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EL DESTINO NO ES CIEGO
Sergio Gaut vel Hartman



UNO


Era de noche, tarde. Estaban como perdidos en la esquina de Esmeralda y Sarmiento, indecisos. Habían salido del teatro San Martín, luego de actuar. La obra, Juan Moreira. Gardel propuso festejar su vigésimo quinto cumpleaños en el Palais de Glace de la Recoleta. Por entonces, el Palais era un lugar muy concurrido, lo que garantizaba diversión. Razzano protestó, alegando que lo frecuentaban patoteros, matones y exaltados. Deferrari se solidarizó con el rechazo de Razzano; ambos preferían el Armenonville, donde no se producían tantas peleas. No obstante la oposición, Alippi y Morganti insistieron, alegando que Abelenda había reservado una mesa, y partieron con Gardel hacia la Recoleta, mientras Deferrari y Razzano enfilaron hacia el café de Los Angelitos, en Rincón y Rivadavia, un punto clásico de reunión del grupo.
      Los compadritos estaban apoyados contra la pared, matando el tiempo junto a la entrada del Palais, como si hubieran estado esperándolos. Alippi había protestado mientras viajaban, y un comentario del actor, presintiendo que se meterían en problemas, había disgustado a Gardel, poco amigo de supercherías. Elías no las tenía todas consigo esa noche, y sus premoniciones no habían contribuido a mejorar el humor del grupo. Cuando el coche pasó junto a los jóvenes, Alippi los saludó con la mano, en un gesto que trató de ser amistoso, pero éstos no lo interpretaron así, y no sólo se negaron a saludarlo, si no que, además, lo insultaron. Antes de abandonar el vehículo, Abelenda le preguntó a Elías si conocía a esos hombres. La respuesta de Alippi, inseguro, tal vez atemorizado por los gestos hostiles de los provocadores, fue que no los había visto nunca.
      Los sujetos intercambiaron comentarios despectivos cuando Gardel y sus amigos bajaron del coche, y entraron al local tras ellos, acomodándose en la barra, a pocos metros de la mesa que Abelenda había tenido la precaución de reservar. Durante varios minutos se dedicaron a hacer comentarios ampulosos entre ellos; en especial uno que lucía un clavel en la solapa, que parecía decidido a embestir y continuamente se deshacía de las manos de los otros, que trataban de retenerlo.
      Cuando fue evidente que los insociables no se limitarían a las burlas silenciosas, Alippi le expresó sus temores a Carlos, y se manifestó arrepentido de haber aceptado la invitación. Razzano tenía razón, dijo, y agregó: —Les tendríamos que haber hecho caso a los muchachos. Yo dije que no quería venir; ustedes insistieron. Estos sujetos no se detendrán hasta trenzarse con nosotros. —Carlos lo tranquilizó con un gesto.
      —No hay que ser tan prejuicioso, mi amigo; los muchachos quieren divertirse un poco a costa nuestra... Y bueno, démosle el gusto.
      —No, no —insistió Alippi—: son tipos de avería; quieren pelear en serio. Ya les dije...
      —Vamos a otra parte —sugirió Abelenda—. José y Deferrari deben estar esperándonos en el café. Les decimos que nos arrepentimos, y listo
      —¿Y quedar como gallinas delante de todo el mundo? —Gardel desafió a sus amigos con la mirada y ninguno insistió. Morganti llamó al mozo con una seña. Pidió champagne.
      Uno de los compadritos, el que lucía un clavel en la solapa, levantó la mano con el cigarrillo entre los dedos por encima de las cabezas de sus acompañantes y la revoleó en desafío, escupiendo una frase prepotente, quizá un insulto que no llegó a escucharse. Alguna gente de las mesas empezó a prestar atención, y dos o tres mujeres se levantaron para refugiarse en el tocador
      Carlos medio se incorporó en la silla, pero Abelenda le sujetó el brazo. —No vale la pena, hombre —dijo.
      —Sí, vale la pena —dijo Gardel—. ¿Qué les pasa a estos? ¿Están buscando pelea? Y a ustedes, ¿qué les pasa esta noche?
      —Le hablaba al cómico, cantor —intervino el del clavel, desde la barra, buscando pendencia—. Pero tengo para todos.
       —El cómico tiene nombre —gritó Gardel—, y es un señor de la escena, un actor con mayúsculas. Si no fueras un burro...
      Alippi se encogió en la silla y Morganti trató de tranquilizar a Carlos, que lucía muy nervioso. Los de la barra insistieron.
      —¿Señor? —dijo uno de ellos—. No veo a ningún señor. Salimos a cazar marmotas y se da tupido .
      —Déjelos, Moreno —dijo el del clavel—, no tienen agallas para meterse con Guevara.
      —Así que el famoso Guevara. —Gardel miró al compadrito de arriba abajo, desafiante y Guevara, sin hacerse esperar, se le fue encima con los puños listos para golpear. Gardel no se quedó atrás y armó la guardia. En ese momento, la gente del Palais, alertada por los gritos, rodeó a los beligerantes y, con buenos modos, los convencieron de que no pelearan. Guevara se retiró hacia la barra y Gardel volvió a sentarse. Algo le decía que el asunto iba a terminar mal. Tal vez Elías tenía razón.
      —Vámonos de aquí —susurró Morganti.
      —Sí, vayámonos —apoyó Elías—; saben que no me gustan los líos.
      Gardel no estaba de acuerdo. Sentía que salir de la escena era pura cobardía; después de todo los compadritos encontraban su placer en la provocación y seguramente no estaba en sus planes pasar a mayores. —No les tenemos que dar el gusto —dijo—. Nos están incitando a pelear desde que entramos y ni siquiera sabemos la razón. —Abelenda levantó la copa y buscó una respuesta en el champagne, pero no la encontró.
      —No le hagas caso —dijo Morganti tocando el brazo de Gardel—, molestan de puro envidiosos; no son nadie y provocarnos los hace sentir importantes.
       —A mi me parece que están armados —dijo Abelenda en voz baja.
      —¿Un revólver? —Carlos, desconcertado e intranquilo por la afirmación de su amigo, traspasó con la mirada a Guevara, pero no logró descubrir bulto alguno—. ¿Estás seguro?
      —¡Qué sé yo! Me pareció. —Asustado por el comentario de Abelenda, Elías bebió el champagne de un trago.
      —Vamos a comer algo, muchachos —dijo Morganti—; el aire de este lugar está pesado. En Palermo hay un lugar que está abierto hasta bien entrada la noche. Y si está cerrado, nos vamos para Los Angelitos.
      —¿Nos irán a seguir? —dijo Gardel. Hizo ademán de levantarse de la silla y los compadritos adivinaron el gesto: se empezaron a mover hacia la salida del Palais.
      —¡La tienen con nosotros, che! —dijo Abelenda —. No van a aflojar así nomás.
      —Conmigo —dijo Elías—, la cosa es conmigo. ¿Se podrá saber qué bicho les picó?
      —Esperen —dijo Carlos—, por ahí se van; ya tuvieron bastante. —Se volvió a acomodar en la silla con lentitud, tratando de evitar movimientos ostentosos, pero eso no pasó inadvertido para los provocadores; dos de ellos regresaron a la barra y pidieron nuevos tragos, pero el tercero, justamente el del clavel, enfiló rectamente hacia la mesa, se detuvo junto a esta, se afirmó como para dar un salto y adelantando el cuerpo desafió a Elías con el gesto.
      —¿Qué te anda pasando a vos? ¿Te las das de guapo? —El actor reculó instintivamente, haciéndose un ovillo; lucía aún más menudo de lo que era en realidad.
      —No le pasa nada —replicó Carlos, asumiendo la defensa de Alippi—. Pero a ustedes sí les pasa algo; ¿qué les hicimos? ¿Por qué no nos dejan en paz? ¿Saben quienes somos?
      —¡Claro que sabemos! Nos están buscando desde hoy, desde que bajaron del coche, sobrando —dijo el matón—; la tienen con nosotros, y se la vamos a dar. ¡Salgan afuera, gallinas!
      Morganti levantó el puño, y Guevara, que estaba preparado, disparó el suyo. Hubo un entrevero de cuerpos, pero una nueva intervención de la gente del Palais evitó la pelea.
      —¡A la calle! Aquí no queremos grescas —dijo un tipo alto, de tez morena picada de viruelas empujando a Morganti hacia un costado—. Vayan a trompearse afuera; este es un lugar respetable. —Otro de los empleados del Palais sujetaba a Guevara quien, enardecido, buscaba desasirse.
      —¿Respetable? —El gallo alzó la cresta con intención de mezclar también al portero en la riña, pero sus compañeros juzgaron razonable sujetarlo. Guevara estaba pasado de ganas de pelear. —¡Los esperamos afuera, en el parque, al lado de la fuente!
      —¿Vamos a ir? —dijo Morganti cuando los ánimos se hubieron calmado un poco.
      —No lo sé —dijo Carlos—, no lo entiendo.
      —Les repito que yo no sé quien es —comentó el actor una vez más, como disculpándose.
      —Le habrás robado alguna hembra, vos, te conozco —dijo Gardel, entre serio y socarrón. Pero el asunto, en general, lo preocupaba. Era como si la malicia les hubiera sido dictada por un guión escrito de antemano, como una idea ajena, impuesta, como si alguien la hubiera metido en la cabeza de los matones con un propósito dañino que, por supuesto, ignoraban. ¿Qué les había hecho Elías? Gardel se quedó quieto, parado junto a la mesa, como tratando de adivinar los motivos de Guevara. ¿A qué oscura línea obedecía la conducta del matón? Abelenda arrancó al cantor de sus cavilaciones tomándolo del brazo y arrastrándolo hacia la salida del Palais. Gardel se dejó llevar. Morganti y Alippi los siguieron.
      Al llegar a la puerta del Palais advirtieron que Guevara y los suyos se dirigían a la plazoleta de Alvear y Austria.
      —Estamos a tiempo de salir para el otro lado —dijo Alippi. Gardel lo miró, y no dijo nada. No valía la pena mover el coche por tan pocas cuadras, pero tampoco podían dejarlo allí.
      —¿Qué pasa? —dijo Gardel al ver que los otros vacilaban—. ¿Vamos a arrugar?

Abelenda puso el coche en marcha, aceleró y casi de inmediato estaban estacionando detrás del vehículo de los compadritos. Gardel vio que el grupo rival los aguardaba entre los árboles, sobre una pequeña elevación. Dos de ellos se habían quitado los sacos y se arremangaban las camisas, preparándose para el cruce inminente. Alippi, resignado, hizo lo propio, pero dobló el saco prolijamente, ubicándolo en el asiento trasero antes de bajar del coche. Estaba tratando de darse ánimo y para eso necesitaba que el choque se produjera de inmediato, por lo que tomó la delantera. Gardel lo siguió a unos pasos, con cierto desgano, fastidiado por el giro que habían tomado los acontecimientos, enturbiando la celebración de su cumpleaños. Ni siquiera habían podido brindar como Dios manda. Tal vez pensaba que de haberle hecho caso a Razzano, estarían unas cuadras más allá, disfrutando de la música en el Armenonville, sin tener que preocuparse por los matones y los golpes.
      —El saco en la mano, mejor —dijo Abelenda—, por si tienen navajas.
      —Sería mejor ir a comprar ponchos, entonces —replicó Morganti, riéndose, pero nervioso.
      —Somos gente grande —protestó Gardel—. Para andar envueltos en estos líos. —Avanzó unos pasos y se apareó a Elías, que marchaba resueltamente a su destino. Aún cuando la luz era escasa, vio que Guevara con el saco puesto todavía, hacía un movimiento extraño.
      —¡Cuidado, Carlos! —gritó Alippi—. Tiene un revólver, nomás.
      Oscilando entre la incredulidad y la ira, Gardel se movió con torpeza. Trató de retroceder, y avanzó, eclipsando por un momento, con su cuerpo voluminoso, la figura escasa del actor.
      Sonó el disparo.
      Carlos debió sentir poco más que una picadura. Luego se tambaleó, cayendo de bruces entre el sector embaldosado de la vereda y el césped.
      —¡Hijo de puta!
      El resto fue pura confusión. El grupo de Guevara, atemorizado por las consecuencias del acto irresponsable, se dividió. Guevara se perdió en la oscuridad, entre los árboles, cubierto por uno de sus compinches. Abelenda y Morganti corrieron tras ellos. Alippi permaneció junto al cuerpo inmóvil de Gardel, sin atreverse a tocarlo, especulando tontamente acerca de la gravedad de la herida. Abelenda regresó enseguida, más preocupado por Gardel que por el agresor.
      —¿Adónde le pegó?
      —En el pecho, creo. —Alippi estaba consternado. —Se puso adelante, como para protegerme —añadió. —Sentía una amarga mezcla de culpa y desconcierto. Él había sido, de un modo oblicuo, el causante del episodio. —¿Se escapó?
      —Sí. ¿Qué importa ahora? Tenemos que llevarlo a alguna parte.
      —Al Fernández, está cerca.
      —Con cuidado.
      Alippi se ubicó del lado de las piernas. Abelenda, más fuerte que el actor, le pasó las manos por las axilas y lo incorporó un poco. Estaban a diez pasos del coche. Alippi apartó la mirada de las mancha de sangre que se extendía por el pecho del cantor. Lo levantaron con sumo cuidado y enorme dificultad; finalmente pudieron depositarlo en el asiento trasero del coche.
      —¡Está muerto! —exclamó Alippi. No era una pregunta.
      —No. Y si nos apuramos, tal vez...
      —¡Las llaves!
      —Aquí están. Vamos.
      —Y con Morganti, ¿qué hacemos?
      —No importa. Conoce el camino. No se va a perder.
      Alippi observó a Gardel, que parecía murmurar algo, pero no entendió qué decía o trataba de decir. El coche arrancó y se perdió en la noche.


DOS


Estaba perdido. Hacía muchas horas, desde que se arrojara del tren carguero con la misma arbitrariedad con la que había resuelto subirse, que Guevara no tenía la menor idea de dónde estaba. El monte; esa era la única certeza. El bananal. Picadas y arbustos. Matorrales, torrentes inesperados, chillidos de animales. ¿Qué se yo de la selva? Un pie delante del otro, cautelosamente, con cuidado. Guevara hablaba para si mismo, como en una premonición del delirio. ¡Qué puntería, la gran puta! ¿Lo maté? ¿Y si no lo maté? Vi la sangre cubriéndole el pecho. Lo maté, sí. La idea de la muerte fue y vino, atada a un péndulo vegetal, meciéndose entre los árboles más altos. Había sido su compañera en el tren, aguardando la ocasión, esperando el menor descuido. Lo había cercado en las noches calurosas, atravesando los húmedos territorios. La idea de la muerte del cantor lo había perseguido, como un animal persigue a su presa, seguro de que sólo es cuestión de tiempo, seguro de que terminará por atraparla. Te tengo, susurraba la muerte, te tengo. El grito destemplado de un guacamayo lo sobresaltó y por un momento lo distrajo de la férrea disciplina: un pie delante del otro, cautelosamente, con cuidado. Guevara sintió algo blanduzco, y de inmediato sintió la mordedura. Saltó hacia delante, y al volverse vio una víbora arrollada sobre sí misma, esperando atacar de nuevo. El resto fue pura matemática. Guevara se miró el pie, donde dos gotas de sangre marcaban el punto de la mordedura. No supo que hacer. Él era un hombre de ciudad. Sabía que la mordedura de una víbora del monte suele ser fatal, pero no quería resignarse a la idea de la muerte. Sacó el revolver, el mismo que había usado para matar o no a Gardel, y disparó. La cabeza del reptil estalló de un modo repugnante. ¿éste es el castigo?, pensó Guevara. Arrastrando la pierna, que empezaba a inflamarse, se alejó como pudo de los restos de la víbora, imaginando, estúpidamente, que estos animales andaban de a pares, como si una segunda mordedura pudiera empeorar la cosa. Luego, revisando cuidadosamente el sitio, se sentó en el suelo, y examinó la doble herida que lucía bastante fea. Alrededor de los puntos de sangre, se estaban formado aureolas moradas y un dolor insoportable se generaba en el lugar y amenazaba con asaltar toda la pierna. Se puso de pie como pudo, avanzando por la picada sin rumbo fijo.
      El sonido del disparo sacudió a Quiroga. No había dejado un arma al alcance de la mano de Ana María. Su mujer agonizaba, recordó, como en una pesadilla. ¿Hubiera sido imprudente o sabio cometer ese error? Ella no habría tenido fuerzas para accionar el gatillo, se consoló. Era cuestión de horas, minutos tal vez. De todos modos no había sido en la casa, sino en el bananal, cerca del río. Supuso que un cazador inexperto estaba tirando contra los caranchos, pero se desdijo de inmediato: no era una escopeta; conocía las escopetas demasiado bien. Calculó que habría sido a unos quinientos metros, cerca de la boca, donde las barrancas se hacen menos pronunciadas y una arena fina se mezcla con la tierra roja. Miró hacia la casa y vaciló una vez más. Su lugar estaba junto a Ana María, aunque ya nada pudiera hacerse. La curiosidad lo doblegó. Tomó casi por instinto el machete y lo calzó en la vaina de cuero. Después caminó a paso vivo, casi corrió hacia el lugar en que, suponía, se había producido el disparo.
      Al llegar al claro se detuvo, asombrado por la precisión de su cálculo. Vio a un hombre blanco sentado en el suelo, vestido con ropas de ciudad, totalmente inadecuadas. Estaba sucio, demudado, peligrosamente cerca de un cono de hormigas, pero Quiroga advirtió de inmediato que el mal menor hubiera sido recibir, en ese momento, el ataque de las guerreras rojas. El hombre se apretaba el pie como si haciéndolo pudiera expulsar el veneno de víbora que se le había alojado en la sangre.

Al ver a Quiroga, con su barba crecida y los ojos inyectados en sangre, Guevara sacó el revolver.
      —¿Qué va a hacer, amigo? —dijo Quiroga— ¿está loco? Guarde el arma y déjeme ayudarlo.

Guevara asintió atontado. La hinchazón había aumentado hasta convertir al pie en una deforme bola morada.
      —Duele —dijo Quiroga con perversidad. Estaba pensando en Ana María y en la agonía que comenzara una semana atrás cuando, tras una pelea atroz, la mujer ingirió un vaso de sublimado de mercurio.
      Guevara asintió otra vez. Las puntadas parecían trepar por la pierna, tenía la garganta seca y le ardían los ojos.

—Está liquidado, amigo —dijo Quiroga—. No puedo hacer nada por usted, ni siquiera recibir su confesión. —Las imágenes de un cuento que había escrito años atrás lo golpearon con firmeza. Sólo que el final sería otro y no tenía remedio.
      —No quise hacerlo —dijo Guevara. Miró la monstruosa hinchazón del pie. Pensó en Gardel desmoronándose y por alguna razón incomprensible, los dos hechos se mezclaron en su mente afiebrada.
      —¿No quiso qué? —Quiroga desenvainó el machete. Sabía que lo peor estaba por venir. Se le acercó y, de un puntapié, le arrancó el arma de la mano. —No sea cosa que se le vaya a ocurrir alguna idea estúpida.
      —Tengo sed —dijo Guevara—. Mucha... sed.
      Quiroga contempló el pie deformado por la inflamación y consideró la posibilidad de dejar al hombre abandonado a su suerte. Si regresaba a la casa se encontraría con un cuadro similar, aunque el veneno que corría por las venas de Ana María no era de víbora. Si regresaba ya no volvería a la picada del bananal. Y al hombre le quedaban dos o tres horas de agonía por delante. Pensó que el veneno de yarará es mucho más piadoso que el mercurio.
      —¿A quien mató? —preguntó Quiroga secamente. No tenía sentido andarse con escrúpulos. El hombre no estaba para delicadezas.
      —¿Cómo... supo...? ¡Deme agua!
      —No se llega al monte si no se huye de algo más temible. Perdido, sucio, picado por una víbora... Usted estaría de copas con sus amigos compadritos en Buenos Aires si no hubiera matado a alguien. Así que: ¿a quien mató?
      Guevara trató de tragar. La garganta, calcinada por el fuego que le subía desde el estómago, se negó a formar las palabras. Una arcada y luego otra lo doblaron en dos. No tenía qué vomitar. Una tercera arcada lo sacó de su error: un chorro de sangre le brotó de la boca y le manchó la camisa.
      —Diga el nombre, yo me arreglo con el resto
      —¡Deme algo!
      —¡Diga el nombre!
      —Gardel... un cantor. ¿Usted qué sabe?
      —Está bien. —Quiroga pensó en la inutilidad de gastar siquiera unas gotas de licor en el asesino, pero le acercó la petaca y Guevara se la llevó a la boca con avidez; seguramente no sentía nada. El cuerpo, anestesiado por el veneno, tampoco sentiría lo demás. Alzó el machete y con un movimiento furibundo, golpeó el filo contra el cuello del desgraciado. La sangre brotó de inmediato. Quiroga repitió el golpe, como si en vez del machete estuviera empuñando un hacha y el cuello del hombre fuese una palmera pindó a la que debía talar. Cuando su furia amainó, la cabeza de Guevara colgaba a un costado; un hilo de licor rojo formaba un arroyo microscópico ante el que se había detenido, vacilante, perpleja, una columna de hormigas.


TRES


Había elegido el café de Los Angelitos porque un hablador, de los que nunca faltan, insinuó que allí podría cruzarse con Gardel. Pero no era ni siquiera probable que coincidieran un día de semana y a una hora tan temprana. Sentado junto al ventanal, veía la lluvia cruel e inesperada abatiéndose contra los peatones retrasados, y por un momento supuso que estaba de nuevo en el monte y lo que veía eran hormigas extraviadas, ciegas, sorprendidas lejos de la boca del hormiguero. La ciudad tenía sus reglas aunque él no se esforzaba por comprenderlas. Se sentía perdido en la ciudad, y aunque podía recorrerla con los ojos vendados, sospechaba que nunca llegarían a simpatizar. La selva... la selva era otra cosa. La lucha cotidiana, las enfermedades y la miseria, hacían que enfrentar a la naturaleza en la selva fuera competir con un enemigo superior, tal vez invencible. No hubiera abandonado eso ni por todo el oro del mundo. El destino había decidido otra cosa.
      El regreso de Misiones fue caótico. Eglé y Darío no entendían lo ocurrido: la muerte de Ana María, el viaje, los primeros días en la casa de una abuela a la que casi no conocían. La torpe intuición infantil los hacía desconfiar; al padre le temían por sus arrebatos, pero podía ser tierno y divertido. En cambio la bruja era misteriosa, fría, imprevisible. ¿Qué sabían de ella? Podía resultar más peligrosa que las bestias de las que habían aprendido a cuidarse en la selva.
      Quiroga trató de apartar estos ominosos pensamientos. ¿Qué otra cosa podía haber hecho? Eran demasiado chicos para que él se hiciera cargo. Se quedó mirando la libreta y, tal vez para exculparse, escribió algo que le rondaba desde hacía rato: "El destino no es ciego; sus resoluciones fatales obedecen a una armonía todavía inaccesible para nosotros, a una felicidad superior oculta en las sombras". ¿Existiría una felicidad oculta en las sombras? ¿Cómo violentarlas para exigir su realización? Volvió a pensar en el episodio del bananal y en el hombre que había creído ser el asesino de Gardel. ¡Irse a morir al monte, de esa manera! Guevara se llamaba el tipo. Había muerto sin saber la verdad. ¿La verdad? Si el destino no es ciego, la verdad es una ficción. Todo lo que podemos hacer es enredarnos con las posibilidades, imaginar futuros y ordenarlos en un tablero como jugadas sucesivas de piezas a las que se les ha asignado un papel determinado. ¿Soy un alfil? Bien, me moveré por mi diagonal, fiel a la fatalidad trazada por el manipulador invisible. Es mejor que estar a la deriva, sin impulsos ni objetivos.
      Alzó la vista y se entretuvo unos segundos con la gente que desfilaba trazando líneas ocres y marrones sobre las lentes microscópicas que resbalaban por el vidrio. Pensó en los paisajes urbanos que lo estaban reclamando para sí, cantos de sirena que lo habían arrebatado de la selva. Ahí estaba, sin lugar a dudas, la resolución fatal. Pero la muerte, arbitraje infalible, tenía su propia concepción de la armonía. Tendría que avenirse a describir las zonas de cemento, las florestas de luz artificial, la desesperación del alcohol en los bares, el suicidio en un cuarto maloliente de pensión. ¿Ese era el propósito? Se habían confabulado para alejarlo de la selva, usando extrañas simetrías; tantas coincidencias no podían sino atribuirse a un propósito.
      —¿Puedo sentarme? —La voz, antes que la figura, lo arrancó del arrobamiento en el que se había sumido. Un fuerte acento anglosajón; mucha noche, mucho whisky. Detrás, una cara redonda y roja, una gran nariz, un bigote poblado, entrecano.
      —Sí, por supuesto —dijo Quiroga. El hombre extendió una mano acorde y se la estrechó con energía. Entre treinta y cuarenta años, pensó Quiroga; emprendedor, terco, decidido.
      —Soy Ulysses Dunbar.
      —Horacio Quiroga.
      —Sí, lo sé. Conozco su obra, además. ¿Lo interrumpo?
      Quiroga contempló al hombre tratando de adivinar su nacionalidad. ¿Escocés? Era una buena opción para esas facciones y ese porte. Sonrió al recordar los fatales caprichos del destino y miró de reojo la libreta. Sólo unas líneas. Gardel no había aparecido por Los Angelitos, no lograba dejar de pensar en la selva, la ciudad no le sugería ninguna historia, la felicidad, más que escondida en las sombras, estaba muerta en la oscuridad. —No, no me molesta.
      El otro advirtió el detalle. —Sí, lo he molestado. Usted estaba escribiendo.
      —No es nada. Notas, apuntes, esbozos. A veces ni eso. Ninguna idea eficaz, por cierto. ¿De dónde es usted? Habla un buen castellano.
      —Apenas. No soy digno de sus elogios. Nací en Indianapolis; ¿conoce?
      Quiroga se rascó la barba y entornó los ojos. —No. Me gustaría visitar su país. ¿Quiere un café?
      —Por favor. Pero yo lo invito, ¿sí?
      Quiroga renunció al zarandeo que hubiera supuesto resolver quien de los dos pagaba el café. Le hizo una seña al mozo y volvió su mirada a Dunbar.
      —¿Qué lo trajo a Buenos Aires?
      El otro no contestó de inmediato, como si de esa primera respuesta dependiera la calidad de las futuras líneas. Podía elegir una palabra o un discurso. Sabía, o intuía, que Quiroga no era un hombre paciente, por lo que se decidió por la primera alternativa.
      —¿Aventuras? —El matiz interrogativo fue evidente y Quiroga decidió no dejarlo pasar.
      —Usted sabrá. ¿No hubiera sido mejor internarse en la selva? Ahí, en el monte, tenemos más posibilidades de acción que aquí, en esta ciudad que presume de europea.
      —Oh, no, no esa clase de aventura. He hecho estudios, sabe, en la Universidad. Me interesa la política, política continental. ¿Se dice así?
      Quiroga se sintió atrapado en una malla de decepción. Esa clase de aventuras, claro. No le simpatizaban los que, ubicados en su posición de espectadores, se dedicaban a observar el ir y venir de los acontecimientos. Esos disfrutan con las acciones de los que manipulan a los pueblos como si fuesen majadas. Nos consideran países de segundo orden; nada de lo que nos ocurra les importa realmente. Y menos aún le simpatizaban los que se arrogaban el derecho de influir en esas acciones. La peor clase de arribistas: los mesiánicos, los idealistas.
      —¿Ha venido a curiosear por estos arrabales? —Intuyó inmediatamente que había sido grosero, pero el tipo ya le despertaba un irresistible deseo de agredir. Tal vez acumulaba demasiada rabia en el interior, y Dunbar se había ubicado en la diana. Sin embargo, el yanki no se sintió agraviado. Contestó educadamente, con una calma que expresaba un evidente deseo de agradar, de ser aceptado.
      —Este siglo se anuncia, cómo puedo expresarlo, interesante; no, es más que eso. Mire, Quiroga, esto no es casual; yo lo andaba buscando. Mi exploración, puedo decir así, está encaminada a detectar los signos que presagian los cambios sociales; revoluciones, ya sabe, las crisis profundas destinadas a cambiar los cimientos.
      —¿Y yo que tengo que ver con eso? —cortó Quiroga, de mal talante—. Vaya a verlo a Ingenieros. Ese se dedica a las revoluciones, no yo.
      Dunbar dejó que un gesto de contrariedad se le dibujara en el rostro. —No. He hablado ya con el doctor Ingenieros, pero yo lo busco a usted. Vea, Quiroga: he venido a estudiar su país, porque es un país interesante. No me ponga una etiqueta y me despache así como así.
      Quiroga trató de serenarse. La oportuna llegada de los cafés le permitió reconsiderar el asunto. Mantuvo suspendido el terrón de azúcar rozando la superficie del líquido oscuro hasta que adquirió un tono marrón y luego se lo introdujo en la boca, como si se tratara de un caramelo. Observó de reojo a Dunbar que a su vez sonreía complacido.
      —¿Qué quiere de mí? —No pudo evitar que sus palabras volvieran a mostrar irritación, pero el norteamericano no guardó la sonrisa.
      —Solamente hablar —respondió—. Alguien me comentó que usted había regresado a la ciudad y yo deseé hablar con usted, de inmediato. ¿No pensaba estar aquí, verdad?
      Quiroga dejó pasar la intención del comentario; Dunbar lo quería ubicar en un punto fijado de antemano, con un propósito definido que él no lograba determinar aún. Decidió dejarse llevar hasta ese punto sin ofrecer resistencia. Afuera la lluvia no cedía; no tenía nada mejor que hacer, excepto escribir, pero por alguna razón las ideas seguían ausentes. ¿Sería una nueva exhibición del destino? Tal vez Dunbar tuviera algún lazo con la armonía, inaccesible para él, quizá fuera el enviado para crear la luz y disipar las sombras. Sí, se dejaría llevar sin oponer resistencia.
      —Pensaba seguir viviendo en Misiones —suspiró Quiroga—. Una serie de circunstancias aciagas modificaron mis planes.
      —Sí, lo sé; discúlpeme. He averiguado algunas cosas. Espero que no lo tome a mal.
      —Está bien —dijo Quiroga, resignado; dispuesto a seguir a la deriva resultaba necio discutir cada lance de Dunbar—. La muerte, como usted sabe, es un motor poderoso. Mi mujer, mi esposa Ana María, no pudo resistir la vida en la selva. Creo que estaba loco cuando la forcé a aceptar ese rigor. ¡Pobrecita! Tal vez la traté como al personaje de uno de mis cuentos, y no como al ser humano frágil que era. —Siguió hablando, ya que el silencio hubiera sido un desliz fatal en ese momento. Pero Dunbar se sintió obligado a darle el pésame.
      —Lo acompaño en el sentimiento —dijo.
      —Gracias, está bien —respondió Quiroga—. Murió tras una terrible agonía. Ni las bestias del monte tienen una muerte semejante. —Hizo una pausa, aunque sólo para acentuar el efecto de las siguientes palabras. —Estoy cercado por la muerte. Midas convertía en oro lo que tocaba; yo aniquilo a lo que pasa junto a mí. Estar a medio metro mí puede ser fatal. ¿No tiene miedo de resultar afectado por la maldición de Quiroga?
      —¿Debería? La muerte es un accidente. El suicidio también es un accidente. No deberíamos sorprendernos; la vida también lo es.
      —¿Adónde me quiere llevar, Dunbar?
      —No recele, por favor. No lo quiero llevar a ninguna parte. Me siento muy honrado al hablar con usted. Siempre considero que hablar con gente inteligente me hace rico. Soy, si no le molesta mi manera de definirme, un vampiro intelectual.
      —Ah, eso —aceptó Quiroga. Y añadió irónicamente—: Me interesan los vampiros. ¿Qué succionan los vampiros intelectuales? ¿Quedan satisfechos con la sangre insubstancial de las palabras? Las fuerzas de mi alma flaquean, Dunbar.
      —No me interprete mal... He leído su último cuento, el que publicó en... en "Caras y Caretas", quizás allí, no lo recuerdo. —Notificado de que Quiroga no parecía dispuesto a socorrerlo, canceló el juego de equívocos y su memoria se aclaró. —"El conflicto de la simetría". Así se llama el relato.
      —En efecto, así se llama —dijo Quiroga; empezaba a hartarse del yanki. El propósito inicial, trabajado por su inquietud, ya era un montón de cenizas. No le importaban las intenciones de Dunbar—. ¿Qué ocurre con el relato? ¿Le parece interesante? ¿Acertado?
      El norteamericano quedó en silencio. Quiroga se estaba mofando de él y eso no era algo que se pudiera aceptar sin reaccionar. —Me parece que esconde algo —dijo finalmente—. Y lo que esconde me interesa. La simetría a la que alude es algo que usted vivió realmente, mientras su esposa moría.
      —No quiero hablar de eso —dijo Quiroga, cortante.
      —Usted tiene una teoría, subyace en el texto. Y coincide con otra que yo he formulado —se apresuró Dunbar. Era evidente que Quiroga deseaba huir de Los Angelitos, poner distancia con el extranjero que escarbaba en asuntos que no le concernían; hablaba a toda velocidad, temeroso de una interrupción prematura—. Sólo quiero discutir eso. Dejemos los detalles personales, si así lo desea, obviemos nombres y circunstancias. En "El conflicto de la simetría" usted aventura la posibilidad de que un hecho, actuando como una bola de billar sobre otro, desencadene un resultado que no estaba contemplado en la acción original.
      —No, no es así —dijo Quiroga, alerta, a la defensiva. Dunbar estaba peligrosamente cerca. Apuró el café, hizo ademán de pagar, lo que fue rápidamente obstaculizado por el otro, y levantándose tendió la mano. —Ha sido un gusto, Dunbar. Lamento tener que irme. —Era un modo brusco de terminar el encuentro, pero no se le ocurría otro.
      —Está bien. ¿Podemos volver a encontrarnos? —dijo Dunbar estrechándole la mano.
      —Sí, ¿por qué no? —mintió Quiroga—. Mañana o pasado mañana, en este mismo sitio.
      —Me sentiré muy honrado. —Dunbar sacudió la mano de Quiroga con vehemencia. Si había advertido que la actitud del escritor sólo estaba dirigida a sacárselo de encima, disimulaba a la perfección. Quiroga recogió el abrigo, el paraguas y la libreta, que fue a parar a un bolsillo interior del saco. Afuera, un relámpago cruzó la escena y reveló una línea de acción inesperada: volvería a ver al norteamericano, pero no de inmediato, sino en dos o tres años, tal vez más, en circunstancias muy diferentes, con un propósito que por el momento permanecía oculto. Pensó que no sería mala idea corregir lo escrito. El destino es ciego; sus resoluciones fatales obedecen a un capricho, son hijas del azar y la resignación y no persiguen otra finalidad que doblegarnos, arrojándonos de cabeza al abismo.


CUATRO


Los listones de madera crujieron bajo los cien kilos largos de Dunbar, lo que fue particularmente notorio en el silencio funerario del club. De un ángulo oscuro, como si hubiera venido reptando por los zócalos surgió un anciano escamoso, devastado por la psoriasis. Un portero.
      —¿Qué se le ofrece? —preguntó de mal modo.
      —Perdón, buenas tardes. Soy extranjero; me han dicho que aquí podría jugar algunas partidas.
      —¿Es socio?
      —No lo soy —dijo Dunbar armándose de paciencia—. Estoy de visita en su país y unos conocidos me sugirieron venir aquí...
      —Soy español, no argentino —dijo el viejo—. Veamos. Tendrá que pagar.
      —Si, sí, no hay problema —dijo Dunbar asimilando el abuso sin discutir. Sabía que allí no se cobraba a los invitados, pero la persona que le había sugerido la idea no estaba a mano. Aceptó el precio, una suma ínfima, satisfactoria para el portero, quien a continuación, instalando una sonrisa esférica en su rostro, le indicó el camino.
      Avanzaron cinco o seis pasos y el viejo señaló el rellano de una escalera oculta en la penumbra y luego hizo un gesto vago con la mano, indicándole que subiera. Dunbar se encogió de hombros y se movió a ciegas, adivinando la forma del tramo.
      No menos sorprendente le resultó hallar, tras una puerta maciza ubicada directamente contra el último escalón, una habitación pequeña, iluminada por docenas de lámparas de pie que luchaban a brazo partido contra una espesa niebla de humo de tabaco. Los cigarros, cigarrillos y pipas eran los reyes en un ámbito que, se suponía, éstos debían ser consistentes como ébano o marfil.
      Había seis hombres jugando, tan absortos como pueden estarlo los ajedrecistas. Movían las piezas con celeridad, unos deslizándolas por la madera encerada, otros levantándolas y dejándolas caer como martillos, seguros siempre de estar efectuando el mejor movimiento, aunque no lo fuera. Dunbar permaneció detrás, levemente a un costado, de un joven de unos veinticinco años que se desenvolvía con seguridad, aunque analizando unos pocos segundos cada lance y fastidiándose visiblemente cuando su adversario demoraba más de la cuenta. Nadie le dirigió la palabra al intruso, concentrados en sus partidas y ajenos al resto del universo. A veces, tras un error, se oía un quejido o una maldición. Pero en general las partidas se desarrollaban en silencio. Dunbar se permitió encender un cigarro, calculando que unas volutas más o menos no alterarían la topografía del lugar.
      Al cabo de un rato, el contrincante del joven dio por terminada su participación. —¡Basta por hoy! —exclamó, ofuscado. Arrastró la silla hacia atrás ruidosamente y se apartó de la mesa. Tomó el abrigo de un perchero que apenas se distinguía en la bruma para lanzarse, con un solo movimiento, escaleras abajo, a despecho de la invariable oscuridad. Era evidente que recorría ese trayecto con frecuencia. En el rostro del joven victorioso se dibujó una sonrisa deleitosa.
      —¿Quiere sentarse? —susurró el joven señalando la silla vacía frente a él. Era una pregunta, pero sonó perentoria; amable, a su manera, y al mismo tiempo autoritaria. Dunbar se cuestionó la idea original: demasiado joven para ser quien creía. No obstante, aceptó el convite y mientras se sentaba esgrimió la excusa típica.
      —No estoy a la altura de las circunstancias. —El otro lo observó con ojo crítico, algo sorprendido.
      —Habrá que comprobarlo. —Esbozó una sonrisa tibia, sin mayor compromiso y le indicó que tomara las blancas. —Del gran país del norte, por lo que veo.
      —Ulysses Dunbar, a sus órdenes, de Indiana. —Dunbar tendió la diestra. El otro se la estrechó. Tal vez pronunció su nombre, pero fue inaudible. Rehusó la invitación a eludir el sorteo y, ubicando un peón blanco en un puño y uno negro en el otro, ofreció la elección al contrincante. El joven tocó el puño derecho de Dunbar, donde estaba alojado el peón blanco.
      Empezaron a jugar. Fue evidente desde la apertura que Dunbar no tenía recursos para neutralizar la estrategia de su adversario. Éste no poseía una gran técnica, ni mucho menos, pero suplía las carencias con un gran control del tablero, a lo largo y a lo ancho. Una pieza contra la banda, actuando por las diagonales, era para él tan efectiva como el dominio objetivo del centro. Dunbar había visto jugar a Pillisbury y a Marshall en el Chess Manhattan de Nueva York. Conocía las partidas de Lasker, Capablanca, Rubinstein, por lo que ningún alarde de talento podía resultarle prodigioso. Sin embargo, en la forma segura y efectiva de resolver las situaciones, atándolas a su control, había un rasgo original, como si el joven usara la fuerza del adversario para cargar su propio ataque. Eso no lo había visto nunca, ni siquiera en las partidas de Lasker, genuinos monumentos al contragolpe.
      —Pragmático —musitó Dunbar en un momento en que, pudiendo rematar la partida, su contrincante eligió asegurar la ventaja material.
      —¿Por qué lo dice? ¿Es contrario a su patrón estético del juego? —La ironía caló hondo en Dunbar. Los sudamericanos habían heredado de los franceses la vocación por las agudezas verbales, antagónicas, en la mayoría de los casos a la franqueza inocente con que sus paisanos se lanzaban al combate. Se maldijo interiormente, ya que un desliz de esa naturaleza podía comprometer la línea de acción que había planeado.
      —Tal vez —replicó—. Pero si el objetivo es vencer no tengo argumentos para rebatirlo. ¿Sabe qué dijo Capablanca?
      —Sé quien es, pero no le sigo la pista a todo lo que dice.
      —"La combinación con entrega de piezas plantea la victoria del genio sobre lo trivial, sobre el juicio práctico y prosaico que encierra cualquier ventaja material". Es más o menos así, palabra más, palabra menos.
      —Muy agudo, Capablanca —dijo el joven—. Aunque no es como yo lo veo. Cuando juego, creo estar manipulando seres humanos de carne y sangre, no simples peones blancos o negros, sin vida. Mi compromiso es otro, claro. Voy en otra dirección. Economía de recursos, en todo caso. ¿Por qué comprometer la victoria si puedo asegurarla? Será prosaico, como usted dice, pero al final del día se cuentan los porotos.
      —¿Se cuentan los porotos? —Dunbar movió la cabeza, desconcertado. Eligió el camino seguro. —Una sorprendente coincidencia con Lasker. Él dijo algo así. Lo de los seres humanos y los peones, no los porotos. ¿Le interesa el juego del campeón? —El joven frunció el ceño; una leve mueca de disgusto aleteó en sus labios. No contestó a la pregunta y apremió a su adversario para que siguiera la partida.
      —Estoy perdido —replicó Dunbar. Inclinó el rey, se restregó las manos, haciendo sonar los nudillos y a continuación ubicó las piezas blancas de su lado—. Me dará la revancha, quiero creer.
      —Por supuesto.
      Jugaron la nueva partida en silencio. Dunbar procuró concentrarse, no porque le importara especialmente el resultado, sino para llegar, a través de esa vía, al territorio en el que operaba la estrategia de su oponente; estaba seguro de poder descubrir el motor último si lograba ponerlo en aprietos, aunque fuera a costa de un ataque suicida. Planteó un gambito arriesgado: el temido Muzio—Polerio. Recordaba un triunfo de Marshall en Nueva York, seis o siete años atrás, en una sesión de partidas simultáneas. Frank había vencido en pocos movimientos. Pero su ímpetu no pasó de la cuarta jugada, ya que su oponente, en lugar de embestir, participando del espíritu aventurero de la línea, prefirió realizar una sólida jugada de desarrollo, tan práctica y vulgar que Dunbar sintió deseos de abandonar allí mismo la partida. Diez o doce jugadas después se había serenado. Era evidente que el otro no había aceptado el presente griego con cabal dominio de la situación. Así jugaba; así era. Levantó la vista y su mirada se cruzó con la de otro de los jugadores. El hombre, un caballero anticuado que vestía un impecable terno gris, había terminado de disputar su juego y observaba la disposición de las piezas sobre el tablero de Dunbar con ojo crítico. Éste, perdido todo interés, abandonó y estrechó la mano del joven.
      —Definitivamente: su juego es demasiado para mí.
      —Demasiado para algunos, demasiado poco para otros —dijo el hombre del terno gris. Tenía ganas de intervenir y no iba a esperar a que lo invitaran.
      —Si usted tuviera treinta años menos, señor Lynch —dijo el joven—, o yo treinta más, podría desafiarlo a un duelo criollo.
      —Pero deberá resignarse a enfrentarme sobre esa misma mesa —replicó Lynch sonriendo—,
      y a perder por decreto. Nunca me verá con un cuchillo en la mano; lo mío, lo sabe, es otra cosa.
      —Tal vez, algún día, mi venganza pueda escribirse en un decreto.
      —No sea insolente, joven —lo atajó Lynch sin dejar de sonreír; había un pasatiempo oculto en la disputa entre esos dos, con códigos que a Dunbar se le escapaban, no un verdadero antagonismo, sino una rutina jocosa, que seguramente repetirían con frecuencia.
      —Tendré que ponerlo entre la espada y la pared con otros métodos.
      —Su carrera militar no lo ayudará en esta materia, amigo. El ajedrez es un juego estratégico, pero ustedes, en el Liceo, no pueden descifrarlo. Aprenderá a mover los caballos y las torres, pero nunca podrá develar las sinuosas acciones de los alfiles y mucho menos aún las complejas tramas de la dama o los minuciosos avances de los peones. Renuncie o juegue sabiendo que nunca alcanzará mi nivel.
      Dunbar escuchaba, estupefacto, los alardes de Lynch. Supo de inmediato que no se trataba de una vana pedantería. La superioridad debía ser matemáticamente exacta, o el joven, cuya fuerte personalidad no se ponía en tela de juicio, hubiera reaccionado de otro modo.
      —Va a provocar una idea equivocada en este amigo del norte —dijo el joven.
      —Dice que es militar. ¿Capitán, tal vez? —preguntó Dunbar.
      —Nada de grados en este lugar —protestó Lynch—. Esto no es un cuartel.
      —Sus prejuicios, algún día, lo perderán. Sí, capitán. Aunque coincido con el caballero que la jerarquía debe quedar afuera de este lugar. —Pero lejos de molestarlo, era evidente que la situación divertía, tal vez de un modo retorcido, al joven militar. Dunbar trató de utilizar la coyuntura en su favor.
      —¿Puede explicarme por qué no capturó el caballo en la cuarta jugada? Es la continuación clásica de la línea.
      —¿Y darle el gusto? Eso era lo que usted quería, y yo me sentí cómodo rechazando la oferta. Tenía veneno esa captura. Quedarme con su caballo y luego aguantar su ataque hubiera sido heroico pero no inteligente. Podía salir bien, pero podía haber salido mal, y el ajedrez, como la guerra, sólo debe aceptar toda tentativa de triunfo que parta de la seguridad estratégica en los planes.
      —Otra vez Lasker, aunque condimentado con varias especies de su propia cosecha, ¿no? Para disgustarle el campeón hace usted honor en exceso a la filosofía que él alienta y pregona. ¿Qué le molesta de Lasker? —Dunbar creyó oportuno agredir con violencia y atenerse a las consecuencias. —¿Que es judío?
      Era el punto crítico. Lynch se tapó la boca, ocultando sin hacerlo una risa pícara. No obstante, el joven oficial paró el golpe, y fiel a su costumbre, armó el contraataque.
      —Touché. Por unos se siente simpatía, por otros no se la siente. Mi maestro en filosofía del ajedrez, el futuro campeón, me ha enseñado que nada es tan saludable como una paliza en el momento oportuno. De pocas partidas ganadas se aprende tanto como de las derrotas.
      —Me ha dejado helado —dijo Dunbar.
      —¿Por la frase del cubano?
      —Hace un momento dijo que no le seguía la pista; ahora profetiza que será el próximo campeón.
      —Ah, eso. Lo leí en el tablero.

—El capitán Perón lee el tablero en vez de "La Nación" —dijo Lynch, en tono burlón.
      —El recambio llegará porque el mundo se aproxima a una nueva era —siguió Perón, sin prestar atención al comentario de Lynch—, una era de crisis profundas. El mundo antiguo, del que Lasker es un representante genuino, llega a su fin. "El táctico debe saber qué hacer cuando hay algo que hacer; el estratega debe saber qué hacer cuando no hay nada que hacer". Yo planifico a largo plazo, mi amigo. ¿Cree que seguiré siendo capitán por el resto de mi vida?
      Dunbar se dio por bien servido. Si Perón era capaz de llevar al terreno fáctico su pensamiento y su método ajedrecístico, el país de los argentinos no podría tomarlo a la ligera. Un relámpago de certezas comprimidas estalló en su mente. Perón era agudo, antisemita, carismático, impaciente; buenos ingredientes para empezar. Comprendía la realidad gracias a un golpe de vista tan veloz como efectivo; actuaba en función del largo plazo y no de la tosca oportunidad. Sabía asegurar las ventajas, por pequeñas que fueran. ¿Era un idealista? No podía asegurarlo. ¿Qué cantidad de ideal hay en la entraña misma de la acción? Era un hombre de acción, pero no de la acción impulsiva y bizarra, atada a vaivenes que por su mismo carácter contradictorio la apartan del objetivo estratégico. Alejó las presunciones de su cabeza. Perón y Lynch habían empezado una nueva partida. Quedó en silencio junto a la silla de Perón, observando los movimientos que plasmaba en el tablero. Al cabo de un momento sacó una libreta del bolsillo y comenzó a anotarlos con el objeto de analizar la partida más tarde. Iba a ser interesante verlo perder, si Lynch cumplía con su pronóstico. Se propuso seguir a Perón hasta donde le fuera posible.


CINCO


El mismo bar, la misma lluvia. Pero varios años después de lo previsto. Quiroga vio entrar a Dunbar, sacudiéndose las gotas de la gabardina. El norteamericano se orientó en la geografía hospitalaria de Los Angelitos y halló al escritor tras una breve vacilación. Salvó la distancia con grandes zancadas.
      —Cuatro años —dijo Dunbar estrechando la mano de Quiroga con efusividad.
      —¿Trató de encontrarme o el azar nos ha vuelto a reunir? —Quiroga estaba de mejor humor que en los tiempos que siguieron a la partida de Misiones. Las heridas habían cicatrizado, o por lo menos no ardían mordidas por la sal.
      —Lo estoy buscando. Varias cosas que se esbozaron en nuestra primera reunión se han cumplido o están en vías de hacerlo.
      —Si mal no recuerdo usted había hecho una lectura errónea de un cuento que publiqué por entonces.
      —¿Lectura errónea? ¿Sabe dónde golpearon las bolas de billar que golpearon a otras y así sucesivamente?
      —Se dice carambola.
      —¿Carambola? —Dunbar sintió una vez más el desconcierto, producto de sutilezas idiomáticas que se le escapaban, o de sus limitaciones intelectuales. No se creía dueño de una inteligencia poderosa. Decidió seguir adelante sin detenerse. —Di con el hombre.
      —¿Con el hombre? ¿Qué hombre?
      —En aquella oportunidad usted negó la aptitud de un hecho para actuar sobre otro, desencadenando un efecto no contemplado en la acción original.
      —Estaba de mal humor; no debió dar crédito a mis palabras.
      —No lo hice —dijo Dunbar. Llamó al mozo y pidió una taza de chocolate. —Seguí adelante. Mi talento, tal vez el único que poseo, es la capacidad para desentrañar el significado de las configuraciones.
      —¿Puede traducirlo?
      —¿Juega al ajedrez?
      —Un poco. Sé mover las piezas. ¿Alcanza?
      —Probablemente no. Pero lo intentaré explicar. Se libran batallas fuera de nuestra vista, ¿se da cuenta?
      —Más o menos. Está usando el truco de las frases secundarias. Podría ser de óptimo efecto, si intentara escribir un cuento.
      —No estoy intentando eso. No sabría cómo hacerlo. —Llevó el chocolate a los labios sin dejar de mirar a Quiroga. Se quemó. —Damn! Perdóneme.
      —También queman los esquemas que trata de explicar —interpoló Quiroga, en cierto modo divertido.
      —Detecté a un joven capitán, Perón se llama, ¿lo conoce?
      —En absoluto —dijo Quiroga—. ¿Debería?
      —Lo conocerá muy pronto. Me tomé el atrevimiento de invitarlo. ¿Le molesta?
      —No. Tampoco sé si me interesa.
      —Le interesará, se lo aseguro. —Dunbar consultó su reloj. —Llegará en diez minutos. Como casi todos los militares hace un culto de la puntualidad. —Quiroga permaneció callado y el norteamericano siguió exponiendo. —Lo conocí en el club de ajedrez. Es un jugador de fuerza media, nada del otro mundo. Pero tiene cualidades que lo diferencian de los ajedrecistas ordinarios.
      —Lee la mente —dijo Quiroga. No se estaba tomando en serio a Dunbar; toda la historia, iniciada tanto tiempo atrás, empezaba a parecerse a una acuarela castigada por la lluvia.
      —Por favor —suplicó Dunbar—. Tal vez no lo crea, pero he detectado una configuración definida en la que Perón ocupa un lugar central. Fusionando el pensamiento estratégico del ajedrez y los conocimientos adquiridos en el Colegio Militar, este militar ha preparado una mezcla explosiva. No ponga en duda lo que le digo. En unos pocos años, si no hacemos algo, enviará a este país por una vía sin retorno.
      —¿Si no hacemos algo? ¿Qué podríamos hacer? ¿Detenerlo? ¿Qué nos importa? No se ofenda, Dunbar: usted está un poco loco, quizás hasta un poco más loco que yo.
      Dunbar empezó a retorcerse las manos mientras Quiroga hablaba; hizo sonar las articulaciones y con las manos entrelazadas y los pulgares libres, se apretó la nariz. Luego extrajo una libreta del bolsillo interior de la chaqueta; la enarboló como si en ella estuviera la prueba decisiva sobre la existencia de Dios. —Cuando escuche lo que él mismo dijo no seguirá pensando así. —Leyó—: "El táctico debe saber qué hacer cuando hay algo que hacer; el estratega debe saber qué hacer cuando no hay nada que hacer". ¿Qué le parece?
      —Para ser totalmente sincero, no la entiendo. Ya le dije que casi no sé jugar al ajedrez.
      —Esto atraviesa el ajedrez y se clava en el corazón del acontecer humano. El hombre ha decidido crear las condiciones de su acción; ya trabaja para ese futuro hipotético, dentro de veinte o treinta años: saber hacer cuando no hay nada que hacer. ¡Es brillante y diabólico!
      —¿Dice que ese hombre va a venir aquí?
      —En un momento.
      —¿Y usted se propone?
      —Detenerlo.
      —Me parece que ha perdido la razón. ¿Vino desde su país en busca de una quimera y ahora desea materializarla a toda costa?
      Dunbar trató de recuperar la compostura; bajó la cabeza y tomó un último sorbo de chocolate, ya frío. —Un acto, un solo acto que exceda nuestro genio alcanza a justificarnos sobre este mundo.
      —Una proeza que logremos realizar por alguna razón —completó Quiroga—, y que nunca más podremos repetir. Yo escribí eso. Pero eso fue dicho en un momento de ofuscación, hundido hasta el cuello en la desesperanza. ¿Es su caso? ¿Está seguro de que no va a cometer un error, expresado como una torpeza fatal?
      —No. Por lo general yo acato las reglas. No obstante haré una excepción, tal vez la única de toda mi vida. La genialidad consiste en saber transgredir las reglas en el momento oportuno. Este es el momento.
      Quiroga dejó de prestar atención a Dunbar y miró hacia la puerta. Había entrado alguien que captaba su atención.
      —¿Perón? —dijo Dunbar, de espaldas al suceso, ansioso como un chico.
      —No —respondió Quiroga—. Gardel. Es inusual a esta hora, solo. ¿Qué estará buscando?
      —¿Gardel? ¿El cantor? —Dunbar giró el torso y vio a un hombre corpulento, casi grueso, de gran sonrisa, parado en la puerta de Los Angelitos. Gardel paseó la mirada por cada una de las mesas, como si estuviera buscando a alguien. En ese mismo momento, otro hombre también corpulento, trató de entrar al bar y encontró que la entrada estaba obstruida.
      —Perdón. ¿Me permite pasar? —dijo Perón.
      —Por supuesto —dijo Gardel—. Discúlpeme.
      Avanzaron ambos, en direcciones opuestas; las trayectorias habían concurrido y ahora divergían, tal vez para siempre.
      Perón se acercó a la mesa de Quiroga y Dunbar y se sentó, tras las presentaciones de rigor.
      —He leído algunas cosas suyas, Quiroga —dijo Perón—, aunque no sea mi cuerda.
      —No haga cumplidos. —El escritor observó al militar, vestido de paisano, con cierta cuidada informalidad. Decidió ir al grano, aunque evitando excederse en la información que estaba dispuesto a soltar. Después de todo, Dunbar podía ser sólo un mitómano, un aburrido infeliz sin demasiado ingenio para gastar su dinero. —El amigo norteamericano está vivamente impresionado por usted —dijo.
      —Eso parece —dijo Perón—. Me ha estado estudiando, ha tomado notas. Hasta registra las partidas de ajedrez que juego en el club. Es probable que, si el éxito me acompaña, le permita convertirse en mi biógrafo oficial. —Perón festejó su propia ocurrencia y Quiroga lo acompañó tibiamente. Dunbar, en cambio, había palidecido; en su rostro asomaba una punta de confusa aprensión, como si estuviera asistiendo a una escena invisible para todos, excepto para él.
      —Es una inofensiva frivolidad —dijo Quiroga—. Aunque la amenaza siempre es más fuerte que su ejecución.
      —Buena idea para ser aplicada en el ajedrez —dijo Perón—. No tanto en la política; si la gente no ve hechos, aunque sean hechos perjudiciales para sus propios intereses, jamás creerá al que los enuncia.
      —Trabaja sobre eso —dijo Dunbar, regresando de un incierto viaje espacial—, en la fusión de conceptos en campos aparentemente disímiles.
      —Denme un ejemplo —dijo Quiroga.
      Perón no se hizo rogar; extrajo una hoja de papel doblada en cuatro, la desplegó y leyó:
      —"Ocupen en el tablero el lugar que les corresponde a cada uno de ustedes y en ese tablero realicen la jugada que deben hacer porque, generalmente, uno es menos eficaz si no se encuentra bien encuadrado en el panorama de conjunto. Debe conocer cuál es su ubicación en el panorama de conjunto y comprender su misión para no confundir su función. Allí es donde su acción es realmente eficaz. Les digo esto para que puedan colocarse en el tablero, en las casillas que les corresponden, y puedan hacer después el movimiento adecuado, como en el juego de ajedrez." —Volvió a doblar la hoja, aunque esta vez le hizo un doblez adicional. La guardó en su sitio y miró a Quiroga y Dunbar, con una elocuente expresión de desafío.
      —¿Se da cuenta ahora? —dijo Dunbar, dirigiéndose a Quiroga. Había palidecido de nuevo; abundante sudor le mojaba la frente y un inesperado espasmo le torció la boca.
      —¿Le pasa algo? —dijo Quiroga.
      —Lo pongo muy nervioso —dijo Perón—. El hombre se excita con facilidad.
      —¿No se da cuenta? —Dunbar se puso de pie y clavó en el escritor una mirada inquietante, próxima al arrebato. Se movió hacia atrás y empujó la silla, que cayó con estrépito, atrayendo la atención de los parroquianos. Perón no parecía prestar atención a la escena y continuó endulzando su café, concienzudamente, como si fuera la última cosa que haría en su vida. En ese mismo momento Dunbar extrajo una pequeña pistola y apoyándola en la nuca de Perón, disparó.
      Mientras el cuerpo sin vida caía sobre un costado, Quiroga se demoró pensando en la muerte, una vez más en la muerte, haciéndose presente a escaso medio metro de donde él estaba. El destino no es ciego, confirmó; sus resoluciones fatales obedecen a una armonía que siempre será inaccesible para nosotros; nada nos garantiza que la felicidad se halle oculta en las sombras, nada nos garantiza que la vida tenga algún propósito.

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