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F i c c i o n e s

POR UN PLATO DE CORNIGULES
Jean-Pierre Planque

Francia

Iván llevó el cadáver por los pies hasta el baño. Era pesada, la desgraciada. Entre 90 y 100 kilos. Aunque en los últimos tiempos se había puesto a régimen de ensaladas. Todas las ensaladas posibles e imaginables. Les ponía todo lo que caía bajo sus manos: tomates, pimientos, huevos duros, choclos, champignones, almejas, camarones. En fin, todo salvo cornigules... Iván adoraba las cornigules. En los raros instantes de libertad que ella le dejaba, nunca dejaba de precipitarse a la fonda de la esquina.
      El negocio del señor Tong brillaba con mil luces: era en este remanso de paz que el Maná celeste derramaba todas las cornigules de la Creación. Para Iván. Nada más que para Iván. Redondas, alargadas, doradas. En rollos, en buñuelos, en brochettes, en sorbetes, en helados. En todas partes y siempre, la cornigule reinaba y el paladar delicado de Iván se deleitaba con esta comida divina, sin moderarse, bajo el ojo benévolo del señor Tong.
      —¡Pruebe aquella, señor Iván! ¡No existe mejor en diez mil kilómetros a la redonda! Y ésta... ¡Hum! Pruebe esta delicia. Fue un viejo sabio de la época del gran Confucio quien redactó la receta sobre un viejo pergamino. ¡Ah, la cornigule estaba reservada a los señores de la época! Era a quien movilizaba la más importante cohorte de marmitones, de cocineros y de sabios botánicos. Rivalizaban en ingenio para preparar la cornigule más perfecta, la más rara, aquella que lo transporta de un golpe de lengua al país de Brahma. Pero usted sabe como es, ¡oh bravo señor Iván!, todo se pierde. Se banaliza, se abren las cocinas secretas al buen pueblo ávido de conocimientos ocultos y finalmente, nada tiene que ver... Un vientre, eso se cultiva, eso se educa, sí, es más delicado que un cerebro. ¡Es Tao Tong que se lo dice!
      En ese preciso instante, Iván no dejaba nunca de admirar el vientre del señor Tong. Era un vientre redondo, con esa redondez de luna, ni graso, ni obsceno; la redondez de los vientres bien nutridos. ¡Era un vientre de Maestro de Cornigule, ni más, ni menos, un vientre único, mágico, transcendental, cornigulesco! Iván tenía vergüenza del suyo, tan magro, tan anodino, tan poco visitado por la gracia divina...
      —Maestro Tong —se inquietaba—, como podré yo algún día...
      El posadero emitía entonces una risita indulgente:
      —No tenga ningún miedo, señor Iván, la cantidad digerida importa poco. Es una cuestión de calidad. Retenga eso bien: siempre la calidad. El sabio prefiere el vientre en paz al intestino repleto. Libérese de las salsas, de los preparados pesados y ricos tan difíciles de integrar; practique la economía del sabor y la sutileza del gusto. Llegue a la fineza y a la frugalidad, elija los platos ligeros, domestíquelos y domine su apetito.


El pequeño hombre de ojos rasgados se embarcaba seguido en interminables delirios verbales, en los que siempre se trataba de alquimia gástrica o de esoterismo esofágico del cual se ufanaba de conocer todos los arcanos. Se volvía lírico, se agitaba y hacía grandes gestos, mimando la Búsqueda de la Cornigule, esa raíz mítica que los más temerarios exploradores decían que estaba custodiada por un temible monstruo. Por otra parte, ¿era una raíz, un tubérculo, una planta? Uno se perdía en conjeturas, armaba las hipótesis más extravagantes sobre el origen del Plato de los platos, del Néctar de los néctares, del ingrediente indispensable para la realización de una comida divina.
      Tao Tong dirigió hacia Iván un dedo gigantesco:
      —Usted se pregunta seguramente si la verá alguna vez. ¡Pronto la encontrará!
      Después de la profusión de gestos y del flujo ininterrumpido de palabras, un silencio pesado se instaló en el negocio. Iván ponía cara de no creer a sus oídos, dejaba pasar algunos minutos, después preguntaba : —Pero ¿qué? ¿Cuándo? Y... ¿dónde?
      Preguntas a las que el chino respondía invariablemente: —Pero, ¡la Cornigule por supuesto! Cuando usted sea capaz de verla. Acá. Ya que ella está aquí. Usted no la ve porque sus ojos están cerrados, pero cada plato que yo le sirvo lo acerca un poco al momento en que la verá. Usted la verá como yo la he visto. Acá. Su cuerpo diáfano se le aparecerá todo gracia y fineza. Usted sentirá una irresistible necesidad de derretirse, de disolverse en ella mientras que la caricia única de su mano sobre la frente le hará vibrar hasta la médula de sus huesos.
      —Dios mío, ¿de qué habla? ¿Será un espíritu, un hada, una diosa?
      —La cornigule no tiene nombre y tiene todos los nombres, no tiene cara ni forma, pero tiene todas las caras y todas las formas. Aparece cuando no se la espera. Lo seduce y lo transforma para siempre. Usted verá como se sentirá de golpe liberado de un inmenso peso, como todo le parecerá fácil y agradable. Usted también abrirá un negocio, señor Iván, y su único ideal será hacer partícipe de su visión sublime a sus innumerables clientes. Ella estará en usted para siempre, temblando como una fuente pura, dulce como la miel, cariñosa y cálida con eso. ¡Mucho más presente que la más sabia de las amantes! También le hablará, le susurrará recetas mágicas de comidas de las que nadie podrá suponer la exquisitez. Se disputarán su cocina y se convertirá en un competidor terrible. Pero la ciudad es tan grande, ¿no?
      Iván se dejaba acunar por la voz de acento melodioso. Cuando salía de ese estado de beatitud, respondía: —Es verdad, la ciudad es grande. No se ve el fin de las calles. La ciudad, es el mundo...


Más tarde, el señor Tong lo sacudía con dulzura:
      —Es necesario partir, señor Iván. Debo cerrar las puertas. Es tarde y creo que lo esperan en su casa...
      Entonces, Iván bufaba, se ponía rápido su saco y salía a la calle. No pagaba al Chino más que una vez al mes, para tener la sensación, las otras veces, de encontrarse en otra parte, no en un restaurant.


Acostado contra el cuerpo enorme y tan poco interesante, perdido en medio de los ronquidos tranquilos de esa que él había bautizado secretamente como la mujer-yegua, Iván imaginaba su próxima visita al señor Tong. Esta historia de la cornigule olía a leyenda e Iván dudaba a veces de la salud mental del pequeño hombre. ¿Pura fábula? ¿Una forma original de valorizar sus platos, de realzar su atractivo? Hablaba tan bien de esta cornigule que Iván acechaba a veces la aparición mágica, escuchaba su propio interior hasta la jaqueca, se inquietaba por un engorde pasajero que amenazaba con comprometer todo el asunto. Oía la voz del señor Tong: —Sin querer dirigirlo, señor Iván. Usted tiene tendencia, desde hace un buen tiempo, a comer pasteles. ¡Atención! No olvide el Fin. ¡El Fin, señor Iván, es usted! —Delante del boeuf Mironton, el coq en sauce o las berenjenas rellenas que ella le servía con fuertes mímicas y gestos golosos, él se contenía de salir corriendo, poniendo su mejor cara para decir:
      —¡Hum, querida, siento que nos vamos a deleitar!


El cuerpo pesaba mucho. Iván sudaba la gota gorda. Le había roto el cráneo a golpes de candelabro. Eso no era elegante, estaba sinceramente desolado, pero ¿cómo hacerlo de otra forma? Ella se había resistido, la boluda. Se había debatido, y además era fuerte como un toro. Iván tenía largas marcas en la cara y en las manos que testimoniaban el extraño combate que había librado contra el Dragón. Temblaba todavía evocando el monstruo surgiendo en la tienda del señor Tong, paquidermo histérico arrasando todo a su paso hasta su pequeña mesa. Un gran ruido, un cataclismo, un alarido que le había helado la sangre, y después una mano apoyándose en su espalda:
      —¿Qué haces acá?
      Iván puso el cuerpo en la bañera, después se permitió una pausa Vodka. Cuando iba por el tercer trago, llamaron a la puerta.
      El señor Tong estaba en el palier. Una sonrisa afable en la cara.
      —¿Le molesto quizá...?
      Iván deglutió un: —No, para nada, es un placer... —Después se perdió en la contemplación meticulosa de las ranuras del parquet. El hombrecito centellaba y pataleaba como un viajante al cual le hubieran enganchado un celular en la médula espinal.
      —Yo se qué lo molesta, señor Iván. Quédese tranquilo, lo voy a ayudar.
      Apenas Iván había captado el sentido de estas palabras, el chino golpeó un enorme gong. Una cohorte de cocineros de ojos rasgados surgió inmediatamente, los brazos cargados de platos, de vituallas diversas e instrumentos culinarios de todas clases. Iván los vio entrar a su casa, insectos laboriosos, llevados por un tropismo irresistible en dirección a su cocina. Uno de ellos hacía rodar por delante un objeto misterioso con reflejos niquelados que evocaba más un bloque quirúrgico que algo ordinariamente común de la cocina.
      —Es un sintetizador que yo fabrico —aseguró el señor Tong como si no hubiera de qué inquietarse. El hombre se dirigió al baño seguido por un Iván descompuesto.
      —Déjelos hacer —dijo el señor Tong—. Conocen su trabajo. (Llevando dulcemente a Iván por el brazo). Venga, pasemos al salón.


Los sirvientes habían puesto la mesa. Perfumado el aire, disponiendo aquí y allá candelabros esculpidos, recubriendo algunos muebles con sedas de colores destellantes, ubicando biombos adornados con pájaros exóticos. Iván puso el pie en otro país y en otra época. En pocos minutos, esos endiablados pequeños hombres habían sacudido todas las ataduras que le había llevado una vida entera colocar pacientemente. Se sentía caer en la locura. Después vio los cubiertos para tres.
      En ese momento llamaron nuevamente a la puerta.
      El señor Tong se apresuró para abrir. El tiempo de una pirueta y su voz cristalina anunció:
      —Le presento a mi hija Zu Fo Ping. Su conocimiento culinario no tiene límites, ningún paladar resiste a su arte. Sus entradas, sus platos, sus postres... ¡Ah, sus postres! ¡Todo el mundo repite!
      La joven no llevaba sobre su piel más que un vestido de seda azul turquesa, tan ligero que Iván podía, por transparencia, admirar las formas esbeltas de su cuerpo. Dos ojos de jade en los que el camafeo de los párpados sombreaba el destello, volaron hasta él. Todo se volvió ligero, tan ligero... Ella se parecía a la visión, al menos a la descripción que había hecho el señor Tang y que él apenas había entrevisto. En un segundo todo fue borrado, lavado, purificado por una fuente clara. Ya no existía más que ella. Zu Fo Ping se iluminó con una sonrisa universal y derramó olas de alegría.


Iván retomó brutalmente conciencia de la realidad. Estaba sentado a la mesa y olía con fruición el aroma más deleitable de la Creación. Sentado enfrente, el señor Tong reía con todos sus dientes y parecía de muy buen humor.
      —¿Qué me dice usted de esta cornigule?
      Un temblor perfumado le hizo doblar la cabeza. Ella estaba su lado, plena de una gracia ligera, largos cabellos acariciaban su espalda desnuda. La serenidad vibraba en ella a flor de piel y se la comunicaba al menor movimiento. Un hilo invisible los unía. Nada más tenía importancia para Iván. Oía apenas la voz de flauta del chino que continuaba su inacabable discurso.
      —¿Es buena, no? La carne humana cocinada con arte tiene virtudes afrodisíacas. ¿No se siente usted liberado de un enorme peso?
      Después, como saboreando un bocado delicado y no quitándole los ojos de encima:
      —Yo comprendo su contrariedad. El sueño, sí, siempre el sueño. Ustedes se agarran al sueño en su sociedad occidental. Nosotros no. No tenemos tiempo que perder. Comprenda, somos tantos... Estamos en todas partes, tenemos todos los restaurantes de la ciudad, todos los bodegones, los autoservicios, los hospedajes, y hasta el más feo King Burger. Inundamos la ciudad. Y la ciudad, como usted dice, señor Iván, es el mundo, una síntesis, una muestra del mundo en el que nosotros somos los artesanos. Somos, desde hace siglos, los alquimistas que trabajan en secreto por la armonía, la transformación de las formas y de los cuerpos. ¡Basta de desgracias! Nosotros reciclamos los mastodontes perdidos en nuestro siglo y les ofrecemos el cambio radical que los asusta tanto. Tenemos la tecnología de punta que permite este tipo de economía. Saboree, señor Iván, saboréela, alégrese ya que todo es alegría...


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Ilustración: Valeria Uccelli

Iván se sentía bien, todo se deslizaba en él. La mujer-yegua galopaba en sus venas desde siempre y él tenía una irresistible necesidad de cocinar con ella hasta el amanecer. Se veía, el gesto amplio, maniobrando las especias, cortando la carne, hirviendo las legumbres y dando un suntuoso banquete a un centenar de amigos gastronómicos. Oía risas truculentas y bromas pesadas. Y este pedorreaba, aquel eructaba, el de más allá cambiaba sonrisas picarescas y cantaba canciones de borrachos. Iván se demoraba cerca de cada comensal, sirviendo el vino, inquietándose por el sabor de una salsa y el picor de una especie, probaba con uno, testeaba con otro, o bien se maravillaba del apetito de esos vientres repletos, de la voracidad de las mandíbulas y de la avidez de las gargantas siempre sedientas. ¡Había que moverse! Lo solicitaban de todas partes para servir, llenar, despejar o enjuagar los desahogos de un estómago reacio. Incrustado entre dos alegres juerguistas, el señor Tong le lanzaba miradas enloquecidas y continuaba su monólogo.
      —Diviértase en reconocer, en esta suntuosa paleta de sabores raros, el muslo pesado, el pecho espeso o el vientre que usted no puede conquistar sin llamar a los fantasmas de otra edad...
      En el otro extremo de la mesa, un comensal se levantaba, imponía silencio con ruidos de la garganta que oscilaban entre el bramido de un elefante en celo y el gruñido entrecortado del cerdo al que se está estrangulando. La cara rojo ladrillo, la camisa abierta sobre el ancho pecho, los cabellos despeinados, cabeceaba como un navío sobre un mar furioso:
      —En verdad, mis amigos, en verdad yo les digo: en la vida no hay más que la borrachera (fruncimiento de cejas). No hay más que la borrachera, ¡también existe el culo!
      Despreciando las risas con una calma olímpica, el señor Tong agitaba un bocado tentador bajo las narices de Iván:
      —Sienta este néctar, saboree esta delicia, y dígame si reconoce a esa que lo empujaba a su pesar hacia abajo, esa que lo entorpecía y... ¿Había leído ella el Libro de las Transformaciones, el I Ching? ¿Sabía ella que los hexagramas prefiguraron, hace 20 siglos, los programas de computación que rigen nuestro universo entrópico? Nosotros estamos muy por delante porque conocemos los sabores del mañana, esos que ya nacieron y gobiernan los palacios; entienda bien: los lugares del poder. Nosotros ofrecemos banquetes fabulosos a los financieros, a los políticos, a los dueños de los medios. Nosotros estamos en todas partes, señor Iván. En sus sesiones de sexo grupal para iniciados, en sus pequeños chanchullos (el tono subía), en sus ensaladas y en sus cápsulas azul-blanco-rojo que ayudan a la asimilación de sus discursos formateados. Nosotros estamos en todas partes y comemos juntos el sol; nosotros dirigimos sus sueños, tenemos los medios de transformarlos a nuestro gusto. Nosotros somos discretos y eficaces como el filo de una navaja. Por otra parte, ¡qué ganancia!
      Bien en su piel, la mujer-Centauro reía, gritaba alto y claro que todos los discursos estaban muertos y que había que aprovechar la vida. Iván la veía presidir el banquete, resplandeciente y hermosa, tan hermosa que él lloraba de alegría.
      Era la mujer-Naturaleza, la mujer-Raíz, esa encarnada en todas las alegrías del cuerpo, de risas ligeras, tan ligeras que lo transportan con un aleteo hasta la gracia del espíritu. Está bien, mi Cornigule, se dijo Iván, nos lleva a todos en sus brazos como a niños. Tranquila, sin cuestionamientos, ella testimonia que nada cambió verdaderamente. Ella está en todas partes.
      Él la vio brindar con el más borracho, la oyó reír de las bromas más zafadas, la vio estremecerse de placer con las caricias de una mano demasiado curiosa para su gusto. ¿Qué hacer contra la vida que pasa cuando ella pasa por todas partes? Bajo la luz de las velas, la piel azafranada de Tong se animaba con pulsaciones coloridas. Ella estaba ahí también hablando, utilizando el ácido humor que siempre lo ulceraba:
      —¿Un guisito de chino, qué es lo que te decía, mi chuchi? —Ella lo llevaba siempre a la realidad.


Zu Fo Ping acarició dulcemente la mano de Iván y murmuró:
      —Creo que el señor Iván y yo queremos estar un poco solos, papá. Tengo tantas cosas buenas que confiarle, tantas recetas mágicas que trasmitirle...
      Sonrisa de niña, voz encantadora, escote ofrecido, pulseras niqueladas, vestido abierto. La Cornigule, acarició el cuello de Iván: —¿Dónde está su habitación? —preguntó.


Nadie puede decir si Iván Rogoff fue condenado por triple crimen, si fue guillotinado, o si terminó sus días como cocinero en un asilo psiquiátrico preparando eso que él llama cornigules. En todo caso, que nadie lo dude: él camina por siempre en las verdes praderas de Brahma. ¡Si usted lo encuentra, telefonéeme, y nos emborracharemos!

T.O.: "Pour un plat de cornigoules" - Traducción directa del francés de Mónica Barra.


JEAN-PIERRE PLANQUE

Nacido en 1951, Jean-Pierre Planque ha publicado unos cuarenta relatos en revistas profesionales, semi-profesionales, y diversos fanzines de cf en Francia, Canada, Belgica, Bulgaria, Roumania y España. Actualmente vive en la isla caribeña de Guadalupe y reparte el tiempo entre la redacción de sus ficciones y su condición de webmaster del sitio que creó, INFINI. (http://perso.wanadoo.fr/jplanque/)


Axxón 139 - Junio de 2004
Ilustró: Valeria Uccelli

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