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F i c c i o n e s

LOS CAMPOS DE LOS NO MUERTOS
Pamela Torres Penilla

México

La luna brillaba enorme en el cielo negro e inmenso, sin una sola estrella, sin una sola luz extra que pudiese atraer la mirada a otro lado que no fuera la gran y amarilla luna.
      Estaba triste una vez más por ese encierro en el que estaba desde hacía varios días.
      Toda la gente iba en el mismo tren, todos se preguntaban hacia dónde se dirigían sin poder contestarse con seguridad.
      La miró de nuevo, era muy hermosa, era tan extraña y callada; sintió pena por ella y por el futuro que le deparaba el destino.
      Ella parecía ignorar lo que ocurría; estaba concentrada en mirar por la rendija de la puerta de madera del tren, miraba el paisaje y todos esos parajes del camino.
      —Hola, soy Alexa, ¿Quién eres tú? —preguntó con timidez acercándose a la joven de hermoso semblante.
      Ella pareció girar su clara mirada azul hacia ella; sus cabellos negros y lacios le cubrieron el rostro por un instante.
      —Irah, me llamo Irah. —Dejó de mirar a Alexa y se volvió de nuevo hacia la rendija para ver el exterior.
      —¿Tienes idea de adónde nos llevan? Mucha gente dice cosas terribles sobre lugares donde nos tendrán prisioneros.
      —Así es, ahí es donde iremos —contestó Irah con aire despreocupado.
      Ambas se volvieron hacia uno de los pasajeros del vagón; estaba gritando de dolor, pedía que detuvieran el tren y lo dejaran ir a ver a un médico.
      —Es su apéndice, dice que le duele y lleva dos días con fiebre —le explicó Alexa a la joven aferrada a la puerta.
      —Morirá pronto, qué felicidad —dijo Irah con evidente frialdad—. Morirá esta noche, su cuerpo se descompondrá en dos días por el calor y eso nos afectará de verdad, mucho más que el defecar en aquella esquina del vagón.
      —¿Felicidad, cómo puedes hablar de felicidad en estas condiciones?
      Irah negó con una media sonrisa de ironía y se volvió a mirar el paisaje y las altas montañas cubiertas de nieve en la punta, todo ese verdor de los bosques, el atardecer.
      —Cuando veas el lugar al que iremos preferirás haber muerto tres veces aquí, en el tren.
      Alexa sintió escalofríos. Se apartó de Irah, se dirigió de nuevo hacia el rincón donde había estado recostada todo el trayecto y abrazó su saco ya sucio y maloliente. Eran demasiados en ese vagón estrecho, no había dónde sentarse, el aire era irrespirable y nadie se había preocupado por darles de comer o dejarlos ir al baño.
      No había pasado demasiado cuando Alexa sintió que alguien se sentaba a su lado.
      La hermosa chica de nombre Irah estaba ahí.
      —Perdóname por decirte cosas tan desagradables, tenía mucho que no hablaba con otra chica. En realidad no había hablado con nadie más que con Mizhet durante... mucho tiempo.
      —¿É...él está a bordo?
      —¿Mizhet?, claro que no. —Sonrió. —El no es... gitano, polaco... nada que puedan perseguir estas personas.
      —¿Tú eres...? Yo soy italiana, pero creo que estaba en su lista; sólo me trajeron. Visitaba a la tía Domi.
      —No eres italiana. ¿Alexa?, ése no es un nombre italiano.
      —Bueno, no, no lo soy, soy rusa, raíces rusas, crecí en Alemania y luego aquí; Alexa Isvanoff. —Estiró su mano pequeña y blanca, tan delgada y larga como el resto de su cuerpo.
      —¿Tu tía está a bordo?
      —No, ella murió la semana pasada, iba a volver a casa pero... conocí a Jetro, es un chico muy lindo, pero él pudo huir de los soldados. Dijo que iría por ayuda.
      Irah sonrió de nuevo con ironía, y sólo resopló mirando hacia la poca luz que entraba por la rendija del vagón.
      —Te noto muy tranquila —dijo Alexa—, así que supongo que no te importa estar prisionera.
      —Sí me importa, pero no puedo hacer nada yo sola, debo aguardar el momento.
      —¿Eres espía o algo así? —Alexa se sintió emocionada. Quizá era por eso que la veía tan tranquila, sin preocuparse de su futuro.
      —No, pero no me asustan sus armas, sus gritos, o lo que puedan hacerme.
      Alexa dejó de mirarla, otra vez estaba asustada. —¿Eres de aquí?, bueno, de donde nos capturaron.
      —Sí, soy rumana —contestó Irah con su acento extraño y su mirada perdida en la noche.
      Acarició los largos cabellos rubios de Alexa y sonrió con ternura. —Duérmete Alexa, piensa que necesitarás tus fuerzas...
      Alexa cerró los ojos y cuando despertó ya estaban deteniéndose en algún lugar.

Había buscado con desesperación a Irah, pero toda la gente amontonándose en la puerta no ayudaba, y esos gritos de los soldados afuera, formando a la gente que bajaba de los vagones.
      Finalmente la vio; estaba formada más adelante. La alcanzó con angustia.
      —No te preocupes, nos iremos pronto de aquí —dijo Irah sonriendo con orgullo—. No hay problema.
      Alexa miró a su alrededor; no había nada agradable; gente formada para entrar a aquella construcción de piedra al fondo, soldados, gente llorando al ser separada de sus seres queridos, otros que eran golpeados por los soldados por no querer ir hacia la fila.
      Irah avanzaba orgullosa, luciendo su belleza y su porte de princesa sin volverse hacia ningún lado.
      —Tú, ¿cuál es tu nombre? —dijo un oficial dirigiéndose a la joven del vestido rojo largo y capa del mismo color. La capucha cubría la cabellera negra y el rostro, casi sin color, donde sobresalían los enormes ojos color de zafiros; lucía hermoso.
      Irah se volvió lentamente y sonrió. —Irah señor, Irah De Biztritza —contestó en un alemán impecable; Alexa la miró sorprendida sin entender del todo bien.
      —Tu nombre no está en la lista, debe ser un error —dijo el oficial acariciando la cara de Irah.
      —Busca el de mi hermana, ella tampoco debería estar aquí. —Señaló a Alexa.
      El oficial miró a la delgada chica rubia de rostro pálido y ojos pequeños color pardo. Poseía una belleza un tanto extraña, y aunque le pareció simpática no era llamativa ni agradable para el sexo masculino.
      —Veré que puedo hacer por ti... y por ella, si... vinieras conmigo a verificar personalmente las demás listas en mi oficina.
      —Esperaré aquí, oficial, creo que no deseo hacer lo de las listas.
      El oficial hizo una mueca de desagrado y se alejó.
      —Gracias por decir que soy tu hermana, pero no lo creyó ni por error. Te dejarán ir.
      —Soy rumana —contestó mientras avanzaban en la fila.
      —Pero no estás en la lista.
      —No.
      Les quitaron la ropa. En ese lugar sólo había mujeres. Recolectaron sus pertenencias y les dieron a cambio una túnica a rayas, las condujeron a un gran patio de cobertizos de madera que los oficiales llamaron barracas. En el interior había literas apiladas para que ellas durmieran.
      —Se les asignará un número, no pueden salir sin permiso, respetarán horas de trabajo y cualquier otra orden o irán al campo B. —La oficial señaló otra fila en el patio, se les ordenó formarse y todas obedecieron, excepto Irah y Alexa.
      —No vayas —dijo Irah en voz baja—. Te marcarán la piel. —Aguarda bajo la litera. —Y la ayudó a meterse debajo de la madera.
      —¡Tú!, ¿que esperas para venir?
      —Hay un error, no debo estar aquí, mi nombre no está en la lista y el oficial Rudolph me dijo que esperara en el andén, pero ustedes me trajeron a rastras; lo puede verificar con él.
      La oficial resopló enfadada, salió aprisa hacia el campo mientras Irah siguió junto a la cama.
      —Ahora iré con él, tú no salgas hasta que yo regrese. Te traeré algo de comer.
      —No, te hará algo... ya sabes sus intenciones.
      Irah negó. —Descuida; sé cuidarme sola. Además te repito que no te acostumbres a este lugar, no estaremos mucho.

Cerca del anochecer Alexa se asomó, había más mujeres entrando a la habitación. Nadie pareció notar que ella salía de abajo de la litera.
      Se sentía hambrienta, cansada y asustada, pero al ver el estado lastimero de las demás mujeres supo que donde quiera que hubieran ido había sido mejor quedarse bajo la litera.
      Una de las ventanas se abrió violentamente y todas giraron las cabezas hacia allí. Irah estaba sentada en el marco de la ventana y sonreía como gato satisfecho; miró a Alexa.
      —He estado muy asustada —dijo Alexa—, ¿dónde estabas? —Se acercó hacia su amiga. Todas las demás mujeres se apartaron mirando temerosas a Irah.
      —Arreglaba mi pasaje afuera. El oficial Rudolph firmó con... sangre. —Se puso de pie; su bata estaba manchada de sangre al igual que sus manos y su rostro. Su cabello suelto y largo le llegaba hasta media espalda; era tan oscuro que hacía contraste con su pálido rostro y con la sangre de su boca.
      —¡Irah!, ¿estás bien? —La abrazó sintiendo miedo; le aterraba lo que ocurría a su alrededor y la posibilidad de perder a su única amiga ahí.
      —Aléjate de ella —dijo una anciana en el fondo de la barraca, hablando rumano de un modo extraño, quizá con acento polaco. —Ella es... —Su voz se quebró cuando Irah soltó a Alexa y caminó hasta ese grupo de mujeres.
      —¿Qué soy, anciana?, maté a uno de ellos, no las lastimaré a ustedes. —Se dirigió a las mujeres polacas en su propio idioma, ellas seguían asustadas y Alexa no entendía nada; no tenía dificultades con el alemán, ya que había vivido una parte de su infancia en Berlín, pero el polaco le era totalmente desconocido.
      —No te acerques, no muerta. Vete. —La mujer mayor se santiguó y empezó una oración en silencio, las otras mujeres no entendían del todo, pero las más grandes de edad siguieron el rezo, excepto las judías y gitanas que se alejaron hasta sus literas.
      —¿Qué dice? "No muerta", ¿qué es eso? —Alexa estaba nerviosa, pero aún le preocupaba más ese lugar horrible en el que estaban, donde las nubes de humo negro tras las barracas parecían augurar algo espantoso para ellas.
      —Alexa, no puedo explicarte nada, sólo te diré que no puedes estar aquí, aquí todos mueren. —Le tendió la mano señalando afuera. —Te enseñaré algo, ven... —Y tomándola de la mano la sacó por la ventana y entre las sombras de la noche caminaron largo rato. Hacía frío, los zapatos sin correas de Alexa le dificultaban el paso y con sólo esa bata el aire que le llegaba le helaba los huesos. Había neblina; podía ver entre las sombras los techos de las barracas y los altos pilares de vigilancia. Al paso rápido que iban le pareció que Irah volaba, y que su mano estaba helada, más fría que la noche misma y que el aire que le daba en el rostro.
      De pronto Irah se detuvo. Movió el brazo y la neblina que había frente a ellas se despejó poco a poco.
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Ilustración: Valeria Uccelli
      El espectáculo que se presentó fue demasiado para Alexa, quien se soltó aprisa y se echó hacia atrás.
      En una fosa grande y honda yacían cientos, quizá miles de cuerpos de niños, mujeres viejas y algunos hombres de mayor edad desnudos y amontonados. Algunos de los cuerpos estaban siendo devorados por hambrientas ratas; algunos, todavía tibios, acababan de ser arrojados por la recolecta diaria de los soldados.
      Alexa no podía apartar la mirada de esa escena, creyó que no podría olvidarla jamás.
      —Otros mueren en los crematorios. —Irah señaló hacia el fondo, cerca del bosque. —Debemos irnos Alexa.
      —¿Co... cómo sabes... tanto? —Alexa sentía un gran nudo en la garganta; estaba tan asustada que no podía dejar de temblar y no sabía si era el frío o el terror que sentía.
      —Mizhet me había hablado de este lugar, él viene seguido. Me había advertido de sus horribles cosas. La gente que está aquí es como nosotros, no está del todo viva; eso es una pena.
      Alexa se volvió hacia su amiga; efectivamente Irah no llevaba zapatos, pero no tocaba el piso; estaba suspendida algunos centímetros sobre el suelo.
      La visión de Irah junto a esa fosa le pareció una escena espantosa. Los ojos color zafiro brillaban con luz propia en la penumbra, y sus cabellos negros volaban como si un viento leve emanara de su ser, envolviendo parte de su rostro.
      —¿Q... qué eres? —dijo, alejándose un poco.
      —Mira lo que hacen los seres humanos que conoces. Yo no te haré daño, pero tú decides. —Irah se ocultó entre las sombras.
      Todo alrededor de Alexa era horrible, como una pesadilla. Se hincó a llorar amargamente tocando el suelo lodoso y helado; pronto sería invierno, caería la nieve y más gente iba a morir, como en los hornos del bosque.
      —Si vienes conmigo serás libre, en tu estado no podrías saltar la cerca electrificada. —La voz de Irah la volvió a la realidad.
      De nuevo Irah era hermosa, como una chica de 25 años, a lo sumo, con su voz profunda y su mirada clara. Ahora pisaba el suelo y sus lacios cabellos le caían sobre los hombros.
      —Me buscan; maté a un soldado, debes decidir ahora. —Estiró la mano sin color; Alexa no lo pensó y también extendió la mano para tomar la de Irah. Entonces lo vio, había estado todo el tiempo ahí, pero había creído que era parte del edificio de atrás. Un ser enorme salió de entre las sombras, sus ojos brillaban como hacía un rato los de Irah, y estaba envuelto en una larga gabardina de un gris inexacto, quizá demasiado vieja para saber su verdadero color.
      —El es Mizhet, vino por mí, nos iremos ahora. —Mizhet la tomó de la otra mano, y después de escuchar esto último, Alexa sintió que sus pies se despegaban del suelo, vio las barracas cada vez más pequeñas y pronto no vio más nada que el bosque, abajo, y las copas de los árboles.
      Estaba tan asustada que se desmayó sintiendo el aire helado en el rostro y una sensación de vértigo en el estómago.

Despertó en una cama tibia, el sol estaba alto y la quietud en la habitación le pareció mortecina.
      Irah bordaba una mantilla de algodón hamacándose lentamente en una mecedora.
      —¿Donde estoy?
      —A salvo —dijo Irah vestida elegantemente y con sus largos cabellos negros sujetos por unas peinetas de oro y piedras preciosas. A Alexa le pareció que su ropa era anticuada, muy costosa pero pasada de moda, quizá de otra época.
      —Debo irme —dijo, queriendo salir de la cama.
      —Eres libre, no prisionera; pero estabas débil y sólo deseo que descanses. No te haré daño, ya te lo dije cuando estábamos en Auschwitz. —Sus ojos azules brillaron con ternura. —Sólo deseamos vivir en paz, somos distintos de ustedes. Alguna vez quisimos ser así; hubo guerras, hubo muerte, pero ahora nos cuidamos de no ser descubiertos.
      —¿Qué eres?
      —Alguna vez fui como tú, hace mucho... tiempo. Cuido a Mizhet, cuido su sueño cuando está el sol, que él no puede ver; a cambio tengo vida eterna y cuidados.
      Alexa volvió a llorar, estaba triste por todo lo vivido, y sorprendida de saber lo que ahora sabía.
      —¿Hay... más gente así?
      —Miles, pero no los hallarás. Puedes estar tranquila; aquí estarás bien y Mizhet no te hará daño. Hace siglos que no podemos crear más como nosotros, a menos que tú lo desees.
      Alexa negó y se levantó a vestirse. Irah le inspiraba confianza, y sabía que podría irse de ese lugar, si lo deseara, lejos del horror de aquellos campos, donde vivía la gente prisionera y se iban transformando en no muertos, como esa raza extraña que ahora conocía.
      Al irse abrazó a su nueva amiga; sabía que ya no estaba sola.

Irah la llevó en su carreta hacia el pueblo y luego, sonriente, le dijo adiós desde el andén del tren, uno con asientos y lleno de gente limpia. Iba hacia Rusia; era un viaje largo, pero iría feliz de estar libre, viva, y saber que existía gente buena.
      Imaginó un titular en un diario; incluso vio la fecha: 26 de Enero 1945. El Ejército Rojo libera campo de concentración en Auschwitz-Birkenau; hallan mucha gente viva.
      Alexa pensó que en algún tiempo volverían a estar realmente vivos otra vez, como ella ahora. Encontraría a Jetro y volverían a ser felices y estarían juntos, como Irah y Mizhet, sus liberadores.


PAMELA TORRES PENILLA

Luisa Pamela Torres Penilla de Pantoja nació en México D.F. el 1 de Septiembre de 1973. Es diseñadora gráfica y le apasiona escribir, lo que viene haciendo ininterrumpidamente desde los catorce años. Prefiere las historias de terror, aunque no desdeña el suspenso y la ciencia ficción.


Axxón 139 - Junio de 2004

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