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F i c c i o n e s

LOS GATOS MÁS GRANDES
Laura Nuñez

Argentina

Deserts are there, and different skies,
And night with different stars.
They prowl the aromatic hill,
And mate as fiercely as they kill.
...
But this beyond their wit know I:
Man loves a little and for long shall die.
The greater cats, Victoria Sackville-West.
Hay desiertos y diferentes cielos
Y noches con diferentes estrellas.
Rondan por las montañas aromáticas;
Con igual ferocidad matan y se acoplan.
...
Pero más allá de su entendimiento esto sé yo:
El hombre quiere un poco y morirá por mucho tiempo.
(traducción de Silvina Ocampo)

Mientras la veía bajar de la plataforma descubrí que la amaba. Me sorprendió la nitidez del sentimiento, de la misma manera que aún ahora me sorprende, más de diez años más tarde, más de noventa años después. Era la primera vez que nuestros caminos se cruzaban.
      Sus movimientos eran ágiles y felinos, e imaginé que sus ojos serían dorados como el cobre que no ha sido pulido. Extendí mi brazo para ayudarla a bajar y, en silencio, le di un nombre; uno que sólo yo supiera: mi Estrella del Norte. Sus ojos no eran dorados, pero eran claros y curiosos y me agradecieron la ayuda. El regreso de los transportes siempre es difícil, y los monitores mostraban que el suyo había sido un extenso viaje. Traía puesta una túnica suelta cuya procedencia no alcancé a reconocer. Parecía algo del Cuadrante Uno. No podía precisar la época. La mascarilla debió haberme dado la pista, pero perdido como estaba en sus movimientos y en sus ojos, lo ignoré. No intenté contenerme, la vida es corta y quería que ella estuviera ahí a mi regreso, necesitaba alguien que esperara por mí durante aquellos dos años.
      —Tus ojos me recuerdan el desierto, y otros cielos, y noches con estrellas diferentes —le dije, mientras guardaba su nombre secreto en mi memoria.
      Quitó la mascarilla de su cara y se detuvo a mi lado, en la base de la plataforma. Su rostro tenía rasgos felinos y las pupilas eran una línea oscura que atravesaba sus ojos de arriba a abajo. Cuando habló pude ver los caninos, suavemente destacados.
      —La fuerza es eterna para ellos, y gobiernan el terror de la noche —me dijo, indicándome que conocía el viejo poema.
      Sonrió y apretó mi mano en la suya y grabó su contorno en mi pecho, mientras me daba un beso suave y dulce que me permitió recorrer los contornos filosos de sus caninos. La retuve mientras mis pies subían mecánicamente el primer escalón de la plataforma. Soltándola, cubrí los últimos, mientras le avisaba a Casals que ya me encontraba preparado para la partida.
      —Me llamo Víctor —le dije a ella, mientras Casals iniciaba la transferencia.
      Mi corazón intentaba abrirse paso entre mis costillas para saltar a su encuentro. Cómo hubiese querido seguirlo.
      —Te espero hasta que vuelvas —me respondió, mientras la plataforma desaparecía de mi vista.
      Mi regreso estaba programado para unos cinco minutos más tarde. Para ella y Casals, claro. Para mí serían dos años como diplomático en un planeta del Cuadrante Dos. Mi Estrella Polar, esperándome a dos años de distancia.
      Ella seguramente estaría regresando de un viaje a alguno de los futuros en el Cuadrante Uno; algún mundo con un nivel elevado de contaminación, a suponer por la mascarilla. La zona era próspera y pocas limitaciones había para los viajeros. Alguien como ella podía calificar para las trasferencias hacia allí sin problemas. Cuadrante Uno no es un lugar geográfico, sino nuestra denominación para una estructura social similar a la nuestra, de una relativa permisividad en cuanto a las costumbres. Otros mundos mantienen otras clasificaciones, más complejas o más simples. Podría explicarlo con las palabras sencillas y certeras que Casals me dijo alguna vez: —Todo vale en el Cuadrante Uno.
      Yo, como un humano sin modificaciones perceptibles, tenía menos limitaciones para los viajes, con lo cual era común que me enviaran en misión diplomática a mundos del Cuadrantes Tres o algunas veces hasta a las sociedades oscurantistas del Cuadrante Cuatro.

El mundo al que me habían destinado esta vez tenía una cultura isleña y sus avances tecnológicos más importantes eran los relacionados con los recursos submarinos, desde la ingeniería de sus construcciones subacuáticas, pasando por los minerales que explotaban de sus océanos, hasta los cultivos, extensos invernaderos en el fondo del mar. Las ciudades submarinas eran joyas cinceladas en la materia de los mares de Ipsha. Por supuesto, me enamoré de una sirena encantadora: Ariel y yo exploramos juntos los restos sumergidos de algunas ciudades que harían palidecer a nuestra legendaria Atlántida. Juntos también exploramos otras áreas que —tal vez— hubieran hecho empalidecer a mi abuela. Pero, cada vez que levantaba mi mirada del océano en la noche, me encontraba con los ojos de mi Estrella del Norte. Y solo podía abrazar más fuerte a mi sirena, esperando que los días en Ipsha se terminaran. Tenía en mi pecho grabada a fuego su silueta y mi corazón lloraba por las noches, pidiéndome que volviera. Era un sentimental incurable y, ya ven, aún hoy no encuentro el remedio.
      Y el día llegó y me dirigí a la plataforma de transferencias para el regreso, acompañado por Ariel. No le pedí que viniera conmigo, y ella tampoco lo ofreció. Me dio un beso de despedida y una caracola vacía, para que no la olvidara, me dijo. Salté y abracé a todas las estrellas del universo, hasta llegar a casa.

Lo primero que vi, cuando mis sentidos se acostumbraron a la plataforma, fue a mi Estrella, parada junto a Casals. No había cambiado nada. Para ella, claro, solamente habrían pasado unos minutos desde mi partida. Se acercó y me ayudó a descender de la plataforma. Me tomó de la cintura, sosteniéndome, mientras Casals traía un vaso de agua con las pastillas.
      —Gracias —miré sus ojos felinos.
      —Elena.
      Casi hubiera esperado que dijera que su nombre era Estrella. Pero no me desilusionó. Era una bella chica, con sus caderas afiladas y una sombra de vello facial que parecía tan suave como el pelo en su cuerpo, largo y sedoso.
      —Tenés el pelo más largo y más claro —me dijo, pasando su mano por mi pelo.
      —El mar —le respondí—. Dos años en una de las ciudades submarinas de Ipsha. No quiero volver a nadar por un buen tiempo. Pero era hermoso; la ciudad estaba cerca de la costa y el atardecer podía verse desde la plataforma donde vivía. Una chica me regaló esto para que no la olvidara.
      Alcé la caracola y Elena la tomó de mis manos. Me miró y dijo:
      —Todavía tenés el mar en los ojos.
      Nos quedamos los tres en silencio por un momento: Casal revisando sus mediciones, Elena escuchando el sonido de los océanos de Ipsha en la caracola y yo pensando en Ipsha, y antes en Pfhiar, y en las selvas de Tekka, y en los hielos eternos de Wedschausffar, y en Terra, donde nací y que no veía, más allá de este castillo helado en el medio de la nada, desde hacía quince años, o tres meses.
      Todo el universo a nuestro alcance, eso decían de los viajeros. Y era cierto. Minutos, días o años, en los lugares más bellos, o más extraños. O riesgosos. Los terremotos en Keinatón. Las revueltas en Tieri (los nativos pronuncian Tiewri, y la ere es de un sonido tan suave que casi se adivina).
      La vida termina, más temprano o más tarde, para los estacionarios y para nosotros también, pero la misma cantidad de granos de arena cae para todos en el conteo del tiempo de nuestras vidas. Años más, años menos. Lo que importaba, al menos para mí, y al menos en esa época, eran las visiones. Cada viaje era una joya que guardaba en el reluciente arcón de mis memorias. Las estrellas, los planetas, la gente. Todo me hablaba en esa época, con voces múltiples y diferentes. Aún ahora me hablan, pero me dicen casi siempre lo que espero escuchar.
      —¿Todo estuvo bien, entonces? —me preguntó Casals, revisando su monitor.
      No le respondí, ya lo vería en la bio. La pregunta era una vieja broma nuestra. ¿Cómo explicar los sucesos de dos años en una respuesta intrascendente, hecha para no ser escuchada? Además, tuve miedo de romper el hechizo de esos ojos felinos que, increíbles y reales al mismo tiempo, me miraban.
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      Tomé su mano, y levantándome de la silla, la tomé de la cintura. Ella llevaba una ropa distinta a la que yo recordaba, unos pantalones cortos y sueltos. La túnica estaba en el piso, a un costado de la plataforma. Su torso estaba cubierto de un pelaje tan suave como lo había imaginado a veces en las noches de Ipsha. Mi anhelo durante las noches, y los días, de esos dos años había sido volver a sentir el roce de su cuerpo. Aquí estaba. Su silueta acoplaba perfectamente con la marca que había dejado en mi recuerdo. Mi corazón saltó hacia ella, y ya no volví a recuperarlo jamás.
      Casals volvió a la carga.
      —Terminó mi turno, ¿están muy cansados o vienen conmigo al bar?
      Juraría que mientras salíamos de la plataforma la oí ronronear.

Estuvimos en el bar, mirando las montañas lejanas a través de los ventanales. Afuera era invierno y nevaba. Adentro, en este edificio helado alrededor del cual planean los cóndores en los días de buen tiempo, siempre es verano. Hablamos y hablamos durante varias horas. Yo estaba cansado, pero no me importaba. Escucharla, y conocer qué era lo que se ocultaba detrás de esos movimientos líquidos y esos ojos de trigo transparente, era algo mágico.
      Ella era del tipo de viajero despreocupado, libre e insolente que, en algún otro tiempo, algunos hubieran catalogado de cínico. Pero no me confundía, no había en los ecos de sus palabras la amargura que da ese giro irónico a los pensamientos de una buena parte de los viajeros. Escucharla era observar a un gran felino, un tigre corriendo como el viento a través de una estepa. Sus palabras simplemente eran y contaban de las cosas que había vivido, tal y cómo habían sucedido, con la seguridad de que seguirían ocurriendo. Aventuras sobre las que en otro tiempo se hubieran escrito cantos, y que aún en estos tiempos extraños le daban a los estacionarios nuevos héroes. Unos que cambiaban el acceso a otras civilizaciones por vidas brevísimas en la cuenta de sus años.
      Nos contaba de una cacería con los nativos de Áizur, después de interminables correrías en los desiertos del planeta. Había abatido a la presa, ayudada por dos cazadores nativos. El rito involucraba que los matadores comieran parte de las vísceras del animal al pie de la pieza, hasta saciar su hambre. Luego, no podrían comer nada más del animal que habían ultimado y debían cederlo al resto de los cazadores. Después de dos días de ayuno y casi diez de comidas irregulares, ella estaba más que feliz de completar el rito. Una de las espinas envenenadas de la coraza protectora de la bestia la había herido.
      El veneno era mortal y, para los nativos, señalaba el toque de sus dioses sobre el Cazador, una figura mítica de sus leyendas. Alucinó durante dos días que era un gran predador cazando en el desierto, alimentándose de la carne de unos ciervos blancos que viajaban en manada por la sabana. Flores antiguas nacían entre las piedras que pisaba con sus garras. Su organismo modificado la salvó.
      La violencia de su relato me había inquietado. Se sentía inmortal, podía verlo en sus ojos y en los movimientos de sus manos mientras describía la cacería. Quizás lo fuera. Sonreí y la amé todavía más. Y deseé protegerla, aunque supe que jamás sería mía. Éramos de mundos distintos y nos separaba un abismo quizás mayor que el que se abría entre los viajeros y los estacionarios.
      Ya me había dicho que conocía el poema, y decidí jugar mi carta.
      —El amor de los hombres es pasajero, así como la muerte es larga —le dije.
      —Los tigres viven mil años, ¿no lo sabías? Y son tan feroces en su amor como cuando matan a sus presas.
      Y se rió con una carcajada plena y fresca como el agua de una cascada cayendo desde una pared de roca en la montaña. Casals casi no había intervenido en la conversación, pero sonreía y me miraba, un poco cómplice y un poco descreído de que pudiera ganarme a esta chica. Hubo un par de miradas entre mi Estrella Polar y yo que terminaron por convencerlo. Lo dejamos bien entrada la noche; un viento fuerte del sur había despejado el cielo y la luna asomaba entre los picos lejanos, rodeada por un círculo de frío. El círculo se cerró esa noche y mis dos años de espera terminaron.
      La seguí esa semana, todos los días y todas las noches, mientras ella me dejara. A veces desaparecía de improviso, aún cuando la tenía a mi lado. Más tarde la encontraba en el bar o en sus habitaciones, o en las mías. Fue una semana intensa que atesoro como una gema preciosa entre mis recuerdos, un tiempo en el que quise creer que yo también era inmortal. Pero las llamadas intermitentes de mi familia, mis padres desde Europa y mis hermanos desde Australia, me mantuvieron pegado a la realidad. No los veía desde hacía quince años. Para ellos mi partida había ocurrido unos pocos meses atrás. Me veían como un hombre joven y sin embargo yo me había ido de casa apenas un adolescente. Tres meses para ellos, más que una vida para mí.
      Todo era tan subjetivo, y a veces me parecía que ellos eran los verdaderos inmortales, tan ajenos a mí y más lejanos que los habitantes de los planetas que visitaba en mis viajes. Les había mandado por correo algunos recuerdos y eso me hacía pensar que, de alguna manera, no estábamos tan lejos. Con esas pequeñas chucherías intentaba cruzar un espacio que yo mismo no iba a atravesar en mucho tiempo.

Los amigos que Elena frecuentaba eran bastante diferentes de los de mí círculo, entre los que se contaba Casals, más estacionario que viajero; algunos otros diplomáticos y aún unos pocos comerciantes. Su gente era de una naturaleza totalmente distinta. Eran jóvenes y en sus miradas se adivinaba la profundidad del universo, y las múltiples vidas que habían encarado en cada mundo que visitaran. Sus misiones eran, en general, breves. Estaban los que viajaban también por turismo, o por la curiosidad que otras culturas les despertaban. A veces andaban en grupo, a veces vagabundeaban solos; eran de los pocos que salían al exterior del edificio durante el crudo invierno e iniciaban cada tanto travesías hasta las montañas que se veían en el horizonte.
      Los trajes térmicos protegerían al cuerpo del frío; pero las extensiones heladas, el desierto de nieve y los glaciares que rodeaban las montañas herían el alma y la mente. Ellos eran jóvenes y fuertes y eso no les importaba. O no verían en ese desierto lo que yo veía, un reflejo de mi propia vida; extensa, infinita, desierta. Aún hoy me cuesta comprenderlos, viéndolos todavía: a aquellos con los ojos de mi memoria; y, frente a mi ventana, a los que hoy compiten en majestuosidad con los cóndores. Pasan ahora delante de mis ojos de viejo, sobrevolando con sus planeadores la torre helada, diez años más tarde, noventa años después.
      La perdí en uno de esos vuelos. Desde la terraza del edificio, única estructura en cientos de kilómetros a la redonda que rivalizaba en altura con las montañas lejanas, sus amigos descendían en planeadores o trajes de vuelo autónomos hasta la planicie desértica que en invierno se cubría de nieve. Los vientos implacables hacían del descenso una actividad riesgosa que ellos disfrutaban intensamente. Entre los anillos de las barreras de energía, alrededor de los pisos de transporte, los trajes brillantes de los voladores desafiaban las leyes de gravedad en giros imposibles y transformaban cada vuelo en un espectáculo visual.
      Yo quería hacerla feliz, y me pidió que saltara con ella desde la terraza. El mayor riesgo, utilizando los campos de protección, era de un aterrizaje agitado y algún magullón de poca importancia. Decidimos que saltaríamos con los trajes de vuelo, en vez de usar los planeadores.
      —Vas a sentirte como un cóndor —me dijo mientras los probábamos y el técnico me explicaba cómo sería el aterrizaje.
      El sistema de guía del traje se encargaría de llevarme hacía la plataforma. Yo tendría un grado de maniobrabilidad limitado, pero me entusiasmé pensando que quizás podría intentar alguna de las acrobacias que había visto. Cerca de la plataforma, el aterrizaje era amortiguado por un campo de resistencia poco denso y entrar en él sería como nadar bajo el agua. Pocas cosas han cambiado en estos diez años en el sistema de vuelo. Excepto, quizás, que yo he cambiado y ya no me atrevería a saltar. Que tengo noventa años más y soy más cauteloso con mis entusiasmos; pero eso me lo enseñó el tiempo, no mi Estrella del Norte. En ese momento ardíamos con más luz que la que daban por las noches los campos de energía alrededor del edificio.
      Cuando me sostuve colgando de la barra, balanceándome al costado del edificio gigantesco con las alas del traje desplegadas, me sentí inmortal. Me sentí omnipotente, un cóndor o un águila. Mi Estrella del Norte a mi lado, riéndose a carcajadas. El viento se frenaba alrededor del campo y, en el momento en el que decidí soltarme, sentí cómo el silencio absoluto se materializaba frente a mis ojos en el paisaje desértico de la planicie (aún me acuerdo del exacto momento en que perdí el contacto con la saliente del edificio, el silencio vuelve a rodearme y el recuerdo me asalta los brazos y no puedo evitar abrir las manos, como si ahora mismo repitiese la caída).
      Una eternidad de distancia me separaba de la tierra. Las alas se movieron con voluntad propia y luché para mantenerme suspendido unos momentos, esperando por ella.
      Elena brillaba. El campo de protección del traje reverberaba la luz del sol y despedía una miríada de pequeños haces de luz a su alrededor. En ese momento creí en el amor y renuncié a la muerte.
      Mientras pasaba a mi lado me gritó, a la vez que sus alas se desplegaban.
      —Vine de ninguna parte y seré siempre fuerte, veloz, eterna...
      Vi cómo apagaba el campo de seguridad, pero no me preocupé por ella. Éramos jóvenes espíritus del viento y la fuerte corriente revolvía su pelaje en la caída, dándome la impresión de que realmente estaba volando por voluntad propia, que ella era la que guiaba la voluntad del viento. Cruzamos nuestras trayectorias varias veces, casi rozándonos las manos. Se dirigió hacia el edificio y, cuando empezó con los giros cerrados sobre los anillos de energía, ya no pude seguirla. Simplemente me dejé llevar, intentando retrasar el acercamiento a la plataforma. Miré hacia las montañas y luego busqué a mi alrededor otros voladores.
      Había dos cóndores, uno de ellos descansaba en una de las salientes del edificio, indiferente a la cercanía de los anillos de energía y de los intrusos humanos. El otro giraba en círculos amplios, con sus alas extendidas, mirando hacía la planicie en busca de alimento. Ambos eran majestuosos. Sobrevolé la saliente y pronto me encontré sobre el que volaba. Me imaginé que mi propia sombra se proyectaría en el suelo, a cientos de metros por debajo de nosotros, cercana a la suya. Un caminante solitario no podría distinguir una de la otra. Mirando hacía arriba vería sólo a dos grandes predadores, trazando círculos lentos como signos en el cielo. Y sentiría miedo del significado de esos signos. Grité, o canté, no lo recuerdo. El cóndor voló más alto y tampoco a él pude seguirlo.
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      Y, siguiendo con la mirada al cóndor, la encontré a ella. Estaba suspendida en el aire, sustentada por el choque del viento contra sus alas. Era una nota de música, sostenida a través del tiempo. Y el tiempo se detuvo, y mi corazón se congeló entre dos latidos. Elena plegó sus alas y se dejó caer en picada, cabeza abajo, con los ojos cerrados y los brazos rectos a los costados del cuerpo. Me quedé quieto, mirándola caer, sin poder hacer nada más que admirar la belleza terrible de su caída. Pasó a mi lado sin verme. Supuse que a la velocidad que iba no demoraría más que algunos segundos en llegar al suelo. Intenté seguirla, aunque la idea de su destrucción me pareció inevitable.
      La intensidad en la expresión de su rostro me fascinaba. En todos estos años no he visto tal goce reflejado en una expresión, o no he querido volver a verlo. Si el viento tuviera un rostro que reflejara su espíritu, sería el de Elena mientras caía. Pero unos cientos de metros antes de llegar a la plataforma maniobró, separando los brazos del cuerpo mientras abría lentamente las alas del traje. Su caída se transformó en una curva ascendente que la ubicó en una línea paralela al suelo, reduciendo su velocidad. Terminó sumergiéndose suavemente en la plataforma y aterrizando en una carrera lenta, frenada por la densidad del campo de protección. Me hubiera gustado que sus ojos me buscaran en ese momento, pero no lo hicieron. Dejó el equipo de vuelo en el hangar y, mientras yo completaba mi descenso, la vi volver al edificio en un jeep. Más tarde, cuando regresé a buscarla, Casals me contó que Elena había salido en otro viaje al Cuadrante Uno, sin fecha prevista de regreso.

Ella tiene ahora unos pocos años más que entonces. Más de noventa han pasado para mí. Ambos hemos vivido intensamente, creo, pero en diferentes mundos, y los mares del tiempo y los abismos del espacio nos han separado ya definitivamente. Pero mi corazón y mis ojos aún buscan en la noche el recuerdo de mi Estrella del Norte. Quisiera haber quedado ciego ese mismo día, en el que me creí inmortal como los tigres y los cóndores salvajes.


Laura Nuñez

Laura es argentina, vive en el barrio de Palermo, de la ciudad de Buenos Aires. Es experta en Seguridad Informática. Explora en este cuento la magia y la sensualidad que vemos en los grandes felinos, con un hermoso lenguaje y con un clima que recuerda, en algunos momentos, al gran maestro Cordwainer Smith, un gran amante de los gatos.


Axxón 126 - mayo de 2003
Ilustró: Luis Di Donna


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