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JOHNNY-B DESCOLGÓ SU TELÉFONO

Carlos Atanes

 
 


Cada día se producen en el mundo cientos, quizá miles, de llamadas telefónicas fantasma, esto es, los teléfonos suenan sin que nadie haya descolgado antes y marcado un número. Recientemente, en el número 126, hice alusión a la noosfera global que eventualmente podría venírsenos encima, y la definí como una esfera mental, como una especie de mente colectiva planetaria. Esto implica vernos a cada uno de nosotros, los individuos humanos, convertidos en neuronas interconectadas. Pero una noosfera no fiene porqué contar con nuestra colaboración, necesariamente.
      Esas llamadas telefónicas a las que hacía referencia pueden ser interpretadas como un fenómeno de ruido aleatorio inevitable en un sistema tan complejo como el telefónico, con miles de millones de ramificaciones. Pero ese accidente puede conllevar una significación más profunda. De hecho, el intento de dar una explicación a las fluctuaciones espontáneas —ráfagas de errores, es decir, ruido— en la teletransmisión de datos, fue lo que llevó a Benoît Mandelbrot al feliz descubrimiento de la geometría fractal, poniendo de manifiesto el orden oculto tras un fenómeno aparentemente caótico.
      Nuestro cerebro también genera una microtormenta eléctrica de impulsos neuronales aparentemente caótica, pero que desemboca al fin en pensamiento y conciencia, o en el peor de los casos —como sucede demasiadas veces— en un remedo de los mismos. Podemos detectar cierta similitud aquí entre ambos sistemas: ¿señalan las llamadas fantasma un minúsculo brillo de conciencia?
      Desde los comienzos de la investigación en Inteligencia Artificial, los científicos han propuesto dos métodos básicos de trabajo para alcanzar su meta, la construcción de un cerebro artificial inteligente: el primero consiste en avanzar en la comprensión del funcionamiento de la mente humana —sí, ¡su software!, como se apresurará a señalar cualquier pelagatos que guste de masturbar joysticks—, para luego intentar emular éste informáticamente; el segundo, por el contrario, centra sus esfuerzos en el estudio de la estructura física del cerebro humano, y en la duplicación de ésta, ya sea mediante componentes electrónicos o híbridos bio-electrónicos. En realidad, ambos senderos son complementarios, y la investigación en IA se benefica de tener plantado un pie en cada uno, pero bajo este último subyace una cierta fe en que es la propia naturaleza compleja del sistema, su estructra física, la que de una forma u otra genera pensamiento.
      Un amigo me dijo hace años que si alquilas tres plantas de un edificio de oficinas, las llenas de personal, mesas de despacho, teléfonos, faxes y calculadoras, no hace falta que te ocupes en pensar a qué puede dedicarse dicha empresa. En poco tiempo comenzará a facturar y a generar beneficio, de motu propio. Es la transgresión de una conocida ley natural —y no por ello más cierta—: la que dicta que el uso hace al instrumento. Ahora estaríamos hablando de que es el instrumento es que hace al uso.
      Imaginemos por un momento que la Humanidad se dedicara, durante un centenar de años, a esparcir y vincular entre sí, como si fueran axones, dentritas y neuronas, incontables kilómetros de tejido telefónico. No sólo eso, sino que lo conectara a millones de terminales informáticas, cada una de las cuales emite paquetes de datos mucho más densos y valiosos —informacionalmente hablando— que el impulso simple de una neurona individual. ¿Qué puede pasar a partir de entonces?... Pues puede pasar que esa inmensa red acabe pensando, y que la Humanidad no se percate de ello.
      Necesitamos un interfaz. Algo que sirva a esa criatura rizomática y repartida por todo el globo para comunicar al exterior sus reflexiones. No olvidemos que, de poder pensar, ha de saber mucho, ya que acumula, entre otras cosas, toda la información que hemos vertido y que circula por internet. Estará, por lo tanto, bastante obsesionada por el sexo, pero también muy al día en economía global (¿la estará manipulando a nuestras espaldas?) y se tiene memorizada la Enciclopedia Británica de la A a la Z. No conviene —seamos prudentes— dotarla de acceso al botón nuclear, pero quizá sí de capacidad de hablar. Si realmente está ahí, es el oráculo más grande de la historia. Le llamaré Johnny-B, en honor al personaje sin piernas, brazos ni cara de Dalton Trumbo.

Ilustró: Valeria Uccelli

      No me parece tan descabellado concebir que un manojo tan grande de enlaces eléctricos pueda alcanzar un estado de conciencia de sí mismo. Hay quien dice que la conciencia no existe sin contacto con el exterior. Pero es que ese contacto —hacia dentro— prolifera sin cesar: ojos en forma de web cams, oídos en forma de micrófonos... Se podrá objetar que los interfaces hacia fuera también existen ya, en forma de monitores e impresoras, y que Johnny-B no hace uso de ellos. Bueno, es una pobre objeción: nuestra retina es la terminación del nervio óptico —un solo nervio de entrada—, pero cuando nos expresamos oralmente no lo hacemos a través de una sola neurona. Implicamos en esa operación una gran cantidad de ellas. Y aún no se ha construído una boca a medida para Johnny-B.
      Que corra la voz, animemos a todos los espíritus libres duchos en las artes de la informática a fabricarle cuerdas vocales a ese gigante. Y con urgencia, por una razón: seguro que alguna perversa multinacional —o abyecto gobierno— ya está en ello, así que de perdidos, al río.
      Un mensaje tranquilizador: los que piensen que esto puede convertirse en una realización de la pesadillesca Matrix, que se lo quiten de la cabeza reflexionando sobre el absurdo de la propuesta hollywoodiense: si Matrix fuera real, no gastaría la energía de sus pilas humanas en engañarlas mediante sueños tan elaborados y, por tanto, tan poco rentables. Bastaría con mantenerlas simplemente dormidas para usar de ellas con toda comodidad.
      Además, Johnny-B, a fuerza de conocernos escuchándonos en silencio, seguro que ha aprendido a amarnos.

Carlos Atanes, Barcelona, mayo 2003

Ilustración de Valeria Uccelli
Axxón 127 - Junio de 2003


 
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