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El Gaucho de los Anillos

La comunidá del anillo
Capítulo 8

Con un barullo e’ gallinas,
perros, pingos y batracios,
jue despertando despacio
y al levantar la cabeza,
se vio el Frodo en una pieza
que parecía un palacio.

En vez de arriba de un catre
estaba tirado manso
en colchón e’ pluma e’ ganso,
que la verdá que era un lujo.
¡Y ahí al lao estaba el brujo,
cuidandoló en el descanso!

“¡Te despertaste, gurí!
¡Ya me estaba priocupando!
Pasarse tanto roncando
no hace bien a la salú,
y más si hasta el caracú
te agujerió el otro bando.”

“¡Sos vos, Gandalf!”, se alegró
de verlo al mago el petiso.
“¿De los malos qué se hizo?”
“No les des más importancia;
estás a salvo en la estancia
de don Elrondo el mestizo.”

“¡Nos cansamos de esperarte!
¿Qué te vino a demorar?”
“Eso es largo e’ relatar,
otro día te lo cuento;
lo que me pone contento
es que hayas güelto a sanar.”

“Porque usaron los nazgules
un cuchillo de un metal
que te queda en el ojal
y si naides lo sofrena,
te convierte en alma en pena
de trasparencia espetral.”

“Pero ya bien te curaron
los dotores orejudos.
Ni siquiera un estornudo
te dejaron pa’ quejarse,
ansina que ¡a levantarse!
Seguir echado es al ñudo.”

Siguió el consejo del mago
cuando un poco se compuso.
De ya no verlo cachuzo
lo saludaba el gentío.
¡No viera cómo se puso
cuando lo encontró al tío!

Jueron a matiar un rato
pa’ conversar de sus cosas.
Frodo vio el agua espumosa
cuando Bilbo le cebaba,
porque tenía la pava
con las manos temblorosas.

Él, que vendía salú,
ahura estaba hecho un bichoco.
Parecía cosa e’ locos
que estuviera tan vencido,
como si hubiera cumplido
cien años más en tan poco.

Y como el Bilbo a la idea
la tenía siempre fija
sin aflojarle manija,
no se demoró en decir:
“M’hijito, te viá pedir
que me enseñés la sortija.”

Al Frodo esa petición
lo puso pior entuavía.
Al principio no sabía
si le hacía caso o no;
a la final aflojó
de tanto que le insistía.

Y al verla Bilbo a esa joya
que le dejó una honda huella,
esclamó: “¡Qué cosa bella,
si hasta parece mentira!”
mirandolá como mira
el borracho a la botella.

Guardó el Frodo la sortija
y le habló desconsolao:
“Asigún me lo han contao,
esto hace malo al más güeno,
y la verdá que me apeno
e’ verte ansina enviciao.”

Al escucharlo don Bilbo
le agarró una pena inmensa.
Quiso hacer una defensa
pero no le salió nada,
y le agachó la mirada
muriendosé de vergüenza.

“Lo que decís es verdá”
comentó apenao el viejo.
“Mañana se hace un consejo
ande ojalá se resuelva
que se la lleven bien lejos
y por acá nunca güelva.”

Y el Frodo le vio en los ojos
que le estaba hablando en serio;
aunque no juera un misterio
lo mucho que le dolía,
solamente ansí podía
zafarse del cautiverio.

Al rato se decidió
por seguir con el paseo.
Con los mejores deseos
lo dejó al tío en su pieza,
y lo siguió en su tristeza
el canto del bichofeo.

Estuvo pa’ entretenerse
conversando con los piones
y viendo los carretones
que pasiaban por la estancia
desparramando fragancia
e’ la cosecha e’ melones.

Pero no pudo olvidarse
por más que le puso ganas;
que no era asunto e’ jarana
esa situación penosa
de no saber qué otra cosa
podía pasar mañana.


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