinka?
      —¿Sí?
      —¿No te interesa?
      —Pues... sí, claro.
      —Me lo dijo Reme ayer, cuando la llamé. Por lo visto esta en el 45° de Ingenieros, desactivando cargas, construyendo puentes y fortificaciones, ya sabes.
      Miguel no dijo nada.
      —Reme me dijo que María sigue preguntando por ti. Quizás si pasamos cerca de allí...
      —Quizás... Venga, vamos a dormir que seguro no tendremos muchas oportunidades como ésta.
      Sin embargo Miguel Ortuño, soldado expedicionario del destacamento 103° de infantería, no pudo dormir en toda la noche.


Escuchó un ruido y un reflejo automático le hizo arrojarse al suelo mientras amartillaba el cetme-IV. El sonido no se repitió. La capa de nubes grises seguía llenando de sombras tristes el deshojado bosque. Nada se movía a su alrededor. Reptando con los codos, chapoteando en el barro, Miguel alcanzó una posición protegida detrás de un montón de chatarra, junto al tronco desnudo de un fresno. Desde allí observó el campamento. Todo seguía exactamente igual, sin un solo cambio. El dedo enguantado se tensó sobre el gatillo mientras la otra mano sujetaba el cañón del fusil contra el suelo, para evitar que se levantase si tenía que disparar una ráfaga.
      Una rata enorme salió a la luz removiendo unas chapas arrumbadas a los restos de una letrina. Miguel guiñó un ojo mientras el otro encontraba la familiar goma de la mira telescópica. El animal, aumentado y en infrarrojos, era aún más horrible. Las dos líneas perpendiculares de la mira se cruzaban en su cuerpo nervioso, que se movía con precaución, aventando a cada paso.
      En el último instante antes de la detonación que reventaría aquel cuerpo negruzco y fusiforme, Miguel se detuvo. Separó el dedo del gatillo y se incorporó. La rata siguió su avance hacia uno de los cadáveres. Lo reconoció, era Gómez, el sargento de su pelotón. Los galones no se distinguían en el uniforme cubierto de barro, sin embargo su nuca, cúbica y cubierta de pelusilla, era inconfundible.
      —Gómez.
      Se acercó y le dio la vuelta al cadáver con la bota. Tenía una expresión de estupor en el rostro y un boquete sanguinolento en mitad del pecho. Miguel recorrió el campamento amontonando cuerpos y recogiendo sus tarjetas magnéticas.
      Cuando hubo terminado, la pila acumulaba veintitrés cadáveres de hombres y mujeres, todo el 103° menos él. Como decían las ordenanzas procedió a disparar una carga de gel-3 y a carbonizar los cuerpos hasta que no quedó de ellos más que un resto de cenizas que se negaban a dejar de arder pero que sirvió para calentarle según la noche se echaba encima. La escena era muy parecida a las que llenaban las pantallas de los televisores de todo Europa en la navidad de dos años atrás. La facultad estaba completamente desquiciada. Las noticias habían corrido como reguero de pólvora aún antes del mensaje del presidente Gilez. Todos estaban alterados hablando por los pasillos. Algunos corrían a sus casas, otros no sabían muy bien qué hacer. Miguel sorbía su café en silencio mientras leía un libro de texto.
      Vio la bufanda y los guantes arrojados sobre la mesa y no necesitó levantar la vista para saber de quién eran.
      —Hola, Reme.
      Reme se sentó enfrente de él y lo miró con cara de incredulidad.
      —No te entiendo, Miguel. Después de todo este follón y tú sigues leyendo tranquilamente. ¿Sabes lo de la leva? Seguro que dentro de unos meses será obligatoria. A ti te afecta, a mí y a todos. Vamos a organizar una manifestación. Ese cerdo de Gilez no se saldrá con la suya. Si quiere carne de cañón que la vaya a buscar a su casa. ¿qué cojones vamos a hacer en Hungría? ¿Qué nos importa a nosotros si los neomaoistas se han aliado con los islamistas y amenazan a Rusia, Polonia y Alemania? Aquello es un avispero azuzado por políticos tan hijos de puta como nuestro presidente y ¿vas a seguirles el juego?
      Miguel dejó el libro y miró a Reme a los ojos.
      —¿Qué diferencia va a haber? mira a todos ésos: están entusiasmados, felices de ser soldados. Y pasa igual en Francia, en Inglaterra, en toda la comunidad europea. A la manifestación no van a acudir más que los cien o doscientos de siempre, los demás estarán corriendo a las oficinas de reclutamiento, gritando por que les den un fusil. Luis fue esta mañana, nada más enterarse.
      Reme lo miró un momento a los ojos conteniendo las palabras que se acumulaban en su garganta. Hizo ademán de acercarse a él, luego pareció desear abofetearle. Por último cambio de opinión y miró hacia las cristaleras, mientras los ojos brillaban por las lágrimas contenidas. Afuera llovía y el viento removía las ramas desnudas de los árboles bajo los cuales la primavera pasada habían bebido cerveza y fumado todos juntos.
      Decenas de estudiantes se movían de un lado a otro como hormigas asustadas. Muchas de sus camisas y chaquetas iban decoradas con motivos bélicos.
      —Eres un cobarde.
      Reme salió de la cafetería de la facultad como un misil que no tuviese muy claro su objetivo. Miguel retuvo un momento la mirada en la puerta batiente que había apartado para pasar. Después abrió el puño que había mantenido todo el tiempo cerrado y dejó caer sobre la mesa el resguardo del alistamiento.


La oscuridad ya era total. Los helicópteros no iban a volar de noche y con ese tiempo. Llegarían a la mañana siguiente. Miguel se preparó para dormir. Consiguió recuperar un microhorno y algunas raciones de entre los escombros. Buscó un lugar resguardado del viento junto a un muro semiderruido y se acurrucó tapado por mantas térmicas de combate que le hicieron entrar en calor, un calor que podría ser detectado por cualquier francotirador o patrulla que pasase cerca. No le importó. Calentó una ración de fabada y dejó que las judías se escurriesen calientes hasta su aterido estómago. Había recuperado el comlock del capitán. Todavía funcionaba, destelleaba en verde fluorescente con patrones de movimiento, arcos de influencia, cotas, cifras, datos de la desastrosa operación del día anterior. Miguel se entretuvo en pinchar con su cuchillo de campaña la pantalla de fósforo líquido del carísimo instrumento, hasta que dejó de brillar.


La primera acción de combate la sufrieron aún antes de llegar a su campamento, treinta kilómetros dentro de las montañas, entre desfiladeros y bosques repletos de combatientes. El helicóptero que los transportaba descendió bruscamente hasta casi tocar las copas de los árboles. Los veteranos que los acompañaban abrieron las portillas, cargaron sus fusiles y comenzaron a escudriñar el terreno por el que pasaban.
      El seco impacto de los proyectiles contra el fuselaje sorprendió a todos. Los ocupantes comenzaron a disparar a ciegas. Miguel y Luis se limitaron a acurrucarse en sus asientos mientras el estruendo de las armas automáticas y el olor penetrante de la pólvora saturaban la estrecha cabina. En un par de minutos las armas callaron y se limitaron a humear.
      — Je, jé. Asustados, ¿no? Hemos tenido suerte. Si en vez de un de fusil hubiesen tenido un Tierra-Aire... Adiós... Ja, já. Esta noche podremos volver a beber orujo, que no es poco.


Miguel medio durmió durante toda la noche. El medio sueño era una habilidad que se lograba sólo cuando llevabas muchos meses combatiendo. Se suponía que las pastillas verdes lo fomentaban, mantenían una semivigilia que permitía descansar y a la vez mantenía el cuerpo alerta. En realidad, la mitad de una verde con una amarilla y otra rosa te dejaba una sensación de bienestar muy apreciada. Miguel la echó de menos en aquellos momentos. Cerró los ojos un instante y se adormiló una vez más en el interior del saco isotérmico.


Aquella habitación, una más en aquella ciudad repleta de ruinas y tragedias, contenía una cama. Debajo del sucio edredón, dos cuerpos sudaban apaciblemente, restregándose uno contra el otro, como si dos días, un fin de semana de permiso, fuese la duración completa del universo. Los poros castigados por el agua caliente y una esponja rasposa —la primera vez en mucho tiempo— no habían soltado aún su sabor a tierra polvorienta, al acre olor de los incendios, de la termita estallando, del sudor congelado, del miedo en la trinchera, del alcohol barato trasegado en la patética discoteca del lugar. Lenguas ávidas de olvido rastreaban los restos del pasado en aquellas pieles tristes. Buscaban encontrar el sol del mediterráneo, las tardes de cine en Madrid, las risas de unas copas, el frescor de la hierba en el césped de la autónoma. Dentro de la boca, recorriendo los dientes entrecerrados, buscaban las palabras que nunca se habían dicho, que no se dirían. Los labios de Miguel besaban los párpados cerrados de Reme, dos delicadas celosías de carne que le hurtaban la mirada. Con la precisión de un ingeniero su lengua construyó un sendero, terraplenes de besos cortos, curvas de delicada presión, flores húmedas que se derramaron hasta los labios, dulces y mudos pozos que absorbían toda la desesperación, la pasión, la urgencia, el ansia del deseo que crecía segundo a segundo.
      Sus senos amplios, liberados de la dictadura del sujetador militar, recibían las caricias lentas de sus manos encallecidas. Todavía recordaban el estremecimiento nervioso al aplastarse contra él. Reme había reconocido las espaldas de nadador de Miguel en la cola de los vales dormitorio, en la central. Le había bastado desplazarse un poco para reconocer la nariz un poco abultada, los labios carnosos y el pelo muy negro. Durante un segundo se habían mirado sin querer dar el primer paso del reconocimiento, valorando si no sería mejor fingir. Luego habían coincidido en un abrazo estremecedor que los había sorprendido a ambos.
      —Luis ha tenido que quedarse en el campamento. Está a cargo del commlink, ya sabes que siempre se le dieron bien los aparatos electrónicos y le hacía falta al capitán. Le ha prometido quince días a cambio. Creo que ya le debe dos meses.
      —Ya, me llamó ayer para contarme. Quiere que volemos a Madrid. No sé si voy a poder conseguir tanto tiempo. En el cuartel estamos saturados.
      Con mucha imaginación a aquello se le podía llamar restaurante. Los platos tenían el mismo sabor rancio de la comida militar. Sin embargo el vino, servido en botellas sin etiqueta, estaba sorprendentemente sabroso.
      —Sabes que Dita y Julián...
      —Sí.
      Era la conversación de los veteranos. Los viejos conocidos de la universidad, los amigos que habían ido hasta allí, el macabro recuento...
      —Y Antonio... ¿Sabes que está en operaciones? Ha ascendido a teniente
      —Bravo por él. Por lo menos no tendrá que arrastrar el culo por todo el polvo de este maldito país.
      El camarero les retiró los platos ya vacíos y les dejó otra botella abierta.
      —María...
      —Sí, lo sé.
      —Voló toda su unidad, una salva completa de fragmentadores. No sé qué sentías exactamente respecto a ella. Ella no te había olvidado.
      —No podía seguir fingiendo, sé que le dolió pero no pude seguir engañándola y engañándome.


La discoteca era un burdo simulacro, en el que lo único auténtico era la música. El equipo parecía japonés modificado con componentes militares robados, ultraminiatura pero con una potencia de muchos vatios. El pincha tenía auténtico talento. Era un alemán grandote, con gafas de sol y aspecto de tenerse en pie únicamente gracias a pastillazos continuos, como casi todos en el local.
      En la penumbra de aquel sótano torpemente decorado con focos y telas se palpaba la urgencia, la dejadez de la desesperanza. Las manos se pegaban como mariposas mojadas a cuerpos lánguidos, abandonados por unas horas de las tensiones de una mente ocupada en sobrevivir.
      Se movieron frenéticamente entre la maraña de cuerpos, saltando al ritmo sincopado de la música. Miguel no perdía ojo de Reme que, al contrario que él, se había dejado llevar por los ritmos. No existía más tiempo y espacio que la penumbra cruzada por luz estroboscópica y los golpes brutales de los bajos en su esternón. Miguel sentía la rigidez de acero aún allí, luchando contra el deseo que se acumulaba en una montaña tan grande que apenas le cabía en el pecho. Pensó que la decisión estaba ya tomada, justo en la cola de los vales, cuando ambos habían dudado si reconocerse. Sabían que al final Reme restregaría su piel lubricada de sudor contra el cuerpo tenso de Miguel, que manos grandes y ansiosas tomarían su carne y la estrecharían contra su pecho mientras un beso los extraería de la discoteca, de la guerra, mas allá de lealtades y les llevaría, les llevó, a una alegría anónima, breve y auténtica.


Miguel despertó de su duermevela. Sólo había sido el aleteo de alguna ave nocturna. Aguzó la vista por las dudas. No merecía la pena tomar el visor nocturno de su bolsillo y explorar los alrededores. Volvió a arrebujarse en el saco cambiando de postura. Empezó a buscar algo en qué pensar. Si permanecía mucho tiempo con la mente ociosa, el espacio blancuzco de su imaginación se iba poblando lentamente de cadáveres que goteaban sangre: la niebla roja. Los veteranos decían que era lo peor. Las imágenes de las matanzas, los compañeros reventados, los enemigos que estallaban según disparaba las balas explosivas, parecían no causar daño alguno, parecían evaporarse a la misma velocidad que el humo de las explosiones, pero sólo se agazapaban en la memoria y volvían por la noche, deslizándose por esa superficie blanquecina, manchándola de sangre y vísceras, robando el sueño y la cordura.
      Miguel tenía mucha sangre de la que acordarse. Entraron en una aldea silenciosa, con las armas dispuestas, abiertos en abanico y deteniéndose en cada esquina. El primer cuerpo apareció en un estercolero. Era mujer. Las gallinas picoteaban sus ojos vacíos. Estaba reventada por dentro.
      —Le han metido una granada por la vagina y luego han tirado del hilo para quitar el seguro.
      —¿Quiénes? ¿Las fuerzas libres? ¿Los guerrilleros? ¿La policía? ¿nosotros?
      —Qué más da. Todos hacen cosas así.
      No había tiempo ni ocasión para las náuseas, eso quedaba para la niebla roja, para las noches de insomnio.
      El pueblo estaba sembrado de horror. Había un hombre ahorcado con sus propios intestinos, varias mujeres atadas juntas y quemadas, cuatro niños ensartados en una valla metálica que habían servido como blancos de tiro. Los soldados no hablaban, sólo extremaban las precauciones al girar en cada esquina y aferraban las armas hasta que se les blanqueaban los nudillos.
      Al llegar a la plaza del pueblo vieron dos todoterrenos pintados de verde, hombres vestidos de caqui tumbados aquí y allá, resoplando al lado de botellas vacías. En el centro de la plaza, un grupo de diez mujeres desnudas y llenas de marcas violentas, permanecían tendidas con la dejadez final de un descanso eterno a su tortura.
      Sin necesidad de organizarse, rodearon la plaza buscando centinelas, francotiradores escondidos, trampas explosivas. No había. La orgía de sangre los había dejado exhaustos, roncando a la sombra de los vehículos, bajo los soportales.
      El primero en despertar debió ver las botas militares delante de él y en un movimiento muy torpe intentó asir la pistola. La patada en la cara le hizo soltarla y tenderse boca abajo escupiendo sangre. Los demás comenzaron a despertar, a ver los oscuros cañones de las armas apuntándoles.
      Tenían órdenes, detenciones, pruebas, juicios públicos, cárcel. Todos las entendían, sabían cual era su misión.
      —Paz, nos rendimos —dijo uno en un español casi incomprensible. Después lo repitió en francés, inglés, alemán y ruso.
      De la expresión de Miguel no se podía deducir nada. Ni furia, ni amabilidad, nada. Miró a los ojos asustados de aquel hombre con el pelo cortado al cero y la barba de dos días. Cometió un error, levantó las manos y las mostró ensangrentadas. A su lado había un enorme cuchillo de combate completamente lleno de sangre seca.
      En un movimiento fluido, Miguel elevó la culata de su arma y la estampó contra la cara suplicante. Escuchó crujir su nariz al romperse. Pero eso no le detuvo, continuó machacándole el rostro, empeñado en hacer desaparecer aquellas facciones, borrarlas del mundo y de su memoria.
      Los disparos hicieron saltar los cuerpos tendidos. Algunos consiguieron arrastrarse unos metros, aferrar sus armas, pero sucumbieron enseguida. Un todoterreno se puso en marcha e intentó huir hasta que una granada lo hizo saltar por los aires.
      Como siempre, reunieron los cadáveres en las afueras y los quemaron con gel-3
      Había y habría muchas columnas como aquélla, humo muy negro y espeso, elevándose aquí y allá en aquel paisaje de aldeas, bosques cerrados, nieve y horror.


Miguel despertó cuando clareaba. Dudaba si la señal de rescate habría llegado al satélite y los helicópteros estarían por llegar. Desayunó una ración de café calentada en el hornillo. El campamento mantenía la misma imagen desolada: basura abandonada en el bosque que se herrumbraría lentamente. Por un momento pensó en si él no sería también parte de aquel pudridero, un pedazo de chatarra humana que había quedado disperso, una baja no recuperable, una avería en una pieza del 103° que no merecía la pena reparar.
      Se sorprendió al descubrir lo poco que le importaba que le rescataran o no. Era inmune a todo, excepto a la niebla roja. La niebla roja y dos nombres.


Miguel estaba de centinela cuando el capitán Torres se acercó hasta la trinchera. Por un momento Ortuño dejó de mirar los monitores infrarrojos y los puso en automático.
      —¿Cómo va todo?
      —Tranquilo.
      Comenzaron a fumar lentamente, tapando la brasa con la mano.
      —Capitán... ¿Qué ha pasado?
      —Nada... Bueno, ¡mierda!, ¿cómo lo sabes?
      —Se le ve en la cara. Siempre sonríe cuando visita los puestos.
      —Es cierto, no sé fingir.
      —Bueno... se trata de... Luis...
      —Sí.
      La noche pareció espesarse. El mismo viento frío que soplaba removiendo las copas de los árboles se volvió lúgubre. Miguel se apoyó en la pared de tierra congelada y dejó de mirar al capitán.
      —¿Cómo ha sido?
      —Cuatro meses en las montañas y ni un rasguño... Dos semanas de permiso y... Ha sido en Madrid. La noticia ha llegado hace un rato del cuartel general. Estaba en una terraza del centro, tomando granizados. Un atentado, no se sabe de quién todavía, nueve muertos.
      —Capitán, ¿tiene la lista?
      —Sí.
      —Déjeme un momento.
      —Es información reservada, esto no sale en las noticias militares, no debería.... Toma ¡qué demonios!
      Miguel cogió el comlock del capitán con dedos temblorosos y recorrió con la vista la lista, el recuento de la muerte. Allí estaba: Remedios Almera. Sin apenas mover la cabeza, sin mirarle a los ojos un solo instante, Miguel le devolvió el aparato.
      —Te relevo. Vete mientras llamo al cabo para que mande a alguien.


En el bar apenas cabía un alma, sin embargo Miguel movía los brazos como si tuviese todo el espacio del mundo. Era el cumple de María y estaban todos allí: Reme, Luis, Paco, Lucre, Fernando, Juan Carlos, Victoria, toda la panda. Quien más, quien menos ya había sido salpicado por la cerveza o la comida abundante.
      —Alegría, alegría, Miguel... Que pareces al Narrez poniendo un examen.
      —Ni me lo nombres... Me ha tirao con un cuatro y medio, desgraciado.
      —¡Bah...! Toma un poco de cerveza y olvídalo. Es un amargado, seguro que llega a su casa y su mujer lo tiene mas tieso que una vela.
      —Eh, María, que ya vienen los regalos.
      —A ver...
      —Espera primero la tarta... Aquí esta. Sopla... Más, ala que poco, se ha quedado una... ahora... ¡¡Bien!!! ¡¡Cumpleaños feliz!!!
      Mientras todos cataban a voz en grito, Miguel había tenido una sensación extraña, algo totalmente fuera de lugar. Había pensado que en ese preciso instante —en aquel bar de decoración horrorosa y buenos precios, rodeado de amigos— estaba alcanzando una cumbre, la felicidad más completa a la que podía aspirar. Fue sólo un instante muy breve en que todo pareció detenerse: las sonrisas, los gritos, la tarta que pronto empezaría a volar de un lado a otro. Un instante que olvidó tan rápido como pasó y se sumergió de nuevo en la vorágine de risas, de nata estampada en la cara de la gente y buenos amigos.


Escuchó el retumbar lejano de las aspas mucho antes de ver los helicópteros. El sonido se transmitía muy bien entre aquellos valles abiertos. Aún tardarían unos minutos en llegar. Sentado al lado de la pequeña fogata, Miguel levantó la vista al cielo. Seguía encapotado. Lentamente, extrajo una pequeña agenda electrónica de su guerrera. Muchas veces se habían preguntado por qué hacía aquella lista, por qué se empeñaba en llevar la cuenta. la cuenta estaba cerrada desde hacía algunos meses. Recorrió la lista lentamente, sintiendo como toda la indiferencia del mundo apenas era bastante:

      Paco. Muerto por una mina. Diciembre 2006.
      Lucre. Derribó cuando despegaba de una base avanzada. Diciembre del 2007.
      María. Bombardeo. Marzo del 2007.
      Fernando. Desaparecido. Abril 2007.
      Juan Carlos. Bombardeo cuartel general. Junio 2007.
      Victoria. Accidente de tráfico en una carretera de montaña. Junio 2007.
      Luis y Reme. Atentado. Septiembre 2007.
      Compañía 103°. Ataque sorpresa de helicópteros. Octubre 2007.

Miguel no se sentía capaz de recibir a los helicópteros y explicarles lo sucedido; de ser asignado a otra compañía, de seguir luchando, mes tras mes, en aquella guerra absurda. Tiró al suelo la agenda. Se levantó y la pisoteó con el tacón hasta que crujió y se apagó. Encendió un cigarrillo lentamente, miró en derredor buscando los helicópteros y sintió cómo la similnicotina que tenían aquellos cilindros de plástico que llamaban cigarros se extendía por sus pulmones sacando el frío de su pecho.
      Lentamente, de forma tan intensa como la droga se extendía por su torrente sanguíneo, con la misma lentitud de la hiedra que escala una tumba, comprendió el auténtico sentido de la palabra "indiferencia".


Eduardo Vaquerizo

Eduardo Vaquerizo es español, nació en 1967 y es ingeniero técnico aeronáutico. Es un habitante habitual en el mundillo de la CF y la Fantasía española. Durante un tiempo fue vicepresidente de la AEFCF. Colabora con variadas revistas del género. Ha ganado de algunos premios, tal como el Domingo santos, el Ignotus y el Ciudad de Corverá. En la actualidad intenta dar el salto del relato a la novela, con dos o tres proyectos en marcha.



Axxón 123 - enero de 2003


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