F i c c i o n e s

ESPORA
Graciela Inés Lorenzo Tillard y Fabio Ferreras

Argentina

Cuando ya no pudo soportar tanto silencio, Martín levantó la vista de sus manos crispadas y preguntó:
      —¿Seguro que va a pasar?
      —Seguro —respondió ella—. Hoy es el día.
      Estaban sentados frente a frente, separados por una amplia mesa de madera rústica. Martín le daba la espalda a la única ventana; Andrea, a la puerta cerrada. Ambos sabían que el peligro, cuando se presentara, llegaría desde el lugar menos pensado y bajo una forma extraña e inimaginable, así que ninguno se preocupó por mantener las entradas vigiladas.
      Un farol de gas colgaba del techo a baja altura. Emitía un tenue resplandor que empezaba a perder terreno ante las sombras crecientes. Afuera, las primeras estrellas se asomaban por la ventana. Desde más lejos, como proveniente de un mundo apenas insinuado, llegaba el agitado rumor del agua.
      —¿Y qué día es hoy? —insistió Martín. No iba a darse por vencido con tanta facilidad.
      —¿Acaso importa? —preguntó Andrea, a su vez.
      Martín lo pensó un instante. Luego admitió, con un suspiro de resignación:
      —No, supongo que no. Ya nada importa. Y esto —señaló la atestada superficie de la mesa—, menos que nada.
      Aunque nunca lo reconocería en voz alta (y mucho menos delante de Andrea), a Martín aún le quedaba una pequeña ilusión en algún rincón del corazón... si acaso era allí donde residían emociones perdurables. A veces lo dudaba. Confiaba en el poder de la esperanza, sí, pero la consideraba algo externo al cuerpo, algo que se apoderaba de uno en momentos de extrema necesidad, como si fuera un espíritu benigno, un ensueño repentino que obligaba a seguir combatiendo aún cuando las ilusiones hubieran desaparecido y el mundo no fuera más que un espejo agrietado.
      En aquella habitación no había espejos; estaba vacía excepto por ellos dos, las cuatro sillas destartaladas y la vieja mesa, sobre la que se encontraba el instrumental más variado. Había de todo, desde herramientas de trabajo (martillos, pinzas, alicates) y utensilios de cocina (cuchillos, cucharas, tenedores) hasta elementos quirúrgicos (bisturís, sierras, escalpelos); estos últimos le daban al confuso montón cierto aspecto de finalidad específica y desequilibrada, como si un cirujano hubiera traído su equipo y lo hubiera desparramado allí, sobre aquella mesa, mientras alguien —tal vez Andrea— preparaba la comida, y otro —quizá Martín— se dispusiera a reparar la ventana.
      —Elige un color —dijo Martín—. Cualquiera, el que te guste más. O menos... No importa.
      Andrea titubeó. Luego dijo:
      —El verde.
      —Verde, qué raro. Pensé que ibas a elegir el rojo. Bueno, aquí tienes el verde, entonces.
      Martín extendió una mano, la mantuvo un segundo suspendida sobre un cuchillo de mango rojo, y por último aferró un martillo. El mango era de color gris gastado. Se lo alcanzó a Andrea y ésta lo empuñó con cuidado, como si le estuvieran alcanzando un crucifijo ardiente. Cerca de un extremo podía leerse la marca del fabricante. Decía, con pequeñas letras en relieve: GREEN.
      Andrea clavó sus ojos en los de Martín. Sonrió.
      —Verde —dijo.
      —Sí. Un color tan bueno como cualquier otro.
      Ella siguió mostrándole su sonrisa, como un gesto inútil, triste y vulnerable. Intentaba aparentar frialdad e indiferencia. Aferraba el martillo con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
      —¿Fue una buena elección? —preguntó.
      —Lo fue —asintió él—. Puedes confiar en eso.
      Desde afuera llegó el sonido de una ola que rompía contra la orilla meciendo el bote con un dump-dump; luego el silencio volvió a caer sobre ambos, como un manto invisible. Siguieron esperando, sin decir nada por un buen rato.


Mucho más tarde —aunque todavía faltaba casi una hora para la medianoche—, Martín se puso de pie con un sonoro crujir de rodillas y caminó hasta el farol. Apoyó la mano sobre el paso de gas y aguardó a que Andrea diera su aprobación.
      —Está bien, puedes apagarlo —dijo ella—. Esta noche hay luna llena y tendremos luz suficiente para lo que tengamos que hacer. —De pronto se giró, alerta, y fijó la vista sobre la puerta—. ¿Escuchaste algo?
      —No, nada. —Martín cerró la válvula y la llama se apagó con un silbido ahogado. Quedaron en la oscuridad más absoluta—. Debe haber sido la marea que sigue subiendo, nada más. Parece que quisiera llevarse el bote. No sería una pérdida tan terrible, ¿no?
      Le pareció que Andrea se tranquilizaba un poco, pero no podía verla entre tanta negrura. Tal vez fuera el peso del martillo —que aún sostenía en una mano— lo que la había reconfortado.
      Martín regresó a la silla tanteando frente a sí como un ciego. Se reclinó con los codos sobre el respaldo y esperó. Sus ojos tardaron unos minutos en adaptarse a la penumbra. ¿A quién había pertenecido aquella casucha? No lo sabían, ni les importaba. Habían llegado esa misma tarde, la tarde del último día del mundo que conocían, tras casi dos días enteros de conducir a través de campos abandonados y rutas silenciosas y vacías, adornadas de vez en cuando con las terribles marcas del desastre. El auto de Martín casi no daba más, pero por alguna oscura razón la idea de cambiarlo por otro nunca se le cruzó por la cabeza, como si los tres (hombre, mujer y auto) estuviesen vinculados por un antiguo pacto de lealtad.
      Los cadáveres de personas y vehículos les habían obligado a reducir la velocidad en varias oportunidades. Así siguieron, siempre hacia el este, acelerando y esquivando montículos de hierros retorcidos, hasta que el auto se detuvo y murió en medio de la ruta, como si por fin se hubiese dado por vencido ante tanta desolación. Lo abandonaron y continuaron a pie, sin mirar atrás... y sin mirar al cielo... claro que no, no al cielo, ni atrás... sin mirar el lugar de la tierra en que la tierra se fundía con el cielo... porque el crepúsculo se acercaba y no querían (ni podían) imaginar los posibles horrores que estarían naciendo al otro lado del horizonte.
      Caminaban hacia el este, en línea recta hacia la noche. Cortaron camino a través del campo, donde los cuerpos mutilados de las vacas les miraron pasar con sus cuencas vacías. Desde la oscuridad de sus vientres hendidos se elevaban, furiosas, docenas de moscas verdosas que volvían a posarse apenas la pareja se alejaba del lugar.
      La silueta de la casucha se recortó contra el mar en movimiento como si intentara ponerle sosiego, un imposible sosiego. Y supieron que habían llegado al final del recorrido; era allí donde debían esperar, hombre y mujer, blanco y negro, bien y mal, razón y locura.


Martín se enderezó y trató de localizar a Andrea: la oscuridad parecía sólida. Se levantó y fue hasta la ventana; un leve reflejo de la noche sobre el mar penetraba a través de los cristales, pero más que ayudar molestaba. Por un momento maldijo la luna que, redonda y plena, se demoraba en aparecer. ¿O ya había salido? ¿Dónde estaba, entonces?
      —Andrea...
      Ella no respondió. Sin saber por qué pensó en todas las herramientas que estaban sobre la mesa. Ya no podía recordar dónde las habían conseguido. Se acercó, con las manos delante de sí; no se explicaba por qué le costaba tanto focalizar. Pero cuando tocó ese borde supo que no pertenecía a la mesa. Era frío, de piedra, y estaba húmedo. Y la luz venía desde arriba. Levantó la cabeza, buscando el foco, la luminaria, la luna... pero no había nada. Toda la casucha había desaparecido. Se encontraba solo, en medio de la nada, rodeado por una luz que se le metía en los ojos y apretaba su corazón con puño de hielo.
      —¡Andrea...! —intentó gritar; su voz llenó el aire de infinitos ecos y reverberó en sus oídos como carcajadas infames.
      Respiró hondo; se volvió hacia la ventana... hacia donde debía estar la ventana. Delante de sus ojos se abría un amplio túnel, un gigantesco tubo de paredes formadas por algo que le parecía a la vez brillante, húmedo y acolchado.

Ilustración: Valeria Uccelli
      Como primera defensa cerró los ojos, miró dentro de sí.
      —Soy Martín —se dijo. Pero debió repetirlo más de una vez, no sonaba convincente. Algo que no lograba definir parecía distraer sus energías. Se sentía débil, aunque de alguna manera lleno de energía; o tal vez tenía hambre.
      Volvió a inspirar y luego exhaló lentamente; el aire golpeó sus mejillas, como si hubiese soplado delante de un cristal. Cuando la sensación se desvaneció sintió que sus mejillas volvían a enfriarse, húmedamente.
      Reunió toda la fuerza de su voluntad y dio un paso, pero no pudo terminarlo. Abrió los ojos para mirar hacia abajo, inundado por el vértigo. Delante de sí no había suelo, nada sólido sobre lo que pudiese apoyar el pie, ahora suspendido en el aire, poniendo en situación precaria su equilibrio. Y el túnel aún estaba allí; parecía palpitar, y no quiso comparar ese ritmo pulsátil con su propio corazón.
      Decidió darle la espalda, no volver a mirar dentro de ese tubo que parecía estar vivo y no tener fin, aunque pensó que si le daba la espalda se le pegaría al cuerpo y dejaría de ser Martín, que sería solamente túnel, que sería como morir.
      Y pensó que se moría, que estaba en la casucha y no la podía ver porque ya estaba muerto, que todo eso que veía y vivía eran los instantes previos a su propia muerte. Una sorda decepción le llenó el alma al recordar todas las fantasías leídas acerca de este instante. Y en medio de la tristeza, en el centro de la profunda frustración que surgía de su memoria, un pensamiento le puso un giro irónico. «No hay nada tan feo como morir solo... si hay que morir».
      Levantó la cabeza. Le dolía el cuello por la excesiva tensión a que estaba sometido. Pero a despecho de lo que sentía y pensaba miró hacia la nada que se extendía sobre su cabeza y lanzó una carcajada, como una bofetada hacia lo desconocido. Se tambaleó; inconscientemente estiró la mano buscando la mesa, y con torpeza empujó las herramientas y las desparramó sobre el piso.
      —¡Martín! —La voz de Andrea llegaba desde adentro de una espesa nube de algodón—. ¿Qué sucede? ¡Me das miedo! ¡Responde!
      Se irguió como en cámara lenta. Andrea estaba inclinada hacia él, casi de pie, y le miraba con la cabeza inclinada sobre su hombro, el rostro plenamente iluminado por la luz de la luna y las manos cruzadas sobre su pecho, como cubriendo su corazón.
      Entonces él se adelantó, empujó la mesa a un costado, y estiró una mano hacia ella. La hembra se encogió, abriendo mucho sus ojos, cambiando la expresión de preocupación de su rostro por una creciente mueca de espanto.
      —¡No! ¡No era esto lo que...!
      El contorno de Andrea estaba perdiendo definición y el olor le golpeó, poniendo todos sus sentidos en estado de exaltación. Ya no podía ver su rostro; estaba completamente oscuro, pero aunque hubiese sido pleno día tampoco podría verlo. No importaba, había llegado el momento. Eones de espera, lleno de semillas y a la espera del momento adecuado. La hora en que la siguiente generación de individuos tomase posesión del planeta, como legítima herencia y derecho.
      Su misión estaba a punto de culminar. Él había tomado todos los recaudos para tener éxito. Una suficiente acumulación de proteínas dentro de sus órganos reproductores, una eficaz limpieza del territorio de expansión inicial, y la selección de la hembra adecuada para la copulación.
      Ella se estaba resistiendo; él no debía recurrir a la violencia límite. Necesitaba tenerla viva el tiempo suficiente para que el proceso terminara.
      La cubrió. Varias veces. Algo dentro de la hembra vibraba provocando mayor estimulación y se sintió complacido. Estos detalles no estaban en su código, pero su misión debía culminar como estaba indicado.
      Completó la inseminación y quedó laxo, agotado, infinitamente feliz. Ahora solamente quedaba retenerla el tiempo requerido para la madurez de las esporas, abrirla para extraerlas, y colocarlas en los alvéolos, al borde del mar, en el límite de la marea. Después, morir.


La luna se escondía por detrás de la línea de las lomas lejanas. Dentro de un bote destartalado, al borde de la playa, había un par de nuevos cadáveres que podrían haber explicado muchas cosas. Ahora la tierra tenía que esperar, y saber.



GRACIELA INÉS LORENZO TILLARD / FABIO FERRERAS

Los relatos de Graciela Inés Lorenzo Tillard, cordobesa de nacimiento, pueden ser leídos en fanzines tanto electrónicos como de papel. Uno de ellos es "La peste amarilla en la Buenos Aires", en Menhir 2 (papel) y en Alfa Eridiani 4 (digital). Ha escrito prosa, crítica, infantil y poesía. Está buscando publicar su última novela corta de ciencia ficción, "Cuarentena". "Espora" es la primera experiencia que realiza con Fabio Ferreras, ampliamente conocido por los lectores de Axxón. Fabio nació en Bahía Blanca el 25 de mayo de 1972. Sus primeros relatos vieron la luz en los fanzines Axxón y Púlsar.


Axxón 140 - Julio de 2004
Ilustró: Valeria Uccelli

            

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