Hecho en la República Argentina Página Axxón Axxón 135 Hecho en la República Argentina

F i c c i o n e s

DIOS DEL ÁCIDO
Alfredo Álamo

España

1970

El frasco con LSD brillaba bajo la luz de la linterna. Lo habían roto todo menos eso, pensó Philip mientras contemplaba desolado el aspecto de su apartamento. Todo estaba revuelto y destrozado, sillones, mesas, cortinas... Y luego algunos a sus espaldas se atrevían a llamarle paranoico. Enfadado, pero práctico, empezó a recoger sus cosas del suelo. Se guardó el frasco en el bolsillo antes de llamar a la policía, aunque sabía bien que no le harían mucho caso: eran lacayos del gobierno federal y la CIA, los mismos que habían organizado este desastre. Buscó las notas de su última novela, no estaban. Todo su trabajo de los últimos meses desaparecido... Los maldijo a todos.
      No volvió a pensar en el ácido hasta dos semanas después. Acababan de instalarle la nueva puerta de seguridad y por fin se había deshecho de las cosas de su mujer. Otra vez, se apuñaló mentalmente, otra más que apuntar en mi cuenta de fracasos. Llovía insistentemente en el exterior, el silencio se estaba haciendo demasiado grande, ocupando sin misericordia las habitaciones. Necesitaba un viaje. Abrió el armario y rebuscó hasta encontrar el pequeño frasco escondido entre varios pliegues de ropa, despejó la mesa del salón y empezó su ritual. Desenroscó la tapa y vertió dos gotas de ácido lisérgico sobre un pequeño trozo de cartón para que se impregnara bien. Luego lo cogió con infinita delicadeza y se lo llevó al ojo, una manera arriesgada de tomar la droga, ya que llegaba casi directamente al cerebro. El ojo en el cielo. Aguantó la posición todo lo que pudo antes de que empezaran a fluir algunas lágrimas. Se tapó el ojo con la mano, no había que desperdiciar nada.
      Tambaleante, se alejó de la silla y se tumbó en el sofá. Las luces de la casa se hicieron demasiado brillantes, el sonido de la lluvia se multiplicó por cien. Empezó a abandonarle la sensibilidad de sus miembros, no, a cambiar la manera en que su cuerpo recibía esos estímulos.
      —Philip —resonó una voz de niña—. ¿Qué haces, Philip?
      Él se giró hacia la voz con la mano cubriéndole el ojo todavía. La niña oscura, la niña muerta. Su hermana gemela que nunca creció. Su corazón latió con fuerza, pese a que sabía que era una alucinación. Era una de sus fantasías habituales, solía aparecer al principio de sus descensos. Antes de abandonarse al trance, Philip comprendió que iba a experimentar un mal viaje.
      —¿Qué te estás haciendo, hermano? —dijo la niña muerta acariciando el pelo de un dormido Philip.
      Escalofríos y convulsiones. Sudor frío. El cerebro de Philip absorbió la droga como una esponja reseca al caer a una bañera de agua caliente. Los enlaces químicos del ácido se instalaron en las conexiones de las neuronas para siempre. Casi podía notar cómo se expandía su pensamiento, una masa gelatinosa resbalando fuera de su cabeza. El LSD no se metaboliza, se queda prácticamente inerte pero presente en el cerebro, modificándolo poco a poco, despertando partes de él que normalmente no se utilizan.
      Aunque tenía los ojos cerrados podía ver cosas. Al principio eran destellos, como fuegos artificiales surgidos de ninguna parte, luego caras, rostros de los que se cruzaba a veces por la calle; finalmente una montaña, una pirámide de oro que traspasaba las nubes, y en su cúspide un ojo gigante enmarcado en un triángulo isósceles. Dios mismo abarcando con su mirada la realidad privada de Philip.
      Durante un momento toda la atención de ese Dios del Ácido se centró en él, quemando cada nervio, cada célula de su cuerpo. Un momento eterno, un segundo de mil años.
      Agonía.

*****

Respirar. Profundamente, inspirar con todo lo que daban los pulmones. Philip se incorporó boqueando con todo el cuerpo presa de una profunda tensión.
      —¿Qué te pasa, cariño? —dijo una voz femenina a los pocos segundos—, ¿otra pesadilla?
      Philip ajustó sus ojos a la oscuridad, relajó un poco su respiración. ¿Quién era esa mujer? ¿Qué hacía en la cama con ella? Multitud de recuerdos de su época más adicta a las drogas volvieron a su cabeza. Horas muertas, lagunas en la memoria. La mujer encendió la luz de una pequeña lámpara y se giró hacia él.
      —Philip, me estás asustando —suspiró cogiéndole de la mano—, llevas así toda la semana. Creo que deberías hablar con el Dr. Wung.
      La habitación no era la de su casa. ¿O sí?... No reconocía los objetos, pero sí que había un extraño aire familiar en todos los muebles. La mujer seguía esperando una respuesta. ¿Dr. Wung? ¿De qué estaría hablando?
      —Sí, sí —murmuró confuso—, no te preocupes.
      La mujer no pareció quedarse contenta con la respuesta, pero antes de que pudiese decir nada más Philip se levantó de la cama y se dirigió al servicio. Sabía dónde estaba, pensó mientras cerraba la puerta, pero ésta no es mi casa. Abrió el armarito del cuarto de baño, casi todas sus pastillas estaban allí. Junto a crema para pieles sensibles, observó. ¿Qué le había pasado? ¿Habría perdido dos o tres meses de su vida? Se refrescó la cara con agua y cerró el armario. Se miró en el espejo. Tenía mal aspecto, cansado, pálido. El ojo izquierdo estaba completamente inyectado en sangre, con un tono rojo escarlata. ¿Una subida de tensión?, no lo alcanzaba a recordar. Se secó con una toalla y salió de nuevo al dormitorio.
      —¿Te encuentras mejor? —le preguntó la mujer. Era muy atractiva, pero no la conocía. O no la recordaba.
      —Sí, algo mejor. Pero no creo que pueda volver a dormirme esta noche. Prefiero leer algo y no molestarte.
      —De acuerdo. ¿Estarás bien?
      —Sí, descansa.
      Philip caminó lentamente por el pasillo camino del comedor. Una vez más no acabó de reconocer el lugar, pero la sensación de familiaridad le invadió completamente. De todas formas había algunas cosas que no encajaban. Casi no había libros en las estanterías y la televisión era la más grande que había visto en su vida. Reconoció el mando a distancia y la encendió, bajando el volumen. Un hombre recitaba un sermón.
Ilustració de Valeria Uccelli       —Compatriotas americanos, la guerra contra el mal no ha hecho más que empezar. Pero no os preocupéis porque Dios estará de nuestro lado, del lado de la justicia y la democracia. Prevaleceremos porque somos los defensores de los valores que han hecho grande a este país, no dejaremos que nos los arrebaten. Sé que algunos aliados no están de acuerdo con nuestra política, pero esta guerra es una guerra justa y los demás países deberán elegir si están con nosotros o contra nosotros.
      La gente aplaudió. Detrás del predicador se dibujaba la bandera americana. Las palabras «Presidente de los EE.UU.» se subreimprimieron en la pantalla del televisor. A Philip empezó a dolerle el ojo con una punzada leve. ¿Quién era ese tipo?... ¿Guerra?... ¿Qué día es hoy? A continuación el canal empezó a emitir imágenes de una batalla. Pero las tomas eran como las de una película de ciencia-ficción, tropas en uniformes futuristas, tanques extremadamente sofisticados, aviones con unos diseños que nunca había visto. Volvió a fijarse en la televisión, en los extraños aparatos que tenía conectada. Uno marcaba la hora, las dos de la madrugada, quince de julio del año 2003. Nervioso, empezó a registrar cajones en busca de algún calendario. Finalmente encontró uno. Año 2003. El ojo le dio otra punzada, ésta más intensa que la anterior. Era imposible que fuera ese año, si fuera así él tendría que tener casi setenta y cinco años. Y estaba claro que no los tenía. Miró de nuevo el salón, sus libros no estaban, tampoco su máquina de escribir. ¿Qué estaba sucediendo? Multitud de conjeturas saltaron a su cabeza. Un presidente predicador, guerras, ¿qué más?... Era como lo que tenía escrito en las notas que habían desaparecido de su apartamento, el argumento de su próxima novela. Tranquilo, Philip, se dijo, tiene que ser eso. Están recreando tus notas. Experimentando contigo. Pero, ¿quiénes? La mujer. Ella tenía que saber algo.
      —¿Quién eres? —dijo Philip entrando de golpe en el dormitorio y encendiendo las luces—, ¿para quién trabajas?
      —¿Philip? —musitó la mujer medio dormida—. ¿Qué estás diciendo?
      —¡Que quién eres!—insistió acercándose a la cama.
      —Ya empiezas otra vez... Soy Maggie, tu esposa desde hace cinco años, ésta es tu casa en Berkeley y no, no trabajo para la CIA u otra agencia del estado que intente dominar tu mente.
      La mujer habló de carrerilla, como si ya hubiese hecho ese discurso muchas otras veces.
      —El Dr. Wung dijo que con la nueva medicación dejarías de tener esas alucinaciones —continuó—. ¿Qué te ha pasado en el ojo?
      Philip se llevó la mano a la cara. Ahora le dolía más, la punzada en el ojo se había hecho intensa, como si fuese una herida abierta.
      —¿Quién es ese Dr. Wung? —preguntó girándose para que no viera el dolor en su rostro.
      —Tu siquiatra. Llevas viéndole seis meses, desde que empezaste a tener esos sueños.
      —¿Sueños?
      —No sueles hablar demasiado de ellos. Duermes muy inquieto y te levantas confundido. Creo que voy a llamar al Dr. Wung —dijo la mujer al ver la cara de incredulidad de Philip.
      —Llámale —dijo Philip pensativo—, puede que él sepa algo más.
      Mientras ella marcaba, él volvió al cuarto de baño. El ojo se le había hinchado más, deformando grotescamente su rostro. Seguía rojo.
      —Sí, Dr. Wung —escuchó a su supuesta esposa—, vuelve a pasar lo mismo. Está muy confundido. De acuerdo. Sí. ... ¿Philip? —le llamó—, el Dr. Wung quiere hablar contigo.
      —¿Sí? —dijo Philip cogiendo el teléfono.
      —Philip, soy yo. Charles, Charles Wung. Tu siquiatra. ¿Sabes quién soy?
      —En absoluto —contestó fríamente.
      —Bueno, no importa. Me ha dicho Maggie que estás confuso, desorientado. ¿Es verdad?
      —Sí, es cierto. —contestó Philip un tanto dubitativo.
      —No te preocupes, voy para allá. Lo aclararemos todo en un momento. Tú siéntate y procura no excitarte, ¿me entiendes?
      —S-Sí —era cierto que estaba desconcertado. Ahora todavía más.
      —Pásame con Maggie, ¿quieres?
      Philip le devolvió el teléfono a su mujer. Ésta intercambió tres o cuatro síes con el doctor. Luego se levantó de la cama y se puso una bata de seda. Era muy hermosa, pensó Philip, justo el tipo de mujer con el que siempre había querido casarse.
      —El Dr. Wung me ha dicho que te sientes y descanses. Así que vamos al salón.
      Estaba demasiado cansado para discutir. El dolor del ojo se había extendido ya a toda la cabeza. Palpitaba con el mismo ritmo de su corazón, retumbando sin cesar.
      —¿Puedes darme algo para el dolor de cabeza?, este ojo me está matando.
      —Ahora te traeré algo. ¿Apago la televisión? ¿O quieres escuchar al presidente?
      —¿De verdad ese tipo es el presidente?, parece un telepredicador.
      —Ayer no pensabas eso —contestó rápidamente Maggie—, después de escucharle fuimos a comprar todo lo que había recomendado Defensa Civil.
      —¿Qué?
      —Sí, compramos cinta aislante, agua embotellada, gasolina, incluso lona plastificada para sellar el sótano.
      —No lo puedo creer.
      —No te pierdes ni un discurso del presidente. Dices que es un gran hombre, un verdadero guardián de la fe.
      —No. No es posible.
      —Escúchale —dijo Maggie subiendo el volumen de la televisión.
      —No vamos a esperar a que nos ataquen —dijo el presidente—. Vamos a ir hasta allí y vamos a evitar que tengan la posibilidad de hacerlo. Nuestro modo de vida americano está en peligro y eso es algo que debemos evitar. Somos la nación más poderosa del planeta, no cederemos al chantaje terrorista de unos pocos. La lucha contra el terror no ha hecho más que empezar. Dios salve a América. Gracias por escuchar.
      —Ese hombre está loco —articuló Philip cubriéndose de nuevo el ojo con la mano—. Nos va a llevar a todos a una guerra.
      —Ya estamos en guerra, Philip. ¿Tampoco te acuerdas de los atentados?
      —No... ¿qué es eso?
      En la televisión estaban mostrando una especie de prisión. Los que parecían ser los reos tenían las cabezas tapadas con capuchas sin agujeros y los mantenían dando vueltas por un patio. Estaban en los huesos. Los guardias iban fuertemente armados y custodiaban a los prisioneros hasta unos minúsculos barracones. De vez en cuando algún soldado sacaba algún cuerpo en una carretilla y desaparecía en un edificio sin identificar. Todo el lugar estaba rodeado con alambre de espino y torres de vigilancia.
      —Es... —dudó Maggie— un campo de prisioneros. Allí retienen a los terroristas.
      —Parece un campo de concentración —comentó Philip horrorizado.
      —Bueno, es que no está en Estados Unidos. Al estar fuera de nuestras fronteras, no hay que aplicarles la constitución. Ni siquiera son ciudadanos americanos.
      El ojo sano de Philip se entrecerró horrorizado. ¿Dónde demonios estaba? Tenían que estar presionándolo por algo, pero esto no podía estar pasando de verdad. Era demasiado parecido a todo lo que había escrito en su vida. El resultado de sus miedos.
      —Apaga la televisión —suplicó mientras notaba cómo el ojo le pulsaba más fuerte.
      —Como quieras.
      El televisor se volvió inerte, dejando sólo la imagen de Philip reflejada en negro sobre la pantalla. Maggie le trajo unas pastillas que aliviaron un poco el dolor del ojo. A los diez minutos sonó un timbre.
      —Será el Dr. Wung —dijo Maggie levantándose para abrir la puerta.
      El siquiatra entró en la habitación. Era un hombre oriental, de unos cuarenta años. Se notaba que le habían sacado de la cama hacía poco tiempo. Dejó su abrigo en una silla y su maletín encima de la mesa. Se sentó frente a Philip con rostro de preocupación.
      —¿Cómo estás? —le preguntó.
      —Muy... Confundido —confesó Philip—. Me duele mucho el ojo. Se me ha hinchado.
      —Ya veo. Ahora te daré algo que aliviará un poco la hinchazón.
      —Gracias.
      —Pero antes quiero preguntarte algo. ¿Sabes quién eres?
      Era una pregunta extraña, pero viendo lo presente no parecía estar de más. Philip se irguió en su asiento antes de contestar.
      —Creo que sí, es decir, sí que lo sé. Pero no tiene sentido.
      —¿Quién crees ser?
      —Soy... —dudó por un momento— Philip K. Dick, nací en Chicago en 1928. Soy escritor y...
      —Para —le interrumpió el Dr. Wung—. Estamos en el año dos mil tres. Si hubieses nacido en el mil novecientos veintiocho ahora tendrías —calculó un segundo— setenta y cinco años. Te habrás dado cuenta de que no los tienes, ¿verdad?
      —Sí, me doy cuenta.
      —No es la primera vez que te pasa, sueles adoptar diferentes personalidades. Escucha: eres Philip Eldritch, tienes cuarenta y tres años, trabajas de contable en una empresa de supermercados y estás casado con la mujer más encantadora que conozco.
      —No...
      —Créeme, Philip. Desde que empezó esta guerra has estado sometido a una gran presión. En tu oficina hubo varias alarmas por sobres que parecían contener ántrax. Tuviste una depresión nerviosa que te llevó a cuadros de paranoia y esquizofrenia. ¿Has tomado tu medicación últimamente?
      —No lo sé. No recuerdo nada —dijo Philip sinceramente.
      —Lo mejor será que duermas. Mañana por la mañana vendré a visitarte de nuevo y hablaremos con más calma. ¿De acuerdo?
      —De acuerdo. —susurró Philip sintiéndose muy cansado.
      —Te voy a dar algo para el ojo y para poder dormir. Venga Philip, mañana lo verás todo desde otra perspectiva.
      —Me duele mucho... —se quejó Philip cerrando los ojos.
      El Dr. Wung extrajo una ampolla rellena de un líquido transparente y una jeringuilla hipodérmica del maletín. Maggie abrazó a Philip mientras el doctor le preparaba el brazo, buscando una vena.
      —Con esto —le confió el doctor —, dormirás como un leño, pero no soñarás.
      —Gracias, Dr. Wung —le dijo Maggie.
      La aguja atravesó su piel sin problemas encontrando el flujo sanguíneo. Lentamente Philip fue notando la sustancia extendiéndose por todo su cuerpo, inundándolo de entumecimiento. Su mujer y el siquiatra le ayudaron a llegar a la cama, el dolor del ojo casi había desaparecido. Tenía sueño.

*****

—Despierta, Philip —sonó una voz en la niebla blanca que lo envolvía todo.
      Philip estaba tranquilo, en la nada. En el vacío. No quería despertar, ni recordar. Aquí no había realidad, ni ficticia ni probable. Sólo la bruma. El silencio. Olvido.
      —¡Despierta, hermano! —gritó la voz.
      Un calambre recorrió su cuerpo. Luego una arcada le trajo la bilis. Abrió los ojos y se levantó del sofá, corriendo hacia el cuarto de baño. Abocado al inodoro vomitó hasta que no le quedó nada en el estómago. Luego las arcadas no consiguieron sacarle nada más. Tenía frío y seguía sintiendo náuseas. La pastura de vómito en la boca era de un sabor horrible. Intentó asearse un poco con algo de agua. Se miró en el espejo, estaba peor que nunca. Su ojo izquierdo estaba hinchado, inyectado en sangre. El ácido le había hecho una llaga o algo parecido. Maldita sea. Se sentía como si le hubiese pasado un tanque por encima. Había tenido el peor viaje de su vida. Tan real que se preguntaba si ahora no seguiría alucinando. Si ahora no estaría atrapado por las drogas del Dr. Wung.
      Volvió al comedor y guardó con dedos temblorosos el frasco con el LSD. Miró la máquina de escribir encima de la mesa y sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. Sus notas, ¿eran las que le habían influido en este viaje o era la realidad misma la que se filtraba a través de él, haciéndole escribir sobre la verdad del mundo? Le dolía la cabeza. El calendario que tenía en la cocina marcaba el año 1970, afuera seguía lloviendo. Su cama estaba deshecha y no había rastro de Maggie. La casa estaba tan vacía como siempre. El ojo seguía doliéndole. «¿Quién soy?», se preguntó, «¿un contable desesperado? ¿Un marido conservador y puritano? ¿Un escritor esquizofrénico?». No se pudo dar ninguna respuesta.
      La máquina de escribir seguía allí, ¿debía escribir sobre todo esto? Se sentó frente a ella y puso un folio en blanco. Nada. Se llevó las manos a la cabeza y se levantó violentamente. Él no iba a ser quien describiera a los profetas del mañana, a las nuevas criaturas de la guerra. No sería culpa suya, no señor. Que se metieran la realidad donde les cupiese. Él no volvería a escribir. Jamás.
      Fuera llovía con fuerza, pero decidió salir a caminar. El cielo estaba nublado y sin rastro de luz excepto por algún relámpago ocasional. Philip levantó la vista mientras esperaba que un semáforo cambiara de color. No pudo ver nada más que oscuridad, pero estaba seguro de que el Dios del Ácido, desde lo alto de su pirámide de oro, se reía de él.


ALFREDO ALAMO

Alfredo Álamo es de Valencia, España. Nació en 1975. Fue finalista en el concurso de poesía de ciencia ficción de Ciencia Infusa del 2002. Ha colaborado en la revista Alfa Eridiani. Nos ha comentado que le apasionan "la ciencia ficción, el Aikido y la Guiness negra bien fresquita". De Alfredo publicamos el cuento "De nuevo, el principio" en el número 133 de la revista. Este cuento apareció originalmente en la revista Alfa Eridiani nº 2.


Axxón 135 - febrero de 2004
Ilustró: Valeria Uccelli

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