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ÉRASE UNA VEZ
José Carlos Canalda Cámara
España



La ucronía de José Carlos Canalda Cámara que les ofrecemos en este número de Axxón tiene como punto de inflexión un prematuro invento de la imprenta, anterior a la caída del Imperio Romano. El autor sitúa la acción en una Universidad donde un grupo de estudiantes de Historia debe realizar un trabajo práctico y deriva de ese hecho una serie de especulaciones y conjeturas coherentes con la línea principal. Tal como ocurriera en el caso del trabajo de Federico Schaffler del mes pasado, es posible que la divergencia dé pie para que otros autores se atrevan a incursionar en este universo. Pero no nos adelantemos al autor y permitamos que nos introduzca en su fascinante línea ucrónica.

Alfredo Álamo - Sergio Gaut vel Hartman


ÉRASE UNA VEZ
José Carlos Canalda Cámara


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—Y de esta manera, gracias a la invención de la imprenta realizada un siglo antes por Zenón de Alejandría, la cultura clásica pudo sobrevivir sin grandes sobresaltos al colapso del Primer Imperio Romano. Eso es todo, señores; si desean efectuar alguna pregunta...
      —¿Qué habría sucedido si Zenón no hubiera inventado la imprenta? —inquirió una voz femenina desde el fondo del aula—. ¿Se habrían perdido las obras clásicas?
      —¿Quién lo sabe? —respondió el profesor adoptando una actitud filosófica—. Aquí sólo podemos hacer suposiciones. ¿Qué hubiera ocurrido si Aníbal hubiera vencido a los romanos o si Atila no hubiera invadido Europa desde las estepas asiáticas? ¿Cuál sería nuestro presente si no se hubiera descubierto... el Nuevo Mundo, por ejemplo? —exageró—. Somos historiadores, señores, no adivinos.
      —Pero habrá algún método que permita suponer cómo habría sido la historia de haber ocurrido determinados sucesos... —esta vez era la aborrecida voz del empollón de la clase la que había salido al quite.
      —Bien —sonrió malévolamente el profesor tras depositar la tiza en la bandeja de la pizarra al tiempo que se sacudía pulcramente las manos—. Ese puede ser un buen trabajo para ustedes. Es más, me parece una excelente idea: ¿Qué habría ocurrido en Europa de no haberse inventado la imprenta durante el reinado de Constantino? Tienen dos semanas de plazo para redactarlo según sus propias ideas; luego leeremos aquí lo que hayan escrito y discutiremos sobre ello. Buen fin de semana. —Evidentemente tenía prisa por marcharse. — Nos veremos de nuevo el lunes.
      La clase era la última de la jornada del viernes, por lo que la desbandada de los estudiantes por los cuidados jardines del campus fue inmediata. Todos ellos se sentían embargados, en mayor o menor grado, por la satisfacción de disponer de todo un fin de semana recién estrenado, a la par que irritados al ver cómo éste les había sido chafado por la inoportuna intervención de los imbéciles de turno.
      —Bueno, la parejita ha vuelto a aguarnos la fiesta —comentaba acaloradamente un joven a su compañero mientras caminaban por un sendero enarenado—. Te juro que un día no voy a poder aguantar más y les voy a decir cuatro cosas bien dichas... ¡Pero qué se habrán creído los muy cretinos!
      —Cálmate, Emilio, no merece la pena que te quemes más la sangre —respondió flemáticamente su compañero—. El mal ya está hecho, y nada ganamos con enfadarnos.
      —¡Pero cómo quieres que no me enfade! —explotó el primero—. Si es que no los aguanto... El sabihondo pelotas que siempre quiere quedar encima, y la relamida cabeza hueca que parece venir a clase después de haber estado pasando modelos... Y por si fuera poco, van y se hacen novios; si ya eran desagradables por separado, juntos no hay quien los aguante.
      —¡Qué se le va a hacer! —filosofó su tranquilo interlocutor —dicen que Dios los cría y ellos se juntan...
      —No es esa precisamente la versión que corre por ahí —apostilló maliciosamente Emilio—. Dicen que ella comentaba a sus amigas, cuando todavía las tenía, su intención de cazar al más listo de la clase fuera éste quien fuera... La pena, es que no hubiera sido cojo o manco —sentenció iracundo—; y para colmo de males, ni tan siquiera es lo suficientemente feo.
      —Tiene su lógica... El más listo con la más guapa; así podrán tener hijos atractivos e inteligentes.
      —O feos como él y bobos como ella —rebatió ardorosamente Emilio—. Y no les estaría mal empleado.
      —Bien —sonrió el otro muchacho atajando a su ofuscado amigo—. Es viernes, han terminado las clases, hace un tiempo precioso y tú no haces mas que refunfuñar. ¿Por qué no hablamos de cosas más agradables como... —engoló la voz imitando la del profesor—, ¿qué hubiera pasado en Europa si no se hubiera inventado la imprenta en tiempos de Constantino?
      —¡Tú también, Julio! —sólo le faltó decir hijo mío, al tiempo que bajaba resignadamente los ojos pasando bruscamente de la irritación al abatimiento.
      —Hombre, no te pongas así... —musitó su amigo un tanto corrido—. Tan sólo bromeaba.
      —Claro, como los fines de semana no haces más que leer y oír música... Pero yo tenía ciertos planes con Lidia que, mucho me temo, se han ido definitivamente al garete.
      —¡Qué se le va a hacer! Otro fin de semana será.
      —O no, teniendo en cuenta que anda por ahí suelto el moscardón de Mario... Pero bueno, supongo que no tendremos más remedio que escribir esa estupidez que nos han mandado inventándonos batallitas que nunca llegaron a existir.
      —No lo creas —arguyó Julio interesándose repentinamente por el tema—. Bien pensado, puede resultar un ejercicio sumamente importante.
      —¡Bah, tonterías! —exclamó Emilio con ardor—. Es una soberana majadería pretender que la historia hubiera sido distinta de haberse dado unas circunstancias diferentes de las que en realidad se dieron; y todavía más inútil resulta intentar extrapolar estas hipótesis a más de mil años vista.
      En el curso de su paseo ambos jóvenes habían llegado a una pequeña glorieta en la cual las pérgolas circundantes formaban un muro de verdor que la aislaba de su entorno encerrando casi, a modo de estuche vegetal, los bancos que allí existían. Lo apacible y recogido del lugar invitaba ciertamente al reposo, y así lo hicieron los dos amigos si bien Emilio, algo reticente, tuvo que ser ligeramente empujado por su compañero.
      —¿Cómo puedes decir que es una tontería? —le increpó Julio apenas estuvieron sentados en uno de los bancos—. Tú estás tan harto de leer ciencia ficción como yo, y sabes perfectamente que hay multitud de novelas que tratan precisamente este tema.
      —Sí, del tipo de las de un señor que se va al Paleolítico, mata allí por error a un troglodita y se encuentra, al volver a su época, con una Tierra completamente diferente y desconocida... Y eso cuando no riza el rizo cargándose directamente a su requeteabuelo con la consiguiente e inmediata desaparición en el limbo del protagonista. ¿Y dices que eso no son tonterías?
      —Hombre, no te falta algo de razón al decir que se han escrito muchas memeces, pero tampoco se puede decir que no haya absolutamente nada aprovechable en ello —le recriminó su amigo.
      —Bueno, nada hay en el universo que sea completamente absoluto... —concedió finalmente Emilio, más interesado en observar las bulliciosas evoluciones de los gorriones en celo que las sesudas elucubraciones de su serio compañero—. De hecho, hay una única novela temporal que realmente me haya gustado y que salvaría de la quema; pero una sólo —remachó.
      —¿Cuál?
      —El fin de la eternidad, de Asimov. ¿La has leído?
      —Claro. Pero eso fue hace ya algunos años, y la verdad es que no recuerdo demasiado bien los detalles. ¿Es aquélla en la que aparecen unos seres dedicados a modificar continuamente el tiempo?
      —Sí, así es; pero de una forma muy peculiar y completamente distinta a la que suele aparecer en los tópicos habituales del género.
      —Creo recordar... Había una especie de inercia cronológica; ¿me equivoco?
      —No, y es precisamente en ese punto donde radica la principal diferencia. Mientras que la mayor parte de los autores presentan un modelo ramificado de la evolución temporal en base a líneas que se bifurcan a partir de una encrucijada, divergiendo y separándose para siempre, Asimov postula una situación, que tú has definido muy acertadamente como inercia cronológica, según la cual la trama temporal desviada con respecto a su curso inicial siempre acabaría volviendo, tarde o temprano, a su cauce. De este modo cualquier posible alteración temporal, por drástica que esta fuese, no conduciría a una situación irreversible sino tan sólo a una modificación transitoria.
      —Tienes razón; así era efectivamente —reconoció Julio mirando a su compañero—. Y se trata de una teoría bastante interesante.
      —Como que ésta sería la única manera posible de actuar en el tiempo si tal circunstancia se pudiera dar —respondió vivamente Emilio—. Puede que el asesinato de Julio César o la captura del emperador Valeriano por el rey persa Sapor alteraran dramáticamente la historia inmediata de sus respectivas épocas, pero no creo que ninguna de esas dos cosas, o de las otras muchas que han sucedido durante milenios, haya sido capaz de afectar mínimamente a nuestra realidad actual. Por lo tanto el planteamiento de nuestro maldito trabajo es completamente absurdo, ya que mil quinientos años es un tiempo sobradamente suficiente como para que no nos hayamos enterado de estos posibles cambios; con imprenta o sin ella, el Primer Imperio Romano se habría acabado derrumbando exactamente igual en el siglo V, y habría habido también una época de confusión y anarquía seguida de un renacimiento del orden social y la cultura. ¿Dónde está, pues, la diferencia? —concluyó desafiante—. Nosotros continuaríamos estando aquí independientemente de que durante algún tiempo la historia hubiera sido distinta.
      —Un momento, mi impulsivo amigo —le interrumpió Julio al tiempo que tiraba al suelo el palito con el que había estado hurgando en la boca de un hormiguero—. Ya que tanto te gusta Asimov, supongo que habrás leído también sus novelas del ciclo de las Fundaciones. ¿Me equivoco?
      —Por supuesto que las he leído —respondió el interpelado, irritándose ante la mera sospecha de que un buen aficionado a la ciencia ficción, como era él, pudiera desconocer esas piedras angulares del género—. Tanto la trilogía original como las chapucillas que escribió a continuación.
      —Me basta con las tres primeras —sonrió condescendientemente su amigo—. Aquí también nos encontramos con un tratamiento verosímil del tiempo, mucho más científico además que el de la otra novela.
      —Supongo que te estarás refiriendo a la psicohistoria...
      —En efecto; pero lo más importante de cara a nuestra discusión no es el hecho que los protagonistas puedan ser capaces de predecir el futuro, sino la circunstancia de que dominan la manera práctica de acelerarlo.
      —¿Qué quieres decir con eso?
      —Algo tan sencillo como que los jerarcas de la Fundación descubren ya desde el principio que son incapaces por completo de evitar el colapso del Imperio Galáctico y la posterior barbarie de una edad oscura, pero no obstante consiguen reducir ese período histórico de decadencia a una duración temporal mucho menor —concluyó triunfalmente el joven.
      —Luego entonces, según tú, de no haberse inventado la imprenta en las postrimerías del Primer Imperio Romano...
      —Probablemente el discurrir histórico no hubiera sido demasiado distinto, pero sí habría resultado mucho más lento.
      —No lo sé —dudó Emilio—. Reconozco que ahí sí me has pillado... Aunque, ¡espera! —se interrumpió repentinamente— ¿recuerdas otro, un cuentecito suyo del cual no te sé decir el título, en el que se llegaba a la conclusión de que cualquier posible alteración de la historia tendría que haber ocurrido ya y, por lo tanto, nos sería asimismo conocida?
      —Claro —sonrió Julio—. El cuento se titula "La carrera de la reina colorada", y en él demuestra Asimov la imposibilidad lógica de que pueda existir un cambio cronológico que no hubiera ocurrido ya; pero no es de posibles alteraciones artificiales de la historia de lo que estamos hablando, sino de la posibilidad de que ésta hubiera transcurrido de una manera distinta sin necesidad de perturbaciones externas de ningún tipo.
      —Muy sutil encuentro a tu razonamiento.
      —Puede que sea como tú dices; pero lo cierto es que tenemos que hacer el trabajo nos guste o no. Así que, ya tienes tema de conversación con Lidia para este fin de semana —concluyó socarrón al tiempo que se perdía entre risas por el frondoso camino que conducía a la salida del parque.
      —¡Imbécil! —exclamó el chasqueado muchacho viéndole desaparecer entre la espesura—. ¡Qué sabrás tú de mujeres!

Una semana más tarde un grupito de estudiantes merendaba apaciblemente en la cafetería de la facultad. No era nada normal, ciertamente, que en una tarde de viernes, primaveral para más señas, estos muchachos no hubieran abandonado hacía ya tiempo el recinto universitario... Pero de sobra eran temidos los suspensos del profesor de Historia Antigua, suspensos por otro lado bien difíciles de levantar. Así pues allí estaban los siete amigos al pie del cañón, y no precisamente por su gusto, intentando establecer una estrategia común de cara a la redacción de sus respectivos trabajos, al tiempo que flotaba asimismo en el ambiente un acuerdo tácito aunque no confesado de mostrar un frente único ante la odiosa parejita que, de acuerdo con su inveterada costumbre, haría todo lo posible por lucirse una vez más a costa del resto de sus compañeros.
      En las deliberaciones previas que habían tenido lugar a lo largo de la semana se habían ido decantando fundamentalmente dos posturas distintas: la de aquéllos que defendían el modelo arborescente y la de los que, como era el caso de Emilio, preferían las teorías asimovianas acerca de un futuro inmutable en el que sólo eran posibles pequeñas fluctuaciones locales. Existía aún una tercera vía que propugnaba un modelo mixto, ramificado pero con los distintos caminos entrecruzados entre sí hasta formar una malla similar a la de los tableros de ciertos juegos de mesa; en la práctica, esto se traducía en un planteamiento intermedio entre las dos teorías rivales ya que, dependiendo del camino descrito entre los distintos nudos, podría alcanzarse finalmente bien la misma meta bien otra completamente distinta de la lograda por otra ruta... Claro está que, como siempre suele suceder con las propuestas presuntamente conciliadoras entre dos posturas antagónicas, esta última era rechazada por todos excepto por su atribulado defensor...
      Aunque, si en algo estaban de acuerdo los siete amigos era en la necesidad de presentar un frente común ante el enemigo encarnado tanto en el profesor como en la parejita. Y, puesto que ponerse de acuerdo es algo que jamás ha resultado fácil desde que el hombre es hombre, todos ellos convinieron en la necesidad de nombrar un coordinador, responsabilidad que acabó recayendo sobre los hombros de Julio con general beneplácito. Así pues, era éste precisamente quien ahora se dirigía a sus compañeros expresándoles las ideas que había pergeñado durante los últimos siete días.
      —Doy por supuesto que admitiréis —decía— la necesidad de establecer una metodología apropiada.
      —Claro —respondió uno de sus interlocutores—. Lo malo es que ni tan siquiera hemos conseguido ponernos de acuerdo...
      —Sí en lo fundamental —le rebatió con vehemencia—; ya que estamos decididos a aceptar la existencia de encrucijadas temporales básicas en el discurrir de la historia, por más que discrepemos acerca de los caminos que puedan discurrir entre las mismas.
      —¿Y qué diferencia hay? —preguntó una chica flacucha y desvaída.
      —Pues mucha. ¿Te parece poco?
      —Yo estoy con Marta —salió al quite un joven que tenía todo el aspecto de ser el novio de la muchacha—. ¿De qué sirve que coincidamos en algo si discrepamos en todo lo demás? No veo que esto suponga demasiadas ventajas...
      —¿Quién sabe? —insistió Julio— ¿Pero por qué no dejamos de discutir y abordamos de una vez el problema?
      —Empecemos ya —apremió Emilio—. Así que, desembucha.
      —Como queráis —concedió el joven saboreando su victoria—. Yo he redactado una lista con los acontecimientos históricos que me han parecido más relevantes, aquéllos precisamente que hubieran podido suponer un giro radical de la historia de haber sucedido de una manera diferente... Así que, si os parece bien, voy a leérosla.
      Aparentemente les pareció bien, por lo que, desdoblando unos papeles que sacó del bolsillo, comenzó a desgranar minuciosamente los principales hitos de la historia de la humanidad a partir del hecho clave de la invención de la imprenta.
      —Atended. —remachó— En el año 321, ocho años después del Edicto de Milán, Zenón de Alejandría inventa la imprenta.
      »En el 337, muere el emperador Constantino.
      »Durante el reinado del emperador Juliano, entre los años 361 y 363, la imprenta se extiende por todo el imperio produciéndose un extraordinario auge de las bibliotecas.
      »En el 395, fallece el emperador Teodosio dividiéndose el imperio en dos. Honorio es nombrado emperador de Occidente.
      »A principios del siglo V, aproximadamente entre los años 406 y 429, se producen las grandes invasiones germánicas en el imperio de Occidente. Estilicón salva a Italia pero es asesinado por Honorio.
      —¿No es un poco aburrido? —interrumpió una chica morena.
      —¿Qué quieres que yo le haga? —respondió Julio con irritación—. Es la historia.
      —¡Cállate, Lidia! —exclamó Emilio quien, al parecer, gozaba de gran ascendiente sobre la muchacha.
      —Continúo —zanjó flemáticamente Julio—. En el año 410 los visigodos de Alarico saquean Roma.
      »En el 451 los romanos y sus aliados bárbaros derrotan a los hunos de Atila en la batalla de los Campos Cataláunicos.
      »En el 455, muerto ya el general romano Aecio, los vándalos de Genserico saquean nuevamente Roma.
      »En el 476 el bárbaro Odoacro destrona a Rómulo Augústulo, el último emperador romano de Occidente.
      »A finales del siglo V los ostrogodos conquistan Italia y Teodorico se proclama rey de la península.
      »En el 507 tiene lugar la batalla de Vouillé. Un ejército conjunto de ostrogodos y visigodos derrota a los francos, que se retiran al norte de las Galias mientras los visigodos consolidan el reino de Tolosa.
      »Un año después, tras el fallecimiento del rey visigodo Alarico II, Teodorico es proclamado rey de todos los godos. Su reino se extiende por Hispania, Italia y gran parte de las Galias.
      »En el 512 Tedorico es proclamado emperador de Occidente. Este monarca protege y potencia a la cultura clásica que comienza a recuperarse lentamente del colapso experimentado a raíz de los últimos conflictos que asolaron al antiguo imperio de Occidente. Se produce también una recuperación económica y social.
      —¿Queda mucho? —esta vez había sido Marta la responsable de la nueva interrupción.
      —No —gruñó Julio al tiempo que continuaba sin hacer la más pequeña pausa—. En el 520 los francos son derrotados de nuevo y expulsados de la mayor parte de las Galias junto con sus aliados burgundios. En el 526 muere Teodorico y es sucedido por Amalarico, segundo emperador godo.
      »Un año después, en el 527, Justiniano es coronado emperador de Oriente. Poco después comienza a organizar la conquista del imperio de Occidente, pero la conversión de los godos al catolicismo en el año 532 frena su iniciativa. Finalmente, en el 535 reconoce al imperio godo firmando con Amalarico tratados de paz que regulan también la colaboración entre ambos imperios. Al menos sobre el papel, se recupera el concepto de Orbe Romano.
      »Los frutos de la nueva situación política no tardan en hacerse sentir. En los años sucesivos los godos, cada vez más romanizados, acaban por expulsar definitivamente a francos y burgundios más allá del Rhin al tiempo que conquistan el reino de los vándalos, en el norte de Africa. El imperio de Oriente, por su parte, traslada sus ejércitos a las fronteras orientales venciendo a los persas y a los eslavos y reconquistando la Dacia y las riberas del mar Negro.
      »En el 565 muere Justiniano. Tres años después los lombardos invaden Italia siendo derrotados y expulsados más allá de los Alpes por los ejércitos aliados de los godos y del emperador de Oriente.
      »En los últimos años del siglo VI el imperio de Occidente reconquista Britania y ocupa Hibernia. Se realizan expediciones más allá del Rhin, en tierras de germanos. Se vuelve a derrotar a los lombardos y se recupera el territorio situado entre los Alpes y el Danubio, reconstituyendo el antiguo limes romano.
      »En el año 622 tiene lugar la Hégira de Mahoma. Trece años después, en el 635, los emperadores de Oriente y de Persia, aliados en esta ocasión frente al enemigo común, vencen a los ejércitos musulmanes en la batalla de Damasco, conjurándose el peligro mahometano. Cinco años más tarde tiene lugar una nueva victoria bizantina, tras la cual las tropas imperiales conquistan La Meca y destruyen el santuario de la Kaaba. El islamismo es confinado en la península arábiga, y su poder político y militar queda quebrantado de forma definitiva. Constantinopla implanta un protectorado sobre Arabia, estableciéndose guarniciones imperiales en La Meca, Medina y Adén. Se renueva el tratado de paz entre romanos y persas.
      »En el año 679 unas nuevas hordas bárbaras, los búlgaros, invaden el imperio de Oriente. Constantino IV, con ayuda de los godos, los derrota y expulsa más allá de los límites del imperio.
      »En el año 719 tiene lugar la unión dinástica entre los imperios de Oriente y Occidente. León III es proclamado emperador único. Años después, este emperador someterá definitivamente a los búlgaros y a los eslavos del sur extendiendo las fronteras del imperio hasta el corazón mismo de centroeuropa.
      —Un momento —intervino finalmente Emilio interrumpiendo de nuevo a su amigo—. Todo lo que has leído está muy bien y es sumamente interesante, pero empieza a resultar farragoso y, al menos yo y no sé si al resto de la gente le ocurrirá lo mismo —y al decir esto acompañó a la frase con una mirada envolvente alrededor del grupo— estoy empezando a perderme. ¿No podrías resumir algo más tu cronología?
      —Lo intentaré —refunfuñó Julio al tiempo que ordenaba sus papeles—. De todos modos, pensaba daros a todos vosotros copia de lo que estoy leyendo.
      —Continúa —apremió otro de los chicos—. Y no hagas caso a estos pesados.
      —Gracias, Carlos. Bien, nos habíamos quedado en el primer tercio del siglo VIII; a mediados de esta centuria ya se había conquistado la totalidad de la Germania, y en las décadas posteriores se iniciaron las expediciones a la península escandinava. El siguiente siglo, el IX, supuso la cristalización de todos los esfuerzos realizados durante todos los años anteriores: Se había salvado el orbe romano y la cultura clásica, renovada con las importantes aportaciones del cristianismo primero y de los pueblos germánicos después, gozaba de una salud más sólida que nunca gracias en buena medida a la extraordinaria expansión que había experimentado a raíz de la proliferación de las imprentas por prácticamente toda la extensión del imperio.
      »Los godos, que habían sido los salvadores en última instancia de la parte occidental del imperio, estaban ya completamente integrados desde hacía mucho en la trama social del imperio romano, mientras los bárbaros sojuzgados más recientemente —francos, sajones, lombardos, eslavos y búlgaros principalmente— no representaban ya el menor peligro. De los antiguos enemigos orientales tampoco había que temer nada; los persas eran unos aliados fieles y los árabes, sometidos a un férreo control militar, seguían confinados en sus vastos desiertos de arena. La situación se presentaba, pues, propicia para intervenciones de mayor relevancia y así, al filo del año mil, se producían las primeras expediciones atlánticas que habrían de concretarse, años más tarde, en el descubrimiento del Nuevo Mundo. Podríamos seguir hablando largo y tendido de la colonización del Nuevo Mundo, de la expansión por las estepas rusas o de las largas guerras con los mongoles y los turcos; pero yo creo —concluyó— que ya tenemos bastante con llevarlo hasta aquí. ¿No os parece?
      Eso mismo les debió de parecer a todos ellos, puesto que ninguno de sus amigos abrió la boca para contradecirle. A decir verdad, estaban más bien abrumados ante el alud de datos con el que les había aplastado su concienzudo amigo.
      —Julio, todo eso está muy bien, pero déjanos un respiro para que podamos digerir antes todo lo que nos has soltado.
      —Víctor tiene razón —apoyó la tercera de las muchachas, una rubita menuda y de aspecto simpático—. Mucho me temo que vamos a tener que ir paso a paso, y no de golpe, si es que queremos sacar algo en claro.
      —De acuerdo, Cristina, de acuerdo —concedió Julio sonriendo—. Me he pasado un pelín. ¿Por dónde queréis que empecemos?
      —Por el principio, diría yo —atajó Marta con impaciencia—. ¿Por dónde va a ser, si no?
      —Bien, pues sois vosotros los que tenéis la palabra. Vayámonos al año 321 y hagamos desaparecer del mapa a Zenón y a su invento; ya no tenemos imprenta y los libros se siguen escribiendo a mano al menos durante una buena temporada. ¿Qué pasa a continuación?
      —Según el profesor, la imprenta fue fundamental para evitar que el colapso político y social del Primer Imperio viniera acompañado de un hundimiento cultural del que la sociedad romana hubiera tardado muchos siglos en recuperarse —apuntó tímidamente Carlos—. Si no hubiera existido la imprenta, habría sobrevenido una época de oscurantismo y barbarie; además, está bastante claro que...
      —¡Un momento, sabihondo! —le interrumpió el siempre vehemente Emilio—. Las cosas no tienen por qué ser así de sencillas. Imagínate que la imprenta se hubiera inventado treinta, cincuenta, cien años después...
      —O doscientos antes, puestos ya a elucubrar —protestó Julio—. Las posibilidades son en teoría infinitas, pero de todas ellas únicamente nos interesa una para nuestro planteamiento: aquélla en la que la imprenta no fue inventada con anterioridad a la caída del Primer Imperio Romano. Ésta es nuestra hipótesis de partida, y a ella tenemos que ceñirnos obligatoriamente si no queremos andar divagando sin sentido.
      —Eso es absurdo —insistió Emilio, nada propenso a dar su brazo a torcer—. Si suprimimos algo tan evidente como es la invención de la imprenta, lo único que vamos a conseguir será incurrir en una incongruencia.
      —¿Estás seguro de ello? —intervino Carlos.
      —Por supuesto. Aceptar esta hipótesis es algo tan ridículo como pretender que en el paleolítico no se hubiera descubierto el fuego. Los inventos no surgen porque sí, sino que son consecuencia de unas circunstancias sociales determinadas, y si una casualidad impidiera la aparición de un nuevo descubrimiento en un momento dado, cabría esperar que éste apareciera inmediatamente después por otro camino distinto.
      —Claro —ironizó Carlos—. Por esa razón los griegos, que eran unos excelentes matemáticos a la par que unos magníficos arquitectos, jamás llegaron a utilizar ni el arco ni la bóveda a pesar de su extrema utilidad arquitectónica.
      —Pura casualidad.
      —Llámalo como quieras; pero no se trata ni mucho menos de un caso único. Las culturas indígenas del Nuevo Mundo, a pesar de toda su sofisticación, nunca conocieron la rueda o, si lo hicieron, no fueron capaces de encontrarle un uso práctico. Y los propios ingenieros del Antiguo Imperio, sin ir más lejos, tampoco alcanzaron a inventar algo tan elemental como el sifón; claro está —ironizó— que gracias a este olvido conservamos hoy sus magníficos acueductos.
      —Añade unas cuantas cosas más —remachó Julio— tales como la pólvora, los globos aerostáticos o la máquina de vapor... Todas ellas estaban perfectamente al alcance de la tecnología de su época pero, por la razón que fuera, los antiguos romanos no los inventaron o si los conocieron, y estoy pensando en los artilugios de Herón de Alejandría, nunca llegaron a encontrarles una aplicación práctica. Así pues, no es más disparatado pensar que sin Zenón el Antiguo Imperio se habría hundido desconociendo la imprenta.
      —Escuchad, chicos, yo creo que estamos perdiendo el tiempo en discusiones estúpidas —intervino Cristina intentando poner un poco de orden en el revuelo—. Estamos condicionados por unas premisas muy determinadas, y a ellas debemos ceñirnos queramos o no; todo lo que divaguemos fuera de este marco será necesariamente inútil.
      —Yo pienso lo mismo —apostilló Víctor, que hasta entonces no había hablado demasiado—. Tenemos que partir del marco que nos fijó el profesor, es decir, que el Primer Imperio se hundió en el siglo V sin llegar a conocer la imprenta.
      —¿Y por qué en el siglo V? —insistió Emilio.
      —Bueno, esa es una de las cosas que deberemos considerar —matizó Julio intentando hacerse con el control de la conversación—. Pero antes deberíamos ponernos de acuerdo siquiera acerca de si preferimos el modelo arborescente o el cíclico; de esta decisión dependerá que los nudos históricos que seleccioné continúen siendo válidos o no.
      Siguió a esta sugerencia una encendida discusión en la que cada uno de ellos intentó defender con encarnizamiento sus propias teorías; y habría acabado exactamente igual que empezó, es decir, en total desacuerdo, de no haber surgido una nueva propuesta de boca de una de las muchachas, Marta concretamente.
      —Bueno, esto empieza a parecerse peligrosamente a un gallinero —dijo—. Y así no vamos a llegar a ninguna parte.
      —Danos tú la solución ya que eres tan lista —le espetó Lidia.
      —Yo no tengo la solución —se defendió—. Pero lo que sí sé es que así no vamos a conseguir nada.
      —Venga, chicas, no discutáis —medió Emilio—. Lo que tenemos que hacer es ponernos de acuerdo acerca del marco de partida para que cada cual trace por separado su propio esquema.
      Así se acordó, con la consecuencia práctica de que no llegó a haber una nueva reunión; de forma que, a la postre, cada cual presentó en clase una semana después lo que mejor le pareció. Y como era de esperar, se trataba de hipótesis dispares difícilmente conciliables entre sí.
      Pero lo peor no fue eso, ni tan siquiera lo fue la falta de una postura común frente a la odiada parejita, sino la insufrible arrogancia del profesor que, haciendo honor a su bien merecida fama de hueso, se dedicó a deleitarse despellejando los trabajos presentados por sus alumnos sin dejar literalmente títere con cabeza.
      —¡Señores! —clamaba teatralmente rezumando soberbia por todos sus poros—. Nosotros somos historiadores, no novelistas... ¡Y menos aún de ciencia ficción! Al menos, los escritores de novela histórica procuran dar verosimilitud a sus tramas, pero ustedes... ¡Ustedes han desvariado presentándome relatos absurdos e imposibles! ¿Qué es eso de meter por medio mitos como el de la Atlántida? —una chica de la tercera fila hizo lo indecible por esconder su bochorno clavando los ojos en el suelo—. ¿O de sacarse de la manga, en pleno colapso de la Edad Oscura, inventos como el de la máquina de vapor? Por no hablar, claro está, de la imaginación calenturienta de alguien —enfatizó el pronombre, mirando aviesamente a la indefensa víctima— que no tiene el menor empacho en imaginar un mundo alternativo en el que la humanidad ¡ha conquistado las estrellas! Aunque tampoco son mancos quienes proponen frívolamente —en el reparto de filípicas le había llegado el turno a la parejita— una Tierra devastada por una apocalíptica guerra nuclear. —¡Señores! —repitió el docente recurriendo de nuevo a su apelativo favorito—. Ni uno solo de ustedes, insisto, ni uno solo, me ha entregado un triste trabajo mínimamente coherente. ¿Y pretenden ser historiadores profesionales? Mucho me temo que han equivocado su vocación. Más les valdría haberse dedicado a la literatura... A la literatura de consumo rápido, se entiende, porque ni calidad tienen para escribir. ¿Qué he hecho yo, señores, para merecerme esto?
      Mientras el iracundo profesor se desahogaba volcando sobre ellos toda su bilis, los estudiantes guardaron un sepulcral silencio convencidos, por experiencia propia, de que rechistar no haría sino empeorar las cosas; bastante complicado tenían ya el aprobado como para jugar al peligroso deporte de rebatir a ese energúmeno, famoso en todo el campus por su afición a humillar a los alumnos. Mejor sería aguantar a pie firme el chaparrón como buenamente pudieran.
      Pero en esta ocasión el temporal no tenía la menor pinta de amainar. Por los mentideros de la facultad circulaban rumores apócrifos, nunca confirmados pero tampoco desmentidos, asegurando que el mal humor crónico del irascible docente era prueba irrefutable de una discusión doméstica nocturna —algo aparentemente harto frecuente— con su cónyuge; de ser ciertos, en esta ocasión la bronca debía haber sido espectacular a juzgar por lo duradero de su enfado.
      Lo que todavía no sabía nadie era que éste necesitaba una víctima propiciatoria para calmar a sus manes... Y la encontró en el sufrido Julio, convertido en pararrayos de todas sus iras.
      —¡Sí! —no cabía la menor duda de que la Iglesia había perdido un magnífico predicador—. Ninguno de ustedes ha sido capaz de hacer como Dios manda el sencillo trabajo que les encomendé... Pero ha habido alguien —y clavó una mirada asesina en el despavorido Julio— que les ha dejado a todos en mantillas a la hora de elucubrar disparates. ¿Verdad que sí, señor San Pedro?
      —Yo... Yo lo hice lo mejor que pude —balbució el interpelado—. Lo mejor que pude.
      —De eso no me cabe la menor duda. Pero, ¿de qué le sirve el esfuerzo realizado si el resultado es algo completamente inútil? Porque, y esto va para todos ustedes, si bien el señor San Pedro no ha pergeñado unos disparates mayores que los del resto, se da la circunstancia, y esto es lo que me ha llamado la atención, de que su trabajo es verosímil... Aunque en modo alguno verídico.
      Hizo una pausa para recobrar el aliento y continuó: —Es precisamente ahí donde radica el problema, señor San Pedro. Su hipótesis no es más descabellada que la de sus compañeros pero, a diferencia de éstos, usted la ha urdido con tal habilidad que podría llegar a engañar a algún incauto. Como novela histórica o, mejor dicho, ucrónica, no está mal del todo, pero... Por si no lo saben, les recuerdo que nos encontramos en una facultad de historia, no en un taller de literatura, y a ustedes se les está intentando inculcar, con arduos esfuerzos por cierto, un mínimo de rigor científico, ya que no es nuestra labor fomentar imaginaciones calenturientas. Por suerte, los tiempos de Herodoto y de Suetonio quedaron ya muy atrás en el pasado.
      —Yo... No pretendía...
      —Lo sé, se nota perfectamente que usted se tomó el encargo en serio... Pero como dice el refrán, el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.
      »De todos modos —prosiguió suavemente el profesor— su trabajo me ha llamado poderosamente la atención, preciso es reconocerlo, aunque haya sido para escandalizarme... señor San Pedro, la historia es, desde hace mucho tiempo, una disciplina rigurosa que se rige por una metodología tan precisa como las de las ciencias experimentales. Se acabaron ya las crónicas que tenían mucho más de literario, cuando no de fantástico, que de histórico.
      »Yo lo único que les había pedido era que describieran una posible historia alternativa, pero respetando escrupulosamente la metodología histórica. Y eso, señor San Pedro, es precisamente lo que usted no ha hecho. ¿Le importaría decirnos, a mí y a sus compañeros, en qué basa usted su gratuita suposición de que el colapso del Primer Imperio Romano habría de originar un retroceso cultural y social que perduraría durante casi mil años y del cual Europa saldría dividida en multitud de estados antagónicos? ¿No le parece a usted sencillamente absurdo?
      —No, señor —Julio había decidido pasar al ataque—. Al no existir un vehículo de transmisión cultural tan fundamental como la imprenta, el retroceso social habría sido mucho más dramático y duradero de lo que en realidad fue...
      —¿Incluyendo la degeneración del latín y su fragmentación en varios idiomas distintos? —se burló su interlocutor, aceptando aparentemente el reto.
      —Por supuesto —la bizarría de Julio le había granjeado la admiración de sus perplejos compañeros—. Teniendo en cuenta que la escritura ha sido siempre el principal factor estabilizador del lenguaje, no resulta disparatado suponer que, sumidos en una crisis política, económica y social de la magnitud de la que afligió al Primer Imperio Romano, de no contar con el beneficio de la imprenta nuestro idioma podría haber acabado convirtiéndose en otros quizá incluso mutuamente ininteligibles.
      —Muy seguro parece estar usted de ello —respondió el docente, sorprendido por la vehemencia de su díscolo alumno pero firmemente decidido a ganarle el pulso—, sin embargo, existen varios puntos débiles en sus argumentos que convierten en falsa su hipótesis. Para empezar, me sorprende sobremanera que desprecie usted de forma tan frívola la importancia de la identidad cultural, la oikumené de los griegos, a la hora de preservar un patrimonio común de la importancia del idioma...
      —Pero...
      —Asimismo —prosiguió incansable el engallado profesor, decidido a no dar el menor cuartel— ignora usted olímpicamente la lógica tendencia a reunir de nuevo los distintos pedazos en los que saltó el Primer Imperio Romano tal como ocurrió realmente tanto en nuestra cultura como en otras como la china, la india o la persa; a mi modo de ver, se trata de algo inevitable. Entiendo que los reyezuelos bárbaros asentados en las tierras del antiguo Imperio de Occidente no estuvieran demasiado por la labor, pero ¿qué me dice usted del Imperio de Oriente, que fue en definitiva el restaurador del antiguo Orbe Romano? Controlando sus emperadores la mitad más rica del antiguo Imperio, y manteniendo intacto su potencial militar, resulta absurdo pensar que no intentaran reconquistar la mitad occidental por mucho que ésta hubiera caído en la barbarie más absoluta tal como usted propone... Es más, esta circunstancia les habría facilitado todavía más las cosas.
      —Yo afirmo que Justiniano logró reconquistar los territorios occidentales... —objetó Julio, logrando vencer momentáneamente la férrea guardia de su rival—. Pero aparte de encontrarse con la lógica oposición de los reinos bárbaros, a la que habría que sumar también sus propios conflictos internos y las consecuencias de la invasión lombarda de Italia, a la que no habrían podido rechazar por sí mismos los imperiales sin el auxilio de los reyes bárbaros, he introducido el factor de la expansión de los musulmanes, que apenas un siglo después habrían conquistado vastos territorios en la cuenca mediterránea, incluyendo buena parte del propio imperio romano de Oriente. A raíz de entonces Constantinopla habría dejado de regir un gran estado, convirtiéndose en la capital de un simple reino cristiano no mucho más poderoso que los de Europa occidental, perdiendo así de forma definitiva su condición de posible restaurador del antiguo Imperio Romano.
      —¡Ahí precisamente es a donde quería llegar yo! —exclamó triunfante el profesor aprestándose a apuntillar al imprudente muchacho—. Eso que acaba de decir usted es una de las mayores barbaridades que he tenido ocasión de oír en todos mis años de docencia. ¡Los musulmanes convertidos en una potencia mundial capaz de expandirse por la mitad oriental y meridional del Mediterráneo, llegando incluso a conquistar la propia península ibérica! ¡Todo el norte de África, con Egipto incluido, todo el Oriente Medio, el imperio persa completo! Y como al señor San Pedro todavía le parecía poco, deja pasar unos cuantos siglos ¡y les regala también todo lo que quedaba del antiguo imperio romano de Oriente: Asia Menor, Grecia y hasta la propia Constantinopla! Y ya puestos, ¡añade al lote la totalidad de los Balcanes y buena parte de la cuenca del Danubio! ¡Señores, les aseguro que esto es demasiado para un pobre profesor de historia como yo! —concluyó teatralmente.
      —Reconozco que se trata del punto más discutible de mi hipótesis, pero eso no quiere decir que se trate de algo inverosímil —rebatió Julio—. Evidentemente no ocurrió así, pero pudo haber ocurrido.
      —¿Ah, sí? Pues me gustaría saber cómo, porque yo no le encuentro ni pies ni cabeza por muchas vueltas que le doy. Pero hombre de Dios, ¡si los musulmanes de la época de Mahoma eran poco más que unas hordas de nómadas semisalvajes! ¿Cómo tiene usted la osadía de convertir a esos desarrapados en los conquistadores de los dos imperios más poderosos de su época? Fíjese en ellos, todavía hoy en día siguen arrinconados en su península sin que hayan evolucionado apenas desde entonces, salvo que ahora tienen petróleo... Pero no cultura ni, por supuesto, poderío. ¿A quién pretende convencer usted de ello? Porque a mí, desde luego, no.
      —Conviene no menospreciar la fuerza de la religión —el joven no daba su brazo a torcer—. También el cristianismo comenzó siendo una de tantas sectas judías que pululaban por Palestina, y acabó convirtiéndose en la religión oficial del Imperio...
      —¡Pero contaba con el sustrato de una organización política y social perfectamente consolidada! ¡Nuestros antepasados eran gente civilizada, no unos desharrapados nómadas del desierto! Señor San Pedro, le aseguro que no pretendo que justifique usted sus argumentos; me basta con que me diga las razones por las que los eligió entre otros muchos igualmente peregrinos, como la conquista del Mediterráneo occidental por los persas o, qué se yo, la creación de un imperio mogol en el Asia Central... Por decir se pueden decir muchas cosas, pero no basta con ello; es necesario justificarlas.
      —Bien.. —respondió Julio, pasándose la punta de la lengua por los resecos labios—. Ya he admitido que se trata del eslabón más débil de la cadena, pero he supuesto que la fiereza tradicional de los árabes, unida a un fanatismo religioso lo bastante fuerte... La fe mueve montañas. Además, al salir de Arabia se encontrarían con hermanos de raza en amplias zonas del Próximo Oriente: nabateos, palmiranos, sirios, mesopotámicos incluso... Todos ellos podrían haberse aliado con los mahometanos.
      —¿Y por qué no, ya puestos, con el emperador persa? Olvida usted que todos esos pueblos que ha citado, e incluso alguno más de origen semita que ha omitido, llevaban siglos, cuando no milenios, engarzados en la trama común de las culturas mediterráneas. ¿Iban acaso a renunciar a su modo de vida para abrazar la fe de unos bárbaros fanáticos? Aún más, ¿cree usted que esas hordas podrían haber sido capaces de enfrentarse al poderío de uno cualquiera de los dos imperios de la zona, el persa o el romano de Oriente?
      —Confieso que la suya es la interpretación aparentemente más lógica de todas las posibles... Pero sólo aparentemente. La historia no se rige por leyes matemáticas como usted bien sabe, y dos y dos no tienen por qué ser obligatoriamente cuatro. Es evidente que, desde un punto de vista teórico, cabe pensar que las cosas habrían sucedido tal como usted propone, pero... yo he creído más interesante echarle algo de imaginación planteando la posibilidad de que la historia se desarrollara en unas circunstancias anormales, aunque no por ello imposibles.
      —¿Cuáles? —el profesor comenzaba a mirar con respeto a su alumno.
      —Ahí está escrito, y supongo que usted lo habrá leído. Disensiones internas en un imperio oriental desangrado tras las desastrosas campañas italianas; debilidad del otrora poderoso imperio persa; y, lo más importante, continuas guerras de desgaste entre ambos. Los mahometanos habrían sido oportunistas, muy oportunistas...
      —¿Pero, tanto? Olvida usted que, si bien en ocasiones las invasiones bárbaras se saldaron con éxito, estos pueblos acabaron siendo asimilados por las sociedades a las que presuntamente dominaban, mucho más desarrolladas que ellos, como ocurrió con los dorios en Grecia, con los mongoles en China, con los germanos en el occidente europeo... Así pues, de haberse dado esta circunstancia, ¿no encuentra usted verosímil que los mahometanos hubieran acabado siendo asimilados por las poblaciones conquistadas y no justo al contrario, tal como postula usted? Voy a ir más lejos. Admitamos por un momento que éstos hubieran sido capaces de implantar su religión al igual que siglos antes ocurriera con el cristianismo; salvo en el hecho de que todos nosotros adoráramos a Alá, después de tantos siglos la situación política, económica o social de nuestra cultura no debería ser demasiado diferente de la actual, salvo en detalles anecdóticos como que la península arábiga estaría incluida quizá dentro de nuestras fronteras... Algo completamente diferente a lo que usted propone, tan inverosímil como esa deslatinización de vastas zonas del Imperio que tan imprudentemente propugna.
      »Eso es todo, señores —zanjó el profesor, incómodo ante la persistencia del debate—. Como ya les he dicho anteriormente, aquí estamos para estudiar historia, no para elucubrar sobre narraciones fantásticas. Señor San Pedro, lamento tener que decirle que, pese al innegable mérito de su trabajo, me veo obligado a suspenderlo. En cuanto a los demás, tomen buena nota de ello; no pienso consentir la menor frivolidad en mi asignatura. Pueden marcharse.
      El sordo rumor de las sillas arrastrándose por el suelo fue el único sonido que quebró el glacial silencio en el que los muchachos salieron al pasillo. Ensimismado en sus pensamientos Julio fue el último en abandonar el aula, seguido por la penetrante mirada del profesor. Mil ideas encontradas bullían en su encendida cabeza, pero sobre la indignación que le embargaba por la humillación sufrida y lo que él consideraba una flagrante injusticia, prevalecía su firme convicción de que, pese a la tozudez de su interlocutor, él seguía teniendo razón y el mundo por él imaginado hubiera podido existir.


José Carlos Canalda

José Carlos Canalda (Alcalá de Henares, España, 1958) es doctor en Ciencias Químicas por la Universidad de Alcalá de Henares, y trabaja en un instituto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (C.S.I.C.) en Madrid. Aficionado a la ciencia ficción desde muy joven, cultiva tanto la vertiente del ensayo como los relatos. En este primer apartado, es autor del libro Luchadores del Espacio. Una colección mítica de la ciencia ficción española (Pulp Ediciones, 2001) y ha colaborado en La ciencia ficción española (Robel, 2002, premio Ignotus 2003) y en las revistas Solaris, Valis y Pulp Magazine (premio Ignotus 2002), sin descuidar tampoco las páginas web Sitio de Ciencia Ficción, Página de las Novelas de a Duro, BEM, Stardust o Cyberdark. En lo que respecta a los relatos, tiene publicadas obras tanto en papel (Pulp Magazine, Asimov, Artifex, Antologías de relatos de El Melocotón Mecánico, Menhir) como en formato electrónico (Sitio de Ciencia Ficción, BEM, Qliphoth, Alfa Erídani, Púlsar, La Plaga, Tau Zero y Revista Ochocientos).


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