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El Gaucho de los Anillos


La comunidá del anillo
Capítulo 11

Los de la comunidá
se pusieron en campaña
para cruzar las montañas;
pero dir al otro lao
de aquellos picos nevaos
iba a ser tremenda hazaña.

Lo mejor era cruzar
por el paso ’el Monte ’el Cuerno,
pero ahura que el invierno
les había cortao esa ruta,
tenían que dir por las grutas
por más que juera un infierno.

Marchando duro y parejo
se llegó la compañía
hasta una puerta que había
a la orilla e’ una laguna
que nada más se veía
si la alumbraba la luna.

Ahí se soltó don Guimli:
“¡Acá está la puerta e’ Moria!
Asigún cuenta la historia,
acá en un tiempo lejano
vivían muchos enanos
en medio ’el lujo y la gloria.”

Pero ahura hacía mucho
que la habían abandonao:
los enanitos cebaos
por darse la gran vidurria
cavaron con mucha angurria
y algo malino fue hallao.

Entonces les dijo el Gandalf:
“Hay que encontrar la palabra
para que esta puerta se abra.
No la sé, pero no dudo
que en el lenguaje orejudo
va a ser el abracadabra.”

“¿Cómo que no la sabés?”,
se encocoró el Boromir.
“¡Lo que tenemos que oír!
¡Si es pa’ golverse loco!
¡Justo a este brujo bichoco
lo teníamos que seguir!”

“¿Y cómo la vas a abrir?”,
el Pipino preguntó.
El mago le contestó
con un grito de enojao:
“¡Con tu melón, abombao!”,
y ahí la puerta se abrió.

“¡Cha que dar con la respuesta
con promesas de castigo!
Es verdá lo que les digo,
compañeros, creanlón:
pa’ los elfos el melón
más que fruta es un amigo.”

A andar por esos aujeros
se largó la compañía,
ande nunca se metía
ni un pedacito de sol,
y el Gandalf iba de guía
con el bastón de farol.

“Hay que andar con discreción”,
el mago ya había alvertido,
pero el Pipino aburrido,
nomás de puro curioso,
tiró una piedra en un pozo
haciendo un montón de ruido.

“¿Qué hacés, petiso abombao?
¡Te dije que no alborotes!
¡Adentro de ese marote
yo no sé lo que tenés!
Tirate vos otra vez
en vez de tirar cascotes.”

Pero llegó más barullo
y salieron rejucilos
por los cantos y los filos
de la Dardo y Glandrín;
se venía el orco ruin
y no era pa’ estar tranquilos

Los viajeros alarmaos
con el alboroto aquél,
se hicieron tuitos cuartel
en el fondo de la gruta
ande por la juerza bruta
quería meterse el infiel.

Por la puerta se asomaron
las cosas verdes y feas.
“Al huinca el orco cuerea”
dijo en dentrando el cacique;
ahí se vinieron a pique
y se largó la pelea.

Y empezó la compañía
a pelear echando espuma
como se defiende el puma
cuando se ve acorralao,
y a los de escracho pintao
les dieron hasta las plumas.

¡Y hasta los hobbits pelearon,
viera usté de qué manera!
Aunque altura no tuvieran,
no jue de pura chiripa
que al que muy cerca anduviera
se le cayeran las tripas.

Pero vino a suceder
que en medio e’ la mescolanza,
un orco con una lanza
al Frodo pudo llegar
y justo lo jue ensartar
en el medio de la panza.

Ahí el Sam lo pegó al grito:
“¡Amalaya, orco sotreta!
¡Con mi patrón no te metas!”,
y con la juria ’el bagual
se le vino el peón tan leal
y le hizo estirar la jeta.

Y por más que jueran muchos
los que a achurarlos llegaban,
la defensa jue tan brava
que endijpué nomás de un rato
el orco que no espiantaba
estaba en la quinta ’el ñato.

 

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