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F i c c i o n e s

CÓDIGOS
Sergio Bayona

Argentina

—En conclusión, señores, con estos apuntes —dijo el fiscal— el acusado acepta y confirma lo ocurrido en su laboratorio. La creación de una vida artificial, semejante a la humana, jugando a ser Dios. Esta conducta se opone a cualquier principio moral y natural.
      Con un gesto de triunfo, que también se evidenció entre los presentes, el fiscal tomó asiento.
      El presidente del Consejo Mundial de Ciencia tomó la palabra.
      —Debe quedar en claro que lo que se está cuestionando no es la investigación pura. Antes bien, se está tratando de demostrar que el acusado, el doctor Doffin, ha quebrado una ley que nació con la misma investigación de la genética. Por razones éticas el genoma humano debería quedar libre de toda manipulación, por tanto y en cuanto se trató siempre de preservar la propia identidad del hombre, con sus virtudes y sus defectos.
      Dicho esto cedió la palabra al doctor Doffin, ubicado en el centro de la sala.
      El acusado habló sin moverse de su sitio.
      —Miembros del Honorable Consejo Mundial de Ciencias, señor Presidente, debido a la rapidez con que se han desarrollado los hechos me he visto imposibilitado de estar físicamente en la Sala el Consejo y me veo obligado a utilizar este transmisor holográfico.
      El presidente se inclinó sobre su escritorio e hizo ajustes en la recepción del satélite.
      El científico continuaba hablando.
      —El señor Fiscal, quien tan bien ha presentado su caso, no ha logrado sin embargo reflejar con sus palabras toda la realidad de los hechos. Por otro lado el señor Presidente ha indicado, aún sin saberlo, el punto sobre el cual mi investigación ha triunfado. Haré un poco de historia, la cual explicará por sí misma mi conducta de investigación.
      El Presidente hizo un gesto displicente con su mano, al tiempo que se apoltronaba en su sillón de alto respaldo, pensado para otras espaldas, más rectas.
      En el Gran Salón del Consejo los científicos de las distintas áreas del conocimiento, ubicados según su nivel, jerarquía y condición, se aprestaron a escuchar algo que prometía ser largo y tedioso.
      Esporádicamente, detrás del científico, se dejaban ver los guardias de feroz aspecto destinados al laboratorio submarino del doctor Doffin.
      —Desde que Mendel formulara las primeras leyes de la herencia —comenzó pausadamente el científico— la investigación ha progresado de marea extraordinaria.
      Los ojos del doctor Doffin miraban a una y otra de las cámaras de holovisión, lo que causaba la impresión de que miraba directamente a cada uno de los allí presentes.
      Más de uno comía alguna fruta, simulando una indiferencia o tranquilidad que estaban lejos de sentir en vista de lo que se estaba tratando.
      —El hombre, en su afán de longevidad —continuó el acusado—, estuvo siempre hurgando en los secretos de la vida. Por demasiado tiempo nada se interpuso en su camino, ningún obstáculo moral. No es que no hubiera oposición: comisiones éticas, religiosas y de todo tipo quisieron hacer oír su voz, pero ninguna obtuvo nada duradero.
      ğLo primero que se cuestionó fueron los trasplantes de órganos. Luego, al lograrse éxitos resonantes con éstos, se atacó a los laboratorios, y a pesar de ello, vacunas, sueros, pócimas mágicas, todo estuvo antes o después en manos de la gente. Algunas de esas cosas se transformaron en fuente de vida.
      ğAlternativamente, se hizo sufrir o se benefició a los conejillos de indias con el fin de descubrir lo bueno y lo malo, el remedio o el veneno.
      ğSe probaron muchas teorías. Algunas demostraron ser meras fantasías o supersticiones populares, muchas más cobraron la validez de una ley natural.
      ğAsí, un poco más cada vez, las especies animales resultaron beneficiadas. En las granjas, los animales de consumo vieron mejorada su descendencia.
      ğLuego Mendel no bastó, los accidentes ya no bastaron: en cuanto la tecnología lo permitió se recurrió a la clonación. Cuando ésta no fue suficiente, los ojos se volvieron ansiosos hacia la estructura de los genes.
      ğEn otros laboratorios, la investigación no estaba centrada en el ganado. Distintas especies prestaban su herencia para que el hombre tratara de mejorar la suya propia. Desde una simple bacteria hasta los animales superiores —delfines, monos, perros, gatos— sintieron en sus genes el éxtasis del cambio. La Naturaleza, aprovechando ese atajo sobre la evolución, fijó las mutaciones viables para la supervivencia. El hombre en su egoísmo se vanaglorió de lo que estaba logrando, un ser con el cual compartir de igual a igual el camino de las estrellas.
      ğA partir de aquellas investigaciones la inteligencia cundió entre muchas especies y razas.
      ğLas comisiones éticas, las religiosas e incluso las científicas volvieron a levantar su voz de indignación. Entonces, algunas obtuvieron leyes o sanciones para regular ese tipo de investigación.
      ğEl mal ya estaba hecho.
      ğEl hombre mismo duplicó sus propias expectativas de vida. Pero de pronto algo se escapó de las manos en sus laboratorios y la especie humana desapareció. Sólo nos queda su tecnología, su historia, algunas muestras genéticas y esa tonta ley que nos impide renovar la gloria de su especie, mejorada, limpia.
      En este punto el científico pareció perder la ilación de sus palabras, como ahogado por una cierta sensación de dolor y pérdida.
      La sala permaneció un tiempo en silencio. Los rostros, las miradas, no ocultaban para nada su condena.
      El presidente consultó con sus pares. Hizo un gesto. La sentencia se ejecutó de inmediato.
      Los científicos fueron vaciando la sala, en dos o cuatro patas, según su especie, dejando a sus espaldas la imagen congelada, turbia de sangre, de la última expresión del delfín al ser atacado por dos tiburones a la vez.


SERGIO BAYONA

Nos cuenta Sergio: Nací en Paraná hace 39 años y comencé a leer cf a eso de los once, pero no sabía que era cf, hasta que me hice más grande y empecé a comprar y a discriminar lo que compraba. Como a los 23 empecé a escribir cf y desde entonces procuré que sea lo más "dura" que me lo permitieran mis conocimientos. Soy técnico Aeronáutico, cursé hasta tercer año del profesorado de matemática y de física y terminé el profesorado en disciplinas industriales, en la especialidad de mecánico de aeronaves. En 1991 obtuve una mención especial en el primer concurso de cuentos de Cuasar, más o menos por esa época me enteré por un amigo de Axxón y gracias a él leí mis primeras revistas electrónicas. Desde que está en la red he sido un poco más asiduo lector. Desde el 2003 colaboro en la edición de Alfa Eridiani y diseño sus portadas. Ahora recibo este incentivo de ver un cuento mío entre tantos grandes, ahora entiendo eso de "tocar el cielo con las manos".


Axxón 138 - Mayo de 2004

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