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F i c c i o n e s

LA GUERRA DE LAS OCHO EN PUNTO
Frank Roger

Bélgica
English Version

Entrada 1

Permítanme explicarme.
      Simplemente, no había otra opción para mí.
      Y recuerdo con claridad cristalina el momento en que vislumbré que no podía continuar por este camino: el Teniente Pérez viniendo hacia mí, el sudor bajando en torrentes por su cara, su uniforme arrugado y mugriento, y diciéndome:
      —Trinidad está en llamas, Señor.
      En ese momento algo estalló en mi interior, aunque me aseguré que no se notase, que mi coraza mental no mostrara fisuras, y creo que sencillamente asentí y despedí al viejo Pérez. Pobre, no tenía manera de saber lo que me estaba pasando en ese momento o qué efecto habían tenido sus palabras sobre mí.
      Pero entonces apreté mis dientes como tenaza, cerré mi mano en un puño y lo alcé hacia ustedes; ustedes, condenados hijos de puta. Todos ustedes. Y los maldije.
      Y desde entonces no he cambiado de opinión. Y, sólo por si se lo preguntan, dudo que alguna vez lo haga. No importa cuáles puedan ser las consecuencias.
      ¿Entendieron? Digo: ¿Lo entendieron?

 

Entrada 2

Está bien, me calmaré un poco e intentaré expresar mis pensamientos de una manera más controlada.
      ¿Desde dónde y cómo empezar? ¿Qué tal desde el mismísimo comienzo?
      Quisiera aclarar que, en un principio, era un partidario firme de todo este asunto. Fui un constante patriota, orgulloso de ser norteamericano. Estaba listo, deseando defender mi país sin importar cual fuese el costo. Cuando decidí unirme al ejército sentí que estaba haciendo algo valioso por mi país y cuando, años y años más tarde, después de que hubiera ascendido al rango de Coronel, recibí la orden de ir a Cuba para esta guerra, aún mantenía los mismos sentimientos. Bien dentro mío era aún el mismo chico todo América que siempre he sido.
      O que he sido hasta hace poco, en realidad.
      Sé que, por supuesto, algunos de ustedes señalarán ahora que mi abuela era cubana y que tengo algo de sangre cubana en mis venas, pero déjenme decirles: nací y fui criado en los Estados Unidos y mis raíces, en parte cubanas, nunca han sido un problema. Nunca he sentido debilidad por los valores que ha representado el sistema cubano a través de los años.
      Así que si hay alguien allá afuera que piensa que soy del tipo de revolucionario subterráneo cuya cubierta fue destruida, está absolutamente equivocado.
      Era un verdadero norteamericano.
      Pero eso ya se terminó.
      Ése es el pasado.
      Ya he visto demasiado a estas alturas y sé demasiado. Mis ojos se abrieron. Ya no puedo vivir engañado.
      Al infierno con todos ustedes.

 

Entrada 3

Supongo que no he sido lo suficientemente claro. Estamos, a duras penas, en el área de Camagüey. En un campo donde solían cultivar piñas, una actividad que se ha detenido en estos tiempos a causa de los esfuerzos de la guerra. En los últimos días hemos sido testigos de una serie de chaparrones tropicales, no demasiado infrecuentes en el Caribe durante esta época del año. La tierra se ha convertido en un barro pegajoso que lo cubre todo. Hay humedad por todos lados, hasta el aire que respiramos es tan caliente y húmedo que se siente como un líquido hirviente que sofoca nuestras gargantas.
      Las Fuerzas Armadas cubanas han ofrecido una feroz resistencia. No puedo decir, sencillamente, que los hayamos aplastado, si consideramos nuestras bajas, excepcionalmente altas para un ejército equipado con material de última tecnología, respaldados por un equipo logístico superior y que sobrepasa en gran medida el número de nuestros adversarios. Perdimos algunos buenos hombres, una cantidad de tanques y vehículos y hasta nos robaron parte de nuestras municiones.
      No diré que fue esta una victoria pírrica, pero de seguro que nos dolió.
      Pero habíamos ganado y establecimos campamento para pasar la noche. En ese momento llegó la llamada.
      —¿Coronel Blyford? —sonó la minúscula voz en mi oído.
      —¿Sí?
      —Habla Kenneth Lee. Por aquí estamos teniendo un pequeño problema.
      Yo ya sabía que no podían ser buenas noticias. Nuestro querido y bienamado CEO de WarWorks S.A., la compañía que estaba montando todo este show, nunca llamaba para felicitarnos o simplemente decir "Hola".
      —Acabamos de ver el material de la filmación de hoy y tuvimos una reunión de emergencia con el equipo de producción.
      —Entonces, ¿cuál es el problema, señor Lee?
      —Necesitamos que ciertas escenas se filmen de nuevo.
      —¿Disculpe?
      —Vea, Coronel, entiendo que por allá han estado teniendo un clima algo rudo, y me temo que se nota en el material filmado. Hay barro y tierra, literalmente por todos lados. No encontramos una sola imagen en la que los logotipos de nuestros auspiciantes puedan verse con claridad sobre los vehículos o los uniformes. Estoy seguro de que se da cuenta de que esta gente no va a estar feliz si emitimos estas imágenes de baja calidad. Están pagando una suma de dinero importante por el espacio de publicidad. Son ellos los que mantienen este programa en el aire, maldición, y tienen el derecho de rehusar el material si lo encuentran inaceptable. Coronel, me doy cuenta de que no está trabajando en condiciones ideales, así que no lo estoy culpando a usted personalmente. Solamente quiero dejar en claro que necesitamos, para mañana a la noche, una nueva filmación de la batalla de Camagüey, y tiene que ser material del mejor que cumpla todos nuestros criterios. ¿Queda claro?
      —Comprendido, señor Lee —dije, tragué con alguna dificultad y dejé que el teléfono cayera sobre mi regazo.
      Bueno, había oído hablar acerca de este tipo de procedimientos, así que no era una completa sorpresa, pero era la primera vez que me sucedía a mí, y me golpeó como un puñetazo bajo el cinto.
      Seguro, seguro, limpiar todos los uniformes y los vehículos para que los logotipos de los auspiciantes puedan ser apreciados reluciendo en todo su esplendor y recrear, felices, la última batalla, permitiéndole a los equipos de cámaras que trabajaba de nuestro lado maravillosas oportunidades de tomar material hecho a medida para las Noticias de las Ocho en Punto.
      Ningún problema con eso, señor Lee. No se preocupe, los auspiciantes estarán contentos. Nos aseguraremos de eso. Cuente con nosotros, señor Lee.
      Váyase a la mierda, señor Lee.

 

Entrada 4

Algunos hechos históricos.
      Para que puedan analizarlos.
      Sé cual era la idea. Y no tuve ningún problema con ella, al principio. Todo me pareció correcto. Sonaba a verdadero, encajaba en mi modelo mental.
      El régimen post-Castro había abandonado los ideales comunistas de su malévolo predecesor, pero había fallado en el cumplimiento de las expectativas del gobierno de los Estados Unidos. Los nuevos líderes cubanos querían forjarse una identidad propia, más cercana a la de sus hermanos latinoamericanos, inspirada en el deseo de alcanzar una independencia total. Las puertas de Cuba no fueron abiertas de par en par para los hombres de negocios norteamericanos ni para los refugiados cubanos en Estados Unidos, ansiosos de reclamar la propiedad de lo que aún consideraban suyo. La gente estaba enojada. Y yo también. Era la época en que todavía estaba del lado de ustedes, ¿se acuerdan?
      A pesar de que ya no era una base comunista, Cuba aún era una espina clavada al flanco de Norteamérica. Se consideró que debían tomarse medidas drásticas. Era justo que así fuese.
      Arderá La Habana, decían. Lindo slogan. Una metáfora enérgica, lo suficientemente atractiva como para incluirla en la melodía de presentación de "Noticias de las Ocho en Punto". En ese momento no me di cuenta de lo complacido que estaba el gobierno de las flamas incendiarias que representaba su ballet letal en la pantalla de un televisor.
      Algunos otros hechos históricos.
      Estoy muy enterado, obviamente, del trasfondo completo de los asuntos militares y lo inevitable que fue la evolución que nos llevó a la situación con la que hoy nos enfrentamos.
      Los ejércitos de la vieja época se habían vuelto demasiado costosos, socavando grandes brechas en el presupuesto del país. Brechas que continuamente crecían y se ensanchaban, y amenazaban con debilitar, poco a poco, toda la estructura. Esto no podía seguir así. Se debía hacer algo al respecto. Sí, claro, hermanito.
      Así que el ejercito fue transferido a manos privadas, vendido a un conglomerado de compañías llamado WarWorks S.A. La empresa tenía contactos estrechos con los medios periodísticos, agencias de publicidad, toda clase de compañías. Corríjanme si me equivoco. ¿Qué fue lo que dijo? ¿Demasiado estrechos? Bien, pensé que era eso lo que había dicho. Sí, gracias. Permítanme continuar mi monólogo:
      Negocios: ésa era la palabra clave.
      Nos convertimos en una operación comercial. Una administración sólida, negocios provechosos. Todas nuestras acciones eran filmadas, los derechos de televisación del material eran vendidos a las cadenas de TV, nos daban nuestro tiempo en el aire, y nuestro rating subió de lo fabuloso a lo llanamente increíble. Los auspiciantes se peleaban entre sí para alquilar espacios en los uniformes de los soldados y en los costados de los tanques y vehículos que usaba el ejército. Esto nos dio una oportunidad para generar fondos demasiado buena para ser desaprovechada. Por supuesto que no teníamos voto en el asunto. Simplemente éramos empleados de WarWorks haciendo el trabajo sucio; unos extras que bailaban siguiendo el compás que el director nos marcaba. O muriendo. O, ahora que lo pienso, ambas cosas.
      Y el dinero llovió a raudales. Nuestros trabajos estaban asegurados. Todos pensábamos que eso era buena cosa. ¿Qué pensarían ustedes? Por supuesto, todos los peces gordos querían hacer escuchar su opinión; muy comprensible, si supieran la cantidad de dinero que estos muchachos estaban colocando en el asunto.
      Pero, al final, sentía que ya no era un soldado. Me había convertido en un actor de un juego que se había vuelto demasiado complejo para entenderlo. Recibía mis órdenes de fuentes no militares, e incluso de personas que no tenían relación con la política. Gente que no podía considerar como mis superiores.
      Negocios, claro.
      Pero bien dentro de mí todavía era un soldado. Nunca fui un hombre de negocios, por el amor de Dios. Así que por eso terminé arrancando todos los logotipos de los auspiciantes de mi uniforme. Del asco que me daban. Para mantener el respeto por mí mismo. Para rehusarme a ser convertido en algo que no quería. Me di cuenta en qué me estaba convirtiendo y lo odié. Con cada fibra de mi cuerpo. ¿Se dan cuenta? Dije, ¿Se dan cuenta?
      Por supuesto que no, y nunca lo harán.
      Sabía que no podrían. Siempre lo he sabido.

 

Entrada 5

Suficientes hechos históricos. Escuchen esto:
      No soy un poeta, pero intentaré describir esto lo mejor que pueda. Llámenlo un punto de quiebre en mi vida, una piedra angular si alguna vez hubo alguna.
      Es más de una semana después del episodio Camagüey. Hemos hecho progresos, hemos ganado batallas, el equipo de filmación obtuvo buen material, los ejecutivos del estudio están complacidos, nuestro rating se ha disparado a las nubes. Regocijo, regocijo, esa sería la reacción normal de cualquier ser humano. Nos estamos aproximando a los suburbios de Trinidad, un baluarte de la resistencia en la costa sureña de Cuba.
      Temprano a la mañana. Un amanecer espléndido. Si no fuera por la guerra, esto podría ser idílico. Un cielo deslumbrante, vigorizante aire puro, un aura engañosa de paz y tranquilidad. Los supuestos grupos de resistencia deben de estar bien camuflados, claro.
      Nuestras órdenes son tomar posiciones estratégicas en las afueras de la ciudad y esperar las siguientes instrucciones. Mientras tanto, hacemos un viaje de reconocimiento alrededor de Trinidad. Había escuchado hablar de este pueblo, pero verlo con mis propios ojos es algo diferente. Éste es el museo al aire libre del pasado colonial de Cuba. Calles angostas y retorcidas pavimentadas con adoquines. Edificios de estilo español, plazas e iglesias. No es que nos crucemos con muchas personas. Supongo que todo el mundo está escondiéndose. No hay señales de las milicias Cubanas, tampoco. ¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Esto es una trampa? ¿Una maldita broma? ¿Un error inconcebible?
      Entonces: una llamada telefónica.
      Habla el señor Lee. Finalmente. Está en su clásico humor de "no me venga con tonterías". Usted está hundido en la mierda, Coronel, me dice (no, no lo estoy citando con exactitud, por si se lo estaban preguntando. Nada como "mierda" podría salir nunca de la boca del aseado y bien educado señor Lee). Esos combatientes de la resistencia están por todos lados, como moscas rondando un cadáver putrefacto, sólo que no los ve. Se ocultan en cada rincón y hendidura de este pueblo, esperando el momento de asestarnos el golpe fatal. Debemos actuar rápidamente y sin piedad.
      Por alguna razón, la verdad no resuena en sus palabras. Pero, por otro lado, ¿quién pregunta mi opinión?. Entonces: ¿qué es lo que hacemos, señor Lee? Ahumemos a los bastardos, Coronel. Combatiremos el fuego con el fuego. Haremos que este lugar arda hasta los cimientos. ¿Queda claro, Coronel? ¡Quémelo!
      Asiento. Haremos que las fuerzas de la rebelión se esfumen como el humo, entonces. Donde quiera que se escondan, lo que sea que estén intentando hacer, cuando hayamos acabado no quedará nada excepto cenizas y restos del incendio. Queda claro, entonces. Llame a esto la escena de la hoguera gigante en la película.
      ¿Disculpe? ¿Qué quiere decir con que me estoy burlando? Simplemente estoy desahogando mis sentimientos. ¿Qué no debería estar comparando esta guerra con una película? ¿Dice que es una falta de respeto? Entonces, ¿por qué, si puedo preguntar, trata a mis hombres como si fueran actores que, en realidad, no mueren? ¿Por qué destruye ciudades como si fueran escenarios de filmación donde no vive nadie? ¿Por qué ve a la sangre que está manchando las calles como tintura rojo del departamento de maquillaje? ¿Por qué...? Disculpe, me dejé llevar. Permítanme continuar con el relato.
      Doy las órdenes. Dejen que las llamas devoren esta perla de la cultura colonial, digo. Conviertan este maravilloso icono de la historia del Caribe en un crematorio, celebren esta matanza ritual de ciudadanos inocentes con un negocio que convierta esta noche sombría en un día glorioso. No, señor Lee, esas no fueron mis palabras exactas. La mayor parte de mis hombres no aprecian la buena poesía, así que elegí expresarme de una manera levemente más mundana. Creo que dije algo como:
      —Quémenla, muchachos, quémenla.
      ¿Pero no es la misma esencia de lo que dije antes? ¿Qué es lo que dice, señor Lee? ¿Qué usted tampoco aprecia la buena poesía? Bien, en realidad, creo que lo entiendo. La poesía no mueve megamillones; que es, después de todo, lo que importa. Para algunos.
      Así que allá fueron mis hombres, para ejecutar su bendita misión. Y, después de un tiempo, vuelve el Teniente Pérez con las buenas noticias. Misión cumplida. Los rebeldes han sido enviados al otro mundo. Con todo el resto. Trinidad es un pueblo fantasma, carbonizado. ¡Bien hecho! ¡Felicitaciones! ¿Qué sigue? ¿La Habana? ¡Sí, sí! ¿Puedo encender la mecha, por favor?

 

Entrada 6

Hay un par de imágenes que continúan persiguiéndome. Una es una fotografía que solía observar en lo de mi abuela, ya fallecida, cada vez que iba a hacerle una visita, cuando todavía era un chico inocente. Era una fotografía, amarilleada por el tiempo y marcada por oscuras decoloraciones, de La Iglesia de la Santísima Trinidad; una silueta de adobe, de aspecto antiguo, contra un fondo azul brillante, manchado solamente por algunos jirones de nubes. La antigua iglesia, la más famosa de Trinidad. No estoy seguro de la causa por la que mi abuela se aferraba a la fotografía, ya que ella era de Santiago y no de Trinidad. Quizás fuese su único puente con Cuba, no lo sé. Y ahora ya es demasiado tarde para preguntárselo.
      La segunda imagen es más reciente: los restos humeantes de lo que solía ser la Iglesia de la Santísima Trinidad; recortada contra un fondo amarronado y lleno de humo, después de que nuestras fuerzas se hubieran ocupado de ella. De alguna manera mi mente sigue superponiendo ambas imágenes, a pesar de que ya no hay una correspondencia entre ellas. ¿Tiene idea de por qué, señor Lee? Seguramente usted tendrá alguna pista.

 

Entrada 7

Así que dígame, mi querido señor Lee: ¿Por qué eligió Trinidad? Ah, ya veo. Así que hay una lógica detrás de su decisión. No fue un simple capricho, una decisión precipitada, hecha en el apuro del momento. Me alivia descubrir que le llevó una cuidadosa planificación, que hay una genuina filosofía detrás de esta selección.
      Está en lo correcto, por supuesto. Las ciudades con una rica tradición cultural y de un elevado valor artístico son ideales para el propósito que tenía en mente. Las imágenes llegan derecho al corazón del espectador y logran una impresión marcadamente más poderosa que la filmación de la destrucción de un pueblo cualquiera. ¿Recuerda Leningrado? ¿Dresden? ¿Sarajevo? Por supuesto, por supuesto que eso suena perfectamente razonable, señor Lee. Y además los equipos de filmación deben haber tenido su día de campo allá en Trinidad. Es una ventaja que los canales de televisión no tenían en los viejos tiempos.
      Ah, y ya que estamos, señor Lee, ¿puedo sugerirle que el siguiente blanco sea el antiguo centro de la ciudad en La Habana? La Catedral, el Capitolio Nacional, la Bodeguita del Medio donde el bueno del viejo Hemingway solía tomar sus mojitos, el Granma Memorial... Piénselo, señor Lee. Si yo fuera usted, no podría desaprovechar la oportunidad.
      Pero no lo soy.
      Gracias a Dios por eso.
      Ah, una última pregunta antes de que me vaya, señor Lee: ¿Lo puedo incendiar a usted?

 

Entrada 8

Así que ahora ya saben.
      El resto les queda a ustedes. No dudo que me iniciarán una corte marcial y, francamente, no me importa (mi anterior yo se hubiera opuesto a la idea; pero, de nuevo, mi yo anterior ya no esta aquí y ahora solamente queda mi yo actual).
      Continúen con su trabajo a cualquier costo; usted, señor Lee y el resto de ustedes, muchachos. Alguien tiene que destruir el legado cultural del mundo, ¿por qué no ustedes? Parece que están hechos para el trabajo.
      Pero ahora mis manos ya están limpias. Mi conciencia está tranquila.
      No me importa quién gane eventualmente la guerra con Cuba. De hecho, creo que sé cual será el resultado. Los peces gordos de la TV serán los ganadores y lo harán a lo grande. Todos los demás, perderán.
      Llegó el momento de cortar.
      Lo veo en la Corte.
      Ah, una cosa más antes de que me vaya: No se olviden de poner las Noticias de las Ocho en Punto cada noche. Un programa genial. Imágenes asombrosas. Filmado en vivo, realismo puro, sin efectos especiales o tonterías de estudio. Va a mantenerlo clavado a su pantalla. Día tras día. Así de bueno.

Traducido por Laura Nuñez

Frank Roger

Frank Roger vive en Gent, Bélgica, y ha publicado cantidad de cuentos, algunas novelas y colecciones en varios lenguajes en distintos países. En español publicó algunos cuentos en la revista Pulsar.



Axxón 123 - febrero de 2003


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