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F i c c i o n e s

HOMBRES Y PIEDRAS
Alejandro Alonso

Argentina

El sargento Carlos Abreu decidió que era hora de almorzar. Apoyó su FAL en la roca que le servía de parapeto y sacó de la mochila una lata de picadillo de carne y una barra de Mantecol. Le llevó un buen rato abrir la lata de picadillo. No quería que el chubasco mojara el contenido. Los dedos estaban ateridos por el frío polar.
      Habían pasado dos horas desde que la niebla se había levantado y todavía no había señales de los ingleses. Desde su situación en uno de los pliegues del cerro Harriet, el sargento dominaba la costa al sureste y llegaba a ver las posiciones de avanzada de la defensa de Puerto Argentino al este.
      Se sentó de espaldas a la roca y trató de acurrucarse, como buscando blandura y calidez en aquella masa mineral. La roca lo repelía, la isla toda había resuelto darles la espalda.
      I am not your lost sister —decía—. Go home.
      
Guardó la lata vacía. Podía servir para armar un cazabobos o para derretir agua.
      Los informes que Abreu había recibido unas horas antes desde Puerto Argentino eran inquietantes.
      —Nos están llenando de pepas —le había dicho el sargento primero Calixto por la radio.
      Después la comunicación se había cortado. Sólo ruido blanco y gris. Ninguno de los que estaban en la cabaña fue capaz de recuperar el enlace con Calixto. ¿Le habían acertado a la antena? ¿O era algún fenómeno meteorológico? ¿O eran los ingleses, que estaban saturando el espectro electromagnético ahora que los Harrier sobrevolaban las posiciones argentinas? El bombardeo a los puntos estratégicos se había prolongando durante días. Era como una lluvia intermitente, que sólo hacía alguna pausa para volver con más fuerza. Ahora mismo, los proyectiles pasaban silbando por encima y un poco hacia el este del cerro Harriet. Al principio, la artillería enemiga tenía el poder de paralizar la respiración, de romper la continuidad del tiempo y de la conciencia. Pero eso ya había pasado. Abreu no sabía bien si por reflejos profesionales o simple rutina, pero hoy podía comer y dormir con ese canturreo infernal de fondo.
      Más le molestaba la voz de las islas.
      El sargento sacó la Condorito y repasó seis o siete páginas que ya conocía de memoria. No lo hacía por la lectura. Repasar esas páginas llenas de chistes pavotes le recordaba que un compatriota, en Buenos Aires o Mendoza, conocía exactamente cuáles eran sus necesidades materiales y espirituales. Ese alguien, sensible y solidario, había ido al puesto de diarios, había comprado esa revista y la había metido subrepticiamente en el envío de víveres y municiones. ¿Existía esa alma sensible en algún lugar del continente? Al sargento le gustaba pensar que sí, aunque la revista tuviera más de seis meses de fecha de tapa y su estancia en la isla no llegara a las cuatro semanas.
      Abrió la barra de Mantecol, la partió en dos y guardó la otra mitad. Le quedaba una hora de guardia. La tensión mental, ahora transmitida a los músculos, hacía que el frío fuera más frío, que cualquier marcha liviana o postura corporal prolongada se tradujera en calambres, a pesar de su excelente estado físico: la pantorrilla izquierda, la mandíbula, la base de la espalda.
      El sargento Carlos Abreu volvió a otear la costa y sólo vio bruma. Una bruma cargada de truenos de guerra, pero vacía de enemigos. No podía darse el lujo de liberar la tensión nerviosa tirándole a la nada. La munición era escasa y más valiosa cuanto más escasa. Abreu imaginó las balas de su fusil como los soldados de una avanzada cuya base de operaciones estuviera en el arma. Las balas saldrían a hacer el trabajo sucio ni bien el gatillo diera la orden. El FAL se quedaría observando la acción para ver si era suficiente o si había que mandar otro contingente. Las armas que ejecutaban el disparo sobrevivían, pero los soldados de esa avanzada súbita caían en la acción. Era la ley de la guerra.
      Abreu se juró a sí mismo que el FAL no lo sobreviviría. No sabía cómo, tal vez desmontando alguna pieza del fusil en el minuto fatal…
      Desechó la idea, la metáfora no se ajustaba a la realidad.
      Volvió a asomarse sobre la roca.
      La bruma lo provocaba, estaba llena de presagios. Pero no podía disparar, tenía que resistir el impulso. Cualquier detonación terminaba rebotando de cerro en cerro y ese eco llegaría hasta la cabaña o hasta una posición vecina, y podía alarmar a otros sin motivo. Hubiera sido como expandir su incomodidad elemental en ondas concéntricas que llegaran a Dos Hermanas, a Goat Ridge, a Puerto Argentino. Un calambre ondulatorio que alcanzaría la Base Aérea Militar Malvinas y sobrevolaría las líneas enemigas y el océano, para tocar finalmente el continente y transformarse en un terremoto de…
      Siempre volvía al continente. Siempre, de alguna forma.
      Go back home —le decía la isla—. You don't belong here.

 

A la una de la tarde, el principal Benedetti vino a reemplazarlo y Carlos Abreu volvió a la base. El teniente Agostino Gelli tenía la oreja pegada al equipo de comunicaciones. Fruncía el ceño, no estaba logrando mayores avances.
      —¿Está difícil, mi teniente? —preguntó Abreu.
      —¿Usted sabe algo de radios?
      —Mi viejo adaptaba televisores para que se pudieran ver en PAL N. Debe haber sido uno de los primeros en Avellaneda. Pero yo no sé un carajo. Deben ser las bobinas.
      —No, no toque las bobinas. Se va de frecuencia. —Gelli hizo palanca con el destornillador, sacó la tapa posterior del aparato e inspeccionó las baterías—. ¿Comió?
      —Sí, ya comí.
      —Entonces prepárese para salir —dijo Gelli, cerrando la tapa del aparato—. Llévese a Santi para que lo acompañe.
      —¿Otra vez, mi teniente? —preguntó Abreu, y al punto se dio cuenta de su error.
      Las cejas del teniente Gelli avanzaron sobre los párpados. Abreu se replegó sudando frío.
      —¿Desde cuándo le debo explicaciones? —dijo Gelli.
      —Tiene razón, mi teniente. Disculpe.
      —Barutta y el loco Medina están con los ingenieros terminando de minar la retaguardia. Luque y González están con los heridos. Negrete, revisando el mortero…
      —¿Adónde vamos? —interrumpió Abreu para dar por zanjado el asunto.
      Gelli tanteó en la mesa y dio finalmente con una Hitachi portátil de AM. Durante todo ese proceso, le sostuvo la mirada a Abreu. Era una técnica para mostrar autoridad que él también usaba a veces. El hecho de que el teniente le explicara la situación del resto del grupo significaba que la falta no había sido grave. Pero Gelli no iba a admitir tal cosa. Simplemente lo iba a olvidar.
      —Dígale a Santi que arme la mochila de comunicaciones. Y usted guarde esto.
      Cuando el sargento miró la radio portátil pensó en Racing, Independiente, San Lorenzo de Almagro, Boca, la voz del gordo Muñoz, el polaco Goyeneche, Héctor Larrea.
      —Ayer López subió hasta la cima y pudo recibir algo, no mucho, pero algo. Dice que incluso llegó a escuchar una emisora de AM de la Capital, en el seiscientos y pico.
      —Radio Rivadavia —confirmó Abreu.
      —Sí. Que Santi trate de confirmar si invadieron o no. Usted pruebe con la portátil, para ver si pescamos algo del continente. —Gelli se distendió, sonrió. Abreu comprendió: nadie podía ser tan hijo de puta como para enviar a un subordinado a la batalla teniendo asuntos pendientes con él, incluso asuntos tan poco trascendentes como éste—. Cuídese, sargento. Los mosquitos están terribles.
      Leopoldo Santi tardó menos de tres minutos en tener todo listo. Era morocho y un poco retacón, por eso daba la impresión de ser más grueso de lo que era. La temporada en las islas lo había adelgazado aún más.
      Abreu y Santi salieron de la cabaña ni bien se produjo un silencio en el bombardeo naval. Tomaron por una cornisa de piedra y veinte minutos después llegaron a la posición que llamaban «La cima», cerca de la parte más elevada del cerro, pero al resguardo de la artillería enemiga.
      Hacia el norte divisaron la pared vertical del Dos Hermanas Sur.
      Una vez instalados, desplegaron la antena del equipo de comunicaciones. Abreu sacó la Hitachi y empezó a mover la ruedita del dial.
      Cinco, diez, quince minutos. Santi le avisó que se desplazaría más al Norte. Abreu lo siguió todavía jugando con la sintonía, tratando de descifrar los ruidos y los silencios de la radio.
      Y de pronto empezó a sonar mejor. Música.
      «…manto de nebliiinas, no las… olvidar. Las Malvinas argentiiinas… viento y ruge el mar…»
      —¿Qué es, mi sargento? —preguntó Santi—. ¿Otra marchita?
      «Pooor ausente por vencido… extraño pabellón, ningún suelo más… queriiido…»
      
—¿Y vos qué pensás? —dijo Abreu.
      —No sé, mi sargento. Suena linda. Igual que la del Mundial 78.

 

Según las comunicaciones radiales que habían llegado desde Puerto Argentino, los ingleses no habían alcanzado todavía la playa. Pero sólo era cuestión de tiempo para que se iniciaran los desembarcos. Entonces la cosa se iba a poner fulera. Nada que el sargento Abreu no supiera antes de comenzar su viaje a las islas.
      El sargento primero Merlino, el loco Medina, Abreu y Benedetti se turnaban en el puesto vigía que habían instalado en una cavidad bastante bien resguardada del Harriet. Lo habían llamado «El pingüino», porque después de estar seis horas a la intemperie, a tan poca distancia de la costa y con la movilidad reducida a lo imprescindible, los vigías terminaban caminando torpemente, al menos hasta que se calentaban los músculos. Abreu había relevado al sargento Medina una vez más y estaba dando cuenta del Mantecol que formaba parte de la ración básica.
      Do you think we are helpless?
      
No, las islas no estaban indefensas. La bruma, el frío, la ventisca, el silencio descomunal, la lluvia, la burla de las gaviotas, los escarpes y los filos del cerro, el oleaje impetuoso en la costa, la turba blanda que te hundía hasta las rodillas, la nieve, el granizo, el cielo encapotado, la monotonía del ambiente… Las islas tenían un arsenal de armas físicas y psicológicas para asediarlos y Abreu presentía que había más. Por momentos el tiempo parecía quebrarse y arremeter contra ellos, y por momentos las guardias parecían dilatarse días enteros. A veces los relojes enloquecían y las tinieblas llegaban en pleno mediodía. No cabían dudas de que las islas tenían poder. No era la artillería enemiga la que quebraba la permanencia de las cosas y la idea de continuidad en la mente de los hombres, eran las islas.
      Yes, it's true. We have the power.
      
Ruidos. Pasos de borceguíes entre las rocas. Alguien estaba llegando al puesto de vigía, precisamente del lado de la hacienda que usaban como base de operaciones.
      Probablemente amigo.
      —Santo y seña —gritó Abreu.
      —Ya sé que'stoy piantao, piantao, piantao ¿No ves que va la luna rodando por Callao?
      
Medina.
      El sargento Jorge Medina era un porteño corpulento y rubio. A él se le aplicaba aquello de «niño bien, pretencioso y engrupido», Al menos hasta que se había incorporado al Ejército. Después había cambiado. El mote de loco le venía de aquellos primeros años en la fuerza.
      —¿Tiene ganas de cantar, sargento? —dijo Abreu alzando la voz.
      —No, hermano. Traigo noticias. Vino Vázquez, desde el Dos Hermanas Sur, y nos comentó las novedades de la radio. Ya repelimos dos desembarcos, uno fue en Puerto Argentino. Pero va a haber más.
      —¿Qué duda cabe?
      —Gelli mandó a reforzar la posición. Está subiendo Santi con el MAG.
      —¿Y no le ayudás?
      —Sí, claro. Lo único que faltaba, que yo cargue con la ametralladora.
      El cabo Leopoldo Santi se acopló al grupo tres minutos más tarde.
      —Sargento Medina. Me dejó solo.
      —Me adelanté para que Abreu no te remachara el culo a balazos.
      —Gracias, mi sargento —dijo Santi en tono irónico—. ¿Órdenes?
      Abreu tomó la palabra, era el responsable por «El pingüino».
      —Armáte acá. Yo voy a desplazarme hacia allá, detrás de aquella roca. Medina, bajáte a esa repisa.
      —Sí, sargento.
      —Voy.
      Una vez ubicados, tenían una rutina de vigilancia que practicaban siempre que podían: cuatro ojos abiertos, dos cerrados. Abreu se acurrucó en la roca.
      —Vigilen —dijo—, yo descanso.
      —OK —dijo Medina.
      —Tras un ruido de turbinas, por el culo nos van a daaar…
      
—El pibe nos salió poeta —dijo el loco.
      —Bien, cabo. Mantenga alta la moral, pero en silencio —retrucó Abreu.
      —Sí, mi sargento.
      Abreu se quedó dormido.

 

Un piedrazo.
      El sargento Abreu estaba entrenado para no levantar la cabeza ni siquiera en momentos de desorientación como ése.
      Estaba en «El pingüino». OK.
      Aterido hasta los huesos y con el culo duro y pegado al pasto. OK.
      La bruma se había espesado, el cielo estaba nublado. OK. Eso era malo.
      El piedrazo… Santi le estaba haciendo señas: atención, la costa, los ingleses, cinco tipos. OK. Eso era muy malo.
      Preparó el FAL y repasó con los binoculares la franja costera en la dirección que apuntaba Santi. Mucha bruma, sí, pero ahí estaban. Siete comandos, a mil quinientos metros.
      Miró a Medina por un resquicio entre las piedras.
      —Más vale que empecemos ahora —susurró Medina apenas Abreu se asomó. No lo estaba mirando siquiera. Miraba hacia la costa—. Los tiros van a alertar al resto.
      —Que empiece Santi, a ver qué pasa. Después vamos nosotros —dijo Abreu.
      —Que espere a que estén a menos de mil pasos. —Desde que se había mezclado con los ingenieros que instalaban las minas, Medina calculaba todo en pasos.
      —Le doy la voz de fuego a los ochocientos —repitió Abreu.
      Los ingleses abandonaron el bote neumático en posición invertida y avanzaron. Caminaban con dificultad, hundiéndose en el suelo blando, atentos al paisaje y sin levantar demasiado la cabeza.
      A la señal de fuego, Santi empezó a disparar y los comandos enemigos se dispersaron en la bruma. Un poco a la derecha de los anteriores, se oyeron las deflagraciones de otros fusiles, y las balas rebotaron en las paredes del cerro.
      —Barrélos, Santi —gritó Abreu mientras tiraba a discreción con el FAL.
      —Son más —apuró Medina—. Diez o doce, calculo. Quinientos pasos, adelante y a la derecha. ¿Los ves, Santi?
      —Carajo, los vi.
      El intercambio de disparos se prolongó por quince minutos. Abreu cambió el cargador.
      —¿Cómo estás de municiones?
      —Bien —contestó Santi.
      —OK, regulálo. Si avanzan, barré. Sino, dejános a nosotros.
      —Está bien.
      Los ingleses se habían dividido en cuatro grupos, esperanzados en que al menos uno pudiera infiltrarse. Abreu supo que si la ayuda no llegaba pronto, se verían desbordados. Los ingleses no querían copar la posición. Querían llegar a la ciudad, esperar y brindar apoyo cuando la operación estuviera en una fase más crítica. Bastaba que uno de los grupitos llegara a…
      Más disparos. Abreu reconoció el ruido de los FAL. Eran argentinos. No supo si los disparos venían de otro cerro o desde una posición defensiva al costado del cerro Harriet. Pero era una buena noticia igual.
      Los cuatro grupos ingleses se replegaron hacia la costa, todavía disparando. La bruma cubrió la partida.
      —Nos estaban midiendo —dijo Medina, mientras trataba de descifrar la verdadera intención de la bruma, abajo y delante de su posición—. No les dieron ningún apoyo. Nos estaban tanteando.
      Más tarde, una docena de soldados argentinos avanzó hasta franja costera y revisó el lugar. Poco y nada sacaron en concreto. Sangre, sí, algún caído. Los ingleses siempre retiraban los cadáveres, así que no podían estar seguros de la cantidad de bajas que habían provocado.
      Ahora la costa estaba limpia.
      —La próxima viene con bombardeo incluido —declaró Abreu.
      Santi se acurrucó en las rocas, cerca de donde había plantado la ametralladora, y peló la barra de Mantecol.

 

Abreu estaba cansado, mortalmente cansado. La refriega le había servido para descargar la tensión nerviosa y ese relajamiento hacía que los músculos empujaran hacia abajo. Hacia el centro inerte de las cosas. Era una sensación agradable.
      Abreu ya no era dueño de sí.
      Se durmió en seguida: seis horas de un tirón. Soñó que moría y que eso no era tan malo.
      Cuando despertó, se reportó a Gelli y le dio un informe sucinto de lo que había visto. No era necesario, Medina se le había adelantado.
      —Nos estaban tanteando, teniente.
      —Por lo que usted dijo y por algunas referencias que me dieron los muchachos, tienen que haber salido de un submarino. Hablé con el alto mando y uno de los escenarios que manejan es que van a querer ingresar otra vez por ese punto. Así que ya pedí algún refuerzo. Pero la cosa está complicada por todos lados. Tenemos que esperar y estar atentos.
      —Sí, mi teniente.
      —Disponga de un grupo de cinco. Medina, Santi y otros tres. Quiero que se distribuyan en todo el frente para cubrir cualquier desembarco. —Gelli trazó una medialuna en el mapa: una especie de anfiteatro natural desde el que se podía presenciar la operación—. Atiéndame: ésa es su única obligación, mantener la posición a cualquier precio. Se van a llevar una de las dos radios. Cualquier cosa nos modulan. Sino, no usen el canal para nada.
      —Sí —respondió Abreu, pero algo en la forma de mirar denunciaba que su atención ya no estaba centrada en su superior, ni siquiera en esa sala.
      —Por ningún motivo abandonen la posición. El relevo los va a alcanzar dentro de quince o veinte horas, pero no es seguro. —El teniente enrolló el mapa y usó ese puntero improvisado para señalar en la dirección de «El pingüino»—. Hagan de cuenta que van a estar uno o dos días si es necesario. Llévense municiones, víveres, botiquín completo, agua, resguardo… todo. ¿Entendido?
      —Sí.
      —Y el mortero —agregó Gelli.
      —El mortero.
      —Y chocolate. Ración doble para todos. Y usted llene la petaca de donde ya sabe. Uso medicinal.
      —Sí, medicinal.
      —Cinco y usted, ¿entendió?
      —Sí.
      —¿Y por qué me mira así, como si no me hubiese escuchado? Vaya a lavarse la cara y póngase a trabajar.
      —Sí, lo escuché bien mi teniente. Pasa que me están esperando.
      —¿Quiénes? ¿Medina?
      —No, afuera…
      —¿Los ingleses?
      —No, mi teniente. Las islas.
      —¿Las islas?
      El teniente Agostino Gelli iba a preguntar algo más. Quiso cerrar de alguna forma esa frase, pero Abreu le dio la espalda y se retiró levantando la mano, como desechando la idea.
      El sargento Abreu juntó tropa y pertrechos en tiempo récord. Él mismo recogió el botiquín que le había preparado el doctor Burruchaga.
      El grupo partió hacia «El pingüino». Fue la última vez.

 

Habían instalado la carpa a veinte metros de uno de los tres puntos de observación. Ese resguardo precario era mil veces mejor que la intemperie, pero el frío polar se filtraba en cada ingreso, y para esa molestia no había consuelo.
      Abreu estaba adentro, cambiando las baterías del calentador portátil. Las baterías eran aún más escasas que las balas. Por alguna razón, tareas como ésa —básicas, casi mecánicas—, imponían cierto orden en la mente de Abreu. Ya había limpiado y aceitado el FAL tres veces. Y lo mismo había hecho con su Browning 9 milímetros. No habían pasado doce horas.
      —Se está nublando, sargento —dijo uno de los vigías, que en ese momento ingresaba para llevarse los binoculares.
      —Entonces estamos jodidos, Gómez. Ya viene.
      —¿El granizo o la invasión?
      —Todo junto, Gómez. Son lo mismo.
      Sergio Gómez abandonó la tienda, con la sensación de que Abreu tenía un ataque místico. Como en Apocalypse Now.
      We have the power, sergeant, dijeron las islas.
      —Power? What power? What do you mean?
      Carlos Abreu se dio cuenta de que hablaba otro idioma, y ya no supo si estaba pensando en inglés o en castellano.
      Tenemos poder sobre el tiempo y el espacio, sobre las personas que pisan este suelo, sobre las cosas… ¿Con qué derecho vienen a desafiarnos?
      
—No las desafiamos. Tenemos soberanía sobre las islas.
      No le pertenecemos a nadie, ni a ustedes ni a ellos. Pero en este momento…
      
—Nosotros las descubrimos antes.
      Somos más antiguas que eso. We are older than all of you.
      
Estaba hablando en inglés, y en voz alta. Su precario inglés nunca había sido tan fluido como ahora, ni tenía acento británico. Tuvo una sensación de irrealidad, como quien ve su propia muerte en un sueño. Esta vez, la sensación lo llenó de pánico.
      —Qui êtes-vous?
      Ahora hablaba en francés. ¿Qué carajo estaba pasando?
      —¿Quiénes son ustedes? —repitió.
      We are everything in this place. We are The Islands.
      
—Ya vienen —interrumpió Medina—. ¿Estás bien?
      —Sí.
      Abreu tomó la Browning, el FAL y los cargadores. También sacó dos barras de chocolate Águila, las envolvió en el papel plateado y se las puso en uno de los bolsillos.
      No había traspasado la puerta cuando oyó el primer estruendo. Le habían dado a uno de los tres puestos vigías, pero Gómez ya no estaba ahí. Una suerte.
      Se acomodó en una de las salientes y miró. Eran más de treinta y tenían apoyo naval.
      El cabo primero Britualdo Segura disparó el mortero y abrió una brecha en las filas enemigas, pero ya empezaban a guarecerse en las irregularidades del terreno. Abreu se dio cuenta de que no tenían intenciones de llegar al campo minado, cerca de la base del cerro. Iban a asediar «El pingüino» hasta que pudieran traspasar la línea de fuego. Se infiltrarían por el camino difícil. Eso llevaría tiempo.
      Un proyectil silbó cerca y fue a dar contra el paredón del monte Dos Hermanas Sur.
      —Barrélos, Santi —gritó Abreu.
      Pero Santi no estaba donde se suponía. La MAG estaba en la cornisa, sí, pero era el loco Medina quien la operaba.
      —¿Dónde está Santi? —preguntó Abreu.
      —En la base, sargento —contrestó Gómez—. Santi no vino con nosotros.
      —Barrélos, loco. Barrélos —volvió a gritar Abreu. Se había confundido: eso era todo.
      Los ingleses se habían vuelto a dividir. Seis o siete grupos, a trescientos metros.
      Segura volvió a disparar el mortero. Una bala le dio en el hombro.
      —Asistílo, Gómez.
      —Sí, mi sargento.
      La niebla se había vuelto a asentar y por momentos los argentinos adivinaban los blancos más que verlos. Pero no era una niebla cualquiera. Iba y venía, formaba bancos, se disolvía y volvía a encaramarse sobre propios y ajenos. Evolucionaba sobre el campo de batalla como si tuviera voluntad propia.
      Abajo, el loco Medina estaba puteando.
      —Se trabó, macho. No hay con qué darle.
      —No jodas, no puede ser, es una…
      Y ya no era una MAG lo que operaba Medina, sino un fusil liviano. Abreu se dio vuelta y vio que Santi estaba trepando por un costado del cerro con la MAG al hombro, como si recién llegase desde la cabaña. Sudó frío una vez más, y no sería la última.
      —Sargento Medina —dijo Santi—. Me dejó solo.
      —Estemm… Apuráte, Santi que esto no es joda —respondió Abreu aparentando una seguridad que ya no sentía.
      Los ingleses tenían ahora otra fuente de conflicto. Abreu no supo cuándo, pero en algún momento se había abierto un segundo frente de batalla a un costado del Harriet. No estaban solos.
      Una deflagración a su derecha: Gómez y Segura habían caído.
      El fuego se había vuelto más copioso hacia la posición del mortero, pero el mortero ya no tenía quien lo operase. Abreu decidió ir él mismo a rescatar el aparato.
      El loco Medina, Simone y Santi seguían en sus puestos, o por lo menos eso parecía a juzgar por la cadencia de los disparos. Abreu sospechó que aquella niebla estaba polarizada, como el espejado falso de los anteojos de sol. Que los ingleses podían verlos mientras que ellos estaban a ciegas.
      Here we are, dijeron las islas.
      —Fuck you —contestó Abreu y se abandonó a una pendiente que desembocaba en el balcón de piedra donde Segura había instalado el mortero.
      Tropezó con los cuerpos. Tanteó hasta llegar a Gómez.
      —Mon sergeant —dijo Gómez— allez à Port Saint Louis.
      —¿Desde cuándo, hablás en…?
      Pero Gómez no hablaba en ningún idioma: estaba duro y frío, y con una herida mortal en el ojo izquierdo. El otro ojo, el que usaba para apuntar, había quedado intacto varios centímetros fuera de su órbita. Segura no estaba en mejores condiciones: la herida mortal no había sido en el hombro, sino en el cuello. Gómez no había podido parar la hemorragia.
      —¡Carajo!
      Abreu sostuvo los cuerpos, estaba desorientado. No sentía pena, no sentía rabia, no sentía nada. En su breve desvarío, hizo un minucioso relevamiento de las heridas de Gómez y Segura, como si tuviera la habilidad de parcharlos y devolverles la vida.
      —Permiso para volver al continente, mi sargento…
      —Vayan muchachos. Allá los están esperando. Cuidado con los mosquitos, están terribles.
      Dejó los cuerpos sobre la piedra desnuda y se instaló tras el mortero. Hizo tres disparos para obligar al enemigo a retroceder. Desmontó el aparato de su posición y lo arrastró colina arriba.
      Santi estaba esperándolo, de espaldas a la ametralladora.
      —Va para largo, sargento.
      —Entonces tenemos que aguantar. Decíle al loco que suba y que use mi FAL o el de Gómez.
      —Mierda, no se murieron y ya les estamos robando las…
      —¡Calláte pelotudo! Hacé lo que te digo.
      —Perdón, mi sargento. No lo…
      —¡Andá, idiota!
      El cabo bajó mascando una disculpa, y luego subió muy pegado al piso y puteando por la descarga enemiga. Medina iba detrás.
      —Simone está allá abajo y está dándoles para que tengan, pero ahora somos menos —dijo Medina.
      —Yo voy a operar el mortero —dispuso Abreu—. Vos, Medina, vas allá. Y vos, Santi, de aquel lado. Barriendo, ¿entendiste? Vamos.
      Los tres se acomodaron para aguantar. Y Santi tenía razón: la cosa iba para rato.

 

—Hay que enterrarlos.
      El sargento Abreu se asomó por encima de la piedra para ver los cadáveres de Gómez y de Segura. Por momentos el humo y la bruma parecían haberse apoderado de ellos.
      —¿Dónde, cabo? ¿Dónde querés enterrarlos? Acá en la piedra va a ser difícil.
      —No sé, mi sargento.
      —Calláte, Santi —apuró Medina—. Si asomás la cabeza, los gurkas te la vuelan.
      —¿Son gurkas?
      —¡Y yo qué sé! —respondió Medina.
      —No podemos enterrar a Gómez y a Segura —dijo Abreu—. Ni bien la cosa se calme los enterramos o les hacemos un túmulo. Se lo merecen. Pero ahora…
      Dos proyectiles con trayectorias paralelas surcaron el espacio: uno dio en la pared frontal del cerro, el otro pasó por encima.
      —Nos están tirando el anzuelo, a ver si picamos —comentó Medina—. Quieren que nos delatemos.
      —Hay que enterrarlos, se están pudriendo.
      —No te preocupes —dijo Abreu—. Este frío de mierda los va a conservar bien. Después…
      —¿Y las gaviotas? —retrucó Santi.
      —¿Gaviotas? ¿Qué gaviotas, cabo?
      El muchacho señaló un punto en el cielo. La niebla se había levantado un poco y en medio de la puesta del sol divisaron un ave que volaba de norte a sur.
      —Eso no es una gaviota, es un albatros.
      —Eso mismo —corrigió Santi—. ¿Qué piensa hacer con los albatros?
      —Nada. Son inofensivos.
      —Salvo que seas pescado —bromeó Medina—. Y vos sos medio pescado, Santi.
      —Los albatros son carroñeros —insistió el muchacho mientras se dirigía cuerpo a tierra a la carpa.
      Abreu interpuso la pierna en su camino.
      —No, Santi. Esos bichos van por el océano.
      —Lo vi en La aventura del hombre, se comen a los muertos. Son unos bichos hijos de mil putas…
      En este punto, Santi logró zafar la presa de Abreu y corrió a la tienda.
      —Calmáte Santi —terció Medina—. Estamos nosotros. Les partimos el…
      Santi salió con la palita de campaña.
      —Hay que enterrar por lo menos a Segura —dijo, y caminaba con paso decidido hacia la pendiente que llevaba hasta donde estaban los cuerpos—. Si esos bichos se quieren comer a Gómez, mala suerte. Pero a Segura no se lo van a comer.
      —No, Santi. Los albatros no…
      —Son carroñeros, mi sargento.
      —Al suelo —gritó Abreu.
      Pero Santi no escuchaba.
      —Lo vi en La aventura del hombre —repitió.
      —Estás confundido —dijo Medina. Sacó la Browning, la gatilló y apuntó a la cabeza de Santi—. Van a ser tres para enterrar, cabo. Y yo digo que los albatros comen pescado.
      —¡Al suelo los dos! —ordenó Abreu—. Y vos, Santi, vas a hacer lo que yo te digo.
      —Son albatros —lloraba Santi.
      Abreu se separó de la pared de piedra y tiró del cinturón de Santi hasta que logró hacerlo agachar. Después de rebuscar en los múltiples bolsillos del uniforme, sacó una foto doblada al medio. Estaba bastante ajada.
      —Tené, Santi. Guardála.
      Santi observó muy de cerca la imagen. Ahí estaban todos, incluyendo a Segura, a Gómez, a Negrete, a Luque. Alguien había tomado esa instantánea antes de partir a las islas y Abreu la había encontrado en el bolsillo de Gómez. Santi le dio un beso a Gómez en el papel.
      —Perdonáme, gordo —dijo—. Yo no quería dejarte ahí tirado.
      Abreu sacó una barra de chocolate y se la dio.
      —Andá a la tienda —dijo, tratando de que las palabras sonaran a voz de mando—, cualquier cosa te avisamos.
      Leopoldo Santi entró en la tienda y se abrigó con una frazada. Después se comió el chocolate y lloró. Todo junto.
      No tardó en quedarse dormido.

 

A Santi lo había despertado la radio. No eran buenas noticias.
      —Tenemos que replegarnos, sargento. Al Dos Hermanas Sur.
      —¿Qué pasa? —preguntó Abreu.
      —No sé, es complicado. Parece que los ingleses se metieron por una brecha… La niebla, qué sé yo. Los tenemos al frente y a la retaguardia. Tenemos que hacernos fuertes al norte. Gelli dijo…
      —Está bien, está bien. Levantá la tienda, el loco te va a ayudar. ¡Rápido! Yo me hago cargo del mortero y le aviso a Simone.
      —¿Simone? Simone no vino con nosotros. El grupo de él ya debe haber partido al Dos Hermanas.
      Abreu se acercó a Santi, más agitado que nunca.
      Lo tomó del brazo, en parte para reclamar toda su atención, en parte porque no se podía sostener en pie.
      —¿Cuántos somos, Santi? —balbuceó—. ¿Quiénes?
      —Medina, usted y yo. A Segura y a Gómez…
      No terminó la frase.
      —¿Y Simone? —volvió a preguntar Abreu, tratando de entender lo que estaba pasando—. ¿Estás seguro?
      —Sí, mi sargento. ¿Qué le pasa?
      —Son estas reputísimas islas, Santi. Me van a volver loco.
      Medina estaba subiendo por un costado, siempre manteniendo la cabeza gacha.
      —¿Qué pasa, Abreu?
      —Nos vamos. Son órdenes de Gelli. ¡Esta niebla de mierda! Parece que se nos infiltraron.
      Armaron las mochilas, dejando atrás cualquier cosa que no fuera imprescindible. Antes de partir inutilizaron los dos FAL que no podían transportar y armaron un cazabobos. Elemental, pero era mejor que nada.
      Santi se encargó del mortero, Medina llevaba la MAG y Abreu cargó con un FAL y buena parte de la impedimenta. La niebla no permitía ver a más de treinta o cuarenta metros. En el momento de la partida, cerca de las diez y cuarto de la mañana, era más densa que nunca y les mojaba la cara y el uniforme.
      —Vamos al norte, al Dos Hermanas Sur —ordenó Abreu.
      —¿Por dónde? —preguntó Medina.
      Abreu consultó un croquis que sacó de uno de los bolsillos superiores del uniforme.
      —Bajamos al valle y subimos por la cara suroeste. Tenemos más de una hora de marcha…
      —Y tenemos que pasarle lejos al Goat Ridge —agregó Santi—. Por ahí se nos infiltraron.
      —Un dedo en el culo —dijo Medina—. En marcha.
      Luego de la advertencia del cabo, el grupo bajó del cerro Harriet hacia el valle y se abrió tanto como pudo hacia el oeste. Iban a ciegas. Hasta ese día nunca habían experimentado una niebla tan cerrada y menos a las diez de la mañana.
      —Pasáme la brújula, Santi.
      Abreu miró la aguja imantada y trató de ubicarse, pero no pudo. Según el aparato, iban hacia el norte, no hacia el oeste. El sol brillaba por su ausencia. Finalmente decidieron seguir hacia el norte.
      —Nada que ver con el mapa —comentó Medina, que ahora tenía el croquis en la mano.
      —¿De dónde viene el apoyo naval? —preguntó Abreu—. Los barcos ingleses están al sur… ¡Carajo! ¡Y ahora se callan los ingleses!
      Era cierto, no había explosiones, ni silbidos, ni tiros de armas automáticas. Nada.
      —Esto es muy raro, mi sargento.
      —Vecchio, passati un angelo! —bromeó Medina, pero cuando vio la cara de los otros dos, tuvo que explicarles—: Mi abuela era italiana y siempre que había un silencio, así, decía en voz bajita: Vecchio, passati un angelo.
      —No es un ángel. No hay ángeles en el infierno —dijo Abreu—. Al norte, no queda otra.
      Al principio, la turba entorpecía la marcha. Además, la neblina estaba acompañada de un aguanieve copioso, que ablandaba todavía más el suelo. Caminaron por ese pasticho durante más de una hora, descansando de a ratos.
      De pronto, el panorama cambió. La neblina comenzó a despejarse, la lluvia cesó y el suelo se volvió más firme y mullido. El pasto se hacía más abundante conforme avanzaban.
      —Miren por dónde pisan. Puede ser un campo minado de los nuestros.
      —¿Dónde estamos? —dijo Santi.
      —Ni idea —contestó Abreu—. Descansemos. La niebla ya se está levantando. Esperemos al mediodía, y entonces decidimos qué hacer.
      —Buena idea —dijo Medina—. No podemos estar muy lejos.
      —Estamos lejos —dijo Santi—. Yo querría estar en casa.
      Medina y Abreu se miraron. Abreu sacó una caja cilíndrica de metal e invitó a los otros con los últimos cigarrillos que le quedaban. No fumaba, pero sabía que sus subordinados sí.
      —¿De dónde sos, Santi? —dijo.
      —De Gualeguay, mi sargento —contestó el cabo, mientras trataba de encender uno de los fósforos del kit de supervivencia—. Pero lo mismo me daría llegar a cualquier lado, con tal que fuera continente.

 

Cuando la bruma se levantó, les resultó obvio que algo andaba muy mal. La temperatura había aumentado considerablemente y el terreno era distinto. Estaban en una colina desde donde se divisaba una planicie costera. Medio kilómetro a la derecha se podían apreciar los restos de una empalizada de madera, y piedras acomodadas más o menos geométricamente que configuraban lo que habían sido edificios, tal vez casas. Cerca de allí, diseminados en la parte plana del terreno, también se veían ranchos de piedra, madera y barro. Cascos de estancia, tal vez. Las pocas personas que pudieron ver parecían gauchos o cuáqueros. Otros vestían ropa larga, bastante clásica a juzgar por lo que mostraban los binoculares, y pieles. Si eran colonos ingleses, eran de lo más conservadores.
      —¿Qué mierda está pasando? —dijo Medina.
      Abreu no contestó en seguida.
      —Gómez me dijo que fuéramos a Puerto Soledad… Port Saint Louis, dijo.
      —Eso está muy lejos. ¿Cuándo te lo dijo?
      Abreu iba a decir: «en la colina, después de que lo mataron». Pero se contuvo.
      —Son estas islas, Medina.
      —¡Dejáte de joder con las islas, Abreu! Esto tiene que tener una explicación racional.
      —Y lo dice el loco —terció Santi—. Estamos salvados.
      Los otros dos lo miraron, pero Santi no les prestaba atención: estaba fascinado por la vista y en curso de descifrar los detalles de ese panorama.
      —Miren las armas —señaló.
      Medina le arrebató los binoculares y miró con atención.
      —Muy modernas —comentó Abreu con sarcasmo mientras miraba por los otros binoculares disponibles.
      —¡Carajo! —dijo Medina—. Deben ser de alguna religión rara, de esas que se aíslan del resto de la civilización.
      —Sí, como en los Estados Unidos, pero no sé cómo se llaman —acotó Abreu—. Deben ser protestantes.
      —¿Qué hacemos? —preguntó Medina con ansiedad. Una ansiedad que no había tenido siquiera bajo la lluvia de balas.
      Abreu supo que en esa pregunta le iba la vida al sargento Medina, pero supo por qué.
      —Nos quedamos y vigilamos desde esta posición —dijo, y miró a los otros dos buscando aprobación. No la encontró—. Vos, Santi, buscá algún refugio natural, una madriguera, algo para esconder todo esto. Tarde o temprano vamos a tener que bajar y no quiero…
      —Voy, sargento —interrumpió Santi, aliviado por tener algo que hacer.
      —¿Qué pensás Medina?
      —Nos perdimos, hermano. Pero hay algo más y no me doy cuenta de qué es. Mirá, me voy a ir a aquella elevación y voy a tratar de sintonizar la radio, a ver qué pasa.
      —Aprovechá y lleváte la MAG para esconderla. Dale una mano a Santi.
      —Está bien.
      Abreu quedó solo durante casi media hora, fascinado por el movimiento de esa gente. Parecían gauchos, en efecto. Gauchos adaptados al frío. Sin embargo, Abreu sólo veía enemigos.
      —Chilenos —se dijo a sí mismo—, tienen que ser chilenos.
      ¿Otra vez hablando solo?
      
—¿Qué hacen acá los chilenos? ¿Para qué nos trajiste, isla de mierda?
      Para que vean, para que entiendan, para que paguen. Tarde o temprano se tienen que cerrar los círculos. Más temprano que tarde.
      
—What do you mean? —dijo Abreu.
      We are The Islands. And we want you out.
      
—Am I speaking English? Again?
      It's necessary. Believe me.
      
Santi volvió y se acomodó para seguir observando.
      —Todo bien, sargento. Las cosas están ahí, para cuando volvamos. ¿Estaba practicando su inglés?
      —Sí, claro. «We are argentines. Please, be quiet, nobody will be injured.»
      —¿Y qué significa?
      —Es para que no salgan corriendo. Para que no se asusten.
      —Pero ellos están armados.
      —Nosotros también tenemos armas. Dos fusiles, las Browning, granadas.
      —¿Y qué piensa de esa gente, allá abajo?
      —Chilenos, seguro.
      —¿Chilenos? Claro —Santi sonrió aliviado—. Son chilenos. ¡Qué hijos de puta!
      —Son chilenos raros. Hay que ver.
      Oyeron pasos, pero no reaccionaron a tiempo. Además, Medina iba delante con las manos en alto.
      Había otros cuatro.
      —Por favor, si ustedes fueran tan amables de ponerse de pie. Dejen todas esas cosas en el piso.
      Uno de los «antiguos» les apuntaba con una pistola que debía tener, cuanto menos, ciento cincuenta años. El que estaba detrás de Medina empuñaba un viejo fusil.
      —¿Ustedes son chilenos? —replicó Santi—. Pensamos que eran americanos.
      —Somos ingleses, y tomamos posesión de este territorio en nombre de la Corona. Los americanos están allá abajo. Son argentinos.
      —Pensamos que no había argentinos en la isla —señaló Abreu—. Al menos antes del desembarco.
      —¿Qué desembarco? —preguntó el inglés. Detrás de él, los otros tres se miraron como si no supieran nada de la invasión.
      —Calláte, Abreu. Esto se complica —dijo Medina, y el que le apuntaba le pegó con la culata del fusil en las costillas.
      —Hijodep…
      El inglés se había adelantado y ahora presionaba el cañón de su pistola contra la frente de Abreu.
      —¿Hubo otro desembarco?
      —Sí, claro —reconoció Abreu—. Primero desembarcamos los argentinos y ahora los ingleses.
      —¿Desembarcamos? A pesar de ser argentino, usted habla muy bien el inglés. —Se dirigió a los otros—: Son espías argentinos. Hay que avisarle al capitán Onslow que apure el desembarco, ya lo saben.
      Uno de los tres salió corriendo y se perdió entre las diferencias del terreno.
      —Será un honor tenerlos a bordo entre nuestros huéspedes —dijo el inglés, y al ver que Santi sonreía, agregó—: No se ilusionen, sólo estaba siendo irónico.

 

Los trasladaron a un bote de madera bastante sólido, pero precario si se lo comparaba con otros más modernos. Avanzaron por el mar a prudente distancia de las rocas y dieron la vuelta a una formación bastante elevada, un acantilado, detrás del cual se abría un refugio natural fuera de la vista del pueblo.
      Entonces vieron el barco.
      Medina calculó que tendría unos cincuenta o sesenta pasos de largo. Tenía casco de madera y tres mástiles, pero las velas estaban recogidas. De un costado se podía apreciar una decena de ventanitas.
      —Troneras —señaló el cabo Santi. Estaba extasiado—. Es una corbeta artillada de dieciocho cañones. Siglo dieciocho o diecinueve, creo… Mi tío arma barcos como éste en botellones de vidrio. Lo complicado es desplegar los mástiles…
      —Calláte, Santi —ordenó Medina.
      —Sí, perdón.
      Avanzaron en línea recta hacia el barco. O, por lo menos, tan en línea recta como pudieron, dadas las excentricidades de aquel mar picado. Al parecer, los marineros ingleses sabían muy bien cómo manejar esos botes antiguos.
      Todo era antiguo.
      —Si somos argentinos, ¿cómo es que podemos entendernos tan bien? —dijo Medina.
      El inglés lo miró frunciendo el ceño.
      —El Inglés de las colonias no es tan difícil de entender. Pero no soy lingüista, soy militar. —Después de pensarlo un poco agregó—: Todo en ustedes es raro. La ropa, por ejemplo, o esas salivaderas que llevan en la cabeza. Y este jarro es de muy buena confección.
      El inglés sostenía con curiosidad la lata de picadillo. Abreu se la arrebató de un manotazo y la guardó.
      Los otros ingleses se agitaron tras él, pero el que mandaba les hizo una señal de que se quedaran quietos.
      Quitarle ese envase vacío al inglés había sido un acto irracional y arriesgado. Abreu tomó conciencia de ello cuando la lata estuvo a salvo en un bolsillo del uniforme. Hay veces en que uno se aferra a cosas tan poco significativas como una estúpida lata vacía de picadillo, pensó. Por suerte, el inglés había tomado aquel ataque con liviandad. Ya habría tiempo de quitarles todo una vez que los eliminaran.
      Medina miró a su compañero con la misma angustia que Abreu le había visto en la colina, frente a la planicie costera.
      —Yo no hablo yanqui, hermano —dijo en voz muy baja. Estaba aterrado.
      Abreu le devolvió la mirada, pero no era una mirada cálida. Era una fría mirada de diez grados bajo cero que decía «ése es el menor de los problemas que tenemos». Todavía se estaba reprochando el inútil acto de rebeldía. «¡Morir por una lata de mierda!», pensó. «¡Morir al pedo por una lata de mierda!»
      Entonces Santi, que estaba ajeno a todo y a todos, se volvió hacia Abreu.
      —El tiempo —dijo—. ¡Carajo! Algo le pasó al tiempo. —Y dirigiéndose al inglés—: ¿En qué año estamos, señor?
      El inglés sonrió con cierta condescendencia y comentó:
      —El año es mil ochocientos treinta y tres.
      —No, no puede ser.
      —¿Qué cosa no puede ser? —preguntó el inglés.
      —La fecha. No puede ser.
      —¿Están atrasados con el cambio de año? Es enero dos, de mil ochocientos…
      —Son las islas —interrumpió Abreu—. Te dije, Medina: son estas reputísimas islas.
      Desarmados e incrédulos, los argentinos subieron a la embarcación por una escalera de sogas. Un inglés adelante, tres detrás. Finalmente, el que llevaba la voz cantante dijo:
      —Soy el teniente Williams, y pronto conocerán al capitán Onslow, de la HMS Clio.

 

Los metieron en lo que parecía ser un camarote, o su equivalente de 1833. Al parecer, ese lugar minúsculo y desprovisto de toda comodidad, antigua o moderna, sería su prisión.
      Los habían revisado y les habían sacado los pocos objetos que podrían haber usado como armas: el cuchillo de supervivencia, los cargadores de la nueve milímetros, los relojes, los binoculares.
      —¿Qué hacemos? —dijo Medina—. Esto está mal, macho. Tiene que ser una trampa.
      —No hacemos nada —dijo Abreu—. En cuanto podamos, les metemos un cuetazo, pero ahora no vamos a hacer nada.
      Santi estaba en silencio, como meditando. Después de un rato, habló.
      —Si les metemos un cuetazo… Entonces la invasión inglesa no va a existir. Y nosotros no tendremos que venir a las islas… Vale la pena intentarlo.
      —No vamos a hacer nada.
      —Sí, mi sargento.
      Medina se paró y empezó a caminar de punta a punta de la habitación: dos pasos de ida, dos de vuelta. Estaba fuera de sí.
      —¿Vos te creés eso del viaje en el tiempo? —dijo—. No puede ser, hermano.
      —Pará un poco. Ya le vamos a encontrar una explicación —dijo Abreu, pero estaba seguro de que la explicación pasaba por las islas. Ya le estaba cansando el latiguillo de «las islas, son estas reputísimas islas», pero ahora estaba más seguro que nunca de que eran las islas.
      El loco seguía yendo y viniendo. Estaba quebrado. Podía lidiar con el ejército, con las balas enemigas, con la angustia de ver a un compañero caer en combate, con el frío… A todo eso respondía con chistes, cantando, con comentarios ácidos y salidas que dejaban boquiabiertos a los que no lo conocían. Como esa vez que le contestó en jeringoso al capitán Ramírez y se comió dos días a la sombra. No podía combatir locura con más locura.
      —Esto no nos está pasando —decía, y con cada ida y venida lo repetía—. No nos está pasando.
      —Es un juego —dijo Santi.
      —¿Qué querés decir, hermano?
      Era la primera vez que Medina llamaba «hermano» a Santi.
      —Que estamos en un juego y que el problema es que no conocemos las reglas. Si es una trampa, entonces hay que encontrarle la lógica a la trampa. —Santi se acomodó en el piso de madera—. Es como cuando en el ajedrez el otro te tiende una celada y vos no entendés. El tipo se está dejando morfar un alfil o una torre. Y lo pensás y lo pensás, hasta que le morfás la pieza igual. Y el otro te caga en dos o tres jugadas. Pero al final lo terminás entendiendo. —Levantó la cabeza y encaró a Medina, que no le sacaba la vista de encima—. Y entonces, aunque te comiste el garrón, te sentís mejor, porque la cosa tiene… tiene… tiene lógica. —Miró a Abreu—: La verdad es que soy un desastre jugando, siempre me cagan…
      —Tiene razón Santi —dijo Abreu—. Ahora no importa si caemos o no en la trampa, no podemos saber. Es más grande que nosotros. Lo que importa es que le encontremos… No… —Abreu lo pensó mejor—: Lo importante es que estemos preparados para encontrarle la intención a la trampa.
      Medina se sentó a pensar.
      En última instancia, todo lo que le habían dicho a Medina era falso, Abreu lo sabía. Pero tenía que darles algo a qué aferrarse mientras aceptaban lo que para él ya era obvio.
      Se sintió un hipócrita.

 

Una hora después —o por lo menos eso le pareció a Abreu— un marinero abrió la puerta. Otro les apuntaba con un fusil desde el pasillo.
      —Afuera —dijo el inglés, con profusión de saliva porque le faltaban varios dientes. Los pocos que le quedaban le caerían en cualquier momento—. El capitán va a interrogar ahora.
      Al ver que los argentinos no se movían, agregó:
      —A ustedes, ahora.
      Bajaron a tierra. El capitán Onslow se había instalado en una roca y estaba mirando un papiro. Luego vieron que era un mapa.
      En ese momento apareció otro inglés, llevando del brazo a un viejo. El anciano medía un metro setenta: diez centímetros más que el promedio de los ingleses. Vestía íntegramente con cueros de animales. No tenía casi dientes, el pelo canoso le llegaba al hombro y la piel —más oscura y curtida que la de los ingleses—, estaba manchada de vejez e intemperie.
      —Llegaron, capitán —gritó—. Yo le dije.
      —¿Quiénes son ustedes?
      Santi se adelantó a los otros.
      —Por las disposiciones de las Naciones Unidas para el tratamiento de prisioneros de guerra…
      Medina le dio una patada en el tobillo.
      —¿Qué Naciones Unidas, pelotudo?
      —Perdón, mi sargento.
      —¡Le dije, capitán! Vienen del futuro. Yo escuché en mis sueños cómo Las Islas le hablaban a uno de ellos.
      Todo en el viejo parecía patético, pero sus ojos tenían ese fuego insensato más propio de los chicos que de los ancianos.
      —¿Quién es Abreu? —dijo Onslow.
      —Es ése, capitán; el más flaco —señaló Williams, que había escuchado las conversaciones en la colina, antes de sorprenderlos.
      —Sargento Abreu, supongo —dijo Onslow.
      —¿Cómo supo?
Ilustrado por Barbara Din

      —Mister Oliveira es un buen recuerdo de nuestra alianza con Portugal, y nuestro intérprete de español y portugués. Y también es nuestro vidente… Eso dice él. La reina me ordenó traerlo y ha resultado de bastante utilidad para nuestro reaprovisionamiento en territorio del Brasil. En cuanto a sus predicciones…
      —Es una invasión argentina, pero del futuro. Dentro de ciento cincuenta años —acotó el viejo.
      —¿Y qué sugieren sus majestades, Las Islas? —preguntó el capitán con ironía.
      —Estos dos son prescindibles, el que importa es Abreu.
      —Ya escuchó, Williams. Disponga de estos dos espías.
      El sargento Medina se inclinó hacia delante y arremetió contra uno de los que estaban armados. Hizo el mismo tackle que usaba en los partidos de rugby, en el secundario de San Isidro. Durante la maniobra, Medina se quedó con la carabina del marinero. Santi aprovechó la confusión y le arrebató una pistola a otro. Abreu avanzó y tomó al viejo por la espalda, amenazando con quebrarle el cuello.
      —Decíme viejo, ¿cómo nos volvemos?
      —Atrás —gritó Medina.
      Onslow empezó a retroceder y, por un instante, la atención de los tres argentinos se concentró en él. En ese punto, Williams sacó de la nada su pistola, la gatilló sin mostrarla, y luego la apuntó y disparó.
      Santi cayó con el estómago y parte del pecho perforado.
      Medina apuntó la carabina y también disparó, aunque con menos elegancia. Abreu pudo ver en cámara lenta como la platina pegaba sobre la placa de metal, la chispa, el humo, el retroceso que tiró a Medina de culo al piso y la explosión roja y blanca en la cabeza del teniente Williams, que primero quedó de rodillas y luego cayó de bruces.
      Onslow apuntó su propia pistola a Medina y luego al viejo.
      —Ríndase, Abreu. De todas formas Mister Oliveira tiene los minutos contados.
      El viejo abrió los ojos con verdadero terror. Se orinó encima, lloriqueó.
      Medina se puso lentamente de pie. Todavía empuñaba la carabina, pero no sabía cómo prepararla para la siguiente descarga.
      —Son dos disparos —dijo Onslow—. Uno al viejo y uno a su compañero. No, perdón. Uno a su compañero…
      Y entonces Medina volvió a caer, pero no por el disparo sino por un palazo en la nuca que le dio uno de los marineros ingleses.
      —Me quedan los dos disparos para usted y su rehén.
      Abreu soltó al viejo.
      —¿Qué nos van a hacer?
      —A éste no puede hacerle nada, capitán —gritó el viejo.
      —Cállese, Oliveira. Tengo que pensar —dijo Onslow, y luego se dirigió a sus hombres—. Mister Palmer, aliste todo para zarpar. Ahora es mi segundo de a bordo. Preparen a Williams para enterrarlo con honores, y tiren a ese otro perro al mar. Lleven a estos dos a la nave —señaló a Abreu y a Medina, que todavía estaba aturdido por el golpe—. Vigílenlos… ¡Ah! Denle de comer a Mister Oliveira. Parece que estaba en lo cierto. Aunque me gustaría mucho saber cómo diablos lo hizo.

 

Medina se recuperó un rato después y el dolor de cabeza era descomunal. Nada roto, por suerte. Abreu estaba con un paño ensangrentado y un cuenco lleno de agua.
      —Hermano, me dieron pa' que tenga —dijo Medina.
      —¿Podés moverte?
      —Sí, ¿qué me hacés?
      —Es agua fría nomás, para bajar el chichón.
      —¿Está salada? Arde como la puta que lo parió.
      —No hay mucho de donde elegir. Me costó un huevo que me dieran esto.
      —Pobre Santi…
      —Santi volvió al continente. Es todo.
      Medina observó a Abreu, que retorcía el paño sobre una jofaina llena de agua roja. Abreu no dijo nada más
      —No lo mataron en el desembarco y lo mató… la historia —dijo Medina. Empezó a incorporarse—. ¿Estamos en mil ochocientos treinta y tres?
      —Sí.
      —¿Por qué? ¿Cómo puede ser?
      Abreu suspiró.
      —No sé, pero es algo muy grande… Son Las Islas y no nos quieren. Ya en mil nueve ochenta y dos me hablaban en inglés y en francés y en castellano. —Abreu dejó el trapo dentro de la jofaina—. Creo que somos demasiado continentales y ellas prefieren isleños, como los ingleses.
      —¿Vos también escuchás voces, como ese viejo? —preguntó Medina, que digería todo a su propio ritmo.
      —No, solamente escucho a Las Islas.
      Medina se levantó. La muerte de Santi le había cambiado la perspectiva, pero todavía estaba inquieto.
      —Mirá, hermano, como yo lo veo acá hay algo gordo.
      —¡Qué novedad!
      —No, no me entendés, hermano. Es algo que tenés que resolver vos. El viejo te conoce… Santi lo dijo: es un juego. Pero no es como el ajedrez, es como un mensaje cifrado. Entender y actuar en consecuencia. ¿Me seguís?
      En ese momento, escucharon una discusión afuera.
      —… que ver al sumo sacerdote de Las Islas… importante… depende nuestro…
      —No lo… pasar… Órdenes de…
      —Pero, ¿cuál es el problema? Si ustedes vigilan y… informar al capitán de…
      —Espere, espere…
      El diálogo se interrumpió y se escucharon sonidos mecánicos: la llave abría la puerta. Oliveira entró. La llave volvió a cerrar la puerta.
      —Creo que no le va a servir de mucho tenerme de rehén —advirtió el viejo—. El capitán me odia, sospecha de mí por estas visiones que tengo, y más sospecha a partir de ese incidente en el Brasil, con un ministro de Pedro II que me reconoció… Je, mi fama me precede. El rescate le costó buen dinero.
      —¿Qué quiere? —apuró Abreu.
      El viejo hizo ademán de que hablara más bajo.
      —Nos vamos —susurró—. Vamos a aprovechar el desembarco para huir. Yo creo que tienen una oportunidad si se mezclan con los suyos y parten a Buenos Aires en la Sarandí. —El viejo se acercó un poco más—. Onslow quiere humillar a los isleños con la superioridad de hombres y poder de fuego. Además, el gobernador local tiene algunos problemas de disponibilidad de hombres. Están todos presos… Es una locura: tan pocos y todos peleados. Imagino que Las Islas tuvieron algo que ver.
      —¿Cómo vamos a hacer? —preguntó Medina.
      —Déjenmelo a mí. A la puesta del sol sirven la comida. El cocinero es otro lusitano y está de mi lado: es mi sobrino. Él nos va a abrir. Nos vamos todos a Las Islas. Pero tenemos que esperar.
      Abreu tomó del brazo al viejo.
      —¿Desde cuándo escucha las voces? —dijo.
      —Es una historia larga: estas voces empezaron poco antes de llegar al Brasil. Pero he escuchado otras voces.
      —¿Y qué son?
      —¿Las Islas? Bueno, es un poco cuestión de fe. Las Islas son fuerzas elementales, como Los Vientos o El Fuego. Así lo veo yo. —El viejo se sentó en el piso y sacó de entre las pieles una bolsa con tabaco; empezó a masticar—. Le voy a decir una cosa: hubo un tiempo en que el viento me traía noticias de navíos de guerra naufragados. —El viejo escupió hacia un costado—. Los gritos de la gente, el olor a pólvora. Nadie más parecía sentir eso. Pero yo sabía que se había perdido para siempre. Entonces les avisaba a mis superiores, allá en Lisboa. Generalmente tenía razón. —Otra escupida oscura y espesa, a veinte centímetros de la anterior. Esta vez sí había embocado dentro del casco de Medina.
      —Escupa para otro lado, ¿quiere? —dijo Medina.
      —¿Vamos a volver? Al futuro, digo —preguntó Abreu.
      —No sé… Es cosa de Las Islas. A lo mejor me mandan al futuro a mí. —El viejo volvió a escupir—. Son un poco retorcidas, ¿sabe? Yo también lo sería, este clima vuelve a la gente huraña y desconfiada. Ellas quieren que ustedes se vayan.
      —Oiga —apuró Medina—, ¿por qué terminamos acá y ahora, si Las Islas no nos quieren?.
      —No tengo idea, señor. Es como si quisiera mostrarles algo, no sé si me comprende.
      —Puede ser —dijo Abreu—. ¿Pero qué cosa?
      —No lo sé, señor.
      Siguieron hablando hasta que el ruido mecánico de las llaves interrumpió la conversación. Hacía un rato que el barco se había dejado de mover.
      —Vamos, tío. Rápido.
      Salieron de la nave, escuchando con asombro el coro de ronquidos que provenía de los marineros dormidos.
      —¿Es verdad que hablamos inglés? —dijo Medina en voz baja.
      —Sí, antes hablaron inglés, pero ahora hablan portugués. Un poco raro para mí, me cuesta entender algunas cosas. Es portugués del Brasil.
      —Son chistosas, estas islas —acotó Medina.
      —Fino humor inglés —sentenció el viejo.
      Cuando salieron a cubierta, empezaba a oscurecer y pudieron ver cómo dos o tres marineros preparaban a bordo un mástil y una bandera. Cuenta la historia que, al día siguiente, los ingleses terminarían arriando la bandera argentina y plantarían ese mismo mástil con la bandera de la Corona.
      Desembarcaron por un costado. En ese trámite se mojaron hasta la cintura y tuvieron que improvisar una fogata para secarse.
      Ya en tierra firme pudieron ver a un grupo de pobladores que parlamentaba con los militares ingleses.

 

—No están, Abreu. Se lo tragó la tierra.
      Habían pasado tres o cuatro horas desde el desembarco y estaban frente al escondite en donde habían dejado armas y pertrechos. Las antorchas que habían improvisado con lo poco que habían rescatado en su huida de la corbeta no mostraban nada. O bien los ingleses lo habían descubierto, o Las Islas se lo había tragado.
      —¿Estás seguro que es acá? —dijo Abreu.
      Medina le devolvió una mirada seca y fría.
      —Sí, estoy seguro —se limitó a decir, más para el viejo que para Abreu.
      —Como yo lo veo —sentenció Oliveira—, en este momento esas cosas van camino del centro de la Tierra.
      Abreu estaba preocupado.
      —Podría cambiar la historia.
      —Si Las Islas quieren que cambie la historia, no hay mucho que podamos hacer. Me parece que no quieren eso. Están bien como están.
      Hacía frío, pero evidentemente no era la misma época del año que en 1982. En comparación, la noche estaba muy soportable.
      Volvieron a la fogata, que estaba en un repliegue de la colina y al resguardo del viento. Se prepararon para pasar el rato. El sobrino del viejo se las ingeniaba para mantener el fuego con poco y nada de combustible. Iba a ser todo un desafío.
      —¿Qué hacemos? —dijo Abreu.
      Y entonces las oyó, tan fuerte que tuvo que taparse los oídos. Y no le sirvió de mucho. Oliveira estaba en el mismo trance.
      —¿Qué pasa? —dijo Medina.
      —Las Islas —respondió Abreu—. Están llorando.
      We are angry. We hate you. Go home.
      
Esta vez Medina también oyó las voces. Se levantó.
      —¿Adónde vas, loco?
      Medina miró las estrellas.
      —¿Cómo pueden pedirme que las deje? —gritó, y no le importó que el eco de su eco se perdiera en las colinas y más allá, en la playa. Por alguna razón pensaba que su interlocutor estaba allá arriba—. ¿Por qué nos tenemos que ir? ¿Qué otra prueba necesitan de que las queremos? —Tragó saliva y empezó a temblar; Abreu intuyó que no era por el frío—. Yo estoy dispuesto a dar la vida para quedarme en este lugar. En este lugar, ¿entendieron? ¡La vida! Renuncio al continente, renuncio a mi familia, renuncio a todo eso… Quiero quedarme acá. ¡Renuncio al conti…!
      Medina se desplomó, y ya no se movió ni dijo nada más.
      Abreu tardó un minuto entero en reaccionar. Corrió hasta su compañero y comenzó a empujar el pecho con desesperación.
      —¡Loco! ¡Loco reaccioná! Uno, dos, tres, cuatro, cinco —apoyó sus labios en los de Medina y sopló—. Uno, dos, tres…
      —¿Qué hace? —preguntó Oliveira—. ¿Qué le está haciendo, señor?
      —No entiendo. Le juro que ya no entiendo nada —dijo Abreu entre moco y moco, mientras insistía con los masajes de resucitación.
      El cocinero lusitano apartó a Abreu de un empujón y acercó su rostro a la boca y a la nariz de Medina.
      —No respira —confirmó, y luego abrió el uniforme y apoyó la oreja en el pecho del sargento—. No late, mierda…
      Abreu empezó a llorar. Lloraba por Medina, pero también lloraba por los otros. Levantó un poco el cuerpo todavía tibio de su compañero de batalla y lo abrazó, como si en ese acto pudiera retenerlo. Pero estaba muerto. Y a diferencia de Gómez y de Segura, Medina estaba entero, sin un solo rasguño. Abreu no podía reconciliarse con esa evidencia.
      —Permiso para quedarme en Las Islas —dijo el loco.
      Oliveira miró al sargento y al muerto, y otra vez al sargento.
      Abreu lloraba.
      —Permiso para quedarme en Las Islas —insistió el fantasma.
      El viejo se persignó siete veces antes de salir corriendo. El cocinero tardó en reaccionar, pero luego lo siguió con idéntico terror.
      —Permiso para quedarme…
      El sargento Carlos Abreu se limpió los mocos con la manga del uniforme y empezó a cavar una fosa, usando la lata vacía de picadillo a modo de pala.


Alejandro Alonso

Alejandro Alonso nació en 1970 en San Martín, provincia de Buenos Aires, Argentina. En la actualidad se desempeña como periodista de tecnología y negocios, sin dejar de lado su vocación de escritor. Publicó sus primeros relatos en Axxón a partir del número 33 (cuento "Demasiado tiempo"). Desde entonces ha continuado su carrera de escritor con gran empuje, publicando en la Argentina, México y España, y avanzando en calidad, contenido, imaginación y maestría de una manera avasalladora. Ha logrado juntar una producción muy potente por lo original de sus temas y por lo interesantes y bien escritas que están las historias. En España resultó finalista en dos de las convocatorias a concursos de relatos (Pablo Rido y Domingo Santos) y últimamente han aparecido relatos suyos en Artifex Segunda Epoca. Como justo reconocimiento a su tenacidad y enorme capacidad de trabajo, tiene hoy un sólido panorama en posibilidades de publicación y de seguir cosechando galardones.
     En el número 112 de esta revista apareció el relato "1807", que forma parte de una serie de cuentos de índole "fantástica" con ambientación histórica. En ese mismo estilo, se ubica "De memorias ajenas", que puede ser leído en la sección El Cuento Elegido.
     Alejandro Alonso ganó el Premio Axxón 2001 en la categoría Cuento de CF con el cuento "La duna del 40° aniversario", publicado en el Axxón # 117. Fue ganador también del prestigioso premio UPC del año 2002 por la novela corta El camino a Trascendencia, compartido con Pablo Villaseñor.



Axxón 125 - abril de 2003
Ilustrado por Bárbara Din.


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