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F i c c i o n e s

SAGRADAS ESCRITURAS
Daniel Grau

Argentina

Bonzo imaginaba el dolor y la desesperación que debió soportar su padre cuando el aro de sumisión del beeper, puesto en nivel cinco por su amo, se le cerró sobre el cuello y la garganta se le partió en un crujido bajo el metal. Despertaba muy a menudo con los ojos humedecidos por ese sueño.
      Bonzo era fuerte, no muy robusto y con bastantes pelos sobre el cuerpo. La evolución había refinado a su raza, aunque conservaban el aspecto primitivo en sus facciones y sobre todo en la curvatura de sus espaldas, que los asemejaba a bípedos recientes, aunque en verdad no lo eran: los neandertales se habían erguido en los mismos tiempos evolutivos que la especie dominante, el Homo sapiens sapiens, pero sus rasgos no se habían transformado de manera tan acentuada como los de aquellos que reinaban sobre el mundo actual.
      En las épocas primitivas, los neandertales habían sido mejores observadores que estrategas, más eficaces en reacciones inmediatas que en acciones de largo plazo. Eran trabajadores empeñosos pero tenían poca inclinación por la exploración.
      Bonzo era un seudo-humano, un neandertal como tantos otros. Era común cruzarse con ellos en las calles de las grandes urbes, aunque casi siempre lo hacían siguiendo los pasos de sus amos Homo sapiens sapiens, el hombre moderno, por decirlo de otra manera.
      Tanto Bonzo como el resto de los de su especie tenían cerebro de mayor tamaño y cuerpo más pequeño que el Homo sapiens sapiens y sus capacidades intelectuales resultaban casi similares.
      En el proceso evolutivo de las especies, el Homo sapiens primitivo se había encargado de acentuar una característica que era propia del carácter de los neandertales, el aislamiento. Aprovechando esa debilidad natural, el Homo sapiens prevaleció con su manifestaciones culturales y descubrimientos, mientras privaba a los neandertales de dicha información. Esta situación había llevado a una profundización de las diferencias intelectuales de ambas especies y su respectivo desarrollo.
      Los neandertales eran de naturaleza menos sociable. Con familias nucleares muy unidas, sus redes de apoyo más allá de la familia habían sido más débiles. Tenían menos movilidad dentro de su ambiente, rasgo que le resultaría fatal, pues su vida sedentaria y aislada contrastaba con la de la otra especie, que los dominó sin demasiados esfuerzos.
      Bonzo tenía un dueño, Dick Kaufmann, que solía llamarlo con un sobrenombre. Lo llamaba Tor, y no en homenaje al dios del trueno, sino por la sílaba inicial de la palabra "torpe".
      A pesar del desprecio que los neandertales sufrían a diario de parte de los dominantes, sus labores resultaban útiles. Los hombres protagonizaban grandes pujas económicas para adueñarse de un esclavo, al que luego utilizaban para las tareas más rústicas y menos simpáticas de los quehaceres domésticos. Los remates se efectuaban vía Internet, usando catálogos especializados provistos de imágenes de los futuros sirvientes. Los catálogos de compra eran visitados electrónicamente, con anterioridad al remate.
      Dick había pagado una buena suma de dinero por el joven Bonzo. Hacía un año que le pertenecía y en ciertos aspectos lo cuidaba, ya que si a Bonzo le pasara algo no podía costearse otra adquisición. Los neandertales no abundaban y era muy bien visto poseer uno. Eso hablaba a las claras del poder económico del amo y, en una sociedad tan materialista y competitiva, resultaba un arma de seducción.
      Los esclavos neandertales carecían de libertad plena de desplazamiento, algo que no les causaba ninguna molestia, ya que de acuerdo con su naturaleza ancestral movilizarse les resultaba odioso y temerario. Según las leyes de dominación les estaba permitido acceder a los transportes públicos, fueran trenes, ómnibus o subterráneos, siempre y cuando su collar identificatorio estuviera en su sitio; esto indicaba que el neandertal estaba autorizado por su amo para trasladarse solo. Las fuerzas de seguridad podían chequear a distancia la autorización en el chip del dispositivo, caso contrario eran detenidos. El collar no sólo servía para ese propósito, era, además, un arma de persuasión. Estaba fabricado en magnesio de alta pureza, con un mecanismo interno de cilindros hidráulicos. El collar estaba compuesto de piezas semejantes a escamas de serpientes, que ante una orden electrónica se superponían unas sobre otras, reduciendo el diámetro del círculo. Los hombres solían manejar el ceñimiento del aro con un beeper de cinco posiciones, que aumentaba la estrangulación según la intensidad aplicada. De esta manera mantenían a raya a los sirvientes, por si éstos intentaban revelarse. Bonzo nunca había experimentado las posiciones cuatro y cinco del comando a distancia. La última, después de los diez segundos que tardaba el aro en cerrarse, era fatal.
      Dick Kaufmann tenía un amigo, era Taylor Hans, otro solvente ciudadano de la ciudad de Haltern, en Alemania, que también disponía de un neandertal, una hembra, a la cual Taylor le había concedido la libertad de escoger su propio nombre. Ella había adoptado uno que no le agradaba, al respetar la elección que había hecho su madre al llegar ella al mundo. La había bautizado Wanda y así la llamó hasta los últimos días, cuando la jovencita ingresó en la etapa de madurez sexual y fue separada de su madre y vendida a través de Internet. Ya llevaba cinco años al servicio de Taylor y no se quejaba.
      Taylor no estaba de acuerdo en que existiera una iglesia para humanos y otra para los neandertales, por eso no iba a las ceremonias y tampoco obligaba a Wanda a asistir. Dick, en cambio, era adepto a las costumbres religiosas. Bonzo también lo era.
      Dick tenía a su "Tor" por razones funcionales: para que lo sirviera. Taylor había adquirido a Wanda para lo mismo pero tenía una voluntad distinta en el trato. Él la trataba como a una hija, o por lo menos como a una sobrina que pasaba unos días en su casa, y respetaba su naturaleza, con sus gustos y costumbres, cosa que concedía siempre y cuando estuvieran en el hogar, lejos de miradas entrometidas. De lo contrario, los ojos discriminadores de los humanos no se limitarían en críticas y Taylor podía ser el blanco de ataques por permitir esas libertades a Wanda. Ella lo comprendía.
      En varias ocasiones, en la intimidad del hogar, Taylor había hecho de cocinero para agasajar a Wanda con una cena. También discutió con el sacerdote de su iglesia y desde entonces sus pasos nunca más se habían acercado a las casas de dios. Tampoco los de Wanda, que se plegó de buen gusto a la rebelión espiritual de su amo, cosa que Taylor también le permitió decidir.
      Sobre la calle principal de Haltern estaba la iglesia, la de los seres superiores y mejor evolucionados, la otra, para sub-humanos, en la calle opuesta. Como una burla arquitectónica o tal vez un propósito oculto y estudiado, ambos edificios se tocaban por sus fondos. Si existía comunicación interna entre ambos templos, era una cuestión que nadie fuera del ámbito religioso podía aseverar.
      Era mediodía de domingo. El calor apartaba a las personas de las calles. La mayoría de los ciudadanos estaban en la iglesia, unos por devoción religiosa y otros buscando amparo en la fresca sala del templo. Dick Kaufmann escuchaba con atención las palabras del sacerdote.
      —En estas épocas de cambios y descreimientos, la falta de fe está afectando al espíritu de los dominantes, producto de la deshumanización de las relaciones con el prójimo. Se generan confusiones, se pierde claridad. Es momento de reflexión sobre los roles que cada uno debe ocupar a lo largo de la evolución y que con sabiduría el creador ha asignado a cada especie. Leeremos unos párrafos de las sagradas escrituras.
      —Amemos —contestaron a coro un centenar de voces.
      —Jatar 123, El nacimiento de la especie dominante —leyó el sacerdote.
      Algunos abrieron sus libros para seguir la lectura del clérigo.
      —El creador dijo: "Que el hombre con alma se levante de la tierra y prevalezca. El creador vio que era bueno y lo dotó de inteligencia. Que camine y reine sobre la tierra. Y vio que era bueno. Que el hombre tenga una compañera. Y la mujer brotó del polvo y lo acompañó. Que haya sentimientos. Y el hombre y la mujer se amaron. El creador vio que era bueno y ordenó que pueblen la tierra con el fruto de su amor".
      —Amenos. Te alabamos creador —dijeron a coro.
      —El creador dijo: "Amen a su prójimo y eviten su dolor. Vio que era bueno y el hombre caminó por el reino en paz. El creador vio que no era bueno que el hombre y la mujer estuviesen solos y creo nuevas especies, y las otras especies evolucionaron y acompañaron y sirvieron al hombre y la mujer". Es palabra de Dios.
      
—Te amamos, señor —dijeron.
      —Que el creador sea con todas las almas evolucionadas de esta tierra. Ahora podéis iros en paz —dijo el clérigo, cerrando el libro sagrado.
      La ceremonia concluyó y cada cual marchó hasta la calle. Se quedaron en pequeños grupos, conversando, en la entrada de la iglesia, esperando el regreso de sus esclavos.
      El culto de los neandertales aún continuaba. Se había iniciado con demoras debido a que uno de los fieles estuvo desvanecido unos momentos en la iglesia y el oficio religioso se interrumpió hasta que el esclavo recobró el conocimiento. No era frecuente, pero sucedía, que sus amos no se limitaran al uso del collar como escarmiento y recurrieran a prácticas de sometimiento menos sofisticadas, como los golpes de puño y objetos contundentes sobre los esclavos. Era una forma de poder muy propia de la naturaleza humana y su aplicación les resultaba más satisfactoria que los ingenios electrónicos. Los neandertales no podían defenderse, ni evitarlo. Una actitud así llevaba a una muerte casi segura por desacato, o, en el mejor de los casos, fijaba un precedente que el amo no olvidaba con facilidad.
      El neandertal desvanecido, luego de recuperarse, presenció la ceremonia sentado y en silencio. Las marcas en el rostro y el cuello evidenciaban el castigo. Bonzo lo siguió con la vista durante todo el oficio.
      Otras leyes regían las penas y castigos de los sub-humanos y no era extraño que cada tanto alguno fuese ejecutado. Tampoco tenían acceso a instrucción más allá de las cuestiones básicas del conocimiento y a lo que les enseñaban sus madres de crianza.
      Los neandertales podían aparearse con el consentimiento de sus respectivos amos. Si la concepción era exitosa, la criatura debía permanecer con la madre hasta la edad del despertar sexual y como propiedad compartida de ambos humanos, que por lo general se repartían las ganancias de la venta cuando llegaba el momento. Aunque el negocio para los humanos era a muy largo plazo, éstos estaban comprometidos a cumplir, dos veces como mínimo en la vida de su esclavo, con el apareamiento de los neandertal. Era una manera de no extinguir la especie y para su estricto cumplimiento, cada uno de los humanos tenedores firmaba el respectivo contrato de obligatoriedad.
      Bonzo escuchaba en silencio el servicio oficiado por el sacerdote neandertal. Era la única función instruida que se les permitía.
      —... es voluntad de dios —dijo el clérigo de mandíbula retraída, lóbulo occipital amplio y buena dicción.
      —Haremos, haremos —repitieron todos.
      —Dios dijo: " Sirve al hombre y me estarás sirviendo a mí. Acompaña sus pasos y yo caminaré contigo y tuyo será el reino de los cielos". Es palabra de Dios.
      —Te servimos, señor —repitieron.
      —Ser humildes y reconocer la voluntad del creador es nuestra misión. Así heredaremos la salvación y podremos ser servidores en el paraíso por toda la eternidad. Es nuestro destino.
      —Te servimos, señor —dijeron a coro.
      —Y ahora... podéis marcharos en paz.. Recordaros que Dios conoce a cada uno de vosotros y os llamará por vuestros nombres para que rindáis cuentas frente a él, el día de los premios y castigos, que pronto llegará.
      Los neandertales se golpearon con ambas manos sus propias cabezas en forma compulsiva, como una forma de demostrar que la palabra de Dios ya era parte de sus mentes. Habían incorporado las ideas y el sacerdote hizo una mueca de complacencia.
      Dick lo vio desde unos metros de distancia. Su rústico sirviente caminaba por la calle principal en dirección a él. Con su paso torpe, no dejaba de sonreír haciendo gala de una satisfacción inusual. Para Dick, una mueca que sólo le podía otorgar la sensación de sentirse con Dios.
      Ambos se reunieron en medio de la acera. Se miraron en silencio, Dick le hizo una seña con la mano para que lo siguiera y emprendieron la marcha.
      Bonzo caminaba cerca de Dick, pero ligeramente tras él, como signo de respeto. Se dirigieron por la calle principal. Dick debía retirar unos paquetes en la oficina local de correos.
      —¿Cómo te ha ido hoy, Tor? —preguntó Dick.
      —A Bonzo le fue... ˇcerca de Dios!
      Dick se distrajo unos segundos al tomar conciencia de que al ser domingo la oficina de correo estaba cerrada.
      —Sí, claro. Estás cerca de Dios y será mejor que dures así el resto de tu vida, de lo contrario... —se cortó, meditando sobre las actividades del día, y prosiguió:— Como te decía... Sé bien obediente, Tor, te conviene.
      —Soy Bonzo.
      —¿Y qué? —dijo Dick, deteniéndose con brusquedad. El sirviente lo imitó y se cubrió el rostro con ambos brazos intuyendo un golpe—. ¿Qué bicho te ha picado? Ya sé que eres Bonzo.
      —Amo me dice Tor.
      —¿Y qué con eso? Soy tu dueño y puedo llamarte como se me ocurra. Parece que la ceremonia te altera en lugar de calmarte. Debes ser más sumiso, Tor.
      —Soy Bonzo... soy Bonzo.
      Dick se detuvo otra vez, giró al costado y apretó la tecla señalizada con un "dos" en el beeper. Se contuvo de marcar un cuatro, como si quisiera ahorcar a su sirviente de una bendita vez. El collar se contrajo con un zumbido metálico. El neandertal levantó su quijada para evitar el dolor y sobre todo para que pasara algo de aire por su tráquea.
      —Mírame bien —dijo Dick, escrutando con ira los ojos del sirviente y sujetándolo con firmeza de los largos cabellos de su cabeza.
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      —Ammmo... duede. Duede.
      —Y te va a doler más si no me obedeces.
      —Bonnnnzo, buedo.
      Dick volvió la vista hacia el control que estaba en su mano y oprimió el botón verde. El collar cedió al instante y Bonzo llevó sus manos instintivamente al cuello al sentir que el aire otra vez le inflaba los pulmones. Dick guardó el control en el bolsillo y reanudaron la marcha.
      —¿Cuál es el problema de que te llame Tor? —dijo Dick con naturalidad, como si dos segundos antes nada fuera de lo común hubiese ocurrido—. ¿Acaso sientes orgullo de tu nombre? —prosiguió Dick.
      —Dios conoce a Bonzo. Dios no conoce a Tor.
      —¿Y eso? ¿Qué me quieres decir con eso?
      —Dios quiere hablar con Bonzo.
      —¿En la iglesia te dijeron eso?
      —Sí, amo.
      —Ya hablarás con Dios cuando te mueras —dijo Dick, con el ánimo de terminar el diálogo.
      —Dios no conoce a Tor. Pronto Dios llama a Bonzo y a todos para viaje al cielo.
      —ˇAh! Déjame entender. Tienes miedo de que Dios no te reconozca cuando llegue el momento de la rendición de cuentas. Y qué él piense que eres Tor y no Bonzo.
      —Sí, Dios quiere hablar con Bonzo. No conoce a Tor.
      —Puedes quedarte tranquilo. Dios sabe muy bien quién es cada uno y cómo se llama. Yo te llamo Tor, pero Dios no se confundirá, él sabe que eres Bonzo. Así que ahora acabemos con estas cosas y haz silencio, que tengo que pensar.
      —Sí. Sí amo.
      Por la calle principal caminaban Taylor Hans y Wanda. Traían unos paquetes del mercado. Bonzo aguzó la vista con disimulo, intentando enfocar mejor la bella figura de Wanda, que se aproximaba a ellos. Dick Kaufmann lo miró de reojo y percibió que su neandertal tenía un brillo especial en los ojos.
      —¿Te agrada Wanda?
      Bonzo lo miró y apenas atinó a una sonrisa, que rápidamente cubrió con su mano peluda.
      —Tal vez... si te portas bien... podría hablar con Taylor y... quién te dice —dijo Dick, alargando la frase para medir la reacción de Bonzo.
      —Tor quiere. Tor bueno.
      —ˇAja! ¿Así que Tor bueno?
      Dick no pudo evitar que se le escapara una risa. Intentaba no compartir ciertas manifestaciones de simpatía con su sirviente; era parte de una estrategia para mantener al neandertal en un orden estricto de respeto hacia él.
      —Sí. Tor bueno —repitió Bonzo.
      —De las cosas que son capaces por tener un rato de copula —dijo Dick como un pensamiento en voz alta—. Vendes hasta tu propio orgullo, pequeño inculto. Creo que en definitiva no son tan distintos a muchos de los nuestros.
      —Tor no entiende.
      Taylor se había detenido a observar la vidriera en un local de ropas. Wanda aguardaba a su amo en una posición obediente y espiaba con disimulo a Bonzo, que se acercaba junto a Dick.
      —Tor no entiende —repitió.
      —Te gustaría tener una pequeña bestia con la hembra, ¿eh?
      —Wanda mamá. Wanda no hembra.
      —ˇNo empieces otra vez con tus berrinches! ¿Quieres o no quieres que hable con Taylor?
      —Sí, amo.
      —Bueno. Una vez que te dejo que elijas y te sigues quejando.
      —Tor bueno.
      —Sí. Mi padre también lo era, a pesar de que bebía en exceso y me golpeó durante toda mi maldita niñez.
      —Papá de Bonzo no pegaba. Mamá de Bonzo no pegaba.
      —Tu padre no te pegaba porque no estabas con él. Y tu madre, porque era hembra y débil.
      —Mamá era mamá. Mamá no hembra. Mamá fuerte. Mamá sacó peso de encima de Bonzo niño y aplastado.
      —ˇBasta de conversaciones estúpidas! Ya me contaste tu historia del tambor de agua. Apresúrate, que hablaré con Taylor.
      Los cuatro se encontraron a mitad de cuadra, frente al local de ropas.
      —Hola Taylor —dijo Dick, estrechándole la mano.
      —ˇDick, qué sorpresa! Hacía tiempo que no te veía. ¿Cómo van las cosas?
      —Con mucho trabajo. Ya sabes, hay que mantener lo que se ha construido —dijo Dick Kaufmann haciendo gala de su pequeño pero floreciente emporio económico.
      —Sí, claro. Pero no te olvides de disfrutar. Vida hay una sola, por lo que se sabe —dijo Taylor.
      —No es tan así, amigo. Tendrías que volver a la iglesia. En tus palabras se nota el desamparo que sufres —dijo Dick con una mueca de desprecio.
      —Es mejor no hablar de algunas cuestiones —contestó Taylor, distrayendo la vista en la pareja de neandertales.
      Bonzo y Wanda se miraban con vergüenza. Bonzo había alcanzado su madurez sexual hacía un año. Wanda era algo mayor que él, pero formaban una buena pareja. Ninguno de los dos habían tenido experiencias previas en lo carnal.
      —Estás por comprar ropa, según veo —dijo Dick.
      —Para Wanda —dijo Taylor, mientras acariciaba la cabeza de la neandertal.
      Bonzo mostró de inmediato un gesto de celos. Al instante, más reflexivo, su rostro cambió hacia unas facciones que denotaban admiración por aquel humano, que sí sabía cómo tratar a uno de su especie.
      —¿De dónde vienes? —preguntó Taylor.
      —De los oficios religiosos. Ya sabes, los domingos son sagrados.
      —¿Sólo los domingos? —dijo Taylor Hans con ironía.
      —Al menos le dedicamos un día ¿Y tú, Taylor? ¿Cómo andas con eso? —lo desafió Dick.
      Kaufmann conocía al detalle los pormenores de la discusión que tiempo atrás su amigo había mantenido con el padre Rafael. A partir de allí, la relación de amistad entre Dick y Taylor se había tornado circunstancial.
      —Desapegado —dijo Taylor con desprecio.
      —Qué manera de calificar un estado de vinculación con Dios —dijo Dick.
      —¿Y tú? Te sientes cerca de dios, Dick.
      —Pues claro. Venimos de su casa —contestó el creyente, poniendo a resguardo su cuota de fe.
      —¿Y eso es todo? Sabes bien que me molesta hablar sobre el tema, pero... que lo haga otra vez no me afectará.
      —Hazlo. Tienes que sacar esas cosas. Aparte nunca hemos discutido el asunto —lo animó Dick.
      La pareja de neandertales observaba sin interrumpir.
      —No sé si es el momento ni el lugar —dijo Taylor.
      —Siempre es bueno hablar de Dios —dijo Dick con sarcasmo.
      —Esos libros dicen demasiadas mentiras —sentenció Taylor.
      —No hables así de las sagradas escrituras.
      —¿Sagradas? ˇPor favor, Dick! Eres un tipo inteligente. Aún no te diste cuenta de que ese dios al que admiran y respetan, al que adoran y todo le justifican, no es más que una invención del miedo y la ignorancia.
      —No sigas. Estas blasfemando —se apresuró Dick con una marcada molestia en el rostro.
      —¿Y?, ¿tu dios me castigará? Eso es lo que difunde la iglesia y sus palabras. ¿Acaso no te diste cuenta? No tienes más que mirar a tu alrededor. Vas al servicio religioso puntualmente cada domingo, ¿eso te transforma en mejor hombre? Hace un año que posees a Bonzo y me bastó verte un par de veces para saber con el desprecio que lo tratas. Siempre es igual. Nunca te vi tener un gesto de respeto hacia él. Lo andas aporreando y menoscabando continuamente.
      —Lo trato como se merece.
      —No, Dick. No te engañes. Lo tratas con desprecio por el solo hecho de ser de una especie distinta. Observa cómo trato yo a Wanda.
      —Ellos son bestias y están para servirnos. Ya lo dicen las sagradas escrituras —se justificó Dick elevando la voz.
      —ˇNo! ¿Si dios existe, crees que estaría de acuerdo con eso? ˇEstás loco!, como cada uno de ustedes que se dejan seducir por la justificación de sus actos.
      —ˇSerás castigado! Ya verás, no lo dudo —dijo Dick con el rostro ahora enrojecido.
      —Tú serás castigado, Dick, pero no por tu dios, sino por el odio de los que desprecias. Eso inculca tu iglesia y sus porquerías temerarias. Si los neandertales no hubieran sobrevivido, si una sola especie inteligente hubiese poblado la tierra, estoy seguro de que los hombres habrían hallado la manera de escribir otras reglas con tal de justificar la creación y la existencia de un dios y sus formas de proceder.
      —Terrible error. Estás en tinieblas. Eres un pobre tipo, Taylor. Así terminarán sus días los hombres sin fe —Dick desvió la vista hacía Bonzo y le dirigió un comentario:— ˇAprende, Bonzo! Mira cómo hablan los que están lejos de Dios.
      Bonzo miró a su amo y sin decir palabra volvió a mirar a Wanda y sus ojos otra vez volvieron a brillar.
      —No los involucres en la discusión. A ellos no le permiten elegir nada —dijo Taylor, molesto.
      —Se dice por allí que tú le dejas elegir bastantes cosas a Wanda —criticó Dick con una sonrisa burlona que de todos modos no ocultaba su malhumor, por el contrario, lo evidenciaba.
      —Son cosas mías. Yo respeto a todos los seres y no me dejo influenciar —se defendió Taylor Hans sin elevar la voz y con el rostro distendido.
      —Dios es perfecto —prosiguió Dick—, por eso creó a la especie neandertal y le permitió sobrevivir. Para que acompañe al hombre, para que lo asista y lo alivie de situaciones indeseables. Debes volver a los oficios religiosos a que te refresquen la memoria.
      —Es inútil discutir contigo. A eso que le llaman fe deberían llamarlo justificación y sumisión; mentiras y miedo. Tu iglesia no te permite razonar con libertad. Eres esclavo y por eso esclavizas.
      —Cada vez estás peor, Taylor. Estás enloqueciendo —dijo Dick más calmo. El enrojecimiento de su rostro se había esfumado.
      —No voy a discutir esas cosas contigo, sólo te diré algo. Está noche piensa. Si nosotros no hubiésemos evolucionado, o al contrario, si los neandertales no estuvieran aquí, ¿que dirían las escrituras? ¿Acaso serían las mismas? ¿O el libreto para justificar la obra tendría otra trama y otro autor? Piénsalo como hipótesis y que tu dios te ayude si te animas a sacar conclusiones.
      Taylor se apartó, encaminándose con Wanda hacia otro destino. Desde sus espaldas, Dick arremetió:
      —Iba a hacer un trato contigo. Has arruinado todo. Te iba a proponer que Bonzo se uniera con Wanda. Ahora soy yo el que me niego a esa unión. Con escuchar a su dueño ya veo cómo debe ser esa neandertal. Ni loco permitiría que lo echen a perder a Bonzo con sus locuras.
      Bonzo miró con ira a su amo, sintió un dolor en el pecho cuando Dick despreció a Wanda con palabras, alejándola de su ilusión. Taylor se detuvo, giró y volvió a acercarse.
      —Véndeme a Bonzo —dijo Taylor con serenidad y la mirada fija en los ojos de Dick—. Sé que se agradan con Wanda. Déjame a mí darles la felicidad que la iglesia, sus escrituras y tipos como tú no son capaces de brindarles.
      —Eso jamás —dijo Dick Kaufmann encolerizado—. ˇVamos Bonzo! —le gritó a su sirviente, zamarreándolo de las ropas.
      Bonzo, por primera vez en su existencia, sintió un dolor en el pecho que su madre nunca le había explicado. Era un dolor distinto y sus ojos se humedecieron, igual que la tarde en que se enteró de la muerte de su padre, por el exceso de un mal amo y el estrangulamiento de un collar de sumisión. Sus ojos estaban turbios bajo la humedad, como cuando despertaba con la pesadilla de imaginar un "cinco" en el beeper y el crujir de huesos rotos.
      Esa misma noche, como era costumbre, Bonzo preparaba la cena en casa de Dick. El sirviente mostraba un semblante distinto, su rostro era contradictorio. Su ceño estaba fruncido y permanecía callado, ajeno y como en un ensueño, distante de la tarea que sus manos efectuaban: estaba picando las verduras sobre una tabla de madera con una cuchilla. Sus dedos algo torpes corrían riesgo, pues su atención estaba de lleno dirigida a los acontecimientos de la mañana. Pensaba en Wanda.
      La angustia le oprimía el pecho como si un tambor lleno de agua estuviera sobre él.
      Cuando era pequeño, en los campos donde su madre servía, mientras disfrutaba de sus años de aprendizaje junto a ella, accidentalmente se había volcado un tambor de doscientos litros sobre su cuerpo. Había gritado, exhalando todo el aire que tenía en los pulmones, el último que podía acaparar bajo esa presión. El peso lo asfixiaba, pero su mamá lo salvó de la muerte. El saldo del accidente había sido un par de costillas rotas. Ahora el tanque no existía, la opresión era una angustia de amor, pero se le parecía. Bonzo sabía que esta vez su madre no podía quitarle el peso, ni el dolor. Esta vez estaba solo.
      Dick cerró el libro que estaba leyendo, se levantó del sillón de lectura y caminó desde la sala hacia la cocina. Vio a Bonzo dedicado a preparar la cena sobre la mesada. Dick se sentó en una silla tras las espaldas del neandertal. El sirviente, para ver los movimientos de su amo, apenas lo observó por sobre su hombro.
      —Estás callado, Bonzo. ¿Qué pasa?
      El esclavo no contestó, se limitó a proseguir con su tarea.
      —ˇDate la vuelta y contéstame cuando te hablo! —dijo Dick, elevando el tono de voz.
      El neandertal dejó lo que estaba haciendo, giró sobre su cuerpo, dirigiéndolo a Dick, pero continuó sin hablar.
      —Sabes que detesto repetir las ordenes. Te estás ganando un castigo. Habla.
      Bonzo continuó en silencio con la mirada extraviada.
      —Estas muy rebelde, Tor. Y sé por qué es. La hembra peluda te pone así.
      —Wanda y Bonzo quieren hacer familia —respondió con pesar.
      —Ni lo sueñes —contestó Dick mientras se ponía de pie y se acercaba al neandertal—. Quítate esa idea de la cabezota —agregó el amo al tiempo que le aplicaba una seguidilla de golpecitos con los nudillos en la cabeza, como si cada letra de sus palabras fueran diminutos remaches que debían fijarse en la mente del primitivo.
      El neandertal le apartó la mano en un gesto muy desacostumbrado. Dick quedó perplejo un instante ante esa actitud de Bonzo. Palpó su bolsillo y comprobó que no tenía el beeper entre sus ropas. Lo había olvidado en la sala.
      —ˇMaldita sea! ˇNunca permitiré esto! —gritó enfurecido Dick sobre el rostro del neandertal.
      Bonzo se cubrió con ambas manos la cabeza y frunció sus facciones con el deseo de hacerse pequeño y desaparecer.
      Dick abrió un cajón de la mesada y extrajo un palo de amasar. Sin miramientos, apaleó las costillas de Bonzo. El sirviente se contorsionó por el dolor. Un dolor conocido. Otra vez el recuerdo del tanque llegó a su mente y su madre no estaba. Llevó sus manos al abdomen y quedó en cuclillas junto a la mesada. Dick, cargado de ira, abusó de la postura indefensa del neandertal para asentar otro golpe preciso. Esta vez el castigo fue sobre el hombro derecho de Bonzo.
      La bestia rugió y como un acto instintivo, desde el suelo, estiró el brazo y sus dedos tocaron un frío metálico. Bonzo abrió sus ojos grandes cuando vio los de Dick Kaufmann, que estaban desorbitados e inyectados en sangre. El amo, fuera de sus cabales, sediento de violencia, elevó el palo nuevamente. Bonzo aferró la cuchilla y como un gesto instintivo la clavó sobre el vientre de Dick. El neandertal se irguió como un animal enfurecido, pero se detuvo al instante en esa posición, con el rostro en sombras. Dick sólo atinó a cubrir su herida en el vientre con ambas manos y a abrir sus ojos hasta el límite de lo concebible, por la sorpresa y la incredulidad de la situación. Mientras se iba deslizando al suelo, aferrándose con desesperación de las ropas de Bonzo, el neandertal lo observaba de pie y con hondo pesar. La cuchilla estaba lejos, la había arrojado con arrepentimiento al otro lado de la cocina. Dick intentó en vano incorporarse, resbalando entre charcos de su sangre. Estaba consciente de que la muerte no tendría demoras. Quiso pronunciar unas palabras y de su boca brotaron borbotones de sangre espesa.
      Bonzo se arrodilló y comenzó a acariciar el rostro de Dick. Lo acompañó en el sueño eterno, como acostumbraron los de su especie en la antigüedad.
      Más tarde, sentado sobre el suelo, Bonzo lloró junto al cadáver del amo.
      Como sus ancestros practicaban y su madre le enseñó, el neandertal cavó una fosa en los fondos de la casa y enterró a Dick. Antes colocó algunos comestibles; agregó ropas, joyas, y efectos personales muy queridos por su amo. Todo lo efectuó con sumo respeto y como parte de la ceremonia fúnebre que su especie practicaba para que el cuerpo tuviera un viaje más apacible al sueño de la eternidad.
      Esa noche Bonzo abandonó a su Dios por Wanda. Era la única manera de quitar el peso que sentía en su pecho peludo, que lo ahogaba como un tambor lleno de agua.
      Más tarde, amparado por la oscuridad de la noche, Bonzo corrió hasta la casa de Taylor.
       Bonzo y Wanda huyeron con el consentimiento de Taylor, el buen amo, que estaba lejos de dios, pero más cerca de la verdad. Se fugaron hacia las montañas nevadas y desde ese día, Bonzo prefirió llamarse Tor. En su pensamiento, si dios existía, nunca sabría quién era él.



Daniel Grau

Daniel es un escritor con una capacidad obsesiva de progreso, que se desvive y se esfuerza sin descanso por mejorar su capacidad de expresarse en los textos. Es un ex-combatiente de la guerra de las Malvinas, aunque no habla mucho sobre el tema. Nos cuenta sobre su historia: "Mi nombre Daniel Grau, 40 años, nací un 3 de febrero de 1962 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Cursé estudios en Ciencias Exactas, específicamente en Ciencias Químicas. Ése soy yo. El que escribe cuentos es alguien del cual no tengo demasiadas referencias, sólo puedo aventurar que es un ser al que le he dado licencia para soñar, imaginar y portarse mal, todo esto bajo el resguardo de mi integridad física. Ha escrito cerca de cuarenta cuentos y se debate en estos momentos en la maraña de una seudonovela. Se encuentra cursando un taller de narrativa y compulsivamente intenta limar las asperezas de una prosa rudimentaria a puro esfuerzo y sacrificio. Las horas de soledad de las cuales se nutre frente al teclado son producto de su cuestión privada y personal, yo sólo me remito a observarlo sin intromisiones y le presto un nombre y una identidad. Con el tiempo quizá vea qué ha hecho ese ente perverso dentro de un universo de ceros y unos, para recién allí poder ponderar la verdadera imagen de lo que ha creado dentro de esa libertad que le he otorgado. Espero sea una aceptable imagen y no un vano espejismo crepuscular." De Daniel publicamos ya El misterio de los Cayos de La Florida en el número 121 de Axxón.



Axxón 131 - octubre de 2003
Ilustró: Valeria Uccelli

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