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CORRECCIONES EN LA TRAMA DEL TIEMPO
Sergio Gaut vel Hartman
Argentina



Al inaugurar "Uficción" imaginamos contar con un espacio que permitiera cobijar ucronías en el sentido clásico, narraciones basadas en la bifurcación de la trama temporal, revelando líneas diferentes a las conocidas, las que los libros de historia consideran "la realidad". No obstante, Alfredo Álamo y yo teníamos la esperanza de que la consigna bien entendida, al ampliar indefinidamente el espectro de posibilidades de bifurcación, nos permitiría contar con cuentos en los que las divergencias surgieran de que seres reales, personas que "existieron", pudieran interactuar con personajes de cuentos y novelas. El ejemplo que les brindamos a continuación respeta esa premisa: dos personajes de ficción, extraídos de obras de Alfred Bester y Vladimir Nabokov se mezclan con éste y con el gran campeón de ajedrez del siglo XIX Adolf Andersen. La historia que deriva de esta conjunción sólo es posible en el plano de lo imaginario. Pero nuestra idea de que el mundo ficcional tiene sus propias reglas y no tiene por qué deberle nada a la realidad que le dio origen nos autoriza y consiente.

Alfredo Álamo - Sergio Gaut vel Hartman


CORRECCIONES EN LA TRAMA DEL TIEMPO
Sergio Gaut vel Hartman


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Henry Hassel puso la máquina a punto y se trasladó medio siglo hacia el pasado. Tal como había calculado (era fantástico calculando) encontró a Vladímir en los jardines del Hotel Palace de Montreux, tomando su vodka con jugo de cerezas. Era la tarde del 5 de octubre de 1969 y el otoño se insinuaba en las hojas de los robles y en la brisa que llegaba del lago cargada con perfumes de humo y resina.
       —Maestro —le dijo en inglés; no sabía alemán ni francés, y mucho menos ruso—: necesito a Luzhin para reparar un error en la trama del tiempo.
       —¡No me diga! —escupió Nabokov sin mirarlo, haciendo honor a su fama de tipo brusco y desagradable—. ¿Cómo lo quiere, vivo o muerto?
       Henry movió su leonina melena y se encogió de hombros. Era difícil determinar si esas categorías eran válidas con los personajes de ficción. —Vivo, supongo —dijo.
       —Vivo —dijo Nabokov, arribando a un tono llano y sin asperezas; eso sorprendió a Henry aún más que la aceptación de que él pudiera estar reclamando, muy suelto de cuerpo, por un personaje de una novela—. No será sencillo, porque como usted sabrá si leyó el libro, Luzhin no sobrevivió al final. Bien, no soy amigo de revelar los finales de los libros, pero usted no estaría aquí si no lo hubiera leído completo.
       —Me servirá el Luzhin de la página 47, cuando él ve por primera vez a Alexandra —dijo Henry con cierta timidez.
       Vladímir se irguió en la silla, movió el torso y miró a Henry a los ojos por primera vez. —¡Usted no leyó el libro, se limitó a ver la película!
       Henry rehusó el gambito y miró hacia el lago. Una bruma aterciopelada, formando encajes en lilas y dorados, anunciaba el crepúsculo. —Vi la película —dijo sin volverse—. Pero necesito a Luzhin. Hay un grueso error en la trama del tiempo.
       —Eso ya lo dijo —replicó Vladímir; el mal humor volvía a él como un asteroide troyano, describiendo la órbita más excéntrica posible—. Se está repitiendo, como si le faltaran argumentos.
       —Esta escena —respondió Henry, armándose de paciencia—, es posible porque hemos tenido la oportunidad de reparar la fractura; quién sabe lo que hubiera sido de usted sin mi intervención.
       —¿No hubiera conocido a Lolita? —dijo Vladímir con picardía.
       —No solo a Lolita; tal vez ni siquiera hubiese conocido a Vera.
       Vladímir se irguió, poniéndose a la par de Henry; era alto, le llevaba una cabeza de ventaja y su temperamento agresivo ponía en serio riesgo la integridad del viajero temporal. —Mire amigo: por aquí han pasado embusteros de todos los pelos. Como yo soy una persona cosmopolita y tolerante, por lo general esos sujetos han salvado sus dientes. Pero usted está abusando de mi benevolencia. Si dice una sola palabra más acerca de que hay un error en la trama del tiempo o que necesita a Luzhin para repararla lo voy a sacar de aquí a patadas y no dejaré de dárselas hasta que esté seguro de que no volverá a Montreux.
       Henry había pasado por situaciones semejantes en más de una oportunidad. Dio un paso atrás y activó el campo de protección personal, un invento menor casi contemporáneo de la máquina del tiempo. Por fortuna el campo no bloqueaba la emisión de su propia voz, por lo que pudo seguir argumentando.
       —Maestro: usted confesó que se sentía como Anderssen jugando La Inmortal, en 1851, al recordar con entusiasmo el sacrificio de ambas torres ante Kieseritsky, "predestinado a aceptar una y otra vez, en infinidad de libros de texto, un signo de interrogación como monumento", son sus palabras, ¿las recuerda?
       —¿Cómo lo sabe? —dijo Vladímir recuperando su tono más irónico—. De eso no hay película.
       —Está lejos de mi naturaleza ser insolente —dijo Henry, a la defensiva—, pero usted no debería saber nada de la película. Se filmó en... bueno, cuando usted ya había dejado este mundo.
       —Es muy curioso que utilice el verbo en pasado para referirse a un hecho que aún no ocurrió —dijo Vladímir, pensativo.
       —Es mi pasado —se defendió Henry—. Su futuro.
       —Entiendo —dijo el escritor; parecía resignado a lo inevitable—. ¿Me dirá cuántos años me quedan?
       —No —dijo Henry—, y es mejor que así sea. Además, la trama del tiempo está desgarrada y ningún hecho permanece fijo en un continuo que se sacude como un trapo al viento. He venido a reparar esa ruptura y, según mis cálculos, sólo su personaje, Luzhin, puede ayudarme.
       —Tal vez hasta me gusten un poco los obsesivos de su calaña, capaces de tender una trampa a un campeón aturdido —dijo Nabokov retrocediendo hasta su vaso de vodka con jugo de cereza—. Lo que siempre me ha gustado en el ajedrez son las trampas, los trucos ocultos, y usted parece estar a punto de armar una. ¿Caeré yo? ¿Caerá Luzhin? ¿Quién caerá?
       —Descúbralo —dijo Henry—. Invoque a Luzhin, oblíguelo a manifestarse en este lugar del espacio y del tiempo, en este plano de existencia. Usted puede hacerlo. Puede escribirlo, o configurarlo como una composición, sobre un tablero. Debe darle entidad mediante una acción de la voluntad.
       —No dudo —respondió Nabokov— que hay un vínculo íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido brillante y oscuro a un tiempo de los problemas de ajedrez, enigmas mágicos, cada uno de los cuales es fruto de mil y una noches de insomnio. —Vladímir había entrecerrado los ojos; parecía deleitarse con las imágenes de las piezas recorriendo sus caminos invisibles, obedeciendo a los rígidos designios del manipulador. Henry interpretó que ese y no otro era el momento ideal para atacar a fondo, demoliendo las defensas del escritor, debilitadas por la contemplación de esos espejismos y las tramas encubiertas.
       —Debo llevar a Luzhin a 1851. El pensamiento de Anderssen vaga a través de laberintos seductores, pavorosos, insondables... pero no encuentra la combinación ganadora. Si Adolf no construye La Inmortal en 1851 toda nuestra secuencia se irá por el sumidero, como un flujo de mugre, grasa y pelos. ¿Quiere cargar sobre sus hombros con la responsabilidad de echar todo un mundo a la basura?
       —Me está asustando —dijo Vladímir; las palabras de Henry ponían al desnudo su flanco más débil, en cierto modo la herencia del espíritu ruso, culposo y frágil tras la figura del fanático brutal de Gorki, del obsesivo de Dostoievsky, empapados de vodka y rencor—. ¿Verá Luzhin el sacrificio de ambas torres? ¿Cómo se lo transmitirá a Anderssen? —Pareció advertir un hilo suelto en el razonamiento y encaró a Henry. —¿Por qué no lo hace usted mismo? El sacrificio ya se produjo. Ni siquiera necesita saber jugar al ajedrez.
       —Se equivoca —dijo Henry—. No sé jugar, por cierto, pero eso no sería lo importante. Adolf no puede recibir el mensaje de una mente no entrenada en el manejo de las complejas combinaciones que se ramifican en una partida. Usted lo dijo en la novela: encantadora, quebradiza, cristalina...
       —Finalmente —resopló Nabokov—, la leyó.
       —Ahora eso no importa —dijo Henry—. Haga venir a Luzhin.
       Vladímir, resignado, regresó a la mesa de metal pintada de blanco. El crepúsculo emitía sus últimas notas, por lo que no fue sencillo para el escritor escribir, a la débil luz de las farolas del parque, las pocas líneas necesarias para invocar a Luzhin. Henry esperó pacientemente, sin hacer comentarios. Sabía que Nabokov había comprendido lo que él necesitaba. Cuando el escritor terminó le tendió la cuartilla. El viajero del tiempo no se detuvo siquiera a leerla. Desconectó el campo de protección personal y tendió la mano. Vladímir se la estrechó con fuerza.
       —Será mejor que no escriba nada acerca de este episodio, ¿verdad?
       —No me atreví a pedírselo. No está contemplado en la línea raíz. Si lo hiciera podría producirse alguna otra fisura, en un punto cualquiera de la trama. Podría anular la carrera literaria de Alfred Bester, lo que sería terrible para mí, o provocar que el FBI se diera finalmente el gusto, arrasando con todos los rojos del área de la bahía de San Francisco.
       —Esto último no me molestaría en absoluto —dijo riendo Nabokov—. No hay un solo escritor en ese lugar que merezca mi simpatía, ni siquiera mi compasión.
       —No vine a discutir de política con usted, Maestro...
       —Tiene razón. Si puede, en otro momento, venga a tomar una copa conmigo. Tal vez me interese escuchar sus fantásticas historias del siglo XXI. —Hizo una pausa y miró en todas direcciones. —¿Adónde dejó la máquina del tiempo?
       —Allí, entre esos arbustos espinosos —dijo Henry señalando en dirección a una Venus de mármol—. Es un modelo portátil.
       —Entiendo —dijo Nabokov. Giró en la penumbra dándole la espalda a Henry y tomó el vaso; chasqueó la lengua disgustado cuando descubrió que estaba vacío.

Henry Hassel parpadeó. Estaba en una sala atestada de público. El humo de los cigarros, pipas y cigarrillos saturaba el aire de un modo impúdico. El mayo londinense, más frío de lo esperado, se colaba por rendijas y fisuras, tragaluces y mirillas formando haces etéreos, pero álgidos. Paseó la mirada recordando los rostros de los grabados, aunque algunos de los presentes no habían adquirido suficiente notoriedad como para ser inmortalizados. Bernhard Horwitz era el caballero que llevaba las negras ante Henry Bird, su tocayo, inconfundible por la poblada barba blanca. No tenía dudas con Staunton, por lo que el que lo enfrentaba debía ser Brodie. Un poco más allá, reconoció a Johann Loewenthal, pero le hubiera sido imposible determinar quienes eran Jozsef Szen, Carl Mayet o Marmaduke Wyvill. De todos modos ellos no eran el objetivo de sus esfuerzos, sino los que jugaban en la mesa central, rodeados por el público más ansioso y apasionado. Adolf Anderssen y Lionel Kieseritzky movían las piezas nerviosamente, con una prisa, con un vigor absolutamente reñido con la obra de arte que estaban esculpiendo. Henry sabía que la partida había estado plagada de errores, y que esos errores debían ser la consecuencia natural del vértigo. Pero no había imaginado algo tan chapucero. Kieseritzky, por ejemplo, derribaba un alfil o un caballo cada vez que realizaba una jugada.
       Cubrió la distancia que lo separaba de los contendientes utilizando los codos y la impunidad que otorgaba el campo de protección personal y se ubicó junto a un hombre que bizqueaba de un modo muy notorio. Henry supo de inmediato que ese hombre era Luzhin. Los tics que le arrasaban el rostro, las muecas de contrariedad y las maniobras eléctricas de las manos, alisando arrugas invisibles en su traje, sólo podían pertenecer al personaje concebido por Nabokov. Miró el tablero y advirtió que se acercaban a la crucial jugada 18. Kieseritsky acababa de desplazar su alfil a c5, resignado a su destino e incapaz de encontrar la defensa salvadora. Todos los comentaristas que se habían ocupado de la partida más famosa de la historia determinaron que Kieseritsky no halló la jugada correcta... ¡porque no existía! Las negras tenían muchas posibilidades de elección, pero ninguna era buena.        Henry se concentró en Luzhin. Trató de hallar en ese hombre los rasgos de comportamiento que recordaban al inefable Alekhine, como había sugerido el propio Nabokov al explicar su obra, pero no le fue posible; sólo veía a un obsesivo del ajedrez que sufría esa partida ajena como una secuencia de incidentes de vida o muerte, similares a una serie de catástrofes imparables, capaces de demoler los cimientos mismos de la organización del universo. Lo peor de todo, pensó Henry, era que aunque él no lo supiera, ocurría exactamente eso: la existencia de toda una línea temporal se puso en juego cuando Anderssen alzó la mano para mover el peón de la columna "d". Ahí estaba el peligro. Si el alemán mejoraba su maniobra ganaría más fácilmente la partida... pero no sería La Inmortal, la gema que había hecho suspirar a millones de ajedrecistas con mayor fervor del que expresaban al recibir los favores de una dama.
       Henry observó a Luzhin. Si las instrucciones de Vladímir habían sido precisas, y él estaba seguro de que sí, el esfuerzo del personaje se orientaba a manipular la mente de Anderssen, obligándolo a jugar el caballo a d5, un movimiento inferior, pero fiel a la partida que conoció la Historia. Anderssen había calzado la barbilla entre las manos y Kieseritsky se rascaba la cabeza; un gesto bastante grosero, aunque comprensible. Luzhin, en cambio, parecía sumido en los abismos de su propia inteligencia, luchando porque lo necesario obtuviera la victoria sobre lo mejor. El capítulo final, semejante al remate de un cuento de misterio, contenía suficientes elementos nocivos como para arrasar la razón del personaje de Nabokov y destruirlo.
       Por fin, y para alivio de Henry, Anderssen efectuó su jugada: movió el caballo. Kieseritsky, casi sin pensar, como si la hubiera estado esperando, tomó el peón "b" con su dama y el alemán, sin medir las consecuencias, disparó el alfil a d6, exactamente lo que tenía que hacer. A la luz de los análisis posteriores, el movimiento del alfil de Anderssen era un error, pero psicológicamente era demoledor, un golpe de efecto que hubiera hecho las delicias de Lasker.
       Henry advirtió que estaba sudando. Pero al contemplar a Luzhin descubrió algo peor: el hombre se volvía transparente, una condición a todas luces más conflictiva que cualquier sensación corporal que él pudiera experimentar. ¿Lo advertirían los ajedrecistas y el público? Henry confiaba que no; estaban absortos, cautivados.
       Kieseritsky clavó sus ojos en Anderssen. En su expresión se leía claramente que pensaba que el alemán estaba loco. Había dejado la torre en el aire y tras capturarla las negras amenazaban un formidable mate en la primera línea de las blancas. Kieseritsky volvió a mirar el tablero y levantó la mano. Henry cruzó los dedos y vio que ahora sólo se distinguía el contorno de Luzhin. Pero el peligro había pasado. La mano de Kieseritsky aferró su dama y con un suave empujón sacó la torre del tablero. Anderssen no vaciló un segundo. Avanzó el peón a e5 y sintió que al cerrar el camino de la dama negra estaba cincelando el broche de oro que su obra merecía.
       Henry no necesitó ver el resto. Lo aliviaba haber acertado con la estrategia correcta, y más aún lo confortaba haber llegado a tiempo. Le debía mucho a Nabokov, el universo entero tenía una deuda con el ruso. No obstante, una duda feroz comenzó a instalarse en su mente. ¿Qué pasaría si otro viajero del tiempo, más sagaz o más artero, descubría una forma de reforzar el juego de Kieseritsky? ¿Cuántas veces tendría que corregir el texto del tiempo? Un turbulento escalofrío le corrió por la espalda. Trató de ganar la salida, pero una manaza cubierta de pelo lo aferró del hombro y lo obligó a dar la vuelta.
       —Que esto no se repita —le dijo Anderssen en un pésimo inglés. Su aliento a coles agrias golpeó a Henry con mayor violencia que la peor bofetada—. No me importa su línea temporal. Le advierto que la próxima vez jugaré el caballo a c7, ¿comprende lo que le digo? Y no traiga campeones de papel; si lo hace los usaré para armar mis cigarrillos. O directamente hablaré con Vladímir y lo sacaremos a usted del juego —concluyó golpeando con el dedo el hombro de Henry. Fue doloroso—. ¿Me entendió?

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