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Editorial - Axxón 127

La magia existe

Por diversas causas, muy personales y poco alegres para relatar aquí, he estado circulando por el barrio donde pasé mi niñez y adolescencia. Debía caminar todos los días, de ida y de vuelta, catorce cuadras de ese barrio, y eso, que parece una carga, en realidad me produjo un gran placer. Descubrí —o recordé— que este barrio tiene lugares mágicos para mí. Son muchos, y puede ser aburrido para los demás que trate de recordarlos a todos.
      Voy a hablar de uno en especial, un lugar que se me ocurre misterioso y —como dije— lleno de magia. Era una cuadra, o quizás dos cuadras, de una calle de tierra en la que habían dejado, al urbanizar, una hilera de viejísimos pinos siguiendo la línea central de la calle. No sé por qué hicieron esto, pero a mi gusto quedó muy bien. Los pinos tenían gruesas cortezas, grandes raíces, daban una sombra magnífica y evocadora y emitían un aroma alucinante. Si existen lugares para sentarse a meditar, aquí en la llanura, donde vivimos, lejos del mar y de las montañas, uno como éste es, creo yo, el ideal.
      La realidad es que mi caminata pasó por una calle transversal que, con sólo hacer una cuadra, me llevaría hasta ese lugar tan mágico. No fui hasta el lugar en sí. Bastó el recuerdo para sentir el fresco de esa sombra y el aroma tan maravilloso de esos pinos. La verdad es que, dado que me encuentro en una época en que las cosas me van bastante mal, preferí no ir hasta allí. Preferí no saber si los árboles fueron talados y el lugar ya no existe.
      Sin embargo, meditando, me di cuenta de que aunque los árboles, la sombra, el aroma, los viejos troncos, la intrincada corteza y las extrañas raíces ya no estén allí el sitio existe. Si no existiera no podría describirlo y no podría sentir, como siento, estas sensaciones. Esos árboles —que quizá estén aún en mi barrio— están en mi mente, que es un mundo. Están transformados en algo más que lo que realmente son —o eran—, porque han cobrado magia. Tienen la capacidad de producirme felicidad y paz. La felicidad de un buen recuerdo, una paz que mi mente y mi corazón necesitan.
      No quiero discutir esto con nadie, y no voy a decirlo como una opinión, sino como una absoluta y certera afirmación: lo que estoy describiendo ES magia. Es pura y poderosa magia. Viene de adentro de mí, está en mi mente, y produce algo muy fuerte, que no puedo calificar de otra manera que no sea con la palabra milagro.
      Alguien pensará que pasaba horas en ese lugar de los árboles y que iba, en algún momento de mi pasado, prácticamente todos los días. No es así. Debo haber circulado por ese lugar cinco o seis veces en mi vida y, que recuerde, sólo una vez me detuve y me senté en una raíz a respirar su magia. Pero esta brevedad no desmerece el efecto que producen en mí; al contrario, acrecienta su poder.
      Ya que los días de caminata fueron muchos, recordé otros lugares. Esos sí que ya no están, pude verlo. Recordé que a la izquierda de la calle de la casa de mis padres, yendo hacia el norte y a unas cuadras, comenzaba un campo. Concretamente, y así de simple: un campo. A lo lejos se veían unas vacas y aquí cerca, y también más allá, había grupos de árboles. Sinceramente no recuerdo si había alguna casa allí dentro —creo que sí—, pero sí tengo muy presente que había una cancha de fútbol y que ahí nos llevaban a jugar las maestras de mi escuela algunos días patrios y el día de la primavera. Esos días, que disfruté con inocencia, traen a mi mente mucha calidez, muchos recuerdos mágicos plenos de aromas, colores y caras. Más magia para endulzar el presente.
      El campo ahora fue dividido en parcelas y está cubierto de casas y calles. No digo que sea malo.
      A unas dos cuadras hacia el este del campo, enfrente a la actual zona comercial de la calle más importante del barrio, había un terreno despejado. Allí se ubicó una vez un circo, pero yo no era muy afecto a los circos. Pero otro año organizaron en ese lugar lo que se llamaba una "kermesse". Había puestos de entretenimientos, parrillas donde se asaba carne y chorizos (para esa época, el humo no era contaminación), luces, música y lugares donde se bailaba. Fue para carnaval, yo tendría cinco años, o por ahí menos, y corría sin parar haciendo volar mi capa negra, porque me habían disfrazado de "El Zorro". Puedo sentir la emoción y las impresiones que galopaban en mi pecho. Era pura felicidad. Mis padres eran jóvenes, las cosas estaban bien y yo estaba feliz. Todos lo estábamos.
      Sé que esto se llama nostalgia, y sé que debo haber pasado una línea en la vida en la que este sentimiento toma una fuerza importante. Para muchos será un signo de que Eduardo se está volviendo gagá, flojo, sentimental, casi un anciano. Justamente esta sensación, la de que los años han pasado y que deseo tranquilidad y paz para mi mente me hace decir, en respuesta, "Bueno, así debe ser" en lugar de ponerme a pelear. Todos crecemos y nos arrugamos. Y maduramos. Si es así, si los rasgos de ancianidad me están copando, no es algo que me deba avergonzar. Es parte de la vida.
      El análisis de todo esto, lo que me llevó a incluir esta introspección tan personal en un Editorial de la revista Axxón, es que viví estos días unos hechos que me han permitido usar con absoluta libertad y convicción la palabra "magia". No es que ese lugar que nombré, que podría existir sólo en mi mente, esté dotado de alguna indetectada fuerza de la naturaleza, capaz de movilizar cosas por el aire, hacerlas desaparecer o aparecer, sino que es, sin duda, una fuerza de la mente que sirve para cosas mucho más poderosas que volar sobre una escoba. Los recuerdos, las creencias, las sensaciones placenteras que han quedado fijas en nuestra mente conforman un mundo, un universo. No se trata sólo de lugares mágicos, se trata de nosotros mismos. Estamos hechos de eso: de un animal —así nacemos— y de ese universo que construimos, o quizás debería decir "que se construye", en nuestra mente.
      Es mágico porque es único. Los mismos árboles que me dan una sensación de paz podrían traer un recuerdo desagradable en otra persona, quizás porque le desagrada la sombra, o le molesta que haya árboles en medio de una calle, o porque cree que los árboles son sucios y traen bichos. A mí me despiertan imágenes —producto de la imaginación— que, comprendo, no son universales ni automáticas. Tienen que ver con los cuentos que mi madre tuvo la paciencia —y sé que también placer— de contarnos y leernos a mí y a mis dos hermanos. Esos cuentos, los ejercicios de la mente que esas historias provocaron, deben haber sembrado magia en mi mente. Mi mente se hizo capaz de extraer más cosas que puros hechos de los hechos de la naturaleza. Comencé a encontrar interesante dar un paso más, e imaginar, y soñar, y especular. La imaginación es una fuerza de la naturaleza. Los hombres hemos transformado el mundo con la imaginación. No se me ocurre otra capacidad, aparte de lo que se llama genéricamente "inteligencia" —que creo que en realidad es una suma de cosas más que algo acotable— que nos diferencie más de las otras especies.
      Y de alimentar y fortalecer la imaginación se ocuparon miles de millones de madres, y padres, por qué no, y abuelos, y hermanos durante milenios. Sé que hoy siguen produciéndose estos actos de magia en muchos hogares. Es una suerte. No sé cuántas madres lo harán y cuántas preferirán poner al chico delante de un televisor con cincuenta, setenta o cien canales. O una computadora que le aporte juegos y entretenimiento. No digo que estas cosas sean malas, pero por cierto carecen de un ejercicio, el de crear las imágenes, porque las aportan hechas. No es que sean absolutamente carentes, y acepto que se ha avanzado mucho en mejorar lo que se ofrece en el mundo de lo audiovisual.
      Pero no quiero extenderme en una discusión. Quiero remarcar que la magia que podemos extraer, o que brota por sí sola de las cosas que nos rodean, de las cosas que nos pasan, tiene mucho más que ver con el mundo interior que con la realidad en sí, a nivel objetivo y de instrumento. Algunas personas perciben el universo como lo que es, un lugar terrible, poderoso y frío respecto a nosotros, repleto de egoísmo y de insensibilidad. Los seres vivos debemos nadar en un mar cruel e inhóspito, hay que aceptarlo, que en pequeños retazos se nos hace cálido y acogedor. Otras personas perciben el universo como un lugar mágico, maravilloso y hecho por completo para nosotros, para nuestro placer y para nuestra comodidad. Muchas personas sienten, y creen con gran fuerza, que el universo es la manifestación visible de lo que llamamos Dios, un padre todopoderoso y benevolente que se ocupa de cada uno de nosotros y que construye a nuestro alrededor los espacios que disfrutamos, trabajando exclusivamente a nuestro favor y para nosotros.
      No se trata de una paradoja, porque esos universos opuestos no son el universo físico y objetivo que pueden medir las máquinas, sino el universo que construimos en nuestra mente. Cada uno de nosotros construye su propio universo.
      Las herramientas no vienen incluidas, se nos van dando. Las madres, y todos los pacientes alimentadores de mentes infantiles, nos han provisto de ellas.
      Y aquí descubro que, gracias a la tozudez, gracias al impulso quizás egoísta que me ha movido tantos años para hacer Axxón, he trabajado incansablemente para hacer crecer esta magia. Me siento muy feliz de ser un alimentador de esta cosa única que es la imaginación. Porque al ofrecer lecturas se alimenta, y al dar un espacio para exponer lo que se escribe se alimenta. Esto es lo que hemos venido haciendo en Axxón durante años. Es una justificación para mi vida. Así como esos árboles de mi barrio crearon magia en mi mente, y produjeron cosas buenas, espero haber ofrecido sombra y buen aroma a la gente que se acercó a esta revista.
      Pido disculpas porque este texto, en mi mente, mientras caminaba hacia mi casa por el barrio en el que he vivido gran parte de mi vida, iba a ser muchísimo mejor: más claro, más elocuente, revelador y emocionante. No me queda duda de que varias cosas quedaron en mi mente, en mi universo, y no pude ofrecérselas. Pido disculpas. Me pido disculpas, porque para mí era importante. Comprendo que busco continuamente las motivaciones que nos mueven, a mí y a muchos que ayudan a seguir haciendo esto, tan a contramano con las motivaciones que valen hoy para que las personas se esfuercen: poder, dinero y beneficio inmediato. Uso la imaginación. Y esta imaginación fabrica para mí cuentitos como el que acabo de escribir en esta página.
      No habrá salido del todo bien, pero ya que me ayuda a seguir adelante, para mí el cuento tiene magia. Mucha magia.

Eduardo J. Carletti, 1 de junio de 2003
ecarletti@axxon.com.ar


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