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F i c c i o n e s

CIERTO TUFO A PODRIDO
Fabio Ferreras

Argentina

1

—¿Y cómo anda su señora, don Francisco...? ¿Reponiéndose?
      —Ahí está, en casa, un poco mejor. El calor la tiene mal.
      —El calor nos tiene mal a todos; y si no me cree, mire enfrente.
      Don Francisco miró hacia donde señalaba el dedo artrítico de Gervasio, hacia la extensa fila de jubilados que se derretían bajo los rayos del sol. Apenas diez minutos antes había llegado una ambulancia para llevarse a un viejito que se había desmayado en el medio de la vereda. Al pobre cristo le faltaban unos cinco metros para llegar a la puerta del banco.
      La cola se extendía por casi toda la cuadra, una enorme cantidad de ancianos que esperaban turno para cobrar una mísera jubilación, que sin duda alguna no merecía semejantes sacrificios. Mientras Francisco observaba, un empleado del banco salió corriendo del interior acondicionado del edificio, llevando una silla en cada mano. Servicial, las dejó junto a dos señoras de aspecto cansado, quienes enseguida se sentaron con gestos de agradecimiento en sus rostros agrietados. El personal del banco hacía lo que podía, pero no parecía ser suficiente.
      —Dios mío... a lo que hemos llegado... —articuló Gervasio, al tiempo que la dentadura postiza le bailaba en la boca. Se le acomodó sola mientras hablaba, con un ¡pop! que casi resultó audible.
      —Menos mal que fuimos los primeros de la cola —agregó Francisco.
      Los dos viejos estaban sentados en un banco de la plaza, bajo la sombra de un pino que ya comenzaba a desaparecer ante la llegada del mediodía. Llevaban casi cuatro horas sentados allí, divagando sobre el primer tema que se les ocurría, aunque más que nada contemplaban en la vereda de enfrente a la colección de ancianos que iban y venían —en cámara lenta, como lo hacen los viejos—, soportando una temperatura que bien podría estar llegando a los treinta y cinco grados... pero a la sombra, donde descansaban ellos dos. Allá enfrente, en la vereda del banco, el calor debía resultar insoportable, hasta obsceno.
      Luego de cobrar la jubilación (esa mañana se levantaron muy temprano porque ya sabían cómo venía la mano) cruzaron la calle y se acomodaron debajo de aquel pino. Ya casi era la hora del almuerzo, y la idea de caminar unas cuadras hasta sus respectivas casas les pesaba en la mente como una lápida de mármol; aunque Gervasio tan sólo vivía a dos manzanas de la plaza, a Francisco le esperaba una caminata de casi un kilómetro.
      Gervasio se acomodó la boina en la cabeza y la dentadura en la boca, y echó mano al bastón que dejara apoyado en el pino. Se puso de pie con infinito cuidado. Al observarlo con un poco más de atención (quizá por primera vez en semanas), Francisco pudo notar el sistemático derrumbe que su amigo venía mostrando en estos últimos tiempos. Parecía mentira que ambos tuvieran la misma edad.
      Cuando te toca, te toca de golpe, filosofó Francisco, y también él se puso de pie, aunque no le costó tanto trabajo como a Gervasio. Se dieron la mano, más para apuntalarse el uno en el otro que para decirse adiós, en realidad.
      —Dígale a Rosa que pienso a ir a visitarla un día de éstos ¿sí? Cuando baje un poco la temperatura —prometió Gervasio.
      —No se haga problema, oiga. Además, últimamente la Rosa no se acuerda mucho de las cosas... ¿sabe? Está bastante mejor, pero... no creo que pueda volver a levantarse de la cama.
      El otro guardó un respetuoso silencio, jugueteando con el bastón entre sus manos. Carraspeó... un carraspeo denso y espeso, de viejo.
      —Lo siento, en serio. ¿Cuánto hace del ataque?
      Francisco se esforzó en recordar la fecha, pero no le vino nada a la cabeza. Tenía una especie de niebla suspendida dentro del cráneo, una nube que lo cubría todo y que sepultaba los recuerdos en una fosa muy profunda y oscura.
      Madre santa... no puede ser que no me acuerde del día del ataque. ¿Un mes, mes y medio?, calculó.
      —Hará más o menos un mes —se escuchó decir, preguntándose si era la arteriosclerosis la culpable de la falta de memoria o si se debía a que su mente se negaba a regresar a un hecho tan triste como el ataque de la Rosa.
      —Ánimo, don Francisco, que la vida es así... una porquería. Qué le vamos a hacer. Por lo menos su señora ya está mejor, y la va a seguir disfrutando por unos cuantos años más. Porque en cambio yo... —Gervasio miró a lo lejos, más allá de la hilera de viejos desdentados, más allá del banco, de los edificios, del mundo, y se enjuagó una lágrima fácil con un pañuelo que sacó del interior de la manga. Un bocinazo, y de vuelta a la manga—. Mejor me voy para casa. Es la hora de las pastillas y del vasito de vino. Hasta luego, Francisco.
      —Hasta luego, Gervasio. Nos estamos viendo. —Francisco sabía que a su amigo le estaba costando demasiado desprenderse del doloroso recuerdo de su mujer, fallecida siete meses atrás. Pensó en su propia situación y suspiró aliviado; él había tenido suerte. Y Rosario también.
      —Claro que nos vamos a ver: y si no nos vemos, vamos al oculista. —Ayudándose con el bastón, el viejo empezó a caminar hacia el centro de la plaza. De pronto se dio vuelta y exclamó:
      —¡Y no se olvide de mandarle saludos a su señora, don Francisco!
      —Vaya tranquilo, que no me voy a olvidar.
      También él dio media vuelta y se alejó, bajo el calor que chisporroteaba a su alrededor, brillante y enceguecedor. Se olvidó del banco, de la fila de jubilados y del rengueante Gervasio; todavía tenía un largo camino por delante.

2

Caminaba tan sumido en sus pensamientos que no le prestó atención a los pequeños carteles pegados en las vidrieras de los negocios que iba dejando atrás. Mostraban la foto en blanco y negro de un perro chiquito y lanudo que, según el texto, respondía al nombre de Blanqui. Hacía casi un mes que estaba perdido y el dueño, un chico de doce años, lo extrañaba mucho. Se ofrecía recompensa. El cartel no especificaba cuánto. De haberle echado un vistazo, Francisco habría reconocido al perrito en el acto.
      Pero no lo reconoció porque Don Francisco pensaba en otro tipo de cosas. Principalmente, en el dinero que llevaba en el bolsillo izquierdo del pantalón (no sólo el dinero de su jubilación, sino también el de Rosario; después del ataque, y debido a que su esposa ya no podía levantarse de la cama, Francisco tuvo que hacer los trámites que le permitieran cobrar la jubilación de ella, además de la suya propia); probablemente no fuera tanta plata —y nunca lo era—, pero se trataba de todo lo que tenían para subsistir, y le preocupaba que alguien tratara de asaltarlo. Con la Rosa no tuvieron hijos que pudieran ayudarlos en estos últimos y difíciles años de vida.
      La vida es así... una porquería.
      Siempre pensó que Gervasio era una persona demasiado pesimista. Ahora se preguntaba si no habría confundido su pesimismo con un simple y llano realismo.
      También pensaba en la Rosa y en su incapacidad, que parecía acentuarse día a día.
      Entonces, súbitamente alarmado, empezó a caminar más deprisa.
      ¡Cómo pudo entretenerse tanto tiempo frente al banco y haberse olvidado de su mujer durante casi cuatro horas seguidas! Rosa lo necesitaba a él para todo, absolutamente para todo, desde comer e higienizarse hasta trasladarse al baño (operación que requería de una paciencia increíble), incluso para cambiarse de ropa. Necesitaba a Francisco para realizar maniobras tan simples como la de darse vuelta en la cama, o para acomodarse las sábanas sobre el cuerpo.
      ¡Y él perdiendo el tiempo en la plaza! ¡Y con semejante calor!
      Un incongruente sudor frío le nació en la nuca para luego derramársele por la espalda. Era frío, muy frío, helado, y deseó con todo su corazón que su nefasta premonición (porque de eso se trataba: de una corazonada, un presentimiento, una horrorosa sospecha) no tuviera razón de ser y no fuera más que un mal recuerdo en cuanto llegara a casa y a Rosario, y hablara con ella y le contara lo estúpido que fue.
      Caminaba deprisa, dejando atrás carteles que lo miraban pasar, carteles que mostraban a un Blanqui feliz y contento, antes de perderse y desaparecer.

3

Fueron dos las circunstancias que retrasaron, muy brevemente, la vuelta de Francisco a su casa, y ambas tuvieron lugar en la misma puerta del edificio donde vivía: éstas fueron el chico y el olor.
      Su departamento se hallaba en el séptimo piso, un hecho que estos últimos tiempos lo tenía bastante amargado, ya que daría casi cualquier cosa por tener un patio soleado en el que poder dejar a la Rosa disfrutando, aunque más no fuera por un rato, del aire fresco de la tarde, el que aparece cuando empieza a bajar el sol. Además la mujer no estaba en condiciones de andar movilizándose ni por escaleras ni por ascensores.
      Condenada al séptimo piso. De por vida.
      
—Hola, abuelo.
      Al escuchar la vocecita, Don Francisco se frenó en seco en medio de la vereda. Antes de girarse supo de quién se trataba, no sólo porque conocía esa voz, sino porque había una sola persona que lo llamaba de esa manera, que le decía abuelo.
      Vio a Fermín sentado, muy quieto y erguido, en el cordón de la vereda. Llevaba unos pantalones cortos, azules, y una remera multicolor en la que podía leerse, con letras vivaces y alegres: Fermín.
      Pero la cara del chico —su semblante; la honda expresión de su mirada— no hacía juego, en absoluto, con sus ropas vivarachas. Parecía un chico de noventa años de edad... un viejo que lo había visto todo —tanto lo bueno como lo malo— con apenas doce años de vida.
      —Hola, Fermín, ¿cómo estás? —preguntó Francisco, al tiempo que se acordaba de cuál era el problema del pibe. Era el hijo del matrimonio del 5° B. Los Suardíaz, si la memoria no le fallaba. La nube en su mente pareció retirarse al fondo, donde permaneció agazapada, acechando.
      —Bien. Bah. Más o menos —respondió Fermín, mirando a ambos lados de la calle—. Todavía no volvió.
      Francisco se vio en la obligación de pronunciar una frase optimista, de decir algo que le devolviera al chico la confianza. Pero es que un mes es tanto tiempo... hasta para un perro desaparecido es mucho tiempo. Demasiado.
      —Ya va a aparecer —dijo—. Tenés que tener confianza, siempre tenés que tener confianza... la esperanza es lo último que se pierde. Acordate que lo cuidabas mucho... ¿o te pensás que el Blanqui no se daba cuenta de eso? —y agregó—: los perros entienden más de lo que imaginamos.
      Fermín no dijo nada, al menos de momento. Vigilaba ambos lados de la calle con sólo la mitad de la atención puesta en la charla.
      Francisco decidió subir al departamento; le dio la impresión de que el chico prefería estar solo. Fue extraño que lo hubiera saludado, en primer lugar.
      Rosario está abandonada allá arriba. Con este calor.
      
Otra vez esa urgencia que le llegaba en un parpadeo, junto con la nube de pesadez que le inundaba la cabeza. Medio trotó hasta la puerta de calle.
      —Puse carteles por todos lados, pero Blanqui todavía no volvió —alcanzó a escuchar que Fermín le susurraba al vacío.
      El anciano ya sacaba la llave del bolsillo cuando la puerta se abrió de repente, dejando salir a un hombre con el rostro congestionado. Parecía que estuviera masticando un chicle con sabor a vinagre.
      —¡No entre, don Francisco, no entre... que adentro no se puede ni estar! —balbuceó apresuradamente, justo antes de volver a taparse la nariz y la boca con una mano— ¿Hasta cuándo va a seguir? ¡Hace días que lo sufrimos, pero como hoy, nunca...! —Torció el gesto y empezó a caminar por la vereda, sin volver la vista atrás.
      Don Francisco tuvo un segundo de tiempo para preguntarse a qué se estaría refiriendo su vecino, antes de que la oleada de aire nauseabundo lo embistiera de lleno.
      Salía del interior del edificio, y era inaguantable.
      La imagen de (gusanos efervescentes, secreciones pútridas, mucosidades supurantes) un tacho de basura se alzó en su mente como si fuera un cartel publicitario, claro y explícito, dejándolo inmóvil y sin reacción en el umbral, aspirando por nariz y boca, saboreándola, a esa corriente cálida que fluía hacia el exterior, que se deslizaba a su lado con la intención de compartir con él lo que tenía para ofrecerle: el hedor.
      Por Dios, ¿qué cosa puede oler tan mal?

4

Al vestíbulo lo cruzó sin darse cuenta. Comenzó a subir las escaleras sin verlas, inmerso en su nube interior, olvidándose por completo de que existían unos aparatos llamados ascensores que le habrían hecho las cosas bastante más fáciles: ya casi estaba sin aliento cuando iba por el quinto piso.
      Entonces se cruzó con el señor Suardíaz, el padre de Fermín, en el momento en que éste presionaba el botón del ascensor. Tenía cara de asco.
      —Buenos días, don Francisco —lo saludó Suardíaz—, aunque sea una forma de decir. ¿Qué me cuenta de esta porquería que tenemos que aguantar?
      A Francisco le pareció que, si en la planta baja el aire resultaba irrespirable, aquí arriba, a partir del quinto, ya superaba lo humanamente sufrible.
      —Su hijo está en la vereda —fue todo lo que supo contestar.
      El hombre lo miró extrañado, pero optó por no preguntarle qué tenía que ver una cosa con la otra. Llegó el ascensor.
      —Ahora mismo estoy yendo a hablar con el encargado; es hora de hacer algo al respecto —especificó Suardíaz—. Hace ya varias semanas que venimos aguantando este olor de mierda, pero hoy, con el calor que está haciendo, la cosa llegó al colmo. Y sé muy bien de dónde viene. —Suardíaz abrió la puerta corrediza y se metió en la cabina.
      Don Francisco le preguntó ¿de dónde?, pero con la mirada, alzando las cejas.
      —Viene del sexto piso, del departamento de esos pendejos que viven solos, los que usan aritos y remeras de Metálica. Para mí que hacen cosas muy raras recluidos ahí adentro —aseguró, mientras cerraba la puerta y el ascensor se lo llevaba para abajo.
      El anciano siguió subiendo las escaleras, dejó atrás el sexto piso (el tufo era terrorífico allí, y se preguntó si los chicos de la "remera de metal" —signifique eso lo que signifique— realmente tendrían algo que ver con el vaho), y por fin llegó al séptimo.
      Se detuvo frente a su puerta, exhausto. La letra "F" le devolvió reflejos dorados.
      —¡Ya llegué, Rosario! —exclamó al entrar. Se metió corriendo en el dormitorio, él y la nube de su cabeza, y el olor tras él: una segunda nube que lo seguía como un perro obediente.
      —¿Y por qué tenés tanto apuro, Paquito? —le respondió su mujer desde la cama. Sonreía.

5

Cinco minutos después, Francisco calentaba agua para el mate. Ya volvía a sentirse despejado, a salvo en casa y con su señora. La nube que le invadía la mente se había evaporado como por encanto; se dio cuenta de que en realidad aquella nunca había existido. No resultó ser otra cosa que la sombra de la inquietud y el nerviosismo.
      Todo por culpa de su obsesivo temor de perder a Rosario.
      —¿Hace mucho que estás despierta, Rosa? —preguntó él, sacando de la alacena un paquete nuevo de yerba.
      —Hará media hora. —La voz de la anciana sonaba serena y animosa en el silencio del edificio. Seguía acostada en su mitad de la cama matrimonial, y la puerta del dormitorio no estaba a más de dos metros de la cocina, siguiendo por un corto pasillito. Podían conversar sin esforzar la voz. Los habituales parloteos de las radios y los televisores parecían haberse extinguido en todo el edificio.
      —¿Te molesta el calor? —dijo él.
      —No, para nada. Con el ventilador ni se siente. Cuando me desperté me cansé de llamarte. Después me acordé que hoy te tocaba ir al banco ¿Pudiste cobrar?
      —Sí, no tuve ningún problema.
      —¿Mi jubilación también?
      —También. Fui temprano —entonces se acordó de un bastón y de unos dientes haciendo ¡pop!— ¡Ah! Te manda saludos Gervasio. Dice que uno de estos días se pega una vuelta por acá.
      —Bueno. Pero que avise, así me arreglo un poquito.
      Ante esa frase, Francisco sonrió levemente, al tiempo que abría la puertita de debajo de la pileta y se agachaba para tirar la yerba vieja en el tacho de la basura. Sacudió el mate con la bombilla. Volvió a sentir un leve atisbo de aquel olor, pero no le prestó atención. Se irguió con delicadeza; su espalda emitió un par de chasquidos secos.
      Hoy hice demasiado ejercicio. Me parece que me voy a dormir una siesta de película.
      
—¿Apareció el perro de los Suardíaz? —preguntó Rosario.
      A Francisco la consulta lo tomó por sorpresa; no recordaba que su mujer conociera al Blanqui.
      —No —respondió—; Fermín está muy triste. Hoy cuando llegué me lo crucé abajo. Todavía lo está esperando. Pobre chico.
      —Y pobre perrito; quién sabe por dónde andará ahora. Era tan bueno... el único perro del edificio. ¿Te acordás que andaba siempre vagando por los departamentos? Todo el mundo lo quería. Le dejaban pasar y le daban algo de comida ¡Estaba tan gordo...! —Rosario hizo una pausa y luego agregó:— ¡La de veces que se metió debajo de la pileta y nos desparramó la bolsa de basura!
      —¿En serio hizo eso? —Francisco se giró y miró en dirección al pasillo que daba a la pieza, sorprendido.
      La nube volvía. Eclipsando recuerdos.
      —¡Claro! ¡Y no te causaba ninguna gracia!
      Dejó de mirar hacia el dormitorio para contemplar la puerta debajo del piletón. Estaba cerrada, pero sabía perfectamente lo que contenía: el tacho (gusanos, secreciones, mucosidades) de la basura a la izquierda, en el centro los elementos de limpieza —a duras penas apretados entre las cañerías— y a la derecha algunos recipientes y bidones ignotos. Nada más.
      La imagen del Blanqui escabulléndose desde aquella puertita (él llegaba de hacer las compras en aquella oportunidad) explotó en su mente como fuegos artificiales: experimentó la misma furia que en aquel momento, la que sintió al descubrir al perro y la mugre que terminaba de desparramar.
      La nube hizo su aparición una vez más, impetuosamente, pero ahora ya no ocultaba pensamientos, sino todo lo contrario: los reforzaba. Era una nube de tormenta sobre la cual comenzaban a desfilar las evocaciones.
      Trató de hacerlas a un lado pero ya era demasiado tarde.
      Se dirigió hacia el dormitorio, con paso lento y pausado. La espalda le seguía chasqueando.
      —Paquito, cuando llegaste de afuera ¿sentiste ese olor tan horrible?
      Francisco se detuvo. Le pesaban los pies y la cabeza. De pronto quiso dormir, gritar, escapar; quiso olvidarse. Olvidarse de sí mismo. Olvidarse de la nube que ya no ocultaba nada. Era una nube tan negra y tormentosa que servía de telón de fondo para lo que tenía que recordar. Una pantalla oscura en la que muy pronto se proyectaría...
      —¿Qué olor? —musitó.
      —¿Cómo que «qué olor», Paquito? ¿Qué pregunta es esa? Es repugnante; hace días que está contaminando el ambiente. A veces escucho quejarse a los vecinos. Dicen que se propagó por todo el edificio y que no tienen ni idea de dónde sale. Me imagino que van a obligar al encargado a que inspeccione cada uno de los departamentos.
      —Los chicos de abajo... los del arito y la remera de... —no pudo continuar la frase porque no sabía qué diablos quería decir. Francisco se frenó frente a la puerta de su pieza (llegó hasta él el sonido de las aspas del ventilador) y allí se quedó.
      Ahora sabía que él mismo había creado a la nube, a esa capa de gasa y algodón que aprisionaba su mente con el único objetivo de mantener resguardaba su cordura de... ¿de quién? ¿O a salvo de qué cosa?
      De lo que fuera que hubiera cometido.
      Se giró y retornó por donde vino. Por el pasillo. A la cocina.
      El agua hervía pero ni siquiera intentó quitar la pava del fuego.
      Sus ojos volvieron a la pileta, se deslizaron por la mesada, descendieron hasta la puertita de abajo, una puerta demasiado pequeña para que pudiera entrar una persona.
      Pero, ¿y un perro, eh? ¿Un perro pequeño, faldero; un perro cuyo dueño, Fermín, espera desconsolado en el cordón de la vereda un regreso improbable?
      
Su mano siniestra voló al bolsillo izquierdo del pantalón, donde tenía la plata de la jubilación: el bulto del efectivo estaba ahí, eso era evidente. Aunque, ¿había cobrado el dinero de Rosario? ¿Lo había hecho realmente? O mejor dicho... ¿podía hacerlo? Se supone que alguna vez completó los trámites necesarios para cobrar también su dinero, pero todo eso estaba del otro lado de aquella nube tormentosa, del lado donde soplan los huracanes y crepitan los rayos; donde todo es confusión y desconcierto. Del lado donde no hay recuerdos.
      ¿Y por qué no los hay?
      
—Paquito ¿qué te pasa? —la voz de la pieza sonó preocupada, y no era para menos: don Francisco guardaba un silencio absoluto—. Paquito, contestáme.
      El anciano se agachó frente a la puertita. A su mano temblorosa le costó un gran esfuerzo apoyarse en la manija.
      ¿Y si ese perro de porquería se metió acá dentro en un momento en que yo no estaba, pensó, con la Rosa sola en la cama y sin que tuviera forma de enterarse? ¿Y si el perro, en lugar de revolver entre la bolsa de basura, lo hizo en el otro extremo, donde están las latas? Entre las latas de pintura, de solvente. Entre los bidones de detergente, de lavandina. De veneno. Veneno para ratas. Un veneno fuerte, mortal, sobre todo para un perro de ese tamaño.
      
Su mano se cerró alrededor de la manija. Supo que en apenas un par de segundos abriría la puerta de un tirón y liberaría infinidad de piezas de su mente, nube incluida, y por eso el terror que lo asaltó fue monstruoso, monumental.
      —Paquito, me estás asustando.
      Don Francisco cerró los ojos y tomó coraje. Sabía que iba a gritar; cuando viera lo que allí había (gusanos efervescentes, secreciones pútridas, mucosidades supurantes) iba a gritar como un demente. Sería sin duda la manera más cuerda de reaccionar ante el espectáculo que se celebraría frente a él.
      —Paquito, decí algo. ¿No te das cuenta de que no puedo ir a ver lo que estás haciendo?
      En el mismo segundo en que abrió la puerta vislumbró la existencia de un horror mayor que el del perro en descomposición: el horror producido por no encontrar otra cosa que un espacio vacío debajo de la pileta.
      El espacio vacío y lo que éste representaba: un dormitorio vacío... o no tanto, porque recordaba perfectamente la sonrisa de su esposa.
      A sus espaldas se había hecho el silencio; ya ninguna voz provenía del dormitorio. Pero el silencio duró poco.

6

El alarido resonó a lo largo de la calle.
      Fermín levantó la vista; le pareció que el grito descendía desde algún punto del edificio, desde uno de los departamentos de los últimos pisos, pero enseguida lo descartó y continuó con la vigilancia de la calle. Últimamente no le preocupaba otra cosa que no fuera el regreso de su perro, y aquel chillido horrorizado no podía tener nada que ver con Blanqui.
      Siguió aguardando.



FABIO FERRERAS

Fabio Ferreras es argentino, ingeniero industrial, nacido el 25 de mayo de 1972 en Bahía Blanca, ciudad donde reside actualmente. Un breve análisis de su fecha de nacimiento nos informa que nació en día feriado. Su primer cuento publicado en Axxón apareció en el número 124. Le gusta la ciencia ficción y la fantasía.


Axxón 133 - diciembre de 2003

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