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F i c c i o n e s

LA NOCHE DE LA RATA
Fernando José Cots

Argentina

Son mis últimos días en este mundo. Espero en este calabozo que la Inquisición me lleve a la hoguera para luego esparcir mis cenizas al viento. Si aún no lo han hecho, es porque esperan la llegada del Arzobispo desde Roma.
      Y el Arzobispo llega mañana.
      No es miedo lo que siento. Después de los tormentos de la Inquisición, ya no me asusta morir. Sí tengo pena, pena por haberla perdido.
      Pero es mejor así. Me habría dolido a mí más que a ella verla en manos de los verdugos. Si hay un Dios, si no es el Dios vengativo y cruel de los Inquisidores, pronto lo veré y le pediré explicaciones. Le preguntaré por qué dejó que mi amo hiciera de ella lo que hizo; por qué ella, que no estaba destinada a tener un alma inmortal, pareció tenerla por una noche.
      Y por qué dejó que naciera en mí este amor. Un amor que, al faltarme, aleja mis deseos de vivir.
      Tú, que me escuchas, déjame que te cuente mi historia. Conoce mi verdad.

II

Nací en una aldea muy lejana. Al menos, eso creo. Era muy niño cuando vine y jamás regresé, así que mis recuerdos pueden agrandar las distancias.
      Nací con una giba en el pecho y otra en la espalda. Mis piernas son más cortas que mis brazos y, además, curvas, en un ridículo arco que me ha granjeado no pocas burlas. Si a esto le agregas que dos tajos parten de mi boca para unirse a los agujeros de mi nariz, que mis orejas son enormes y salientes y que mi frente casi ni existe, te darás cuenta que no tengo motivos para dar las gracias por haber nacido.
      Fui el menor de varios hermanos. De mi padre recuerdo sus golpes, de mi madre su desprecio, de todos el hambre. Si algo bueno hicieron por mí fue venderme a mi amo; él pagó por mí al Señor de esas tierras y dejó algunas piezas a mis padres. Me alejé en su carro sin mirar atrás.
      Y la primera noche que pasé en el camino hacia aquí, fue la primera noche en la que no sentí hambre. Y nunca más mi amo dejó que pasara hambre. Si hay un Dios, que lo tenga en cuenta cuando él arda conmigo en la hoguera.

III

Porque mi amo, al contrario de otros amos de los que tuve noticia, no era amigo de golpear a sus siervos ni tratarlos mal. Era alquimista y, desde que llegamos al castillo del Marqués, trabajé con él en su laboratorio. Al principio sólo hacía la limpieza y la comida. Me enseñó a leer y escribir. Comencé a ayudarlo en sus experimentos y mis primeras barbas me encontraron convertido en su ayudante.
      Te he dicho que yo preparaba la comida; pero algunas veces mi amo cocinaba. Y si bien mi amo era un gran sabio, para quien las enfermedades no tenían fuerza ni secreto, no era el mejor cocinero que podía esperarse. La comida que preparaba era desabrida, cuando no directamente horrible. Eso sí, nunca me hizo mal.
      Pues... casi nunca.
      Una vez tomé una sopa por él preparada. De pronto se nubló mi vista. Mis recuerdos son confusos hasta el día siguiente. Recuerdo vagamente haber perseguido pájaros. Desperté con un sabor amargo en la boca y una gran pena en el corazón que no supe explicar.
      Mi amo cuidó de mí el resto de ese día, cual si fuera uno de esos amorosos padres que jamás conocí; y a pesar de mostrarse afligido por mi estado, en algunos momentos sonreía con una sonrisa que ya había visto otras veces; una sonrisa que decía que había llegado a donde quería llegar.
      Y me pregunto si lo que hizo conmigo habrá tenido alguna relación con lo que le pasó a ella.

IV

Mucha gente temía a mi amo. Le temían por ser demasiado sabio; entre ellos el Inquisidor. Y si mi amo no hubiese tenido la protección del Marqués, el destino que tendremos en poco tiempo nos habría llegado mucho antes.
      Mi amo, hombre de austeras costumbres, comenzó a fabricar oro en secreto. Era tal la cantidad de oro que lo habría convertido en un Señor más poderoso que aquel al cual servíamos; pero él lo escondía y seguía llevando la vida modesta de siempre.
      Después supe por qué lo hacía. Mi amo se había hecho amigo de un mercader que solía comerciar en la tierra de los infieles. Le dio todo el oro y le pidió que trajese de Samarcanda una extraña bebida cuyo nombre no recuerdo.
      Al año el mercader volvió con una pequeña redoma, pidiendo perdón por no haber podido traer más. Mi amo se dio por satisfecho y comenzó a preparar sus pócimas para llegar a lo que sería su gran noche.
      La noche en que comenzaría nuestra desgracia.

V

—¡Gaspar, más fuego!
      —¡Sí, amo!
      Aún ardían leños bajo el enorme perol, pero yo subía y bajaba echando más troncos. El calor era tal que nuestro laboratorio parecía una fragua. Yo apenas estaba vestido con lo necesario que la vergüenza indica. Mi amo, febrilmente, echaba hierbas y polvos en el espeso líquido que bullía en el perol. Echaba y observaba. Y aún en su fiebre sonreía al ver que todo estaba saliendo según sus deseos.
      Mi amo echó un líquido y el contenido del perol, que era rosa, quedó de color verde. Su rostro se transfiguró en maravilla.
      —¡Gaspar, ya no eches más leña!
      Le agradecí la orden pues estaba cansado. Fue hacia la mesa y tomó la redoma que le había dado el mercader. Miró brevemente el enorme códice que tenía abierto sobre un atril y vació el contenido de la redoma en el perol. El líquido hirviente se espesó más, su color se volvió negro como la noche y entre ese negro se veían unos finos hilos verdes que parecían tener luz propia.
      Mi amo echó unos polvos y el líquido adquirió el color de la piel de los infieles.
      —¡Ya está! —exclamó—. ¡El momento ha llegado! ¡Gaspar, pon la tarima!
      Acerqué al lado del perol una pesada tarima, mientras mi amo iba a un rincón y comenzaba a quitarse la ropa. No me pareció prudente verlo y desvié la mirada.
      Y la vi.
      Era una joven rata que vivía en el castillo. Se había hecho mi amiga, al punto de comer de mi mano. Yo la llamaba ĞMushağ y ella venía hacia mí, así que no era extraño verla.
      Pero esta vez estaba sobre una viga del techo corriendo aterrorizada. La perseguía el gato de la Marquesa. Musha parecía no tener salida y quedó temblando de terror.
      Decidí ayudar a mi amiga. Si no lo hubiese hecho, quizá otra habría sido la historia del mundo entero. Pero lo hice. Tomé la escoba y di un golpe al gato con tal saña que fue a caer contra la pared opuesta.
      Lo que siguió fue más rápido de lo que tardo en contarlo. Oí el grito desesperado de mi amo, que aún no había terminado de desvestirse. Vi que, al golpear la viga, había hecho perder el equilibrio a la pobre Musha, la cual caía directamente sobre el perol hirviendo. Alcancé a ver a mi amo que hacía un gesto inútil para detenerla.
      Y cayó.
      Siguió un enorme estruendo y una luz enceguecedora, como si el rayo y el trueno se hubiesen dado cita en el interior del perol. Una fuerza enorme me empujó hacia atrás en tanto que todo el laboratorio se convertía en un caos.

VI

No perdí la conciencia. Una densa humareda me ahogó los pulmones. Apenas cuidando de saber si estaba herido o no, me asomé a la ventana buscando el aire frío de la noche.
      El castillo estaba revuelto. Los guardias en las almenas hacían sonar sus cuernos. Soldados a medio vestir y aún medio dormidos salían con sus armas y sus gritos, esperando enfrentar un ataque. Los animales en las cuadras se habían vuelto locos y los sirvientes apenas podían contenerlos. Todo esto lo contemplaba a la luz de la luna.
      Vi que parte de nuestro techo había desaparecido y se podían ver las estrellas. Las lámparas del laboratorio se habían apagado y sólo quedaban algunas brasas bajo el perol dando una luz muy pobre. Busqué un cirio y lo encendí con esas pobres llamas. Pude ver el desastre que era todo.
      Mi amo, a medio vestir, estaba contraído sobre sus piernas y lloraba. Lloraba con pena, como nunca antes lo había visto llorar. Me acerqué.
      —¡Amo! ¿Te encuentras bien?
      —No estoy herido, Gaspar, si es lo que preguntas.
      —Amo, no llores por el laboratorio. ¡Dame un día y lo dejaré como antes! ¡Ni sabrás lo que ha pasado!
      —No lloro por eso, Gaspar. Toda mi vida esperando este momento... y esa maldita rata cae en la pócima antes que yo.
      No pude contener mi asombro.
      —¿Querías... querías arrojarte a ese líquido hirviente? ¡Habrías muerto quemado!
      —Mira el perol y verás que no es así...
      Acerqué el cirio al perol y no pude creer lo que veía. Estaba cubierto de escarcha. Una escarcha que se estaba derritiendo al calor de las brasas, claro; pero que en instantes un perol que hervía apareciese helado era algo que no podía comprender. Era... brujería.
      —¡Míralo bien, Gaspar! Ese baño me habría convertido en el más grande de todos los hombres. En el más sabio, en el más poderoso. Años llevo trabajando y estaba a las puertas de lograrlo.
      —¿No puedes volver a hacerlo?
      —Ya no. Necesitaría la esencia que me trajeron de Samarcanda. Y ya no queda más, me lo dijo el mercader.
      —¡Pero en alguna parte deben hacerla!
      —La hacen en Catay unos sabios infieles. Maceran unas plantas en vinagre durante años... ¡Son muchos años el viaje a Catay y no me alcanzará la vida! ¡Ya soy viejo!
      Me dio pena mi amo, aunque no entendía lo que pasaba. Quise consolarlo.
      —¡Pero amo! ¡Es mejor que haya pasado así! ¡Si no, hubieses muerto como la rata!
      Mi amo quedó pensativo. Miró hacia el perol con detenimiento.
      —Mira dentro del perol, Gaspar.
      No sólo por el tamaño del perol, sino por estar elevado sobre el fuego, no podíamos ver el interior desde donde estábamos. Me acerqué para asomarme.
      Pero no lo hice.
      Del borde del perol asomaron dos manos. Dos manos pequeñas, finas. Mi amo y yo retrocedimos asustados. A la pobre luz del cirio podíamos suponer cualquier cosa.
      Asomó. Era una muchacha de rostro asustado. Saltó al exterior y pudimos ver que estaba completamente desnuda. Su rostro, humano, conservaba ciertos rasgos de la rata que había sido.
      —¿Musha? —pregunté temeroso.
      Me sonrió y vino hacia mí. Me tomó las manos y su rostro cambió a la extrañeza. Vio sus propias manos y se las tocó. Y con sus manos y sus ojos comenzó a recorrer su cuerpo. Estaba asustada, extrañada, intentando pensar.
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Ilustración: Valeria Uccelli
      —¡Yo tenía razón! —gimió mi amo—. Si una rata se convirtió en mujer... ¿en qué me habría convertido yo? ¡En un dios!
      —¡O en un diablo, amo! ¿Qué habría pasado con el Inquisidor?
      —¡Al diablo con el Inquisidor! ¡Yo habría sido más poderoso que toda la Inquisición! ¡Que todos los ejércitos de la Cristiandad!
      —¿Ella también? ¿Ella podrá vencer a la Inquisición?
      El rostro de mi amo se ensombreció.
      —No... ella nos puede llevar a la hoguera.
      Mi amo corrió hacia la ventana. Vigilé que Musha estuviera aún ocupada con su nuevo cuerpo y también me asomé.
      El patio y las murallas hervían de gente. Algunos señalaban hacia nuestro laboratorio y pronto nos estuvieron mirando todos; incluso el Marqués, que había demorado en salir. La luz de la luna debió haberles hecho ver los daños en nuestro techo.
      Mi amo me arrastró de nuevo hacia el interior.
      —¡Debemos ocultarla!
      —¿Cómo?
      Mi amo miró en derredor con desesperación.
      —¡Allí, métela allí!
      Estaba señalando un hueco en la muralla, el hueco donde yo dormía. Obedecí de inmediato mientras él iba hacia la puerta.
      —No tardarán en venir... no debemos despertar sospechas.
      Metí a Musha en el hueco y me volví a intentar dar un aspecto decente a nuestro laboratorio, pero de inmediato Musha volvió a salir y me abrazó con miedo. Mi amo hizo un gesto de fastidio.
      —¡Quédate con ella, yo los atenderé!
      Entramos, pues, ambos en el hueco. Llegué lo más al fondo que pude y la sujeté a mi lado. Musha chillaba asustada hasta de su propia voz, demasiado humana para la rata que había sido. Había que callarla.
      No me culpes de lo que pasó. Recuerda que, por estar con el fuego, yo también estaba casi desnudo. Sentí ese cuerpo cálido, humano. Me despojé de la poca ropa que conservaba y comencé a fornicarla. Sus chillidos de miedo dieron lugar a quejidos hasta que yo dejé ir mi lujuria. Quedé agotado y ella en silencio.

VII

Desde mi escondite, a la débil luz del cirio, vi cómo mi amo, ya vestido, quitaba la traba de la puerta y la abría. Prudente, pensé. Si los guardias derribaban la puerta, Musha se asustaría y comenzaría a chillar. Luego mi amo tomó el cirio y lo puso a un costado del hueco; de esa forma el interior del mismo quedó en tinieblas y podíamos ver sin ser vistos.
      Yo no soltaba a Musha. La sujetaba contra mí y ella parecía estar tranquila, adormilada. Y pese a todo el temor que sentía, me agradaba tener a mi lado a esa pequeña compañera. Sólo debía esperar que los guardias del Marqués entrasen. Mi amo, espíritu avisado, no tardaría en hacerlos salir.
      Pero no aparecieron los guardias. Apareció el Inquisidor con expresión de censura. Sin pedir permiso, entró observando el destrozo con severidad. Luego miró a mi amo con esos ojos ante los que todos temblábamos. Pero mi amo le sostuvo la mirada.
      No me cabía duda que los dos hombres se odiaban mutuamente. Pero también sabía que el Inquisidor, si hubiese decidido usar todo su poder, habría enviado a mi amo a la hoguera pese a las protestas del Marqués. Mi amo, por su parte, jamás se había referido al Inquisidor despreciándolo, aunque estuviera furioso con él. Siempre tuve la impresión de que, a pesar de su rivalidad, se tenían por los únicos iguales entre todos.
      —¿Otra vez, Alquimista? —sonó la voz del Inquisidor—. ¿Otra vez intentas abrir las puertas del Infierno?
      —Jamás os quitaría ese privilegio, su Eminencia.
      El Inquisidor hizo una pausa.
      —Alguien más alto me lo ha quitado, sin duda. Pues si no ha sido un rayo divino lo que destruyó este antro de condenación...
      —Estoy seguro que no ha sido un rayo divino.
      —¿Por qué estáis tan seguro? —sonrió irónico el Inquisidor.
      —Pues... si yo fuese un hereje o un endemoniado, ya no estaría aquí. Nuestro Señor acierta siempre con sus rayos.
      Hubo otro silencio. El Inquisidor había encontrado a mi amo más agudo que de costumbre. Él, por su parte, había estado durmiendo antes del estruendo y sus ideas no estaban muy claras. Supo que, al menos esa noche, no encontraría motivos para acusar a mi amo y enviarlo a la hoguera. No si no sabía lo que había pasado.
      —¡Al fin de cuentas! —exclamó malhumorado—. ¿Qué es todo este desorden? ¿Qué ha sucedido aquí para que nos levantemos conmovidos por truenos y relámpagos en una noche serena?
      —Pues... su Eminencia... sabéis que nuestro señor, el Marqués, se propone ir a Tierra Santa a liberar el Santo Sepulcro del dominio infiel.
      —Loable propósito. La voz del Ermitaño lo ha pregonado por toda la Cristiandad. ¿Pero cómo relacionas eso con vuestros manejos infernales?
      —Pues... dado que soy viejo y no puedo combatir al lado del Marqués, me he propuesto preparar un arma. Algo que permita al Marqués una pronta victoria, para mayor gloria de Dios.
      —¿Un arma, decís?
      —Y como veis, es poderosa. Es un polvo negro que los tártaros trajeron de Catay. ¡Pero todavía no he logrado dominarlo! Quiero hacer que sirva al Marqués pero no lo dañe.
      El Inquisidor miró a mi amo con desconfianza. Se dirigió al perol. Ya se había derretido la escarcha y un leve vapor salía del interior del perol seco. Eso habría disuadido al Inquisidor de tocarlo. Se volvió hacia mi amo.
      —¿Qué pasaría si... si vuestro polvo negro de los tártaros no mata infieles, sino buenos cristianos?
      —¿Cómo podría suceder así, su Eminencia?
      —Con los ejércitos del Marqués avanzando sobre la Sede Imperial. Sabéis que el Marqués, como tantos otros nobles señores, ansía la corona de Carlomagno sobre su cabeza.
      —No ha habido cabeza como la de Carlomagno para llevar esa corona. Y nuestro señor, el Marqués, lo sabe mejor que nadie. Pero si el maligno lo tienta a marchar sobre el Imperio... no dudo que vos le aconsejareis para que no pierda su alma inmortal.
      Ante tal respuesta, el Inquisidor supo que esa noche estaba en desventaja. Cualquier enfrentamiento con mi amo debía esperar a que sus luces tuviesen mayor intensidad. Suspiró profundamente.
      —Diré al Marqués lo que ha pasado; pero...
      —¿Sí, su Eminencia?
      —Pero no volváis a interrumpir el sueño de los buenos cristianos. Ha sido demasiado sobresalto para esta noche.
      —Así se hará, su Eminencia.

VIII

El Inquisidor salió sin decir más. Mi amo cerró la puerta y colocó la tranca.
      —¡Gaspar, pronto!
      Tan pronto me apresuré a salir que olvidé que estaba desnudo. Musha me siguió y, cuando me hube detenido ante mi amo, me abrazó con ternura. Sólo en ese momento me percaté de lo evidente que era todo. Atiné a taparme las vergüenzas con mis manos, al tiempo que bajaba la cabeza.
      —Perdón... amo...
      Mi amo sólo sonrió con una sonrisa triste.
      —¿Quién soy yo para perdonarte, desdichado? ¡Si no ha habido hembra en toda la Marca que no huyera de ti! ¡Tonto habrías sido de no aprovecharlo!
      Mi amo miró detenidamente a Musha. Ella, por su parte, lo miraba con temor.
      —Ahora que lo pienso... ¿Sabes? Creo que te habría pedido que le hicieras un hijo. Me alegro que las cosas hayan salido así.
      Mi amo tendió su mano hacia la cabeza de Musha en un gesto de caricia. Musha no debió entenderlo así, ya que clavó sus uñas en mi carne al tiempo que lanzaba un rápido mordisco a los dedos de mi amo. Él, por su parte, fue rápido en retirarlos. Retrocedió unos pasos, miró a Musha en forma pensativa y extendió sus manos hacia el frente.
      —Gaspar... sepárate de ella, ven hacia mí y tómame las manos.
      Así lo hice.
      —Ahora bésame las manos.
      Obedecí. Musha ya no miraba con miedo, sino con extrañeza.
      —Ahora vuelve con ella y haz lo mismo.
      Cuando tomé las manos de Musha y las besé, ella no había perdido su extrañeza; pero sonrió.
      —Vuelve conmigo y abrázame.
      Ya entendía lo que planeaba mi amo. Musha estaba bien conmigo, confiaba en mí. Y yo debía enseñarle que podía confiar también en mi amo.
      —Vuelve con ella y abrázala.
      Cuando la abracé, me respondió con tanta efusividad que mi naturaleza volvió a manifestarse. Mi juventud y el largo ayuno contribuyeron a ello. Di la espalda a mi amo para evitar más vergüenza.
      Mi amo, ignorando mi situación, dio un paso hacia nosotros y extendió sus brazos. Musha sonrió, se desprendió de mí y fue hacia él. Tomó sus manos, las besó y lo abrazó.
      —¡Eso está bien! —exclamó mi amo sonriendo—. ¡Vamos más rápido de lo que esperaba!
      Intrigado, giré para ver y mi amo descubrió mi estado.
      —Gaspar... entra con ella en el hueco y no salgas hasta que no tengas más fuerzas. Yo tengo trabajo que hacer.
      A pesar de mis ansias, no pude menos que preguntarle.
      —¿Qué queréis hacer?
      —Pensar... pensar cómo educarla en una noche. Si se descubre lo que es, iremos todos a la hoguera. ¡Vete, vamos! ¡Que así no me sirves!
      No demoré.

IX

No fue sencillo. Si bien mis fuerzas eran muchas, Musha me exigía más. Llegó un momento en que creí sucumbir; pero pronto Musha entró en el sueño y yo, venciendo los mismos deseos, salí del hueco.
      Encontré a mi amo revisando un viejo códice. Había vuelto a encender las lámparas, lo que hacía que el desastre del laboratorio se viese peor. Me vio y, sin decir palabra, tomó unas cuantas bayas oscuras de un pote roto.
      —Toma. Mastícalas y trágalas. Vienen de la tierra de los infieles. Son amargas como el demonio, pero te darán fuerzas para estar despierto.
      Y mi amo no mentía. No recuerdo haber comido nada tan horrible, pero el sueño huyó volando hacia la noche.
      —Será mejor que busques tu ropa —me dijo—. Pero no te vistas todavía. Debemos buscar algo para ella.
      Volví al hueco y retiré lo que había tenido puesto. El movimiento despertó a Musha, que salió conmigo. Mi amo, en tanto, había tomado una túnica vieja que tenía guardada en un rincón.
      —Gaspar, pasa esta ropa por tu cuerpo, como si estuvieras secándote el agua de la lluvia.
      Obedecí a mi amo con dudas. ¿Por qué habría de secarme? No tenía más que el sudor de la lujuria. Pero pronto pude apreciar la sabiduría que lo animaba. Vistió con esa túnica a Musha y ella, reconociendo mi olor, no se la quitó. Yo aproveché para vestirme.
      —Así está mejor, Gaspar. Debe acostumbrarse a estar vestida.
      Como si Musha lo hubiese entendido, no demoró en despojarse de la túnica. Mi amo hizo un gesto de resignación.
      —Vuelve a vestirla, Gaspar.
      Estaba por cumplir la orden de mi amo cuando el gato de la Marquesa volvió a aparecer. Mi amo desesperó.
      —¡No Dios, por qué!
      Musha descubrió al gato y entró en tensión mostrando sus dientes. El gato, por su parte, no se dejó engañar por las apariencias. Sabía que estaba frente a una enemiga poderosa. Dio un maullido de terror y huyó por el hueco donde había entrado.
      Musha fue tras él, pero se detuvo ante la pequeña entrada. Comenzó a tocar los bordes y luego su propio cuerpo. Mi amo la observaba fascinado.
      —¡Es sorprendente! ¡Está tomando conciencia de su tamaño! ¡Piensa!
      Musha abandonó su posición animal y comenzó a revisar la pared. Lo hacía como buscando algo.
      —¿Qué está haciendo?
      —Pues... ella, en su vida de rata, ha recorrido todo el castillo. Está tratando de recordar qué pasos se ajustan a su nuevo tamaño.
      —Sólo le queda la puerta y la ventana... ¡y el agujero del techo!
      —Si es así, tú la detendrás; aunque...
      Mi amo quedó pensativo.
      —Algunas veces me han faltado algunos códices. Entre ellos, el libro de San Cipriano. No me faltaron cosas de valor ni había dejado abierto... lo atribuí a olvidos de mi vejez; pero ahora...
      Mi amo volvió a mirar a Musha. Ella se había apoyado en un lienzo de piedra y lo palpaba como buscando algo. Estaba pensativa. Volvió a tocar su cuerpo y entonces hizo algo que nos sorprendió.
      Giró sobre sí misma y dio la espalda al lienzo de pared. Tomó una actitud que en ella no habría vacilado en calificar de reina, aunque luego mi amo me hizo notar que estaba imitando al Inquisidor.
      Extendió su mano como si fuese a asir algo. Y dio la impresión que en su mano hubo algo invisible. Tomó "eso" y lo jaló hacia sí misma.
      —¿Qué está haciendo?
      —Está... ¡Oh Dios! ¡Está recordando! ¡Lo sabía, lo sabía!
      Las palabras de mi amo eran incomprensibles para mí. Volví a ver a Musha, quien buscaba algo en el costado del lienzo. Halló una piedra. Hizo presión sobre ella y la piedra se hundió, al tiempo que el lienzo de pared saltó hacia adelante.
      —¡Una puerta secreta! —exclamé.
      —¡Por allí entraba el Inquisidor a robarme!
      —¿Por qué el Inquisidor?
      —Porque tuve oro aquí... y jamás me faltó. Sólo libros... ¡Se va!
      Musha había desaparecido por la puerta. Mi amo tomó una linterna sorda y la encendió.
      —¡Ve tras ella, Gaspar! ¡Ahora no le será tan fácil ver en la oscuridad!

X

Mi amo se equivocaba. Musha, a pesar de haberse convertido en mujer, no había perdido sus dotes de rata. Sus ojos penetraban en las tinieblas y su nariz la llevaba tras el rastro del gato. Yo esperaba que lo alcanzase y acabase con él, así podría traerla conmigo sin problemas.
      Veía yo mi camino pero no podía verla a ella. Sólo escuchaba sus pasos alejándose con rapidez. Corrí todo lo que pude.
      En un momento llegué a un cruce de túneles. Tres caminos a elegir y sólo uno el correcto. ¿Hacia dónde había ido? Me detuve e intenté calmar mi corazón. Escuché.
      Hacia mi izquierda se oyó un maullido de horror. No vacilé y corrí. Al final del pasadizo una luz me decía que allí había gente. ¿Pero dónde iba a salir? No podía precisar dónde estaba.
      Llegué a la luz y era otra puerta secreta. Encontré una cama enorme, con dosel y, más allá, una fosa con agua, como las que tenían los romanos para bañarse, según me contaba mi amo.
      Nunca había estado allí, pero no tuve dudas de estar en la habitación de la Marquesa. Sólo ella tenía esas debilidades.
      —¡Musha! —llamé en voz baja. Si había lámparas encendidas, la Marquesa no tardaría en llegar.
      Un gemido me respondió del otro lado del lecho. Allí estaba Musha arrodillada en el piso. Parecía estar desconcertada. Frente a ella, el gato de la Marquesa yacía con el espinazo partido.
      —¡Musha! —exclamé. Se puso de pie y vino a mi lado. Miraba al gato y parecía no entender lo que pasaba. Yo me daba cuenta que la condición de rata la estaba abandonando, de otro modo habría devorado al gato.
      Me acerqué al pobre despojo y de un puntapié lo envié bajo un cortinado. Ya lo encontrarían cuando diese olor. Ahora lo que importaba era que Musha no lo siguiera viendo. Me acerqué a ella y la tomé por el brazo.
      —Vamos, Musha. El amo nos espera.
      En ese momento escuchamos ruidos en la puerta de entrada. Con rapidez tomé la linterna y corrí hacia la puerta secreta. Ya estaba por cerrarla tras de mí cuando vi que Musha no me había seguido. Era tarde para entrar nuevamente, pero dejé una hendija abierta para ver qué pasaba.
      Entró la Marquesa con sus damas y encontraron a Musha de pie, desnuda y mirándolas con perplejidad.
      Por si tú, que me escuchas, no has tenido noticias, justo es que te informe de algo antes de seguir.
      Tanto la Marquesa como el Marqués se habían casado por arreglo de sus padres; pero ambos sentían pasión insana por seres de su mismo sexo. No era un secreto para nadie, pero ambos mantenían las apariencias. Así el Marqués tenía una "Guardia de Honor" de jóvenes efebos, en tanto la Marquesa tenía sus "Damas", con las cuales compartía todas las horas.
      Se contaba incluso que la Marquesa y sus damas solían ir a la torre más alta del castillo las noches de luna llena en estío. Esa noche allí no había centinelas. La Marquesa y sus damas se despojaban de sus ropas y se dedicaban a sus juegos. El estruendo del laboratorio debió haberlas interrumpido y por eso recién regresaban. Y allí estaban, frente a Musha.
      —¿Qué es esto? —preguntó la Marquesa.
      —No sé... parece ser una aldeana —dijo una de las damas.
      —No, no es de aquí —intervino otra—. Conozco a todas las jóvenes de la Marca y jamás la he visto.
      —Y yo he dado órdenes para que me informen de toda jovencita que llegue a la pubertad. Esta criatura podrá tener... trece años, quizá.
      —Mi señora, si observáis bien, veréis que no es una belleza. Quizá pensaron que no os agradaría.
      —Eso lo decido yo.
      La Marquesa avanzó hacia Musha. Yo, desde mi posición, podía observarlo todo; y aún no habían notado que el lienzo de pared estaba abierto. Decidí esperar.
      —¿Cómo te llamas?
      Musha se limitó a sonreír tontamente. Parecía haber perdido el miedo a los humanos, pero me preocupaba qué podía pasar si la Marquesa decidía tocarla.
      —Parece tonta —comentó una dama.
      La Marquesa desató los cordones de su ropa y la dejó caer, quedando tan desnuda como Musha. Ésta pareció alegrarse de encontrar un cuerpo como el suyo. La Marquesa la abrazó con ternura y ella devolvió el gesto. La Marquesa se retiró con un gesto de desagrado.
      —¡Hueles como el demonio!
      Se volvió a sus damas.
      —La quiero limpia.
      Las damas se despojaron de sus túnicas y quedaron tan desnudas como la Marquesa. Se acercaron a Musha, la rodearon y la llevaron hacia la fosa romana.
      Yo aproveché para entrar nuevamente. Entorné la puerta secreta de modo que no se cerrase del todo, ya que no sabía cómo abrirla desde allí; pero sí lo suficiente como para no llamar la atención.
      Escondido tras un cortinado vi cómo la Marquesa y sus damas, en el agua, limpiaban a Musha con aceites y esencias. La limpieza dio lugar a caricias, las cuales Musha retribuyó. No tardó la fosa romana convertirse en una saturnal y yo, tras la cortina, dejé ir mi semilla.

XI

No podía mantenerme despierto y no me atrevía a volver al laboratorio por otra baya amarga. Temía que Musha siguiese por otros rumbos.
      Hasta el momento ella permanecía en el lecho con la Marquesa y sus damas, hechas todas un enredo de cuerpos. Exhaustas, parecían dormir, aunque cada tanto se escuchaba un gemir quedo. Comencé a pensar que debía hacer algo antes que la fatiga me durmiese. Si las damas me encontraban al despertar, el verdugo me cortaría la cabeza.
      Habían apagado la mayoría de las lámparas, quedando apenas un turíbulo cerca de la fosa romana. Las sombras me permitían moverme con cierta libertad. Salí de mi escondite y me acerqué al enorme lecho lo más que pude. Confiaba en que Musha conservase su fino oído de rata.
      —¡Musha! —dije en un susurro.
      Musha se irguió sobre los cuerpos y miró hacia mí. Sabía que, pese a la tiniebla, me veía. Le hice señas para que se acercase. Comenzó a deslizarse pero, al hacerlo, pasó por encima de una de las damas rozando su cuerpo. Ella pareció despertar, la abrazó y la besó. Musha respondió y se quedó sobre esa dama para mi fastidio.
      Ambas estaban muy cerca del borde del lecho. Me acerqué y trepé por encima. Tomé el brazo de la Marquesa y lo coloqué sobre la dama que retenía a Musha. No tardó la Marquesa en salir en parte de su sueño. Yo volví a refugiarme en las sombras mientras la Marquesa y su dama comenzaban a buscarse, sin soltar todavía a Musha.
      Desde las sombras, ya despejado, volví a susurrar.
      —¡Musha!
      Ella, más que oírme, pareció olerme. Abandonó el lecho sin que las dos mujeres la retuvieran. Vino hacia mí. Yo la tomé del brazo, alcé la linterna sorda y fui hacia la puerta secreta. Una vez que Musha y yo estuvimos en el pasadizo, cerré la puerta con fuerza.
      Cuando abrí la linterna sorda para iluminar, Musha se acercó y acarició mi cuerpo. Ambos estábamos desnudos, había visto el desenfreno de la Marquesa... así que las losas del pasaje fueron el lecho de nuestro encuentro.

XII

Mi amo me escuchó con atención mientras miraba a Musha. Yo me había vestido y Musha ya no parecía querer sacarse la túnica.
      —Está por salir el sol —dijo.
      —¿Es importante eso, amo?
      —Debemos asistir al oficio religioso. No sé si se quedará aquí, así que deberá ir con nosotros.
      —¿No será peligroso, amo? Ella deberá ir con las mujeres...
      —Parece estar entendiendo cada vez más. Se condujo bien con la Marquesa...
      Mi amo parecía pensativo.
      —No hay alternativa. Si faltamos al oficio, el Inquisidor querrá saber por qué y vendrá. Átale un cordón, de modo que demore en quitarse la túnica, si lo intenta. Y tú, ponte más ropa como si tuvieras frío. Espero que te imite.
      —¿Esperas eso, amo?
      —Puede ser. Su entendimiento sigue creciendo. Quizá en una semana pueda hablar.
      Mi amo se acercó a ella y le sonrió. Musha devolvió el gesto. Mi amo se señaló a sí mismo y pronunció su propio nombre.
      —Teobaldo.
      Musha lo miró con extrañeza. Mi amo señaló hacia mí.
      —Gaspar.
      Luego señaló hacia ella.
      —Musha.
      Mi amo retrocedió un paso. Yo lo señalé.
      —Teobaldo —dije.
      Me señalé.
      —Gaspar.
      La señalé.
      —Musha.
      La mirada de Musha era una mirada atenta. Sólo en sus ojos había un brillo, débil reflejo del fuego que ardía en su interior. Súbitamente ese fuego pasó a su cara, en una sonrisa. Señaló a mi amo.
      —To... bal... do...
      Fue la primera palabra que oí en su voz. Me señaló.
      —Ca... sar... par...
      Y luego a sí misma.
      —U... cha...
      Mi amo alzó los brazos al cielo.
      —¡Gracias a Dios! ¡Pasará por tonta un tiempo, pero estaremos ganando los días!
      Me acerqué a ella y la besé.
      —Te amo —le dije.
      Musha hizo el intento de quitarse la túnica. Mi amo se alarmó.
      —¡No, ahora no!
      Musha miró a mi amo con extrañeza.
      —Que no se desvista. Átale el cordón. Si es necesario, atémonos cordones también nosotros.
      —Pero amo... ella deberá cubrirse la cabeza y nosotros no...
      —Confiemos en que imite a las mujeres. Estará entre ellas.

XIII

Caminábamos los tres hacia la capilla del castillo. Otros habitantes acudían al llamado de la campana. Aún era de noche, pero se notaban las primeras luces del amanecer.
      Musha iba de mi brazo. Como había dicho la dama, no era una belleza; pero yo tampoco lo soy. Todos aquellos que iban con nosotros nos miraban con curiosidad y con cierta lascivia, quizá pensando en que había encontrado la mujer que me correspondía. Y así lo creía yo en ese momento.
      Entramos bajo las bóvedas de la capilla y en ese momento debíamos separarnos. ¿Cómo hacer para que Musha fuera sola?
      El destino acudió en nuestra ayuda... o quizá para acelerar nuestra desgracia. Ya estaban allí la Marquesa y sus damas. La Marquesa parecía pensativa y preocupada. Cada tanto miraba en derredor. Era evidente que había notado la ausencia de su gato, pero sólo Musha, mi amo y yo sabíamos dónde y cómo estaba.
      Algunas damas descubrieron a Musha y la saludaron. Ella sonrió y fue a su encuentro. Nosotros nos ubicamos de modo que, desde nuestro lugar, pudiésemos observar lo que pasaba.
      Las damas dieron un lugar a Musha y ella parecía atenta a imitar todo lo que hacían. Eso nos dio cierto alivio.
      —Si todo sigue así, cuando volvamos al laboratorio comenzaré a educarla.
      El oficio se desarrollaba con regularidad, al tiempo que los rayos del sol comenzaban a entrar por los vitrales e inundaban la capilla de una bella luz. Y debo decir que soñé con un día en que Musha —ya humana para siempre— y yo nos uniésemos frente a ese altar.
      Me volví a mirarla y noté cierta oscuridad en su rostro. No sólo su expresión sombría, sino su piel parecía haberse oscurecido. Lo señalé a mi amo.
      —Ya lo he visto... pero ahora no podemos hacer nada. Quizá sea la luz intensa la que nos hace ver su piel más oscura.
      —¿Y su rostro?
      —Fatiga. Como nosotros, no ha dormido en toda la noche.
      En eso entró a la capilla una de las damas. Se persignó y con paso rápido llegó hasta la Marquesa. Le susurró algo al oído y ésta lanzó un gemido. La dama, seguramente, había descubierto al gato.
      La Marquesa quedó abatida. La dama, que más no podía hacer, buscó un lugar entre los bancos.
      Y su lugar estaba ocupado por Musha.
      La dama se acercó a ella y, en voz baja la intimó a levantarse. Musha no se movió. Miraba a la dama pero, desde nuestra posición, no podíamos ver qué expresión tenía.
      La dama pareció perder la paciencia. Tomó a Musha por los hombros y la levantó. Musha parecía dejarse levantar. Cuando la retiró del sitio, pudimos ver su rostro demacrado donde sus rasgos de rata se evidenciaban más que nunca. Iba a levantarme pero mi amo me contuvo.
      La dama dio a Musha un leve empujón y se sentó en el sitio que ésta ocupaba. El empujón hizo tambalear a Musha quien, con pasos de enferma, retrocedió hasta llegar bajo la luz del sol que atravesaba el vitral.
      Y dio un espantoso grito de horror que interrumpió el oficio. Todos la miraron. Mi amo y yo corrimos hacia ella tan rápido como pudimos.
      Su rostro estaba desencajado, tenía un color entre negro y verde y nunca vi mayor desesperación. Tanto espantaba verla que me detuve antes de llegar a su lado.
      Me vio y quiso levantar su brazo hacia mí.
      —Ca... sar... par... te... a... mo...
      No dijo más. Su brazo cayó y tanto el trapo que le cubría la cabeza como la túnica cayeron al piso dejando su cuerpo desnudo a la luz del sol.
      Y entonces vino lo peor. Comenzó a sudar un líquido viscoso y maloliente, al tiempo que su cuerpo iba reduciendo su tamaño y cambiando de forma. Cuando todo terminó, era la primitiva rata, muerta, sobre una charca nauseabunda. La Marquesa y sus damas gritaron y se desmayaron. Mi amo lanzó un quejido.
      —Tres noches de luna... tres días de sombra —dijo—. A eso se refería el Códice. ¿Por qué no lo entendí?
      Me volví en derredor. Todos nos miraban horrorizados. El único que nos miraba con severidad y determinación era el Inquisidor.

XIV

Y aquí, en esta celda, espero arder. No te relataré los tormentos a que me vi sometido, Pues espero en Dios que jamás los conozcas. Allí aprendí que, cuando el maligno anida en el corazón de los hombres, éstos pierden lo que tienen de hombres aunque conserven el aspecto exterior.
      Tal vez en los pergaminos de la Inquisición esta historia figure de otra manera. Yo, antes de arder, he contado mi verdad.
      Espero, tras el ardor de la hoguera, encontrar nuevamente a Musha.

Fernando José Cots
Mayo de 1992- 2004


FERNANDO JOSÉ COTS

Fernando José Cots es argentino, tiene 52 años y escribe ciencia ficción hace bastante tiempo. Sus trabajos se han conocido en publicaciones independientes y no comerciales de Argentina. En el número 119 de Axxón publicamos su novela Quilino y en el número 123 de Axxón su cuento Caracoles.


Axxón 137 - Abril de 2004
Ilustró: Valeria Uccelli

Hecho en la República Argentina Página Axxón Axxón 137 Hecho en la República Argentina

            

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