EL CORAZÓN DE LA SOBREHIJA

Daniel Pearlman

Estados Unidos

El sonido del video-reloj le zumbó en la cabeza a través de los estereoceptores implantados detrás de sus orejas, pero no pudo elevar el nivel de ruido lo suficiente como para ahogar la cháchara de sus padres, que intentaban tan desesperadamente evitar su operación de corazón incluso ahora, el mismo día para el que estaba programada. El pico de audio estaba limitado de fábrica, por seguridad, para que no se pudieran bloquear los sonidos del mundo exterior, ya fuera que uno deseara oírlos o no. De modo que allí estaba, inmersa en las ondas sónicas provenientes de dos mundos, una especie de estéreo que todos los niños llamaban interféreo. El hombre de ojos tristes del video-reloj describía la destrucción criminal de una cantidad de hectáreas de selva tropical del sudeste asiático, mientras sus padres continuaban discutiendo con los miembros de la Comisión por el derecho de su sobrehija a la exención de la inminente cirugía.

Cheri estaba bastante segura de que sus padres ganarían la apelación. Nunca habían dejado de darle esa certeza durante las últimas dos semanas de presentaciones ante las comisiones de menor importancia. Por lo tanto, ya no se permitía sentirse tremendamente molesta por todo el bochorno que la estaban haciendo sufrir. Su madre podía fundir el titanio de una ojiva con sus lágrimas, y su padre podía usar la lógica para convertir el día en noche. La habían adiestrado para quedarse callada, para que no respondiera nada aunque la interrogaran (legalmente, una niña de siete años no está obligada a decir nada); por lo tanto, se frotó el hombro furtivamente, en el sitio donde aún le dolía después de la golpiza de la noche anterior, y trató de concentrarse en el desastre del sudeste asiático.

—Probablemente, ha sido un acto de absoluto rencor cometido por los anticonservacionistas —dijo la voz del video, mientras una vista aérea mostraba una panorámica de las hectáreas de verdor desfoliado—. Los biólogos estiman que al menos cien especies de criaturas vivas, algunas de las cuales nunca llegaron a ser catalogadas, han sido destruidas para siempre a causa de este atentado indignante. —Cheri se imaginó a sí misma como una de esas criaturitas cuya especie no había existido en ningún otro sitio del mundo. Se vio saltando de una rama temblorosa a otra, con las alas escaldadas batiendo dolorosamente, mientras los vapores tóxicos oscurecían el aire a su alrededor. Había Cheris en todo el mundo, pensó, billones de niñas como ella, pero de esos pequeños seres, cuyas alas debilitadas sentía batir en su propia (y adolorida) espalda, había existido apenas un puñado, y ahora ni siquiera una sola seguía con vida. "Nuestra herencia biológica irreemplazable". Se estremeció, al tiempo que, sin voz, sus labios articulaban esa frase que le había inspirado un respetuoso temor mucho antes de ser lo bastante mayor para comprenderla.

—...nuestra única sobrehija! —estaba diciendo su padre a los dos hombres de labios finos y a las tres mujeres de aspecto antipático que se sentaban a los lados y en la cabecera opuesta de la larga mesa, frente a ellos tres. La estancia estaba pintada con el típico verde vómito gubernamental, aunque había una computadora en un rincón y una pared llena de libros de tapas negras, e incluso estaba alfombrada de color vómito, a diferencia de las heladas salas de reuniones por las que la habían arrastrado. De no haber sido así, uno nunca habría adivinado que estaba en presencia del máximo comité de apelaciones del país, la Comisión de Ética Biomédica del Panel de Sobrehijos (CEBPS, para abreviar). Detrás de la cabeza del presidente de la Comisión había una ventana con persianas de varillas verticales, y a través de ellas se veía el pálido domo blanco del Capitolio. Cheri supuso que no tenía por qué estar asustada. Sus padres le habían asegurado que ellos no lo estaban. Cuando uno tiene razón no hay motivo para temer, le habían dicho. Cheri no estaba segura de tener tanta "razón".

Su padre, sentado en la cabecera de la mesa a su izquierda, apuntaba con el dedo cuando explicaba su posición: —En este país hay familias con dos y hasta tres sobrehijos que deberían tener la prioridad, o al menos el derecho, de ofrecerse como voluntarios, para... para un procedimiento que apunta a salvar una vida como el que ustedes han programado para nuestra hija.

—A su hija le ha tocado el turno legal, y tiene el derecho legal, de someterse a la cirugía... y, por sobre todo, hoy, porque es ahora cuando se necesita, señor Grecker, no mañana, ni la semana próxima —dijo el presidente de la Comisión—. En cuanto a establecer prioridades, la ley no tiene en cuenta la cantidad de sobrehijos que una familia ha produci... engendrado.

—¡Pero debería! ¡Si no es así, es una ley despiadada! —gritó su madre, con un temblor en los labios pintados de dorado, rozando el hombro izquierdo de Cheri al inclinarse sobre la mesa.

—Qué padres extraños son ustedes —reprobó el presidente de la Comisión, hombre de gran barriga y barba lanuda— que desean negarle... ¡el don de la vida!... a su única sobrehija. —Su mirada de abuelo se dirigió socarronamente a ella, pero Cheri, a estas alturas, ya sabía que debía bajar la vista y rehusarse a traicionar sus sentimientos con alguna expresión facial desprevenida. Su video-reloj era el refugio perfecto para los momentos desafiantes como este. Percibió que el presidente de la Comisión estaba tratando de insultar a sus padres. ¡Y eso no lo permitiría! Amaba a sus padres y nunca querría verlos lastimados, sin importar lo confundidos y equivocados que pudieran estar... equivocados al punto de... ¿qué había dicho Barba Lanuda?... de negarle "el don de la vida" a su sobrehija. Mirándose la muñeca, frunció el entrecejo, desviando su enojo contra el gordo hacia el programa que estaba mirando, que, en todo caso, le daba suficientes motivos para exhibir una expresión adusta.

"Eco Ecos", el canal ambiental, era su opción de TV preferida, como probablemente lo era para todos los sobrehijos y también para una gran cantidad de hijos de cupo, a juzgar por su hermano y hermana mayores. Sus padres no dejaban de insistir en la "necesidad de variar la dieta de video", temiendo un "lavado de cerebro", fuera lo que fuera eso, pero al mismo tiempo nunca hacían el verdadero intento de supervisar lo que miraba por TV, porque los sobrehijos tenían mucha mayor participación en la comprensión de todo lo referente a la Naturaleza que los hijos de cupo.

La escena cambió, mostrando imágenes del juicio a un veraneante canadiense acusado de asesinar gratuitamente a un puma (de los que sólo quedaban pocos miles en todo el mundo) que, según declaraba el sujeto, había estado a punto de atacar a su hijo. El juez y el jurado creían que el hombre había actuado con "negligencia" al no vigilar a su pequeño de tres años y que al menos podría haber esperado a que el puma atacara antes de disparar. No le había concedido el beneficio de la duda. (Gracias a un examen de hormonas, sabían que el animal no había tenido intenciones agresivas). El hombre fue sentenciado a diez años de trabajos forzados en el Ártico, en el Cuerpo de Conservacionismo Canadiense; Cheri sintió que la pena había sido demasiado leve. Si ella pudiese devolverle la vida a ese puma... ¿pero qué sentido tenía soñar?

—Aún no se han examinado a fondo otras opciones —dijo su padre.

—Hemos recibido el llamado de otros padres, que dicen que con todo gusto permitirían que su hijo tome el turno de Cheri —agregó su madre.

—Pero, a pesar de toda la publicidad que ha producido este caso —replicó el presidente, lamiéndose los labios cubiertos de pelos como virutas de alambre al pronunciar la palabra "producido"—, no se ha presentado oficialmente ningún voluntario de Prioridad Uno, ¿verdad? ¡Claro que no! ¿Por qué harían semejante cosa? Nadie imagina siquiera el verdadero motivo de todas estas reuniones con los comités de apelaciones que ustedes han solicitado.

—Decidimos que el verdadero asunto que motiva estas reuniones permanezca... al margen de la opinión pública —dijo su madre—, por respeto a los sentimientos de Cheri.

—¡Es comprensible! —Los ojos del presidente parpadearon hacia Cheri como redes de pesca—. Pero incluso si en este mismo momento apareciera un sustituto calificado, no tendríamos tiempo de procesarlo, o procesarla, médicamente. Escuchen, Sres. Grecker, no sabemos qué peculiares motivos pueden existir detrás del hecho de negarle a su sobrehija el derecho legal y el privilegio de...

—¡Peculiares motivos! —La madre de Cheri le rodeó el hombro con un brazo. Se recostó sobre él, en el sitio que aún estaba muy sensible, provocándole una mueca de dolor—. ¿Es tan peculiar amar tanto a nuestra hija que queremos que viva con nosotros para siempre?

—Estoy seguro de que su hija debe pensar que ese "amor" está mal enfocado, señora Grecker. En verdad, es muy poco común encontrarse con gente con valores tan obstinadamente reaccionarios como los suyos. A diferencia de usted, por lo visto, su sobrehija sabe perfectamente bien que la operación para la que está programada es una cuestión de vida o muerte.

—¡No ponga palabras en su boca! —retrucó el padre de Cheri—. ¡Y no intente intimidarla con esas miradas insinuantes que ha estado lanzándole!

—¡Cómo se atreve a llamarnos "reaccionarios"! —atacó su madre.

—¿"Anticuados" le parece bien? —suspiró el presidente.

Los oídos de Cheri estaban ardiendo; sentía que debían estar encendidos como luciérnagas. Bajó la cabeza hasta unos centímetros de distancia de la pantalla del reloj. ¡Si no la hubieran criado en casa!, pensó. ¡Si la hubieran dejado crecer, como a la mayoría de los sobrehijos, en una de esas Academias especiales! Entonces no tendrían que amarla y ella no tendría que amarlos, y ahora no tendría que sentir culpa por desear la operación, por desear hacer lo correcto, incluso por ser, en primer lugar, una sobrehija,

—¡Mírela! ¡La niña goza de perfecta salud! —gritó su madre—. Se supone que ustedes están para buscar sobrehijos con enfermedades terminales por todo el país... incluso un hijo de cupo, si es que pueden encontrar alguno de la clase apropiada... antes de echar mano de una niña como mi Cheri.

Cheri espió por el rabillo del ojo y vio que su madre dedicaba una muda mirada de súplica a las mujeres del panel, pero éstas permanecieron con los labios tan apretados como los hombres. (Cheri se alegró secretamente al ver que su expresión no se suavizaba).

—El proceso de búsqueda tiene que detenerse en algún punto, señora Grecker. A pesar de la naturaleza crítica del caso, demoramos la finalización de los arreglos para la operación hasta el último minuto. ¿Qué más quiere que hagamos? ¡Está en juego una vida muy valiosa, señora Grecker! —suspiró el presidente—. ¿No se está comportando de un modo algo insensible al...?

—Hemos seguido todos los procedimientos —interrumpió una de las mujeres del panel. Hasta ahora, Cheri había pensado que estaba allí sólo de adorno—. No se pudo hallar a nadie que aceptara tomar el turno de su hija... Además, ¿qué tiene que ver con esto su estado de salud?

La voz del narrador servía de fondo a la imagen de un alce echado de lado, con las patas rígidas, en cuyo hombro había una cáscara de sangre seca. Había apenas quinientos alces en todo el mundo, entonó el narrador. Había testigos del crimen, y se vio cómo el cazador furtivo, juzgado sumariamente según las leyes de Idaho, era atado a un poste y ejecutado por una cuadrilla de fusilamiento. Los ojos de Cheri se llenaron de lágrimas al ver a la pobre víctima, tirada en el polvo y toda cubierta de sangre, con su enorme cornamenta extendiéndose hacia el firmamento como brazos, como rogando protección al Cielo de oídos sordos. La agonía que el pobre animal debía haber sufrido le provocaba dolores reflejos, especialmente en los brazos y el costado, donde su padre la había golpeado repetidamente la noche anterior. Temían no poder confiar en que mantuviera la boca cerrada, pero ella estaba dispuesta a sacrificarlo todo para demostrar que los amaba... incluyendo la única oportunidad que tenía, como sobrehija, de servir a una criatura hermana que era muchísimo más valiosa que ella. Cheri se oprimió el costado, pero dejó de hacerlo ni bien se percató de que el señor Barba Lanuda la miraba.

—La edad máxima permitida para este tipo de operación es de ocho años —dijo su padre—. Mi hija los cumplirá dentro de un mes. Hay miles de sobrehijos que ya tienen ocho años y que nunca han tenido que someterse ni siquiera a operaciones de menor importancia, como transplantes de riñón o pulmón. ¡Dado que a ella le falta un mes, sólo un mes, para sobrepasar el límite, es cruel e inhumano que ustedes ignoren la situación en su conjunto y que insistan en proceder según el manual!

—Los rostros perplejos de mis colegas —dijo el presidente, señalándolos con la mano por sobre la mesa de reuniones— atestiguan, con bastante franqueza, la naturaleza increíblemente desvergonzada de esta apelación, señor Grecker. Todos ustedes deberían haber pasado estas últimas semanas regocijándose por la oportunidad que se le concede a su sobrehija, una oportunidad por la que la mayoría de los sobrehijos darían un ojo y los dientes... aunque los dientes, claro —agregó, pensativo—, nunca se han solicitado para transplante.

—No queremos privarla de disfrutar de sus beneficios como sobrehija, señor. Sólo permítanle cruzar la línea, llegar a los ocho años, y después ella con todo gusto...

—Señor Grecker —respondió el presidente—, no tiene usted en cuenta el gran privilegio que el gobierno federal ya le ha concedido al permitirle llevar a su sobrehija a casa, en contraposición a criarla en una de las Academias.

—¡Vaya privilegio! Usted sabe muy bien que eso implica que debo pagar el impuesto al sobrehijo dos veces más caro de lo que estaría pagándolo si la hubiesen criado en alguna de sus granjas de entrenamiento para repuestos!

Alrededor de la mesa se produjo un anonadado silencio y una fuerte inhalación. Cheri echó un vistazo a su padre, llorosa e incrédula.

—Señor Grecker, permítame recordarle —dijo el presidente del CEBPS, mirando hacia abajo y sacudiendo la barba contra su estómago abultado— que es absurdo que se siente aquí y hable de virtud. Fueron ustedes dos los que concibieron a esta sobrehija e insistieron en llevar el embarazo a término. Nunca deja de sorprenderme la manera en que la gente como ustedes, aparentemente civilizada, decide reproducirse por encima del cupo. Todas las naciones civilizadas del mundo tienen leyes similares a las nuestras en lo referente a los sobrehijos, y las ciudadanías más ilustradas del mundo han demostrado una actitud abrumadoramente cooperativa para tratar de detener la expansión cancerosa de nuestra especie sobre el planeta.

—Comparar a nuestra hija con un cáncer, señor Presid...

—Pero, a diferencia de las leyes más duras de otros países, las nuestras permiten la supervivencia de los sobrehijos. Además, los criamos con considerable gasto y les permitimos servir en el frente de la guerra contra la extinción de nuestras formas de vida hermanas, en cualquier sitio del mundo donde se los necesite.

—Es una niña extremadamente inteligente —ofreció su madre—. Será una ecologista brillante y con todo gusto prestará servicios en cualquier parte del mundo...

Cheri se mordió el labio. No quería ser ecologista. Ni bióloga. Ni zoóloga. Ni uno de esos centinelas picados por los mosquitos, con botas embarradas (en los que todos los sobrehijos más tontos tenían que convertirse tarde o temprano). "Testaruda", la habían llamado sus padres. La molieron a golpes nada más que para enseñarle que era demasiado pequeña para tener opinión propia en la materia... y que, además, expresar una opinión en voz alta (especialmente ante la presencia de funcionarios del gobierno) era mucho más peligroso que sencillamente tener una opinión en la privacidad de su mente "contaminada por la propaganda",

¡La noche anterior su padre la había tratado de un modo tan extraño! Después de abofetearla hasta dejarla tonta porque, a pesar del entrenamiento, había vuelto a escupir su "opinión" propia, la alzó en sus brazos y suplicó y lloró, y ella también comenzó a llorar y prometió, mientras los tres se abrazaban fuertemente, que no le diría al panel una sola palabra que pudiera perjudicarlos.

La imagen pasó a la Reserva de Primates de Ruanda, en África Oriental. Cheri ya sabía la cantidad antes de que el narrador la mencionara. —Antes de este trágico suceso, se conocía que existían solamente 236 gorilas de montaña en el mundo. Esa cifra apenas ha cambiado desde el asesinato de Dian Fossey, hace unos setenta años. A pesar de nuestros mejores esfuerzos por proteger a nuestros preciados primos, continuarán produciéndose incidentes similares. Este era Will Rogers. Will, según recordarán, era actor cómico. El problema fue que confió demasiado en la gente. —Cheri se tapó la boca con la mano al ver el torso sin cabeza y los brazos, plegados sobre el pecho, con las manos cortadas—. Trabajo para la comisión —dijo el narrador—. Alguien contrató a un mercenario para conseguir las partes del cuerpo que tradicionalmente se usan como trofeo. Esta vez, sin embargo, el asesino a sueldo, que resultó ser un francés, fue atrapado antes de que lograra abandonar África. —Una procesión de deudos, tanto blancos como negros, desfilaba frente al féretro donde descansaba Will Rogers. Un anciano blanco que encabezaba la procesión llevaba en alto un palo de tres puntas donde estaban ensartadas una cabeza y dos manos.

Las del francés.

—Descubrió que las autoridades estaban tras él y se las ingenió para destruir las partes amputadas de Will Rogers poco antes de ser apresado. El depravado que lo contrató ha sido acusado de genocidio en Marsella. —Cheri sabía, por sus clases de francés, que lo que ahora se oía de fondo eran los acordes de La Marsellesa. "Allons enfants ... le jour de gloire," etcétera. Lúgubre. Se sentía un poco mejor al ver que se hacía justicia, ¿pero qué podía compensar la pérdida de una criatura hermana que "era más preciada que el plutonio, más invalorable que el petróleo?".

—Ya no se puede hacer nada por Will —dijo el narrador— pero no todas las noticias de esta mañana son trágicas, gracias a Dios. Hoy es el día que todos ustedes han estado esperando. Esta es una imagen de archivo tomada hace varios días en el Centro de Variación Genética de Los Angeles. —El corazón de Cheri dio un brinco, como si quisiera salírsele por la boca. Era Emily, su querida Emily, columpiándose en los árboles durante su período restringido de una hora por día en que se le permitía hacerlo desde que su estado empeorara notoriamente—. No tengo que explicarles —continuó el narrador— hasta qué punto el corazón del mundo se ha solidarizado con Emily Bronte, la famosa chimpancé adolescente a quien, en este mismo momento, están preparando para la cirugía que le salvará la vida. —¡Tendrán que elegir a otra!, pensó Cheri. Mamá y papá están absolutamente seguros de que legalmente, cuando den el golpe de gracia, sus burocráticas garras no podrán tocarme el más mínimo pelito del cuerpo. Después de todo, este era un mundo civilizado, decía su padre. La ley te protegía de tener que servir contra tu voluntad (Y de tener que hablar si tenías menos de ocho años).

—Si Emily no consigue ese preciado corazón el día de hoy, amigos, dudamos que sobreviva otra semana. La versión extraoficial, sin embargo, es que no debemos preocuparnos por las reuniones de la Comisión de apelaciones de estas dos últimas semanas. Al parecer, lo que se está tratando en el CEBPS esta mañana es el reclamo de prioridad por sobre Cheri Grecker presentado por una cantidad de sobrehijos entusiastas y celosos... o por sus representantes legales, más posiblemente, que intentan arrebatarle el protagonismo a Cheri para otorgárselo a sus propios pequeños, que pronto tendrán ocho años y por ende serán legalmente muy mayores para lograr la codiciada fama de ser Donantes de Corazón.

Cheri sintió un hormigueo en las orejas al escuchar que la mencionaban por TV, pero más excitante era ver su propio rostro en la pantalla... aunque con una sonrisa insuficientemente radiante, pensó, y con el cabello rubio, trenzado en la parte superior, un poco desprolijo, y con las pecas de la nariz más oscuras de lo que ella sabia que eran en realidad. Pero cuando la cámara volvió a Emily, retozando en los árboles durante su hora permitida (en el mismo lugar que solía ser un "zoológico", pensó Cheri con un nudo en la garganta), su corazón se hundió tanto como antes había brincado a su garganta. Eso era mentira, lo de otros niños que querían "arrebatarle el protagonismo", pero si la TV decía la verdad sobre el motivo de todas las apelaciones... bueno, nunca podría volver a caminar con la frente alta, sus amigos nunca volverían a hablarle, daría lo mismo estar muerta. Pero amaba a sus padres y a sus hermanos de cupo, y su padre le había prometido que, una vez que todo acabara, se mudarían a otro sitio si tenían que hacerlo, y le cortarían el cabello de otra manera para que los nuevos vecinos no la reconocieran, y pronto haría nuevos amigos y...

—¡El vericueto legal que tanto el estado como las comisiones regionales se rehusaron a considerar -estaba diciendo su padre, aún haciendo todo lo posible para evitar tener que usar su "carta de triunfo", como él la llamaba— es que Emily Bronte no nació en este país! No es producto de ningún programa local de mezcla de cepas. La enviaron aquí para su eventual reproducción, como regalo del pueblo de Gombre, situado a la vera del Lago Tanganika. En aquel momento nadie sabía que desarrollaría un defecto cardíaco, claro. Pero mi argumento es que el pueblo de Gombre ahora la declara como nativa e incluso está ofreciendo un donante documentado, calificado y aprobado médicamente que, con todo derecho, tiene prioridad por sobre Cheri. Tengo aquí los papeles del niño; en tres horas podrían enviarlo en avión...

—¡Señor Grecker, por favor! —dijo el presidente del panel—. Somos nosotros, los de este país, los responsables legales del bienestar de Emily.

—Pero ahora ofrecen un reemplazo certificado médicamente para nuestra hija, mientras que el problema hasta hace unos días era...

—¡Nuestros derechos sobre Emily nunca estuvieron en discusión! ¿Ahora vamos a exponernos al oprobio de bajar la cabeza ante un reclamo espurio proveniente de un sitio tan lejano como África? ¿Y cómo cree que se sentiría Cheri si ahora se le negara un privilegio que se le otorga a tan escasos sobrehijos en el lapso de una década... el privilegio de ser Donante de Corazón —dijo el presidente, dedicándole a la niña una rápida sonrisa—, de prestar el servicio de más alto nivel posible para la preservación de la vida de los primates del planeta?

Ilustración: Valeria Uccelli

¡Cheri odiaba al gordo de barba! Lo odiaba porque estaba haciendo sentir desdichados a su padre y madre. Algo salido de su nariz se le había pegado en el tupido bigote, y por eso era más fácil odiarlo. El odio que le disparaban sus ojos parecía regresar como un bumerán a sus brazos y hombros y costado. Era como si él la obligara a frotarse el brazo y el hombro, como si el dolor pudiera aplacarse si no fuera por esas sonrisitas taimadas que a él le gustaba lanzarle, al mismo tiempo que insistía en torturar a sus padres. Pero ella sabia que, cuando llegara el momento del enfrentamiento final, el ganador sería su padre. Lo único que ella tenia que hacer era cerrar el pico y entonces estarían a salvo. Ojalá no tuviera que estar presente cuando su padre diera el golpe de gracia, ojalá...

—Muy bien —dijo su padre. Se puso de pie y metió la mano en un bolsillo de su compufolio abierto. Por la expresión de su rostro, Cheri sabia que había llegado el momento. Se preparó para hacerse una pelota, como uno de esos pequeños escarabajos púrpuras que le encantaba observar en el césped—. Muy bien, señor Presidente, me está obligando a recurrir a un argumento que había esperado no tener que usar, ya que esperaba salvaguardar los sentimientos de la gente en el mayor grado posible...

Cheri se preguntó cuál era el peor pecado: mentir por amor a la familia que te amaba o decir la verdad y romperles el corazón a todos ellos.

—Todavía vivimos en una sociedad civilizada, ¿verdad? —Su padre miró al presidente con expresión de desagrado. La mano de su madre se arrastró nerviosamente hacia el hombro de su padre, pero él se la quitó de encima sacudiendo los hombros.

El presidente entrelazó los pulgares sobre el bulto de su regazo. A Cheri le parecía preñado... como si su estómago estuviera a punto de dar a luz a un niño no deseado.

—¿Estoy en lo correcto al afirmar —continuó su padre, extrayendo un documento del compufolio— que si un sobrehijo no desea prestar servicios, no puede ser legalmente obligado a prestarlos?

El presidente estalló en carcajadas. —No he visto un solo caso certificado de renuncia de privilegios en mis veintitrés años de profesión. ¿Y alguno de ustedes? —preguntó, mirando a sus colegas, quienes levantaron las cejas ante lo absurdo de la idea—. Es concebible que algún día el llamado a servicio recaiga sobre algún niño con retraso mental o degenerado, pero...

—Le pregunté, señor: ¿puede obligar a una niña a prestar servicios contra su voluntad?

Cheri miraba fijo el reloj, sin ver. "Degenerado", se repitió en silencio, estremeciéndose. Cuando demos el golpe de gracia, le habían enseñado, no debes mirar a nadie a los ojos.

—¿Qué es lo que está esgrimiendo como un as sacado de la manga? —dijo el presidente.

—Una declaración jurada ante escribano, con la firma de mi hija. —Cheri levantó la vista lo suficiente para ver a su padre entregando copias a todos los de la mesa. Oyó que se les cortaba la respiración y los sonidos de perpleja incredulidad. Si pudiera hundirse bajo la mesa, y si se abriera un pozo en el piso, debajo de la mesa...

Sabía, sin ver, que ahora todas las miradas se enfocaban en ella, al igual que una lente concentra los rayos del sol sobre un bicho, como una vez, cuando era pequeña, había visto hacer a un chico de cupo "degenerado".

—¡Esto es ridículo! —dijo el presidente, golpeando la mesa con el puño—. ¡Ni siquiera hay un atisbo de explicación! Lo único que dice la niña... lo que dice aquí... es: "Yo, Cheri Grecker, en pleno uso de mis facultades mentales y físicas, por propia voluntad, renuncio por la presente a mi derecho de prestar servicios como Donante de Corazón a favor de mi pariente primate Emily Bronte". ¿Por qué, Cheri...?

—¡No tiene derecho a obligarla a declarar! —exclamó su padre, también golpeando la mesa—. Esto no es un juicio. Simplemente, está haciendo uso de una opción perfectamente legal.

—¿Por qué? —volvió a preguntar la voz llena de dolor, tocándola como suaves dedos que le levantaban las pestañas, hasta que ella ya no pudo evitar el sondeo de sus ojos brillantes de lágrimas.

—¡No le contestes, Cheri! —retrucó su padre, reavivando el dolor de sus hombros, brazo y costado amoratados e hinchados, que por largos minutos había permanecido dormido.

—¿Por qué hace eso la niña? —gritó el presidente—. ¿Por que insiste en apretarse el brazo y el costado?

¡Cómo odiaba a ese hombre!, pensó, cerrando los ojos con fuerza, esperando que todo lo que la rodeaba desapareciera mágicamente. Y luego sintió que le levantaban de un tirón la manga larga hasta el codo, y al mismo tiempo un tirón en el cuello de la blusa, y el ¡pop! ¡pop! ¡pop! de los botones abriéndose, dejando al descubierto grandes porciones de carne descolorida, brillando horriblemente bajo las deslumbrantes luces de la oficina.

—¿Por su propia voluntad? —dijo el presidente del panel, aferrándola del brazo a la altura del codo. Su padre, en la cabecera, se inclinó hacia delante, como esperando que ella hiciese algo, pero ella no sabia qué hacer.

—¡Abuso de sobremenores! —chilló una de las mujeres del panel.

—Tus padres podrían ser severamente castigados por esto —dijo el presidente, bañándola con su aliento ácido.

—Quince años de prisión —dijo la misma mujer, inclinándose hacia ella con las manos apoyadas sobre la mesa.

—Pero si nos dices la verdad —dijo el presidente—, bueno... dada la urgencia de la situación y pensando en el bienestar de la pobre Emily... que es lo único que debería preocuparnos a todos en este momento... podemos olvidar que hemos visto esto. ¿Les parece bien? —preguntó, volviéndose hacia el resto del panel, que prestó su consentimiento con movimientos de cabeza y murmullos.

—¡Cheri! —chilló su madre, rodeándola con sus brazos y aplastándola contra su pecho.

—Nos dimos cuenta de que no eras una degenerada moral —dijo el presidente—. No eres tú la degenerada, niña. No eres tú.

—No tenían intención de lastimarme —protestó Cheri, tratando de zafar el brazo del puño peludo del presidente—. ¡Ellos me aman!

—¿Te obligaron a firmar? —dijo el presidente.

Cheri no podía esquivar sus ojos. Ahora tendría que decir la verdad. —Amo a mi mamá y a mi papá —dijo.

—Ya lo sabemos. —El presidente siguió mirándola, esperando. Ella sabia lo que implicaba decir la verdad... el don de la vida, el don que sólo ella tenia el derecho de conceder... Su corazón brincó de júbilo ante la perspectiva, pero cuando sintió que su madre se estremecía quiso llorar por ser tan egoísta. Pero no pudo llorar, sin importar cuánto lo intentó.

—¿Te obligaron a firmar? —repitió el presidente.

Ahora la que temblaba era ella. —¿No les hará daño? —rogó.

—Te lo prometo.

¡Así no sería por egoísmo, pensó, darle su corazón a Emily, hacer lo que siempre había soñado hacer! No estaba pensando en sí misma. Estaba pensando únicamente en ellos.

—Lo hice porque los amo —dijo.

Y supo que, con tal de evitar que esas personas odiosas les tocaran el más mínimo pelito del cuerpo con sus burocráticas garras, estaría dispuesta a hacer cualquier cosa.


Traducido por Claudia De Bella © 2004


Daniel Pearlman se doctoró en Literatura Comparativa en la Universidad de Columbia y actualmente es profesor de Escritura Creativa en la Universidad de Rhode Island, Estados Unidos. Sus cuentos y novelas cortas de corte irónico/fantástico comenzaron a publicarse en 1987, en revistas y antologías tales como Amazing Stories, The Silver Web, New England Review, Quarterly West, Semiotext(e) SF, Synergy, Simulations, Imaginings (Pocket Books, 2003). Hasta la fecha, sus obras de ficción publicadas son The Final Dream & Other Fictions (Permeable Press, 1995); la novela Black Flames (White Pine Press, 1997), tortuosa excursión a la Guerra Civil Española; la colección The Best-Known Man in the World & Other Misfits (Aardwolf Press, 2001); y una novela de ciencia-ficción titulada Memini (Prime Books, 2003). Su último trabajo, aún inédito y actualmente en poder de su agente literario (Serendipity, NY), es la novela Weeds in Franco´s Garden, inspirada durante la estadía del autor en España entre 1971 y 1974.


Axxón 141 - Agosto de 2004
Cuento de autor americano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Estados Unidos: Estadounidense).

            

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